
Fic M-preg de lyra. Temporada II
Capítulo 4: Sentimientos contradictorios
Se estiró en la cama mientras se frotaba los ojos con una mano y bostezaba sonriendo. Era la mejor coche que había pasado en mucho tiempo y se sentía muy descansado…y satisfecho.
Con la mano libre buscó por la cama a Tom, ahogando un gemido al no encontrarle. Se le olvidó que nunca se despertaba a su lado.
Se giró de costado y vio ese sitio de la cama que Tom solo ocupó una parte de la noche, hasta que cayó dormido en sus brazos, rendido y satisfecho. Arrugó la frente al pensar que en cuanto regresaran a la casa de su madre no volverían a poder disfrutar de un momento así de intimidad, siempre estando en alerta por si los llegaran a pillar, sabiendo que en el apartamento sus amigos no estaban al acecho.
Que para ellos era normal ver a Tom salir de su habitación a altas horas de la madrugada, sabiendo lo unidos que están y que si necesitaban hablar de sus cosas en mitad de la noche acudían a la habitación de su igual sin importar que hora fuera.
Con esa idea en mente y tras mirar en el móvil que ya eran las 7 de la mañana, se destapó y levantó de la cama. Cogió del suelo los bóxer que tiró allí Tom cuando se los quitó la noche anterior y se los puso sonriendo. Antes de salir decidió coger una camiseta por si se encontraba con uno de sus amigos por el pasillo.
Su sonrisa se ensanchó cuando abriendo el cajón de su cómoda vio una camiseta de Tom guardada en ella, la que había usado para dormir cuando aún estaba embarazado. Caminó hacia el espejo mientras se la iba poniendo, comprobando que ya no la llenaba como antes, que le quedaba holgada. Suspiró acariciándose el vientre, echando de menos llevar a su hija dentro, estar siempre con ella.
La sonrisa se borró de sus labios. Se giró y miró la cama. Ya no le apetecía ir a la de Tom, ya se le había pasado. Pero si necesitaba hablar con alguien en esos momentos, y no le servía ninguno de sus compañeros.
Suspiró resignado y salió de la habitación para colarse en silencio en la de Tom. Se acercó a su cama sin hacer ruido al pisar con los pies descalzos, pero no llegó a meterse en ella. Se sentó a sus pies, abrazándose as rodillas mientras observa dormir a Tom, escuchando su suave respirar. Se le quedó mirando fijamente, pensando si las cosas volverían a ser como antes. No se sentía con fuerzas para retomar la relación donde la dejaron.
Sus energías estaban consumidas por cuidar de la hija de ambos las 24 horas del día, a pesar de la ayuda de su madre. Tenía miedo de dejársela cuando estuviera de gira con el grupo, y que cuando regresase no se acordase de él, pero tampoco se sentía fuerte para cuidar él solo de ella.
No sabía cuánto tiempo llevaba sumido en sus pensamientos cuando vio que Tom se daba la vuelta en la cama y tropezaba con su cuerpo. Vio que parpadeaba arrugando la frente y lentamente abría los ojos.
— ¿Bill?—llamó Tom en voz baja.
Quería contestarle, pero separó los labios y las palabras no le salieron. Pero no fue necesario. Tom entendió su silencio y levantando una esquila de las sábanas le ofreció un sitio a su lado que él aceptó de inmediato.
Se echó dándole la espalda, sobre la que se recostó Tom apoyando la cara en la curva de su cuello, donde dejó un beso mientras tapaba sus cuerpos.
— ¿Me echabas de menos?—preguntó Tom sonriendo.
—Si—contestó Bill casi sin voz mientras bajaba las manos y se acariciaba el vientre.
Tom le abrazó con fuerza sin poder evitar bostezar, echándole el cálido aliento en su cuello.
—Es temprano todavía, durmamos un poco más—susurró Tom cerrando los ojos.
Bill asintió y cerró los suyos. No tenía sueño, solo quería disfrutar de ese momento. Estar en los brazos de Tom, no sentirse tan solo como últimamente se venía sintiendo…
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—Se te han pegado las sábanas—saludó Gustav al guitarrista dos horas después.
Tom le contestó con un bostezo mientras se preparaba el desayuno.
— ¿Bill sigue durmiendo?—preguntó el batería de nuevo.
—Sí, anoche estaba muy cansado—explicó Tom tratando de no sonreír, sabiendo que él era culpable de su cansancio.
—Normal, cuidar de un hijo es agotador. Que aproveche a dormir hoy que puede—dijo Gustav riendo.
—Sí, Sarah da mucho trabajo, suerte que contamos con nuestra madre—dijo Tom distraído.
Las palabras de su amigo le habían hecho pensar. Por muy duro que sonaba, Bill necesitaba pasar algún tiempo alejado de su hija, concentrarse en descansar sin preocuparse de que le tocaba darla de comer o cambiarla el pañal cada dos por tres, sin tener que levantarse en mitad de la noche porque la oía llorar a pesar de saber que su madre también estaba al tanto, por no hablar de él. Pero siempre que se levantaba a atender a su hija Bill siempre se le adelantaba y ya le estaba cambiando y con una biberón en la mano.
— ¿Qué?—preguntó a ver como Gustav chasquea los dedos delante de sus ojos.
—Te preguntaba si os vais a quedar a comer con nosotros—repitió Gustav sonriendo.
—No lo creo, Bill quería volver a casa cuanto antes—explicó Tom suspirando.
—Podemos intentar convencerle—sugirió Gustav—Pedimos unas pizzas y comemos como en los viejos tiempos.
—Es una buena idea, pero ya sé cuál será su respuesta—murmuró Tom.
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— ¿Has dicho que sí?—preguntó Tom asombrado.
Tras desayunar subió a despertar a Bill, encontrando su cama vacía. Fue a su habitación y se le encontró ya vestido, temiendo su reacción cuando le contara los planes que había hecho sin contar con él.
—Sí, hace meses que no como pizza, con el embarazo me tuve que contener, pero ya es hora de que vuelva a mi vida anterior—dijo Bill mientras se peinaba ante el espejo.
Tom no lo entendía. Cuando despertó esa mañana y le vio sentado a los pies de su cama, por su expresión creyó que estaba triste por haberse separado de Sarah, pero en esos momentos se le veía muy animado y sin prisas por volver a casa.
— ¿Y qué hay de Sarah?—no pudo evitar preguntar.
—Llamé a mamá y me dijo que estaba bien—contestó sonriendo Bill—No se ha enterado de que me ido….
Esa respuesta le dejó más asombrado todavía, sobre todo por el tono despreocupado de Bill. Se apartó de la puerta y le dejó pasar, viéndole salir de la habitación tarareando por el camino.
Le siguió hasta la cocina y se sentó aparte viéndole reír con los demás y haciendo planes para esa mañana.
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Tras la comida se despidieron de sus compañeros y subieron al coche que la discográfica había puesto a su disposición y regresaron a casa. Por el camino vio que Bill se cruzaba de brazos mirando por la ventanilla, sin dirigirle la palabra. Parecía que estaba enfadado por algo, y él tenía miedo de preguntar el porqué.
Llegaron a tiempo de cenar y tras saludar a su madre, subieron a ver a su hija, que ya se encontraba en su habitación dormida.
—Dejémosla dormir, además tengo hambre—dijo Bill tras arroparla mejor.
Le vio salir de la habitación y se mordió los labios preocupado. Ni siquiera la había besado o intentado coger en brazos. Pensaba que tras una noche fuera de casa le daría igual despertarla con tal de volver a abrazarla.
Pero él sí lo hizo. Se inclinó sobre a cuna y besó la pequeña frente de su hija, pensando si estaba perdiendo a su padre o tal vez se lo estaba imaginando.
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La respuesta a su duda la obtuvo esa misma noche. Tras la cena y ver una peli, se acostaron algo tarde. Pero a los pocos minutos escuchó el llanto de su hija y mientras se terminaba de poner el pijama echó a correr hasta la habitación, asomando la cabeza por la puerta entre abierta, helado por la escena que veía.
Sentado en la mecedora, Bill acercaba a su pecho a su hija y se mecía con los ojos cerrados, sollozando por lo bajo mientras le cantaba esa nana que compuso para ella.
—Duérmete mi lucero…las estrellas vigilan tu sueño…no tengas miedo…siempre estarás en mis pensamientos…
La entrecortada voz de Bill le llegaba a sus oídos. Sentía como los ojos se le llenaban de lágrimas, sabía que le pasaba algo, y que no podía quedarse de brazos cruzados, tenía que ayudarlo.
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Al día siguiente y tras dar vueltas en la cama sin poder dormir, decidió enfrentarse a Bill, pero descubrió que no estaba en la casa en cuanto se levantó.
—Ha salido a dar un paseo—le explicó Simone cuando bajó a desayunar.
— ¿Se ha llevado a Sarah?—preguntó Tom asustado.
—No, dijo que quería ir de compras y que la niña solo molestaría—contestó Simone.
¿Desde cuándo le molestaba su propia hija? Cada vez se preocupaba más. Decidió terminar de desayunar y subió a su habitación, cogiendo el móvil para ver si estaba bien o quería su compañía.
Pero tras dos intentos fallidos lo dejó. No le quería coger el móvil o no oía sus llamadas. Salió a ver a su hija y se la encontró despierta sola en su cuna. La cogió con cuidado y se puso a jugar con ella, en vista de que a su padre se le había olvidado que llevaba un día entero sin verla y él sí que la había extrañado.
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A la hora de comer le vio entrar en casa cargado de bolsas. Corrió a echarle una mano, fijándose en que su aspecto era muy bueno. Tal vez era lo que necesitaba, pasar una mañana a solas, y más irse de compras como en los viejos tiempos, cansado de que no le quisiera acompañar para no escuchar sus protestas cada vez que entraba en una tienda “solo a mirar”.
— ¿Has dejado algo para los demás clientes?—bromeó Tom con dificultad.
—Necesitaba ropa nueva, y también ponerme a régimen. No me vale casi nada de lo que tengo y muy pronto volveremos al trabajo—dijo Bill sonriendo.
Subieron a su habitación y dejaron las bolsas sobre la cama. Sentado en ella miraba como Bill le enseñaba lo que se había comprado, aceptando dos gorras y una camiseta que le había comprado.
— ¿No les has traído nada a Sarah?—preguntó Tom con miedo.
—Tom, tiene más ropa que yo, no le dará tiempo a ponérsela toda—contestó Bill dándole la espalda—Además, recibimos regalos para ella de nuestros amigos y fans, no hace falta comprarla nada.
“Pero es el detalle lo que cuenta, ver que al menos te has acordado de ella”—pensó Tom preocupado.
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Tras la comida Simone les anunció que tenía que salir y como Gordon no estaba en casa tampoco les tocó quedarse solos con Sarah. Tom lo vio como una buena noticia. No pensando solo en él, quería pasar ese tiempo como si fueran una familia de verdad, cuidando entre los dos a su hija sin preocuparse de que les pudieran pillar en una actitud demasiado cariñosa.
Pero Bill tenía otros planes en mente.
—Esta mañana me levanté inspirado y me voy a ponerme a escribir canciones nuevas—explicó Bill enseñándole la libreta— ¿Cuidas de Sarah mientras?
Sin esperar su respuesta bajó al salón y se encerró en el. Necesitaba silencio mientras escribía, no escuchar el llanto de su molesta hija cada vez que reclamaba su atención.
Suspiró resignado al ver irse a Bill. Entró en la habitación de su hija y tras comprobar que estaba bien, la dejó dormir tranquila. Sabía que Bill no desea ser molestado mientras escribía así que no bajó a hacerle compañía.
Entró en la cocina y abrió un armario para dejar un biberón preparado, viendo que la leche en polvo se estaba terminando. Podría llamar a su madre y pedirle que comprara, pero le apetecía salir de casa, en vista de que Bill prefería estar solo.
Llamó a la puerta del salón y asomó la cabeza, viéndole tumbado en el sofá mientras garabatea concentrado en su libreta.
—Salgo al supermercado, te dejo la puerta abierta por si Sarah te necesita—explicó Tom desde la puerta.
—Vale…—murmuró Bill sin más.
Esperó a ver si le decía algo más, pero en vista de que no cogió su cazadora del perchero de la entrada y salió a la calle.
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No quería retrasarse tanto, pero había cola en el supermercado y la gente le reconoció por el camino. Se entretuvo firmando unos rápidos autógrafos y casi una hora después regresaba a casa.
En cuanto entró por la puerta el amargo llanto de su hija le hizo soltar las bolsas en mitad del recibidor y subir las escaleras corriendo. Entró en la habitación y tras cogerla en brazos la meció con cuidado, notando que estaba sucia y Bill no la había cambiado.
La dejó sobre el cambiador y tras ponerle un pañal limpio que hizo que el llanto pasara a un ligero hipo, la meció en sus brazos hasta que cayó rendida al sueño de cansancio. La dejó en la cuna y la tapó antes de salir a buscar a Bill.
Le encontró donde le dejó. Tumbado en el sofá, con la libreta en el suelo caída y los ojos fuertemente cerrados. Se sentó en el borde del sofá y muy a su pesar le despertó sacudiéndole por el hombro con suavidad.
—Bill—llamó al ver que no abre los ojos.
Obtuvo un gruñido por respuesta, pero al final vio como sus pestañas se separaban y sus ojos se abrieron con cansancio.
—Estaba descansando un rato—murmuró Bill molesto por haberle despertado.
—He regresado y me he encontrado a Sarah llorando y sin cambiar—le echó Tom en cara.
—Ahora la cambio—resopló Bill incorporándose.
—Ya lo hice yo. Estaba fría, habrá estado llorando mucho rato y no te has enterado—saltó Tom si poder contenerse.
—Vale Tom, perdona por tratar de descansar—saltó también Bill saliendo del salón.
Echó a correr escaleras arriba, pero Tom le pilló antes de entrar a su habitación. Le cogió en sus brazos y a pesar de sus esfuerzos para que le soltara le abrazó fuertemente.
—No puedo con todo—rompió Bill a llorar contra su pecho.
—Lo sé…lo sé…—consoló Tom.
Sin soltarle entró en su habitación y le hizo tumbarse en la cama a su lado hasta que remitió el llanto.
—En parte es culpa mía—confesó suspirando Tom —Te dejo a ti todo el trabajo, sé que necesitas descansar y te riño por no cambiar una sola vez el pañal a nuestra hija.
—Pobrecita…habrá estado llorando casi una hora y yo no la oía—susurró Bill entre hipos.
—Ya está dormida, no te preocupes por eso más—dijo Tom besándole en la frente.
Se quedó en silencio unos minutos, mientras trataba de encontrar las palabras para explicarle a Bill el origen de su estado.
—Bill—le llamó al cabo de un rato— ¿Sabes lo que es la depresión postparto?
Bill levantó la cabeza y se le quedó mirando, pero no enfadado como se temía Tom, sino muy asustado.
— ¿Es eso lo que me pasa?—preguntó casi sin voz.
—Me temo que sí, pero no es tan grave—se apresuró a decir Tom—Solo tienes 17 años y de la noche a la mañana te ves cuidando de una hija y de vuelta al duro trabajo. Es lógico que tu cuerpo se rebele y te mande una señal para que te tomes las cosas con más calma.
—Hay que buscar ayuda…no quiero volver hacerle daño a Sarah…—sollozó Bill de nuevo.
— ¡Claro que buscaremos ayuda!—dijo Tom atrayéndole a su pecho y meciéndole—Y nunca le harías daño, eres el mejor padre que puede tener.
“Y tú también, pero eso nunca lo sabrá nadie”—pensó Bill con dolor dejándose mecer.
Continúa…
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