«Sold out» Fic TOLL de Tkapitan

Capítulo 2

Bill

Me tenía acorralado y me hacía mucho daño. Me estaba ahogando con una sola mano y apenas yo no podía ni siquiera pararle, además de que me estaba clavando mi propio collar que ayudaba a ahorcarme. Y también me apretaba otra cosa detrás…

—Estás… ugh… duro… —La sentía sin esfuerzo. Adivinaba lo que era sin tener ni que mirar.

—Jum —soltó una risa floja —. Ya te me has puesto cachondo. Normal, con las ganas que me tenías.

Consiguió abrirme el cinturón casi rompiéndolo. Pedazo de bruto.

—¡No! ¡Te has puesto sólo tú!

Ahora era él quien se subía la camiseta XXL después de haberse abierto esa sudadera de las mismas dimensiones para desabrocharse su pantalón. Miré por encima de mi hombro y de reojo, encontrándome con parte de su abdomen. Lo tenía bastante marcado aunque era delgado. También se veía el elástico de su bóxer y… todo abultado.

—¿Ah, sí? Vamos a ver si tienes razón —se dejó así mismo para volver a mí, a mis tejanos.

Ahora le fue más fácil abrirlos ya que eran de cremallera y un sólo botón. Me los bajó hasta media cadera y, sin pudor alguno, me la agarró por encima de mi prenda interior apretándola y dándole toda la forma. Vale, había ganado. Yo estaba igual de empalmado que él.

—¡Uhm…! —apreté los ojos con fuerza apoyando la frente en la pared. No quería ver nada, me daba vergüenza y me estaba poniendo rojo como un tomate.

—Uy, sí. Yo sólo, claaaaaro. —Su tono era de lo más burlón, mofándose de mí.

Noté su respiración en mi cuello y seguidamente como me mordía el lóbulo de la oreja. Mi piel se erizó y solté un gemido sin querer cuando metió su mano dentro de mi bóxer. Estaba fría y yo, yo tan caliente.

—Sácala… No me gusta. ¡No quiero!

Intentaba juntar mis rodillas para no dejarle hacer, sin éxito. Tarde. Me la sacó, dura como las piedras, y la meneó con ritmo bajando la piel y dejando ver mejor mi glande una y otra vez. Las piernas me temblaron del gusto.

—Mmmmh… aaah… —No podía evitar reprimir los gemidos, era imposible. Escuchaba su respiración acelerarse como un toro y como sus rastas rubias acariciaban mi mejilla. ¿Cómo podía estar en ese plan cuando un extraño me estaba forcejeando sexualmente? ¿Tan borracho iba yo también?

—Ya te veo más contento—volvió a burlarse, y yo, más rojo.

Mientras estaba perdiéndome en mi masturbación, no noté por el despiste que siguió bajando sus pantalones y por ende, mi bóxer, dejándome el culo al descubierto. Sentí frío detrás por tenerlo al aire, pero estaba ensimismado y ni importancia le di.

Fue entonces cuando noté que perdía el ritmo, aminorándolo hasta parar de mover su muñeca. Abrí los ojos lentamente mirando la pared y suspirando, pensando que ya habría parado. Cuando me giré ladeándome un poco para volver a repetirle que me dejara estar, abrí la boca dejándola así, por ver como se estaba cogiendo su propia erección y la humedecía con su saliva. Dios, la tenía enorme. No sé si sería por mi propio miedo, pero creo que pude notar que sus pupilas ahora estaban empequeñecidas, dándole un toque más siniestro a su cara.

—¡No, suéltame! ¡Para ya! ¿Por qué me estás haciendo esto? —me quise revolver del todo y subirme las prendas, pero claro, no me dejó.

—Eh, eh, quietecito, nenaza. Que la diversión aún no ha acabado.

—¡Me estás violando! —Se carcajeó a mis espaldas.

—Con la polla tan dura que tienes ahora y jadeando feliz como estabas, ¿te parece esto una puta violación?

Dios, no iba a rectificar y me la metería, seguro. Era muy violento y ahora comenzaba a tenerle mucho miedo. No me esperaba que fuese así, tan agresivo y cruel.

¿Por qué no aparecía nadie? Aunque ahora que lo pienso, dudo de que ni siquiera eso le detuviese, pero por lo menos podría pedir ayuda. Estaba empezando a emparanoyarme y a pensar en lo peor. ¿Y si venían más tíos y se le unían? Parecía el típico que tiene una banda de esas callejeras, con sus rastas, la bandana que llevaba en la frente y sus ropas anchas típicas de un rapero. Sólo le faltaba la gorra para ser el cliché perfecto. Ahora me arrepentía de haberle sacado fuera, pero con la borrachera que había pillado yo, ni pensé. ¿Y por qué tuve que besarle? Supongo que me impulsó el alcohol, pero es que sentí como una extraña necesidad de hacerlo. ¡Qué putada! Para redondear, el amigo con el que yo venía, se había ido con un ligue. Mira que me dijo de acompañarme de nuevo a su casa donde me alojaba ahora, pero yo me tuve que quedar porque sí, porque no quería que acabara la fiesta. ¡Idiota, idiota, idiota!

La mano que agarraba mi cuello, me la puso en puño en la espalda casi haciéndome un torniquete en medio de la columna. ¡Qué fuerza tenía para estar borracho como estaba! Y encima ahora me lo iba a hacer por detrás.

Ya está, noté como me abría una nalga y una presión entre ellas, justo en medio. Comencé a temblar e hiperventilar. No quería que me lo hiciese allí de esa forma y en la calle. Ni sabría si acabaría con el culo roto y me dejaría allí tirado como un perro en medio de la fría noche.

—¡Tom, déjame por favor! ¡No quiero esto, no me gusta! —comencé a llorar fuerte.

Las lágrimas ya me caían por las mejillas al suelo. Antes de darme del todo por vencido, escuché un golpe fuerte a mis espaldas y, de repente, ya no estaba agarrado por sus manos. Me giré con rapidez, llorando y asustado subiéndome rápido los pantalones. Tenía que aprovechar.

Me quedé boquiabierto cuando vi a Tom tirado en el suelo, boca arriba y como una tortuga queriendo enderezarse. Justo delante de él, había otro chico de cabello corto rubio platino, así de nuestra edad y con los puños cerrados. ¿Le había golpeado? Eso parecía. Fantástico, venía a ayudarme o eso quería creer.

—¿¡Pero qué coño estabas haciendo, Tom!?

¿Le conocía? Recordé que dijo que venía con alguien.

—¡Se te ha ido la puta olla o qué! —se golpeó repetidamente la sien con dos dedos.

Tom estaba tan mareado que no dijo nada. Apoyó una mano en el suelo y se dio un poco la vuelta para levantarse, pero estaba muy aturdido y no acababa de ponerse en pie. Yo le miraba limpiándome las lágrimas.

—¿Estás bien? —el chico me habló con amabilidad y preocupación. Le miré sólo un momento asintiendo y me limpié la nariz húmeda con el dorso de la mano.

—No sé qué narices ha pasado aquí, pero esto no es propio de él —le miró con cierto asco, allí tendido en el suelo.

Vaya, me alivió un poco saber que normalmente no hacía ese tipo de cosas. Y qué putada que me tocó ser el primero.

—Andreas, maldito hijo de puta. Voy romperte la nariz en cuanto me levante.

Andreas, así que así se llamaba mi salvador.

—Primero intenta levantarte, anda. Si es que puedes.

El chico rubio se cruzó de brazos dándome la espalda y mirando quieto como Tom aún luchaba por levantarse. En un momento, me di cuenta de que había golpeado algo con mis pies. Era un móvil blanco, bastante grande. Me agaché para cogerlo sabiendo que sería de Tom. Seguro que se le cayó con el golpe. Mientras el nuevo seguía pendiente del otro, yo aproveché para hacerme una llamada perdida rápida desde ese móvil y así conseguirlo de una vez por todas. Necesitaba su número a pesar de todo lo que me había pasado. Escuché la inicial vibración de la llamada en el bolsillo de mi chaqueta y le di a cancelar antes de que llamara la atención con la melodía siguiente.

Tom se arrastró hasta la pared y se apoyó en ella con las manos, logrando levantarse y a la vez subiéndose los pantalones. Miró a Andreas con muy mala hostia y luego a mí. Su mirada me congeló. El chico rubio se le puso delante bloqueando la visión entre ambos.

—Vamos a casa, anda. Basta por hoy —le cogió del brazo para llevárselo, pero él se lo retiró de mala manera y sacó la cabeza por un lado del cuerpo del chico para mirarme.

—¿Vas a querer volver a verme después de esto, marica? —Menudo desprecio me echaba encima.

—¡Tom, se acabó! ¡A casa! —le gritó su amigo, pero no se inmutó. Sin volver a mirarme y en silencio, se dio la vuelta poniéndose la capucha de su sudadera, comenzando a caminar calle arriba alejándose de mí. El chico rubio suspiró y me miró.

—¿Estarás bien? En serio, no sé qué mierda ha pasado para que actuara así. Bebió demasiado, pero nada es justificable. Y nunca le vi hacer nada parecido —se mordió el labio.

Estaré bien. No pasa nada. Gracias…—Aún tenía las mejillas mojadas y coloradas, pero había dejado de llorar. Le alcé el brazo para darle el móvil. — Se le cayó…

Lo cogió y volvió a mirarme.

—Ah, vale, pues… adiós. Y lo siento —se disculpó por él, supongo. Se giró alzándome la mano para despedirse y caminó rápido hasta que le alcanzó.

Cogí aire, todo el que pude. Tenía mucho frío y me abracé a mí mismo, temblando aún por lo sucedido y apoyándome en la pared, pensando en lo ocurrido y observando como los dos se hacían pequeños en la lejanía.

Sólo estaba seguro de algo esa noche:

Tom no me reconocía y era muy violento. Solté el aire, me despegué del muro y cabizbajo, me fui rumbo a mi casa.

.

Tom

5:36AM

—¡Es piensa y luego existe, Tom! Pero tú no, tú existes y luego piensas.

—¡Hostias, Andreas! ¡Deja ya de comerme la cabeza, coño!

Tenía un pelotazo del quince por pasarme varias copas de más. Había decidido irme de fiesta esa noche para despejarme un poco, que ya me tocaba. Iba dando tumbos, malhumorado por las ganas de vomitar y ese mareo vertiginoso que iba en aumento. Y todo lo que había ocurrido esa noche lo empeoraba aún más.

—Mira que te avisé, pero tú cabezón como siempre —me agarró de la manga de la amplia sudadera para no perderme, y es que estaba a punto de besar el suelo otra vez —. Te has pasado, tío. Lo que has hecho…

Le callé la boca antes de que siguiera.

—Qué plasta eres… —negué con la cabeza cubierta por la capucha, resoplando y refunfuñando. Claro que me había pasado y mucho, pero no se lo iba a reconocer porque se pondría aún más pesado de lo que ya estaba y tendría que darle respuestas que ni ganas ahora.

—Tom, me quedaré contigo esta noche en tu casa. Estás fatal.

Negué con la cabeza otra vez, mala idea porque sentí que me desplomaba.

—No, quiero estar solo.

—Pero necesi…

—¡Que no, joder! —Me solté de mala manera de su agarre, avanzando unos pasos torpes para abrir la puerta del portal.

Eran tres apartamentos conjuntos de mala muerte, uno encima del otro. Yo vivía en el del medio. Metí las manos en los bolsillos buscando el par de llaves hasta encontrarlas.

—Insisto, ¿estás seguro de que estarás bien? —Andreas bufó con preocupación.

Esta vez no le contesté. Sentí que vomitaría allí mismo si abría la boca, y no me apetecía nada tener que ver mi vómito los días restantes hasta que alguien se dignara a limpiarlo, porque yo no lo iba a hacer.

Fue tarea difícil abrir la maldita puerta, y aún me quedaba la de mi piso. La empujé casi aplastándome contra ella para así ayudarme a entrar.

—Hasta mañana —lo dije con esfuerzo y voz floja. Ni me giré para mirarle. La puerta se iba cerrando lentamente detrás de mí.

—Te llamaré mañana para saber cómo estás y así me cuentas sobre lo ocurrido. Cuídate…

Fue lo último que escuche de él antes de que se cerrara por completo.

Fui subiendo las escaleras como un pato mareado hasta llegar al primer piso. Miré hacia la primera puerta y me mordí el labio con rabia. Allí vivía una tía, Camila, que estaba buenísima y que se dejaba hacer siempre que yo quería. Bueno, conmigo y con muchos, para qué engañarnos. Pasaba la mayor parte del tiempo fuera de la ciudad y pocas veces en el apartamento; pero cuando lo hacía, o yo bajaba a abrirle las piernas o ella subía con la intención de hacerlo. Llevaba ya más de una semana desaparecida y por hoy, eso me fue bien. Toda la trompa que llevaba encima y ni siquiera había follado en toda la noche, pues más me hubiese jodido que ella estuviese y yo sin poder tirármela. No podía tal y como iba.

En el tercer piso no vivía nadie. Llevaba meses cerrado y ni sé porqué razón nadie lo alquilaba. Me la sudaba, mejor para mí, así podía ponerme el porno o la música a todo volumen o follar tan ruidosamente como se me antojase sin que vinieran a picarme a la puerta. Pero si moría allí mismo en la escalera, mi cuerpo se corrompería antes de que nadie me encontrara. O lo haría Andreas después de unos días de no saber nada de mí, forcejeando la cerradura de abajo. Vaya mierda de forma y lugar para morir. No, no, por mis huevos que llegaba a mi piso.

Chasqué la lengua subiendo las nuevas escaleras que me esperaban. Las piernas me pesaban como si me estuviese petrificando por momentos y agradecí vivir en el segundo y no el tercero. Al fin llegué a mi puerta.

La abrí, igual de torpe que con el portal pero con más alivio de haber llegado. Mi estómago pareció entender que estaba ya en zona segura y se me revolvió hasta que me regurgitó todo hasta la garganta. Me tapé la boca con una mano y, corriendo como pude, chocándome contra las paredes y teniendo fuertes arcadas, llegué al baño y caí de rodillas inclinándome en el y vomitando como un sifón. Así varias veces hasta que ya no me quedaba nada más que bilis en las entrañas.

—Qué puta mierda… —cerré fuerte los ojos y, más tranquilo, me levanté retirándome la capucha lentamente para ir hasta el lavamanos, abrir el grifo y enjuagarme la boca que me sabía a algo ácido y amargo. También me refresqué la cara y luego salí de allí secándomela con la propia manga.

Entré en mi cuarto con la cama desecha. Siempre lo estaba, de hecho. Al llegar a ella, me dejé caer desplomándome en el colchón, boca arriba y tapándome los ojos con un brazo. Hostias, que hasta la propia oscuridad parecía dar vueltas. Ahora sólo quería dormir y olvidar todo lo acontecido en esta noche. Arrugué un poco el entrecejo y me ladeé a un lado porque algo se me estaba clavando en la cadera. Tenté la zona y saqué del bolsillo las llaves y mi móvil último modelo que hacía sólo un par de meses me había costeado. Suerte que no me lo robaron tal y como iba, porque dinero para otro como ese ni de coña. Alcé un poco el brazo de mi cara dejándome ver para dejar ambas cosas sobre la mesilla, y me di cuenta entonces de que la lucecilla de notificaciones parpadeaba inquieta. Lo encendí. La intensa luz fue como una bofetada en mi cara que me obligó a cerrar los ojos de golpe, abriéndolos luego poco a poco pero dejándolos achinados.

Varios mensajes de WhatsApp, por lo que vi. Un par de colegas, alguna que otra pava y…

—¿Uhm?—intenté que mis ojos se abrieran un poco más. Un número sin añadir me había escrito.

Sobre la respuesta a tu pregunta. Sí.

Volví a mirar el número con prefijo, era de aquí, de Alemania. ¿Pero por qué no estaba agregado y con el supuesto nombre? Presioné la foto de avatar con tal de averiguar algo más, pero no me reveló nada. Era un simple escrito de fondo negro y letras blancas: «Leb die Sekunde«. Vive el segundo, vaya. Y yo que ahora mismo me quería morir o ya lo estaba haciendo; qué irónico.

Retrocedí para volver a ver el mensaje. Arriba de la pantalla me indicaban si quería agregar el nuevo número. ¿Y quién coño era? Lo dejé como estaba y comencé a escribir:

¿Quién eres?

Le di a aceptar y se envió llegando correctamente a su destinatario. Esperé un rato a ver si esa persona respondía, pero no aparecía en línea. Tampoco es que aguantara tanto rato esperando, porque casi en menos de un minuto dejé el móvil sobre la mesa y me dispuse a dormir. Podría haberme hecho una paja para por lo menos, tener un contento este día, pero ni eso pude. Me quedé sobado prácticamente al mismo tiempo en el que cerré los ojos, así, vestido y todo.

Mientras dormía, sonó una nueva notificación de mensaje, pero yo ya estaba en manos de Morfeo.

&

Tarde del Domingo.

Piiiiii. Piiiiiii

Abrí los ojos al día siguiente al despertarme por la llamada del teléfono y descubrí, jodido, que aún me daba vueltas el piso. La resaca me daría por culo las próximas veinticuatro horas. Los volví a cerrar frunciendo el ceño y gruñendo por lo bajo.

Piiiiii. Piiiiiii

Otra vez.

Me di la vuelta mosqueado y agarré el móvil que dejé en la mesita, mirando la pantalla de la llamada entrante. Era Andreas. Me fijé en la hora: las 15:38PM.

Ni le contesté. Dejé que sonara hasta que se cansara, cosa que viniendo de él iba a costarme un par o más de aguantes.

Piiiiii. Piiiiiii

Lo dije. Una tercera llamada. Aun así, no iba a descolgarle. Cuando se paró la música, pude ver que tenía otras tantas notificaciones de WhatsApp, entre ellas una docena de Andreas preocupado por mí y mi embriaguez. Andy, como le llamaba cuando estaba de buenas, era mi mejor amigo. Nos conocíamos de hará un año atrás o así, de cuando llegué aquí a München. Y como mejor amigo conllevaba que fuese el tío más plasta que había conocido en mi puta vida. Eso sí, podía ser un llorica, un dramático en muchas situaciones; podría estar siempre queriéndole reventar la cara a hostia limpia, pero se preocupaba por mí como nadie.

Deja de llamarme, capullo. Estaba durmiendo y me has despertado.

Le escribí rápidamente y me dispuse a cerrar la aplicación, cuando de pronto lo vi. Ese número de anoche y… una respuesta. Me acomodé mejor en la cama y leí:

Soy Bill.

Continúa…

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