Parte I, Capitulo 7
Sentía dolorido todo el cuerpo, tras el efecto de la anestesia empezó a sentirse incómodo y se llevaron a su hijo para que pudiera descansar a pesar de sus protestas.
—Bill, es por tu bien—dijo Simone con calma—Lo tendrán en el nido con los demás recién nacidos y allí estará bien atendido. Duermes un par de horas y cuando abras los ojos le tienes de nuevo contigo.
No pudo hacer nada por impedirlo, le habían dado un calmante suave y sentía que se le cerraban los ojos. Echó una última mirada a su hijo y se quedó profundamente dormido con una expresión de preocupación. Su madre se quedó con él hasta que media hora después vinieron los G´s y se la llevaron a tomar un café.
—No quiero dejarle solo—protestó Simone, sabiendo en esos momentos como se sentía su hijo por haber tenido que dejar solo al suyo.
—Está dormido y tú también necesitas descansar—susurró Gustav para no despertar a su amigo—Cada 10 minutos viene una enfermera a ver que tal está, no le puedes dejar en mejores manos.
—Pero…
No pudo terminar la frase. Georg la empujó con suavidad y la hizo salir de la habitación. En la sala de espera se encontraron con David, que llegaba en esos momentos.
—Bill está durmiendo—le explicó Gustav— ¿Le haces compañía mientras nos llevamos a su madre? Así se queda más tranquila.
—Claro—contestó David con rapidez.
Sonrió a Simone y entró en la habitación en la que Bill descansaba con los ojos cerrados. Se acercó a la cama y le estudió mejor. Estaba echado de costado y tenía una mano sobre su ya vacío vientre, como si echara de menos llevar a su hijo dentro. Su rostro estaba algo pálido y unas grandes ojeras destacaban bajo sus ojos. El día anterior había sido muy largo…
Suspiró y sin poder evitarlo llevó una mano a su cara y le retiró un mechón de pelo que se la tapaba. Sonrió al verle mejor la cara y se puso a pasear por la habitación. Estaba toda llena de regalos, destacando entre todos el gran oso que le mandó.
El resto eran cosas para el bebé, flores y cestas de frutas. Cogió una manzana y tras limpiarla a la manga de su chaqueta se sentó cerca de Bill a comerla. Se fijó que sobre la mesilla había unas rosas blancas metidas en un jarrón con agua. Las miró extrañado y sin poder de nuevo evitarlo alargó una mano y cogió la tarjeta que aún llevaba puesta.
—«Muchas felicidades, Tom»—leyó en voz baja.
¿Quién sería ese Tom? Seguro que alguien importante para Bill, sino no se preguntaba porque tenía tan cerca de él ese ramo en particular.
Dejó de nuevo la tarjeta en su sitio y siguió comiendo la manzana hasta que un leve gemido le llamó la atención.
— ¿Bill?—llamó en voz baja.
Vio que trataba de incorporarse y corrió a ayudarle. Pasó las manos por debajo de sus hombros y le ayudó a recostarse en las almohadas. Cogió el mando de la cama y la dejó levantada hasta que Bill quedó semi recostado.
— ¿Te duele algo?—preguntó preocupado.
—Ya no tanto, es solo una ligera molestia—contestó Bill suspirando— ¿Y mi madre?
—Gustav y Georg se la llevaron para que tomara un café y yo me quedé a hacerte compañía—explicó David sentándose en el borde de la cama.
Bill le sonrió. Se estaba portando muy bien con él, siempre pensó que al igual que la madre de Richard, no le gustaba como novio para Richard por su juventud. Pero desde que se había quedado solo en el mundo, su actitud había cambiado y estaba muy pendiente de él. Más ahora que su hijo había venido al mundo…
— ¿Has visto al pequeño Richard?—preguntó con una sonrisa.
David asintió sonriendo. Antes de entrar a verle se pasó por el nido y le vio profundamente dormido. Llevaba puesto un pijama azul con ositos, el mismo pijama que Richard padre le enseñó orgulloso cuando Bill estaba de 4 meses. Lo había visto en el escaparate y aunque habían prometido no comprar nada hasta más adelante, no se pudo resistir al verlo.
—Me pasé por el nido por si estaba allí. Es tan pequeño….y tiene la sonrisa de Richard—no pudo evitar comentar.
Bill asintió con los ojos llenos de lágrimas. Se había dado cuenta de ese dulce detalle. Cada vez que su hijo sonriera, tendría algo de su padre. Según su madre, había sacado su nariz, y ese lunar que tenía bajo el labio su hijo también lo lucía. Suspiró al recordar cada vez que Richard se lo besaba mientras le hacía el amor, provocándole miles de escalofríos….
Se estremeció sin poder evitarlo, derramando una lágrima que David secó al instante con una de sus manos.
—Siento haberlo mencionado—susurró acariciando su mejilla.
Negó con la cabeza para quitarle importancia, era normal que llorara siempre que le recordara, además de que según la doctora Allen sus hormonas estaban revolucionadas y pasaba de la risa al llanto con una facilidad asombrosa.
—Philip….—empezó a decir David carraspeando—Philip me llamó ayer. Quiere que sepas que está muy emocionado con la llegada del pequeño Richard, y que en cuanto estés recuperado os hará una visita.
—Dile que puede venir a ver a su nieto siempre que quiera, él y Molly—dijo Bill con firmeza.
No podía excluirla, era la otra abuela y cuando su hijo fuera mayor y quisiera saber más cosas de su padre, allí estarían sus abuelos.
Escucharon que llamaban a la puerta y David se puso de pie de inmediato. Se giró y vio como entraban os G´s con la otra orgullosa abuela. David sintió que sobraba y se despidió de Bill hasta dentro de dos días.
—Tengo que entregar un proyecto, pero iré a verte a casa de tu madre la semana que viene—le explicó tras besarle en la mejilla.
—Mañana le dan el alta, ya verás que cómodo estará Richard en su cunita—comentó una emocionada Simone.
David se despidió de ella con otro beso en la mejilla y de los G´s con un gesto de la cabeza. Los dejó a solas con Bill, pasándose una última vez a ver al pequeño Richard. Se lo encontró despierto, mirándose las manitas y sonriendo. Suspiró, esa sonrisa pararía miles de corazones, como la de su padre….
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Tres días después Bill protestaba en la cama. Su hijo se había despertado con hambre a las 6 de la mañana, y solo hacía 1 minuto de su última toma, o eso era lo que a él le parecía. Se había vuelto a acostar y no había hecho más que cerrar los ojos cuando le escuchó llorar de nuevo.
Se destapó entre bostezos y poniéndose una bata sobre su pijama, se inclino ante la cuna y cogió al pequeño Richard con cuidado. Le acunó contra su pecho mientras le besaba en su suave pelo y le reñía en voz baja.
—Vas a despertar a los abuelos…
Aún dolorido por el parto, caminó con paso lento y salió de su habitación. Por el pasillo se encontró a su madre, bostezando y sonriendo a la vez.
—Aún estás débil, debiste haberme llamado—riñó Simone a su hijo en vano.
Bill no quería molestarla, además, era su hijo y quería encargarse él mismo. Bajaron a la cocina y mientras que Simone preparaba un biberón, Bill acostó a su hijo sobre la manta que habían dejado sobre la mesa. Sobre una silla había un paquete de pañales y cambió a su hijo, arrugando la nariz sin poder evitarlo.
Tiró el pañal usado y le puso de nuevo el pijama. Lo cogió en sus brazos con cuidado y se sentó agradeciendo a su madre con un bostezo el biberón que le pasaba. Lo inclinó sobre los labios de su hijo y sonrió ampliamente al verle separarlos y comenzar a mamar.
Se le quedó observando ensimismado, pensando que era el bebé más guapo que había visto. Recordaba como cada vez que él y Richard paseaban se fijaban en todos los bebés que se encontraban, pensando que el suyo sería el más guapo de todos. Y habían acertado…