«Sold out» Fic TOLL de Tkapitan

Capítulo 12

Bill

—Uhm…

—Qué…

Tom me cogió de la mandíbula y me la levantó. Observé que no había dejado de mirarme desde que había salido del baño con la cara lavada. Me incomodaba.

—Tu cara, así sin maquillaje…

—¿Qué le pasa? —fruncí el ceño.

—Puede parecerte absurdo pero, ¿sabes que te me das un aire?

Parpadeé desconcertado. La verdad, sí que sonaba absurdo. Sinceramente, veía mi cara pocas veces al natural, sin nada. No me gustaba mirarme sin mi delineador o mi sombra de ojos. No me gustaban mis facciones naturales y reforzaba ese rechazo el ya llevar demasiado tiempo escondiéndolas. Con el maquillaje me sentía fuerte, yo mismo. Me comía el mundo. Quitármelo era como quitarle los poderes a un superhéroe.

—Uhm… no —negué con la cabeza muy seguro —. Tú eres rubio, con rastas. Yo moreno, teñido, sí, con mechas y pelo largo. Definitivamente somos el antítesis hasta vistiendo.

—¿Te tiñes el pelo? —alzó una ceja.

—Ujum. Soy rubio natural, realmente. Pero me queda muchísimo mejor el color negro —cogí uno de mis mechones y lo estiré un poco hacia delante mirándomelo.

—Vaya tuneado que me llevas encima, ¿eh? —No me quitaba el ojo, y ahora hasta ladeó la cabeza sin dejar de observarme. —Sigo pensando que te pareces a mí aún detrás de tanto cambio. Mira, hasta tenemos un lunar similar pero en distinto lugar de la cara. Tú debajo del labio y yo en la mejilla —se la tocó en cuanto acabó de hablar.

—Pero eso es una nimiedad. —La verdad, cuanto más me lo decía más parecido le encontraba a mí, aunque seguro que era porque me lo estaba metiendo en la cabeza.

—Va, de todas formas yo soy más guapo —se agarró su propio mentón con una pose chulesca, alzando la cabeza. Rodé los ojos; no había caso para seguirle el juego.

En un momento se me pasó por la mente la horripilante idea de si Tom fuese mi hermano. Yo, haciéndolo con mi propia sangre, teniendo sexo consentido y desenfrenado. La idea me dio tanto asco que la borré de mi mente en segundos. Yo era una persona relativamente abierta a todo y muy tolerante, pero, ¿al incesto? Eso era ya depravado, algo enfermizo. Me quedé tan absorto en ese pensamiento que no me di cuenta de que estaba embobado hasta que Tom me chascó los dedos frente a mis narices.

—Eh, despierta. ¿Estás bien?

—¿Uh? Sí, sí. Sólo estaba pensando.

—¿En lo grande que la tengo?

—Más quisieras. A ver si vas a tener el síndrome de Alicia. Ya sabes, ver las cosas más grandes de lo que son —me burlé ladeando una sonrisa.

—Qué infantil que eres —rodó los ojos y se dio meda vuelta, como si la estúpida salida de sus genitales hubiera sido mía desde el principio.

—He quedado con Andreas y no, no puedes venirte —me miró por encima de su hombro un instante.

—Ni que quisiese ir —resoplé —. Aprovecharé para informarme por internet de las clases y eso.

—Por cierto —se metió la mano en el bolsillo de su ancha sudadera haciendo sonar algo metálico—, toma, una copia de las llaves de casa que tenía por ahí en un cajón —me las lanzó y las agarré en el corto vuelo.

—¿Tardarás mucho en regresar?

—Tranqui, te dará tiempo a hacerte unas cuantas pajas antes de mi regreso —sonrió bufón. Chasqué la lengua y me di la vuelta de nuevo, dirigiéndome a su cuarto para comenzar la búsqueda por internet. A mis espaldas, Tom se despidió y cerró la puerta, dejándome completamente a solas en ese ya no tan desconocido piso.

.

Tom

Bajé las escaleras sin demasiada prisa, palpándome los bolsillos y revisando que llevara los objetos necesarios. Llaves, móvil, cartera, tabaco. Listo.

Saqué el teléfono con la intención de avisar a Andreas de que ya iba a su encuentro, y eso hice. Abrí la puerta del portal y me paré en la entrada, absorto en la pantalla para poder escribirle. Fue por el rabillo del ojo que me percaté de que había una figura negra a mi lado. Giré la cara bajando la mirada hasta su posición. En el suelo, apoyado en la pared, había alguien sentado con las rodillas doblegadas, los brazos apoyados en cruz en ellas y su mentón sobre estos. Entonces levantó despacio la cabeza y me miró; nos miramos al unísono. Quedé unos segundos petrificado en sus ojos negros, vacíos, apagados. Era como si diminutas manos saliesen de sus pupilas y agarraran con fuerza las mías. Se intuían oscuras ojeras como un par de infructuosos golpes, cargando aún más la pesadez de su mirada. Dudé unos instantes de si era tío o tía, pero algún que otro rasgo afeminado en su rostro me hizo optar por ese género sin estar del todo seguro. Aunque después de conocer a Bill esas características ya no eran fiables.

Tenía el pelo corto y de color negro como todo su ropaje holgado; un poco enmarañado con algún mechón que le cruzaba la cara dándole un aire algo desaliñado a todo el conjunto. Las puntas le caían un dedo de longitud por los hombros. Sus labios se veían agrietados y me fijé que tenía una mancha rojiza que desapareció un instante cuando pasó su lengua por encima, para remitir al segundo de nuevo. Su piel pálida, desnutrida. Y es que se veía de lejos que estaba en los huesos. Para la edad que le echaba, unos quince o dieciséis, estaba hecho unos zorros. Tenía toda la pinta de vivir en las calles o mínimo, de meterse chutes de coca; de ahí esa apariencia tan desalentadora, supongo. La vía visual se cortó cuando se pasó el dorso de la mano por la boca y miró la mancha carmín que pintó su piel.

Me largué de allá sin darle más importancia a la situación y le fui dejando atrás a cada paso.

&

—¿Con quién estás ligando? —Andreas pegó un bote sobresaltado en el banco donde se sentaba. Estaba absorto en el móvil y con el susto se le tambaleó entre los dedos.

—¡Joder, Tom! Qué susto me has pegado, idiota.

—¿Quieres? —le alargué la caja abierta de cigarrillos mentolados que me había sacado del bolsillo y me senté a su lado, encendiéndome yo uno posteriormente.

—No, lo estoy dejando —me apartó la cajetilla con la palma de la mano —. Prefiero dejarlo sólo para ocasiones especiales.

—Entonces no lo estás dejando, lo dosificas.

—Bueno… sí, eso.

—Así que tus ocasiones especiales se merecen un cáncer de pulmón —tomé una calada corta, sonriendo por la ironía de la frase. Él interpretó una mueca amarga con los labios.

—Es una forma válida de verlo… —alzó un hombro y se recostó en el respaldo del banco de madera—. Estoy agotado de la universidad. Las clases son demasiado tediosas. Tío, estoy deseando hacer ya las prácticas —se giró para mirarme —. A ver si enfermas y me haces de conejillo —río.

Le eché una mirada furtiva e incrédula.

—La cobra me soplarás como me toques las narices con eso —me agarré todo el paquete abriendo algo las piernas.

—Mhm… ¿en serio? —Una risa amplia con un toque lascivo se le dibujó de repente en la cara.—Con tanto animal de por medio no me importaría pasarme a veterinario —me miró la entrepierna y fue subiendo hasta mi cara.

Mi intención había sido, obvio, «amenazarle», pero causó todo lo contrario. De rebote fui yo quien se sintió amenazado con su aptitud consiguiente. No solía ser tan directo, y cuando lo era me despistaba bastante.

Se me acercó a la cara con insinuación y eso me hizo retroceder el cuerpo hacia atrás.

—¿Pero qué coño haces, chaval?

—Ey, ey, calma. Sólo estaba bromeando. Ya sé que eres muy hetero —lo escupió resignado y se volvió a su posición, cruzándose de brazos.

Hetero… sólo llevaba ese traje por fuera. Por dentro… no, por dentro también. Sólo Bill había cruzado esa barrera. Él y nadie más, seguro. Tenía el cigarro a medio consumir y tras la última inhalación tiré la colilla sobrante y me levanté sin darle más importancia a la escena. Como si me hubiese leído el pensamiento, Andreas pronunció su nombre.

—Oye, ese Bill está muy bueno. ¿Tienes aún su número de móvil? Puede que él me haga más caso que tú —también se levantó tras de mí, palmeándose el trasero del posible polvo que podría haber en el asiento.

Al escucharle sentí un ardor desde el pecho a la garganta que se traducía en enfado. No me gustó una mierda que hablara de él con esas intenciones tan directas. Me dieron ganas en ese momento de gritarle « ¡Eh, ni se te ocurra siquiera imaginarlo o te corto la polla! ¡Ese culo me lo follo sólo yo!» . Tuvo que percatarse por huevos de mi cara de enfado que sin darme cuenta puse, porque se quedó tenso mirándome.

—¿Eso también te sienta mal? ¡Joder! No se te puede decir nada, aguafiestas.

—¡Lo que me jode es que siempre tengas que tener en boca a ese tipo! Ya no sé cómo coño hacerte entender que no quiero hablar más del tema ni nada que le relacione. Y ya de paso de que te metas por el culo tus salidas gays para conmigo. —Esto último lo dije sólo por el rebote que me brotó. Vi como se mordía el labio inferior conteniéndose de replicarme y agachó la cabeza metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón. Noté una brisa de tristeza en su rostro muy extraña.

—Hace frío, ¿caminamos un rato?—Con voz apagada ni me miró a la cara.

.

Bill

Tenía tantas notificaciones de llamadas perdidas no aceptadas de mi madre, que estuve a punto de desbloquearla y cogérselo, pensando sino le daría un ataque por no saber de mí directamente. Quizás se estaba inflando de antidepresivos por ello (doblando la dosis que ya tomaba de por sí) y obvio, me sentía directamente culpable. Seguro que el WhatsApp estaría igual de petado, pero les tenía a ambos también bloqueados. Estaba actuando como un… cobarde en toda regla.

Hacía ya bastante rato que Tom se había marchado y me sentía tan inquieto como aburrido. No me gustaba estar solo en esa casa sin él, aunque agradecía en parte tener un momento a solas para pensar. Sí, estaba muy contradictorio en cuanto a sentimientos.

Me disponía a seguir con el ordenador para la información de las clases, cuando el timbre de casa sonó un par de veces dejándome tieso como un palo. Me quedé callado casi sin respirar, esperando que no volviese a sonar. Podría ser un vendedor de esos de contratos o… ¿algún conocido de Tom? Lo que sí que sabía es que no pensaba abrir. Se escuchó un timbrazo más y unos ligeros golpes con los nudillos. Por fin, silencio.

Estaba a punto de relajarme de nuevo cuando de repente escuché como si arrastraran un papel por debajo de la puerta. Me levanté de la silla giratoria despacio y saqué la cabeza para mirar al fondo del pasillo. Un papel blanco se deslizaba desde debajo hasta introducirse del todo dentro de la casa. Dejé pasar un tiempo prudente antes de levantarme e ir a mirar, por si el causante seguía ahí. Me agaché a recogerlo y vi que era una hoja arrancada de una agenda. En bolígrafo había un corto mensaje para… Tom:

«Vine a visitarte pero no estabas. Acabo de llegar del viaje y esperaba pasar un ratito divertido contigo ♥ Cuando quieras pásate a verme.

-Camila- »

—¿Ca…Camila? —fruncí el ceño.

¿Quién narices era Camila? ¿Podría ser la tipa del primer piso de la que me habló una vez que estaba de viaje o algo así y que se tiraba de vez en cuando? Tenía toda la pinta. ¿Y qué mierda era eso de «un ratito divertido» con un corazón deforme incluido? Me dieron ganas de estrujar la nota y quemarla, pero ella le hablaría del papel y quedaría delatado. Ahora los celos me estaban comiendo de mala manera. Opté por dejarla encima del mueble del recibidor. Tenía el pecho oprimido por aquella situación. Ni el que hayamos mantenido relaciones sexuales ni el hecho de que viviese en su casa por ahora, me daba derecho a reprocharle nada de sus relaciones personales, aún cuando podría haber sexo de por medio. No era mi pareja. No sé niqué era en realidad.

Un capricho complicado… eso era.

¿Y si le pedía de ser mi… novio? Me subió un calor vergonzoso y un nudo me estrujó la garganta. Me daba miedo que me rechazase en ese aspecto… Se veía tan lanzado para todo que si él no me lo había pedido aún, es que no iba la cosa tan en serio como aparentaba. A lo mejor quería tiempo para asegurarse… pero… tampoco hubiese montado toda esta historia de quedarme con él, ¿no? Y… si me rechazaba… ¿no me estaba entonces auto engañando pensando que podríamos llegar a más? Debería dar yo el primer paso, me convenía. Era yo el que estaba lejos de mi casa, haciendo quizás la locura más grande que haría en toda mi vida. Tenía que mirar por mí mismo, ¡eso es! ¡Hecho! Era una buena oportunidad para dejar las cosas claras entre nosotros. Lo hablaría cuando llegara a casa.

De repente sentí la garganta seca por los nervios y me dirigí a la nevera para buscar algo fresco de beber. Un trueno retumbó de repente en el piso. Vaya… se avecinaba tormenta… Al abrir la puerta del refrigerador, saqué la lengua con asco al ver que sólo tenía una botella de alcohol azulado a medio acabar. Puse mis manos en las caderas y la cerré de nuevo con desgana . Decidí de ir a comprar alguna botella de refresco para tener a mano y recogí el par de llaves que Tom me dio para mí. Me llevé algo de dinero y salí de casa. No cogí el paraguas porque la tienda estaba justo debajo del bloque. Tampoco sabía dónde lo guardaba, así que…

Fue muy, muy mala idea salir de casa, porque antes de llegar a la primera planta una chica latina de pelo rojizo, se me quedó mirando con los ojos abiertos después de borrar de golpe una sonrisa amplia de su cara al verme.

Me paré en seco.

Pillado, mierda, la cagué.

—¿Quién eres tú? ¿Vienes del piso de Tom? Pensaba que era él —frunció el ceño.

Y ahora qué le digo… Tierra, trágame.

.

Tom

—Parece que va a llover… —Andreas miraba el cielo que se iba nublando por momentos mientras caminábamos—. Qué mal, no hemos traído paraguas —resopló.

Con lo fría que ya era de por sí Alemania, peor cuando había lluvias porque la humedad te calaba hasta los huesos. Habíamos dado un largo paseo por las frías calles hablando de cosas dispares y pasando un buen rato sin nada a destacar.

—¿Uhm?… —Unas gotas cayeron en mi cara. Empezaba a lloviznar y me coloqué la capucha inmediatamente para protegerme en lo posible del agua que estaba por caer.

—Ya empezó… —Andreas no llevaba capucha, aunque sí una buena chaqueta y una bufanda.—¿Me prestarías un paraguas para volver? Estamos a dos calles de tu casa y aún tardaré en llegar a la mía. Acabaré pillando un resfriado si me mojo hasta entonces.

—Mira, pues así te auto practicas como conejillo, ¿no buscabas eso? —eché todo mi sarcasmo en esa frase que me vino a huevo por la conversación que tuvimos en el banco.

—Graciosillo…

—Va, que te dejaré uno porque aún me caes bien y no quiero que mueras tan patéticamente.

—Porque soy tu único mejor amigo —sonrió con algo de soberbia en el tono de voz —y no quieres que me pase nada para no quedarte completamente solo.

—Bah, reemplazable.

—¿Cómo has dicho? —se paró en seco indignadísimo.

—Es broma, capullo. Que te las tragas todas sin respirar.

—Eso sonó… con segundas —me dedicó una mirada para ver si afirmaba sus sospechas, pero no le respondí.

—Eh, mira que graffiti más molón —le señalé una pared que teníamos a pocos pasos de distancia.

En ella había dibujada una silueta completamente negra aparentando ser alguien saliendo de entre la penumbra del hormigón. Se podía percibir que llevaba rastas y gorra y que de su mano estirada salían unos hilos de los que colgaba otra persona también en negro, de pelo voluminoso. Supongo que querría decir que era su títere o algo así. Corroboré la idea cuando leí lo que rezaba a sus pies.

«La ley de la calle. En realidad, mi ley.

Mi calle, mis leyes. Mi ciudad, mi dictadura. Mis muñecos, mi juego»

—Cómo mola la puñetera frase —me acerqué a verlo más de cerca.

—Pues a mí como que me da un poco de grimilla, ¿no? El dibujo y la frase son algo… inquietantes… No sé, quién lo hizo tendrá muchos aires de grandeza o a lo mejor algún trastorno psicópata. —Tampoco esperaba que Andreas dijera algo positivo, total, ni era su rollo eso de las artes callejeras.

—Chorradas. Mola que flipas, chaval.

No me extraña que te mole, con lo que te gusta a ti eso de llevar el mando, la razón y todo lo que se te meta por delante —se cruzó de brazos resoplando.

—A eso se le llama vocación —sonreí ladino. La lluvia cada vez apretaba más y era conveniente salir de allí cuanto antes.

—Aix… —Andreas rodó los ojos dándome por imposible —Anda, zarpemos, Capitán, que el barco se nos acabará hundiendo con la tormenta que nos está cayendo.

Empezaba a caer una buena, con truenos incluidos, y corrimos lo poco que nos quedaba para alcanzar mi portal. A tan sólo unos metros de llegar, me fijé en que aquella persona de negro que vi al salir de casa, seguía allá plantada casi en la misma posición en la que le dejé, ahora con la capucha de su negra sudadera puesta al igual que yo. Se estaba mojando un poco, ya que la fachada no alcanzaba a cubrirle bien de la lluvia. Miraba al frente, observando las húmedas calles como si tuviese todo el tiempo del mundo, pero se giró hacia nosotros cuando nos escuchó el chapotear de los pasos.

Nuevamente nos reencontramos con la mirada, pero le pasé de largo por delante para abrir la puerta.

—Espérame aquí, ya te lo bajo. —No podía dejar que subiera con Bill arriba, claro.

¿Puedo entrar dentro, al menos? Me estoy jodiendo de frío, brrrrr… —miró un segundo receloso a aquel chico/chica, apartándose un poco de su lado. Se abrazó y comenzó a tiritar. Vi lógico dejarle entrar con tales condiciones climáticas, así que le cedí el paso. Cuando ya estuvo dentro, cerró rápido la puerta.

—Ese tío me da muy mal rollo —susurró señalándome con el dedo en la dirección donde se encontraría fuera.

—No te va ahacer nada —chasqué la lengua.

Estaba subiendo la mitad de los primeros escalones cuando de repente escuché a alguien bajarlos a toda prisa. En ese momento pensé que sería Bill y se me bajó la sangre de la cabeza a los pies.

—¡Awwwww, Tooooooom! —Camila se me tiró encima de un salto, rodeándome con sus brazos por el cuello —¡Sabía que ahora sí eras tú! ¡Tenía tantas ganas de verte! Ah, hola a ti también, Andreas —le dedicó una sonrisa y un saludo de carácter casi infantil. Él le respondió alzándole tímidamente la mano.

¿Había dicho ahora sí que eras tú? ¿El otro no sería…? Maldición. Creo que me dio un mareo cuando vi a Bill sacar la cabecilla en lo alto, medio escondido.

—¿Cu-cuándo has llegado? —no podía ni tragar. Me encontraba serio y pálido. Vaya panorama se me había representado. El trío de ases juntos en el mismo escenario donde no podían coincidir. ¿Y qué coño hacían estos dos juntos si es que lo habían estado?

Hum… no parece que te alegres mucho de verme… —me hizo un puchero con los labios. Los llevaba pintados de un rojo intenso, haciendo juego con su pelo.

Quería apartármela pero me había quedado petrificado, clavado totalmente en el suelo.

—Ah, por cierto. Acabo de conocer a… —se medio giró para señalar a Bill y pronunciar seguramente su nombre.

No se me ocurrió otra cosa, lo juro. Fue un acto reflejo impulsivo y de supervivencia cuando le callé de inmediato… besándola con fuerza. La agarré de la cintura doblegándola y plantándole un beso torpe muy teatral, escénico, pero que a ojos ajenos era fogosamente intenso. Ni siquiera le introduje la lengua; lo que hacía era sellarle la boca sin dejarle aire ni para respirar.

Me separé de ella mirando a Bill por el rabillo del ojo. Le encontré tapándose la boca con ambas manos y se giró para desaparecer escaleras arriba. Llegué a escuchar un pequeño portazo. Vaya cagada. Ya le explicaría lo ocurrido más tarde, ahora necesitaba quitarme a Andreas de encima, que por suerte no se dio cuenta de su presencia.

—Uooo, Tom. Retiro lo de que no te alegrabas de verme —Camila se mordió el labio con sensualidad.

—Ahm… sí… vale… Eh, vamos arriba ya. Andreas, ahora te bajaré eso. —Mi voz era desesperada, entrecortando las palabras. La cogí del brazo con fuerza y bastante brusco para despegarla de allí inmediatamente. Ni siquiera me giré para mirar a mi amigo.

¡Eeeh, vaya prisas, rastas! Se nota que no te dieron jueguecito estas semanas —reía agudo y tropezó levemente en el último escalón.

La puerta de su casa estaba entreabierta y la empujé para colarnos dentro después de cerrarla. Bill tendría que esperar un poco. Ya dentro, se volvió a colgar de mi cuerpo toda insinuante, aplastando sus pechos contra mí.

—¿Sabes? Antes había confundido a tu amigo el emo contigo. Qué vergüenza, seguro que leyó la nota que te dejé… ji, ji, ji, ji —me dio un lametón en los labios en la zona del piersing.

—¿Q-qué nota? —levanté levemente el mentón para que no llegara de nuevo a mi boca—¿Hablaste con él? ¿Qué te dijo?

—Ahm… la verdad es que nada. Le pregunté si era tu amigo y me dijo que sí, pero que no estabas en casa —su mano me acarició sobre el pantalón la entrepierna que estaba totalmente flácida, inactiva. Se la aparté agarrándole de la muñeca.

—¿Y nada más?

—No. Llegaste al momento. ¿Qué te pasa? Estás muy raro —frunció el ceño.

—Nada. Sólo estoy bastante cansado.

—Eso tiene arreglo —volvió a ponerse insinuante —, te puedo hacer un apaño rápido para relajarte… — Quiso besarme de nuevo, pero se lo evité.

—No, tengo que dejarle un paraguas a Andreas que me está esperando para irse a casa.

—Bueno. Y luego…

—Luego acompañaré a… a ese… mi amigo que viste a su casa. Y por cierto, no comentes nada de esto a Andreas, ¿vale? Hazme el favor.

—¿Que no le comente qué? —se cruzó de brazos indignada por mi rechazo.

—De ese chaval, el emo que le dices. Temas personales, ¿vale?

—¿Ese emo no tiene nombre o qué?

—He de irme —abrí la puerta sin darle respuesta.

—Pero… ¡espera T…! —le cerré la puerta dejándola allí a medio acabar la frase. Para mi sorpresa, la abrió y, con una vaso de cristal en la mano, me lo arrojó cerca de la cadera, chocando contra la pared y haciéndose añicos. Me giré asustado del impacto balbuceando un taco. —¡Bastardo! ¡Mátate a pajas, cabrón! —Histérica, cerró la puerta nuevamente con un portazo estruendoso.

—Joder… pero, ¿qué le has hecho? —Andreas traía una risa floja encima que iba aumentando sin poder contenerla.

—Mujeres —alcé ambos hombros y subí rápido las escaleras. Desde abajo, mi colega me metía una prisa razonable.

Después de pasar la primera prueba me tocaba la más difícil.

Bill.

Subí a zancadas las escaleras que me quedaban para llegar a mi piso y entré dentro buscándole con la misma rapidez. Le encontré llorando, apoyado en la pared del salón. Al verme corrió hacia mí agudizando el ahogado llanto. Pensé que me iba a meter un guantazo o un puñetazo o algo relativo, pero no… lo que dijo me descolocó completamente y estaba fuera de todas mis espectativas.

—¡Tom, quiero que seamos novios! —me rodeó en un completo abrazo apoyando su cara húmeda en mi pecho.

Continúa…

N/A: La frase de «La ley de la calle. En realidad, mi ley. Mi calle, mis leyes. Mi ciudad, mi dictadura. Mis muñecos, mi juego», la usé para hacer un pequeño guiño/homenaje a la obra de Muñeco escrita por Sarae de donde la extraje.

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