«Sold out» Fic TOLL de Tkapitan

Capítulo 13

«¡Tom, quiero que seamos novios!»

La frase resonó en mi cabeza como una pelota de tenis rebotando en un cubículo cerrado. En ese momento me quedé deambulando unos segundos en un bloqueo mental sin saber cómo coño reaccionar. Yo entraba convencido de que me aplastaría la palma de la mano en la cara o hasta una patada en los mismísimos huevos, y, ¿qué me encuentro?, una pregunta, una pregunta sin respuesta de mi parte. Creo que habría preferido que me marcara la mejilla o me dejara encogido en el piso retorciéndome por el puntapié. Pero no pude escoger.

—¿A qué… vino… eso? —Le tenía completamente empotrado en mi cuerpo rodeándome con sus brazos por la cintura y agarrándome con fuerza de la ropa. No me miraba, sólo gimoteaba tosiendo en alguna ocasión producto del llanto. Tampoco me contestó. —Eh… Billy… —le susurré con suavidad agarrándole de los hombros.

—Por qué… por qué lo hiciste delante de mí… Sabías que yo miraba… —sorbió por la nariz y me apretó un poco más de lo que ya lo hacía —. Sé que estoy actuando como un crío estúpido y que ni siquiera tengo derecho pero… me dolió, Tom… ¡me duele…! —apretó a llorar de nuevo, hundiendo su cabeza cabizbaja.

Mordí mi labio inferior, acongojado de verle en aquel estado por ese beso provocado, irónicamente, para cubrirle. Bueno… no a él, si no a mí. Porque después de todo la realidad era que me estaba ocultando yo mismo…, ocultando de que Bill me gustaba. Vale que las condiciones no fueron las ideales para escupirlo como si nada, pero no justificaba tampoco mi comportamiento tan cobarde.

—No fue como piensas…

—¡Tom, te vi comerle la boca! —esta vez se apartó de mí para reprocharme en un grito. Tenía el maquillaje de los ojos corrido y bastante emborronado.

—¡No le comí la boca! ¡Se la cerré porque iba a delatarte, capullo! ¡Estaba a punto de soltar dónde estabas delante de Andreas! —alcé ambas manos gesticulando violentamente. Costaba muy poquito encenderme las pelotas.

—P-pero… joder, ¿no se te ocurrió otra cosa? —Parecía más calmado, pero no convencido del todo.

—Sí, tirarla escaleras abajo con el riesgo de que se rompiera el cuello, no te jode… —ironicé frotándome la frente, resoplando. ¿Qué otra cosa podría haber hecho que fuese menos sospechoso que un beso en los morros? Ya fue todo un logro de mi parte reaccionar tan rápidamente.

—Pues a mí me hubiera gustado eso… —lo dijo entre dientes y muy flojito, pero lo suficientemente alto para que yo pudiese escucharlo.

Sería su cinismo macabro con el tema, mezclado con su rostro apenado y sus pintas desoladas por el maquillaje medio existente, pero me la estaba poniendo dura. Levanté despacio la cabeza entreabriendo la boca en una pequeña rendija y, con esta mueca lujuriosa, le atrapé dejándole acorralado entre mi cuerpo y la pared. La expresión de su cara ahora cambió de apenada a asustada y expulsó un gritillo ahogado ante la sorpresa. El verle esa carita de corderito aumentaba mis deseos libidinosos por momentos. Vamos, que estaba cachondo perdido.

Su entrecejo se frunció poco a poco y sus labios dibujaron un pequeño puchero forzado.

—Pues… ¡me da lo mismo si no te gusta lo que dije! No voy a cambiar de opinión, me cae fatal —se cruzó de brazos con actitud chulesca a la vez que infantil —Y que sepas que dibuja los corazones por el culo, hum —giró su cara a un lado y me miró de reojo.

—¿Te parece esto provocado por una molestia? —agarré su mano desmontando su posición cruzada y se la puse literalmente sobre la protuberancia de mis pantalones, sonriéndole maliciosamente.

—Ah… pensé que… —se sonrojó al sentirme tan duro.

—Piensas mucho pero no sacas conclusiones satisfactorias —saqué mi lengua y le di un lametón de comisura a comisura —. Por cierto, al entrar me pediste que…

«Ding dong»

Justo llamaron al timbre.

—Ah, joder. Olvidé que tenía que bajarle el paraguas al puto Andreas —me di un toque con el dorso de la mano en la frente —. Shhh… no hagas ruido y ve al cuarto, corre —susurré.

Bill bajó sus manos colocándolas en medio de sus piernas para tapar su evidencia. Miré su posición y le sonreí de lado con picardía.

—Espera, ahora vengo a por ti —me incliné para darle un mordisco en el cuello que le provocó un gemido quejumbroso.

—Mhm… no tardes… —Bill estaba como un tomate y burro perdido a la vez mientras caminaba ligero por el pasillo.

Tomé una bocanada de aire y la expulsé lentamente para bajar la tensión, aunque no funcionó para bajar mi hombría. Para ello, me saqué la sudadera y me la até a la cintura. Una vez solucionado el tema del empalme me dirigí con rapidez al armario principal del recibidor donde guardaba uno de mis paraguas.

«Ding, dong, ding, dong»

Esta vez sonó más insistente.

—¡Ya va, ya va! —le abrí la puerta y salí cerrando tras de mí. Frente a mí tenía un Andreas con cara de amargado total.

—Cómo te pasas, ya no sé ni qué decirte. Si es que haces las cosas como…

—Como me salen de la punta del rabo, sí, ¿algo más? —le alargué el paraguas el cual agarró de mala gana.

—Te juro Tom que un día me cabrearás de verdad y no me volverás a ver. Últimamente no hay quien te aguante —se apreciaba súper decepcionado.

Un relámpago seguido de un trueno retumbó en la escalera. Se apreciaba que la lluvia había aumentado por el sonido que llegaba del exterior. Andreas se volteó al escucharlo.

—Me voy ya antes de que empeore más…

—Vale, ya nos veremos. —Me disponía abrir de nuevo mi casa cuando hizo algo inesperado. Soltando un gruñido, me dio un empujonazo en el pecho que me tiró contra la puerta golpeándome la espalda y salió corriendo colérico.

—¡Eh! ¡Andreas! ¡Qué coño te pasa, ¿eh?! —me erguí al instante y corrí detrás de él escaleras abajo.

Cuando llegó a la planta baja y abrió la puerta le alcancé agarrándole de la manga por el brazo, pero me dio un estirón violento para soltarse y tiró el paraguas en el pequeño forcejeo.

¡Suéltame, coño! ¡No me toques!—me mostró los dientes como un perro rabioso y escapó mojándose bajo la lluvia.

Me paré mirándole como corría calle arriba casi resbalando por la acera mojada. No entendía bien esa reacción tan repentina. Hoy me había mirado un tuerto, joder. Todos se cabreaban conmigo por malentendidos.

Iba a meterme de nuevo dentro cuando me percaté de que aquel tipo de esta mañana sentado en la entrada había estado pendiente de toda la escena bajo su capucha aún colocada. Nos encontramos visualmente a la vez casi retándonos en un «y tú qué cojones miras» y un «a ti qué coño te importa» sólo con la mirada. Estaba más empapado que cuando lo encontré al llegar. Creí verle tiritar.

—Eh. ¿Quieres entrar dentro? —con un punto arrogante en el tono de voz, le ofrecí cobijarse en el interior.

No me contestó. Me apartó la mirada y miró hacia otro lado.

—Báh… —chasqué la lengua y entré de nuevo. Recogí el paraguas del suelo y, al tenerlo en la mano, me lo quedé mirando pensativo.

Retrocedí sobre mis pasos y se lo lancé a su lado, provocándole que se sobresaltara por el impacto.

Quédatelo. No lo quiero.

Volví a entrar dejándole la puerta abierta.

Estuvimos follando como conejos desde ese día hasta un par más adelante sin apenas salir ni de casa más que para necesidades básicas. No nos apetecía y a parte estuvo lloviendo cada día, aunque hoy parecía que remitía y salía un poco más de sol.

Ni Bill ni yo volvimos a sacar el tema del noviazgo. Yo al final lo interpreté como que lo dijo presionado por las circunstancias que le vinieron grandes. Total, de ir más en serio él mismo habría vuelto a mencionarlo, seguro. A mí aquello me tenía realmente confundido. Si no era capaz de mostrarle físicamente al resto, cómo iba a dar ese gran paso, ¿eh?

Andreas no apareció ni por casa ni me mandó señales de vida al móvil. Tampoco le fui a buscar ni a pedir explicaciones. Allá él. Que le jodan.

Con Camila a penas me topé un par de veces, pero me giró la cara con máximo desprecio y en una ocasión me mostró su anillado dedo anular como saludo.

Nos encontrábamos en la cama después de un corto polvo, porque Bill esta vez no estuvo del todo activo.

Tom… me duele la cabeza y creo que tengo fiebre…, ¿tienes algo para tomarme? —Estaba bastante pálido, más de lo que ya lo era de por sí. Realmente tenía mala cara.

—¿A ver? —le puse la mano en la frente y sí, estaba algo caliente —. Uhm… tienes un poco de fiebre. Eso es por estar todo el día en pelotas con el frío que peta, pervertido —sonreí burlón alzando ambas cejas.

—¿Me darás algún medicamento o no? —su voz salió ronca.

—¿Nunca te han dicho que el mejor remedio para casi todo mal es sudar en la cama? — jugueteé sinuosamente con la punta de mi lengua en mi piercing del labio. Mi intención era follármelo una vez más, creo que era la tercera vez en esa mañana.

—Tom, en serio. Me encuentro fatal… creo que tengo gripe.

—Pues no tengo medicamentos. ¿Quieres una copita de ginebra azul? A parte de calor te da un buen pelotazo, ja, ja, ja.

—¡Joder, basta ya! ¡Te estoy diciendo que estoy enfermo! ¿No lo ves? ¿Ni esto te puedes tomar enserio? —conseguí sacarle de sus casillas una vez más, como siempre.

—Agh, deja de gritar, que para eso sí que estás sano —me tapé los oídos todo molesto.

—Es que no me cuidas… —murmuró a regañadientes dándose la vuelta en la cama, tapándose por encima de las orejas.

—Qué morro que tienes para decir eso. Recuerda que estás en mi casa de gorra.

—¿¡De gorra!? ¡Pero si estoy aquí porque tú has querido y me has insistido! —se destapó al momento para girarse con fuerza en mi dirección.

—Aún así no puedes quejarte de mis servicios para contigo, como una mascota. La puedes tener por tu capricho, pero la cuidas, ¿no? Le das al menos los beneficios mínimos.

Bill abrió los ojos de par en par formando un círculo con la boca.

—Mas… mascota… Me acabas de comparar con una… mascota… —lo repetía despacio, incrédulo, como si no se acabase de creer lo dicho.

—Va, no te lo tomes literal, que era sólo para hacerte entender tu situación, quejica.

No dijo nada más; se asentó en el colchón y se giró lentamente encogiéndose un poco. Yo tampoco quise quemar más el ambiente, así que vi prudente cerrar la boca.

Suspiré dirigiendo la mirada hacia la ventana de mi cuarto, apreciando que entraban unos pequeños rayos de sol. La regresé para ver a Bill, inmóvil en su posición.

—¿Quieres que te lleve al médico?

—Dirás al veterinario… —sonó harto acusante. Reconozco que me causó algo de gracia su respuesta y esbocé una risilla muda para evitar cabrearle más.

—Va, ¿te llevo o no?

—No, Tom. Lo que quiero es algún medicamento antibiótico —arrastraba las palabras, cansado y apenas murmurante.

—Espérame, iré a comprarte un efervescente que a mí en lo personal me funciona de puta madre, lo que ahora mismo no tengo.

—Vale…, dormiré un rato… —su voz se apagaba más en cada frase. Comencé a vestirme con ropa muy básica, ya que sólo era para bajar y subir.

Le dejé durmiendo y tras agarrar llaves y dinero, salí a la calle.

Crucé la carretera encharcada por las incesantes lluvias esquivando grandes charcos. Estuve caminando pocos minutos cuando de pronto escuché mi nombre llamándome a través de una voz desconocida.

—¡Tom!

Al girarme le vi.

Aquella persona a la que le presté el paraguas se encontraba ahora a un metro de distancia de mí, mirándome con seriedad y un aire de timidez.

—Tú, cómo sabes mi nombre, ¿eh?

—Lo sabrá medio vecindario con lo que gritabais el otro día en la escalera.

Era una chica, sí. Estaba casi seguro. Fue la primera vez que escuchaba su voz. Tenía un tonillo ronco y un acento algo diferente. Mantenía sus ropas similares a la última vez, oscuras, al igual que sus aún permanentes ojeras. La herida del labio ya no se percibía demasiado, aunque ahora que la veía más de cerca podía notar algunas marcas en su cara como pequeños arañazos.

—Buff, así que te enteraste de todo el percal.

—Más o menos… Toma, esperaba verte de nuevo para devolvértelo —sacó el paraguas de un gran bolsillo que tenía su sudadera. Era de esos pequeños plegables, por lo tanto no ocupaba mucho espacio ni pesaba apenas. Noté que hablaba algo acelerado, propio de una persona que está nerviosa o insegura.

—Vaya, no contaba ya con él, la verdad.

—Bueno, qué menos de devolvértelo… Aunque no te lo pedí fue un buen gesto por tu parte, supongo… —No me miraba directamente a la cara; la evitaba con frecuencia. Era algo muy propio también de mí, por lo que ninguno nos enfrentábamos directamente cara a cara en ese instante.

—Quédatelo si quieres, tengo más—rechacé su devolución. La verdad es que tenía unos cuantos, todos encontrados en el curro de gente que se los iba dejando en una mini sección de «objetos perdidos». Los paraguas eran el producto estrella del olvido en días de lluvia/sol.

—No me vendría mal, sinceramente, pero tampoco voy mendigando caridad de nadie —se puso molesto de repente, como ofendido por mi comentario.

—Ni yo la voy ofreciendo, no te jode. A ver si te crees que voy regalando cosas a toda la peña porque sí, por bondad y esas polladas —le mostré una mueca de asco. Me acabó irritando.

Se me quedó mirando fijamente pensativo.

—Está bien… me lo quedo —se lo volvió a guardar de nuevo en el mismo lugar de donde lo sacó. Pensaría que era una oportunidad a no desperdiciar en esta temporada de mal tiempo a costa de quedarse de nuevo bajo los portales.

—Pues vale, tengo que irme —alcé los hombros y me giré siendo seco con ella.

No hubo respuesta por su parte, sólo silencio. Anduve unos pasos ligeros cuando pensé que no sabía su nombre; por el contrario ella sí. No es que me importara pero me molestan las cosas a medias. Me giré para saber dónde andaba pero… no había ni rastro de ella.

Al llegar a casa me dirigí directamente al dormitorio, y al llamar a Bill y no obtener respuesta di por hecho que estaba dormido. Le vi hecho un ovillo entre las mantas, tapado hasta la coronilla. Poco tenía que hacer ahí, así que me di media vuelta y me fui al sofá. Empezaba a sentir esa presión en las sienes de nuevo tan habitual últimamente y no era del mal tiempo… no. Me dejé caer en el sofá y eché la cabeza hacia atrás notando como mi pecho se estaba haciendo demasiado pequeño para mis pulmones. Inhalaba lento y profundo a pesar de que nunca llegaba a ser completo; siempre se entrecortaba antes de totalizarlo.

Y en su levedad lo sentí… como pequeños golpecillos de aliento caliente en un lado de mi cuello. Cerré los ojos y la sensación se transformó en garras grisáceas putrefactas acariciándome el cuello, la garganta. Todo lo envolvía una risotada de ultratumba en el interior de mi cuerpo. Yo les llamaba «mis demonios», aunque sólo percibía a uno. No me venía de nuevo, es más, desde que dejé de tomar los ansiolíticos que me proporcionaba mi jefe Jost a través de mi padre porque ya iba mejorando, iba sintiendo a través del tiempo como iban remitiendo estos efectos. Nunca le dije nada; preferí callármelo a tener que medicarme de nuevo. A pesar de ello es cuando tomé la mala decisión de tomar tragos de alcohol en las ocasiones más intensas de estos síntomas para… callarle/los. Era la única manera viable que encontré de frenar sus impulsos, porque de verdad que me manipulaban a su puto antojo. Reitero, hablo en plural pero sólo noto uno cada vez; a veces he creído como mucho presenciar dos, uno a cada lado de mis hombros.

El alcohol no siempre funcionaba del todo, no es que fuera el milagro, más bien era otra puta mierda de la que tenía que cuidarme para no caer atrapado en el.

¿Creéis en la posesiones? Yo no, soy escéptico aplastante. Pero no tengo otra manera de explicar lo que mi propio demonio me hace cuando logra tomar el control de mi mente y cuerpo y me maneja como una jodida marioneta. En ese momento toda mi carcasa está bajo su control y yo me veo en el interior de mis entrañas gritando que deje de manipular mi puta mente. Se burla de mí e interpreta, obvio, la peor parte mi ser. Busca «víctimas» donde se desahoga con todo ese daño/mal que acoge de forma latente. Hasta me obliga a lesionarme a mí mismo cuando ya el desquicio está en su punto más álgido.

En este momento, como muchas otras veces, me hacía imaginar un cuchillo de hoja amplia y bien afilada segándome el cuello y la visión era incluso excitante. Llegué a ladear una sonrisa satisfactoria haciendo que se me erizara la piel, pero iba hiperventilando poco a poco también. Si seguía dejándole succionarme alguien muy cercano iba a sufrir las consecuencias: Bill.

Al recordarle abrí los ojos dirigiendo la mirada al pasillo sintiendo la necesidad de ir por mi «víctima». No, no yo del todo; era mi demonio quién me lo estaba susurrando. Me levanté despacio, hipnotizado, y caminé con tranquilidad hasta el dormitorio donde él aún dormía. Me paré en seco en la puerta mirándole ya casi consumido por ese mi trastorno mental hasta que di un paso atrás negándome con la cabeza. Di un giro brusco y corrí a la nevera para pegarme un buen chute de la ginebra fría que guardaba para estos casos.

Joder, sabía a infiernos; irónico. Metí rápidamente la boca debajo del grifo abriendo el chorro del agua para sacarme el puto sabor a veneno de la garganta. Mientras hacía gárgaras y escupía varias veces, escuché algo de jaleo fuera en las escaleras. Cerré el grifo para poner más atención y fui a chafardear por la mirilla de la puerta. Visualicé a unos tipos subiendo cajas hasta el piso de arriba, el que hasta entonces estaba deshabitado.

Vaya mierda, ya lo iban a ocupar. Seguramente la habían alquilado y esas eran las supuestas mudanzas. Con lo a gusto que estaba yo reinando el bloque. Rogaba porque no fuese una pareja que trajeran a un crío o, aún peor, que tuviesen la intención de tener uno. No soportaba los berridos y llantos histéricos de esos pequeños orcos.

Quería averiguar a los inquilinos pero no lo conseguía. Subían y bajaban los mismos hombres con sus uniformes de la empresa una y otra vez. Al menos entre que me iba subiendo la ginebra gradualmente y la intriga de aquella mudanza, se me iba quedando menguando mi «querido compañero» del infierno.

Pasaron pocos minutos que se me hicieron el doble por la impaciencia de no ver al o los protagonistas principales. Bajé la cabeza y me despegué de la mirilla ya cansado y con ganas de quitarme aún más el sabor rasposo del etanol. De regreso sobre mis pasos camino a la cocina, sonó el timbre de mi casa y me dio un pequeño sobresalto. Tanto rato parado en la puñetera puerta y cuando me voy me llaman. Chasqué la lengua molesto; algo querrían los transportistas. Podría incluso ser los nuevos que querrían verme para darme la noticia y presentarse a la americana con algún regalo bajo el brazo. Fuese lo que fuese me molestaba tener que abrir y hablar con nadie y menos dar bienvenidas falsas que no me nacían ni de coña.

Pude no haber abierto y punto, pero mis pies se movieron solos y mi mente se estaba medio drogando, así que lo hice.

Mi cara cambió de seria a casi de espanto. Todos mis órganos se pararon por un instante y sobre todo la respiración. Frente a mí tenía a Andreas con una de esas cajas en la mano, sujetándola con un poco de esfuerzo. No pude decirle nada, ni hola, ni una mísera pregunta de lo que estaba pasando. Estaba petrificado por la que me veía venir. Aún quedaba una esperanza de que fuera uno de los ayudantes. A lo mejor se mudaba un familiar suyo.

—Hola, vecino — me alzó ambas cejas entre una sonrisa forzada.

Mierda, se me rompió la cabeza como un cristal tras una impactante pedrada.

F I N

Administración: Y hasta aquí llega el último capítulo de la temporada I. El autor: TKapitan, ya no está activo, pero si alguien tiene la continuación, por favor avisar en el chat para que la agreguemos. Gracias por la visita. 

por administrador

Publico con autorización del autor

Un comentario en «Sold out. FIN»
  1. NOOOOOO😭💔
    Tengo muchas dudas aun, pero lo que mas me llama la atención es quien el tipo raro que se parece a Bill
    Ame el campo de Muñeco ♡

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