«Sold out» Fic TOLL de Tkapitan

Capítulo 8

Bill

Me quedé dudando en si seguirle o no, pero o estaba loco, o le estaba dando todo el significado al dicho «piensas con la polla«, así que eso hice, seguirle.

Tom abrió la puerta del bloque y me espero aguantándola en el oscuro umbral, mirándome a través de la capucha que tenía puesta. Le daba un aire misterioso, a la vez que macarrilla. Me gustaba mucho, y al mismo tiempo me infundía algo de temor. ¿En serio iba a meterme de nuevo en un lugar donde sólo él lo ocupaba, donde ni siquiera había vecinos? Era como entrar en la madriguera de un carnívoro, y yo, era el débil herbívoro. No, débil no, gilipollas.

Antes de entrar, miré una vez más a mi alrededor, mi salida, mi escapada a la libertad. Como si fuese la última vez que la vería. Pero escogí. Entré y, tras de mí, la puerta se cerró. O era mi miedo, o vi a Tom dándome la espalda con una sonrisilla malvada y cínica, haciéndome tragar saliva inconscientemente. Seguí sus pasos hasta la escalera. Mientras subíamos al primer piso, se quitó hacia atrás la capucha, dejándome ver de nuevo sus rastas atadas en una coleta alta con una gran goma negra. Eran tan bonitas…, bicolor, unas castañas y otras rubias. Nunca me llamó la atención ese tipo de pelo, pero las suyas eran preciosas y no es que estuviesen mal cuidadas respecto a su forma de ser, un tanto dejado. Tras pasar por la primera puerta para coger las escaleras del segundo piso, recordé cuando dijo que en esa planta vivía una chica que él solía tirarse. ¿Sería verdad? Me quedé mirando de reojo la puerta, como si fuese a darme las respuestas. No dudaba de que Tom era un ligón, se le notaba a leguas, pero podría estar engañándome; igual como que a lo mejor también era mentira lo de que todo el bloque se encontraba vacío. Vaya, ahora que lo pensaba bien, podría haber sido una treta suya para acojonarme.

Llegamos de nuevo a su piso y nuevamente ese escalofrío al cerrarse la puerta tras de mí. Tom seguía sin hablarme cuando caminó hasta el salón y se quedó sentado en el sofá, medio recostado y con una pierna apoyada en la rodilla. Yo me paré un segundo sin saber qué hacer o decir.

—Puedes quedarte a dormir aquí, si te apetece —rompió el silencio.

—Ahm… no sé si es buena idea. Y tendría que avisar a Georg para que no hiciese la cena, si eso…

—¿A quién? —alzó una ceja.

—Oh, mi amigo, el que me aloja en su casa ahora… Mañana ha de llevarme en coche hasta el aeropuerto.

—¿A qué hora coges el vuelo?

—A las nueve de la mañana —Tom se quedó pensativo, mirándome de arriba abajo como si me analizara.

—Te llevaría yo, pero ni conduzco ni tengo coche —alzó un hombro.

—Oh, no hace falta. Por eso mismo… me iré luego… Sí, me iré a dormir a su casa.

Tom se cogió una rasta volviendo a sumirse en un pensamiento. Sacó la punta de la lengua y se acarició el labio inferior con ella. Al ver que no decía nada, suspiré.

—Tom, ¿podría usar tu baño? —me estaba meando y era una buena excusa para escapar de ese silencio tan incómodo que invadía el ambiente.

—Al fondo del pasillo a la derecha, después de la cocina.

Asentí lentamente, dejé mi bandolera colgando de una de las sillas que había y me di la vuelta para ir al lavabo. Crucé el pasillo, pasando por la cocina y hasta la puerta abierta siguiente a esta. Al fondo se veían dos puertas más, supongo que las otras dos habitaciones. Encendí la luz y entré, cerrando la puerta que no tenía pestillo. El baño era sumamente pequeño, ni siquiera tenía bidet. Tampoco había bañera, sólo un plato de ducha con una mampara, ¿rota? No tenía puerta. Me puse frente al váter, levanté la tapa y me bajé un poco los pantalones, lo suficiente para acaecer mi cometido de vejiga. Mientras me iba vaciando, volví a mirar la ducha. Fruncí el ceño al ver que lo que tendría que ser una manguera con mango, era sólo manguera. ¿En serio se duchaba así? Acabé, tirando de la cadena, y cuando me la sacudí un par de veces, pegué un brinco al escuchar la voz de Tom a mis espaldas.

—Eh, Bill.

—¡Tom, joder! ¡Privacidad! —Me la guardé con rapidez y me subí los pantalones.

—No tienes nada que yo no tenga y que no te haya visto ya —rodó los ojos negando —. Sólo venía a decirte si querías pegarte una ducha, para encenderte el agua caliente.

¿Y no podía esperar a decírmelo cuando saliese? En verdad, estaba deseando ducharme. Aún me sentía húmedo y sucio, pero vistas las condiciones de su ducha, prefería esperarme a llegar a casa de Georg. Además, con el poco sentido de la privacidad que Tom tenía, seguro que me incomodaría, ya que ni pestillo había para sentirme seguro.

—No, gracias. Ya me ducharé cuando llegue a casa de… —no me dejó acabar la frase. Me cortó de forma tajante.

—Como te dé la gana. —Y se marchó.

Suspiré. Quizás le había sentado mal que rechazara el buen gesto que tuvo conmigo. Ahora me sentí un poco mal. Tampoco era mala idea limpiarme, así estaría más cómodo, la verdad. De vez en cuando sentía como aún iba saliendo parte de la viscosidad que retenía dentro. Me ruboricé al pensar cómo me había llenado.

—Tom… —saqué la cabeza por la puerta, agarrando el marco. No le veía en el pasillo.

—Qué —sacó él también la cabeza desde la cocina.

—Vale. Me-me ducharé…

—Mira que llegas a ser indeciso. Espera, que te enciendo el termo y te aviso. —Y desapareció de nuevo. Escuché un «click» y la voz de Tom algo lejana. —Ya está.

—Vale, gracias. Pues voy a bañarme. ¡Y no vengas! —alcé la voz para que me escuchara bien, pero no me respondió. Obvio que me había oído. Dudando todavía, cerré la puerta y me apoyé en ella con la espalda, mirando aquella ducha sin puerta, sin mando de agua. Suspiré y comencé a quitarme la ropa. Sólo iba a lavarme el cuerpo, el pelo no, ya lo había hecho antes de venir. Vi un coletero y me hice un pequeño moño con el.

A medida que me quitaba las prendas, las iba dejando plegadas sobre el mármol del lavamanos. Cuando me quité el bóxer, los encontré manchados, obviamente. «Manchados del semen de Tom », pensé. Vaya, ahora caí en la cuenta de que no tenía muda. Pues… iría sin ropa interior, qué remedio. Bufé dejando el bóxer a un lado de las otras prendas. Antes de meterme, me fijé que en una esquina había una pequeña estufa de dos barras. Genial, porque me estaba congelando. La encendí, esperando a que las barras se iluminasen, y una vez prendidas, me metí en el plato de ducha. Ya dentro, me di cuenta de que lo que había sido la puerta corredera de la mampara, estaba apoyada y suelta en un lado. Menudo desastre era Tom, o no tenía dinero para los arreglos, quizás. Me agaché para coger la manguera incompleta y abrí el grifo del agua caliente, esperando que saliese. No tardé en notar como se templaba, y me la eché encima notando un agradable calorcito, tanto por el agua como del calor de la estufa que iba invadiendo el pequeño espacio. No dejaba de mirar la puerta, esperando que entrase de repente sin permiso.

Busqué el jabón, encontrándolo en una pequeña estantería de baño colocada entre las dos paredes. Destapé el bote y lo olí. Olía bien, a almendra y dulce, y ahora que me daba cuenta, así olía la piel de Tom cuando nos besamos.

Me enjaboné con mis manos, sin usar la esponja. No hacía falta, pues como con el pelo, ya me había duchado intensamente en la tarde. Me di la vuelta de cara a la pared, sumido en mi limpieza, acariciando mi cuerpo por el pecho y estómago, también muslos. De repente, sentí una presión entre medio de mis nalgas y pegué un grito del susto. Cuando me giré, casi resbalando, me encontré a Tom frente a mis narices. Con el sonido del agua no le escuché entrar.

—¡Tom, joder! ¿¡Qué mierda haces aquí!? ¡Te dije que no entraras sin permiso! —Me puse de medio lado en una esquina, tapándome con ambas manos todo lo que podía, que era poco o nada. Tom ser reía.

—¿Aún no te has limpiado ahí? Seguro que es lo último que lavarás, para retenerlo lo máximo posible dentro de ti—se rozaba el dedo medio con el pulgar en círculos, dejando un pequeño hilo viscoso al separar las yemas entre sí.

—Eres un cerdo, ¡sal de aquí ahora mismo, idiota! —me enfadé y con razón.

—Cuida esa boca, o yo mismo te haré beber del bote de jabón para limpiártela. Sólo entré para dejarte uno de mis bóxer. Pensé que no usarías de nuevo los tuyos, ¿no? —levantó la otra mano mostrándome los que me había traído.

—Vale, pues gracias. Pero podrías haber picado a la puerta y decírmelo, y no entrar así de esta forma.

—Es mi baño.

—¡Es mi intimidad!

—Ya te la robé antes y estabas encantando, pervertido—sonrío con sarcasmo.

Lo mataba. Me estaba sacando de mis casillas, y eso que le tenía cierto respeto por su forma tan impredecible de ser. Apreté los dientes y agarré la esponja, tirándosela a la cara sin pensármelo, por impulso del cabreo. Cerró los ojos por el impacto, pero sin ocasionarle el menor daño. Era una esponja, claro. Si llega a ser un bote de gel, le reviento las napias. Eso es, el bote. Lo cogí y lo levanté amenazantemente.

—O te largas de aquí o te lo tiro.

Me miró en silencio, observando mi mano con el «arma» y luego a mí de nuevo.

—Vaya desagradecido, encima que me preocupo de que te laves y te traigo hasta ropa. Pues ahora te vas a joder. —Con movimientos rápidos, vi como agarraba la toalla y… ¡mi ropa! Hasta las bambas.

—¡Eh! ¡Qué haces con mi ropa! —le grité nervioso. Tom salía por la puerta, comenzando a cerrarla.

—A ver como sales ahora en pelotas para recuperarla —se carcajeó.

—¡Capullo! ¡Devuélvemela ahora mismo! —Y le lancé el bote, ahora sí que con fuerza, pero tarde. Rebotó en la puerta ya cerrada y en el suelo, se abrió derramándose un poco de gel.

—¡TOOOOOOOOOM! —le llamé a todo pulmón. Tenía ganas de llorar por la impotencia. Sabía que no tenía que haber aceptado ducharme, pero mira, subnormal se nace y se hace.

Ahora me estaba asando de calor por los nervios. Le llamé muchas veces más, pero nada, no vino. Me acabé de duchar con rapidez, pensando en qué iba a hacer ahora. Me apoyé en las mojadas baldosas de la pared, aún dentro de la ducha, y agaché la cabeza cogiéndome del brazo sin saber qué hacer. Después de unos minutos, salí y me senté aún mojado, en la tapa de la taza del váter. Me encogí, abrazando mis piernas y escondiendo mi cara sobre mi regazo. Quise aguantarme las lágrimas, pero se me caían solas mezclándose con la humedad de mi piel. Tenía un dolor en el pecho muy molesto por sentirme tan mal, por la situación y porque quería irme a mi casa. Quería vestirme y no había otra forma de recuperarla que saliendo fuera, porque Tom no venía. Levanté la cabeza con las lágrimas cayendo, y miré hacia la puerta. No, no había otra manera; tenía que ir yo mismo a buscarla. Me levanté y apagué la estufa, abriendo lentamente la puerta para salir fuera. Un aire frío entró de repente, chocando en mi cuerpo húmedo y poniéndome la piel de gallina. Saqué la cabeza mirando fuera. No le veía. Saqué entonces todo el cuerpo, congelándome por minutos. Y, descalzo como iba, caminé despacio y encogido por el pasillo, directo al salón donde creía que podía estar. Iba despacio, abochornado y lloriqueando.

Cuando medio entré en el salón, todo desnudo, me encontré a Tom tumbado en el sofá, con mi ropa sobre su vientre. Me miró, y yo agaché la cabeza. No quería mirarle a la cara.

—Ya tardabas, ¿eh? Pensé que estarías haciéndote una paja. ¿Te la hiciste? —No le respondí, en vez de eso, empecé a hipar y a llorar flojo, apoyado en la pared, abrazándome encogido y con un frío que me traspasaba los huesos.

Tom se calló, ya no le oí hablar más, ni burlarse. Pero seguro que estaba disfrutando con esa escena, era lo que quería, después de todo. Volverme a humillar.

Tenía los ojos cerrados, con la cabeza tan agachada que casi me tocaba la barbilla en el pecho. Y absorbía los mocos, dejando que las lágrimas me cayeran sin parón. Tiritaba del frío y me sentía para la mierda, abochornado completamente, insultado y débil. No tenía fuerzas para nada, sólo para llorar. De repente, noté un peso sobre mí, algo que me rodeaba dándome calor. Era Tom, me abrazó tapándome con la toalla seca y su propio cuerpo. Levanté la cabeza poco a poco, hasta encontrarme con su cara. Estaba serio y ¿afligido? Su cara tenía esa expresión.

—Bill, yo… lo siento… —le oí decir.

Mis ojos se inundaron más de lágrimas, haciéndome borrosa la visión. Esbocé un enorme puchero y agarré a Tom con las dos manos por su camiseta desde el pecho, hundiendo mi cara ahí y ahora sí, llorando alto y sin freno.

—¡Te odio! ¡Te odio, Tom! ¡Eres horrible! ¿Por qué me tratas así? Yo… ¡yo no te hecho nada…! —me ahogaba en mis llantos y no dejaba de moquear.

Me apretó muy fuerte entre sus brazos de forma protectora, y apoyó su cara en mi cabeza. Todo estaba en completo silencio y sólo se me oía a mí, llorando una y otra vez hasta que me ahogaba. Al menos estaba entrando un poquito en calor con su agarre.

—Me quiero… ir a mi casa… —susurré en su pecho, hipando de nuevo y consumido en un llanto agudo.

Se apartó un poco de mí, me levantó el mentón suavemente con una mano y le miré un segundo para bajar de nuevo los ojos. No quería que me viese así, en ese estado.

Entonces lo hizo. Delicadamente posó sus labios sobre los míos, de forma casta. Yo no hice nada, los dejé entreabiertos e hice lo mismo con mis ojos. Él los tenía cerrados y me acariciaba de forma tierna la mejilla húmeda con el pulgar. Me daba cortos besos una y otra vez, y yo, sólo me dejaba hacer. Me tapó mejor con la toalla y yo me tapé también tanto como pude, acurrucado en su cuerpo. Se retiró un poco de mí y me empujó suave del brazo, llevándome de nuevo al baño. Una vez dentro, cerró la puerta con ambos dentro y puso la estufa. Yo me senté otra vez sobre la taza del váter, limpiándome las lágrimas y los mocos con la mano.

Tom se acuclilló frente a mí, cogió una punta de la toalla y me fue secando la cara. Yo respiraba por la boca, ya que tenía la nariz entaponada. Tampoco le miraba, no quería. Me sentía tan, tan mal. Peor aún que aquella vez en la calle cuando intentó hacerme aquello.

—Espérame un momento… —se levantó, dejándome una caricia en la cara y salió del baño dejando la puerta algo entreabierta. Mi ropa aún seguía en el salón, así que no tuve otra que esperarme a que volviese.

Tardó poco en regresar, y traía ropa suya en sus manos. La dejó sobre el lavamanos y se agachó de nuevo colocándose frente a mí, cogiendo el bóxer limpio de antes y dándomelo.

—Toma, póntelos —Cuando me los entregó y los cogí, le miré receloso, con los ojos húmedos y rojos y seguro que con el maquillaje corrido. Tendría una pinta del asco. Metí los pies en cada agujero de la prenda y levanté un poco el culo para acabarlos de subir por debajo de la toalla. Tom, cogió una sudadera muy grande de color turquesa.

—Ponte esta, te calentará.

—Quiero mi ropa… Quiero irme a casa, Tom… —susurré girándole la cara. Le oí suspirar.

—Ya te pedí perdón, Bill. —Su voz se notaba sincera, y me sorprendió, pero no era suficiente con la humillación que me hizo pasar.

—No tuviste porqué hacer eso… —sentí ganas de llorar otra vez —. Me sentí tan mal… tan idiota y patético… —sorbí de nuevo humedad que me quedaba en la nariz.

Me giró la cara cogiéndome con ambas manos, obligándome a mirarle. Lo hice, pero no podía sostenérsela.

—No llores… No me gusta cuando la gente llora porque… no sé qué hacer ni cómo actuar.

—No puedo evitarlo… me duele…

Me dio un lento beso en la comisura de los labios.

—Nadie me había provocado algo así antes —me pasó sus dedos dibujando la silueta de mis labios, hablándome flojo y despacio.

—El qué…

—Eso en el pecho, como si se me encogiera. Como una presión muy desagradable. Y tú ya lo has conseguido un par de veces en pocas horas.

Apreté los labios resentido. Pero me gustó oírle decir eso. Al menos tenía remordimientos sobre lo que había hecho.

—Por qué me haces estas cosas tan feas… —le miré con toda la pena de mi alma, pasándome el dorso de la mano por debajo de la nariz.

—Porque soy un completo capullo.

—O porque te han hecho mucho daño y ya no distingues con quién serlo o no…

Entreabrió la boca, pero no salió sonido alguno. En ese momento supe que había pinchado en algún lugar escondido de Tom. Desvió la mirada de mí, se levantó y abrió la puerta.

—Voy a por tu ropa.

Le vi marchar de nuevo. Me quedé pensativo, dándole mil vueltas al último acontecimiento. Dirigí la mirada a la sudadera que me había traído, estiré el brazo lentamente, acariciando una manga, y la agarré atrayéndola hacia mí y poniéndomela. Me venía enorme, casi de vestido.

Cuando Tom regresó, se quedó totalmente tieso al verme con ella puesta. Traía mis prendas en las manos. Yo apreté los labios, agarrándome los bajos de la gruesa tela que me llegaban por encima de las rodillas. Él sonrió.

—Creo que no es tu talla.

—Ni la tuya tampoco —me alzó una ceja.

—Te la puedes quedar, si quieres. Te ves muy mono con ella, muy infantil. Me gusta.

—Puedo… ¿puedo quedarme aún aquí? —titubeé.

—¿En serio quieres? —frunció el ceño, desconcertado.

Asentí con la cabeza un par de veces.

—Quiero conocerte mejor, aunque me da miedo…

—Alicia también estuvo curiosa de saber qué coño tramaba el conejo, y temerosa, se tiró al agujero. Ya sabes qué le ocurrió.

—Sí, pero descubrió cosas maravillosas.

—Cómo qué, ¿desconfianza?, ¿bonitas flores podridas por la envidia y lo superficial?, ¿falsas amistades que en el momento menos pensado, te pegan la puñalada?, ¿codicia, miedo, irrealidad, desconfianza, mentiras, dolor? Aunque está bien aprender de todo eso, ¿no crees? Y cuanto más rápido, mejor. —No supe qué decir, ni siquiera lo había pensado de esa forma. —Jum… —soltó una especie de risa rápida — . Realmente esa no es la certera visión del escrito de Carrol, si no la mía propia. En realidad, es un paseo por el inconsciente, donde cae cuando se tira por el agujero; por los hábitos que te consumen, el desconcierto del «yo» y varios trastornos psicológicos producidos a veces, por ciertas drogas de la época. Ya sabes, la mente inquieta de una niña que tiene dudas sobre sí misma y el mundo en sí, que descubre poco a poco, sensaciones que aún no tiene bien dominadas o intenta buscar respuestas a hábitos e ideas que no entiende. Normalmente, los escritores plasman más cosas de sí mismos en sus novelas de lo que te crees. Reflejan muchas cosas de su personalidad e ideas, como una forma de desahogo personal.

Miraba a Tom con la boca abierta. ¿Qué me estaba contando? Vale que yo era hijo de un psicólogo, pero en la vida nadie me había sacado un sermón como ese de un simple comentario, vamos, ni mi padre.

—No tenía idea. Siempre pensé que era un sueño que Alicia tuvo y que todo era pues eso, fantasía infantil —le expliqué.

—No me extraña. Pocos son los que se inquietan en salir fuera de lo cotidiano. Se quedan en el fondo, sin saber que fuera hay todo un mundo u otras ideas muy distintas a la realidad que no se muestran directamente, hay que buscarlas. Aunque así funciona la sociedad, atada a las ideas que les imponen sin ni siquiera molestarse en buscar las suyas propias. Así se mantiene bien unido al rebaño y viven «contentos» en su mundo de sombras –entrecomilló con los dedos cuando dijo «contentos». —Y el que piensa diferente, es el raro, el loco, el anormal, antisocial, porque no sigue lo común, lo que creen que es normal.

El mito de la caverna de Platón… —le dije. Él me sonrió chascando los dedos.

—Exacto.

—Pues yo quiero salir de la caverna y conocerte. No me conformo sólo con ver las sombras que la hoguera me proyecta en la pared. Voy a romper mi cadena y voy a salir fuera, a conocer la verdad sobre ti. Quiero ser… temerario como Alicia —le devolví la sonrisa, pero más tímida y temblorosa.

—Está bien, es tu decisión.

—Tom… Tú me pareces más Alicia que yo, en tu propia versión. Por lo que dijiste, es como si hubieses descubierto todo eso en las personas, haciéndote ser tan desconfiado y con ese carácter tan… duro…

Alzó un poco el mentón, y noté nuevamente como si hubiese dado de nuevo en el clavo.

—Vístete y cenemos algo. Pediré unas pizzas, ¿te apetece?

—Ujum… tengo hambre, la verdad.

—Y yo, te espero en el salón.

Se fue, y empecé a ponerme unos pantalones de chándal que también me trajo. Después de esa charla, ahora sí que tenía más ganas de saber quién era Tom. Me daba igual ser Alicia, o ser cualquier referente similar. Ahora su mente me había atrapado e iba a descubrir qué encerraba en ella.

Continúa…

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