«Por ti me convertí en Princesa» Fic Twc de Haruxita

Capítulo 2: Entrando en personaje

No iba a ser nada fácil acostumbrarse a lidiar con las miradas que Bill (alias Mina) atraía donde quiera que fueran. El tarado se lo tomaba con bastante diversión, por una vez su llamativa apariencia era motivo de halagos y no insultos. Al menos que su hermano estuviera disfrutando la dichosa salida, porque él fabricaba bilis con la velocidad de una turbina.

Bill – con una enorme sonrisa y no sin una gran dosis de razón – aseguró que sus nada disimulados arranques sobreprotectores pasaban perfectamente por los de un novio celoso.

El, ingenuamente, había escogido el cine como lugar de su primera «cita oficial» por creer que implicaría menor interacción entre ellos y con el resto de la gente. Considerando que Bill llevaba unas cuantas horas apenas adueñándose del personaje y ellos ni siquiera habían ensayado la que se suponía era su «dinámica de pareja».

De haber estado en sus manos habría esperado un poco más, pero Ernst (al parecer bastante impresionado por esta atractiva chica aparecida de la nada, asegurando ser su novia) no se detuvo en halagos para con ella ni mucho menos su «evidente» poder de seducción por haber conquistado a tal belleza.

Tom sospechó que ciertos rumores que habían comenzado a circular desde la semana anterior – alentados por el hecho que ninguno de sus compañeros de trabajo conoció jamás a ninguna de sus cacareadas “cientos de conquistas” – habían despertado las sospechas de su supervisor.

Conociendo al hombre estaría aguardando un relato pormenorizado de cuándo, cómo, dónde y cuantas veces.

Algo que medio le había insinuado a Bill y ante lo cual él saco a relucir una frasecita que ya le había oído antes ese día. «Esta chica no es esa clase de chica».

Por ello y como debía justificar en qué diantres había invertido el dinero – y para qué negarlo, como un pequeño agradecimiento a su hermano, que se había tomado tantas molestias y no estaba pidiendo nada a cambio para ayudarlo – estaban en el cine esa noche, devengando los 50 euros que el hombre le había regalado generosamente para que «te diviertas un rato con tu mujercita».

Él no estaba muy convencido que aquello fuera una buena idea. Bill tenía muy poco tiempo en el personaje y, en honor a la verdad, nunca fue muy buen actor, pero cuando se lo mencionó éste había dado saltitos y palmadas, su clásica señal de lo mucho que le entusiasmaba algo.

Luego de que Bill se encerrara en el cuarto de su madre por casi hora y media, Mina había salido.

El vestido floreado había sido reemplazado por jeans, blusa y chaqueta, pero no por ello se veía menos impresionante que la primera vez. Necesitaba acostumbrarse pronto a ese disfraz, y Bill necesitaba encontrar un nuevo chiste que no fuera «cierra la boca, babeas la camisa». En especial por era casi cierto.

No estaba muy de acuerdo con que la elección de la película fuera la más acertada. Suponía que en una cita romántica no se veía una de terror, pero Bill aseguró que él – Tom- como macho hormonado que se suponía que era estaba más interesado en meterle mano a su chica que en ver la película.

Cómo seguía sin entender, su hermano sólo había rodado los ojos y puesto cara de circunstancias.

Comenzaba a joderle un poco que Bill supiera más del comportamiento y estrategias de un personaje que él mismo había creado. Viéndolo así, parecía haber dejado demasiadas cosas al azar. Quizá ello explicaba que hubiera caído tan fácilmente en las garras de la famosa Erika.

Habían quedado que la tarde siguiente Hildy y Bill le darían un curso rápido de cómo comportarse con una chica. Si lo pensaba un poco, resultaba bastante aterrador ponerse en manos de ese par de locos. Pero, luego de su pequeña excursión al centro comercial esa noche – y cansado de oír a Mina susurrarle ante cada puerta, silla o escalera lo que se suponía debía hacer decir o mirar – acabó comprendiendo cuán necesario era.

La parte más incómoda vino en la fila para entrar a la sala. Pese a ser martes había bastante gente, lo que implicó una espera de al menos unos treinta minutos, esa era la parte en que la chica de turno esperaba llevarse una buena ración de besos para «amenizar» la demora. Para su alivio, Bill – quizás en la mejor idea que había tenido en toda su vida- efectuó una pequeña puesta en escena.

Al final de cuentas esa historia de «esta chica no es ese tipo de chica» sí resultaba útil, después de todo. Si bien terminó con media boca con una sutil mancha de carmín y le faltaron manos para sostener las palomitas y los dos vasos de coca cola, se pudo relajar y olvidarse de fingir que era un salido, aunque fuera por un rato.

Comenzaba a agradarle «Mina». Si hubiera conocido a alguna chica que no lo atosigara y con -al menos- la mitad de su encanto, su adolescencia no hubiera sido una tortura y, quien sabe, quizás hasta habría tenido novia estable, aunque ello implicara “sacrificarse” de tanto en tanto.

Ya sin poder aguantar la curiosidad – en especial porque nada más entrar a la sala Bill había escogido asientos en la última fila- tuvo que preguntar a qué venía todo ello.

Aun en la penumbra de la sala pudo ver esa expresión de «tengo un plan diabólico en marcha».

Entre susurros Bill había explicado que, de todo el tiempo que demoró alistándose, casi un tercio lo pasó en Google «investigando», y que cada uno de sus extraños comportamientos esa noche tenía una justificación.

La elección de la película de terror (que él pensó se debía a que a su hermanito le encantaban) tradicionalmente era usada para asustar a la cita en cuestión y dejarla más susceptible a ser abrazada y besada. La última fila era el lugar preferido de quienes iban al cine a fajar… y un poco más.

Se amonestó mentalmente. Ese tipo de cosas debería saberlas, pero todo el tiempo estuvo convencido que con su fanfarronería y exageradas historias de conquistas inventadas era suficiente.

— Eso puede funcionar con tus amigos, pero si quieres engañar a todo el mundo debes esforzarte un poco más.

Tan sólo con ese consejo Bill había pagado la ida al cine completa, incluyendo las ganas de partirle la cara al sujeto de la dulcería que le cogió “accidentalmente” la mano a la chica al pasarle las palomitas.

Sin embargo, faltaba una parte importante de la actuación, tal vez la más complicada de llevar a cabo.

— ¿Y si te digo que tengo la memorycard de la play escondida bajo mi bra, y que si no la encuentras no pienso regresártela? – susurró, con cara de póker, imposible adivinar si hablaba en serio.

Al menos eso lo hacía un poco más creíble que el «pon cara de salido y de que mueres por tocar sus tetas» con que se mentalizaba cada que debía salir con una chica.

Sólo se olvidaron de un pequeño, de verdad ínfimo, detalle.

Bill y sus cosquillas.

Al final acabaron echándolos de la sala porque, justo en la escena clave de la película, Bill había estallado en una estruendosa carcajada. Cuando el acomodador se acercó para pedirles que guardaran silencio, encontró a la morena con el cabello revuelto y la mano de su novio perdida bajo su blusa. Este no tardó en sacar conclusiones que, si bien estaban erradas, servían bastante a su coartada.

Luego del susto -la cosa se habría puesto bastante fea si les hubieran pedido identificaciones, a Mina en concreto– se marcharon del lugar en silencio. De haber andado sin disfraz Tom le hubiera dado a su hermano un juguetón golpe de puños en el brazo para animarlo, pero tuvo que contenerse. Era improbable – aunque no imposible – toparse con un conocido, pero si algo había repetido Bill hasta la saciedad esa tarde era la necesidad imperiosa de que “se creyera el cuento” en todo momento. De tal manera que le cogió la mano y tentó a entrelazar sus dedos. El otro chico volteó a verlo y alzó una ceja.

Tom sabía muy bien lo que ese gesto significaba. El jamás le tomaba la mano a ninguna de las chicas con las que salía. Ni siquiera Erika consiguió que transigiera en ello durante su noviazgo, y la chica era bastante jode bolas.

— Mina es mi novia oficial. –dijo, encogiéndose de hombros, por toda explicación.

La chica sonrió y le dio un apretoncito en la mano. No dijo palabra, pero Tom supo que Bill estaba satisfecho de que él finalmente estuviera poniendo de su parte.

Aún era temprano y les quedaba algo del dinero gentilmente aportado por Ernst, así que para rematar la cita decidieron pedir una pizza y ver otra película, esta vez en casa, donde Bill podía armar el escándalo que quisiera sin correr el riesgo de ser vetado de por vida.

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— ¿Por qué haces esto? – preguntó, engullendo la cuarta rebanada de pizza.- Tú no ganas nada.

— Era mi turno de devolverte la mano. Desde que salí del closet me has estado cuidando, peleándote por mi culpa. No podía dejar que esa perra te arruinara la vida sin hacer algo.

— “Hacer algo” es pagar las cervezas, ¡tú te convertiste en mujer!

— ¡Hey! ¡Alto ahí! Que las tetas falsas y los tacones no te engañen, sigo siendo hombre.

— Está bien, lo que tú digas… «amorcito».

Le llegó un pepinillo que dio justo en su mejilla, que derivó en una guerra de comida, una muy breve porque casi habían acabado con la pizza.

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Al día siguiente, su supervisor se vio un poco decepcionado cuando en lugar de una cachonda historia con «la morena de piernas interminables» lo que obtuvo fue el relato de su frustrada ida al cine. Pero la sonrisilla perversa le regresó al rostro cuando Tom le advirtió.

— …y Ernst, la próxima vez que te refieras a mi mujer como «la morena de piernas interminables» te sacaré el aire, y no hablo de los neumáticos de tu auto.

Más incomprensible aun fue su palmadita en el hombro y el «te estás haciendo todo un hombre, chico».

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Hay cosas para las que un gay en negación nunca está preparado, una de ellas era que un gay asumido y algo (bastante) afeminado le diera clases de cómo comportarse ante una mujer.

— Nunca haces contacto visual con sus ojos… tu línea de visión siempre está en sus pechos.

— Déjame adivinar: ¿Google?

— No, dulzura. Se llama sentido común.

Y por supuesto, donde está Tweedledum, Tweedledee nunca anda muy lejos.

— ¿Qué tu no eras feminista? ¿No se supone que esto atenta contra la convención internacional de mujeres sin tetas o algo por el estilo?

— Yo estoy aquí para ayudar con la parte práctica.

— En tus sueños húmedos -Bill lo miró de mala manera, recordando lo que le había dicho el día anterior en el taller. Ni modo, ya la había cagado-. No te voy a meter mano, aunque no encontraría mucho de todas maneras.

— No te preocupes semental, de eso me encargo yo. – intervino Bill, que por algún motivo no estaba vestido como Mina de hecho estaba disfrazado de… ¿Tom? a juzgar por las ropas anchas y esas trenzas que parecían emular sus propias rastas.

— A ti tampoco te voy a meter mano.

— De hecho, lo tendrás que hacer. Pero no te alteres antes de tiempo. Aún hay mucho que debes aprender antes de la carrera del viernes.

— ¿No podemos esperar una semana más?

Había tanto por asimilar y era evidente que Mina aún no estaba lista, sin contar con sus nervios que le gritaban que ese plan no sólo era disparatado, sino que demasiado peligroso.

— Ya hemos perdido cinco días en que el rumor se ha estado esparciendo. Estamos en desventaja, no podemos esperar más.

— Gracias hermanito, nadie como tú para dar ánimos.

— Escucha macho de tres al cuarto… – Hildy podía seguir hasta las trancas por él, pero a nadie, ni siquiera a su «adorable Tomi», le permitía que se metiese con el moreno. – Bill está tomándose demasiadas molestias para sacarte del lio en que tu solito te metiste, lo menos que puedes hacer es cooperar. Es tu lindo culo el que está en juego, después de todo.

La verdad siempre dolía, pero al menos ese regaño resultó efectivo. Se tragó su malhumor y la siguiente hora fue un alumno ejemplar, aunque se le hacía raro ver a ese par actuando como novios.

Un novio cachondo y una novia bastante recatada. Hubiera sido chistoso de no ser tan perturbador.

— Tus manos siempre deben ir, o a tratar de meterse bajo la blusa o a tocar el culo.

— No te voy a tocar el culo.

— Evitarlo será mi trabajo… mejor dicho, el de Mina. Tú invades, ella contiene.

Algo le estaba molestando hacía bastante rato. La fluidez de movimientos de esos dos estaban demasiado bien coordinados. Eso no era algo que se pudiera explicar con google o sentido común.

— Presta atención, que luego lo tendrás que repetir tú y más te vale que lo hagas bien.

— ¡A su orden, mi sargento!

La pelirroja se había subido sobre un pequeño taburete para estar más a menos a la misma altura de Bill, daba gracias a Dios porque su hermano no estuviera vestido de chica o aquello hubiera parecido la previa de una porno.

Dos chicas besándose y un sujeto de voyeur.

Él era un negado, pero había cosas demasiado evidentes, aun para él.

Los gestos de Bill, la manera en que Hildy anticipaba sus movimientos y respondía a sus caricias. Sin contar con que ese beso parecía demasiado auténtico, fue más de lo que pudo seguir ignorando.

— Está bien. ¿Cuál de los dos me va a explicar lo que está pasando aquí?

El par de amigos se miraron con elocuencia, la pelirroja se encogió de hombros.

— Tarde o temprano lo iba a saber. Aunque se tardó bastante.

— ¿De qué mierdas están hablando? ¿Bill?

Resultó que Bill sí podía fingirse hetero, después de todo. Al menos lo había hecho en su quinto año de secundaria. Con la ayuda de (¿Quién más?) su pelirroja favorita.

— Eso fue justo antes de tu estrepitosa salida del closet. ¿Por qué lo hiciste? Pudiste continuar con la farsa y evitarte muchos problemas (y golpes).

— Porque no quise seguir mintiendo. Ese no era yo, y aunque al principio era divertido, resultaba agotador y al final terminaba sintiéndome como mierda.

Le tomaría bastante tiempo asimilar la idea de que, aun por un corto tiempo, Hildy y su hermano habían sido novios. Por su bien esperaba olvidarlo pronto, de solo pensar en ello le daba escalofríos.

Obviamente Bill se percató de su turbación porque intentó distraerlo con un «¿Ves? ¿No es tan difícil? Si un marica irredento como yo pudo hacerlo, con mayor razón un macho innato como tú».

— Creo… que voy a empezar a repartir golpes cada vez que escuche la palabra «macho». – dijo, con una amplia sonrisa, que le quitó toda seriedad a su amenaza.

&

Los chicos habían impreso un pequeño resumen con los datos de Mina y su «historia de amor». Luego de darle una ojeada, comprendía por qué su «novia» había impresionado tanto a su supervisor. Una parte de él se alegraba que no hubiera sido solo por sus «interminables piernas».

Ese par de embusteros eran de temer. Tenía suerte que estuvieran trabajando a su favor. Solo esperaba aprenderse las doce hojas – legal, a un espacio. – de antecedentes antes del viernes. De cierta manera se sentía comprometido, su hermano y su amiga se estaban esforzando mucho y él no había hecho más que enfadarse y reclamar toda la semana.

Por ello ese jueves se las arregló para llegar un poco antes de la hora acordada. Lo que tal vez no fue del todo una buena idea. Bien dicen que mejor no des sorpresas o puedes ser tú el sorprendido.

— ¡Hola Tomi!

— ¡Mierda, Bill! – cerró la puerta de la habitación de su madre y se apoyó contra la hoja, respirando agitado.

— Lo siento. Quise estar listo antes de que llegaras. ¿Ya son las seis? Joder, se me pasó la tarde.

— No. Son apenas pasadas las cinco. ¡Mierda, mis ojos! ¡Me los tendré que lavar con lejía!

— Tomi. Espero que mañana no sobreactúes de esa manera o todo se va a ir al carajo.

— Pero… ¡Agh!

— Para la próxima pegaré un cartel en la puerta que diga «travesti en proceso de caracterización». Aunque de haber tocado la puerta te hubieras ahorrado molestias.

— Lo tendré en cuenta la próxima vez. ¿Sabes qué? Mejor pon el cartel y bien grande.

— Y luego me acusas a mí de reina del drama. Ahora que lo pienso… ¿no que trabajabas horario completo desde que empezaron las vacaciones?

— Hoy por fin terminé con el escarabajo. Además «alguien» quedó impresionado con el cuento de la novia que viajó tropecientos kilómetros sólo para estar unos días conmigo. Resultó que bajo toda esa rudeza se ocultaba un romántico bastante «sui generis».

— ¡Y tú que no confiabas en mi talento actoral!

— No te la creas tanto. La mitad del mérito se las llevan tus piernas.

— ¿De verdad eso dijo? –pudo escuchar perfectamente cómo, del otro lado de la puerta, la voz de su hermano había adquirido un tono risueño. No le cupo duda que estaba admirando sus piernas ante el espejo de pie de su madre.- ¿Quién lo hubiera pensado?

Tom gruñó, no lo había dicho con la intención de halagarlo.

— Ya puedes entrar. Mi mini mí está oculto de miradas indiscretas.

— No fue tu micro polla lo que me traumó -rezongó, molesto. Casi se fue de espaldas cuando Bill abrió la puerta en la que estaba apoyado, suerte que tenía buenos reflejos-. sino lo que hacías con ella.

— ¿Y qué pensabas? ¿Qué chasqueaba los dedos y desaparecía mágicamente, o que la enviaba a pasear por la dimensión desconocida un rato? Si vas a esperar aquí dentro siéntate y no estorbes. Debo estar concentrado, aun no… Tomi. ¡Tomi!

El chico -pillado in fraganti mirándole la entrepierna- se ruborizó.

— Deja de pensar en eso, está en un lugar muy cómodo… -agregó con malicia- y cálido.

— ¡Bill! Tendré pesadillas con eso el resto de mi vida.

— Si quieres puedo enseñarte.

— ¿Qué?

— No se tarda más de un par de minutos y es bastante firme, mira -dio unos cuantos rebotes, ante el desconcierto de su hermano que apartó el rostro, haciéndolo reír-. ¿Si te juro por Bowie que de verdad no duele en lo absoluto, dejarás de hacer muecas?

— ¿Qué se ponga feo y se le caigan los dientes?

— ¡Tomiii! Ya no tenemos cinco años.

— Si no juras, no te creo. – afirmó, alzando el meñique en una clara invitación.

— Está bien. – aceptó, enganchando el dedo al de su gemelo, que agitó tres veces para cerrar el trato. – juro por el supremo Duque Blanco que montarme mi polla no me provoca dolor.

— «Y que Bowie se ponga feo y se le caigan los dientes».

— ¡Tomi!

— Completa el juramento o no será válido.

— Está bien. «Y que si miento se le caigan los dientes…»

— «…y se ponga feo»

— «…y se ponga feo». ¿Satisfecho?

El chico de rastas masculló algo ininteligible que tal vez pudo entenderse como “ya qué”. Pero el juramento arrancado a su hermano, mas esos ojitos brillantes que indicaban que se la estaba pasando bien, lo fueron convenciendo que el asunto no era para tanto.

Dio un breve vistazo alrededor. La habitación, usualmente ordenada rayando en la obsesión, era un completo caos, ropa y accesorios por doquier. Estaba seguro que nada de eso pertenecía a Simone.

Se dejó caer pesadamente en la cama de su madre. Ya que había soportado la parte traumática supuso que bien podía observar el resto del proceso y, de la misma manera en que un truco de magia pierde su gracia al descubrirse su secreto, él dejaría de poner cara de bobo cada vez que viera a su hermano convertido en Mina.

— ¿Tuviste que depilarte todo… todo?

— ¿Qué parte de “necesito estar concentrado porque aún no domino bien esto” no entendiste? –Tom se encogió de hombros sin responder, pendiente del pie que su gemelo tenía apoyado sobre el colchón e intentaba, con algo de dificultad, cubrir con una media.–Todo. Si vas a hacer algo, mejor hacerlo bien de una vez.

— ¡Mierda!

Esta vez Bill ni siquiera gritó. La cara de furia con que lo miró fue suficiente advertencia. Al próximo comentario de ese estilo y no sólo sería expulsado de la habitación, sino que la práctica se suspendería hasta nuevo aviso.

Intentó con todas sus fuerzas alejar sus pensamientos de las joyas de su hermano siendo sometidas a la tortura de la cera caliente, en especial porque se estaba sugestionando y las suyas comenzaban a doler tantito. Probablemente si acabara teniendo pesadillas con ello.

— ¿Así que…?

— Piensa muy bien tus palabras, Tom Kaulitz. – ese tonillo cantarín no ocultaba la amenaza velada “pueden ser las últimas”.

Mierda.

Necesitaba enfocarse en algo inofensivo, amable. Que en lo posible no implicara partes corporales siendo calcinadas, rasuradas o estrujadas. Miró al moreno, que por fin había ganado la batalla contra las medias y las deslizaba con cuidado por la curva de su trasero.

— Con que esos son los calzones que usan las niñas buenas. – Bill sonrió, al parecer le hacía gracia que Tom creyera que Mina era una niña buena.

— Se llaman pantaletas. Y no te hagas, que tampoco conoces los que usan las chicas malas.

— ¡Pero he visto porno!

— ¿Hetero? -Tom asintió- ¡Ewk! Déjame adivinar… en casa de Listing.

— ¿Cómo supiste?

— Últimamente se han vuelto inseparables ustedes dos.

— Nunca entendí por qué no te cae bien.

— ¿Será porque cuando estás con él te conviertes en un idiota integral?

— No es para tanto.

— Tomi, si estás metido en este lio es por andar haciendo el payaso, luciéndote ante ese grupo de tarados encabezados por Listing.

— Esos “tarados” son mis amigos.

— Amigos que no dudarían en darte una paliza si supieran quien eres realmente.

— Bill, no empieces con el sermón otra vez.

— ¿Para qué tomarme la molestia? Eres como una pared, igual de duro, sordo y cerrado. ¿Dónde demonios quedó mi bra?

Con un punto de ofuscación se lo arrebató a Tom, que lo tenía atado por sobre la cabeza.

— ¡Hey! Eran mis orejas de ratón.

— A este tipo de estupideces me refiero. – farfulló el moreno, blandiendo la prenda íntima. –Bastó mencionarlos para que empezaras a actuar como un troglodita.

Lo que Tom no le dijo – tal vez porque no era consciente de ello -era que el tema de su homosexualidad, aun a sus casi 18 años, lo ponía muy nervioso, y cuando se ponía nervioso… bueno, pues, tendía a actuar como un descerebrado.

— Mis tetas falsas. ¡Ahora! – ante la áspera mirada y esa mano extendida no tuvo más remedio que esculcar bajo su camiseta y entregar el objeto solicitado. Supuso que en nada aminoraba su falta confesar que buscaba su memory card, aun en posesión de su hermano.

Se marchó a su cuarto sintiéndose culpable, y no sin razón.

Su hermano permaneció el resto de la tarde y buena parte de la noche encerrado en la habitación de su madre. De más está decir que no hubo práctica ese día.

Continúa…

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por Haruxita

Escritora del Fandom

2 comentario en “Princesa 2”
  1. Bueno, creo que en parte Bill tiene razón. Si tienes verdaderos amigos, no tienes por qué fingir ante ellos. Debes ser tal cual eres, pues ellos te aceptarán y respetarán. A veces te joderán, porque igual es necesario, pero siempre te apoyarán.

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