Notas: A pesar de ser una historia de época no está inspirada en ningún suceso histórico ni tampoco entra plenamente en una ambientación de la América de la segunda mitad del siglo XIX.
Insisto en que aunque sea un «western» no he trabajado con la información suficiente como para ambiantarla en dicha época.

Capítulo 1: El Golpe (Parte 1)
Las noches en el desierto eran peor que los días. El sol era traicionero, sí, pero la noche con sus serpientes y alacranes era aún peor. La noche antes del golpe, durmieron a la intemperie no muy lejos de las vías del tren. Bill se había ido a dormir temprano, mientras Gustav y Georg se ocupaban de pertrechar a uno poderosos y rápidos rocines entrenados para correr mucho y agobiarse poco. El sheriff les seguía la pista desde hacía unos días y eso lo hacía todo más inquietante, pero solo pensar que un tren cargado de lingotes pasaría mañana temprano, y después de eso, serían ricos y podrían dedicarse a la buena vida durante el resto de su existencia… Hacía que aunque viniesen veinte sheriffs, ellos siguiesen dispuestos a asaltar todos los trenes que viniesen.
Ana Rita se había quedado en la granja cuidando que el molino no hiciese de las suyas, el ganado continuase siendo fructífero y esperando con emoción el regreso de su marido. Le había prometido de todo corazón que una vez terminara aquel golpe, volvería con ella y se dedicarían a viajar por América en busca de un lugar lejos de los indios, del desierto y su calor. Ana Rita se quedó satisfecha, pero ella supo leer en sus ojos la verdad de su propuesta, por lo que vaticinó que una vez tuviese el dinero, pararía en cada Salón a beber ron con sus compañeros hasta quedarse arruinado. Luego, volvería a la granja, le contaría mil cantos, ella se apiadaría de él, se amarían de nuevo, le dejaría dinero y se iría prometiéndole que cuando asaltase el tren vendría con ella y cuidarían a sus dos hijas en un lugar cuyo clima fuese más misericordioso y los hombres indecentes como él, no pudiesen dañar a las pobres María Elvira y María Sol.
Esta vez tenía la fuerte corazonada de que no la engañaría, le sería fiel a su promesa y regresaría a casa con todo el oro (o gran parte de él), para más que sea, arreglar el molino, comprar un caballo que hiciese mejor su labor, comprar vestidos nuevos y munición para el siguiente golpe.
Ana Rita se había mostrado menos arrebatada que otras veces ante su partida. En aquella ocasión, se había incluso despedido de él con afecto, y todavía en sus labios quedaba el beso sellado con el polvo del desierto.
«¡Ah, Ana Rita! ¡Qué difícil es a veces quererte!», pensó Tom.
La noche se le hizo corta. No así para su hermano, que apenas había pegado ojo. Bill solía tener sueños peculiares los días antes de que algo grande sucediese, así que interpretó, que sus sueños deformes y viscosos no eran más que un leve sacrificio por saquear un buen botín.
Buscó a su hermano tras unas breves montañas que ocultaban un pozo frecuentado por los vaqueros para dar de abrevar el ganado. Era normal que Bill, tras una mala noche, se fuese a cualquier fuente de agua y se lavase con esmero. Su hermano se lo había descrito en varias ocasiones, le dijo que era grande, como de tres metros, negra y plateada, tenía una lengua bifurcada con dos cabezas de vaca que mugían cada vez que le sacaba la lengua para rociarle con un veneno verde que olía a ácido y le quemaba la piel hasta el punto de que se le cayese a tiras, pero no le dolía, solo sentía miedo, el miedo de mudar de piel delante de una serpiente que le siseaba. Bill le decía, que entre más se reía la serpiente, más piel se le caía y mejor le salían las escaramuzas al día siguiente, por lo que todos esperaban que, como mínimo, Bill hubiese soltado cuatro fardos de piel.
Divisó a su hermano frente al pozo, sacando un cubo de agua, luego lo cogió entre sus manos y alzándolo sobre su cabeza, dejó que el contenido le bañase entero, lo cual solo podía significar que había sido una noche terrible. Bill temblaba por el agua congelada de la noche, que junto a la briza del amanecer, le erizó la piel hasta ponérsela de gallina. El agua le había soltado los cabellos que ahora le caían húmedos por las orejas, se había quitado la camisa y la había dejado junto a la cartuchera para no empaparla, no así con los vaqueros oscuros.
Tom volvió a dejar caer el cubo, mientras su hermano se recostaba sobre la áspera piedra, para así permanecer, en un estado de embelesamiento, en el que contempló las nubes caminar por el cielo, durante el tiempo en el cual Tom se desabrochaba la camisa de cuadros para probar suerte con la temperatura del agua. Habría jurado que estaba tirando de un cubo lleno de piedras y no agua, de no estar acostumbrado a jalar las reses cada vez que le tocaba hacer trabajos de reseros cuando su feliz hermano le daba por desaparecer e irse al monte.
No fue tan impetuoso como para lanzarse por encima un balde de agua helada y quedarse al punto de la hipotermia como el menor, pero sí fue lo suficientemente atrevido como para meter la cabeza en el agua y dejar de escuchar por un momento el viento metiéndosele en las orejas, la arenas arrastrarse con el viento y el mugido de unas reses mezclarse con el relincho de los caballos en la lejanía. El agua solo le portaba susurros de lo que fuera pasaba, solo le traía recuerdos lejanos y apacibles, el agua le recordaba que debía volver a casa porque si no ellas lo pasarían mal.
Sacó la cabeza del cubo, dejando que sus cabellos mojados le refrescasen la espalda y el cuello. Parpadeó varias veces mirando hacia el sol, que tímidamente se habría paso entre las nubes grises, pintándolas de rosa.
Su hermano se había puesto a su altura, pitillo en boca, con la camisa y chaleco puesto sin abrochar. Ambos miraron el rosicler de la mañana sin decir nada. Tom permaneció en su sitio viendo como Bill se alejaba del pozo y se dirigía el campamento. La hora cada vez se acercaba más y él se estaba demorando demasiado.
Al regresar al campamento, su hermano estaba orquestando a la banda para que se preparasen. Faltaba no más de unas horas para que el tren pasase por ahí. Posiblemente, los hombres del sheriff vendrían a procurar que el tren pasase por aquellos montes traicioneros, donde las hogueras de los indios estaban siempre prendidas y los forajidos dormían, por ello debían estar preparados cuanto antes.
Tom tomó a su caballo bayo por los estribos, le acarició el lomo a tan noble animal que podría morir en aquella cruzada. El caballo le miró sin temor, preparado para la batalla y Tom sonrió sabiendo que el animal no le traicionaría. Dejó que pastase tranquilo en el yermo suelo. El horizonte, despejado de nubes, solo anunciaba un día perfecto para atacar. La explanada árida se abría allá donde se mirase y solo era interrumpida por montañas silvestres que les guarecían de las vistas de otros rebeldes.
Cuando no hubo más campamento que recoger, Bill se subió a su caballo azabache. Eran tal para cual, ambos enfundados en negro, parecían que hombre y caballo estuviesen fundidos en un solo ser, un poderoso centauro capaz de destrozar con un disparo a sus adversarios y huir con sus robustas patas hacia donde el viento le guiase. Clavó las espuelas en el vientre del animal que bramó intensamente, pero Bill supo hacer que el animal acallase con un solo giro de muñeca. Su hermano, erguido sobre su montura, les indicó con la mirada que era el momento de pasar a la acción…
Tom puso su pie izquierdo en el estribo hasta introducir la mitad de su pie, agarró la rienda y el cuerno de la silla y se aupó con sus fuerza hasta quedarse suspendido en el aire por un momento, para luego cruzar la pierna sobre el lomo de la bestia, sentarse y pasar su pie por el otro estribo. Espoleó al caballo y siguió la estela de polvo que dejaban los otros jinetes, se dejó llevar por el trote ameno, saltando levemente sobre la silla, sin preocuparse por apurarlo demasiado.
Consiguió ponerse a la altura del semental de su hermano, que refunfuñaba y con razón, cada vez que Bill le metía la espuela. No era un gran camino el que hacer antes de llegar a las vías férreas que atravesaban el inmenso mar de tierra y mato seco que era el desierto, pero igualmente, se pusieron los cuatro alineados, esperando las ordenes de su capitán.
Bill cada vez forzaba más la marcha, lo cual les obligaba a correr tras él y poner en peligro la salud de sus pobres potrancos que apenas sí sabían caminar tras aquella mancha negra que relampagueaba de la velocidad a la que iba. Miró a sus compañeros trotar entre el polvo, achicando los ojos para que la lluvia de tierra no le cejase y pudieran ver cuando parar antes de salir a campo abierto y descubrir sus posiciones.
El plan era simple, era el que siempre había repetido y siempre les funcionaba. Nunca tenía que matar a nadie, solo noquearlos, coger lo que pudiesen en el mejor tiempo posible e irse. Siempre solía salir bien, aunque últimamente lo de “sin víctimas” había quedado en el olvido…
La tensión de la cabalgada le tenía con las pantorrillas trincadas entorno a los flancos del animal, que galopaba bajo el sol y la estela dorada del polvo. La potente respiración del caballo le distraía asiduamente, y cuando no miraba las cimas de las montañas en busca del brillo de un arma, bajaba la cabeza para ver el lomo del animal y el fuerte impulso de sus patas remover la tierra. De repente, un murmullo ferrugiento se empezó a transmitir de montaña en montaña, que portaban el secreto a ecos de que el tren ya se acercaba.
Poco le importaba cómo el fulgurante azul del cielo coronado por el más arrogante de los soles, le hiciera derramar sudor, poco le importaba cuánta tierra se estaba tragando y cuánto daño le hacía el mismo sol sobre la espalda, porque el tren ya corría ante ellos, rápido, tanto como el caballo de Bill, que tan joven y galante como su jinete se precipitó primero sobre la explanada peligrosa y traicionera donde más de uno había probado el acero de las balas.
Los cuatro jinetes se lanzaron en tropel por la desembocadura del valle donde habían pasado la noche, entre montañas, tierra, matos, serpientes y escorpiones, buitres y carroña, agua y arena. La explanada, corazón del desierto, era un llano enemigo de hombres y animales, pues nadie salvo la bestia de metal, cuya señal de humo blanco y espeso marcaba el cielo como su territorio, se atrevía a cabalgarlo, sin sufrir algún perjurio por ello.
Los chicos de Bill sabían que siempre que entrasen en aquel reducto de traición, algo o alguien quedaría atrás, sea caballo, hombre, recuerdo, sentimiento, pasión, amor o dolor, algo, cualquier cosa, pero algo con un gran significado debía pagar el peaje de transitar el valle en llamas, y podía ser cualquiera, podía no avisar si quiera de ello, simplemente, ocurría. Una vez contempló como su sexto integrante, feo como él solo, se lanzaba al desierto y de buenas a primera caía muerto con una flecha navaja clavada en el pecho. ¡Qué bravos guerreros eran los indios! ¡Tan canallas! ¡Tan cobardes! Recordaba la flecha roja aparecer de entre la nada, tan sigilosa que ni el viento la escuchó y cuando la vieron sus ojos, ya estaba demasiado ocupada desangrando a un buen compañero, quien calló de su montura al instante, y en suelo, el polvo de su caballo lo cubrió a modo de sepultura.
Pero poco podían hacer por él ahora que solo tenían una misión, asaltar el tren, gran mole de metal, compuesta de tropecientas placas de hierro, más de mil engranajes, peligrosas ruedas girantes que se tragaban a los hombres y los caballos, y todo él envuelto en su capa de humo, que dejaba el olor ceniciento del carbón suspendido en el aire. Al galope, procuraban ponerse lo más cerca de las vías sin dejarse atrapar por las ruedas, que serían mortales para ellos. Aquello sería como domar a un gran potro salvaje de metal, con piernas más potentes, con una respiración ferrugienta que inquietaba a su pobre animal, que con timidez se acercaba a los demás caballos. La imponente bestia, le obligaba a estar azuzándole constantemente, pues él quería huir al reducto de paz y armonía que era el cañón donde habían hecho noche, pero no podía dejarlo marchar, no podía ni quería, un botín le esperaba…
Tom siguió azuzando al caballo para que saliese de aquel túnel de polvo que le llovía encima por el trote de los tres caballos que le adelantaron, con dificultad, logró ver algo a través de las partículas que se le colaban en los ojos y le obligaban a apartar la vista, porque las pequeñas piedras le dañaban las retinas de tal manera que le hacían lagrimear. Entre el polvo y las lágrimas, se salió de la fila de caballos que trotaban al unísono, y cuando se dio cuenta, tenía delante de él al rayo negro que era el potro de su hermano. Taconeó al caballo en su flanco izquierdo y con recia mano le obligó a volver a ponerse tras la estela de tierra, de no haberlo hecho el choque hubiese sido mortal para todos, tanto hombre como caballo. Georg salió tras el potro salvaje que huía en dirección contraria, momento, en el cual Gustav también bajó la marcha, y Tom se temió lo peor. Sintió una puñalada en pecho, pero no era ninguna flecha o bala, era la inquietud, el agradable sabor amargo de la hiel mezclada con la amargura de no ver nada más que polvo, y mirase a donde mirase, no lograba ver bajo la capa de humo y tierra a su hermano. Gustav cabalgaba a su lado, pero no tenía tiempo de preguntarle qué quería de él, pues solo podía buscar a Bill sobre el tren o bajo este, estuvo por detener su caballo, que ya sangraba por los costados por la traicionera estrella de su espuela. Cansado, el caballo fue bajando el ritmo, pero él lo espoleó una vez mal. El caballo, ya harto de sus desaforadas patadas en el costado, relinchó con furia, lo cual solo le dejaba dos opciones: pararse o abordar el tren con o sin Bill.
En aquel momento de distracción, su caballo, queriendo huir, fue a encontrarse con el gris de Gustav, con lo cual sus piernas, tanto la de Tom como la de él, quedaron aprisionadas entre ambos caballos durante un momento que bastó para dejarles a los dos un buen golpe, que lejos de escocerle le sirvió para tomar una decisión, tomar las riendas del animal, taconearlo más fuerte y lanzarse sobre la pared más cercana del tren, que apunto estaba de desaparecer por el túnel que atravesaba la montaña y separaba el valle y el ciudad más próxima.
Continuará…
Muchas gracias por leer y espero vuestras opiniones. 🙂