
«Por ti me convertí en Princesa» Fic Twc de Haruxita
Capítulo 14: «Entlaubung von Tom»
Para alguien que detestaba madrugar, Bill se las había apañado toda esa semana para despertar antes de que sonara la alarma y arrancarlo del planeta de los sueños a punta de besos y caricias.
Tom intuía que una vez que su madre regresara del crucero — y esa pequeña luna de miel que ambos disfrutaban llegara a su fin—, sus despertares serían bastante sombríos. Pero por lo pronto estaba empeñado en vivir el momento.
El de rastas disfrutaba fingirse dormido, porque Bill siempre lo atrapaba en el acto y se esmeraba en hacerlo reaccionar. El recurso más usual al que solía echar mano era un par de certeras (y bastante dolorosas) mordidas, lo que —si se diera el tiempo de analizarlo— era un tanto masoquista de su parte. Sin embargo Tom no se daba cuenta cabal de ello, cuando tenía a Bill cerca en plan travieso —que era casi todo el tiempo—se le dificultaba pensar con claridad.
Tom fue saludado esa mañana por una presencia familiar que buscaba hacerse un espacio en su retaguardia.
Mini Bill estaba tan despierto como su dueño, e igual de curioso e insistente.
—Humm… ¿Calentando motores para esta noche, bebé? ronroneó Tom. Incapaz de seguir manteniendo la farsa un segundo más.
—No he dejado de pensar en ello —fue la sincera respuesta que obtuvo, con voz somnolienta, acompañada de un beso en su hombro— ¿No te arrepentirás en el último momento, o si?
Tom dio media vuelta quedando tendido sobre su espalda y apartó la sabana de manera de dejar su miembro desnudo a la vista, balanceándose sobre su abdomen producto el brusco movimiento.
—¿Tú que crees? —inquirió con sarcasmo y una sonrisita de lado.
Aún estaba lleno de dudas sobre la mecánica del asunto y le temía un poco al deseo desbordante de Bill, pero sabía que éste jamás lo lastimaría, al menos no deliberadamente. Ya no podía —ni deseaba— dilatarlo más, los jugueteos con su gemelo se habían vuelto insuficentes para mitigar el hormigueo que acometía a su bajo vientre cada vez que Bill lo tocaba o siquiera insinuaba un beso.
De hecho, su única preocupación se debía a ésto último.
—Bebé, que sucede si…
Dejó la frase en el aire, inseguro sobre cómo plantearselo a su hermano. Desvió la mirada y frotó su pulgar sobre la cresta de su erección, no en una forma sexual, era más bien como si rasgueara la cuerda de una guitarra.
—Tomi, estamos desnudos sobre la cama de nuestra madre, luego de que anoche te chupara hasta el alma: no me parece que este sea el momento de ponerse tímido —terció el moreno, con diversión—. Te he pescado en mil situaciones embarazosas, nada puede ser peor a cuando estuviste a punto de comerte la mierda de Fluffy.
—¡Tenía siete años, joder! ¿Nunca te olvidarás de eso? —bufó, cubriéndose la cara con ambas manos, avergonzado— Y parecían bolitas de chocolate —alegó, con voz pequeñita.
Bill lo jaló suavemente de las muñecas, hasta que se rindió y bajó sus manos.
«Fluffy» era el Herbo que Hildy tuvo de pequeña; a veces se escapaba de su jaula regando sus «bolitas de chocolate» por toda la casa. Tom jamás había visto a la chica y a su hermano reir tanto como en esa ocasión, hasta juraría que el rostro de la pelirroja igualaba el color de su cabello.
Pero el humillante recuerdo obró la magia.
—Supongo que no es TAN terrible como eso —concedió. Bill le dio una de sus miradas de «te lo dije, soy un genio«. Finalmente Tom cogió valor, se mordió el labio, inhaló profundamente y lanzó lo que le inquietaba— ¿Ysimecorrodemasiadorápido?
—¿Qué?
Exhaló y repitió palabra por palabra, esta vez a velocidad normal. Bill le dio un besito en la nariz y le jaló una rasta, juguetonamente.
—Tomi, si fueras eyaculador precoz, ¿no crees que ya nos habriamos dado cuenta?
—Ésto es distinto, nunca antes hemos follado. Recién me empalmé ni bien te frotaste contra mi trasero. Bill, me pones demasiado… ¿y si al tenerte dentro no me puedo aguantar?
Su gemelo no respondió, en menos de un parpadeo se le montó encima y lo besó con fruición.
—Como sigas diciendo cosas así, el que se va a correr seré yo —aseguró, separando sus labios del de rastas apenas lo suficiente para hablar.
Luego de otra placentera sesión de frotting Bill prometió que se encargaría de «su problemita», junto con el resto de los preparativos para su noche especial.
Tom no estaba seguro de que ello fuera muy tranquilizador, a juzgar por el historial de “ideas brillantes” de su hermano.
&
El deseo de quedarse en casa, retozando entre los brazos —y piernas— de Bill era irresistible, pero había faltado demasiado al trabajo ese verano, sin contar con que aún le restaba mucho trabajo para dejar operativo al DKW.
Esa tarde luego del trabajo Tom no condujo, voló a casa, ni siquiera llevó la cuenta de cuantos semáforos en rojo se pasó. Estaba demasiado cachondo para preocuparse por minucias como su seguridad o la de los demás conductores, máxime luego de ser bombardeado aquella tarde por mensajes de Bill.
Entre otras cosas, el chico aseguraba haber realizado «ciertas» compras esa tarde. Había tal malicia en sus palabras, que el de rastas prefirió no imaginar las sorpresas que su hermanito había planeado para su primera vez.
Aparentemente los hados estaban de su parte: consiguió arribar de una pieza (tanto él como Janie) aun luego de llevarse por delante un bote de basura al esquivar a Bigotes, que se cruzó de improviso.
Entró a casa a la carrera —no sin antes pelearse con las llaves por dos eternos minutos—, sólo para encontrarse a Bill echado en el sillón, enfrascado en su móvil.
El chico parecía la encarnación de un sueño húmedo, uno particularmente kinky pues vestía botas de tacón, una camiseta negra de red y chaleco de cuero. Sus ojos se le antojaron diferentes —diferentes en el sentido de muy sensuales— , pero no consiguió adivinar qué había con ellos hasta que Bill corrió de forma infantil a sus brazos y pudo verlo más de cerca.
Bill se había maquillado los ojos, pero con otro estilo —aposta, supuso Tom— al que empleaba cuando le prestaba su piel a Mina.
—Bebé, te ves… —comentó Tomi, a punto de ponerse a babear, atascándose penosamente en los adjetivos.
El aludido, cómodamente instalado en sus brazos, sonrió satisfecho.
—¿Sexy? ¿Deseable? —enumeró, antes de agregar con expresión pícara y un ronroneo cargado de malas intenciones—… ¿Follable?
La lengua de Tomi jugueteó con el piercing en su labio, mientras deslizaba sus manos desde las caderas hasta el trasero del otro chico. “Follable” se acercaba bastante a lo que pasaba por su cabeza en se momento.
—No esta noche, amor —Tomi estaba teniendo serios problemas para prestar atención a las palabras de su hermano. Bill estaba usando ese tono susurrante que sólo empleaba en la cama, eso sin contar con que el muy cabrón le rozaba la boca con sus labios al hablar— Esta noche, tú eres el entremés, la cena y el postre.
Cogió su mano y lo condujo pacíficamente hasta el sillón.
—¿Vamos a hacerlo en el sillón? —inquirió, algo decepcionado.
—No, amor. Tu primera vez no será en el sillón —aclaró crípticamente.
&
Resultó que parte de los “preparativos” para la gran noche sí guardaban directa relación con las inseguridades de Tom.
Bill lo conocía a cabalidad, tanto que supo de antemano que una buena dosis de lubricante y paciencia no sería suficientes para relajarlo.
El moreno no solía dedicar mucho tiempo a esos menesteres. Hasta donde Tom sabía, sus polvos eran despreocupados y con sujetos que rara vez volvía a ver. No había ningún grado de cariño —o siquiera intimidad— de por medio, razón por la cual jamás pasaba la noche con sus ligues: “Es sólo sexo, Tomi, no veo por qué hacen tanto alboroto por ello”, aseguraba
Pero con Tom las circunstancias eran completamente diferentes. Ello explicaba que se encontraran recostados en el sillón de la sala, con los pantalones entreabiertos y sus urgencias medio asomadas entre los bóxers.
Según Bill, pajearse (y por ende, correrse) antes de follar les daría algo más de tiempo para preliminares, en lo que su cuerpo tardaba en reponerse. Nuevamente la obsesión del moreno por los detalles quedó demostrada. Tom enrojeció ante la minuciosa descripción que su gemelo hizo del proceso fisiológico en cuestión.
“Por supuesto, porque un resumen en palabras simples no hubiera sido suficiente” —bufó para sí.
—…desde luego pudimos usar un retardante —continuó éste, con su larga exposición, sin dejar de frotarse contra él—, pero creo que este método es mucho más… divertido. ¿No crees?
Tom no cuestionó la efectividad de su “método”, no luego de que este meciera sus caderas con esa cadencia que se le antojaba deliciosa y le quitaba temporalmente la habilidad de articular palabras.
&
Cinco minutos más tarde Bill ya no se contenía en lo absoluto. Su lengua abrasadora le exploraba el interior de la boca con la misma avidez que imprimía cada vez lo tocaba, esa avidez que decía “lo quiero todo, y lo quiero ahora”.
Tomi no dejó pasar el detalle del piercing lingual, que Bill se volvió a poner sólo para su deleite.
Y aquella no era una simple presunción del chico de las rastas, las palabras exactas del moreno fueron “Nunca has sentido el roce de un piercing contra tu polla… ¿o me equivoco?”.
De ahora en adelante, cada vez que atisbara la bolita metálica se empalmaría sin remedio, estaba seguro de ello.
Alcanzado el punto de no retorno, Bill embestía con fuerza contra él. Tom se preguntó cómo demonios se sentiría cuando realmente follaran, si con apenas frotarse —y con toda esa ropa como obstáculo—, él sentía como si todas las células de su cuerpo eclosionaran cuál palomitas de maíz.
Bill, amo y señor de su boca (y de su cuerpo, su alma, ¡su existencia entera! Pero era su boca la que en ese momento devoraba) se bebió su grito postrero, decibel a decibel, como si de su mismísima corrida se tratase. Mientras, más al sur —en el mismo sofá en que Tom se arrellanaba a ver la F1—, sus caderas continuaban su ataque sin piedad, hasta que Tom hubo rendido la última gota de su simiente.
Sólo cuando el cuerpo del de rastas se relajó —exangüe bajo el de su hermano— Bill se permitió a sí mismo la liberación.
Días atrás Tom había preguntado cómo conseguía controlar el momento exacto de su corrida, temiendo una respuesta demoledora —práctica, Tomi, muuucha práctica—. Pero en lugar de ello Bill había sonreído, besado su piercing y mostrado la banda de cuero que empleaba para ceñir la base de su polla.
&
El plan de Bill estaba resultando de maravillas. Luego de remolonear un rato en el sillón subirían al cuarto para la segunda parte. Tom aún estaba ansioso, pero ahora mucho más confiado.
Para su desgracia hubo un único y pequeño detalle que se le escapó de las manos a Bill: Tom había olvidado apagar el móvil.
Disfrutaban de la modorra post coital entre besos y carantoñas cuando Tom recibió una llamada de Geo.
Bill no articuló palabra, pero su cara bastó para que Tom supiera que, de tener al chico de ojos verdes delante de él, lo estrangularía sin remordimientos.
Había un sujeto que le debía dinero a Tomi. Un mal perdedor que jamás pagó el dinero de la carrera y desapareció de la ciudad, tras una pelea en un bar que acabó bastante mal. Los rumores eran que había regresado a Magdeburg y que iría a los piques esa noche.
No era una cantidad despreciable, por mucho que Tom deseara quedarse no podía desaprovechar la oportunidad (probablemente única) de obtener su dinero.
&
Bill estaba resentido y no hizo el menor esfuerzo por ocultarlo.
Todos sus preparativos se habían ido al caño. La culpa no era directamente de Tomi, pero como no tenía a nadie más con quien desquitarse se descargó con él a través de Mina, que se comportó inusualmente distante y fría.
La buena noticia fue que no tuvo muchas dificultades para que le pagaran. No luego de que el sujeto fuera arrinconado por todos los miembros del equipo y los demás asistentes hicieran vista gorda de lo que allí ocurría.
La mala noticia fue que Tomi ignoraba cuándo se le pasaría el berrinche a Bill.
Conociéndolo, podía ser al desayuno del día siguiente, en un par de semanas, o meses. Su hermano era impredecible.
Sin embargo, su venganza no tardó tanto…
Y dolió, dolió bastante.
&
—Aceptaste —graznó lo obvio, incrédulo—. No puedo creer que hayas aceptado —repitió, cuando iban de regreso en el auto.
Se sentía defraudado y no tenía intenciones de ocultarlo
En medio de las competiciones Erika se acercó a incordiar a Mina, como siempre. La situación fue escalando y acabó retándola a dar la largada. Usualmente la morena no habría accedido, pero esa noche el enfado de Bill permeó al personaje.
—¿Por qué carajos tenías que aceptar? —Preguntó Tom, por quincuagésima vez esa noche, ya más resignado a la idea pero sin acabar de agradarle.
Estaban acostados en la cama de Simone. Aquella que sería su gran noche totalmente arruinada (y de la peor manera). El sexo era lo último que Tom tenía en mente en ese momento, sólo podía pensar en su nena dando la largada a la noche siguiente y, por más inaudito que pareciera, la idea no lo excitaba en lo más mínimo.
Pensar en Mina siempre lo ponía alegre, «a tono», con deseos de… bueno, bastante más que sacarla a dar una vuelta en su Chevy. (Y Tom amaba conducir su auto).
Pero esa noche todas las fantasías con su novia eran sombrías.
—Tomi, estás exagerando —replicó Bill, acurrucado en su pecho, ya de mejor talante luego de efectuar su infantil venganza.
Su hermano llevaba desde que dejaron el cordón industrial bajándole el perfil al asunto, y Tom sabía muy bien el porqué.
—Lo hiciste aposta, estabas molesto porque arruiné nuestra noche especial y me golpeaste donde más me duele.
Tom sabía que era injusto; nadie cuidaba de su novia mejor que hermano y eso él lo sabía de sobra, pero era su momento de hacer berrinche. La noche siguiente debería que encarnar al player y pavonearse orgulloso de la belleza de “su hembra”.
¡Dios! ¡Cada vez odiaba más esa tontería!
—Amor, déjalo todo en nuestras manos —agregó Bill con dulzura y un punto de condescendencia—. Todo saldrá perfecto, ya lo verás.
De eso no le cabía la menor duda. Bill tenía una obsesión poco saludable por los detalles. ¿Cómo olvidar la ocasión en que —convertido en Mina— lo arrastró por cuatro tiendas hasta encontrar el tono exacto de azul que deseaba? Todo ello mientras Tom intentaba desesperadamente disimular su rubor, porque la prenda en cuestión eran unas pantaletas francesas, con brassiere y portaligas a juego.
¿Player?
¡Ja!
Su mente ofuscada tardó un momento en detectar el peligro en las palabras del otro chico.
—¿Dijiste «nuestras«?
&
Esa tarde fue desalojado de su casa no bien puso un pie en la sala.
Ni siquiera pudo ver a Bill. Hildy y Naty estaban allí para ayudar con el vestuario de Mina y fueron bastante bordes.
Cuando intentó explicar que necesitaba al menos bañarse y cambiarse de ropa, Hildy se apiadó de él, desapareció escaleras arriba, al regresar cargaba una muda completa en una bolsa de papel. Tomi hubiera apostado su automóvil —sin temor a perderlo, esta vez— a que la ropa la escogió Bill.
Cogió la bolsa y, antes de marcharse a casa de Georg, llamó aparte a Hildy y la reconvino —“Cuida que Nat no le ponga las manos encima”.
—¿A Bill o a Mina? —Precisó la pelirroja, quién disfrutaba torturándolo.
La respuesta obvia fue…
—¡A ninguno de los dos!
No le dio nada de confianza que la chica respondiera con desparpajo —«Lo intentaré, pero no prometo nada».
&
Ya de noche en el cordón industrial, Tom —nervioso por la apariencia que tendría su novia— fumaba incansablemente mientras aguardaba por la llegada de las chicas. Natalie se encargaría de llevar a Mina en su Indian, motivo de sobra para estar doblemente preocupado.
Una imagen en concreto no abandonaba su mente, la clasica banderillera de fantasía sexual: una chica de piernas interminables, trasero respingón enfundado en un diminuto hot-pants de latex, botas altas de tacón y un pequeñisimo top que no dejaba mucho a la imaginación.
Con Natalie de por medio se podía esperar cualquier cosa.
Empero, si de una cosa estaba seguro, era de que si había mucha piel al descubierto le pondría su chaqueta, enviaría a todo mundo a la mierda y se la llevaría con él de regreso a casa.
Cuando las chicas finalmente arribaron Tom presentó serias dificultades para poner su cerebro en funcionamiento.
El trío de conspiradoras había optado por un atuendo estilo Pin Up, sexy pero naif —Mina era Mina, después de todo, y no dejaría de serlo por muy enojado que estuviera Bill—, totalmente ad-hoc al evento en cuestión.
Su novia lucía tan atrayente que las ganas de llevársela de vuelta a casa regresaron, pero por otros motivos.
—Nena. ¿Por qué tu boca se ve… extraña? —Preguntó, mirándola con algo más de detenimiento, sin poder quitar sus manos de las pequeñas caderas de su novia.
Mina respondió con ligereza y no sin cierta dosis de malicia— Las chicas experimentaron un poco conmigo — dijo, consiguiendo que la mandíbula de Tom cayera peligrosamente, durante el minuto completo que ella tardó en agregar—: Me la agrandaron con un truco de maquillaje. ¿Qué pensabas?
Tom prefirió tomar esta última como una pregunta retórica. A veces olvidaba que la apariencia inocente de la chica era sólo una impostura, bajo la cual se encontraba agazapado el sentido del humor cabrón de su hermano.
Se despidieron con un piquito y se escabulló para dar inicio a la carrera, antes de que Mina tuviera ocasión de continuar torturándolo. Bastante trabajo le estaba costando verla vestida de esa manera y no treparle encima.
&
No había reparado en el pañuelo que su chica llevaba al cuello hasta que esta caminó con paso decidido hasta el punto de largada, lo desanudó con un gesto casual —que Tom adivinó Bill debió ensayar toda la tarde— y lo alzó con su diestra.
Antes de la carrera, y como era usual, Mina se negó a darle un «beso de buena suerte», pero en el momento exacto antes de la largada se humedeció los labios, sonrió y le guiñó un ojo.
Pese a su corta edad, Tom era un corredor experimentado. La primera vez que perdió una carrera fue culpa de un exceso de confianza.
La segunda fue por culpa de una novia coqueta y el inconmensurable deseo que ella le despertaba.
&
Perder fue un duro golpe para el ego de Tom. Los escasos segundos que duró la carrera se repetían en bucle en su cabeza, aun se negaba a aceptar que aquello realmente había sucedido.
Apenas se dio cuenta cuando —ya en casa— Mina desapareció de su rango de visión. Estaba tan enojado que no hizo sino despotricar y repartir bilis desde que dejaron el cordón industrial. En su ofuscación no prestó mayor atención a sus palabras, temió haber ofendido a su novia sin proponérselo.
Tras buscarla en la primera planta la encontró en la cocina acabando un vaso de jugo. No estaba enojado con ella y su coquetería intrínseca, la culpa era suya por no ser lo bastante profesional para apartar las distracciones y enfocarse en la carrera.
Se acercó despacio y la abrazó por la espalda, dejando un besito en su cuello. El perfume de Mina no fallaba en calmarlo y está vez lo ayudó a tragarse el orgullo y pedir disculpas, que la chica aceptó con mansedumbre y sin efectuar réplica alguna.
Su diestra se perdió bajo el capri de Mina y una vez encontró a “mini Bill” agazapado, su gemelo no tardó en salirse de personaje. Era la primera vez que Tom tomaba la iniciativa y eso de alguna forma lo inflamó de una osadía que no supo muy bien de dónde provino.
Los gemidos de Bill dispararon su erección a un punto en que se tornó doloroso, sin embargo la ignoró, empeñado en complacer a su pareja. A petición de su hermano lo volteó y se adueñó de su boca con gula, sin dejar de masturbarlo.
El moreno no tardó mucho en correrse ruidosamente, le echó los brazos al cuello y repartió besitos en su mejilla con languidez, demasiado mimoso para su propio bien.
—Bill, por favor… —gruñó Tom, incapaz sin embargo de apartarlo.
En esos momentos cargaba con un gran problema en sus pantalones y no necesitaba aún más alicientes.
Bill, que apoyaba todo su cuerpo contra el suyo, no tardó en comprender su predicamento.
—Vamos arriba, amor. Si me das unos minutos para recuperarme te haré una deliciosa mamada—. Prometió, en un susurro que fue directo a su sobre estimulada polla.
—No te preocupes, bebé —suspiró. Moría de ganas de aceptar la propuesta, pero el otro chico lucía tan desmadejado que le supo mal cobrarle la palabra—, Dolph se encargará.
—Vamos. Te lo debo, déjame resarcirte por distraerte en la carrera… y por cargarme en volandas al cuarto— agregó.
—Yo no te he…
La mirada pícara que recibió de vuelta le pareció la mar de sospechosa.
—Tomiiii —gimoteó su gemelo, con un pucherito manipulador— me corrí muy fuerte, mis piernas no me sostienen.
Una llamita de orgullo se encendió en su pecho.
—¿Seguro que no lo dices sólo para no subir las escaleras?
Bill se mordió el labio con coquetería y negó con la cabeza, agitando los —ya deshechos— bucles de Mina.
—Eres muy bueno haciendo pajas, no puedo esperar a que aprendas todo lo demás.
El de rastas tragó saliva, aquello sonaba muy prometedor, pero no quiso crearse falsas expectativas.
—¿Ese «Todo lo demás» incluye… follarte? —preguntó, tanteando sus posibilidades. Generalmente si Bill decía No era No, pero Tom se conformaba con un…
—Tal vez.
&
Bill era considerablemente delgado, por lo que en teoría debía ser ligero de cargar.
En teoría.
En la práctica sus piernas kilométricas, aunadas a los tacones de Mina y a los besitos que no dejaba de darle en su cuello, tornaban algo dificultoso su transporte. Por fortuna su hermano se dio cuenta de su predicamento… o quizá solo previó que —en esa posición— intentar abrir la puerta y encender la luz requeriría de una complicada maniobra gimnastica, que podría acabar con ambos en el suelo.
No importa cuales fueran sus motivos, con un grácil saltito Bill bajó de sus brazos al llegar a planta alta y se adelantó al cuarto de Simone.
Lo siguiente fue confuso para Tom. La puerta se azotó dejándolo fuera y juraría que oyó a Bill gritar:
—¡Hijas de la gran puta!
Ante tan florido lenguaje, el chico de rastas corrió a la habitación de su madre, pero su hermano se había encerrado dentro y no le permitía entrar.
—¿Bebé, ocurre algo malo?
—¡Nada! ¡Salvo que ese par de locas que tengo por amigas sufrirán una muerte lenta y dolorosa!
Eso sólo intrigó más a Tom, que continuó aporreando la puerta insistentemente hasta que el moreno se rindió y accedió a abrirle.
—Juro que yo no sabía —aseguró, apartándose para que Tom pudiera ver la causa de su enojo—. Cuando nos marchamos a las carreras Hildy se quedó, dizque «ordenando el desastre«. Tuvo tiempo de sobra para hacerlo, pero no me cabe la menor duda de que la mente siniestra tras esto es Naty.
Tom estaba boquiabierto, sin poder asimilar lo que sus ojos veían.
El dormitorio de su madre lucía una decoración romántica, con velas por doquier (a la espera de ser encendidas) y un penetrante aroma a rosas que —dedujo— se debía al enorme corazón dibujado con pétalos rojos sobre la colcha.
Bill, entre nervioso y avergonzado, se mordía la uña del pulgar.
—Será mejor que durmamos en nuestra habitación por esta noche. Mañana en cuanto me levante me desharé de toda esta horterada.
Tom caviló un momento, pero supo que si no se atrevía a decir lo que tenía en mente se iba a arrepentir toda su vida.
—No lo quites.
—¿Qué?
Carraspeó, ya sin asomo de dudas, estrujó el borde de su camiseta e intentó que no le temblara la voz al confesar.
—Me gusta.
Fue el turno de Bill para abrir la boca, asombrado.
—¿Lo dices en serio, Tomi? ¿De verdad te gusta? ¿No te parece muy… femenino?
Tom se encogió de hombros.
—Prometiste que nunca olvidaría nuestra primera vez, dudo que pueda olvidar algo como ésto —agregó con una timida sonrisa, indicando con un ademán de su cabeza hacia la cama.
Los ojos de Bill se abrieron de par en par, cómicamente, al tiempo que una radiante sonrisa se desplegaba en sus labios.
—Yo pensé que ya habíamos descartado hacerlo esta noche.
—Sería una lástima desperdiciar la ambientación. No creo que esos pétalos aguanten hasta mañana y… para ser sincero, yo tampoco aguanto una noche más.
Bill le saltó encima con una sonrisa radiante, y susurró un sentido «¿Ya te he dicho que te amo?» rematado con tres besos sucesivos en los labios. Para luego separarse abruptamente y salir corriendo en dirección a su cuarto.
—¿Adónde vas? ¿No lo haremos aquí?
—Tomaré una ducha y me cambiaré de ropa. —Informó, asomando la cabeza por la puerta, y agregó con un malicioso juego de cejas— A menos que desees ser sodomizado por Mina.
La vistosa señal que Tom hizo con su dedo medio no consiguió borrar el rotundo sonrojo que la insinuación de Bill le provocó.
&
Bill era de duchas eternas, por lo que la espera le dio a Tom tiempo suficiente para arreglar los dolorosos asuntos pendientes con su entrepierna (con la siempre solícita ayuda de Dolph) y encender cada una de las 36 velas que las chicas habían dispuesto alrededor de la cama, sobre ambas mesitas de noche y en el tocador de Simone.
Más allá de la molestia producida por la intromision en su vida privada, Tom agradecía la aceptación y el soporte que sus amigas brindaron desde el principio a su relación. No desconocía que su noviazgo con Bill rompía unas cuantas leyes humanas y divinas, (por lo mismo fue tan reacio a aceptar sus sentimientos) sin embargo, saber que no estaban solos contra el mundo, que había quienes los amaban incondicionalmente y no los juzgaban, lo conmovía profundamente.
La ambientación incluía un detalle más que, en su ira, el moreno no alcanzó a notar. Diligentemente dispuestos sobre una de las mesitas de noche Tom encontró una botellita de lubricante, aceites comestibles de masajes (al menos eso ponia la etiqueta) y una cajita de condones estriados que se le hizo bastante familiar.
Rato después, al recordar dónde y cuándo había visto esos condones anteriormente, su miembro dio un respingo en sus pantalones.
&
Cuando el moreno finalmente se presentó en la habitación Tom sufrió un shock.
—¡Mierda, Bill!—jadeó, ante la visión que encontró al abrir la puerta.
La apariencia de Bill le hacía justicia a cada minuto que tardó en arreglarse. Lucía en verdad guapísimo, pero no fue eso lo que dejó alucinando al chico de rastas, sino la chaqueta de cuero que su pareja traía puesta.
Aquella prenda tenía su historia propia, por la cual Tom inadvertidamente había acabado odiándola.
Esa era la chaqueta de ligue de Bill. Sólo la usaba cuando tenía una cita o iba en busca de un desahogo rápido al club de siempre.
Que escogiera ponerse precisamente esa chaqueta para su noche especial le supo fatal, era casi como si rebajara su primera vez al nivel de cualquiera de sus polvos ocasionales.
Los celos de Tom reflotaron, cogió al otro chico por la solapa de la ofensiva chaqueta y lo besó posesivamente. Bill respondió de inmediato, emitiendo un leve gruñido de satisfacción. Sus manos fueron directo a las caderas del mayor, colándose bajo la enorme camiseta para acariciar directamente su piel.
Rápidamente Tom sintió su excitación regresar, la forma en que Bill devoraba su boca sólo podía describirse como «glotonería» y él no quería que su hermano se engolosinara con los labios de otro sujeto, nunca más.
Finalizó el beso a su pesar, necesitaba que Bill lo mirara a los ojos y prometiera que sería sólo suyo.
Se lo pidió en un tono que quiso ser autoritario, pero que se oyó más bien como una súplica.
—Ponte esa chaqueta sólo para mí.
Bill, con los ojos oscurecidos de deseo, jaló el piercing de Tom con los dientes, con intensidad suficiente para brindar un placentero dolor.
—Tomi, idiota —agregó, con intensidad— Ahora que finalmente te tengo no necesito buscar sustitutos. ¿Pero, podemos follar ya, por favor? Tú has esperado sólo un par de semanas, yo casi cuatro años.
Ante semejante declaración Tom se dejó remolcar a la cama, esquivando las velas encendidas y sintiéndose infinitamente deseado.
&
El ansia de Bill se manifestaba en cada gesto suyo, desde la premura por quitarle la ropa —Tom se ganó una palmada en la mano cuando intentó desabrocharle el cinturón— hasta el autoritario empujón con que lo envió de espaldas sobre el colchón. Esto último acabó acojonando un poquito al de rastas, Bill parecía haber perdido el control.
No quería sonar como una chica aterrada ante su primera vez pero, quitando el antecedente de género, así era más o menos como se sentía.
—Ehm… bebé —musitó con dificultad, hablar en medio de las concienzudas caricias de Bill era una verdadera proeza—, de verdad me encantaría poder… sentarme mañana.
—Mi Tomi, relájate —pidió el moreno, dejando un reguero de apologéticos besitos por su mandíbula.
—Estoy relajado —mintió—, yo sólo… ¡Ohh joder! …te recuerdo que… la pista por la que tu bólido va a correr esta… noche nunca antes ha sido u-usada para ese propósito y debes proceder con… hummm… cuidado.
Su gemelo se rio abiertamente de la metáfora. Detuvo el asalto que sus dientes propinaban a los pezones del de rastas y se incorporó apoyado sobre una mano, mientras con la otra acariciaba suavemente su mejilla.
Tom suspiró al ver el hermoso rostro tan cerca del suyo, los ojos de Bill brillaban más que nunca y sus labios lucían rojos pese a no llevar maquillaje, experimentó un calorcillo en sus partes bajas al saber que él era el causante de que su gemelo se viera más hermoso que nunca.
—Tomi, no imaginas cuantas veces he soñado despierto con que algún día serías mío— Tom intuyó que no se refería solamente al sexo.
Los envolvía una acogedora atmósfera de intimidad, tal vez las velas ayudaron, tal vez fue la voz aterciopelada de su gemelo lo le recordó que él jamás lo lastimaría.
Rodeó la cintura del moreno con sus brazos, acariciando suavemente su espalda bajo la infame chaqueta de cuero
—Cada día que pasa, cada nueva tontería tuya hace que me enamore más de ti —declaró. El corazón del mayor se aceleró, y no por causa de la calentura—. No tienes por qué estar asustado, Tomi. He esperado este momento por demasiado tiempo como para arruinarlo.
Tom, enternecido y ya más seguro, se incorporó los escasos centímetros que separaban sus labios.
El beso fue increíblemente calmo, considerando lo excitados que ambos se encontraban.
—Yo nunca imaginé que sería contigo —confesó Tom, separándose apenas, su pulgar rosando suavemente el labio inferior de Bill—, supongo que por eso nunca estuve cómodo con la idea de tener sexo con otro hombre.
Aunque los chicos le atraían y en camerinos —tras la clase de deportes— se las veía negras para no empalmarse, tan solo pensar en intimar con alguno de ellos le provocaba rechazo.
Bill asintió, incorporándose con una pequeña sonrisa. Como era de esperar, su gemelo no requirió de una larga explicación para comprender esas emociones que no conseguía poner en palabras.
Sentado a horcajadas sobre sus caderas, Bill iba construyendo una senda de suaves arañazos en su pecho desnudo. Tom entornó los ojos, entregándose a las sensaciones y respondiendo con gemidos que iban in crecendo a medida que las caricias de su pareja se acercaban a la cinturilla de sus bóxers.
El moreno aún estaba completamente vestido, sólo por mortificarlo, podía leerlo claramente en el brillo de sus ojos y en la forma como asomaba la puntita de su lengua entre los dientes.
Tom anhelaba mayor contacto, aunque no se requería de mucho para que su cuerpo entrara en ebullición, porque se trataba de su hermano y aun un gesto tan nimio (como una mano en su rodilla mientras conducía) no fallaba en volverlo loco.
—¿Nervioso aun? —Le interrogó, agachándose a dejar un besito al costado de su ombligo.
—No hagas eso, entiendo que tengas buenas intenciones, pero no-soy-una-chica —protestó, obteniendo más risitas a cambio. —. De acuerdo, pésima elección de palabras. No más comentarios sobre alguno de los dos siendo una chica.
Como premio a su comentario Bill se alzó y se sacó la chaqueta, permitiéndole quitarle la camiseta.
El cabello negro alborotado le daba a su gemelo una apariencia salvaje e innegablemente sexy. Por fortuna Tom había tomado precauciones, de lo contrario estaría realmente aterrado por correrse en cualquier momento.
—¡Joder, eres tan hermoso! —Jadeó, olvidándose de su permanente determinación a no alimentar el desmesurado ego de su gemelo.
—Lo sé —replicó Bill, su usual respuesta a cualquier halago a su persona. Pero esta vez agregó algo que dejó a Tom pensando, y deseando darse de cabezazos contra la pared, cuando por fin comprendió lo que se ocultaba tras la sempiterna vanidad de su hermano— Tengo buen gusto, después de todo.
“Por supuesto, Tom, idiota —se recriminó el de rastas, sus años de despiste—. Somos gemelos idénticos, aunque nuestra diferencia de estilos haga que lo olvidemos la mayor parte del tiempo”.
—¿Soy un negado, verdad? —Inquirió, avergonzado por su falta de entendimiento.
—Supongo que debo agradecer que no te dieras cuenta, porque aparentemente no soy nada bueno disimulando. Las chicas aseguran que era demasiado evidente que estaba… que estoy —corrigió— total y absolutamente colado por ti.
A partir de ese momento ya no hubo palabras, el amor y el deseo que ambos se profesaban lo manifestaron a través de la forma más primaria de lenguaje conocida.
Bill bajó hasta sus labios, apoderándose de ellos con fiereza y Tom no se quedó atrás, respondiendo cada lamida, cada mordida, con idéntica intensidad. Su orgullo lo obligaba a demostrar que aun en el rol pasivo no era un blandengue, que no se quedaría sólo tirado en el colchón mientras su gemelo se llevaba toda la diversión.
Cogiendo impulso invirtió posiciones y, sin romper el exquisito beso que ambos compartían, desembarazó a su hermano de cinturón, jeans y bóxers. En la premura un botón solitario voló por los aires, pero ninguno de los dos se enteró.
Bill la tuvo más sencilla, pues a los pantalones gigantes del de rastas sólo eran sostenidos en sus caderas un precario cinturón.
El par de manos codiciosas que se hicieron con sus nalgas, apretando y arañando, arrojaron a Tom a un pequeño trance de placer, que lo obligó a descansar su cabeza en el hombro de Bill, jadeando entrecortado.
Apenas un largo y óseo dedo se aventuró en el estrecho camino hacia su entrada. Despacio, torturantemente despacio.
No le restaba aire ni cordura para articular una súplica siquiera, apenas un sonido gutural salió de su garganta antes de que su gemelo asaltara nuevamente su boca y retomara su posición inicial. Lo que implicó que su entrada fuera abandonada, al menos temporalmente y que Bill alzara una ceja, sorprendido al descubrir su pequeño ardid.
Una firme mano en su pecho lo retuvo, impidiendo una nueva rebelión, mientras el índice de la diestra jugueteaba en torno al ceñidor en su polla.
Tom apretó los párpados, contorsionando ante la deliciosa tortura. La garganta le raspaba producto de los repetidos gemidos, pero poco importaba si al día siguiente amanecía ronco, sólo deseaba que Bill no se detuviera.
Una fría humedad chorreando por la parte baja de su abdomen lo hizo abrir un ojo, y luego los dos, el moreno esparciendo el aceite en su pelvis y entrepierna era algo que no pensaba perderse.
“¡Joder!”
Tenía una idea bastante acertada de lo que Bill tramaba y el único pensamiento coherente que pudo elaborar fue felicitarse por cogerle el anillo para el pene. Esos no eran preliminares, era una jodida maratón porno.
La primera lamida le arrancó un quejido nada masculino, pero a esas alturas sus antiguos prejuicios le importaban un carajo. La carnosa lengua de su gemelo transitaba desde la base de su polla hasta su entrada, en un paseo de ida y vuelta, que lo tenía convertido en un bultito de sudor y gemidos.
Como pudo llevó una mano temblorosa a la cabeza azabache y cogió débilmente un mechón de cabellos. La lengua traviesa se las arregló para atravesar la pequeña barrera de músculos y adentrarse en el único rinconcito de su cuerpo que le restaba por descubrir.
Sus párpados temblaron, los ojos en blanco y la respiración errática. A duras penas podía asimilar tanto placer sin colapsar y, sin embargo, aquello era sólo un pequeño adelanto de lo que estaba por venir.
El contacto del piercing del moreno con sus paredes provocó un pequeño espasmo en su interior.
Preparado o no, lo deseaba todo, ahora.
Bill pareció leer sus pensamientos, porque se retiró muy despacio. Una vez fuera, le dio una pequeña mordida a su entrepierna, salpicada de risitas ante el desvaído gemido que se le escapó.
Un beso en la zona afectada y la figura de su pareja volvió a alzarse: lucía hecho un desastre, un sexy desastre que chorreaba saliva por su barbilla. Un par de estremecimientos en sus bolas sirvieron de indicativo para saber el momento exacto en que se hubiera corrido, de poder hacerlo libremente.
Como pudo se incorporó apoyado en su antebrazo, Bill fue a su encuentro con un movimiento felino. Se dijo que quizá debería experimentar algún tipo de repulsión por succionar la misma lengua que segundos antes lo penetró, pero el morbo fue más fuerte.
El moreno lo cogió de las rastas, sosteniéndolo para evitar que se apartara del beso en cuanto un dedo entró en él.
El dedo era más fino, pero mucho más rígido y largo que la lengua y estaba frío producto del lubricante. El cambio de textura y temperatura no fue agradable, pero Bill era un besador habilidoso, y lo distrajo el tiempo suficiente para que el lubricante se calentara y su cavidad consiguiera acostumbrarse a este nuevo intruso.
El segundo y tercer dedo fueron tanto o más incómodos, Tom se forzó a enfocarse en Mini Bill, que se frotaba contra su abdomen.
—¿Duele?
La pregunta llegó como un leve susurro en su oído. No era el momento de jugar al macho invulnerable, asintió con energía, mordiéndose el labio.
A cambio de su sinceridad Bill dejó un besito en su mejilla y bajó a cumplir la amenaza/promesa que profiriera el día anterior.
Tom experimentó estrellitas brillantes y un fuerte sacudón en su vientre.
“¡A la mierda el Ibuprofeno!”
El mejor analgésico era la lengua de su gemelo, frotando su bolita de metal en su hendidura.
Tom nunca supo de dónde cogió energías suficientes para proferir —:“Joder, Bill, ¡hazlo ya!”
Tom supuso que, de Bill haber sacado los dedos rápido, hubiera dolido más que la mierda. Pero estos se batieron en retirada muy lentamente, casi como una íntima caricia.
Que el impulsivo y descuidado de su hermano fuera tan considerado, en un momento en que probablemente le costaba contenerse, fue una prueba más de que el amor que éste sentía por él era aún más fuerte que su calentura.
En medio de la bruma producida por la calentura y la anticipación, atisbó cómo Bill derramaba media botella de lubricante sobre Mini Bill y lo esparcía homogéneamente con su diestra. Apenas tuvo un pensamiento para el desastre que estaban dejando en la colcha de su madre, pero este fue apartado el preciso instante en que su gemelo cogió a Mini Bill y apuntó en dirección a su entrada.
“No va a doler, no va a doler, no va a…”
Repitió el mayor, en una incesante salmodia, intentando mentalizarse.
Lo cierto es que la irrupción si dolió, principalmente porque Bill entró del todo con una sola embestida. Si fue por experiencia, cegado por la calentura o alguna técnica desconocida por él, escapaba a su conocimiento.
Bill se tragó sus gritos y le acarició la lengua con la suya. El beso era delicioso, pero no bastaba para mitigar el dolor… y eso que el otro chico aun no empezaba a moverse.
Sus manos se agarraban de la sabana con desesperación, mientras mentalmente lloriqueaba “no estaba listo, joder, NUNCA estaré preparado para esto”.
Bill pareció percibir su suplicio, pero no se apartó. Tom no pudo ver cómo lo consiguió pero, un minuto más tarde, una mano chorreando lubricante fresco se hizo de su polla y comenzó a bombear. Aquello mitigó en parte el dolor, pero la sensación de estar siendo desgarrado en dos permaneció. Juró no volver a bromear con su hermano sobre el porqué del mote “Mini Bill”.
—Se pone mejor, sólo debes relajarte —pidió el moreno, besando su mejilla húmeda. Tom tragó grueso al darse cuenta de que esa gotita no era sudor.
Cerró los ojos y respiró hondo, en un último esfuerzo por relajarse.
Bill comenzó a moverse lentamente sin dejar de masturbarlo. No estaba tan mal, en algún momento terminaría y él podría ovillarse y llorar como un crío porque, aparentemente, no estaba hecho para el sexo anal.
¡Joder! ¿En qué momento se había convertido en una reina del drama?
Inopinadamente, un pulgar en su entrepierna apretando en movimientos circulares borró de un plumazo todos sus lamentos. Aquél pequeño estímulo envió un relámpago de electricidad a su espina, sus piernas y el resto de sus extremidades, para acabar en sus bolas.
Por lo visto no sólo su hermano tenía zonas erógenas sin descubrir.
Su próximo quejido no fue ya de dolor y vino acompañado de un—:”¡Oh, Dios, no pares, por favoooor!
Ante la orden implícita, Bill abandonó todo autocontrol y se irguió, sentados sobre sus caderas. Tom espió por los parpados entreabiertos, su gemelo estaba cubierto en sudor, con algunos pétalos adheridos a su piel, la boca entreabierta por donde jadeaba de forma indecente. Sus caderas se movían enloquecidas, montándolo sin tregua.
Se resistía a cerrar los ojos, esa visión era tan ardiente que deseaba fijarla en su retina por siempre, pero el placer lo había alcanzado y no dejaba de golpearlo en cada estocada.
Gimoteó el nombre de su hermano, entremezclado con ininteligibles ruegos.
En medio del paroxismo que nublaba su mente una sola frase alcanzó su comprensión.
—¡Jodeeeer, Tomi, me corro!
Parpadeó, intentando reaccionar en vano. Desafortunadamente, a sus acalambradas manos los escasos centímetros hasta la banda de cuero en su polla se le figuraron insalvables.
Maldijo sus nulas fuerzas, pero mágicamente, al instante siguiente se corría como si no hubiera un mañana. Agradeció a Bill tener esa pequeña consideración para con su miembro necesitado, antes de desplomarse sobre él.
Se rio ante el inocente pensamiento de que ello se debía a haberse estrenado con su hermano. Su lado racional le recordó que llevaba largo rato conteniéndose, pero en su mente se quedó con su primera versión y le importaba un carajo si ello sonaba ñoño.
&
Bill dormitaba a su lado, tirado cuan largo y sensual era.
Lo dejó descansar, lo tenía largamente merecido. A pesar de los inconvenientes —que no fueron pocos— su noche especial lo fue a cabalidad.
Le apartó un mechón que caía en medio de su rostro y le impedía observarlo dormir. Quizá debería agregar “voyerista” a su recién empezada lista de fetiches.
Lista que se moría por descubrir, de la mano de su gemelo.
&
Las sospechas de Tom estuvieron en lo correcto: la mezcolanza entre el lubricante, los aceites de masajes, aunados al sudor que (por alguna incompresible reacción química) decoloró los pétalos, acabaron por arruinar irremediablemente la colcha de Simone —blanca, para colmos—.
De manera que ese lunes, luego del trabajo, Tom debió correr al centro comercial por un reemplazo, y esta vez no aceptó la compañía de ninguno de sus dos amores. Estarían tentadoramente cerca de los colchones, lo cual no era nada recomendable, a menos que quisieran ganarse una multa por exhibicionismo y faltas a la moral.
Ya en casa, dejó la compra sobre el sillón y fue en busca de Bill. Aún no conseguía moverse con naturalidad, agradeció que debido a sus pantalones anchos hubiera adoptado hace años un andar algo patoso. Lo que nada conseguiría disimular era el hecho de que su retaguardia dolía como el demonio ante movimientos bruscos.
El pequeño trasero de Bill le dio la bienvenida desde la puerta abierta de la nevera. El muy provocador traía puestos unos bóxers rojos que alguna vez le pertenecieron a Tom.
Sin hacer el intento siquiera de contenerse, se acercó con sigilo y le dio un suculento apretón en el cachete derecho.
El moreno dio un respingo y se volteó, brazos en jarras y una fingida —Tom esperaba que estuviera fingiendo— mirada de enfado.
—Sabes que odio que repitas las malas costumbres de los trogloditas del taller.
Tom puso ojos de cachorrito y gimoteó. Si deseaba ser perdonado con rapidez, toda dignidad debía ser dejada de lado.
—Estúpido —masculló Bill, cerrando la puerta de la nevera con el pie y apoyando su espalda en ella.
Sin embargo una pequeña sonrisa no tardó en aparecer en sus labios.
Pronto Tom fue jalado de su camiseta y saludado apropiadamente con un beso que sabía a fresas.
El beso progresaba estupendamente, hasta que Bill de pronto lo apartó.
—¿Ocurre algo, bebé?
—¡Casi lo olvido! Mamá llamó.
La mera mención de Simone lo puso de mal humor. Se alejó de Bill y se cruzó de brazos. Aparentemente si habría pelea.
—¿Finalmente recordó que tiene hijos?
—¡Tomi!
—¿Cuántas veces ha llamado desde que se fue? ¿Dos?
—Cuatro — Tom puso cara de “¿Entiendes mi punto?”, pero el moreno se mantuvo en sus trece.—. Nos ha etiquetado en todas las fotos que subió a Facebook.
—¿Para mostrarnos lo bien que se la está pasando?
Le enervaba que su hermano siempre justificara a su madre, pero más aún el que por su culpa acabaran discutiendo.
Bill aparentemente percibió su tensión porque fue a su encuentro y le jaloneó de los bajos de su camiseta.
—No seas amargadito, hacía tres años que no se tomaba vacaciones.
Conocía tan bien los ademanes de Bill cuando buscaba manipularlo.
Dos dedos en las presillas de su pantalón y un jaloncito dominante los pusieron a una distancia más que interesante. Pero Tom no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer tan fácilmente esta vez, si Bill pretendía persuadirlo de perdonar el virtual abandono de su madre, esperaba obtener a cambio algo, cuando menos, gratificante.
—No seas tan duro con ella, está de luna de miel.
—Hasta donde sé, la luna de miel va después de la boda —terció, inconmovible.
El único inconveniente de ese nivel de cercanía era que se volvía algo difícil ocultar ciertas reacciones corporales innatas y su pareja se estaba aprovechando de ello. Bill enlazó sus brazos alrededor de su cuello, dejando ambas bocas separadas por escasos —y estratégicos— centímetros, suficientes para generar intimidad pero no tanto como para tocarse.
—Si estuviéramos de viaje en un sitio paradisíaco, ¿pensarías en alguien más, aparte de nosotros?
Ese fue un golpe bajo, y no sólo porque Bill metía despacito su rodilla entre sus piernas mientras hablaba.
—Eso pensé. —agregó su pareja, tomando su silencio como aceptación, cerrando el tema con un beso.
Continúa…
Administración: Este es el último capítulo que Haru publicó con nosotros, quedan 6 para el fin del fic que fueron publicados en Wattpad, pero ya saben el resto de la historia. Si alguien logró guardar el fic completo, sería estupendo que pudieran contactar conmigo al correo fics1tokiohotel@ gmail.com. Entre tanto, el fic entra en hiatus. Perdón por las molestias.
Que obra más preciosa! Una lástima el Hiatus y el poco respeto que hay en whatpadd por el trabajo de los demás 🥲 espero aparezca alguien que haya llegado a guardar el resto de la obra.