«Sold out» Fic TOLL de Tkapitan
Capítulo 4
Bill
Creo que estaba más nervioso que en toda mi vida, o al menos de las que más. Me había puesto algo muy simple, un chándal completo de diferentes partes muy desconjuntado y hasta una gorra. Ya no llevaba el pelo encrespado, si no que me lo había dejado liso y bien planchado. No quería que Tom me viera bien arreglado y pensara mal. Tenía que ser muy precavido si no quería volver a meterme en líos con él. Bueno, pues de esta forma vería que ir algo desaliñado no lleva la intención de «ligarme a nadie».
Me miré al espejo antes de salir. No llevaba mi maquillaje como de costumbre, el que me ponía hasta para ir a comprar el pan. Me sentía desnudo si no lo hacía, como ahora. Hasta más feo. Pero si tenía que ir lo menos «provocativo» posible, sacrificaría todos mis principios de estar óptimo. De pronto, me quedé mirando en el espejo mis facciones naturales y entreabrí la boca. No, no podía salir así. A la mierda sacrificar mis principios. Negué con la cabeza y decidí firmemente maquillarme los ojos aunque sólo fuera un poco. Agarré mi neceser que tenía siempre a mano y cogí el delineador negro de Mac repasándomelos sin dificultad y de forma perfecta. Luego la sombra del mismo color y marca, y con la pequeña brocha, cubrí ambos párpados de esos polvos oscuros. Al acabar me miré el resultado.
—Mejor así, Bill—susurré y respiré hondo, saliendo del cuarto de baño para coger mi bandolera. Eso sí que tenía que llevarlo, siempre. Era del tipo que llevaba lo básico, pero eso quería decir hasta mi neceser, aunque sólo llevara un par de pinturas y un pequeño peine.
La abrí para asegurarme de que no olvidaba nada.
—A ver, llaves, móvil, dinero… —me detuve en seco.
Saqué lentamente un sobrecito que llevaba encima. Extraje una pequeña porción de aquella foto que encontré en el despacho de papá en Hamburgo, justo donde se nos veía a mí y a Tom sonriendo felices. Él tenía su brazo rodeando mi cuello y me señalaba con pose chulesca, como si estuviese orgulloso de mí o simplemente mostrara con altanería un «trofeo». Volví de nuevo la foto a su sobre y cerré el bolso.
Salí de casa con el corazón encogido. Iba a volver a ver a Tom y no tenía ni idea de lo que iba a pasar, pero necesitaba respuestas y muchas.
Hamburgo. Un mes atrás.
—Mierda, ¡olvidé mi móvil en la consulta de papá! Mamá, dame la llave del despacho, ¡tengo prisa y papá está en esa conferencia ahora!
Me estaba acabando de arreglar para ir a una fiesta de cumpleaños e iba a llegar tarde.
—¿Cómo? —mamá enarcó una ceja. Estaba lavando los platos.
—¡Las llaves, mamá! ¡Tengo prisa! —entré corriendo a la cocina atándome una pulsera de cuero en la muñeca.
Mi madre llevaba tiempo medicándose por depresión, medicamentos que mi padre le facilitaba como psicólogo que era. Dijo que era a causa del estrés de su trabajo (ella era recepcionista de un lujoso hotel) y ya no trabajaba por ello, pero a mí me parecía demasiado exagerado. Igualmente, la veía muchas veces triste y llorando, y otras, escuchaba muchas peleas con mi padre que no entendía bien.
No discutían delante de mí nunca, pero a veces les pillaba en alguna discusión cuando venía de la calle. A veces llegué a pensar que se separarían y que su verdadera depresión era de índole matrimonial.
—¿Pero cómo lo olvidaste allí? Con lo apegado que estás tú a ese aparato.
—Sabes que soy un despistado —rodé los ojos impacientándome —. ¡Llegaré tarde!
—Ya, Bill, ya. Cógelas de mi bolso y me las devuelves. Mira que como las pierdas te…
—¡Vale! —le corté el sermón antes de salir disparado de la cocina, corriendo al perchero donde solía dejar su bolso. Encontré las llaves, me las metí en el bolso bandolera que llevaba y me despedí de mi madre con prisas.
Llegué a la consulta en tiempo récord. Metí la llave en la cerradura y abrí la puerta. Estuve buscando por la mesa sin encontrarlo. Abrí su cajón y comencé a desparramar papeles de dentro. Me iba a echar la bronca, seguro. Pero ni tiempo tenía para pensar en eso.
Cuando ya iba a descartar ese lugar, algo me detuvo en seco. De entre una carpeta, salía la mitad de una foto. Sólo alcanzaba a ver a mamá y a mí. Lo que me llamó la atención es que nunca la había visto antes, creo. La duda me impulsó, y estiré de la esquina hasta sacarla. Mis ojos se abrieron de par en par cuando la vi al completo.
En la otra parte que apareció, estaba papá pero,… a mi lado había alguien que no había visto en mi vida. Un chico de unos dieciséis años, como yo en esa foto, es decir, un par de años atrás más o menos. Con rastas rubias, bandana, gorra y ropas anchas; me pasaba sonriente su brazo por detrás de mi cuello.
—¿Pero quién…? —giré la foto y en su parte trasera había escrito algo con boli.
Simón/ Gordon/ Bill/ Tom
Me quedé pasmado. ¿Ese chico era de la familia? Imposible, aunque me sonaba demasiado, no recordaba haberle visto nunca. ¿Un primo lejano del que ya ni me acuerdo? Se parecía algo a mí, sólo un poco. Me empezó a doler la cabeza al momento de forma extraña y hasta me entraron nauseas. No le di mucha importancia a esos síntomas. Seguro que me estaba enfermando otra vez por ir siempre con ropas tan finas. Me guardé la foto en la bandolera para luego buscar respuestas con mis padres. De pronto, sonó una melodía de móvil que me hizo dar un saltito. ¡El mío! Y sonaba justo a mi lado. Retiré la silla y allá estaba, sobre el asiento acolchado y con una llamada de Gustav, uno de mis nuevos amigos. Con el cambio de casa, había perdido a los pocos que tenía, ya que no podían viajar hasta tan lejos o no les daba la gana, la verdad. Y encima perdí aquel móvil con todos los números y me dieron uno nuevo con también un número nuevo. No sé qué rollo me contó mamá de que el otro no podía recuperarlo.
Descolgué la llamada saliendo rápidamente del despacho y cerrando la puerta.
—¡Gustav, ya voy para allá!
&
Después de la fiesta, volví a casa agotado, con sueño y algo bebido. No solía tomar, pero una vez, es una vez. Entré en casa con náuseas y mareo, viendo a mi madre estirada en el gran sofá y mirando la tele. Papá no había llegado, por lo visto.
—Bill, hijo. ¿Te divertiste? —me sonrió.
—Ujum… —Quise irme rápido a mi cuarto.
—Ve a la cama ya y descansa. Ah, y no olvides devolverme las llaves.
Iba a acabar ahí la conversación, cuando recordé aquella misteriosa foto. Saqué las llaves de mi bandolera y se las entregué.
—Por cierto mamá… —cogió las llaves y las dejó sobre la mesa de cristal que tenía en frente.
—Dime, cariño.
¿Quién es este? La encontré en el despacho de papá —saqué la foto y se la mostré desde lejos. Mi madre se quedó blanca, muda, atónita.
—¿Cómo has…? No es nadie, un… un chico que conociste. Dámela —Se puso tan seria que algo me mosqueó. Retiré la mano al momento.
—Pues no me acuerdo de él —miré de nuevo la foto y luego a ella.
—Bill, dame esa foto.
—¿Por qué te has puesto tan nerviosa? Mamá… te tiembla el labio. Aquí está pasando algo.—Ahora fui yo quien se puso serio, firme y con los brazos cruzados.
—Ya te dije que nadie, Bill. El hijo de unos amigos que… sólo viste una vez. Dámela ahora mismo.
—Oh, pues como no es nadie, me la quedaré. Total, no tenía ni una foto de esta edad —le vacilé.
—¡NO! —pegó tal grito que me hizo dar un bote. Entreabrí la boca cuando vi a mi madre de pie, a punto de llorar y casi al borde de un ataque de ansiedad.
—Pero… ¿qué te pasa? ¿Qué me estás ocultando? —No sé por qué lo hice, pero mi reacción fue meter la foto de nuevo en la bandolera como si quisiese protegerla de las garras de mi propia madre. —Maldita sea… no he sabido contenerme —hablaba para sí misma, como si yo no estuviese ahí y se puso la mano en la boca dejando que se le cayeran los lagrimones, colocándose de medio lado sin mirarme.
—Mamá… —murmuré.
—Bill, prométeme que vas a pasar de este tema. Ese chico… ese chico te hizo daño, iba a hacerte daño. Tienes que olvidarte de él, ya pasó todo —se me acercó con ojos de loca, agarrándome fuerte de los hombros. Me estaba asustando.
—¿Qué me estás contando? ¡Si ni sé quién es! ¿Cómo que quería hacerme daño?
—Lo evitamos, tu padre y yo. Nos enteramos de cosas horribles y… No voy a decírtelas, así que no me insistas más. Se acabó el maldito tema y ¡dame la foto ahora mismo! —se abalanzó como un zombie hambriento a mi bandolera, casi arrancándomela. Ambos empezamos a forcejear.
—¡No, para! ¿¡Estás loca o qué!?
¡PAF! Me metió una hostia en la cara como nunca había hecho. Ambos nos quedamos petrificados por el hecho, mirándonos con los ojos de par en par.
—Me has… —yo estaba a punto de llorar y con mi mano en la mejilla que ahora me dolía.
—Bill… Bill… yo… Dios, lo siento mucho hijo. No quería… —alzó su mano queriendo tocar la zona que yo protegía con la mía.
—¡Déjame! ¡No me toques! —le grité y salí corriendo de casa, con los gritos desesperados de mi madre intentando pararme. No pudo.
Por las calles, corría y lloraba de la rabia. No entendía esa reacción de mi madre, ni por qué no quiso contarme más. Y la hostia, eso sobraba. ¿Se había vuelto loca o qué? La medicación le estaba dañando o su caso era grave.
Cuando ya supe que no me seguía, aminoré la marcha y me limpié las lágrimas con la palma de la mano. Seguro se me había corrido el maquillaje, porque me vi los dedos negros.
Tenía que buscar donde pasar la noche. Iría a casa de Gustav, seguro me dejaba estar. Ahora era mi mejor amigo y siempre estaba dispuesto a ayudarme, aunque seguro me daría una reprimenda por venirle con estas, pero me entendería, seguro. Era muy protector conmigo.
En medio de la noche, agarré con fuerza mi bandolera y me dirigí a casa de mi amigo, con mil dudas más en mi cabeza de las que ya tenía.
Continúa…
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