Psicología perfecta 4

«Psicología perfecta» de infectedsecret

Capítulo 4

Por Bill

Pensativo. Miles de cuestiones azotaban mi cabeza. ¿Debía preocuparme así? ¿O solo eran los problemas de un niño? Yo no le veía así. Él es un chico diferente a otros. Él es… único entre todos los jóvenes con aquellos problemas psicológicos. Quisiera saber cómo es él… qué ocurrió para que comenzara a llorar de un momento a otro. La mayoría de los cambios de estados de ánimo son por problemas con la familia, hasta con los amigos. Pero Tom me ha dicho que era adicto al sexo, al alcohol y a las drogas; aquello me hace entender que debe de tener amigos. Pero, ¿qué es, entonces? Necesitaría datos del paciente, pero eso se consigue a la semana de la ‘primera consulta’. Demonios, Tom, ¿qué es lo que hace sentirte de ese modo? Mierda, chiquillo. Estoy tan preocupado por ti que ya me estoy espantando.

Joder, maldición, ¿qué rayos te ocurre con ese niño? Sólo es un chico… Maldita sea, no puedo quitarle de mi mente. Me importa mucho la situación en la que se encuentra. Es tan… joder, Bill, me estás preocupando por tanto interés con un niño.

Luego de todas mis hipótesis, oí a mi pobre estómago rugir. Hace horas que me encuentro aquí encerrado –pensando en Tom- y no me alimenté nada. Comeré algo en la cafetería y me iré directo a casa.

Me levanté de la silla de mi escritorio y salí por la puerta. Deben de ser las ocho, ya que el tercer piso está vacío desde las siete de la tarde en adelante. Algunos se fugaban apenas acababa su turno; y otros, se quedaban completando y revisando planillas, tal como yo. Ser psicólogo parece simple, pero no lo es en lo absoluto.

Doblé al salir del pasillo y me encontré con los elevadores. Pero al haberme agotado con una estúpida melodía, opté por las escaleras. Al llegar un poco cansado a la planta baja, respiré profundo y salí al corredor de las salas de Secretaría. Crucé aquel corredor y me dirigí a la cafetería. Esta vez, el silencio estaba presente para acompañarme un poco. Me acerqué a la máquina de café y me preparé uno. Cuando me di la vuelta, encontré a Mark sentado en una de las mesas, solo, con un café y un tarro de galletas –como suele ser siempre-. Caminé hacia la mesa y me senté en frente de él, captando su atención.

– Bill. – Sonrió débilmente – Pensé que no vendrías porque seguirías con lo de la mudanza. ¿Qué ocurrió?

– Lo haré. Pero antes, quería comer algo. – Tomé un sorbo de mi café y luego, carraspeé dejando la tasa sobre la mesa.

– Toma una galleta, si quieres. – Acercó a mí el tarro con las galletas. Yo sonreí – Las hizo Yulia. Están estupendas. – Dijo algo apagado y fruncí el ceño.

– ¿Te ocurre algo? – Pregunté mientras tomaba una galleta y la acercaba a mi boca, directo para saborearla.

Mark suspiró – Una paciente. Me confesó que viene a la terapia solo a verme a mí. Solo es una niña de diecisiete años y me preocupa demasiado.

– Joder, tío. Pero, ¿te ocurre algo con la niña? – Pregunté dándole la primera mordida a la galleta que tenía en mis manos.

– No lo sé. Y eso es lo que me preocupa. Que ella cometa una locura porque no sé si soy capaz de corresponder sus sentimientos. – Dijo y luego, suspiró.

– Si no quieres que siga ocurriendo eso, transfiérela a otro centro, Mark. Es mejor para la niña… y para ti. – Respondí sin pensar lo que había dicho.

– ¿Para mí? ¿Para ella? No lo creo, porque no le ayudaría en nada transfiriéndola a otro centro. Y yo, debería de ayudarle. – Se quejó un poco molesto.

– Tal vez… – Mi oración fue interrumpida por el golpe de una carpeta sobre la mesa en la cual nos encontrábamos mi mejor amigo y yo.

Alcé la vista y me encontré con la persona más orgullosa y engreída del mundo. Brian Kennedy, un joven de veintiún años que ‘quiere’ ser psicólogo cuando en verdad, me investiga todo el puto tiempo, quién sabe por qué razón.

– Siempre en la cafetería, Trümper. – Dijo seriamente, con aires de superado. Rodé los ojos y suspiré. ¿Cómo podía llegar a ser tan idiota con tan pocos años? Quería hacerse ver como un adulto, cuando en realidad, es un crío de aquellos. Le conozco desde los diecisiete, ya que consiguió trabajo aquí –en el grupo de limpieza-, porque su familia no estaba bien económicamente.

– Mira, niño. Si te molesta tanto verme todo el tiempo en la cafetería, pues, deja de controlarme y seguir cada uno de mis pasos. – Abrió la boca indignado y yo sonreí de lado.

– Ve a trabajar, Kennedy. – Dijo Mark, con una sonrisa divertida – Tal vez así podrías lograr ser un poco como Bill… tan solo un poco.

Ambos nos descojonamos de la risa y el niño se retiró. Es solo un crío que no crecerá nunca, o al menos, le veo de esa manera.

– Oí que quiere transferirse a tu consultorio. – Afirmó Mark y yo le miré sorprendido – Es en serio.

– ¿También quiere mi consultorio? Vaya, ese niño nunca crecerá. – Negué con la cabeza y acabé con mi café. ¿Soy muy rápido para acabar con mi café? Sí, lo sé. Es un don.

– Es hijo único en su familia. El consentido, opino yo. No sé cómo puede sobrevivir con tanto consentimiento. – Volvió a quejarse y bajó la cabeza. Observé mi reloj y suspiré.

– ¿Quiénes consultan hasta luego de las ocho? – Pregunté observándole. Llevó un dedo a su mentón, y pensó.

– Los del primer piso, creo. – Torció la boca y siguió pensando – Espera… ¿sí? ¿O los del segundo? Eh… sí… o no. ¡Ay, no lo sé!

– Amigo, te ves muy agotado, deberías ir a descansar. Si quieres, puedo llevarte. – Sonreí, juntando mis manos para colocarlas sobre la mesa.

– Se ha rumoreado que tienes un nuevo paciente. – Dijo de repente y yo me quedé de a cuadros. ¿Por qué todo el mundo poseía el derecho de enterarse toda mi vida? ¡Como si fuera famoso, joder! Solo soy una persona normal.

– Hmn, sí. – Afirmé rodando los ojos – ¿Qué ocurre con ello? ¿Qué han dicho?

– No… en realidad, no lo sé. Algunas de las mujeres estuvieron hablando de eso por aquí y yo solo les escuché, nunca me meto en esos temas de mujeres. – Dijo tranquilo.

– Ahora puedo ver que mi vida es pública. – Agregué con sarcasmo y Mark rió por lo bajo.

– Es en serio… parece eso.

– No sé si pública, pero… se está bien informado. – Bromeó mientras me observaba con travesura.

– No es gracioso. Joder, iré a casa. Quiero acabar con aquella mudanza de inmediato e irme a vivir solo a mi apartamento de una jodida vez. – Suspiré y Mark asintió. – ¿Quieres que te lleve a casa?

– Eh… no lo sé. Está bien… bueno, en realidad, no lo sé. – Dudó.

– ¿Seguro que no ocurre nada con la paciente? – Pregunté y él volvió a suspirar. Bingo, sí le ocurría algo. Eres genial, Bill.

– Sí, Bill, ocurre todo. Estoy loco por la niña, pero es una muchacha muy pequeña, y yo, su psicólogo, no puedo hacer nada. – Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a maldecir contra ellas.

– Eso es serio. Sentir algo por un paciente es como cometer un pecado. Un policía no debe de estar con un detenido. Un inspector no debe de estar con un antagonista. Por esa misma razón, un psicólogo nunca debe de estar con su paciente. – Expliqué como un loco, de seguro, no habrá entendido ni una sola palabra de todo el testamento que le he dicho.

– Sí, lo sé, Bill. – Sí entendió. – No haré nada con la muchacha, así que no debes de preocuparte, ni explicarme nada porque ya sé todo lo que un psicólogo debe tener en cuenta.

– Sí las sabes, no lo dudo. Pero, tal vez, quién sabe, algún día se te olvidan. – Sonreí travieso y él me arrojó una galleta, que se quedó pegoteada en mis rastas. Me quejé quitándola de allí y le deposité sobre la mesa. – Solo era una broma.

– Sé que no hablabas en serio. – Sonrió tranquilo y yo abrí mi boca, indignado.

– ¿Y por qué rayos me arrojaste una maldita galleta? – Me quejé con el ceño fruncido.

– No lo sé. Sabes que a veces ni sé lo que hago. – Respondió levantándose del asiento, tomando su bolso y su carpeta. – Te espero afuera, debes ir a buscar tus cosas y tu bolso, ¿verdad?

Asentí con la cabeza y él pasó por detrás de mi figura, dirigiéndose al estacionamiento del centro. Fruncí el ceño y me di la vuelta para ir hacia las escaleras.

Al llegar al corredor de la Secretaría, detuve mi caminar y observé el lugar. Debía haber solo tres salas disponibles. Joder, que era tarde, eh.

– Qué raro que no estás en la cafetería, Trümper. – Dijo alguien a mis espaldas y yo, rodé los ojos. Era el crío de Brian.

– ¿Qué quieres, niño? – Pregunté dándome la vuelta. Me sorprendí al ver su camisa totalmente abierta, dejando su pecho completamente descubierto, y la bragueta de sus jeans, descendida. Sus mejillas se encontraban levemente sonrojadas, y sus ojos, entrecerrados, haciéndole su vista achinada. ¿Por qué este tío se encontraba en este estado?

– Solo, me encontraba… joder, Bill. Que eres perfecto. – Soltó sin más ni más con una sonrisa y yo me quedé de a cuadros. ¿Pero… pero qué le ocurría?

– ¿Qué rayos…? Brian, creo que algo te hizo mal, te encuentras raro. – Me acerqué a él y tomé su rostro con mis manos, observando sus pupilas: Estaban dilatadas. El niño se estuvo drogando. – Niño, mírame.

– Te estoy mirando. – Dijo entrecerrando los ojos, sin dejar su sonrisa de lado. – Bill, hazme un favor. Fóllame duro y sin compasión.

– Joder. Estás mal, niño. Ven, toma asiento, por favor. – Tomé una silla de la sala de espera, y le senté en ella. – Niño, mírame. ¿Dónde estabas?

– En el baño. – Sonrió y delineó mi mejilla con su índice. – Hmn, ¿por qué eres tan perfecto? Te ves… jodidamente bien el día de hoy.

– ¿Qué diablos has hecho en el baño? – Pregunté observando sus ojos celestes detenidamente. Joder, de seguro se excedió con sus drogas.

– Estaba… tocándome… – Respondió y acarició una de todas mis rastas. – Por ti, Bill.

Estaba imaginando que me follabas duro sobre el escritorio de mi consultorio.

Colocó su mano en mi pecho y me dio un empujón contra la pared, acorralándome. Bien, me encontraba con un niño, que estaba excedido de drogas, y quién sabe, si de alcohol también, eh. Este niñato proviene de una familia un tanto ‘rara’, y no sería extraño encontrarle drogándose o alcoholizándose.

– Brian… – Dije intentado alejarle de mí, pero se me hizo imposible. El maldito estaba quieto y duro en su lugar. A pesar de ser un niño, su estatura le favorecía, y su musculatura, igual.

– Y aquí viene la parte en donde nos dirigimos hacia mi consultorio y follamos duro y sin detenernos. – Rodeó mi cintura con sus brazos y jugueteó con el cinto que llevaba mis pantalones.

– Lo siento. – Coloqué mi mano horizontalmente y le di un fuerte golpe en la parte baja de su cabeza, provocando que cayera desmayado en mis brazos. Suspiré pesadamente y le observé. Pobre crío. ¿En dónde estaba metiéndose ahora?

Arrastré su cuerpo hasta su consultorio, dejándole recostado sobre la silla de pacientes. Salí de la sala y cerré la puerta detrás de mí. Suspiré y corrí rápidamente hacia las escaleras. Los niñatos se han puesto en mi contra el día de hoy. Aún no sé cómo sobreviví con todo esto.

Joder, qué mala suerte.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.

por administrador

Publico con autorización del autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!