
Capítulo 1. Amor y sufrimiento
—Estoy bien, suéltame de una vez—gritaba Bill tratando de que su hermano le bajase al suelo.
Pero Georg no le hizo caso. Siguió con él entre sus brazos y le llevó hasta su habitación, en donde le tumbó en la cama con delicadeza. Cogió el borde de su camiseta y se la subió hasta que sus manos se lo impidieron.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bill tirando de su camiseta.
—Estás herido, déjame ver—contestó Georg tirando de nuevo de ella.
—No es nada, solo un simple arañazo—dijo Bill resoplando.
Pero por más que lo intentó Georg se salió con la suya y se la quitó del todo dejando al aire su pálido torso en el que un arañazo escarlata resaltaba entre tanta blancura.
—Te dije que no vinieras y por no escucharme te han herido—resopló a su vez Georg.
Bill emitió un gemido de dolor cuando su hermano le rozó la herida con la mano. Apretó los dientes y se dejó caer en la cama. Cerró los ojos y dejó que le lavase y curase su herida sin separar los labios para protestar, ni siquiera para volver a gemir.
Georg lavó el cuerpo de su hermano pequeño con mucho cuidado, con mucho cariño. Frotó con suavidad la tela empapada en esa piel que siempre deseó rozar con sus dedos, pero que nunca hizo porque no era correcto.
Vendó esa herida que no parecía tan pequeña como aparentaba. Levantó con cuidado sus caderas y pasó la blanca venda por debajo de su cuerpo.
Le miró la cara y vio como apretaba los labios con los ojos fuertemente cerrados. Sabía que de ellos no saldría ningún gemido más, solo por querer aparentar que era mayor para llorar.
Pero para él siempre sería su hermano pequeño, que necesitaba toda su ayuda y consuelo.
Terminó de curar su herida y le tapó con la sábana hasta arriba. Le acarició con suavidad la mejilla y le hizo abrir los ojos. Estaban llenos de lágrimas, a punto de derramarse hasta sus labios. Suspiró y apartó la mirada.
—Ya está—murmuró Georg como si no viera esas lágrimas.
—Entonces vete y déjame descansar—dijo Bill dándose la vuelta.
Se llevó la mano al costado y apretó los labios. No quería quejarse hasta que se hubiera ido y le dejase en la soledad para poder derramar esas lágrimas que hasta sus ojos habían llegado.
—Bill…—suplicó Georg rozando su hombro.
Pero solo recibió el silencio como respuesta. Suspiró y se levantó de la cama. Fue hacia la puerta y tras apagar la luz decidió dejarle solo.
—Descansa, nosotros cuidaremos de Saori—dijo a modo de despedida.
Bill oyó la puerta cerrarse y el gemido salió muy bajo. Claro que ellos cuidarán de Saori, estaba claro que si él está en medio solo les estorbaría.
Era el más pequeño, era un niño atrapado en el cuerpo de un muchacho de 16 años. Su hermano siempre le vería como ese bebé al que le tocó cuidar cuando sus padres murieron dejándoles tan solos.
Se cubrió la cara con las palmas y sollozó contra ellas. Ya no por el dolor que sentía por su herida, sino por la pena que ataba y paralizaba su corazón. Echaba de menos el amor de unos padres, aunque era muy pequeño entonces y casi no los recordaba, Georg siempre le contó historias de ellos.
Cerró los ojos y era como si los viera a su lado, tomándole de la mano y sonriéndole con amor en los ojos.
Suspiró y se concentró en ese sentimiento.
El amor.
Algo que no había encontrado todavía, o algo de lo que todavía no se había enterado de que tenía bien cerca, al alcance de sus manos.
O de sus cadenas…
Continuará…