«Sold out» Fic TOLL de Tkapitan

Capítulo 3

¿Bill, qué B…? —La duda apenas me duró unos instantes.

—¡Será cabrón! ¡Cómo cojones consiguió mi teléfono! —me levanté de la cama de golpe, pero tan pronto me puse de pie me senté de nuevo. Menudo vértigo cargaba, y encima con náuseas, con lo que las detestaba.

Me mordí el puño mirando a un lado. Seguro que el gilipollas de Andreas se lo había dado sin mi permiso. No recordaba apenas nada más que oleadas de escenas, pero las suficientes como para asegurar que yo a ese tipo no le había dado voluntariamente nada.

Ahora sí que iba a llamar a ese rubio estúpido. Ni marqué su número; utilicé la re-llamada.

El teléfono marcó y sonaron dos pitidos; al tercero descolgó.

—¿Tom?

—¡Tú para que mierda le das nada, subnormal!

—¿Qué? ¿De qué estás hablando ahora?

—No te hagas el sueco, que sé que fuiste tú quien le dio mi número a ese maricón.

—¿Pero de quién mierdas me estás hablando, Tom? ¡Yo no le he dado tu número a nadie! ¡Vaya confianza que me tienes! —se molestó, como siempre.

—El tipo de ayer, el andrógino pelinegro —comencé a explicarle alterado. Ya no había porqué ocultarle que tenía polla porque ya lo supo de sobras. Seguro que hasta llegó a vérsela—. Me ha escrito un mensaje a mi móvil y yo no le di mi teléfono, así que sólo has podido ser tú. Voy a molerte a palos. —¿El tipo de…? Ah, espera. Él tenía tu aparato. Me lo dio antes de irnos. Seguro que tú mismo le diste el número, pero con el morado que llevabas encima es normal que ni te acuerdes. Por cierto, ¿cómo te encuentras?

¿Qué él tenía mi aparato? ¿Por qué y cómo y cuándo? Más náuseas.

No, no. Sabía de sobras que yo no se lo había dado. Me lo habría quitado el muy mamón para hacerse con mi número. Vaya con el chaval, muy llorón pero mientras quería follármelo aprovechó para hacer de ratero.

De pronto, recordé parte de lo sucedido. Yo detrás de él intentando meterle mi polla en seco. Me dió un vuelco en el estómago y quise borrar esa escena de mi cabeza de inmediato.

—¿Tom, sigues ahí? —Andreas preguntó preocupado.

—Sí, sí.

—¿Estás bien o no?

—No, me mata la resaca.

—Pues no hay mucho que hacer, descansar y tomar mucho líquido, a ser posible Gatorade para contrarrestar la…

—Que sííí, que sííí —le corté cansino. Ya de por sí me desesperaba, pero ahora más. Tenía en otras cosas que pensar, o mejor olvidar.

—Sólo intento ayudarte, ¿vale? —resopló indignado.

—Vale, voy a colgarte. No tengo ganas de hablar. —Me disponía a colgarle, pero siguió metiendo el dedo en la llaga.

—¿Y qué harás con ese chico? ¿Qué le dirás? Tío, me has de contar qué mierda te pasó. Me dejaste atónito con lo que vi.

Me jugaba la polla que estaba más atónito por ver que iba a follarme a un tío que por la acción violenta del acto. Eso me jodía mucho, ya que yo solía meterme con él por menearlas.

¿Que qué mierda me pasó? Ni yo lo sabía. Vale que me tocó el orgullo haber metido la pata fijándome en un tío. Vale que quizás por la borrachera me dejara besar, ¿quién no hace estupideces alcoholizado? Tampoco había razón por el guantazo que me dio; le hubiese clavado yo otro más fuerte y punto. Pero no, le quería clavar otra cosa y a la fuerza.

—No voy a hacer nada, voy a bloquearle y tampoco voy a contarte nada más. Lo que pasó, pasó y punto. Déjame en paz —le colgué sin darle oportunidad de decir nada más.

Cuando la pantalla hizo el cuelgue de llamada, volvió a aparecer la del WhatsApp con su mensaje, justo donde la había dejado. Miré en lo alto y vi que estaba «en línea» y eso me hizo sentir un pequeño escalofrío. Me mordí el labio y me froté los ojos con fuerza del agobio. Al quitarme la mano de la cara, entreabrí la boca. El estado había cambiado a «escribiendo…«. Me quedé quieto esperando y en pocos segundos apareció una nueva frase.

Tom… ¿estás ahí? Siento haber cogido tu número sin permiso, pero de verdad que lo quería…

Este tío es un masoquista, debe de ser eso, porque nadie en su sano juicio volvería a verme después de lo sucedido. Es más, otro se hubiese acojonado de por vida traumándose. Al menos ahora estaba claro que yo no se lo había dado, tal y como bien recordaba.

Dirigí mi dedo a la parte desplegable del menú de la aplicación y acto seguido cliqué en «bloquear«. «¿Estás seguro de que quieres bloquear a este contacto?»

Titubeé un segundo antes de escoger.

«Sí»

Listo, adiós para siempre, Bill.

&

Domingo 19:51PM.

Había apagado el teléfono y desconectado su wifi para que nadie me molestase ni con llamadas ni con mensajes. Me había tomado un café con leche en todo el día, porque no me entraba ni la saliva que tragaba. De hecho, ya había vomitado una vez al recién levantarme y estuve a punto varias veces más a lo largo de mi despertar. Estuve prácticamente todo el día tumbado en el sofá, fumando, viendo la televisión y aburrido. Me había puesto algunas pelis que tenía bajadas de internet para ver si me entretenía, pero cada dos por tres me quedaba frito y despertaba a media trama.

Ahora estaba viendo una de terror adolescente, la típica donde tías buenas y tíos de instituto iban muriendo uno por uno de diferentes formas sangrientas. Era bastante aburrida.

La escena que pasaba ahora, era el cliché erótico de la mayoría de este género. La pava se desnuda frente al tío y comienzan a follar. Esta escena en concreto, me llamó la atención. La tía estaba desnuda de cintura para abajo y apoyaba sus tetas operadas en el tronco de un árbol, de espaldas al tío. Este se la metía por detrás agarrándole de la cintura y dándole fuertes embestidas hasta que la hacía jadear como una zorra.

—Hostias…—fruncí el ceño de inmediato.

Vaya puta casualidad tener que ver eso ahora después de lo de anoche, y eso que ni de lejos era lo mismo. Lo que me faltaba por ver. De golpe y porrazo, ¡pam!, el tío se quedó sin cabeza salpicándola de sangre. Por fin acabó la maldita escena. Pero como dice el dicho, donde algo acaba, otra cosa empieza.

Con desgana, moví mi cara hasta mi entrepierna descubriendo que «la tienda de campaña» estaba izada. ¡Mierda!

Me había vuelto a empalmar y no por los dos tipos de la película. No, se me levantó en el momento en que recordé a Bill. Qué coño estaba pasándome; ese andrógino me la estaba animando sin verle de cara, sin tocarme siquiera. Sólo recordándole. Ahora ya no tenía la excusa el alcohol.

—Vale, me pondré una porno muy hetero y listo.

Estaba dispuesto a levantarme para ir a mi ordenador y empaparme de tías en bolas, cuando pensé que no, que no iba a lograr sentirme mejor. La erección ya estaba hecha y había sido por Bill, entonces ya no habría cosa que negara aquel suceso.

20:15PM.

Seguía con la misma camiseta que no me había quitado por perrería, subida hasta lo alto del pecho.

—Aah…

Me la estaba meneando rítmicamente y seguido. Tenía los ojos cerrados y expulsaba pequeños gruñidos de placer por cada meneo que me daba. La mano izquierda se agarraba al borde del sofá y tenía una rodilla flexionada.

—Mhm… sí… —arrugaba la nariz en cada bajada lenta, ahí donde sentía más gusto.

«Bill estaba en la ducha con la mampara abierta, todo mojado y enjabonado. El agua le hacía brillar esa piel blanca y suave que tenía. Era tan delgado, tan frágil. Cómo me gustaba que fuese así. Entré abriendo la puerta que no tenía el pestillo puesto, y lo sabía, porque su intención era que yo entrara. Me estaba esperando como siempre. Se había girado descubriéndome, y una sonrisa se dibujó en su cara al momento de verme entrar con sólo la toalla atada a mi cintura. No dijo nada, sólo se volvió a girar esta vez dándome la espalda al completo. Sabía lo que quería, lo sabíamos él y yo y no dudé en querer dárselo. Vamos, para eso estaba ahí.

Cerré con pestillo y me desaté la toalla dejándola caer al suelo, quedándome completamente desnudo. Di los pasos necesarios hasta llegar al plato de la ducha y meterme dentro con él, justo detrás de su espalda. Me sentía cerca, muy cerca, y me miró por encima del hombro bajando la mirada y forzando la sonrisa al ver cómo me la había levantado. El pelo le caía en cortina mojado, con algunos mechones cruzándole la cara.

Le devolví la sonrisa y le agarré de las tersas nalgas, una por cada mano abriéndoselas con fuerza. Bill apoyó sus palmas en la pared de baldosas y arqueó la espalda levantándome todo su culo en pompa. Me lo daba para mí, sólo para mí. Me ponía cachondo perdido que le pusiese tantas ganas a que se la metiera y que yo fuera el único que podía tener ese privilegio.

Y se la clavé. El agua y el jabón funcionaban de buen lubricante dejando que mi polla le resbalara bien adentro. Y cómo me la apretaba, joder. Era para correrme en segundos, pero aguantaba para no acabar tan rápido con aquella maravilla. Le embestía una y otra vez consiguiendo que resbalara varias veces de manos y pies, pero le tenía bien sujeto de las caderas para que no cayese. Casi nada más sentirla dentro, sus jadeos fueron en aumento y tuve que taparle la boca para ahogarlos. No quería que alguien nos escuchase. Me percaté de algunos temblores en su cuerpo y, al mirarle, vi como él mismo se masturbaba. Ahora era yo el que tuve que apretar mis labios con fuerza para no acabar gimiendo a lo bestia. ¿Por qué me retenía de jadear alto? ¿Por qué no le dejaba a él tampoco hacerlo?»

—¡Ooooh, Dios! Ahhhh… —me corrí.

Eché la cabeza hacia atrás por el orgasmo provocado, después de ese pensamiento escénico en la ducha que tuve en mis pensamientos. Todo mi abdomen hizo de bandeja de la espesa sustancia blanquecina que no dejaba de chorrearme por la punta en cada contracción que me llegaba. Un par de meneos cortos ya para acabar de escurrirla y acabé exhausto y cogiendo bocanadas de aire. La paja había sido exquisita y podría decir que de las mejores, pero la jugarreta que me había hecho mi imaginación era un precio caro a pagar.

Me inquieté. Esa escena en el baño había sido demasiado clara, como si más que algo inventado para masturbarme hubiese sido un recuerdo. Fruncí el ceño y me miré el estómago pringoso y como me latía la punta aún agarrada por mi mano, también manchada del blanco espeso.

Me sentía demasiado extraño y sentía que no era sólo por haberme masturbado con un hombre como yo, si no por algo más turbio en todo eso. Lo que pasó con Bill, aquello que realmente se me fue de las manos, no me había pasado en la vida. Es decir, sí que había follado varias veces a lo bestia y de forma bruta consentida, pero de aquella manera tan violenta, pues no. Es más, había sentido como que no era yo mismo realmente. Estaba de acuerdo en que no volvería a beber desenfrenadamente después de aquello.

La cabeza comenzó a darme punzadas en un lateral, como quien pica insistentemente a la puerta de una casa con los nudillos para que le abran. Maldita resaca…

Me levanté a duras penas del sofá con tal de buscar algo para mitigarla. Ya de pie, me topé directamente con mi móvil que había dejado sobre la mesa de la sala para que se cargara. Algo dentro de mi cabeza comenzó a reírse con una voz escalofriante. La sacudí fuerte tocándome la frente.

—¿Qué…? —Quise no darle importancia.

Vaya con el alcohol, de verdad que me estaba dando un buen chungazo esta vez. La risa cesó de inmediato, pero una fuerza me empujaba a coger mi teléfono. Sin oponerme y de forma sumisa, lo agarré entre mis manos quitando el cargador y apretando el botón de encendido. El wifi estaba apagado, claro, lo había desconectado yo para que nadie me diera la lata. Mi dedo se movió solo, activándolo de nuevo.

Pum, pum, pum, pum. Una sarta de mensajes ansiosos por mostrarse comenzaron a aparecer. Ninguno relevante y… Andreas otra vez. Ni quise leer qué ponía.

Me fui directamente a la pantalla de mensajes de Bill. ¿Me habría escrito? Ni puta idea, estaba bloqueado. Estuve como un largo minuto sin hacer nada y con los ojos clavados en el último mensaje que me había escrito.

De golpe, me di cuenta de su primer escrito: «Sobre la respuesta a tu pregunta. Sí».

¿Qué pregunta le hice? No recordaba mierda y media, aun así, me comí la cabeza intentando recordar. Levanté la vista hasta posarla en la ventana que tenía en frente, observando que se había oscurecido el cielo por completo. Me apoyé en una pierna, pensando y pensando una y otra vez sobre aquello. Por cojones tuve que volver a recrear toda aquella noche si quería una respuesta a esa pregunta, pero nada, no lo conseguí.

Sólo había una forma de quitarme las dudas, total, así si había un malentendido se lo segaría de un plumazo.

«¿Desbloquear contacto?»

«Sí» A la mierda, lo hice.

Pues no, no me había escrito más, o al menos no me llegaba nada por lo pronto. Mis dedos comenzaron a moverse por el teclado.

¿Qué pregunta te hice para que me contestaras que sí?

Me puse algo nervioso esperando la respuesta. Se suponía que no iba a tener más contacto con ese personaje y ahí estaba yo, volviendo a quemar madera al asunto. Recordé la frase: «La curiosidad mató al gato». Vale, no iba a matarme, lógico, pero seguro estaba cometiendo un gran error.

Iba a dejar el teléfono sobre la mesa cuando de repente sonó la notificación y el corazón me dio un pequeño vuelco. Era Bill respondiéndome.

Qué coño, ¿estaba pegado al móvil las veinticuatro horas o qué? Bueno, cuanto antes me sacara de dudas y a él de encima, mejor.

Comencé a leer.

Oh, me has hablado… Creí que no lo ibas a hacer más. Me alegro.

«Sí, y yo también creía que iba a darte la patada en el culo para siempre. Tranquilo que lo haré en cero coma.» Eso es lo que me dije mentalmente.

Siguió escribiendo.

La pregunta fue… bueno, me lo dijiste de muy malas al marcharte con tu amigo. Fue algo así como, «¿vas a querer saber de mí después de lo que ha pasado?» Y bueno pues… sí, te digo que sí.

Ahora ya recordé. Hostias, que no era para que me respondiera que sí, que fue un sarcasmo como tantas docenas que decía al día. ¿Será imbécil? O no lo pilló, o lo malinterpretó o es eso, un masoquista.

Fue un puto sarcasmo, ¿es que no lo pillas?

Lo sé, pero me da igual. Ya te he respondido que sí.

¿Eres un masoquista, tío?

Tardó unos segundos en responder.

Claro que no. Pero quiero verte, conocerte, es sólo eso…

Qué plasta que eres, chaval. Si te vuelvo a ver te juro que te lo dejo como el culo de una botella y sangrando.

Vaya mierda de respuesta, seguro ahora le motivé más a pesar de que le aseguré una hemorragia. Cómo me arrepentí de eso.

Tom… ¿no podemos hablar bien sin que me amenaces? Yo no te he hecho nada.

Esta vez me senté. Parecía que la conversación tiraba para largo.

Porque no quiero saber nada de ti. Ni te conozco ni quiero.

Pues yo a ti… sí que te conozco.

Alcé una ceja, ¿me estaba tomando el pelo?

Tú a mí de qué. Dijiste que no nos conocíamos de nada, no me fastidies.

Puedo contártelo si… ¡si nos vemos ahora!

Ahora, ya, a estas horas. El chaval no es que perdiese el tiempo. Iba a dejarle las cosas claras por enésima vez, pero me retuve. Sabía algo de mí que yo no sabía, o al menos decía conocerme. Eso me llamaba la atención y más por todo lo extraño que estaba pasando en mi cabeza en torno a él. Y si… ¿y si era algo que estaría bien saber? Recordé la teoría de «El gato de Schrödinger«.

«Un gato metido en una caja cerrada y dentro un sistema dispositivo de un gas venenoso y una partícula radioactiva que tiene el 50% de posibilidades de romperse, matando al animal. Así que después de un tiempo, el gato puede estar vivo o muerto, pero sólo se sabrá abriendo la caja. Mientras no se haga, el felino está vivo y muerto a la vez.»

Así que sólo tenía una forma de quitarme las dudas en cuanto a Bill y era viéndole de nuevo. Pero como dije antes, la curiosidad también lo mató. Joder con los gatos, ni siquiera me hacían gracia y parecían estar en cada una de mis putas decisiones.

Vamos a hacer una cosa. Vienes, me explicas y si me has mentido te la ganas. Y si no, pues según lo que me escupas ya veremos cómo llevamos el tema.

Le amenacé a ver si se acojonaba de una vez y daba fin a todo aquello y luego le pasé la dirección de mi piso. Qué iluso fui.

¿En serio puedo? Vale, ya la tengo apuntada. No me llevará más de unos veinte minutos llegar. ¡Salgo ahora mismo para allá! ¡Nos vemos!

¡El capullo se veía hasta entusiasmado! Creo que me arrepentí, pero ya era demasiado tarde.

Chasqué la lengua y lancé el móvil sobre la mesa de mala manera. Me di la vuelta alejándome de la mesa y alcé mi brazo oliendo mi axila. Madre mía, ahí dormía un tigre mínimo. Pensé en ducharme mientras le esperaba, así de paso me relajaba la comedura de coco y la desgana que ahora tenía sobre el tema.

Y eso hice, me encerré en el baño y me pegué una buena ducha rápida pero completa, a la espera de la llegada de Bill.

Continúa…

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Un comentario en «Sold out 3»

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