Parte I, Capitulo 2
No podía aún creérselo. Tumbado en una camilla la doctora Allen le confirmaba que estaba embarazado, de un mes exacto. Le hicieron su primera ecografía pero aunque era muy pequeño y apenas se veía, para ellos era lo más grande del universo.
—Ahora tienes que cuidarte mucho y recuerda que comes por dos—le explicó la doctora Allen.
Bill asintió mientras veía como le limpiaba el gel que extendió por su firme vientre. Se incorporó y se bajó con cuidado la camiseta no pudiendo evitar suspirar emocionado.
—Quiero verte cada 15 días, pero si notas alguna molestia o tienes alguna perdida te vienes de inmediato—explicó la doctora Allen.
— ¿Le puede pasar algo malo al bebé?—preguntó Bill a punto de llorar.
—Eres primerizo y muy joven, pero no debes preocuparte. Solo piensa en tu hijo creciendo a salvo dentro de ti.
—Tengo mucho miedo—susurró Bill—No quiero que le pase nada…
Richard se apresuró a cogerle una mano que se llevó a los labios y besó.
—No le va a pasar nada a nuestro hijo. No llores Bill—le pidió con suavidad al verle derramar una lágrima.
—Eso también es normal—comentó la doctora Allen sonriendo—Tienes las hormonas revolucionadas, de pronto estarás riendo como llorando. Ten paciencia con él, Richard.
Richard asintió sonriendo. Ayudó a Bill a bajarse de la camilla y le puso la cazadora por encima para que no se enfriara.
—Aquí os he apuntado nuestra siguiente cita—dijo la doctora Allen tendiéndoles una carpeta—También hay un folleto con el título de algunos libros que os podéis ir leyendo, y mi número particular. Llamadme para lo que sea.
Richard cogió la carpeta y se despidieron de ella. Entraron en el ascensor y bajaron hasta el parking donde estaba el biplaza de Richard.
—Habrá que pensar en comprar un coche familiar—murmuró Richard tras ayudar a sentarse a Bill.
Bill asintió suspirando. Ya se imaginaba a los dos llevando a su hijo en su sillita en el asiento de atrás, con canciones infantiles sonando en la radio que entre los 3 cantarían.
Regresaron al piso tras hacer una pequeña parada en la tienda que gracias a Dios abría las 24 horas. A Bill se le antojaron galletitas saladas, pero una vez dentro no se pudo contener y empezó a coger dulces y gominolas.
Una vez en el piso se tumbaron en la cama y mientras que Bill “devoraba” las galletas, Richard estudiaba unos informes. O eso intentaba, había un tema que aún no habían tocado…
—Bill, se lo tenemos que contar a nuestros padres—dijo dejando los papeles a un lado.
Le sintió resoplar y acomodarse mejor contra su cuerpo.
—Tu madre me da miedo—confesó Bill en voz baja.
Richard tuvo que darle la razón en eso. Desde que lo presentara a sus padres, su madre no miraba bien a Bill. Aceptaba que su hijo fuera gay, pero Bill le parecía muy joven para él y no le gustaban las “pintas” que llevaba.
Pero eso era justamente lo que más le llamó la atención a Richard. Bill era especial, fueran donde fueran todas las miradas se volvían para observarle y eso le llenaba de orgullo. Su chico era muy guapo y él muy afortunado de tenerle a su lado.
—Primero hablamos con tus padres, y el domingo cuando comamos en casa de los míos…
—Pero esperamos a después del postre—logró bromear Bill—La tarta de manzana de tu madre nunca me gustó, pero de repente….
Richard rió en voz alta y le atrajo a sus brazos, empezando a llenarle la cara de besos mientras que bajaba una mano y la colaba dentro del pantalón del chándal que llevaba.
—Richard…para…piensa en nuestro hijo—pidió Bill tratando de alejarse.
—No le haremos daño alguno, en el folleto que nos ha dado la doctora Allen dice que podemos hacerlo los 9 meses de embarazo si vamos con cuidado—explicó Richard mientras jugueteaba con su ropa interior.
—No eres nada cuidadoso cuando te pones—rió Bill—Es entrar en mi cuerpo y no parar hasta hacerme gemir y gritar.
—Desde ahora lo seré—prometió Richard haciendo un puchero—Y cuando tu hermosa barriga no nos deje, entonces te dejaré estar arriba controlando la situación.
Bill asintió al momento, relajando su cuerpo y dejando que le bajase el pantalón. Se tumbó de espaldas alzando las caderas cuando el siguió la ropa interior, mordiéndose los labios para no gritar cuando sintió como le besaba el vientre, yendo más abajo…
Una vez desnudo de cintura para abajo, él mismo se quitó la camiseta mientras que Richard se desnudaba. Una vez los dos en las misma condiciones, dejó que se le tumbara encima con suavidad, separando las piernas para darle mejor acceso.
—Prometo ir con cuidado—susurró Richard al oído de Bill.
Bill asintió suspirando y alzó las caderas cuando le rozó la entrada con su erección. Cerró los ojos al sentir como avanzaba en su cuerpo poco a poco, embistiéndolo con suavidad tal y como le había prometido.
Hicieron el amor a un ritmo lento, sin dejar de mirarse a los ojos gimiendo por lo alto. Apoderándose de los labios de Bill, Richard se derramó en su interior al mismo tiempo que bajaba una mano y le hacía a él derramarse sobre su estómago…
Semanas después Richard aparcaba delante de la casa de los padres de Bill. Vivían a las afuera de la ciudad en una pequeña casa con su jardincito. Richard estaba enamorado de ella, decía que ya no se construían casas iguales, las de ahora eran más modernas.
—Bueno, llegó la hora—dijo Richard abriéndole a Bill la puerta.
Bill asintió y salió del coche aceptando la mano que le tendía. Suspiró y miró la casa en la que había crecido hasta que cumplió los 17 y se fue a vivir al centro de la cuidad compartiendo un apartamento con sus amigos. A su madre le costó lágrimas hacerse a la idea de que su único hijo ya había crecido, cuando supiera que él mismo estaba esperando uno….
Caminó copio con fuerza a Richard. Llegaron a la puerta y llamaron a timbre ambos resoplando. Habían llamado anunciando su visita y Simone les había invitado a cenar. Dos días más tarde comerían en casa de los padres de Richard, y esa visita sería más…peliaguda…
—Bill, Richard—saludó Simone abriendo la puerta.
Besó a su hijo en la mejilla e hizo lo mismo con Richard, al que consideraba también su hijo.
—Pasad, ayudadme con la cena mientras esperamos a Gordon—dijo Simone cerrando la puerta tras ellos.
Richard sonrió encantado. De ahí había sacado Bill esa buena mano que tenía e la cocina, su madre le había enseñado todo lo que él sabía, y sería un buen padre gracias a los consejos que le daría.
Entraron en la cocina y Simone los puso a trabajar a los dos. Mientras que ella controlaba el asado del horno, Bill pelaba patatas y Richard ponía la mesa mientras hablaba del nuevo proyecto que tenía en manos.
—Gustav debe estar encantado, aumentarán los clientes de su pub y todo gracias a ti, Richard—comentó Simone encantada con la noticia.
Siguieron hablando hasta que escucharon que se abría la puerta y entraba el padre de Bill. Esperaron hasta verlo entrar en la cocina, fundiéndose con Bill en un fuerte abrazo y estrechando la mano de Richard.
—Bill tienes un buen aspecto—comentó Gordon sin soltar a su hijo.
—Eso estaba pensando yo—dijo Simone asintiendo—Has engordado, se te nota en la cara y tienes un brillo especial en los ojos.
Richard y Bill intercambiaron una cómplice mirada y Richard asintió tomando la palabra.
—Bill está esperando un bebé—anunció muy orgulloso.
Se quedaron en silencio, mudos por la noticia. Solo Richard esbozaba una gran sonrisa mientras que Bill mordiéndose los labios por los nervios miraba a su madre esperando alguna reprimenda.
— ¡Bill! ¡Eso es estupendo!—exclamó Simone rompiendo el silencio abrazándolos a los dos a la vez, que suspiraron aliviados
—Enhorabuena—dijo Gordon estrechando de nuevo la mano de Richard.
Bill se sintió seguro entre los brazos de su madre. Su apoyo era lo que más necesitaba en esos momentos y se lo estaba dando. No había sacado el tema de su juventud para ser padre, tal y como se temía. No, lo único que importaba era que el bebé naciera sano.
— ¿Y de cuánto estás?—preguntó Simone sin soltar a su hijo, fijando la mirada en su vientre.
—De mes y poco, estoy deseando que llegue el momento en que se me note—confesó Bill sonriendo.
—Vais a ser unos padres estupendos—dijo Gordon con firmeza.
—Y vosotros unos abuelos encantadores—rió Bill en los brazos de su madre.
Todos le imitaron y se pusieron a cenar, comentando que ya tenían la primera ecografía y Bill unos antojos cada vez más raros.
Dos días después repetían la misma escena pero en un ambiente más frío. Los padres de Richard vivían en un apartamento de lujo en la zona más rica de Berlín. Era un apartamento de dos plantas, con 5 dormitorios, dos cuartos de baño y un salón muy amplio.
El portero del edifico anunció su llegada y cuando salieron del ascensor una criada les abrió la puerta.
—Buenos días, señor Richard—saludó con mucha educación.
—Buenos días Margaret—saludó Richard sonriendo.
Le dio el abrigo que llevaba y ayudó a Bill a quitarse el suyo. Entraron en el apartamento y fueron al salón a esperar la llegada de sus padres. Cogió la mano de Bill pidiéndole en silencio que se calmase, echándole un repaso de arriba a abajo.
Se había vestido con esmero, llevaba unos pantalones negros a juego con su camisa de manga larga. El pelo lo llevaba peinado hacia atrás fijado a los con un poco de gomina para que no se le fuera a los ojos. Llevaba un ligero maquillaje que apenas se veía, y sus uñas iban ese día sin color alguno, solo con brillo.
Suspiró resignado, todo lo hacía para no hacer enfadar a su madre, que no encontrara nada que no fuera de su agrado.
—Richard, cariño.
Richard se volvió al instante sonriendo ampliamente. Vio a su madre quieta en medio del salón y fue a su encuentro, besándola en la mejilla con un casto beso.
—Madre, tiene muy buen aspecto—comentó Richard.
—Adulador—murmuró Molly Carpenter sonriendo ampliamente a su hijo.
Se cogió de su brazo y le señaló la terraza, en donde tomarían el almuerzo que Margaret les había preparado.
—Bill…——llamó Richard tendiéndole una mano.
Bill suspiró y siguió a Richard y a su madre. Estaba ya acostumbrado a sus desplantes, que le ignorara ampliamente aún estando su hijo delante. Salió a la terraza y vio como Richard retiraba la silla a su madre para que se sentara y luego se la acercara, haciendo lo mismo con la suya acariciándole con suavidad la mejilla.
—Tu padre no puede venir, le ha surgido un caso a última hora y le ha sido imposible posponerlo—explicó Molly.
Hizo una señal con la mano y al momento apareció Margaret empujando un carrito e donde estaba la comida. La sirvió y se retiro sin decir nada.
— ¿Un poco de vino?—preguntó Molly mirando a su hijo.
Al momento Richard se levantó y llenó la copa de cristal de su madre, dejando de nuevo la botella en la mesa. Cogió otra de agua y sirvió primero a Bill y luego a él mismo.
— ¿No bebéis?—preguntó Molly extrañada.
—Tengo que conducir, madre—murmuró Richard.
— ¿Y tú, Bill? Creo que ya tienes edad—dijo Molly con frialdad.
—Yo….no me apetece, muchas gracias—susurró Bill mirando a Richard.
— ¡Ni que estuvieras embarazado!—rió Molly.
Vio como su hijo se atragantaba con el agua que estaba bebiendo y se puso tensa en su asiento.
—No puede ser—murmuró Molly en voz muy baja.
—Pues si lo es, madre. Bill y yo vamos a tener un bebé—dijo Richard cogiendo la mano de Bill—Esperamos que te alegres tanto como nosotros.
— ¿Estás seguro que es tuyo?—preguntó Molly sin cortarse.
—Por favor, madre—saltó Richard enojado—Siento mucho que no creas que Bill no me conviene, pero le amo con toda mi alma y vamos a tener un hijo. Si no puedes alegrarte, me temo que no me quedará más remedio que no volver a esta casa hasta que no le des a Bill la disculpa adecuada.
Esperó en silencio a que su madre dijera algo, pero solo la vio morderse los labios y cruzarse de brazos. No se lo pensó más y cogiendo a Bill de la mano le ayudó a levantarse y entraron en el apartamento de nuevo. Cogieron sus abrigos y bajaron al parking, entrando en el coche sin decir nada.
Llegaron a casa y una vez allí finalmente Bill rompió el silencio con sus sollozos.
—Tu madre nunca me va a perdonar el hecho de que me quieras – dijo Bill limpiándose las lagrimas
—Bill, no digas eso, además que te puede importar la opinión de mi madre, si nos tenemos el uno al otro—dijo Richard corriendo a abrazarle.
—Me importa porque es tu madre, la abuela de nuestro bebe… – le replicó con los ojos llenos de lágrimas.
—Y te repito que no importa su opinión, somos una familia ahora y mi madre tendrá que acostumbrarse a ello de lo contrario se perderá la oportunidad de pertenecer a “nuestra” familia.
Bill sonrió entre lágrimas al escuchar esas palabras. Eran una familia Richard, él y el bebe, nada ni nadie podrá perturbar su felicidad….