«Por ti me convertí en Princesa» Fic Twc de Haruxita
Capítulo 6: “Buena chica”
Durante esa semana no hubo forma en que pudiera abordar el tema con Bill. En teoría ese tipo de habladurías era excelente para su reputación, pero últimamente la obsesión por el control que padecía su hermanito estaba rebasando la medida de lo saludable. Veía venir un berrinche épico cuando el moreno se enterara que su perfecta Mina ahora tenía fama de “traviesa”.
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El cartel decía: «Advertencia, travesti en proceso de transformación», con la inconfundible caligrafía de Bill.
Al final sí había colgado el letrero en la puerta, aunque Tom no estaba seguro si lo hizo para evitarle mayores traumas o para burlarse de él. Probablemente un poco de ambos.
—¿Puedo entrar o todavía estás apachurrando a tu polla? — preguntó, al tiempo que golpeaba la puerta rítmicamente con los nudillos.
—Pasa, no hay riego de que te sangren los ojos, nuevamente.
Entornó la puerta con algo de cautela, no muy seguro de lo que fuera a encontrar dentro. Para su gran alivio Mina estaba terminando de colocarse las uñas postizas, ya completamente vestida.
Aunque tal vez lo de «completamente» fuera una forma de decir.
Mina le sonrió al verlo entrar. Fue hasta él, le dio la espalda y se recogió el cabello, en un ademán silencioso que lo impelía a subirle la cremallera del vestido. El de ese día era algo más informal que los anteriores: finos tirantes con un sencillo estampado floral
—Lo siento, Tomi. Prometo aprender a hacerlo yo misma lo más rápido que pueda.
—Más te vale. – farfulló. Aunque en realidad no le molestara en lo absoluto-.Te ves muy bonita.- dijo, antes de darse cuenta que lo hacía, contraviniendo su política de no alimentar el ego desmedido de Bill. Pero algo había ocurrido los últimos días. Mina había comenzado a adquirir personalidad propia, por lo que en lugar del pagado «lo sé» que obtenía de Bill tras un halago, le dio las gracias e hizo ese particular gesto que Tom le había visto regalarle a terceros. Mina le coqueteó.
Su corazón se saltó un latido. A punto estuvo de gritar «¡Está viva!» Como en esa vieja versión de Frankenstein. Ciertamente la terca imposición de Bill de mantener la farsa aun en ausencia de testigos contribuyó a darle mayor realismo al personaje, sin contar con que se evitaban cualquier error involuntario.
—Mina, ¿Qué sucedió con tu lunar? —preguntó. Sosteniendo su mentón, mirándola con extrañeza.
—¿Apenas ahora lo notas? Tuve que cubrirlo con maquillaje. Mina y Bill no pueden compartir marcas de nacimiento, tarde o temprano alguien se daría cuenta. Mira esto -le mostró el cuello, donde sus familiares lunares ya no estaban y el brazo derecho en donde dos marcas nuevas lucían en la cara interna del codo- un solo cabo suelto, por pequeño que parezca, puede arruinar todo el plan.
—Por suerte estás de mi lado. Realmente eres obsesiva con estos de los detalles —un poco al descuido acarició el cabello de la chica, que aún lo tenía a un costado. — ¿Por qué no hiciste eso del otro día?
—¿Qué cosa, Tomi?
—La trenza.
—Porque hoy si tuve tiempo suficiente para que el pelo quedara perfecto y no voy a salir a la calle con apariencia desaliñada.
—Pero te veías muy bonita con esa trenza.
Él no era bueno manipulando, era un pésimo mentiroso y siempre se ponía solito en evidencia. Por ello las ocasiones en que intentó usar el ego de su hermano en su propio beneficio salió trasquilado. Salvo en esa ocasión, en que Mina acató su petición en silencio, quizá porque vislumbró que, en el fondo, estaba siendo sincero.
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Que él tuviera un trabajo de tiempo completo no implicaba que sus amigos le permitieran descolgarse de la diversión, en especial tratándose del último verano antes de graduarse. Andreas y Natalie — los mayores — estudiaban en la OvGU*, pero los demás probablemente emigrarían y el grupo acabaría desintegrándose.
Por ello, aunque al día siguiente terminara cabeceando sobre el Mustang, ahí estaba, en plena noche de miércoles conduciendo a casa de su amigo y preparándose mentalmente para la diatriba que Mina le daría no bien llegaran a casa.
No fue culpa de Georg…
De por si había sido sospechoso que Mina se marchara sin pantys, en circunstancias en las que todos la habían visto llegar con unas que hacían juego con ese mono vestidito de encaje que -en palabras de Andreas- la hacía lucir tan angelical
Por lo que luego, cuando Ingrid se fue a dormir y las encontró tiradas junto a su cama, (rasgadas en una zona bastante comprometedora, cabe agregar) a nadie le cupo duda de lo que allí había sucedido.
Aunque Georg no hubiera regado el chisme (con lujo de detalles), de todas maneras este se habría sabido…
Tampoco era como si a alguien le sorprendiera mucho —dada la “reputación” del chico de rastas— que acabaran echándose un polvo en el primer sitio disponible que encontraron.
Tom, que estaba al tanto de los rumores y conocía el comportamiento de sus amigos, intuía el ambiente que los esperaba esa noche.
Y no se equivocó. Nada más poner un pie en la casa de Andreas todas las miradas se dirigieron de forma automática a su novia, quién le apretó la mano, presumiblemente nerviosa por tan poco disimulado recibimiento.
—Tomi ¿Por qué me miran como si me hubiera crecido una trompa en la cara? —inquirió, entre dientes, mientras mostraba una linda sonrisa de cortesía.
El aludido se pateó mentalmente por no haber tenido los cojones para contarle antes, aplazándolo solo había conseguido empeorarlo. Pero, como buen cobarde, fingió demencia y negó saber. En eso era bueno, su vida giraba en torno a la negación.
Nadie hizo mención directa al incidente, su descaro no llegaba a tanto. En especial luego de comprobar el grado de posesividad del corredor cuando de su novia se trataba. Pero los comentarios en doble sentido y las indirectas fueron la tónica de la noche. Logrando que él se hundiera cada vez más en el sillón en que estaba sentado y que su novia lo mirara confusa, intuyendo que allí había algún tipo de broma privada que ella no acababa de pillar.
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Era pasada medianoche. Tom había avisado a viva voz -por enésima vez- que a la una se marcharían porque tocaba madrugar al día siguiente. Cuando sucedió un accidente que en ese momento pareció insignificante, pero que acabaría remeciendo su apacible tinglado de mentiras de manera rotunda.
—¿Pero qué…? ¿Ya se acabaron la salsa picante, los tragones?
—Deja de cacarear, Nat. Queda bastante, ve a buscar a la cocina.
—Que vaya uno de ustedes.
—Yo iré por ella.
—Gracias Princesa.
—Nat, solo yo puedo decirle Princesa a mi mujer.
—De acuerdo, mientras ustedes se pelean el privilegio de usar mi apellido, yo iré a la cocina.
—Nena, ¿me traes otra cerveza? — pidió, poniendo una cara que intentaba ser encantadora.
La chica alzó una ceja y le sonrió, advirtiéndole silenciosamente que más le valía no aprovecharse de la situación.
Hildy estaría muy orgullosa de lo buen alumno que estaba resultando. No quitó la mirada del trasero de su novia hasta que esta desapareció de su rango visual.
Minutos más tarde la chica regresó con una bandeja con otro bowl de nachos, la salsa y una cerveza.
Se quiso abofetear por haberse quedado mirándola en lugar de adelantarse a ayudarla, como hizo Andreas. Pero ella no pareció molestarse, o quizás era sólo que estaba acostumbrada a sus malos modales.
—Una cerveza heladita para el señor.
En un impulso estúpido, como los que solía tener cuando se encontraba rodeado de sus amigos, la cogió de la cintura y, sentándola en sus piernas, le dio un par de palmaditas en el trasero.
—Buena chica.
Natalie masculló algo sobre machismo recalcitrante pero él no le prestó atención, tampoco a la media botella de cerveza que producto del brusco movimiento se había derramado sobre la chica.
—¡Tomi, mi vestido!
—Deja, ya se secará. —Repuso, quitándole importancia. Se sentía tan a gusto con la chica sentada en su regazo, asiéndola de la cintura, que no tenía ganas de soltarla. Se cuestionó el por qué no había hecho algo así antes. Pero ella no parecía estar de acuerdo, forcejeó para bajarse y revisar los daños en su vestido.
—¡No quiero andar pegajosa y oliendo a cerveza toda la noche!
Sobraron voluntarios para prestarle ropa limpia y acompañarla a cambiarse.
Se odió por ser tan descuidado en esas lides. Y odió a Natalie por tener razón, él no tenía idea de cómo tratar a las mujeres.
—Gracias, pero no se molesten— repuso él con aspereza—. Sé dónde está la lavadora.
Hizo amago de cogerla de la mano, pero su novia se negó. Él se encogió de hombros y la guio en silencio a la cocina.
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—¡Fantástico! También se mojaron las pantys —se quejó la morena, luego que le ayudara a sacarse el vestido.
—Deja que me encargue de eso.
—¿Estás bromeando, verdad?
—Dos palabras, «uñas postizas».
A regañadientes Mina se apoyó de espaldas contra la mesada y lo dejó —intentar— quitarle las medias.
—Ten cuidado de no rasgarlas.
—Tengo mucha experiencia en esto.
Mina no dijo nada, pero alzó una ceja y ambos acabaron sonriendo ante la evidente mentira.
—Apresúrate, me está dando frío. —apuró la chica. Pero entre decirlo y conseguirlo había un abismo en medio. Las pantys eran ajustadas y delicadas, tenía miedo de romperlas y de paso arañar las piernas de su hermano.
—Tomiii, esas no son mis pantys —replicó entre risas, doblándose hacia el costado, cogiéndole las manos de para apartarlas.
—No es mi culpa que esta mierda se pegue a tus bragas. Y de verdad sería muy útil que no te contorsionaras como lombriz.
—No puedo evitarlo, me haces cosquillas. —el jadeo de sorpresa de la morena y sus brazos alzados para cubrir su semi desnudez hicieron voltear al chico de rastas y, acto seguido, ocultar a su novia tras su espalda.
—¿Qué mierda haces aquí?
—Lo mismo podría preguntarles a ustedes, no conocía esa técnica de lavado.
—¡Lárgate Nat!
—Relájate, Kaulitz. Solo vine por más papas.
En lo que la corredora tardó en encontrar la bolsa de papas y un bowl en que ponerlas Tom se quitó la camisa que llevaba anudada en sus caderas y se la puso a su novia. Una de las ventajas de usar ropa extra grande era que los bajos de su camisa cubrían gran parte de los muslos de la chica, como si se tratara de un peculiar vestido de franela rojo.
La rubia no falló en guiñarle a Mina antes de salir de la cocina.
—Joder. La detesto.
—¿Tomi, no te das cuenta que lo hace sólo para provocarte? No caigas en su juego.
—Yo no estaría tan seguro.
—A mí me parece una persona agradable.
El chico de rastas abrió la boca, pero se quedó congelado. Quizás había llevado el momento de abrir la caja de Pandora.
—Hay algo que debes saber, pero no aquí. Pongamos tu ropa a lavar de una vez y busquemos un lugar seguro.
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Resultó que ningún lugar le pareció lo suficientemente seguro a Tom. Acabaron sentados en el columpio de la terraza, hablando en susurros.
—No tengo idea porqué ella te agrada, pero te aseguro que no es de fiar.
—Es amable, si hubiera querido aprovecharse ya lo hubiera hecho ¿No crees?
—No toda la gente piensa de la misma manera. Hay quienes tienen una mentalidad más retorcida que eso.
—Tomi, me estás asustando, habla de una vez.
Se jaló una rasta con nerviosismo. Estaba a punto de develar uno de sus más grandes temores.
—¿Recuerdas mi record perfecto? Jamás haber perdido una sola carrera.
—Si tratas de decirme que corriste contra ella y perdiste, ya lo sé.
—¿Qué? ¿Cómo lo supiste?
—Ella me lo contó, también que apostaste que podías seducirla.
—¡Mierda!
—Tomi. ¿Tienes idea la cantidad de chicas que se me han acercado convencidas de que me van a «sanar»? No puedo creer que tú te hayas prestado para eso. Es enfermo.
—De acuerdo, eso fue una estupidez. Pero ella no tenía derecho a decírtelo.
—Creyó necesario advertirme del tipo de persona que eres.
—¡Cuánta benevolencia! Ella te tiene ganas, ¿acaso no te das cuenta?
—¡Pero yo no estoy interesada!
—Como si eso fuera a detenerla.
—Tomi, hablas a través del orgullo herido. Ha transcurrido tiempo suficiente para que pases página.
—¿Qué más te dijo sobre esa carrera?
—Nada ¿Hay algo más que deba saber?
—¿Recuerdas el accidente, hace dos años atrás?
Mina asintió.
Por supuesto que debía recordarlo, era una mera pregunta retórica. Según le habían dicho los doctores, su hermano apenas se movió de su lado en toda la semana que estuvo hospitalizado.
—No me chocaron. Intenté rebasar la moto de Natalie, perdí el control y me estrellé contra un pilar de concreto. —La chica se llevó ambas manos al rostro, como si estuviera presenciando el accidente en vivo y en directo—y… había una apuesta de por medio.
—¿Apuesta? ¿Qué tipo de apuesta?
—Janie.
—¿Apostaste tu auto?
—¡Estaba seguro de ganar!
—¿Entonces tu auto le pertenece a Nat?
—No. El auto quedó en peores condiciones que yo. Me tomó bastante tiempo repararlo, con ayuda de Ernst. —Tom adoraba su auto, era lo único que le quedaba de su padre y en honor a la verdad, lo único que le agradaba de él. Pero en esos momentos deseaba que la corredora se hubiera quedado con él.
—Tom. ¿Quieres terminar la historia de una vez? El suspenso me está matando.
—Natalie no lo quiso, dijo que no se haría cargo de un «pedazo de chatarra»…
—Ya ¿Y eso que tiene que ver conmigo?
—Dijo que esperaría a que yo tuviera algo realmente valioso para cobrar la apuesta.
De encontrarse encendida la luz de la terraza Tom hubiera visto a Mina abrir los ojos sorprendida y sonrojarse.
—Yo… creo que ya debe haber terminado el ciclo de lavado. Voy por mi vestido.
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—Vamos —instó, cogiéndola de la mano.
—¿Adónde?
—Adonde te puedas cambiar sin mirones rondando.
Tardó un par de minutos en encontrar el escondite de la llave y dar con la puerta oculta.
—Tomi ¿Cómo sabías que había una alacena aquí? —preguntó, entrando en el reducido espacio.
—Digamos que la tuve que ocupar en una emergencia.
Los ojos de la chica brillaron con perspicacia.
—¿Y traes a tu novia al mismo escondite que a tus ligues?
Tom no pudo evitar reír. Bill era muy bueno, estaba tan inmerso en su papel de novia un tanto celosa que aquello casi se oyó como un reclamo auténtico.
Estuvo a punto de confesarle que lo que en realidad había hecho en ese lugar era esconderse de una chica bastante insistente que lo acosó durante toda una noche, pero no podía arruinar la gran actuación de su hermano saliéndose de personaje.
—Eso no cuenta, fue antes de hacernos novios.
Jugueteó con el vestido en sus manos, solo para tener algo que hacer mientras Mina desabrochaba la camisa. La prenda era tan enorme que sus manos parecían pequeñas y delicadas.
Nunca imaginó que una simple camisa tuviera tantos botones.
—Te-te ayudo con las medias.
—Gracias Tomi, pero esta vez paso. No es sencillo ponerlas y ya arruiné un par. —y justo cuando pensó que se había librado del sermón.— y no son medias, son pantys.
—¡Es lo mismo!
—No lo son, algún día te enseñaré la diferencia.
Se encogió de hombros y guardó la mencionada prenda en el bolsillo trasero de su pantalón.
No supo en qué momento se había habituado a ayudar a Mina con su ropa. Ya no era necesario siquiera intercambiar palabras, sabía exactamente qué debía hacer y cómo. La cremallera ahora subía con un solo movimiento fluido, sin atascarse a la mitad. Ni hablar de ese diminuto broche al final, que en principio parecía hecho a prueba de escapistas.
Satisfecho con su trabajo le dio media vuelta para alisarle arrugas y acomodar el cabello. No se había equivocado, en verdad se veía hermosa con esa trenza a un costado.
Ella descansó sus manos en su pecho y se inclinó buscando sus labios.
Tragó grueso, comenzando a hiperventilar. No era como si no lo hubieran hecho antes, era solo un roce de labios, la única diferencia…
La única diferencia era que ahora no había nadie alrededor mirando.
Con su corazón latiendo a mil cerró los ojos y, cogiéndola de la nuca, la besó.
Veinte segundos más tarde Ingrid abría la puerta y se descojonaba por haberlos atrapado «in fraganti».
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—¿Lo sabías? — preguntó, una vez la inoportuna chica se hubo marchado, con un frasco de aceitunas que, Tom apostaría su cabeza, no tenía intenciones de abrir.
—Vi a alguien entornando la puerta, pensé avisarte pero preferí aprovechar la situación en nuestro beneficio.
Tardó en apaciguar su corazón, él había pensado…
«Tonterías, Tom. Solo a una mente enferma se le ocurriría semejante aberración«.
“Aberración” a la que él se había prestado gustoso, por demás.
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La verdad, no se lo había cuestionado antes.
Él y su hermano siempre fueron muy de piel. De niños era común que se quitaran los caramelos de la boca para intercambiarlos, que se durmieran juntos en un lio de brazos y piernas o que se abrazaran a santo de nada. En la medida que ambos crecieron ese tipo de manifestaciones se fueron perdiendo, pero se podían observar remanentes de esa cercanía en sus roces accidentales o en esas miraditas de entendimiento que terminaban en risas de complicidad y sacaban de sus casillas a su madre.
No le importaba que su hermano hubiera desarrollado una lengua afilada para compensar su cuerpo escuálido, ni que el mismo Bill se burlara del alboroto que armaba por los escasos 10 minutos que le sacaba. Él siempre sería su hermanito pequeño y su deber moral era protegerlo.
Bill siempre sería suyo, aunque en ocasiones tuviera que soportar a sus ligues ocasionales, él siempre regresaba antes del amanecer, jamás se quedaba con el chico de turno. Tom agradecía que no se explayara en detalles. Antes que se marchara no cesaba de pedirle que tuviera cuidado y nunca faltaba en prometer una paliza si el sujeto en cuestión no lo trataba bien, aunque ello ultimo fuera sólo para dejar tranquila su consciencia.
No, no le agradaba ver partir a Bill. No se quedaba tranquilo hasta que lo oía llegar y no se dormía, nunca conseguía dormirse, cuando su hermano andaba fuera.
Había extrañado eso, la cercanía, pasar más tiempo juntos. Sentirse cómodo tocando a alguien, dejarse acariciar sin experimentar rechazo inmediato. Se sentía bien cerrar los ojos para disfrutar el placer de una caricia, en lugar de hacerlo para fingir que no se está ahí, que a quien besaba era a algunos de los chicos que poblaban sus fantasías nocturnas, ese futbolista de grandioso trasero del curso superior, incluso el profesor suplente de literatura que no estaba nada mal.
Mina lo perturbaba, porque sería la novia perfecta si fuera real.
Pero no lo era, era su adorado hermanito, al que había descubierto que le agradaba besar y acariciar. El que lo volvía loco de celos cuando hacía ese pequeño movimiento de cabeza, que conseguía que su cabello ondeara, rematando el gesto con dos parpadeos, porque todos la miraban (lo miraban) y en sus cabezas ya la habían desvestido y follado en las tres posiciones que su limitada imaginación les permitía.
Tom no quería, se negaba a racionalizar ese sentimiento que no era un sentimiento, sino más bien un impulso. Porque no tenía sentido, ni futuro. Bill era su hermanito, su gemelo, su otra mitad que haría todo por él. Inclusive vestirse de chica y fingir ser su novia para salvar su imprudente culo. Porque ese era el quid del asunto: Bill estaba fingiendo, pasando un buen rato provocando a todos aquellos que en algún momento se burlaron de él, disfrutando de sus quince minutos de popularidad, porque cuando la farsa acabe regresará a su mini gueto, se quitará los vestidos y los tacones, vestirá sus camisetas de grupos rock y su sempiterna gorra. Y, ante todo, seguirá siendo su hermano, su incondicional.
Bill algún día se marchará de esa maldita ciudad, conocerá a algún sujeto agradable que se enamorará de sus impresionantes ojos almendrados y su retorcido sentido del humor y lo hará feliz. Mientras, él acabará casándose con alguna chica con más tetas que cerebro, que sin duda lo engañará cuando descubra que no entrega en la cama todo lo que ella esperaba. Y, quien sabe, quizá en la medianía de sus treinta decida que un poco de riesgo no lo matará y comience a frecuentar de forma solapada algún club para gays.
De manera que lo único que le quedaba era disfrutar mientras esos escasos días de felicidad duraran, disfrutar de los besos de Mina, de su cercanía, de la calidez de su cuerpo reclinado contra el suyo, la risita en su oreja.
No sería Natalie. Pero algún día alguien le arrebataría a Bill, y él no podría hacer nada por impedirlo.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.
Pobre Tom tener esos pensamientos, sabiendo lo mucho que quiere a Bill. Pero lamentablemente, es normal que piense que no puede tenerlo como “hombre”, sino como su hermano. Aaawww, suspiro. Gracias a Haru por el bello fic
Primero, gracias por actualizar. Segundo, pienso que Tom está muy mal y no solo por pensar en Bill como algo más que un hermano al cual proteger, sino xq su vida entera es un engaño y él quiere seguir manteniéndola así xq ya y hasta se imaginó casado con una mujer en el futuro con tal de preservar su imagen de hetero y q solo termina lastimándolo. Por otro lado, no puedo evitar amar con locura a Bill, es tan lindoooo.
lo sabía 🤩🤩 Bill tambien lo quiere. Los dos se quieren mucho más que como simples hermanos 😢 no puedo con tsnta emoción.