Psicología perfecta 5

«Psicología perfecta» de infectedsecret

Capítulo 5

Por Tom

William Trümper. Psicología profesional.

Tenía esa condenada tarjeta entre mis manos desde que llegué a casa. ¿Qué joven de dieciocho años se encontraría recostado en una cama observando una condenada tarjeta con un par de palabras? Sí, yo. Thomas Kaulitz presente. Justo aquí.

No lograba dejar de observar aquellos dígitos, ansiando marcarlos en busca de regresar a escuchar su dulce voz. Oh, ¿qué rayos estoy diciendo? Debe de estar descansando. O tal vez… aún se encuentra sentado en su silla, completando infinitas hojas con infinitas cuestiones de infinitas situaciones. Quién sabe lo que puede estar haciendo ahora. Rogaría por saberlo, pero… Cállate, Tom. Solo eres un niñato estúpido y enfermo, cierra la boca, ¿vale? Sí.

¿Cómo era posible que no lograra dejar de pensar en él ni un segundo? No sé qué es lo que me ocurre, estoy convirtiéndome en un loco demente. Algo está afectándome, pero… ¿qué será? ¿Por qué siento un puto cosquilleo cada vez que leo o escucho su nombre? ¿Por qué sonrío cada vez que imagino su persona? ¿Por qué mis mejillas se acaloran, hasta sonrojarse cada vez que recuerdo aquel insignificante beso de despedida? ¿Por qué lograba recordar el pasado con su contacto si ya lo había olvidado todo? ¿Por qué lograba hacerme sentir en… mi hogar? Demonios, demonios. ¿Quién es él para lograr hacerme recordar mi felicidad? ¿Cómo lo logró? ¿Acaso…?

No, Tom. Dime que no lo harás de nuevo. Por favor, Tom. No, estúpido. ¡No!

Mis manos temblequeaban, sosteniendo aquella bonita rosa roja. Sonreía y secaba mi frente cada vez que sentía el sudor brotar en mi piel. Acomodé la corbata de mi camisa y sacudí mi traje.

Estaba listo para recibirle. Ella era la chica que amaba, no podía verme con mi ropa de todos los días. Con doce años, yo quería que ella me viera como ‘el chico ideal’. Katherine me gustaba. Era una niña de doce años, con cabello dorado como el oro y ojos celestes como el mar. Era una niña hermosísima. Ella era todo en mi vida.

– Hola, Thomas. – Allí estaba ella, en frente de mi cuerpo. Llevaba un vestidito rosado con un lazo morado atado a su cintura. Su cabello dorado estaba recogido en una coleta y su sonrisa, era angelical. Ella era mi ángel.

– Hola, Katherine. – Me acerqué a ella y deposité mis labios sobre los suyos.

Era feliz. Ella me hacía feliz. Nunca olvidaría cuando feliz fui.

No, Thomas. Eso no puede ocurrirte nuevamente, no debes permitirlo. Quita de tu mente a tu psicólogo. No, no. Tú no puedes volver a…

– Tom. – Llamó una suave voz y levanté lentamente mi cabeza. Andreas se encontraba de pie junto a mi cama. – Estás llorando, Thomas.

– ¿Qué? – Pregunté extrañado y sentí mi mejilla húmeda. ¿Estaba… llorando nuevamente?

– Joder, joder. No. No puedo estar llorando, no…

– ¿Qué ocurre, Thomas? – Preguntó Andreas, tomando mi rostro entre sus manos. ¿Por qué debían llamarme Thomas en situaciones como estas? – Thomas, dime qué te ocurre, joder.

– No lo sé. No sé qué me ocurre. Me siento extraño. Hay veces que no sé donde estoy. Es…

– Dije todo junto, sin tomar respiro. Era agotador sentirse de ese modo. Era… malo y bueno al mismo tiempo.

– En serio, Thomas. Me preocupas. El día de ayer no te encontrabas en este estado, ¿ocurrió algo hoy? – Preguntó Andreas observándome detenidamente. ¿Acaso tengo algo en mi rostro? Es que todos me observan como si de verdad llevara un bicho raro en mi rostro.

– Asistí a mi psicólogo. – Respondí frunciendo el ceño. Andreas se quedó estático y soltó mi rostro, permitiendo que sus brazos cayeran a ambos lados de su cuerpo. Se quedó en silencio, ni siquiera lograba oír su respiración. – ¿Andreas?

No respondió. En silencio, dio media vuelta y se marchó, dejándome con las palabras en la boca. Me quedé de a cuadros. ¿Desde cuándo Andreas se marchaba sin despedirse de mí? ¿Desde cuándo esa extraña reacción? Joder, ¡¿qué les ocurre el día de hoy a todos?!

– Thomas, ¿sabes qué le ocurre a Andreas? – Mi madre apareció por el umbral de la puerta de mi habitación. Alcé mi vista y le observé. Me encontraba nulo.

– Él… no lo sé. – Respondí apretujando la tarjeta de mi psicólogo en mi mano. – Él lo hizo de repente y no respondió. Déjalo, es un idiota.

– Bien, no le digas eso, Thomas. ¿Cómo te fue en la primera consulta con tu nuevo psicólogo? – Preguntó y me anulé del mundo nuevamente. Joder, Thomas. Algo está ocurriendo. Y no está dando bonitos resultados. Ya deja este jueguito de anularse y todas estas chorradas que te estás mandando desde que viste a la carita más bonita de este mundo.

¿QUÉ? ¿CARITA MÁS BONITA DE ESTE MUNDO? Bien, Thomas. Mereces el premio al más idiota, joder.

– Mi… psicólogo… – Balbuceé hipnotizado por imágenes de Bill en todo estado. Sentado en su escritorio, sonriendo, rascando su rodilla, cabreándose, ¡de todo!

– De acuerdo. Está bien si no quieres hablarme de ello. – Dijo negando con su cabeza. -¿Cenarás hoy?

Negué con la cabeza y me di la vuelta en mi cama.

– Joder, Thomas. Un día desaparecerás de tan delgado que eres. – Se quejó y oí que cerró la puerta.

Alcé los hombros y observé el portarretrato de mi mesa de noche, suspirando pesadamente.

Les extraño… Extraño a mi familia. Joder, no. Sí los extraño.

– Gus, alcánzame la crayola azul, por favor. – Le pedí amablemente a mi hermano mayor, Gustav. Se acercó a la bandeja de crayolas y entre sus dedos, atrapó a la de color azul, depositándola sobre la palma de mi mano. La acomodé y comencé a colorear el cielo de mi dibujo. Solo tenía siete años.

– Alcánzame el bermellón. – Dijo mi otro hermano mayor, Georg. El más grande de los tres. Tenía doce años y le agradaba dibujar toda esa clase de muertes, asesinatos, homicidios, suicidios, y toda esa bola. En pocas palabras, era el más satánico entre los tres.

Gustav, a sus once años, era el más pacífico, y el que mejor dibujaba. Siempre retrataba muecas alegres del rostro humano, o paisajes muy bonitos. Era el más indicado a la hora de retratar algo.

Y yo, bueno… un niño de siete años que siempre hacía ‘paisajes’ primaverales y lleno de garabatos. Era el niñito adorable de la familia. Ya saben.

Junto a ellos, era feliz. Nunca lo olvidaré.

¿Dónde estarán? ¿Cómo estarán? ¿Tendrán una familia? ¿Habrán formado una? Joder, ¿qué será de ellos?

– Saluda a tus hermanos, Tom. Ya nos vamos. – Simone acarició mi cabeza y me dejó a solas con mis hermanos.

– Te extrañaremos, Thomas. – Suspiró Gustav, secando mis lágrimas. – No llores. Quédate tranquilo, volveremos a vernos. Somos hermanos inseparables.

– Ya no llores, mocoso. – Se quejó Georg bajando hasta mi altura. – Te extrañaré a ti y a tus dibujos de niña.

Me largué a llorar y abracé el cuerpo de Georg con posesión. ¿Por qué debían de alejarme de mis dos únicos hermanos? ¿Por qué debían de alejarme de la única familia que tenía?

– Debemos irnos. – La voz de Simone se hizo presente en aquella vacía habitación. –Vamos, pequeño. El taxi nos espera.

– Adiós, Tom. – Gustav abrazó mi cuerpo y luego, acarició suavemente mis hombros. –Suerte.

– Adiós, mocoso. – Georg acarició mi cabeza y me dedicó una sonrisa orgullosa. – Suerte.

Y esa fue la última vez que les vi. Nunca más volvieron a llevarme al orfanato. Nunca más dejaron que llamara al Hogar de niños, intentando preguntar por ellos. O mínimo, para saludarles y oír sus voces. Nunca cumplieron lo que me prometieron. Me alejaron de mis hermanos, de mi familia, a la fuerza. Todo a base de mentiras.

Lo único que tengo de ellos es aquel portarretrato que le hurté a Gustav una noche en el orfanato. De seguro, se debe cuestionar dónde está ese recuadro. Era su favorito. Nunca se despegaba de él. Es por eso que debí hurtárselo. Tomar prestado era, llevarlo cinco segundos en tus manos, y luego, devolverlo. Aún recuerdo cuando me regañaba por quitarlo de debajo de su almohada. Siempre acababa con un golpe en la cabeza y él cabreado.

– ¿Quién te dio permiso para tomar mi recuadro? – Se quejó quitándome el portarretrato de mis manos. Alzó una mano y yo apreté los ojos, aguardando el golpe.

– ¿Te atreverás a tocarle un pelo al mocoso? – Abrí lentamente mis ojos y observé a mi hermano Georg tomando de la muñeca a Gustav.

Aunque Georg me tratara como un mocoso –tanto que optó por llamarme así-, siempre me defendía de los golpes de mi hermano Gustav. Lo único que pediría en este momento, es verlos tanto una vez más.

Suspiré y estiré mi brazo, apagando la luz de la lámpara. Cerré los ojos y logré pegar un ojo para descansar.

Continúa…

Corto, aburrido, pero importante. :B Que lo disfruten. ♥

por administrador

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