«Sold out» Fic TOLL de Tkapitan

Capítulo 5

Tom

Después de secarme el cuerpo y ponerme algo cómodo para estar por casa, miré el reloj. Bill se estaba retrasando casi quince minutos de la hora que estipuló, lo que me hizo molestarme. Quería sacármelo de encima cuanto antes y esperarle me ponía de los putos nervios. Tener que volverle a ver la cara después de lo ocurrido, qué palo. Me encendí un cigarrillo, me apetecía demasiado.

Pasaron cinco minutos más. Tomé la última calada y tiré la colilla por la ventana.

Me fui a sentar al sofá, pero nada más apoyar el culo en el, el timbre sonó y me levanté refunfuñando.

Caminé arrastrando mis pasos hasta la puerta y apreté el botón del interfono colocado a un lado.

—¿Quién?

—Ahm… ¿Tom?

—Sí.

—Soy… soy Bill…

Ni le respondí. Apreté el botón para que abriera la puerta del portal y colgué. Abrí mi propia puerta y me apoyé de brazos cruzados en el marco de esta, esperando que subiese.

Escuchaba sus pasos subir las escaleras y, en escasos segundos, vi parte de su cuerpo apareciendo. Se paró en seco al verme, como un cervatillo que divisa un depredador y se asegura de que no va a «atacarle». Agachó la cabeza y siguió subiendo los últimos escalones algo más lento, hasta llegar a mí. Le miraba con prepotencia.

—Ho-hola… —sonrió tímidamente. Yo seguía totalmente serio.

Venía muy diferente a como le había conocido la noche anterior, mucho más masculino, pero aún estaba maquillado, aunque algo más natural. Qué cojones, seguía pareciendo una tía. También traía una gorra y el pelo totalmente liso hasta un poco por debajo de los hombros, con esas mechas rubias que le daban su toque personal. Me fijé también en un lunar a un lado de su labio inferior. Vaya, aún y así como venía casi sin arreglar, me gustaba. Me dio rabia pensar así.

—Suéltalo —se lo dije así sin más, sin saludarle y sin romper mi posición.

—¿Eh? ¿El qué?

—Lo que venías a decirme.

—Pero… ¿aquí fuera y así de golpe? —frunció el ceño.

—Ajám. Y rápido, que tengo cosas que hacer. —Era mentira, pero quería quitármelo de encima cuanto antes.

Bill negó con la cabeza.

—No… así no quiero —se dio la vuelta con la cabeza agachada y regresó en sus propios pasos dándome la espalda —. Cuando estés dispuesto a hablar, y no de esta forma, me llamas o me escribes —me miró con pena por encima del hombro y bajó los primeros escalones.

Me silencié esos segundos, pensando y mordiéndome el labio.

—Espera —le retuve con mi voz y él se giró —. Anda, pasa —me di yo la vuelta esta vez, haciéndole un gesto con la cabeza para que entrara y me adentré a dentro dejándole la puerta abierta.

Bill se mordió el labio y, despacio, caminó entrando en mi casa y cerrando la puerta. De camino hacia el salón, volví a sentir esa risilla fantasmal en mi cabeza.

.

Bill

Ahora sí que estaba nervioso, más que en el camino por volverle a ver, porque allí estaba, frente a mí y encima en su casa. Cuando cerré la puerta, sentí un pequeño escalofrío, como si estuviese cerrando mi propia jaula. Quise dejar de pensar eso y, cogiendo aire, caminé por el pasillo buscándole.

El piso no era muy grande, pero tampoco muy pequeño. Para una persona era más que suficiente. Aunque, ¿vivía solo? Eso no lo sabía, la verdad. Olía a cerrado y tabaco, y estaba todo muy desordenado. Ropa por encima de los muebles, la mesilla del comedor llena de todo. Algunos posters de raperos por las paredes y uno medio caído. Tampoco estaba barrido el suelo, ni fregado. Hice una mueca de desagrado sin pensar, por inercia.

Al levantar más mi cabeza, le vi allá tirado en el sofá, con una pierna encogida sobre el asiento y la otra estirada tocando el suelo con el pie. La cabeza la tenía apoyada en el respaldo y estaba, nuevamente, de brazos cruzados y mirándome inquisitoriamente. Tragué saliva y me quedé allí de pie, nervioso y sin saber qué decir. Me intimidaba demasiado.

—Bien, ¿y? —rompió el silencio. Me miraba con una ceja alzada.

—¿Vives solo?

—Sí, tan sólo como que ahora mismo, todo el edificio lo ocupo yo —sonrío maliciosamente y eso no me gustó para nada. Ahora resultaba que si me hacía algo y gritaba, nadie me escucharía. Busqué con rapidez una ventana hasta encontrarla. Mierda, una mesa grande apoyada en la pared me impedía el acceso a ella. Giré la cara y, ¡qué bien! Había otra más pequeña en el otro lado de la pared. Ya sabía a donde tenía que correr para pedir ayuda, si es que antes no me tiraba él por la ventana o yo mismo por la desesperación. Y desde la altura de un segundo piso, o me abría la cabeza o me quedaba parapléjico de por vida. Qué exagerado era, lo sé. Pero un cagón, también.

—¿Qué buscas?

—Na-nada… —negué con la cabeza —. ¿Cómo es que no vive nadie en el bloque?

—Los de arriba eran un par de viejos y están muertos y nadie ha vuelto a alquilar el piso. Abajo vive una tía que suelo follarme, pero está de viaje.

Lo de la tía que se la tiraba me sonó que me lo decía a posta.

—Oh… —no supe qué decir.

—¿Y no vas a decirme nada más? Va, que es para hoy. —Empezó a dar palmadas para que me diese prisa. Me estaba empezando a irritar su comportamiento tan de estúpido, aunque estuviese medio cagado de miedo.

—Vale, pero quiero sentarme. —Me temblaban las piernas y necesitaba sentarme cuanto antes. Caminé hasta el sofá y me senté en la otra punta, lejos de él. Aunque no fue demasiado, pues era de tres plazas y Tom ocupaba ya dos. Dejé la bandolera sobre la mesa y me encogí un poco juntando mis piernas como si tuviese frío.

—Realmente, ni sé por dónde empezar. Ni siquiera te recuerdo como se supone que debería. —Tom me miraba atentamente. —¿En serio no me recuerdas de nada? —le volví a preguntar.

—Ya te dije que no. No te he visto en mi vida.

—¿Tienes hermanos?

—No, soy hijo único.

—¿Y… tus padres?

—Mis padres qué. Están en Estados Unidos ahora, por negocios y esas mierdas. Me enfadé con ellos y hará como un año que no sé nada de ellos, ni me importa.

—¿Estados Unidos? —fruncí el ceño —. ¿De qué trabajan?

—¿Y a ti qué mierda te importa? ¿Has venido a interrogarme o qué? —se enfadó.

—Vale, sólo quería saber, estoy nervioso. —Entrelazaba mis dedos una y otra vez. Vi como soltaba una risilla floja, seguro que por mi incomodidad.

—Y tú qué, ¿eres de aquí?

—¿Uhm?… No, soy de Hamburgo. Vine aquí a München para ver un concierto, y tengo un amigo en esta ciudad y, pues… me quedé con él un mes en su casa. Y bueno… también me escapé de la mía —le miré de reojo —. Se supone que… mañana regreso. —Y era verdad. Después de las miles de llamadas que no cogía de mis padres, en una de ellas les mentí sobre mi ubicación por si me buscaban. Pero después de hablar un buen rato, yo, todo receloso, acepté volver. Más que nada porque empezaba mi curso de diseño y moda y porque no podía estar gorroneando más de mi amigo, aunque me había traído bastante dinero.

—Hamburgo… —le oí murmurar. No pareció importarle lo de mi fuga —. Quizás de ahí nos conocemos.

—¿Cómo? —le miré con suma atención.

—Yo vivía en Hamburgo, pero mis padres me echaron a esta chabola cuando se fueron con los yanquis. Era esto o irme con ellos —alzó un hombro.

—La casa está bien, sólo que muy desordenada —giré mi cara para volver a ver el lugar. La verdad, así como la tenía sí que se podía calificar de chabola, o hasta de pocilga. —Puede que… de eso nos conozcamos, sí. De Hamburgo —le miré de nuevo. Pero yo sabía que tenía que haber algo más, si no, ¿por qué estaba conmigo en una foto? ¿Se hacía el tonto y en verdad sí que me conocía?

—Si nos hemos visto, quizás yo iba como una puta cuba, y tú igual. Hasta peor que ayer, porque a pesar de como iba aún te recuerdo —se relamió los labios y me puse nervioso. Era muy guapo y sexy ahora que le veía mejor, aunque ya me lo había parecido en la discoteca. —Pero tú sí que me recuerdas, por lo que veo. Por eso estás aquí. Oh, no me digas que te follé —sonrió de nuevo falsamente.

Me cortó la respiración con esa salida tan inesperada. No quería hablarle de la foto que encontré, ya no. Y aún recordaba como mamá aquella noche, me gritaba que no me acercara a él, que me iba a hacer daño. Ahora que sabía más o menos datos, creo que no era necesario meter más el hocico. Ya está, alguien de hace dos años, algún conocido que no recordaba y que era peligroso, según mi escasa información.

—¡Claro que no! —le alcé la voz —. Sólo que… que… me sonabas y… y… —Parecía idiota tartamudeando.

—Pero quisiste venir aquí porque me aseguraste que nos conocíamos, al menos tú a mí. —Se levantó un poco del sofá y se me acercó mucho, mirándome con ojos penetrantes. —Yo creo que me has mentido, pequeño pervertido. Creo que te quedaste con las ganas. Sí, eso pasó.

Me miraba la boca y los ojos intermitentemente, y mi corazón se disparó bombardeando sangre a lo loco.

—¡Para nada! Lo que hiciste fue asqueroso. Yo sólo quería… —me cortó la frase.

—Oh, claro. Tom, dame el número. Tom, sólo quiero tu número, dámelo, por favor. Tom, quiero venir a verte, vamos a quedar ahora mismo—imitaba una voz burlona y tonta. Me imitaba a mí, mofándose.

—¡Vale, me voy! Me cansé. —Iba a levantarme cuando alzó rápidamente su mano. Creí que iba a golpearme y cerré los ojos instintivamente, pero sólo me sacó la gorra y se la puso él.

—A mí me queda mejor —me sonreía con la gorra puesta. La verdad, sí que a él le quedaba mejor, era obvio. A mí ni me gustaban, de hecho.

—Pues quédatela, te la regalo —refunfuñé.

—No suelo llevarlas, me molestan. Prefiero las bandanas, esas sí que nunca me las quito, o casi nunca.

—Da igual, no la quiero. —Lo que quería era salir de allí cuanto antes. Estaba empezando a cambiar su forma borde de echarme y pasar de mí, a tomarme unas confianzas peligrosas, así como pasó la noche anterior. Hice el gesto de levantarme del sofá, pero me paró poniéndome la mano en el pecho.

—¿Y dices que te vas mañana? —Su mano seguía apoyada en mi pecho, haciendo una ligera presión.

—Sí.

—El corazón te va a cien por hora —se rió por lo bajo. Normal que lo notara con la mano puesta ahí y la taquicardia que me estaba entrando.

Ladeó su cabeza mirándome muy lascivamente. Yo aguantaba la respiración.

Entonces, se acercó a mí demasiado, tanto que su nariz rozó mi cuello. La pasaba en caricias de arriba a abajo y podía sentir su respiración templada. Me erizó toda la piel de la zona y entrecerré los ojos.

Algo pasó de calor a frío en un segundo, y supe que era su lengua. La recorría en suaves lametones por toda la piel del lado de mi cuello y hasta llegó a darme un par de mordiscos no muy fuertes. Me estremecí.

—Mhm… —se me escapó un gemido y mis músculos se destensaron, casi desplomándome en el sofá.

La mano que tenía en mi pecho, la deslizó hasta la cremallera de la chaqueta deportiva y me la bajó hasta abrirla entera. Luego, la metió por debajo de mi camiseta y me quejé un poco. Estaba fría, pero no me desagradó.

La subía más arriba, acariciándome todo el pecho y rodeándome uno de los pezones con un par de dedos. Ladeé la cabeza a un lado para dejarle más espacio. ¿Qué estaba haciendo? Tenía que haberme levantado e impedirle que me tocara, pero no lo hice. Me gustaba demasiado lo que me hacía. Siguió dando cortos besos hasta que llegó a mi nuez, mordiéndola con algo más de presión. Tiré mi cabeza hacia atrás y cerré mis piernas con fuerza. Joder… se me estaba animando la entrepierna sin poder evitarlo. Otra vez.

—Mhm… Tom… no… —le ronroneé gimoteando, y parece que eso le gustó, porque se me abalanzó como un animal a la boca metiéndome la lengua de una vez. Abrí los ojos y los cerré al instante, luchando mi lengua contra la suya. Le agarré de la camiseta por el pecho e incliné la cabeza para encajar mejor en su boca, que sabía a reciente tabaco. Él sacaba la lengua y la metía, como si me hiciese una felación bucal y chocando su punta en mi piercing. También alternaba lametones verticales en mis labios, humedeciéndolos. Cada vez que pasaba su lengua, se relamía los labios, como si saboreara mi propia saliva, ahora mezclada con la suya. Dios… cómo me ponía esa forma tan lasciva de besarme que tenía.

Sacó la mano de mi pecho, y con ambas, me agarró de la chaqueta y me la bajó hasta los codos. Luego con su cuerpo, me empujó fuerte hasta hacerme caer boca arriba en el sofá, y se puso a horcajadas sobre mí. En ese momento, todos mis miedos habían desaparecido; ahora los había cambiado para estar cachondo perdido. Qué poco aguante tenía.

Tom me miraba desde lo alto, con dominio y sonrisa cínica. Se estaba metiendo la mano en su pantalón, tocándose por dentro, y sentí una punzada en el estómago. Mis ojos miraron mi propia entrepierna ahora abultada bajo los pantalones. Me ruboricé.

—Después de lo de anoche, te atreves a venir solo a mi casa y encima te vuelves a dejar hacer. Vaya temerario, o imbécil, o, ¿demasiado pervertido y ofrecido? —levanté la mirada al escuchar aquello. Se estaba riendo de mí de nuevo. Me sentí tan estúpido y abochornado… Achiné los ojos y le empujé para que se apartara de mí, pero no cedió.

—Eres un imbécil, Tom. Levántate, ¡quiero irme! —Quise levantarme, pero no me dejaba. Había sujetado mi mano por la muñeca y me la apretaba con fuerza, inmovilizándome el brazo. Lo estaba haciendo otra vez.

—No te vas. No tan rápido.

—¡No puedes retenerme!

—¿Y qué estoy haciendo? —sonrió.

Me retenía, claro que sí. Y a la fuerza. Ahora ya no había un amigo que me ayudara, ni siquiera vecinos.

Miré la ventana de antes, maquinando cómo llegar a ella si la cosa empeoraba. «Qué estúpido eres, Bill. Mamá ya te avisó de que iba a hacerte daño. Seguro que fue algo parecido a esto», me lo dije mentalmente.

—Si-si me haces algo, ¡te denuncio! —observé su reacción. Quizás así le metía miedo y me dejaba en paz.

—Ah, ¿sólo eso? ¿Y si después de follarte te ahogo y te corto a cachitos? O quizás lo hago a la inversa y te follo en cadáver, que así vivo, te mueves y te quejas demasiado. Nadie sabe que estás aquí, ¿verdad? —su sonrisa ya era de pura maldad. ¿Cómo podía cambiar tanto de personalidad? Primero es un borde de mierda que me quiere echar, y ahora una especie de psicópata sexual que me retenía y amenazaba con lo peor. Hasta creí ver de nuevo, como sus pupilas se tornaban más pequeñas, dándole un aura como de poseído. No habrá dicho en serio lo de matarme, ¿verdad? Vamos, no puede estar tan… loco.

Dudé y me entró un calor de pánico que me puso como un tomate. Se me veía el miedo en la cara.

—¡Ja, ja, ja! Venga, hombre. No habrás pensado que soy un necrófilo. Qué puto asco —negó con la cabeza varias veces.

Bueno, no es que me calmara al completo saberlo, pero un miedo menos.

—¿Vas a… hacerme daño? —se lo dije tiritando, con miedo. Casi en un susurro y a punto de llorar. La sonrisa se borró de su cara poco a poco, mirándome atentamente.

Chascó la lengua y miró a un lado, aflojando el agarre de mi muñeca. Se levantó de sobre mí y se sentó de nuevo, con una mano apoyada en el posa-brazos. Ya no me miraba. Me levanté lentamente hasta quedarme yo también sentado, sin quererle mirar. Era el momento de huir.

—Me-me voy… —me levanté para coger mi bandolera aprovechando que me había soltado, pero noté que me agarraban del brazo. Miré hacia atrás y vi a Tom echado para adelante, con su mano agarrándome. Me miraba serio.

—Qué —le dije achinando los ojos.

—Ven.

—No, quiero irme. Estás loco y eres peligroso —Sin hacerme caso, estiró suavemente de mí y me maniobró hasta dejarme sentado en sus rodillas, a horcajadas. Su mano se posó en mi mejilla con suavidad, acariciándola. Me miraba directamente a los ojos y parecía extrañamente calmado.

—Eres precioso… —me susurró.

Apreté mis labios. No supe qué decir. Su actitud era tan cambiante, tan impredecible.

Y me besó nuevamente. Un beso suave, pinzando mis labios y metiendo suavemente la lengua, con delicadeza, no como antes.

Su pulgar me acariciaba la mejilla que seguro la notaba caliente, ya que estaba ardiendo por el temor de hace unos minutos. Posó una mano sobre mi cadera y la dirigió hasta el elástico de mi pantalón deportivo, colándola dentro y apretándome una nalga por encima del bóxer. Ese pantalón le facilitaba mucho las cosas, no como los tejanos.

Volví a gemir dentro de su boca, mientras nos besábamos ahora de forma más calmada. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué caía una y otra vez a pesar de lo que me hacía?

Se apartó de mí con un chasquido húmedo y, mirándome fijamente, metió la mano debajo de mi bóxer, apretando ahora la carne. Yo le miraba tímido, pero no dije nada. Entonces, lo hizo. Sentí como metía un dedo en medio, justo en mi entrada, y me quedé tieso como un palo.

—Lo quiero… dámelo… —entreabrió la boca mirándome con deseo.

Eso sí que me pilló por sorpresa, más aún que sus salidas bipolares.

—Pero…

—Va… —metió más el dedo y me deshice. Jadeé inclinándome un poco hacia delante. Me estaba comportando como un maldito ofrecido, como me había acusado.

—Tom… yo… para… ooh… —Su dedo se movía de dentro a fuera penetrándome lentamente. Me miraba excitado, lujurioso, y un calambre enorme de placer me recorrió la espalda.

—Quiero, y tú también. —Eso me dijo y ni se lo negué. No podía hacer nada más que gemir repetidamente en sus movimientos en mi culo, y eso que sólo era un maldito dedo. ¿Quería? Aunque me lo intentara negar, estaba cachondo perdido una vez más. Qué estúpido que era. Seguro que se estaba volviendo a cachondear de mí, y yo, gilipollas, otra vez cayendo, como un pez en un anzuelo.

Me bajó el pantalón hasta dejar mi culo al aire con la mano que tenía libre. La otra no dejaba de darme placer.

—Si algo tan pequeño te hace gemir así, ¿qué hará algo más grande y gordo? —sacó el dedo y se echó para atrás para sacar su miembro del pantalón. Bajé la mirada y me lo encontré, empalmado, duro, preparado para…

Se la meneó unas cuantas veces gimiéndome a la cara. Cómo me puso ver eso. Seguro yo tenía una cara de pervertido total que él veía. Qué vergüenza…

Tras unos cuántos movimientos más en su pene, me agarró del hombro y del culo, levantándome para colocar su polla al otro lado, justo detrás de mí. Ahora la tenía apoyada entre mis nalgas. Se la agarró con firmeza y acarició mi entrada con su glande. Le miré con ganas y me sonrió.

Fui notando una leve presión en mi agujero, cada vez más fuerte. Hice una mueca, pero no me disgustaba.

—Ya estarás acostumbrado a esto, ¿no? —afirmó —Vamos, que te van las pollas.

—No… yo nunca he…hecho algo así —le vi la cara de total perplejidad —. Y sí, me gustan los chicos —lo afirmé sin problemas. Ya salí del armario hace tiempo, aunque no me había acostado con ninguno.

—¿Cómo que no? ¿Ni con ese «amigo» con el que ahora estás? Y yo pensaba que ya lo tendrías como el culo de una botella —sonrió amplio, como que estaba más que satisfecho de ser el primero.

—Pues no. Soy virgen… —lo dije tan flojo que apenas sonó audible —. ¡Y es sólo un amigo! No tengo nada con él —sonrió de nuevo.

—Yo también lo soy, pero en culos de hombre. —No me sorprendió saberlo después de lo que me escupió aquella noche. Es más, parecía homófobo perdido, a pesar de que intentó hacérmelo, y ahora también. —Parece que va a ser nuestra primera vez para los dos.

Y dicho esto, me la clavó con brusquedad, haciéndome pegar un gran grito de dolor que rebotó en las cuatro paredes.

Continúa…

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