«Sold out» Fic TOLL de Tkapitan

Capítulo 10

—¡Noooo, mierda, mierda, MIERDA!

Abrí los ojos de repente, alterado por los gritos de Bill. Se estaba poniendo la ropa que le presté con mucha torpeza y rapidez.

—¿Qué coña pasa? ¿Por qué gritas? —me froté los ojos, haciendo muecas de desagrado por el pronto despertar.

—¡Perdí el vuelo, son las más de las once! ¡No sonó el despertador! ¡Es tarde, es tarde, es tarde! ¡Ya es tarde!

Gritaba desesperadamente dando vueltas sobre sí mismo. Me recordó al conejo de Alicia con ese estrés que tenía y berreando sobre el tiempo. Entonces fue cuando, saliendo del letargo del sueño que aún me invadía, recordé lo del despertador. Imaginé una amplia sonrisa en mi cabeza para no delatarme físicamente.

—Oh, puede ser. Hará como dos años que no lo uso. Sólo le cambié la pila y ya no recuerdo cuando fue, así que es posible que fallase y no me diera cuenta —me puse los brazos tras la cabeza, muy relajado y sin… remordimientos.

—¿Y qué haré ahora? Mis padres van a matarme —se sentó en el borde la cama, con las manos tapándose la cara.

—También puedes quedarte aquí —miré al techo, soltando lo dicho con toda la normalidad del mundo.

—¿Qué? No puedo quedarme aquí, Tom. Tengo que acabar mis estudios y el curso de moda. ¡Oh, joder, el curso! Como no llegue a tiempo voy a tener que presentarme después de que todos lo hayan hecho. ¡Qué vergüenza!

—Claro que puedes. Tan fácil como buscarte aquí un profesor particular. Hasta alguno que te de dé clases de moda. No creo que sea tan difícil; búscate uno al que le amenace el sueldo con comer arroz desde el quinto día del mes, y ya verás como hasta te acaba la clase con un masaje extra —le miré sonriendo.

—¿Tú estás loco? —frunció el ceño. Tenía el maquillaje algo corrido en los ojos —. ¡Ni siquiera tengo un trabajo! Lo tengo ya todo planeado en Hamburgo. Y… ni siquiera te conozco… no del todo —se levantó de repente saliendo por la puerta —. Tengo que llamar a mis padres y que me paguen un vuelo de regreso lo antes posible.

En cuanto vi que desaparecía del cuarto, me levanté con rapidez tirando las mantas a un lado y corrí tras él en pelotas. No tenía tiempo de vestirme.

—¡Eh, espera! —Bill se dio la vuelta, abriendo los ojos en grande. Me puse frente a él, apoyado en la pared con una pierna cruzada.

—¿Pero qué haces?

—Convencerte.

—Estás chiflado. Y tápate, anda —Evitaba mirarme mis partes y hasta pude percibir que se ruborizaba.

—¿Por qué? No tengo nada que tú no tengas, ni hayas visto ni sentido —alcé una ceja.

—Agh… —rodó los ojos —. Déjame, he de avisar de inmediato. Seguro ya se estarán preguntando por qué no estoy ya allí a estas horas.

—Vamos, Bill, tírate a la aventura. ¿No querías ser independiente y que no te traten como un crío? Mira, esta es tu oportunidad —se quedó pensativo un momento.

—Sí, pero… de esta forma tan repentina —sacudió la cabeza negando —. No, no. Es una locura. Aún con Georg podría, pero no contigo —me desvió la mirada y caminó de forma lenta al salón.

Toda sonrisa se borró de mi cara. Descrucé la pierna y, esta vez, no fui tras él. Retomé mis pasos, cabizbajo, y volví al dormitorio para vestirme; ahora sí que tenía frío.

Me puse unos pantalones anchos, un jersey amplio y largo y encima y una de mis sudaderas, prenda casi esencial para mí. Mientras me estaba atando las Nike, sentí una presencia en la puerta. Al levantar la cabeza, vi a Bill, callado y mirándome.

—Qué pasa.

—Yo… Tom, ¿la locura se pega? —Vaya pregunta más rara me hizo.

—¿A qué viene eso?

—Porque creo que voy a arriesgarme y a quedarme contigo…

Sonreí ladino agachando la cabeza.

.

Bill

Me había arreglado y maquillado nuevamente. Tom se hizo un café con leche y se fumaba un cigarrillo, atándose una bandana blanca con motivos negros sobre la frente. Al terminar, se puso la gorra que le había regalado. Yo no quise nada, no me entraba absolutamente nada en el estómago por los nervios que tenía.

Había decidido quedarme por dos cosas: una, tuve una intuición, una de esas corazonadas de las que siempre se dice que no las ignores. Esperaba acertar. Y dos, quería de verdad ser independiente, vivir por mí mismo lejos de la responsabilidad de mis padres. Era verdad, desde que estuve con mi amigo Georg este mes fuera de casa, me lo había planteado muchas veces, pero claro, no tenía estos «planes» tan repentinos.

Estuve meditando qué decirle a mis padres. Le mandaría un mensaje a papá, porque mamá era más histérica y él algo más empático y compresible. Bueno, papá… era mi padrastro, en verdad. Nunca conocí a mi verdadero padre, sólo sabía por mi madre que el mío murió antes de nacer yo. Ella nunca quiso contarme detalles; evitaba muchísimo el tema. Y yo la verdad, nunca le di importancia. Para mí, Gordon siempre fue mi verdadero padre, el que me crió y educó. Todo lo demás respecto al pasado ya daba igual.

Tenía el móvil sujeto con ambas manos, mirando la pantalla como si esta me fuera a dar respuestas.

—¿Ya sabes qué vas a decirles? —Tom tomó una calada, expulsando el humo lentamente.

—No. Y se lo diré a través de un mensaje, que me será más fácil. Tengo cuatro llamas perdidas de ellos, seguro preguntándose porqué narices no estoy ya en casa, o mínimo en Hamburgo.

—Diles que tu amigo, ese con el que estabas, tenía un despertador de mierda que no sonó — rió por lo bajo, pegándole un sorbo a su taza.

—Eso fuiste tú —fruncí el ceño —. ¡Hey! Pero puede servirme la idea, sólo que modificándola. Les diré que mi móvil se apagó por la noche y claro, ya me di cuenta al despertar —Más animado, comencé a escribir las primeras palabras.

—¿Y sobre quedarte aquí? —paré de golpe mordiéndome el labio por un lado. Mierda, era verdad. Esa parte era la más importante.

—Pues, que me quedo con Georg. Sí, eso. Otro que me va a pedir muchas explicaciones sobre el tema —rodé los ojos. La cosa era así, si yo apenas sabía qué estaba pasando ni comprendía del todo bien la situación, ¿cómo lo iba a explicar a terceros?

—A ese tipo le puedes decir la verdad, ¿no? Vamos, para eso es tu amigo.

—Oh sí, que me quedo en casa de un tío que conocí de tan sólo un par de días y a través de una casi violación —entrecomillé con los dedos lo último —. Claro, seguro que lo entiende perfectamente, aunque le omitiré ese último dato para que no te meta una paliza —forcé el sarcasmo con una falsa sonrisa. —No olvides decirle que estoy muy loco, aunque a esa conclusión seguro que llega a la primera—hizo círculos en su sien con un dedo. Así con la gorra y lo que dijo, me recordó a una versión alternativa del «Sombrerero loco». Qué cosas…

—Ya me ocuparé de eso después, ahora he de avisar a mis padres —comencé a escribir de nuevo, primero explicándoles el contratiempo de la pérdida del vuelo, y luego mintiéndoles un poco en lo de quedarme con… mi amigo. Mentiras, otra más de tantas que les hacía. Esta creo que se llevaba el premio. Parecía que estaba pillando el síndrome de mitomanía, ya que se me estaba dando de fábula.

Bufff…

—Listo. Ahora es cuestión de… no coger el teléfono hasta… que me sienta con fuerzas para lidiar sus nervios —me entró una risa nerviosa y apagué el móvil —. Tengo que ir a casa de Georg a por mis cosas. Le escribí antes, cuando estabas cambiándote. Le conté todo un poco por encima.

—¿Quieres que te acompañe? —apagó la colilla en un vaso con un poco de agua —. Así me aseguro de que no te fugas.

—Idiota. Haz lo que quieras, ven si te apetece, pero yo me voy ya —le metí prisa. Sinceramente, no me apetecía que viniese y conociera así a Georg, sin que supiese aún mucho toda la verdad.

Cogí mi bandolera y me adelanté a salir por la puerta. En silencio, Tom me siguió cerrándola tras de sí.

&

Llegamos en dos paradas de metro; estábamos relativamente cerca. Llamé al timbre de la portería y esperé a que me contestara. Tom estaba parado detrás de mí, con las manos en los bolsillos y mirando a su alrededor.

—¿Sí?

—Ahm… Geo, soy yo, Bill —me abrió la puerta de abajo y empujé para abrirla, aguantándola para que Tom entrara.

Vivía en el primer piso, así que no tuvimos que subir muchas escaleras. Arriba, él nos esperaba. Tragué saliva y sonreí forzosamente.

—¡Hola! —me mostré falsamente entusiasmado, alzando la mano en un saludo.

Me miró un instante sin responderme, poniendo toda la atención en mi acompañante. Tom hizo exactamente lo mismo; se paró a mi lado y le miró de arriba abajo, analizándole. Parecían dos macho Alfa investigando el estatus de cada uno. Sólo les faltaba echar una meada en la pared para ver quién la hacía más alta, como hacen los perros para marcar territorio y competir por el mayor rango. O eso, o Tom me mearía a mí encima para marcarme celoso, como ya estaba sospechando que era. Fruncí el ceño al pensar en esa imagen tan asquerosa.

Georg era algo más bajo que nosotros, pero más corpulento. Sus pequeños momentos diarios de ejercicio en casa, habían dado sus frutos de muy buena manera. Llevaba el pelo largo, castaño y lacio, por los hombros. Lo tenía súper bien cuidado, igual que su imagen completa.

—Soy Georg —gesticuló para darle un apretón de manos.

—Tom —se la estrechó de forma rápida, por cumplido, seguro.

—Bueno, pues entrad. —Me echó una última mirada fugaz y se giró para entrar; le seguimos de inmediato hasta llegar al salón principal.

—Ahí tienes ese saco. Joder, Bill, pesa como un muerto. Aún no entiendo cómo puedes cargar con ese peso siendo tan enclenque. Ve a revisar si está todo, anda.

Me señaló el sofá con mi gran mochila descansando en el cojín. Ya era grande de por sí, pero así llena parecía que iba a reventar de un momento a otro. La verdad es que me costó la vida cargarla en el trayecto del aeropuerto. Menos mal que un azafato me ayudó, pero seguro que se arrepintió de no haberme hecho la vista gorda para ser cortés.

Me fui hacia ella y la abrí sacando las cosas de dentro, revisando que estuviera todo.

Entonces Bill va a vivir contigo, ¿no? —Mi amigo rompió el silencio que se formó para hablarle a Tom, cuando yo estaba enfrascado en mi inspección.

—Ajám —Tom fue escueto respondiendo, y ni siquiera le miró. Supongo que prefería no meter la pata. Yo levanté un momento la mirada, pero la bajé rápidamente al ver que ambos me miraban esperando que yo diera más detalles de la pregunta. Me puse nervioso y ya ni quise revisar del todo la mochila.

—Bueno, no falta nada —metí las prendas que había sacado y las aplasté con fuerza para que cerrase de nuevo la cremallera.

—Pero si no lo has sacado todo —Georg enarcó una ceja.

—Da igual. Es que… es que hay mucha cosa y luego temo que no vuelva cerrar. Ya si falta algo, te lo aviso o me avisas —me puse de espaldas a ella para pasarme las asas por los brazos. Al intentar levantarme con prisas para salir lo antes posible de la casa y los interrogatorios, el peso me tiró para atrás y caí de espaldas al suelo. Ambos comenzaron a reírse, pero Geo más fuerte, apretándose el estómago. Tom se frotaba la frente mientras reía.

—¡No os riais, capullos! —Ya me estaba poniendo rojo. Intenté levantarme de nuevo, pero me estaba costando un mogollón.

—Anda, torpe, espera que te ayudo —Tom se agachó ayudándome a levantarme. Una vez en pie, puso la mano debajo de la mochila calibrando el peso.—Coño, ¿pero qué narices llevas aquí? ¿Piedras? Voy a llevarla yo, que tú acabarás rodando por las escaleras y voy a tener que llevarte a ti también por lesión.—Me la sacó de encima antes de que yo le negara, pero mira, mejor; no me apetecía para nada tener que llevarla de nuevo.

—Parecías una cucaracha boca arriba atrapada en una de esas trampas pegajosas, ¡Ja, ja, ja, ja! —Las lágrimas ya se le saltaban a Georg, que no dejaba de descojonarse como loco. —Esto tengo que contárselo a Gustav.

—¿A Gus? ¡No, no le digas nada! Aún no le he… contado esto… —grité un poco alto y fui bajando la voz.

—¿Ah, no? Pues de poco meto la pata. ¿Cuándo se lo dirás?

—¿Y cuándo nos vamos? Esta mierda pesa un huevo y medio. —Tom cortó la conversación. Estaba apoyado en la pared algo recostado y con las manos debajo de la mochilaza aguantando el peso muerto. Me vino de maravilla su queja para «escapar» de más preguntas incómodas.

—Sí, sí, nos vamos. Ya le diré, ¿vale? —agarré a Tom de la manga y le estiré para irnos. Fui directamente a abrir la puerta dejando atrás al par. Cuando noté que mi acompañante me seguía, me fui derechito a las escaleras.

—¡Eh, espera! Cómo se nota que no eres tú el que lleva este cadáver a la espalda, hostias. —El de rastas refunfuñaba a mis espaldas.

—Perdón… Adiós, Geo. Ya nos hablamos por WhatsApp, ¿vale? —le alcé la mano despidiéndome y él hizo lo mismo, conmigo y con Tom. Bajé las escaleras algo rápido; por fin me escapaba de tanta presión, al menos en lo que a mí me condicionaba.

Por fin estábamos de nuevo en la calle y respiré hondo, como si tomara el oxígeno puro de un bosque.

—Eh, Tom, gracias por ayudarme. —Iba algo encorvado hacia delante.

—Ya me lo cobraré luego. —No supe qué decir; creo saber a qué se refería y me entró un repentino cosquilleo en el estómago.

De camino a su casa, iba quejándose todo el rato por el peso y porque se iba chocando en el metro con todo el mundo. En un momento estuve a nada de arrancarle la mochila y llevarla yo, sólo para que se callase. La decisión de llevarla fue suya, no mía, así que no me sentía mal por ello.

Caminábamos en silencio cuando de pronto, giré mi cabeza a un lado y lo vi. Un establecimiento de billar, ¡con lo que me gustaba! En Hamburgo había ido muchas veces a un local similar con Gustav y, no es por nada, pero era buenísimo. Yo siempre ganaba, o casi siempre. Mal día tenía que tener para no quedar primero, pero nunca bajaba del segundo puesto.

—¡Un billar! Tom, ¿sabes jugar?

—¿Uhm? ¿Al billar? Qué va, apenas habré jugado un par de veces en mi vida.

—¿En serio? Pues ya tienes quien te enseñe. Aquí tienes a todo un profesional —me crucé de brazos con pose altanera. Me miró con incredulidad durante unos segundos.

—¿Tú, en serio?

—Sí, qué pasa —fruncí el ceño.

—Nada, nada —negó con la cabeza —. Pero es que a mí no me gusta ese juego. Es aburrido e insustancial.

—¡Oh, vamos! Vayamos un día aunque sea. Así para matar el tiempo, ¿sí? Hace mucho que no voy y tengo ganas —le puse ojitos a ver si sucumbía; solía funcionarme.

—Está bien —rodó los ojos —. Pero si se me hace un coñazo, nos vamos.

—Hecho —sonreí amplio. Ya tenía ganas.

.

Tom

Cómo pesaba la puñetera mochila. Moría de ganas de llegar al piso y deshacerme de esa cosa. La frase «llevar una mochila de piedras en tu espalda», cobraba más sentido ahora.

—Oye, Tom, ¿qué te ha parecido Geo?

—Y yo qué coño sé, si no he hablado con él. Aunque parece un chulo playa.

—¿Un qué? ¡Anda ya! Eso lo pareces más tú si no fuera por esas ropas de rapero que me llevas, que te hacen más del tipo macarra de barrio.

—Es lo que me pareció a simple vista —giré la cara a un lado, molesto.

—Estás celoso. —Cuando le miré, tenía una sonrisa picarona en la cara.

—De qué, a ver. ¡Ni que fueras mi pareja, culo abierto! —La cara de Bill comenzó a transformarse en un puro reproche.

—Pues está bueno — me lo soltó con descaro, para molestarme. Se le notaba en el tono de voz. —¿También es un nenaza como tú? Porque debe de ser jodido que te haya rechazado con las ganas que le tienes —se frenó de golpe encarándoseme.

—¡Pero qué gilipollas eres! Maricón o no, es mejor que tú. Más atento, sensible y… y… ¡no es un homófobo! ¡Te recuerdo, por cierto, que TÚ has estado conmigo, idiota rematado!

Me gritó en medio de la calle. Seguro que ni se dio cuenta de que alzaba la voz, atrayendo miradas cotillas ajenas. Me cabreó más su comentario que el circo que estaba montando.

— ¿¡Ah, sí!? ¡Pues lárgate con él! —le grité yo ahora, sacándome la pesada carga y tirándosela a los pies. Al girarme para darme el piro, choqué de bruces contra algo… o alguien.

—¡Ouch! —Al fijarme bien, mis ojos se abrieron de par en par. —¿Andreas?

—Vaya, ahora entiendo tus ausencias y por qué no querías verme. —Se había cruzado de brazos y miraba a Bill sin ningún tipo de entusiasmo.

—Y tú qué mierda sabes —le imité en la pose, más chulo si cabía.

—Solamente deduzco por lo que él acaba de gritar y tu reacción posterior.

Estupendo, lo había oído. Eso sí que era jodido. Le eché a Bill una mirada fulminante que le puso algo nervioso.

—Dime, Tom. ¿Le has estado acosando?

—¿Qué? ¿Qué coño hablas? —Parece ser que no pilló del todo el tema. Me alivié un poco.

—No me ha acosado. —Bill se metió en la conversación y le ofreció la mano. —Hola…

—Bill, ¿no? —ambos se estrecharon la mano amigablemente —¿Ibais a alguna parte o sólo ha sido un nuevo encontronazo?

Bill me buscó inmediatamente con la mirada para que le ayudase en la respuesta.

—Habíamos quedado para hablar, nada más —le dije.

—Umh… Ya podías apuntar un hueco para mí en la agenda. Tío, que ni un puto mensaje tuyo. ¿Sabes lo preocupado que me tienes? Para ser tu único y mejor amigo, no es que digamos que me cuides como tal.

Rodé los ojos. La calidad de Andreas para darme la brasa, era de primera, pero tenía razón. No le prestaba mucha atención, al menos no la que se merecía cuando él se preocupaba constantemente por mí. Era como mi hermano mayor, pues tenía dos años más que yo, y me reprimía incesantemente cuando yo hacía o decía algo inapropiado. A pesar de todo, siempre estaba ahí, fielmente. Era del tipo que, si me parara delante de un coche viniendo a toda velocidad, se pondría delante de mí para parar el impacto.

—Andy, estoy bien. Deja de preocuparte tanto por mí sin necesidad —le puse la mano sobre el hombro, suspirando —. Podemos quedar mañana, si te parece bien.

—¿Seguro no tendrás otro planes y me dejarás plantado de nuevo? —miró a Bill, que estaba encorvado agarrando el asa de la mochila.

—Ehm… no… Te reservo el hueco.

—Uy, sí. Perdona si no te creo. Hasta que no lo vea, paso de hacerme ilusiones. Y tú, Bill, ¿a dónde ibas? Si quieres te acompaño y hablamos un rato.

Mierda, mierda. Las ganas que tenía de meter las narices en el asunto le reconcomían el hígado.

—Ah, pues… yo iba a… a casa de mi amigo—balbuceó.

—¿Vive cerca de aquí?

De pronto, sonó su móvil y se alejó unos pasos para coger la llamada.

—Disculpad.

Genial, aproveché para hablarle a Bill.

—Tenemos que pensar algo y rápido.

—Sí, yo me voy a mi casa y tú a la tuya. —Intentó torpemente coger la mochila del suelo, con mucho cabreo encima.

—No seas imbécil que no hay tiempo ahora —revisaba a cada rato que Andreas no colgara; tenía que sacar beneficio de esa pausa como fuese.

—¡Me acabas de echar!

Shhhh, ¡joder, no grites! Soy impulsivo, ¿vale? No lo decía en serio.

—Métete tu impulsividad por el culo, Tom.

—Luego te la meteré por el tuyo, pero ahora vamos a pensar algo, hostias. Que estamos en un marrón y hay que solucionarlo —Bill se mordió el labio, a punto de pegarme un guantazo. Lo deduje por su puño que se cerraba y abría con fuerza, intermitentemente.

—¡Estás tú en un marrón, no yo! A mí me da igual que tu amiguito sepa que eres del gremio.

Porque tenía prisa en salir de esa situación, si no le clavaba los nudillos en la puta cara por ese comentario.

—Escúchame bien —le mostré los dientes apretados; ya me estaba cansando—, toma mis llaves y ve a casa. Yo le entretendré, ¿vale? —las saqué de mi bolsillo y se las metí en su chaqueta.

—¡No pienso ir a tu…!

Andreas colgó y se acercó de nuevo a nosotros. Nos callamos ambos de golpe.

Disculpad, me llamaron de la uni. Habrá huelga de estudiantes y profesores por la mejora del lugar. Está hecha todo unos zorros. Bueno, Bill, ¿te acompaño?

—Eh, Andreas. Estaba pensando en que si quieres, podemos quedar ahora —me metí por medio para iniciar mi estrategia.

—¿Ahora? ¿En serio? No tengo mucho tiempo, pero vale. Acepto lo poco que me das. Oh, no te importa, ¿verdad, Bill? Quedar con este es un logro que no se puede desperdiciar —Su sonrisa de júbilo, se amplió.

—No, está bien, tranquilo —el andrógino me dedicó una mirada de odio, pero por lo menos me siguió el juego.

Alcé la mochila del suelo como pude y le ayudé a colocársela. Dudaba de si iba a llegar a mi casa, que estaba sólo a dos calles, por suerte.

—Parece que eso pesa. Tom, ¿le ayudamos a llevarla?

Me cago en sus muertos. Es que no callaba ni con una polla en la boca. Me lo estaba poniendo difícil.

No, gracias, Andreas. Ya puedo y… realmente, quiero estar solo ahora. Pero agradezco tu intención, de veras —le dedicó una sonrisa complaciente.

—Oh, claro. No hay problema.

—Bueno, pues ya nos vamos —agarré a mi amigo del brazo y le estiré a un lado para sacarle de allí de una vez por todas.

—Bueno, adiós Bill. Espero que volvamos a vernos y podamos conocernos más. —Se despidieron y yo inicié la ansiosa marcha en dirección contraria.

Vi como Bill caminaba con pesadez por el peso, y esperaba que llegara en condiciones. Ahora tenía otro caso que resolver: quitarme a Andreas de encima.

—¡Ahora sí que no te me escapas de contármelo todo! —tuve un pequeño sobresalto cuando me medio alzó la voz, pegándome un estirón del brazo y agarrándome de la tela por el pecho.

—Ni que hubiese mucho que contar —me retiré de su agarre al momento dándole un manotazo en la mano —. Aquella noche estaba pedo perdido y luego me llamó cuando consiguió mi número. Hemos quedado para pedirle disculpas y ya está —alcé ambos hombros quitándole todo el suspense al tema.

—¿Sólo eso? ¿Nada más?

—¿Y qué querías, un best seller?

—¿Esa chorrada me ha tenido en vela todo este tiempo?

—Ese era tu problema. Te dije que no era nada.

—¡Pero podías habérmelo dicho para que al menos, yo dejara de preocuparme! —enfadado, me colocó la capucha casi hasta media cara, con rabia.

—¡Eh, eh, sin pasarse que te meto! —me la eché de nuevo a la espalda, retándole con la mirada.

—Debería de darte yo una hostia bien dada, que eres un irresponsable. Además, no entiendo por qué estabais ahora peleando si ya habéis hecho las paces. Oh, no me digas, no te ha perdonado —alzó una ceja.

—Bueno, más o menos —miré al frente —. Tampoco es que me importe, me la trae floja. Yo ya cumplí pidiéndole perdón.

—¿Vais a volver a quedar?

—Ni de coña.

—Uhm… —se quedó pensativo. Era el momento de escapar.

—¡Hostias! Olvidé que tenía que ir a echarle una mano a Jost al almacén, que le ha llegado un pedido enorme. —David Jost era mi jefe. Era un tío súper enrollado y amigo de mi padre de toda la vida.

—¿Pero tú no estabas de vacaciones?

—Sí, pero es un favor momentáneo. Además, me lo devolverá con extras. Bueno, tío, lo siento, pero me he de pirar ya —le golpeé amistosamente el hombro con los nudillos —. Ya quedamos mañana como acordamos, ¿vale?

Rodó los ojos y soltó un bufido desanimado.

—Qué remedio. Y mala suerte para mí, también. El trabajo es lo primero. Venga, Kaulitz, mañana nos vamos a tomar algo sí o sí.

Listo. Nos despedimos y caminé ligero rumbo a mi casa.

&

Llamé al timbre desde abajo y esperé.

Nada.

Volví a llamar, esta vez algo más insistente. Tras un largo minuto, fruncí el ceño.

—A ver si este se ha puesto ahora a cagar.

Ya me estaba desesperando cuando a las dos veces más, no me abría. Era una putada, porque no había otro vecino que me abriese. Pensé si no había llegado, si se había perdido o incluso si me la había jugado volviendo a casa de ese Georg. Me dio por mirar a la ventana del segundo piso, mi piso, y allí lo vi. El capullo me estaba observando divertido y comenzó a reírse alto cuando le descubrí.

—¿¡Pero qué estás haciendo ahí!? ¿Te parece divertido no abrirme? —alcé ambos brazos a los lados, indignado.

—Lo es, ¡ja, ja, ja!

—Tú eres gilipollas. Abre la puta puerta de una vez, que estás en mi propiedad.

—Vale, pero antes quiero hacer un trato contigo —me mostró las llaves, zarandeándolas.

—¿Qué hablas? ¡Es mi casa, coño! ¡Cuando suba te arreo!

—¡Trato o truco, Tom!

La madre que lo parió… si es que ni a golpes aprendía a no tomarme el pelo. Imaginando que me iba a costar más que cediera por las malas, accedí a su chantaje.

—¡Qué quieres, va!

—Te abro si me prometes que esta noche iremos a jugar al billar. ¡Es que tengo muchas ganas!

—¿Y para esa chorrada me estás haciendo perder los nervios? ¿Pero tú estás tonto?

—Bueno, para eso y por haberte puesto antes de esa forma por Geo. ¿Entonces qué? Aceptaré tus disculpas con una partida.

Me froté la cara con desespero. En mi puta vida me había encontrado con alguien tan difícil y caprichoso. Pero no me quedaba otra que aceptar, aunque sólo fuese para que me abriese y ya arriba, tomar cuentas del asunto.

—Está bien. Iremos esta noche al puñetero local.

Vi como daba saltitos de emoción y, en ese momento, soltó las llaves que casi me cayeron en las napias.

—¡Lo siento, Tom! —se llevó las manos a la cara. Sin decirle nada, las recogí de la acera y fui a abrir la portería refunfuñando blasfemias.

Ya dentro, subí las escaleras de dos en dos, con rapidez. Y al llegar a mi casa, la abrí y fui directo a buscarle.

—¡Bill! —grité alto buscándole por la casa. Estaba justo en la ventana, acojonado. Parecía un cervatillo de orejas gachas al que sabe que le hincarán el diente.

—Ahora ya no te ríes, ¿eh, capullo? —me coloqué las manos en la cintura.

—Es que… me dio rabia lo que pasó antes y… bueno, no tanta. En verdad me pareciste muy mono… por un momento. —Medio susurraba las palabras, haciéndome un puchero con la boca.

Me sorprendió tanto lo que dijo, que hasta olvidé el cabreo un instante.

—Eres un caso —negué con la cabeza —. Y lo de tu amigo no… ¡no me importa! —balbuceé apartando la mirada y jugueteando con las llaves que aún llevaba en la mano.

Bill sonrío amplio.

—¿Iremos esta noche? ¿¡Sí!? —juntó sus manos como en un rezo muy amanerado y una tremenda cara de felicidad.

De reojo, le miré. No tenía nada de ganas porque no me gustaba, pero verle así tan entusiasmado… Joder, ¿por qué me podía otra vez este niñato?

—Te dije que sí, pero si la cagas durante el día, no te saco a pasear. —Sonrisa fuera. A veces (muchas), la boca me podía.

—Por eso dijo Andreas que no tenías amigos —se retiró de la ventana y me pasó por enfrente con la barbilla alzada.

—Ni falta que me hacen… —murmuré.

—Voy a sacar mis cosas de la mochila. O debería esperarme a que te diera otro arrebato y me echaras. Así me ahorraría la pequeña mudanza. Pero eso sí, como pase de nuevo, te juro que me voy de verdad y no me pararás —se sentó, agarró la cremallera mirándome y esperó a mi contestación, mirándome fijo y con mucha seriedad.

—Voy a hacerte un lugar en el cuarto, aunque cualquier cajón sirve; apenas tengo nada en qué ocuparlos. —Fue mi contestación y respuesta a su pregunta indirecta. Le di la espalda y caminé en silencio hasta la habitación.

&

—¿Nos vamos ya? —Bill estaba emperrado con ir al billar. Se había pasado casi todo el día hablándome de las partidas que hacía en Hamburgo, de los premios que ganaba y de anécdotas varias. En la comida, en el sofá, hasta cuando me fumaba un cigarrillo para desconectar.

Se había arreglado bastante, casi tanto como la noche en la que me lo encontré. Chupa de cuero, pantalones ajustados y una camiseta a medida y bastante estrecha. De calzado, unas botas cowboy de punta triangular. El maquillaje impecable y el pelo planchado y enlacado. Yo iba con mi estilo habitual, ancho, pero con un poco más de elegancia en las pendras. Mi bandana y sin gorra.

—Va, vayámonos ya y acabemos con esto —metí las llaves en el bolsillo de mi pantalón, bufando.

—Pero ponle más ganas, o al menos disimula un poco —rodó los ojos, pero al momento sonrió —. Estás muy guapo — Y efusivamente, corrió hasta la puerta. Le seguí, satisfecho por el comentario.

Era ya más de media tarde y estaba oscureciendo. Cuando llegamos al lugar, ya estaba casi completamente oscuro. Eran las ocho y media de la tarde. La entrada era grande e iluminada, con alguna que otra persona fuera fumando un cigarrillo, con el móvil o hablando entre ellos. Un pequeño cartel a un lado, rezaba los horarios de apertura y cierre. Abrían a las siete de la tarde y cerraban a las once los días diarios. Para el fin de semana, se ampliaba hasta las tres de la mañana.

Bill pegó un pequeño gritillo emocional al llegar, me agarró de la mano y me metió dentro casi a rastras.

—¡Mira Tom, es genial!

Por dentro la verdad era bastante guapo. Parecía una pequeña discoteca combinada con mesas de billares y sillones con pequeñas mesas para colocar las bebidas. En total eran unas doce mesas de billar. Tenía también una pequeña barra de bar con un par de barmans, chico y chica. Las luces eran cálidas y de tonos rosados, morados y ámbar. Muy acogedor y relajante, la verdad. No había mucha gente por ser día laboral, así que había muchas mesas vacías.

Como yo no tenía ni puta idea de nada, Bill fue el guía en todo.

—Tenemos que consumir algo para poder jugar y que nos den un número, pero como hay mesas vacías, no hará falta esperar, ¡qué bien! —se dirigió al mostrador y pidió turno y una Coca-Cola. Me cedió el paso y yo como consumición, pedí un Malibú con zumo de piña. Ya que hacía algo que no me daban muchas ganas, por lo menos tener el empuje del alcohol.

—¿Alcohol? —Bill me alzó la ceja.

—¿Qué ves de raro? —me apoyé de espaldas en la barra con los codos y observé el amplio recinto.

—Nada, tú sabrás. —Al momento vino el chico y colocó los vasos con hielo frente a nosotros. Dejó la lata de Coca-Cola a un lado y a mí me combinó el brebaje. Cortó un ticket en dos partes y nos lo entregó. Teníamos una hora de juego, para ampliar, teníamos que pagar un abono adicional.

¡Corre, vamos a una mesa! —cogió su lata y el vaso y caminó a paso rápido a uno de los billares del fondo. Tomé mi primer trago para ir preparándome y fui hasta Bill.

Había cogido un par de tacos colocados en las paredes y lo primero que hizo fue untar la punta con el yeso azul predispuesto. Las bolas ya estaban colocadas en el triángulo de metal.

—Venga Tom, imítame. Coge el taco y ponle yeso en la punta. Es para que no resbale en la superficie de la bola.

Dejé la bebida, después de tomar un trago más, en la posavasos que había a los lados del billar y cogí el palo de madera y el yeso.

—Ahora vas a ver a un gran jugador iniciar la partida —sacó el triángulo y lo dejó en la cestilla. La bola blanca se enfrentaba a sus compañeras de cara, esperando ser impulsada para removerlas de su ordenada posición. Yo miraba con bastante atención. Se inclinó con el palo apuntando a la blanca en la típica posición, pero antes de golpearla, se irguió nuevamente.

—Espera, da tú el primer golpe, que es el más fácil. Ven, Tom —me llamó con la mano. Chasqué la lengua y me acerqué a él, no sin antes tomar otro sorbo. Tenía una especie de intolerancia al alcohol que hacía que mi organismo llevara el etanol con la rapidez de un rayo a mis neuronas. Con medio vaso y en cinco minutos, ya notaba el insinuante mareo.

Con mi palo en mano, me posicioné de frente.

Bien, ahora agarra el palo con las dos manos de esta forma, y te colocas así —se tumbó un poco sobre la mesa, cogiendo el taco y mostrándome la posición. Le imité, mirando cada una de sus extremidades para agarrarlo de la forma correcta.

—Muy bien, atento. Los dedos índice y pulgar hacen de guía para direccionar el palo recto y que no se desvíe el tiro. —Con la otra mano, movía el palo de delante a atrás, pasándolo entre sus dedos. Esa imagen me hizo reír flojo.

—¿De qué te ríes?

—Ese movimiento que haces me ha recordado a una polla metiéndola en un agujero. Ahora sé por qué te gusta tanto este juego, y puede que hasta yo le coja el gusto, ja, ja, ja.

Su boca se abrió en una «O» gigante.

—¡Eres un cerdo salido! ¿Ni aquí puedes dejar de decir gilipolleces y pasar un rato agradable sin malos rollos ni insultos?

—Sí, sí. Tienes razón, ya me callo. Pero me va a costar reprimir mi buen sentido del humor —le sonreí divertido —. A ver, ¿así lo hago bien?

Uhm… —Verme interesado le motivó a seguir, zanjando el asunto anterior. —Agacha un poco más la cabeza para mirar sobre los dedos, como si fuese una mirilla de un fusil y tú el francotirador. Cuando tengas la bola blanca fijada, dale un golpe seco pero firme y con fuerza.

Me concentré en la apertura de mis dedos, y cuando estuve decidido, golpeé la bola que salió disparada esparciendo las demás coloreadas.

—¡Oh, muy bien! Buen tiro para ser un principiante. —No sé si me felicitaba en serio o para motivarme.

—Ahora yo, voy a ver si cuelo una. No, voy a colar una. —Cómo alardeaba el crío. Pero era interesante la manera en la que actuaba. Por una vez le veía seguro de sí mismo.

Me apartó para cubrir mi posición y se ladeo un poco. Al inclinarse con el taco, su culo rozó mi entrepierna, dándole un ligero golpe suave. Estaba tan ensimismado que ni cuenta se dio. Miré hacia abajo y vi su culo pegado a mi zona baja, estupendamente posicionado. Un ligero cosquilleo me recorrió la nuca y… otro palo empezaba a animarse, a hacerse largo, grueso y duro. Me separé de inmediato y cogí mi vaso para beber de nuevo, algo nervioso.

—¡La metí! ¿Lo viste, Tom? —Joder, qué forma más sugerente de hablar. Si supiese que ahora era yo el que quería meter…

—Vaya, pues sí lo hiciste. Pero esa era fácil, no intentes sorprenderme con el primer tiro. —No había visto una mierda, pero mejor dejarle contento. Total, me había puesto «contento» a mí. Le devolvía el «favor».

—Hum, ya verás a medida que avance. Va, ¡ahora tú!

Me bajé más la sudadera para tapar. Suerte de la anchura de mis pantalones que me libraba de estas situaciones.

Visualicé la superficie y las bolas hasta dar con una que estaba bien cerca de uno de los agujeros. Fui a por esa. Me coloqué de nuevo como antes y me preparé. Apreté un poco los ojos por el síntoma del alcohol, que no era muy fuerte pero sí en su buen punto. Cuando me iba a decidir a golpear, noté un poco de peso en mi espalda.

—Espera, inclina un poco más la espalda. —Se me puso detrás, casi encima. Ahora era yo el que estaba cogiendo el «jabón de la ducha» y eso ya no me hizo gracia alguna. Me giré nervioso, rompiendo la pose.

—Que sí, pero no me pongas nervioso que me desconcentras.

—Joder, Tom, qué carácter. Sólo intento que aprendas correctamente —me hizo un puchero. Bajo esas luces de puticlub, su maquillaje, sus gestos y esos roces, me estaba poniendo burro perdido, y el alcohol ayudaba bastante.

—No pongas esa cara, que me puede —me acerqué a su boca y noté que ahora era él quien se ponía nervioso. Pero no le besé, me di la vuelta, me coloqué de nuevo y golpeé la bola que rebotó en la que quería, colándola.

—¡Toma, la metí! —alcé el palo en alto, vitoreando mi primer logro en ese juego frente a Bill.

—Suerte del principiante… ¡Qué noooo, muy bien! ¡La metiste! —se me agarró al cuello tan eufórico que hasta me dio vergüenza. El tiro estaba a huevo; era muy fácil de acertarlo. Pero bueno, la verdad me estaba divirtiendo.

Estuvimos media hora más, con Bill mostrándome unas muy buenas jugadas que, aunque no las entendía, era obvio que sabía jugar. Ya había hecho varias carambolas, aunque yo metí también alguna que otra, todas facilonas.

Mi vaso ya estaba vació de hacía un rato y el efecto era más notable, pero no estaba muy borracho. Estaba en un punto estupendo que me mantenía activo y contento.

Cada vez que Bill se tumbaba para lanzar, miraba descaradamente su trasero, con esos pantalones tejanos tan apretados que llevaba; y yo tenía los huevos, dicho vulgarmente, bien cargados, y el trabuco con ganas de disparar toda la metralla.

Apenas quedaban cinco bolas en la mesa y era el turno de Bill. Le tenía en frente y yo estaba colocado justo detrás, muy, muy pegado a él. En vez de separarme, esta vez me apoyé bien en sus nalgas y fue cuando alzó la cabeza, me miró por encima del hombro con un mechón cruzándole la cara, y me dedicó una sensual sonrisa.

—Voy a hacer un tiro que te dejará la bola negra preparada. Métela, ¿de acuerdo?

Mierda, eso fue la gota que colmó el vaso. Me incliné sobre él con una mano a cada lado, apoyándome en la mesa y le susurré al oído.

—Sí que la voy a meter, te lo prometo —le di un seco empujón con lo que tenía duro a reventar.

—¡Tom! Que aquí hay gente… —susurró con nerviosismo.

—Lo sé, y me encantaría hacértelo duro sobre esta mesa ahora mismo, aunque nos miraran —le mordí la oreja.

—No… no serías capaz, ¿verdad? No… Tom… —murmuraba asustado. Supuse que me veía capaz de cualquier cosa.

—Me molaría un huevo, pero no, no voy tan borracho —reí flojo y me erguí. Él, tembloroso, también lo hizo.

—Tenías razón, este juego me ha gustado muchísimo. No creí que fuera tan erótico y con tantas connotaciones sexuales —me relamí el labio, pasando la punta de la lengua por el piercing.

Entonces, sonrió.

—¿Querrás volver?

—Por supuesto.

—¡Eso es genial, muy, muy!

—Pero ahora, vámonos corriendo a casa.

—¿Eh,? ¿Por qué? ¿Ya te aburriste?… —tenía una expresión desilusionada.

—Todo lo contrario. Estoy cachondo perdido, y si no quieres que te tumbe en la mesa ahora mismo o te lo haga en los baños, suelta ese palo y agarra el mío en casa. Recuerda que es mi turno para «meterla».

Su cara cambió de tristeza a excitación. Dejó el taco sobre la mesa, me agarró de la sudadera con las dos manos por el pecho y me habló sensualmente.

—Te cedo el turno. Vámonos.

En menos de dos minutos, ya salíamos del local corriendo a toda pastilla.

Continúa…

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