Parte II, Capítulo 10
Una vez en casa y tras despedirse de la hermana de Tom, Bill se sentó en el sofá con Richard en su regazo. Hacía casi un año que no veía a David, sabía de él por lo poco que le había contado el padre de Richard cuando les llevaba a su nieto a hacerles una visita.
Salió de sus pensamientos cuando protestó Richard, era hora de darle la cena y acostarlo. Emily se había encargado de bañarlo cuando se despertó de la siesta y en esos momentos despedía un dulce aroma que aspiró sonriendo. Se levantó y tras dejarlo cómodamente instalado en su trona de la cocina le calentó el puré de verduras que había preparado cuando la comida.
Se lo dio entre juegos y risas, y así los encontró Tom cuando regresó a casa tras el trabajo. Nada más abrir la puerta escuchó la infantil voz de Richard llamando a su padre entre risas. Sonrió ampliamente y entró en la cocina, inclinándose para besar la frente de Richard y a Bill en la mejilla.
— ¿Qué me has traído?—preguntó Bill como si fuera un niño.
—Una ración de deliciosa tarta de arándanos y nata—explicó Tom mostrándole la bolsa que llevaba.
No pudo evitar pasarse la lengua por los labios al escucharlo, gesto que Tom miró embobado.
—Dejemos los postres para luego—comentó Tom carraspeando.
Bill asintió sonriendo y mientras que Tom se daba una ducha rápida él terminó de darle de cenar a Richard. Lo acostaron ya entre los dos y luego hicieron juntos la cena que se tomaron mientras que Tom le contaba lo bien que había ido la fiesta.
Se llevaron la tarta a la cama y se la tomaron desnudos bajo las sábanas, riendo en voz baja cuando Tom le untó la nariz con nata a Bill y se la lamió entre gemidos.
— ¿No puedes esperar?—»protestó» Bill relamiendo la cuchara.
Tom negó entre risas y tras quitarle el plato se tumbó sobre él y comenzó a besarlo profundamente en los labios.
— ¿Sabes…mañana…?—preguntó Bill entre gemidos.
Sintió como Tom sonreía contra sus labios y llevando una mano abajo la puso sobre su abultado estómago, provocándole miles de escalofríos.
—Mañana sabremos si es niña o niño—susurró Tom sin dejar de besarlo.
— ¿Qué quieres?—murmuró Bill contra sus labios.
Tom alzó la cabeza suspirando. Lo único que importaba era que el bebé viniera bien.
—Venga, mójate—pidió Bill entre risas.
Sabía lo que pensaba, pero quería saber su opinión.
—Un compañero de juegos para Richard…o la parejita…—dijo Tom acomodándose sobre Bill.
—Yo tampoco me puedo decidir—dijo Bill suspirando.
—Dejemos que el destino elija por nosotros—murmuró Tom con voz ronca.
Había empezado a frotarse contra Bill y ya estaba más que preparado. Puso las manos bajo su cadera y le elevó con cuidado, entrando en su cuerpo con una suave embestida. No habían dejado de hacer el amor desde que se quedara Bill embarazado, la doctora Allen solo se lo había “prohibido” cuando estuviera más avanzado y si le era molesto, pero hasta entonces debían disfrutar de cada momento. Eso ayudaba a que Bill se relajara, y andando como andaba con las hormonas revolucionadas, no había ninguna vez que dijera que no cuando Tom se le acercaba.
Le sintió suspirar y sonrió mientras aceleraba las embestidas. Sintió que llevaba una mano a su miembro y se frotaba él mismo entre jadeos. Llevó su mano junto a la suya y le ayudó hasta sentirle derramarse entre los dedos, entonces él también se derramó y cayó exhausto sobre su cuerpo.
Se quedaron en silencio mientras que sus respiraciones se normalizaban. El orgasmo había sido muy fuerte y para cuando Tom salió de su cuerpo, Bill ya dormía profundamente.
Últimamente le pasaba muy a menudo, estaba casi siempre muy cansado y no hacía más que dormir y dormir. Y a Tom le encantaba observarle descansar con los ojos cerrados. Se acostaba a su lado en la cama y ponía la mano sobre su estómago, acariciándoselo con suavidad y suspirando al pensar que un hijo suyo crecía allí dentro fuerte y sano.
Esa noche hizo igual, tras acostarse al lado de Bill le atrajo a sus brazos y enterrando la cara en la curva de su cuello, cerró los ojos y se durmió entrelazando las manos sobre su estómago, donde su hijo dormía plácidamente ajeno a la fiesta que se habían montado sus padres…
A la mañana siguiente y tras dejar a Richard en la guardería, Bill se tumbaba en la camilla donde la doctora Allen le iba a hacer una nueva ecografía. Estaba muy nervioso y apenas había desayunado, lo que le costó una riña de Tom. Prometió comer algo tras la cita con la doctora Allen y solo así Tom se calmó.
—Bueno, veamos que hay aquí dentro—dijo Allen sonriendo.
Ocupó su puesto al lado de la camilla y levantando la sábana que cubría la barriga de su paciente extendió por ella un gel sobre el que aplicó una sonda y extendió. Al momento la sala se llenó con el dulce sonido de un corazón latiendo con fuerza. Movió la sonda hasta dar con lo que buscaba y sin dejar de sonreír miró a los futuros padres que la miraban expectantes.
—Dígalo, por favor—pidió Tom en voz baja.
—Vais a tener una niña—informó Allen para su alegría.
— ¡La parejita!—exclamó Bill emocionado.
Tom asintió y le besó en los labios murmurando un “gracias” contra ellos. Mientras, la doctora Allen dejó en su sitio la sonda y limpió a Bill para que se pudiera levantar. Dejó que Tom le ayudara a vestirse y regresó a su mesa donde estaba abierto el historial de su paciente.
—Según mis notas, has engordado 7 kilos—leyó Allen arrugando la frente.
—Sí, me noto más gordo que cuando Richard—apuntó Bill mordiéndose el labio.
—La culpa es mía, que le mimo demasiado—intervino Tom.
—Tampoco es mucho, pero no te pases con los dulces—aconsejó Allen—Tienes bien los niveles de azúcar, pero no te descontroles.
—Lo haremos—prometieron a la vez Bill y Tom.
Se despidieron de la doctora Allen y salieron de la consulta con la ecografía de la mano. Entraron en una cafetería cercana y allí Bill se tomó un desayuno como Dios manda.
—Ahora tenemos mucho trabajo por delante—empezó a decir Tom sin dejar de mirar la ecografía—Ya sabemos de qué color comprar la ropa y habrá que ir pensando en un nombre para nuestra hija.
Bill asintió al tiempo que bebía su té con limón. Se había levantado algo revuelto y lo achacó todo a los nervios por saber qué llevaba dentro. Pero a pesar de eso, acompañó al té con unas tostadas con mermelada de frambuesa a las que Tom se apuntó también.
— ¿Sabes?—empezó a preguntar Bill con la boca llena—Si hubiera sido niño, me hubiera gustado llamarlo como a ti.
— ¿Otro Tom?—preguntó entre risas Tom.
—El pequeño Tomi—dijo Bill suspirando.
— ¿Y qué te parece Marie?—dijo Tom poniéndose serio de repente—Como…como nombre para nuestra hija.
Notando su cambio de humor, Bill dejó sobre el plato la tostada que tenía a medio camino de la boca y le cogió una mano entre las suyas.
— ¿Quién es Marie?—preguntó, sabiendo que sería alguien conocido por Tom.
—Era…mi hermana gemela—contestó Tom para su sorpresa.
— ¿Tienes una hermana gemela?—preguntó Bill pestañeando.
—Nació antes que yo, pero los médicos no pudieron hacer nada por ella—empezó a explicar Tom carraspeando—Tenía un problema en el corazón y murió a las pocas horas de nacer. Mis padres quedaron destrozados, y yo…siempre he sentido que me faltaba algo…
—Marie es un nombre precioso—murmuró Bill sintiendo que se iba a poner a llorar.
Jamás había oído nada de esa hermana que no pudo ser, veía a los padres de Tom tan unidos y felices que no lograba imaginar que les pudiera haber pasado algo así.
—A mi madre le hará mucha ilusión—dijo Tom logrando sonreír.
Bill asintió sin saber que decir. Le veía muy afectado, se le notaba que estaba tratando de controlar esas lágrimas que al igual que él sentía agolpadas en los ojos. Decidieron salir a que les diera un poco el aire antes de echarse a llorar los dos en medio de la cafetería. Estuvieron paseando y al ver una tienda de muebles no se pudieron resistir y entraron a ver.
Lo que más les llamó la atención fue una cuna de madera y la estaban aún admirando sin decidirse a comprarla o no.
—Mi madre guarda la de Richard en el desván—explicó Bill.
—Sí, podemos usarla—dijo Tom asintiendo.
Sabía el cariño que tenía Bill a esa cuna, había escuchado algo de que la habían elegido entre él y Richard y aunque ese bebé era solo de Bill y él, no podía negarle el “derecho” a Richard de disfrutar algo de él.
Salieron de la tienda con las manos vacías, pero en la siguiente en al que entraron compraron una buena provisión de pijamas y ropita, toda ella en colores rosa, verde y azul pastel.
Regresaron al piso cargados de bolsas y entonces se dieron cuenta de un pequeño detalle…
— ¿No se nos está quedando algo pequeño?—preguntó Tom mirando fijamente a Bill.
Le vio asentir suspirando. El piso…otro legado de Richard del que Bill jamás se desprendería. Y él no podía obligarlo, ni quería.
— ¿Y qué podemos hacer?—preguntó Bill de nuevo suspirando—La habitación de Richard es algo pequeña para dos bebés y aunque de momento Marie duerma con nosotros, llegará el día en que necesite su propia habitación y entonces…
—Compremos el apartamento de al lado—interrumpió Tom sonriendo.
— ¿Cómo?—preguntó Bill sin entender.
—Resulta que el otro día me encontré con el vecino de al lado y me comentó que le trasladaban de trabajo y se tenía que mudar—empezó a explicar Tom cogiéndole de la mano—Me invitó a pasar y me lo enseñó. Es un apartamento pequeño que le costará vender al constar solo de un dormitorio, baño y salón cocina, pero…para nosotros sería ideal porque contaríamos con una habitación más, otro baño e incluso una sala de juegos para los niños si dividimos el salón en dos y usamos la otra mitad como tu despacho. Trabajas en casa y en el salón te distraes mucho.
Bill le miraba mientras hablaba. Lo tenía todo pensado, no quería que se deshiciera de lo único que conservaba de Richard y que tan buenos recuerdos le traía.
—El dinero no es ningún problema—dijo Tom con firmeza—Tengo algo ahorrado y mis padres me ayudarían.
—Los míos también en cuanto se lo diga—apuntó Bill.
— ¿Entonces, te gusta la idea?—preguntó Tom alzando una ceja.
Le besó en los labios como respuesta. No podía amarle más de lo que ya lo hacía, siempre atento a sus necesidades y desviviéndose para que todo estuviera bien a su alrededor. Le había dado una hija que crecía con fuerza cada día, y en esos momentos le daba la salida al problema que les afectaba. Como cuidar de su familia sin dejar eso que tan lleno de recuerdos estaba.
Ya no porque fuera el legado de Richard, sino porque en allí había vivido muy buenos momentos. Los primeros pasos de su hijo, sus primeras palabras…la primera vez que Tom y él se acostaron, allí habían concebido a Marie y allí pensaban criarla junto con su hermano….
Dieron una comida para dar las buenas noticias a sus amigos y familias. Usaron el local de Gustav y allí todos se enteraron del sexo del nuevo bebé y de sus planes.
—Contad con nosotros para la reforma—dijo Klaus al tiempo que Ralph asentía.
—Ya hemos hablado con el dueño del apartamento y por ser nosotros hemos llegado a un buen acuerdo—explicó Tom—Nos lo dejará libre en una semana y entonces firmaremos los papeles.
—Decidnos si podemos ayudar en algo—se ofreció Simone.
—La verdad es que algo de dinero sí que vamos a necesitar—dijo Bill mordiéndose el labio.
—No hay ningún problema—intervino Trudy—Debemos mucho a Tom, gracias a él pude trabajar sabiendo que mis hijos pequeños estaban bien cuidados y ahora quiero echarle una mano con los suyos propios…los vuestros, claro.
—No hablemos ahora de eso—dijo Tom mirando tiernamente a su madre—Estamos aquí para celebrar la llegada de nuestra hija.
— ¿Cómo la vais a llamar?—preguntó Emily de repente.
Antes de contestar, Tom cogió la mano de Bill y la estrechó al tiempo que miraba a su madre, que esperaba expectante.
—Marie—susurró emocionado.
Vio cómo su madre se emocionaba también y asentía sonriendo con esfuerzo. Su padre también se había emocionado al igual que sus hermanos, los demás les miraba sin entender y fue Bill quien les explicó el motivo de porque habían elegido ese particular nombre. Todos acordaron que eran una buena elección tras conocer la historia.
Siguieron comiendo mientras hacían planes para los 4 meses que faltaban. Bill se sentía muy pesado y le dijo a Gustav que prefería trabajar desde casa. Acordó con Janet que ella también se encargara de las recepciones a la vez que de llevar el club cuando surgía alguna fiesta inesperada.
—Eso me recuerda una cosa—dijo Gustav de repente—El otro día llamó David.
Bill notó que Tom se ponía tenso a su lado y resopló por lo bajo. No es que quisiera mantenerlo en secreto, solo era que no había encontrado el momento adecuad de decirle que le había visto y hablado.
—Quiere dar una cena con unos amigos o compañeros de trabajo, no sé—explicó Gustav—Al parecer ha oído hablar de mi muy bien y tras lo que ha visto en Internet ha quedado encantado.
Terminaron de comer y tras despedirse, Bill y Tom regresaron a su piso con un adormilado Richard. Le acostaron en su cuna y se fueron a descansar ellos también.
—Me paso todo el día con sueño—explicó entre bostezos.
Tom sonrió, era normal en su estado. Y a él le encantaba, tras la comida se sentía adormilado y se acostaba un rato. Él le hacía compañía, se tumbaba a su lado y le acariciaba el estómago mientras que Bill se quedaba dormido plácidamente bajo sus caricias.
Así lo hicieron esa vez, tumbados los dos de espaldas Tom descansaba una mano sobre el abultado vientre de Bill, que descansaba con los ojos cerrados.
—Te lo iba a contar—susurró Bill de repente.
— ¿Qué has visto a David?—preguntó Tom carraspeando— ¿O que es gay mi hermano?
Sintió que Bill se sobresaltaba y maldijo por eso. No era su intención asustarle, pero simplemente separó los labios y las palabras salieron así.
—Deduje que habías visto a David por lo tenso que te pusiste cuando Gustav le nombró—se explicó Tom tratando de calmarlo—Y lo de Ralph…me llamó aparte mientras te despedías de tus padres y me lo contó. También me dijo que tú ya los sabías y que él te pidió que no contaras nada.
—No sabía cómo contarte lo de David—se explicó Bill a su vez—Fue el mismo día que supe lo de Ralph, me lo encontré en la calle por casualidad y me felicitó por mi estado. Nada más, eso y que cuando llegase el día le gustaría venir a ver si estoy bien y darnos la enhorabuena a los dos.
Tom le escuchaba en silencio, no era un secreto que David no le cayera muy bien después del asunto de la carta. No es que no quisiera que se la hubiera dado a Bill, pero podía haber escogido otro momento y jamás dársela estando él a solas, sin nadie al lado para consolarlo.
—Y Ralph…bueno, sé que lo comprenderías y jamás le juzgarías—siguió diciendo Bill.
—Y está con Andreas—dijo Tom suspirando—Hacen buena pareja, esta noche se lo dirá a mis padres y será oficial.
—Mañana le llamamos para ver que tal—murmuró Bill ahogando un bostezo.
—Eso, mañana—repitió Tom sonriendo—Ahora descansemos.
Bill asintió y se acomodó mejor contra Tom, enterrando la cara en la curva de su cuello sonriendo. Sentía su mano sobre su estómago, acariciándoselo con suavidad. Cerró los ojos y se quedó dormido con una amplia sonrisa en los labios.