Tal vez esté muerto 3

«Tal vez esté muerto»

Capítulo 3

¡TOM!

Grité en mi mente. No pude encontrar mis palabras y tampoco tenía voz para pronunciarlas, a pesar de tener la boca abierta hasta el suelo. Mis ojos de pronto no pudieron ver mucho, se habían empañado por las lágrimas acumuladas sin dejarlas correr aun por mis mejillas, aunque no por mucho. Lo hicieron cuando por inercia cerré los ojos al sentir aquel espeso y tibio líquido caer sobre mi rostro. En el infinito segundo que duré con los ojos cerrados, pude escuchar al aire zumbar junto con un sonido aguado, viscoso, mojado… todo en un segundo.

Cuando logré despegar mis parpados y enfocar la vista en él, quise volver a cerrarlos, pero resistí. Estaba absorto, congelado. Sabía que mi hermano estaba loco, completamente loco, pero esto había sobrepasado los límites y aun así se empeñaba en enjaretármelo en el rostro.

No supe en qué preciso momento fue que pasó, pero yo ya me encontraba abalanzado contra Tom a lágrima viva, sujetándolo de los hombros. Sacudiéndolo con fuerza. Él parecía no escuchar mis gritos ni notar mi tacto, le pegaba, lo aruñaba e intentaba empujarlo para hacerlo parar, pero seguía con el rostro contraído de dolor, enfurecido, ignorándome. Concentrado únicamente en hacerme daño a mí, aunque no era mi cuerpo al que lastimaba.

Sin ningún tipo de cuidado, Tom había comenzado una espeluznante carnicería contra él mismo, utilizando de cómplice a mi Muñeca. Se había desgarrado el brazo una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces con cortes profundos, ¡Y aún continuaba haciéndolo! clavando la navaja de lleno sin inmutarse en el daño que se estaba haciendo. La sangre de mi hermano, rojo carmesí brillante, salía a borbotones de aquel miembro lisiado, salpicándome. Mi cuerpo se impregnaba de su esencia y, a lo contrario de aquellos seres inmortales, esta vez no me satisfacía ver sangre, no la de él.

—¡¿Qué haces, Tom?! ¡PARA! —al ver lo inútil que era tratar de llamar su atención, llevé mis manos hasta sus muñecas mojadas, intentando parar los incesantes ataques con muy poco éxito. No sabía qué hacer y Tom no se detenía. Su rostro aún continuaba rojo, no sabría definir si era por el coraje o por aguantarse el agonizante dolor. Cuando vi de nuevo sus intenciones al elevar la navaja, no me lo pensé dos veces. Justo antes de que volviera a arremeter contra su amorfo y rojizo brazo, con una mano lo tomé con fuerza de la muñeca, y con la otra apreté justo entre mis dedos el filo de la navaja, intentando arrebatársela—. ¡Ya basta! —un hilo grueso de sangre descendió juguetonamente desde mi mano hasta el codo, terminando con caer a gotas hasta el suelo, mezclándose con la de Tom. El filo de mi navaja me había hecho daño en la palma, pero a comparación de veces anteriores, el dolor no era gratificante, dolía horrible; pero poco me importaba ahora. Apreté con más fuerza aquella arma blanca que Tom se negaba a soltar e increíblemente logré arrebatársela de las manos hasta hacerla caer al suelo con un sonoro tintineo.

Sin importarme la reacción de Tom, por instinto llevé ambas manos a las recientes heridas para intentar detener la hemorragia incesante; pero antes de poder hacerlo, él me apartó a gritos y empujones. Yo insistí nuevamente. No entendí muy bien lo que decía, se me era imposible escucharle porque no mantenía la concentración en ello. Jamás había visto tanta sangre brotar de un cuerpo que no era mío, al menos no en persona, y mucho menos de mi hermano. No a tal extremo.

No entendía.

A comparación de la mía, su sangre me ponía nervioso, me alteraba, no me gustaba. Comencé a sentir asco, me sentía mareado, veía la sangre con repulsión al ver que no cesaba; comenzaba a impacientarme.

—¡Apártate! —con su mano en mi pecho me empujó hacia atrás con una fuerza poco antes vista en él; se le notaba débil y eso me alteró. Pero aun así con golpes y regaños yo no podía apartar la vista de ahí. Ni siquiera presté atención al terrible dolor que me causó en el moratón.

—¡Tom! e-el brazo… el brazo… —no sabía qué hacer, únicamente apretaba con fuerza para intentar parar la hemorragia sin importarme si le hacía daño; pero Tom me tomó de la muñeca y nuevamente me apartó con brusquedad. Y después de tantos segundos agonizantes, mis ojos húmedos, lastimeros, se conectaron con los suyos furiosos, encolerizados, fríos, antes de que sus manos se amoldaran a mis hombros. Yo hice lo mismo. Me aferré a él atrayéndolo hacia mí mientras Tom hacia todo lo contrario. Comenzó a empujarme con fuerza para que intentara soltarlo, pero en esta ocasión yo era más fuerte que él. No podía dejar de llorar y mi llanto aumentaba cada vez que me fijaba en sus heridas y en su cuerpo pintado de sangre. Tenía tanto miedo de soltarlo y que volviera a lastimarse frente a mis ojos, tenía pavor de verlo sufrir. Estaba tan confundido.

—¡¿Pero qué rayos tienes en la cabeza?! ¡¿Intentas matarte?!

—¡Qué pasa! ¿Acaso no envidiaste la escena? ¿No te gustó lo que viste? —se le veía agotado, su respiración estaba acelerada al igual que la mía, envuelta de pánico. Pero pese a su debilidad no lograba esconder su furia. Las venas del cuello y frente resaltaban como si gruesos gusanos se arrastraran por dentro y la mandíbula la tenía tensa de tanto apretar los dientes. Estaba rojo como un tomate y sus ojos me apuñalaban como cuchillas por todo el rostro. La sangre esparcida por la mayor parte de su cuerpo le había dado una apariencia más dramática, tiñéndolo del color del mismísimo diablo.

Le propiné varios golpes en el pecho, invadido por el inmenso dolor que oprimía el mío.

—¿Tú estás loco? —sollocé— ¡Joder, Tom! Qué intentabas mat…

—¡Bill! —me tapó la boca a lo bestia sin que yo tuviera tiempo de cerrarla. Escasamente saboreé aquel líquido viscoso que me había embarrado los dientes, boca y mejillas. Su otra mano apretaba tan fuerte mi clavícula hasta enterrarme los dedos sin que yo pudiera retroceder—. Esto es lo mismo que yo te vi hacer en casa de Ricky, así que tú dime, ¿estoy loco? —con fuerza tiré de la mano que me sofocaba logrando destaparme la boca.

Sin poder evitar aquella sensación, la culpabilidad comenzó a pasearse por mi cuerpo. Mis ojos se abrieron a más no poder y me llevé una mano a la boca con sorpresa, reteniendo mi llanto. O sea que ¿me había imitado? La locura que acababa de restregarme en la cara ¿era una copia alterada de mis acciones? No podía ser…

—¿Pero qué diablos estás diciendo? A diferencia de ti yo no intentaba matarme… ¡Ya no! —le sujeté el rostro con ambas manos, ignorando la herida de una de ellas, y lo sacudí repetidas veces. Sus mejillas se sentían calientes, estaba hirviendo de coraje. La sangre de mi palma le bañó el rostro y parte de la boca también. ¡Incluso intentó morderme! Me sujetó de las muñecas, jalándolas hacia abajo con brusquedad y yo respondiendo a su gesto, me zafé de su doloroso apretón y de inmediato escurrí mis manos hacia su cuello, estrujándolo sin llegar a ahorcarlo. Imito mi gesto, enterrando sus escasas uñas sobre mi piel.

Quería pegarle, sentía la enorme necesidad de desquitar la furia en él. Tenía unas inmensas ganas de azotar puertas, de patear paredes, de arrojar puños al aire ¡de gritarle! Me había hecho demasiado daño, un daño que irremediablemente ya se había alojado en lo más profundo de mi memoria. Lo peor de todo esto, es que no había nadie más a quien culpar. No existía a quien señalar o apuntar con el dedo y decir “Ha sido él” ¡No! La única persona dañina, perjudicial, nociva y maligna en todo esto… Era yo.

Me solté a llorar nuevamente.

—No más… ¡Ya no más!… no soy un suicida, Tom…

—Pues mira que yo sí y ¡Voilá! sigo vivo. Pero quizás a la próxima no tenga la misma suerte; las venas son muy frágiles que con un simple navajazo… ¿Pero para qué decírtelo? Si eso ya lo sabes perfectamente —un escalofrió me recorrió el cuerpo. El sonido de las gotas de sangre de mi mano herida y del brazo de Tom, caían descoordinadamente, figurando el sonido de un Tic Tac viscoso que revelaba el correr de mi corta vida que parecía terminar. Concentrado en sus ojos llameantes, dejé de hacer presión sobre su cuello y lentamente, como el descender de un caracol sobre una rama en donde deja su rastro baboso, deslicé mis manos lentamente por su cuello y pecho, con la sangre dejando un camino, un rastro.

—¿A-a… la próxima?.. no, Tom…

—Sí, Muñeco. Lo que acabas de ver es lo que formara parte de mi vida de ahora en adelante, ¿no te jode? Quién diría que llegaríamos a parecernos tanto. ¿No querías eso, hacer cosas de hermanos, tener algo en común? ¡Pues ahora de qué te quejas!

—¡Así no, esto no! ¡Tú eres Tom, el valiente, el que me tiene que enseñar, el que cuida de mis estupideces! ¡El que me protege, a quien todos admiran, el fuerte de los dos! ¡MI HERMANO! El… el Tom que quiero —lo vi tragar saliva al mismo tiempo que aflojó el agarre de sus manos sobre mi cuello, posándolas sobre mis hombros. Tenía la atención puesta en mis palabras y nunca apartó la vista de mí. Proseguí—. No quiero que seas un maldito y estúpido marica débil. Un ingenuo y patético ser cobarde. Tú no eres como yo… ¡No quiero que seas como yo! —inevitablemente, sintiendo esta enorme presión en el pecho y la interminable sensación de necesidad, lo abracé. Lo abracé tan fuerte que incluso Tom retrocedió unos cuantos pasos a punto de caer junto conmigo, tras el brusco impacto. Mi cuerpo se amoldó perfecto con el suyo y hundí mi cabeza en su pecho bañado en sangre, sintiendo esa sensación pegajosa y húmeda impregnándose en mi rostro.

¡Bumbum! ¡Bumbum! ¡Bumbum! ¡Bumbum!

Su corazón latía tan rápido como los picoteos de un pájaro carpintero. Sin esperarlo, me abrazó también. Sus brazos me apretujaron tan fuerte contra él, casi impidiéndome respirar; pero no me importó. Me sentía seguro, tan cerca de su piel… a salvo. Permanecí con los ojos cerrados hundido en la penumbra, imaginando mi propio sueño. Recargó su barbilla encima de mi cabeza y me acarició con rudeza la espalda, como si él también necesitara sentirme cerca. Mis lágrimas habían cesado, pero mis gimoteos eran tan insistentes que no paraba de temblar. Mi cuerpo se sentía frio comparado con la tibieza del suyo. Mis pensamientos estaban tan revueltos, como si los hubiera arrojado desde lo alto de un edificio, esparciéndose ferozmente entre el viento.

¿Cómo había llegado hasta esta situación? ¿Por qué la sangre, por qué el llanto, por qué este miedo? ¿Por qué?

Por un estúpido error.

Un error del cual estaba completamente enamorado.

Lo había vivido, lo había visto, había sufrido el terrible dolor de perderlo. No podía pensar en una vida sin él, en verlo caer, en que el silencio le gane. Y hasta ahora era capaz de abrir los ojos. Con su sangre, sólo así había podido reaccionar. Alguien a quien realmente quiero podía irse de mi lado con tan sólo un descuido. No quiero. Tom merece estar vivo ¡tiene un crédito mucho más alto que el mío! Es él quien ha sufrido, quien merece una recompensa, no yo. Ni siquiera estando yo muerto, jamás podría imaginarme un mundo sin Tom en él. Yo no podría ser tan egoísta como para quitarle la vida. No tenía ese derecho.

No quería convertirme en su asesino.

—Si te vuelvo a ver otro corte, aunque sea un simple rasguño superficial, te juro Bill, yo me haré el doble y mucho más profundos. Si te haces nueve cortes, me haré dieciocho, y si incrementas la suma, lo haré yo también —su voz se escuchaba tan melancólica, eran pocas las veces cuando usaba ese tono de voz conmigo—. Si en los brazos se reduce el espacio, continuaré con las piernas y si es necesario, seguiré hasta el cuello. Quizá se me vaya la mano y llegue a degollarme, no sé. Conforme tú avances, te seguiré el paso, ¿eso es lo que quieres?

—No —me tensé de inmediato y le abracé más fuerte. Me correspondió de igual manera.

—¿En qué te ayuda el dolor? Si al menos pudieras convertirlo en oro…

—Ya no quiero que duela.

—¿Qué puedo hacer yo, que quieres?

—Quiero indiferencia si… sólo quieres herirme —se quedó callado por un minuto, uno que sentí eterno. Su respiración era acelerada, tomó aire como si estuviese a punto de decir algo, pero no lo hizo. Los latidos de su corazón eran los únicos que adornaron el silencio, hasta que de nueva cuenta habló.

—Quiero darte un par de alas.

—No las quiero.

—Si quieres huir puedes hacerlo sin correr. Sólo camina o vuela tan lejos de mí como puedas. No te seguiré. Si fui yo quien tatuó tus cicatrices, lo mejor es que te vayas —cerré los ojos con fuerza, reprimiendo las ganas de gritar. Sus últimas palabras flotaban dentro de mi mente haciendo eco en cada rincón. Me torturaban. Ni siquiera quise plantearme la idea de sacar un pie fuera de esta casa ¡nunca! No si Tom no estaba a mi lado.

Me separé de él lentamente sin querer hacerlo. Tom al sentir mi movimiento, aflojó el abrazo y apartó los brazos de mi espalda, posándolos en sus costados. Yo tenía las manos sobre sus hombros y la cabeza cabizbaja con temor a mirarle. Nuestros cuerpos estaban barnizados de sangre, tanta que mareaba. Empezaba a coagularse y el olor a hierro estaba impregnado por completo en mi olfato. Mi mano herida estaba entumecida, ya no sentía el dolor. El brazo de Tom… Aún seguía sin poder creer cómo aguantaba tanto sin quejarse, estaba hecho trizas. Lo primero que enfoqué al levantar la vista, fue la sangre de sus mejillas y parte de su boca; parecía un lobo terminando de cazar. Sus ojos ya me esperaban. Comencé:

—¿Por qué Tom? No me abrazas ni me dices que me quieres, ¿es que yo no valgo nada para ti?

—Sí lo vales…

—¿Entonces por qué no lo siento así? Jamás me lo haces saber. Yo necesito de tu atención, necesito mucho de ti, pero sólo me causas dolor, llanto… Miedo. Me haces sentir inseguro a veces, y luego haces unas cosas que me descolocan totalmente ¡como esta! —le tomé del brazo masacrado con cuidado de no causarle dolor, y lo levanté sólo un poco haciéndoselo notar—. Yo no sé cómo reaccionar o qué hacer ante situaciones como esta sin recibir más daño de tu parte —le solté— no se puede vivir así, no se puede vivir contigo. Y tienes razón, lo mejor sería que me fuera; pero la verdad es que no podría estar sin ti sin causarme más daño.

—No estás a salvo aquí.

—Contigo me siento a salvo, Tom. Sé muy bien que los dos debimos de darnos ese apoyo mutuo, pero yo no pude. Yo fallé. Por favor, no hagas que nuestro único soporte se caiga también. Puedes hacerlo. Enséñame a no rendirme una y otra y otra vez. Ya me cansé de ser el débil. Necesitaba estar triste algunas noches, eso era lo único que tenía para sentirme vivo; pero creo que ya no me ayuda. Me falta mucho valor, uno que tú posees en abundancia. Tengo la mirada baja Tom, ya no quiero que siga así —veinte centímetros eran los que nos distanciaban y yo lo sentía hasta el otro extremo de la habitación. No sabía qué hacer, no había a dónde mirar. Estaba tan profundo en sus ojos esperando una respuesta, que ni siquiera me percaté de cuando Tom posó su mano en mi mejilla, acariciándola. De nueva cuenta, su grave voz se paseó por los túneles de mis oídos.

—No tengo mucho que ofrecer, pero haré lo posible por hacerte sonreír de nuevo, Bill. Te daré fuerzas para seguir, el aliento cuando te falte, todo de mi parte para que te cures. Pero tienes que ayudarme con una simple cosa: tienes que dejarte ayudar —me quedé un momento en silencio, pensando. No era que estuviera dudando o que estuviese considerando mis opciones. Nada de eso, ahora lo tenía todo tan claro.

Es aquí donde me someto totalmente a su merced. Donde al Amo le dan una nueva oportunidad de cuidar a su muñeco, de usar hilo y alfiler donde sea necesario y salvarlo de perder todo el relleno. Aquí es cuando el muñeco se da cuenta que a veces las segundas oportunidades también son validas. El Amo ha recapacitado y ha visto el daño que se le puede causar a un muñeco al jugar tan brusco con él. Y aunque el muñeco está consiente que todo puede salir mal otra vez, no le importa, está dispuesto a correr el riesgo. ¿Hay algo que pueda perder?

Entorné la mirada en sus ojos impacientes y asentí entregándome por completo a él.

Deslizó sus manos suavemente desde mis codos hasta mis hombros y con su nariz me acarició el rostro paseándola por mi mejilla, sintiéndola rozar mi piel. Acomodé mis manos encima de sus hombros sintiéndome débil, cansado, poseído por su encanto. Subió sus manos hasta amoldarse perfectas en mi rostro y con sus labios formó un pequeño camino de roces, hasta llegar a mi frente donde los marcó con un beso. Los posó ahí por tanto tiempo, que yo quise que fuera eterno. Bajó sus labios por encima de mi nariz, y pegó su frente contra la mía. Nuestros ojos se conectaron al instante.

—No debí jugar tan brusco contigo, Muñeco —susurró contra mis labios y pude sentir su cálido aliento acariciarlos; exhausto, cerré los ojos. Sentí tantas ganas de acortar aún más la distancia y besarlo como tantas veces lo había hecho antes, ansiaba sentir sus brazos envolverme y yo jugar con su húmeda lengua entrelazarse con la mía, quería acarícialo, tocarlo, sentirlo, dejar pasar el tiempo sin pensar en otra cosa que no fuera en nosotros; pero aquel beso sólo quedó en sueño.

Una ventisca entró por la ventana y nos rodeó a los dos, quizás pretendiendo congelar el momento por lo helada que estaba, quizás evaporándolo al rozar con nuestros cálidos cuerpos. Daba igual, de cualquier forma fue Tom quien lo destruyó. Separó nuestras frentes y sentí la ausencia de su calor cuando me soltó el rostro tras una leve caricia húmeda. Retrocedió. Mis manos descendieron por su pecho dejando un rastro amorfo de la sangre que nacía de mi palma herida. Fruncí el ceño y la observé. Mi mano no dejaba de temblar y la mayor parte de aquel fluido ya se había resecado por todo donde había abarcado. Era un corte profundo que mi navaja me había causado jamás, y no sólo a mí me había hecho daño. Rápidamente volví la vista hacia Tom, quien había caminado unos pasos hacia al armario para coger algo del suelo. Su camisa. Tras verlo venir nuevamente lo contemplé mejor… O peor. Mí vista automáticamente se posó en su brazo mutilado, la sangre que aún no coagulaba, brotaba de ahí como lágrimas escasas que se escurrían en gotas gordas de sus dedos al piso. Su cuerpo ensangrentado a causa del atentado y sumándole las huellas de mi mano selladas por todas partes, lo hacían ver como un sobreviviente de una aterradora película de terror, aunque yo era el único que sabía quién era el verdadero asesino de aquella cinta.

Con la ayuda de sus dientes, arremetió contra la camisa que al instante la convirtió en varias tiras. Tomó mi mano sin hacerme daño y tras observarla por escasos segundos, la envolvió cuidadosamente hasta vendar por completo la herida. Yo solamente observé en silencio, sorbiendo con la nariz el rastro de mi llanto que ya se había esfumado. Después de terminar conmigo, procedió a hacer lo mismo con su brazo. Su rostro se contrajo cuando la tela rozó sus heridas al intentar vendarlas inútilmente; se notaba el dolor que se cargaba en el otro brazo anteriormente dislocado. Suspiré.

—Déjame hacerlo —no contestó. Se dedicó a mirarme y a detener sus movimientos, a lo que yo sin esperar alguna afirmación, cogí cuidadosamente de sus manos la tela destrozada que dejó que le quitara y limitándome a expresar mi total disgusto frente a sus cortadas, comencé a vendarlo con demasiada cautela teniendo cuidado de no rozar con mis dedos su piel rasgada ni estrujarlo demasiado con la tela. Sólo lo suficiente para impedir que sangraran más. En el proceso no me fijé en su rostro, no quería verlo quejarse y notar que le dolía, así que me concentré únicamente en lo que hacía hasta dar por terminado mi labor con un pequeño nudo apretado—. Ya está —asintió observando el vendaje firmemente amarrado. Yo estaba intranquilo, sabía que aquella tela no le protegería y mucho menos sin medidas curativas, simplemente podía clasificarlo como un trozo de tela envolviendo a un pedazo de carne; y supe que estaba en lo correcto cuando diminutas manchas de sangre sobresalieron velozmente de los improvisados vendajes.

Tom no dejaba de sangrar y eso me ponía bastante alterado.

—¡Tom! Tu brazo no está bien —apunté con dedo tembloroso la escena y él observó; pero a diferencia de mí lucía tan normal como si sólo tuviera un pequeño rasguño. Sacudió un poco el brazo que al parecer le hormigueaba y pasando de mí, se inclinó hacia el escaso pero sobresaliente charco rojo que lucía bajo nuestros pies como alfombra. Tomó algo—. ¡Escucha! Tenemos que llevarte con un médico para que lo vea. Son heridas profundas —se enderezó y con mala cara me miró— no creo que estés bien y…

—Toma —me tendió la navaja. Mi Muñeca. Completamente bañada de sangre aun se atrevía a relucir. Se le veía feliz tras notar aquel llamativo brillo que desprendía de la hoja afilada, la que había disfrutado rebanar a Tom, la cómplice mortífera de aquel atentado. Retrocedí y agité la cabeza hacia ambos lados.

—No la quiero —Tom suspiró.

—No lo compliques —sus exhaustos ojos me advirtieron en silencio y yo, por no querer ocasionar otra guerra y por la inseguridad que sentía al verlo de nuevo con aquel objeto, alargué una mano y con dedos temblorosos empuñé nuevamente la navaja. Ahora la sentía tan diferente, me causaba daño aunque sólo estuviera descansando en mi mano.

De un momento a otro, mi Muñeca me había decepcionado.

Desvié la mirada y la estrujé entre mis dedos buscando la tranquilidad que antes me otorgaba, pero no hallaba más que sufrimiento y rencor en ella. ¿Cómo una acción puede cambiar tantas semanas de regocijo, a desprecio en un sólo momento? Yo lo había vivido y no era nada gratificante.

Unos gélidos dedos me tomaron de la mano y jalaron de ella, yo no me resistí. Caminé unos pasos siendo llevado por Tom. No me importó pisar nuestra sangre regada por el suelo. Me extrañé cuando salimos al pasillo pero aun así no me atreví a decir nada, simplemente me dejé guiar hasta que después de dar unos pasos más, Tom se detuvo frente a una habitación bastante familiar. El baño. Abrió la puerta y me condujo dentro. Cuando Tom me soltó y se adentró aún más, no pude evitar mirarme al espejo que yacía a un lado de mí. Con el rostro y el pecho barnizados con la sangre de mi hermano, el cabello hecho una maraña imitando al de un espantapájaros y la sonrisa bobalicona que proyectaba mi reflejo a pesar de mi seriedad, no me localizaba, no me hallaba en aquel espejo; parecía la imagen de un asesino que portaba con honor su fiel arma, orgulloso de poseerla. Asustado, aparté la mirada de ahí y la enfoqué en Tom. Estaba parado justo al lado del retrete con el bote de basura repleto de papeles sucios encima de éste y él, observándome. Algo me decía que no veníamos precisamente a limpiarnos.

—Sabes lo que tienes qué hacer, Bill. Demuéstrame que puedo creer en tus palabras —dijo y yo junté el entrecejo. Observé la veloz mirada de Tom posarse en mi mano derecha, o más bien, en lo que portaba. Apreté con fuerza los puños, algo reticente. No fue complicado captar el mensaje.

—Tú quieres que yo… —pero ahí me quedé. Era tonto aclarar lo obvio. Tom ni perdió tiempo en asentir, seguía con la vista clavada en mí, firme a un lado del inodoro y el basurero esperando a por el futuro entierro. Yo era la carroza que transportaba al difunto.

Era hora de dejarla ir. De que el niño dejara atrás los juguetes, que el padre diera libertad a su hijo… que el Amo se deshiciera de su Muñeca.

Caminé con pesadez hacia mi hermano hasta detenerme justo al frente de aquel bote de basura repleto de mierda, su fétido aroma logró picarme la nariz. Elevé mi navaja y la miré. Aun ante todo, sentía nostalgia por ella.

—Bill, de aquí en adelante tú estás solo, ni yo ni nadie más te va a decir qué hacer. No existo, nadie lo hace. Aquí sólo eres tú y la mierda del bote, y frente a ella tendrás que tomar una decisión. Quizá la más importante de todas, quizá la más ridícula. Tienes dos opciones: deshacerte de ella y dejarte curar o, dar marcha atrás y… dejarnos derrotar —los nervios se me crisparon al oírlo decir la última frase. De mí dependía no sólo mi bienestar, sino también el suyo. Sabía que sus amenazas siempre las llevaba a cabo y no lo dudaba de ésta. Él sería capaz de hacer eso y hasta cosas mucho peores. Me había hecho pasar los minutos más perturbadores de mi vida y todo por tomar el camino equivocado.

Inconscientemente yo lo había incitado y mi Muñeca había actuado. Ambos culpables. El aprecio que le tenía se había esfumado. ¿Una relación así podría sobrevivir estando junta? No quería averiguarlo.

Levanté el brazo frente aquel basurero con la navaja colgando de mis dedos.

Tom me había puesto en una situación bastante confusa. Tenía que elegir: la sanación o la destrucción.

Sentí algo húmedo y frio rozarme los dedos. Bajé la cabeza descubriendo aquella lengua rosada lamiéndomelos, lavando con su saliva la sangre reseca. Scotty había hecho acto de presencia justo en un momento inoportuno, observando atento a su dueño mostrar fuerza o… rendirse nuevamente. Le acaricié la cabeza. Siempre había estado conmigo en los más duros momentos, consolándome con gemidos lastimeros y alentándome con gruñidos energéticos cuando más solo y deprimido me sentía.

Mi perro fiel, mi mejor amigo.

Tampoco quería mostrar debilidad ante él.

Mis dedos se aflojaron.

A pesar de tener tantas ganas de perdonárselo todo a ella, a la que me había dado regocijo en mi estado de depresión, a mí fiel sanadora, a mi acompañante, a uno de los regalos de Tom… no podía. Él me estaba demostrando de alguna manera que confiaba en mí. ¿Por qué no fue él mismo a deshacerse de la navaja en vez de dejármelo a mí? Lo conozco, él pudo haberla cogido y sólo por joderme, irse muy lejos y esconderla debajo de las piedras, hacer hasta lo imposible para que yo no la encontrara; pero había hecho todo lo contrario. Aun ante todo, me estaba dando la libertad de hacer con ella lo que quisiera, dar un paso adelante o darlo atrás. Pudo haber escogido cualquier otro sitio fuera de la casa, pero la salvación que me ofrecía era un bote repleto de nuestra mierda, la única que me merecía. Bien podría yo tirarla y cuando Tom se diera media vuelta, arrepentirme nuevamente y cogerla para seguir como si nada hubiera pasado; y no era estúpido, Tom estaba consciente de ello y aun así me brindaba esta opción. A veces me sorprendía lo perspicaz que podía ser. Me estaba probando, lo sabía perfectamente y yo no le iba a demostrar que era débil, ya no quería volver a dañarnos por mi culpa, quería que confiara en mí, quería curarme…

Mis dedos se abrieron y mi navaja, despojándose de aquel brillo luminoso que la acompañó día tras día, resplandeciendo vivamente por última vez, descendió en línea vertical lentamente hasta que la perdí de vista hundiéndose entre la asquerosidad del bote. No había marcha atrás.

El Amo se había desligado de su Muñeca, para siempre.

Di un paso atrás y suspiré.

Tom me sonreía levemente, su rostro lucía un poco diferente y podía notar tras aquella apariencia dura, fría y bastante macabra por el rojo impregnado en su piel, que estaba feliz; no tardó mucho para que yo le sonriera también. Me aproximé hacia él algo reticente y cuando estuve enfrente suyo, sus brazos cansados y heridos rodearon mi delgado y ahora pegajoso cuerpo por segunda vez. Yo descansé la cabeza en su hombro y lo estreché contra mí, fuerte. Scotty nos observaba desde el suelo, echado ahí con las patas delanteras extendidas y la cabeza sobre éstas acompañándonos en nuestro momento de reflexión.

A pesar de la tranquilidad que ahora sentía, una duda me rondaba por la cabeza, bastante molesta. No podía evitar relacionar esta experiencia con otra inquietante… de nuevo mía.

Después de lo que había pasado, el aprecio que yo le tuve alguna vez a mi ex-Muñeca, se había hundido junto con ella en aquel basurero, se había atrevido a lastimar a Tom y con eso había obtenido el pase directo hacia mi odio. Ya no la quería y por lo mismo me había deshecho de ella, dejándola hundirse en la porquería. Entonces, mirándolo de ese modo… ¿Acaso yo había hecho algo mal para provocar que Tom me abandonara? Él se había ido de Hamburgo sin darme explicaciones, sólo me había dado una sola respuesta a mis insistentes preguntas…

Esto es un Jaque Mate. Lo siento, Muñeco, pero tú eres el perdedor”

Hasta esta fecha, sus palabras aún seguían vagando por mi memoria, dolorosamente acogidas.

Jamás me dijo que me quería, ni siquiera podía imaginar un “te quiero” salir de su boca y quizás por lo mismo, se había deshecho de mí. Tal y como yo lo hice.

Hundí mi cabeza en el hueco de su cuello y hombro, aspirando el aroma a jabón de sus rastas sueltas. Tom exhaló quedito, sin aflojar su abrazo.

Quizá los Amos teníamos algo en común después de todo. Tarde o temprano, abandonábamos a nuestros Muñecos como los niños a sus juguetes.

De pronto, un haz de luz proyectó a mi cerebro alumbrando a una diminuta y consoladora idea que se encontraba escondida en un rincón muy apartado de mi cabeza. Pensé en otra propuesta menos dolorosa, pero bastante optimista. ¿Y si el malo de los dos había sido yo y no mi ex-Muñeca? Si lo veía de esa forma, cambiaba la cosa. Yo era el Amo y ella mi Muñeca. Jugaba con ella cuando la necesitaba, ansiaba y deseaba. Yo era el Amo y ella mi Muñeca. La usaba para mi propio beneficio, para mi única satisfacción, sólo mía. Yo era el Amo y ella mi Muñeca. Cuando reposaba en mis manos, era sólo para atenderme, jamás la elogiaba como se merecía porque yo era el Amo y ella mi Muñeca. Entonces, si yo era un Amo tan malo, en vez de sentirse botada, abandonada… ¿Debería de sentirse libre? ¿La había liberado? Con o sin obstáculos ahora ella era libre. Ya no más esclavitud, no más sangre, no más dolor. Tarde o temprano saldría de los deshechos y quizás un mejor Amo le daría el uso que yo no le pude dar. La trataría bien y su duro pasado olvidaría. Tendría lo que todo Muñeco quiere: un Amo que no le abandone jamás. Si emparejaba esto conmigo, con mis vivencias, el hecho de que Tom me haya dejado tirado en Hamburgo, quizás no había sido un abandono. Quizás me había brindado libertad y yo la había mal aprovechado. Quizás se había ido para ya no dañarme. Quizás el no quería irse, pero por alguna razón debía hacerlo.

Quizás…

Tan sólo quizás…

No estaba muy seguro, pero quien sabe, los quizás mayormente nos dejan con un hilo de optimismo…

Una pequeña esperanza de que fuera verdad yacía dentro de mí, muy débil, pero resistente. Si la esperanza es lo último que muere, la mía lo demostraba. También la tenía con esta nueva etapa que inesperadamente iba a comenzar. De alguna forma iba a renacer como un Fénix lo hace de sus propias cenizas, empezar de nuevo, desde cero. Tenía que dejar mi debilidad a un lado.

Ya había dado un gran paso, había demostrado que podía ser fuerte, que quería dejarme arreglar; pero en las rehabilitaciones puede haber frustrantes recaídas y quizás, sólo quizás también podría aplicarse en la mía…

Tan sólo quizás…

&

Por Tom

Al escoltar a Bill hacia la habitación para que cogiera la toalla con la qué secarse al terminar de bañarse, un inquietante ruido a mis espaldas me hizo girar.

El Muñeco saltaba y corría en círculos por el pasillo, su boca cosida en media luna lo hacía ver feliz. Esta vez estaba solo. Las cadenas atadas a sus brazos estaban ahora rotas, oxidadas y quebradizas, se desmoronaban fácilmente con cada salto que daba. Lo vi andar alegremente hasta el final del pasillo y cuando pensé que no lo vería por un largo tiempo al verlo descender las escaleras que dirigían a la salida de la casa, el Muñeco, como si estuviera jugando, subió de nuevo estrepitosamente hasta que pasando por mi lado como una pequeña rata veloz, se encerró en mi cuarto dejando como camino el rastro de sus cadenas.

Habían liberado al Muñeco y aun así, se venía a encerrar conmigo.

Nuevamente…

F I N

¿Qué les pareció? Gracias por leer.

por administrador

Publico con autorización del autor

Un comentario en «Tal vez esté muerto 3»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!