
«Psicología perfecta» de infectedsecret
Capítulo 8
Por Bill
Me encontraba tranquilo, fumando un cigarro, al mismo tiempo en que caminaba por un bonito parque. Quería despejarme antes de ir al centro a estresarme como un idiota. Tenía tantas cosas en la cabeza, que se me ocurrió la estupidez de fumar, luego de haber estado tres años intentando abandonar la nicotina, y he aquí, he tirado todo aquel esfuerzo al mismísimo diablo. Tres años esforzándome para abandonar el cigarro y una estupidez debe arruinarlo todo. ¿Qué estupidez? La de tener una condenada pesadilla en donde me follaba a un niñato. Oh, y no cualquier niñato. No. ¡Era Thomas, mi paciente! Joder, he tenido esa pesadilla, la cual, me hizo auto confesar que… me gusta Tom. Sí, luego de negarme tantas veces, resulta que sí, me gusta. En fin… aish, me gusta.
Primero: No logro dejar de pensar ni un segundo en la solución de todos sus problemas, algo que nunca en mi vida ocurrió para con mi persona.
Segundo: He tenido una ‘pesadilla’ en la cual, le follaba en mi casa. Oh, no tengo idea de cómo rayos había llegado a mi casa.
Y tercero: Es un… hermoso y adorable jovencito. Lo es en su totalidad, y nunca dejará de serlo porque la perfección no acaba.
Aguarda, Bill. Aún no habías dicho nada de eso.
De todos modos, el niñato ni me recuerda. Es en vano sentir esto por él. Desde que soy un adolescente me dañan en cosas del amor. Sí… “amor”. El supuesto sentimiento que dicen sentir las personas que se toman el tiempo de arruinarte la vida, fingiendo ser una puta pareja. Sí, ese “amor”. De todas maneras, desde que me dedico a la psicología, nada puede quitarme de la cabeza mi trabajo y hacerme planear comenzar una relación sentimental.
Sería lo último que hiciera en mi vida. No podría continuar arruinándome luego de haberme esforzado por superarlo. En fin, todo, luego de mi trabajo, es una mierda sin sentido. Todo se te impone, se te hace difícil y tú ya no tienes ni fuerzas para continuar de pie, ¿qué clase de pie se puede hacer en situaciones como esas? Ninguno.
Excepto si hablamos de un niñato común y corriente, llamado Thomas Kaulitz, que también, es mi paciente, para con suerte en la vida. Oh, Bill, ¿desde cuándo te metes en estos embrollos que ni tú mismo puedes resolver? Dios santo. ¿Quién me ha mandado a comenzar a sentir cosas por un niñato? Pero, ¿en qué demonios estabas pensando cuando te atreviste a soñar aquel acontecimiento? ¿Acaso poseías el deseo de sentirte dentro de ese niño? ¡Es un niño! ¿Piensas que aceptará que un psicólogo afeminado le dé por el culo? Oh, no, no, no. Una calamidad impresionante.
Exhaló un poco de aire contra mi oído y rió cuando me estremecí.
– Hazlo hasta partirme en mil pedazos. – Dijo. Soltó un gemido y luego, lamió el lóbulo de mi oído.
Su pecho desnudo se conectó con el mío, provocando que una gran corriente eléctrica azotara todo mi cuerpo.
– Tom. – Me quejé y con un empujón, le alejé de mí.
Nos encontrábamos ambos contra la mesa de mármol de mi cocina. Me observó alzando una ceja y se dio la vuelta, recostándose sobre la mesa, exponiendo su trasero ante mí. Le observé sorprendido y me quedé atento a sus movimientos. Joder, me volvía loco.
– Es todo tuyo, Bill. – Suspiró y estiró sus brazos, dejándolos descansar sobre el frío material de la mesa. – Vamos, házmelo.
Joder… En esa maldita pesadilla se había entregado como cualquier puta, Dios. No puedo olvidarlo. Es como… si en verdad hubiese ocurrido. Era como… la realidad; como si en verdad ocurriese. Como si fuera mío en el mismísimo mundo real.
¿Qué? ¡¿Cómo demonios puedo imaginar que puedo follar a un niño?! Pero… ¿qué… qué…? ¡AH, ESTO ME ESTÁ AFECTANDO!
De pronto, unos quejidos me sacaron de mis pensamientos y caí a tierra firme. Tres jóvenes se encontraban golpeando a otro muchacho. Desde mi posición, parecía como si quisieran desfigurarle su cuerpo a patadas, no lo sé. No permitiré que continúen atacándole con esa bestialidad. Vamos, Bill. Tú siempre sabes hacer justicia ante estas situaciones de jovencitos brabucones y/o asesinos que se atreven a meterse con los más inofensivos.
– ¿Qué rayos están haciendo? – Pregunté a sus espaldas, provocando que dejaran de utilizar tanta agresión ante aquel pobre muchacho. Claro que no soy idiota, sí sé lo que están haciendo, pero hay que interactuar por demostrar todo lo contrario, creo. – ¿Por qué razón están golpeando a ese jovencito?
– Él maltrató a nuestra amiga. Le utilizó. Y le estamos haciendo pagar porque nunca mereció que le maltrate. – Respondió el más alto de los tres, enderezándose para hablarme.
Joder, que si ese me agarraba y me quebraba todo mi cuerpo.
– Ese no es motivo para golpearle de este modo. Fue demasiado. Ya váyanse. – Señalé con mi índice el camino, indicando que se alejaran. Cuando los tres jóvenes animales se alejaron –entre quejas, gruñidos, y unas necesarias ganas de darme una bonita paliza-, me sorprendí. En el pavimento se encontraba Tom, completamente golpeado –por supuesto, si acababan de darle entre tres-. Me acerqué a su cuerpo rápidamente y observé su rostro, completamente lastimado.
– Tom, ¿te encuentras bien? – Pregunté sin dejar de observarle. Oh, Bill, ¿cómo se encontraría bien si tres animales le acaban de arruinar todo el cuerpo? Idiota.
– Bill… – Logró decir luego de abrir lentamente sus ojos. Joder, que tenía la necesidad de tomarle y llevármelo lejos de allí. – Bill… Bill…
– No te esfuerces, chiquillo. – Acaricié su labio inferior herido, mordiéndome el mío con saña. – Ven, te ayudaré.
– N-no… – Balbuceé, pero ignoré su comentario por completo y rápidamente, logré colocarle de pie.
Nos dirigimos hacia mi automóvil, en el cual, como si fuera el peor accidente de mi vida, le llevé a mi apartamento para encargarme de sus tan graves heridas.
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– Hazlo, Bill. Hazme tuyo ahora mismo. – Gimió rogando que le follara.
– Augh, duele… – Se quejó cuando le recosté sobre las mantas de mi recámara. Se encontraba completamente lastimado. No, no le he visto desnudo. Joder, no. Lo supuse solo con oír sus quejas.
– Tú tranquilízate, iré rápidamente en busca del botiquín. – Dije y él asintió. Salí corriendo y me adentré al cuarto de baño, que se encuentra conectado con mi habitación.
– Aah, así… – Gimió cuando hundí toda mi masculinidad en su agujero. Joder, no sé cómo logró convencerme de que hiciera esto. Pero era la mejor sensación de mi vida.
Demonios, otra vez recordando eso, maldita sea. Quítate de mi cabeza, maldito recuerdo.
Coloqué mis manos en el lavabo y apreté mis ojos. ¿Por qué en este preciso momento debía ocurrirme esto? ¿Por qué nuevamente recuerdo esta maldita pesadilla cuando el niño se encuentra en mi recámara? ¿Eh? Oh, no… ¿En qué demonios estoy pensando? Solo se encuentra allí porque me haré cargo de curar sus heridas. Claro… ¡Ah! Demonios.
Tomé el botiquín y me coloqué frente a la puerta de madera, que conectaba mi habitación, con el cuarto de baño, en donde me encuentro yo. Suspiré y salí del cuarto en el que me encontraba. Me acerqué a mi recámara –o mejor dicho, a donde se encontraba Tom- y deposité el botiquín sobre mi mesa de noche. Suspiré nuevamente y me senté junto al cuerpo de Tom.
– ¿Tienes alguna otra herida además de las de tu rostro? – Pregunté al mismo tiempo en el que rozaba la herida de su labio inferior herido con mis dedos.
– Mi… augh… joder… – Se quejó apretando sus ojos. – Mi torso.
– ¿Sabes por qué te han golpeado? – Cuestioné seriamente, colocando un poco de alcohol a un pequeño trozo de algodón.
– Porque rechacé a una chica que, imagino, estuvo con ellos. Tú sabes… las rameras y esa bola. – Respondió rodando los ojos.
– ¿Ah, sí? No deberían entrometerse, no es su problema. – Froté suavemente el algodón húmedo en su ceja izquierda –la cual tenía una herida- y soltó un quejido.
– Claro que no es su problema. Pero la tipa es una ramera que se acuesta con todos. Y de ese modo, si le rechazas, te buscan y si es posible, te deforman el cuerpo a golpes. – Se quejó.
– Oh, sí, sí… – Gimió cuando enterré una vez más mi masculinidad en su trasero.
– Joder… joder… – Jadeé dando unas leves embestidas, provocando que su cuerpo ascendiera y descendiera sobre el mármol de la mesa.
– ¿Perdón? – Pregunté intentando quitar aquellas locuras de mi cabeza.
– No estás frotando mi herida. – Dijo señalando el algodón que se encontraba frotando su frente sana.
– Oh, disculpa. – Me sonrojé un poco y me dediqué a humedecer el algodón un poco más.
Rasqué mi rodilla y continué.
– ¿No deberías de estar en el centro? – Preguntó un poco nervioso, observando el algodón que me encontraba humedeciendo. – Digo, tal vez te regañen, o… no lo sé.
– Pero estoy aquí. Quédate tranquilo, no ocurrirá nada malo. – Sonreí. Acerqué el algodón y lo froté contra su labio. Se quejó ruidosamente y movió su mano por inercia, provocando que yo perdiera el equilibrio y mi rostro, cayera junto al suyo.
Ambos giramos nuestros rostros, nuestras frentes quedaron enfrentadas y nuestras narices, se rozaron entre sí. Joder, estuve a punto de besarle. Y no lo he hecho.
– Lo siento… yo… – Comenzó a decir. Me alejé de su rostro y mi respiración se encontraba agitada, al igual que mi acelerado corazón.
– No, no, no… está bien. – Dije intentando disimular mis putos nervios. Joder, mi corazón latía a mil por hora con solo un acercamiento repentino. Pero… hace tanto tiempo que no me ocurre esto. Hace tanto tiempo que no siento galopar mi corazón de ese modo… ¿Acaso…?
– Oh, sí… Te amo, chiquillo, te amo. – Gemí en su oído, corriéndome en su interior. Joder, sentía todo un grupo de distintas emociones juntas.
– Yo mucho más, Bill. – Dijo él, acabando en mi mano.
No solo me gusta… Estoy enamorado de Tom. Amo a Thomas. Me enamoré de un niño. Me enamoré de mi paciente.
– ¿Bill? – Cuestionó Tom sacándome de mis pensamientos. No le respondí. No poseía las palabras adecuadas para hacerlo. – Respóndeme, Bill.
Me encontraba paralizado. No lograba poder responder. Sentía mis labios totalmente secos.
Parecía que mi boca ya no poseía saliva.
– ¡Bill! ¡¡Respóndeme!! – De un momento a otro, Tom se encontraba sobre mi regazo, pidiendo una puta explicación que yo no sabría entregarle.
Vamos, Bill. Es tu niño. Responde.
– ¿Um? Lo siento. – Fue lo único que dije y él suspiró aliviado.
– Maldición. Pensé que había colapsado o algo parecido. – Respondió respirando de manera agitada.
¿Por qué el niño debía montar mi regazo cuando yo me encuentro recordando cómo le follaba en mis sueños? Resiste, Bill. No eres un tío de caer en la tentación.
– No, chiquillo. – Solté de repente. – Solo me encontraba formulando en mi cabeza lo que le diría al centro por no asistir el día de hoy.
– ¿No asistirás el día de hoy? – Repitió mi respuesta en una pregunta.
– No. Me haré cargo de ti. Si es que no te molesta, claro. – Respondí sereno y tranquilo, pero nunca sin dejar mis nervios de lado.
– De seguro, tú me cuidarías mejor que mi madre. – Dijo con la cabeza agachada, bajando de a poco su tono de voz.
– Oh, no, no. No digas eso, chiquillo. – Dije apenado, acariciando su espalda. Él rodeó mi cuello con sus brazos y se abrazó a mi cuerpo. Joder, qué bonita sensación.
– Es la pura verdad. – Respondió y le oí sollozar.
Tan solo un pequeño sollozo, y mi corazón se quebró en mil pedazos. Mi chiquillo había roto en llanto.
– Oye, no… Por favor, no hagas eso. No llores. – Le alejé, sentándole junto a mí, notando las lágrimas en su rostro. – No está bien arruinar un rostro tan bonito por culpa de las lágrimas.
Sonrió débilmente y yo, sonreí con él. Retiré las lágrimas de su rostro con mi pulgar, y acaricié su mejilla.
– Si tú sonríes, yo sonrió, chiquillo. – Susurré besando su mejilla. Para ser exactos, junto a la comisura de sus labios, resistiendo por no besarles a ellos.
– Bill… Debo decirte algo. – Dijo él en un hilo de voz, bajando la cabeza.
– Dime. – Sonreí acariciando una vez más su mejilla.
– Estoy enamorado. – Respondió y mi alma se quebró en mil pedazos. Joder, ya no había oportunidad de estar junto a él.
– ¿En serio? Oh, genial. Eso es… grandioso, Tom. – Fingí encontrarme feliz, y me sentí la persona más egoísta de este mundo. – Veo que ha… funcionado todo esto.
– Sí. Me enamoré de la persona más humilde y hermosa de este planeta. – Cada palabra era una daga para mi corazón. Él estaba dañándome.
– Esa es una genial noticia. Te felicito. – Mentí fingiendo una sonrisa.
– Lo mejor de esa noticia es que, la persona que amo es… mi psicólogo. – Todo mi organismo se congeló y creo que fallecí.
– Te hago una promesa, mami. – Lloriqueé aferrando las rosas a mi pecho. – Nunca más volveré a enamorarme.
Deposité las rosas sobre la tierra y dejé caer una lágrima sobre la misma.
Mauren Trümper. Descanse en paz.
Lo siento, mamá. He roto aquella promesa. Nunca me perdonaré haber roto la única promesa que tenía contigo.
– Tom. – Susurré tomando su rostro entre mis manos. – También estoy enamorado de mi paciente.
– ¿Qué? – Preguntó sorprendido y yo sonreí.
– Yo… te amo, chiquillo. – Acerqué su rostro al mío, permitiendo que nuestros labios se rozaran por unos segundos. Entreabrí los míos y respiré contra los suyos, provocando que los entreabriera. Sin cuestionármelo, fusioné nuestros labios y apreté mis ojos, intentando no lagrimear de felicidad.
El día de hoy, se marca un día en donde William Trümper retorna al campo de felicidad.
Muy bien, Bill. Retómalo todo. Recuperemos toda la felicidad que te han quitado poco a poco. Retornemos a la felicidad.
Continúa…
Bueno, acá está todo lo que todas querían saber. e.e’ Lo que pasa en la casa de Bill. Espero que les guste & que lo disfruten. Cuando lo escribí, estuve horas porque no me salía como quería, ¡hasta que salió & me gustó! En fin, las amo. ♥ Un besito para todas. <3