V: Cuando una puerta se cierra…

«Basorexia» Fic de Haruxita

Capítulo 5: Cuando una puerta se cierra…

Dió un pequeño sorbo a la copa y se acurrucó un poco más contra el hombro en que se apoyaba. Si bien hacía frío ahí abajo, la media botella de Carmenere que corría por su sistema aportaba algo de calor; la enorme camiseta en que se arrebujaba también ayudaba.

 

No habían bebido lo suficiente para embriagarse como cubas, sin embargo su estómago se encontraba casi vacío — exceptuando por el par de rebanadas de pizza que comió esa mañana en el centro comercial—, ello explicaba la chistosa sensación de mareo y el ataque de risa que le acometió cuando el otro chico informó que se había acabado el vino.

~Más temprano ese día~

Bill solía llegar a casa pasadas las cinco de la tarde, por lo que ver asomar su rostro sonriente por la cocina a mediodía fue más que sorpresivo para el ama de llaves.

 

Cabe agregar que a la mujer no le agradaban las sorpresas.

 

El chico debió explicarle de forma más bien resumida el motivo de su presencia en el pent house en horario de clases.

 

—…y hasta que no descubran el origen de la fuga no podremos regresar a clases —concluyó, mordisqueando un palito de zanahoria.

 

Cualquiera esperaría que el único hermano del más cotizado maniquí del viejo continente acudiera Le Rosey, Eton o al menos al Französisches Gymnasium de BerlínSin embargo —luego de su infortunada experiencia en una costosa y elitista academia privada, cuyo nombre no deseaba recordar— Bill se sentía más a gusto entre chicos comunes que entre snobs condiscípulos que consideraban que su orientación era una peligrosa desviación que debía ser corregida… a golpes.

 

De manera que tras la tragedia del 14F el chico se había integrado a la Emanuel-Lasker-Oberschule, al igual que el resto de sus amigos de Ellen Key.

 

La prensa de farándula hizo un festín cuando la noticia se divulgó, pero Valentino Trümper tenía el cuero duro ante las críticas, sólo le importaba el bienestar físico y emocional de su hermano menor. El chico se veía feliz, aunque de tanto en tanto tuviera que soportar ciertos inconvenientes, como un inoportuno escape de gas.

 

La mujer sabía que el adolescente cumplía con severidad las reglas de su hermano, pero de todas maneras era su deber preguntar.

 

—¿Avisaste a Val?

 

El chico asintió mientras acababa su zanahoria y le hincaba el diente a un palito de apio—. Le dejé un mensaje, tambien llamé a su asistente.

 

—Me sorprende que hayas venido directo a casa, sin detenerte en el centro comercial.

 

Fue graciosa la forma en que el aludido abrió sus ojos de forma desmesurada y cogió su móvil con prisa.

 

—Dimequemisbolsasestánentucamionetaplisplisplis.

 

El ama de llaves exhaló un suspiro, Bill estaba creciendo, iba camino a convertirse en un hombre, pero no se le quitaba lo atolondrado.

 

Una vez que el chico recobró la calma al corroborar que su compra estaba a salvo fue tiempo de la pregunta incómoda.

 

—¿Le avisaste a Markus?

 

—Quiero Gnocchi al pesto, ¿aún estás a tiempo de prepararlo?

 

La pregunta del chico iba destinada a cambiar descaradamente de tema, puesto que Val definía la minuta del mes con antelación y no permitía cambios de último minuto.

 

—Bibi. Ignoro lo que sucedió entre ustedes, y no pretendo inmiscuirme, pero Markus siempre ha sido responsable con sus deberes para contigo. La mínima consideración que le debes a cambio es avisar que ya estás en casa y evitarle un viaje innecesario hasta tu secundaria.

 

Con un encogimiento de hombros y un resignado: “ya que” giró sobre sus talones y enfiló fuera de la cocina.

~*~

Cuando Hitomi mencionó que Markus se encontraba en la terraza Bill dedujo que estaría ejercitándose. Al igual que su hermano, el hombre dedicaba un par de horas diarias al cuidado físico. Después de todo, mantenerse en forma era parte de su trabajo.

 

En otra época —antes de que Markus rompiera todas sus esperanzas románticas, y de paso su corazón— el adolescente solía subir con frecuencia a observar al hombre entrenar. Disfrutaba  viendo sus músculos tensarse y relajarse rítmicamente, las gotitas de sudor deslizándose lentamente por ellos y los ímprobos esfuerzos del adulto por convencerlo de hacer ejercicio.

 

Ahora Bill evitaba cualquier contacto innecesario, verlo era conjurar esos y mil recuerdos más y ello aun dolía.

 

Por el mismo motivo, cuando estaba en casa pasaba el menor tiempo posible fuera de su habitación.

 

Sería mucho más sencillo y menos humillante enviarle un mensaje, pero el hombre usaba WhatsApp solo en ocasiones puntuales. Una llamada tampoco solucionaba su dilema.

 

«Ya estoy en casa», una frase que aparentaba simpleza pero que al chico sin embargo se le hacía cuesta arriba. No sólo tendría que ver al hombre a los ojos, sino que responder un largo interrogatorio sobre el porqué de su repentino cambio de horario, quién lo llevó a casa y por qué no lo llamó para que fuera por él.

 

Sin embargo, el panorama que encontró escaleras arriba fue aún peor de lo estimado.

 

El hombre no se encontraba ejercitando.

 

El ruido del agua corriente le dio una idea bastante acertada de dónde y en qué condiciones se encontraba el hombre.

 

El sentido común sugería que lo correcto era regresar sobre sus pasos y alejarse de las duchas lo más rápido que sus pies le permitieran, el mensaje podía esperar veinte minutos más.

 

Infortunadamente, Bill no acostumbra obedecer a su sentido común y se dejó guiar por su curiosidad como cerdo al matadero.

 

Intuía lo que encontraría tras esa puerta y que franquearla sólo empeoraría su situación. Empero, mientras más se repetía en su cabeza que aquello era un error, más aceleraba el paso

 

Al llegar frente la cabina debió cubrirse la boca con la mano para no jadear. El agua bajaba por la espalda marcando surcos en la espuma, surcos que dejaban húmedas franjas de piel a la vista.

 

Todo lo que Bill podía ver era las espaldas amplias, el trasero firme y la parte posterior de las recias piernas del guardaespaldas. Pero fue suficiente para que sus hormonas adolescentes hicieran ebullición.

 

El impulso de aproximarse, abrir la puerta y aferrarse al cuerpo jabonoso era casi incontenible.

 

Estuvo a un par de pasos de ceder a su impulso primario, pero algo más fuerte lo detuvo: su determinación a dejar de humillarse ante el hombre al que debía aprender (aún no sabía cómo) a arrancar de su cabeza y su corazón.

 

Bajó corriendo a encerrarse en su habitación, el motivo de su ida a la terraza completamente olvidado.

 

Se ovilló en su cama, apretando su erección con rabia y vergüenza. No cedería a la tentación esta vez, no se permitiría una sola paja más en nombre de Markus.

 

El mundo no podía dejar de girar porque Markus lo rechazó, tenía que encontrar la forma de superarlo. Si su hermanito había conseguido reponerse luego de que el maldito Joop casi destruyó su vida, él también debería sobreponerse a Markus.

 

No se sentía bien, no quería salir, pero tampoco quería estar a solas con sus negros pensamientos

 

Más por inercia que porque realmente deseara hablar con alguien, cogió su móvil y recorrió su lista de contactos de arriba-abajo. No podía hablar con ninguno de sus amigos, se darían cuenta de que algo andaba mal con él y no estaba de humor para inventar pretextos.

 

Hasta que su dedo se topó con una conversación de algunos días atrás. La seleccionó y releyó la última hora, sonriendo por las tonterías en ella.

 

Tal vez si tenía una persona con la que podía hablar, después todo. Escribió un nuevo mensaje y le dio a «enviar».

Quiero un cuarto de libra con queso y doble porción de papas para llevar, por favor

 

¿No tienes nada mejor que hacer? Idiota.

 

¿Así tratas a todos tus clientes, amorcito?

 

Sus corazones rotos fueron respondidos con caquitas de ojos saltones.

 

Presta atención a la clase, o acabarás en detención otra vez. —más emojis de caritas sonrientes mostrando una sonrosada lengua.

 

¡Nah! Desde que no tengo con quien pelearme ya no me castigan. Es aburriiido. —Insertó una carita agobiada y agregó un nuevo mensaje— Día libre, larga historia. ¿Que cuenta el reino de Ronald McDonald?

 

Hoy no tengo turno, leo Macbeth para el examen de literatura. —iconos de libros y muchas zetas.

 

Suena la mar de entretenido. ¿Y de que va?

 

Es como GoT, pero sin dragones. Espera…

 

El siguiente mensaje tardó unos cuantos minutos, resultó ser un archivo de audio.

 

Bill se sorprendió al reproducirlo y encontrarse con un fragmento de la obra recitado por el de rastas.

Tú quieres ser grande y no te falta ambición, pero sí la maldad que debe acompañarla. Quieres la gloria, más por la virtud; no quieres jugar sucio, pero sí ganar mal. Gran Glamis, tú codicias lo que clama: «Eso has de hacer si me deseas», y hacer eso te infunde más pavor que deseo de no hacerlo. Ven deprisa, que yo vierta mi espíritu en tu oído y derribe con el brío de mi lengua lo que te frena ante el círculo de oro con que destino y ayuda sobrenatural parecen coronarte”.

 

La voz del chico era demasiado aguda para sus dieciséis años, a pesar de ello se las arregló para que su lectura se oyera imponente.

 

Cool! —Envió, acompañado de varios pulgares hacia arriba, y no sólo por el texto.—¿De quién es?

 

Al otro lado de Berlín Tom rodó los ojos. Hasta él, que no era bueno en literatura, conocía al autor

 

H. C. Andersen.

 

Muy gracioso, a ese si lo conozco. Mamá me leía sus cuentos cuando era niño.

 

Bill no supo cómo fue que acabaron enfrascados en una charla sobre literatura infantil. Ninguno de los dos eran lectores asiduos, más allá de los planes de lectura obligatorios de la secundaria. Rápidamente saltaron a las películas basadas en cuentos de hadas y el tema se tornó interesante para ambos. En especial para Tom, cuyos conocimientos de trivia divirtieron al moreno.

 

Espera, despacio. ¿Qué carajos tiene que ver El Rey León con Macbeth?

 

¿Con Macbeth? Nada. Al menos no directamente.

 

Ya me perdí.

 

Es porque eres un idiota.

 

Es porque tú no sabes explicar.

 

Macbeth fue escrito por Shakespeare, Shakespeare también escribió Hamlet, en que se basó Disney para la trama del rey león.

 

A Bill le constaba que Tom pudo inventarlo todo, o incluso no ser más que una de esas tontas teorías que pululaban por internet, como aquella que decía que no podías estornudar con los ojos abiertos. Pero las tonterías del chico de rastas le divertían mucho, cuando no era un odioso homofóbico podía ser incluso agradable.

 

Bill había notado que el tenor de sus insultos había menguado en el último tiempo. Aún había algo de peyorativo en ellos, pero ya no encontraba esa carga de odio y violencia omnipresente cuando ambos asistían a Ellen Key.

 

¿Vienes hoy?

 

Para cuando se dio cuenta de lo que sus dedos habían escrito, el mensaje ya se había enviado y de nada valía arrepentirse.

 

Debo estudiar.

 

Das exámenes libres, puedes estudiar otro día.

 

No me sobra el tiempo. Trabajo, ¿recuerdas? No como tú que eres una niña bien.

 

Trabajas para pagar las infracciones porque conduces como salvaje. ¡Yo ni siquiera tengo auto! —Agregó muchas caritas llorando.

 

Sé que es difícil, pero intenta sobrevivir un día sin la presencia de tu macho.

 

Presionó el micrófono y le envió una grabación  suya con una risa sobreactuada. Finalmente salió de la aplicación y lo llamó directamente.

 

—Déjate de tonterías, hace tres días que no vienes.

 

¿Sí estás enterado de que realmente no somos novios, verdad? Sólo voy cuando puedo y me apetece. Tengo una vida más allá de nuestra farsa. ¿Por qué no llamas a tus amigos?

 

Bill se mordió el labio. El principal motivo por el que le agradaba hablar con Bob Marley (por sobre sus divertidas tonterías) era que estaba al tanto de su «secreto», y no necesitaba mentir ante él.

 

Suspiró hondo y se sinceró.

 

—No quiero quedarme a solas con mis pensamientos, que me repiten que soy una mierda.

 

Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea antes de que el chico agregara lacónicamente:

 

Voy para allá.

~*~

Tom no era muy apegado a las normas de tránsito, por ello un trayecto que normalmente tomaría 47 minutos lo realizó en una fracción de ese tiempo.

 

Llamó en cuanto llegó al estacionamiento, para que su «novio» le enviara el ascensor.

 

Al llegar al pent-house no hubo farsa ni faje simulado, tampoco preguntó qué lo tenía tan deprimido, simplemente le dio un abrazo amistoso que Bill aprovechó para susurrarle un «gracias» al oído.

 

—No agradezcas, vas a ayudarme con el examen de inglés porque no tengo ni puta idea —replicó, consiguiendo una pequeña sonrisa de vuelta.

~*~

El moreno no era muy bueno en inglés, el francés se le daba mejor. Tuvo la mala ocurrencia de comentarlo ante el chico de rastas y recibió el comentario vulgar de rigor.

 

—Ten cuidado, no te vaya a explotar el cerebro al derrochar originalidad —espetó, rodando los ojos.

 

—Fueron tus palabras. «Mi mejor lengua es la francesa».

 

—¡Pero no lo dije con esa…! ¡Ugh! Mejor dame tus apuntes.

 

Sorprendentemente, Bob Marley era aún peor en inglés que él. Eso debió hacerlo sentir mejor consigo mismo, pero sólo lo preocupó. El otro chico iba a necesitar muchas horas de estudio si deseaba aprobar el examen.

 

Una hora más tarde Bill tenía una migraña incipiente. Su improvisado alumno se tiró de espaldas en la alfombra, con las extremidades desplegadas cual estrella de mar, dándose por vencido.

 

—Hagamos un receso, por favor. Mis neuronas piden una tregua.

 

—Querrás decir: «la neurona».

 

Bob Marley le arrojó el cuaderno de apuntes, que el moreno alcanzó a esquivar con la mano.

 

En realidad el chico de rastas no estaba cansado, sólo hastiado de tantas formas verbales que no se conseguían fijar en su cerebro. Necesitaba relajarse, nada mejor para ello que dibujar un rato.

 

En cuanto el moreno lo vio sacar la libreta de dibujo comenzó a incordiarlo.

 

—¿Cuándo me dibujarás a mí?

 

—Er… Cuando las vacas vuelen en primera clase.

 

—No seas egoísta, dibujas todo el tiempo, no te cuesta nada. Anda dibuuuujame.

 

No dejó de joderlo ni de jalarle de la camiseta, como el niño mimado que en el fondo era, hasta que el chico de rastas cedió a regañadientes.

 

—De acuerdo, pero yo cobro.

 

Él no solía dibujar para otros. Dibujar era un asunto demasiado personal como para entregar alegremente su trabajo a terceras personas.

 

Era una de las razones por las que mantenía su afición en secreto. Bastaba que alguien se enterara para que comenzaran las típicas preguntas molestas: «¿me haces un dibujo para mi novia?», «debo un boceto para la clase de arte, ¿lo harías por mí?».

 

Un total y completo fastidio, la forma más rápida y simple de quitárselos de encima era cobrando.

 

Debió suponer que algo así no detendría a Trümper.

 

Y ahí estaba, plasmando en papel un rostro que se sabía de memoria, un hermoso rostro con una expresión extraña en él. El maricón seguía algo triste, pero había algo más allí.

 

Sus bolas experimentaron un jalón y su corazón dio una voltereta completa cuando su “novio” se mordió el labio con determinación, bajó de la cama y comenzó a gatear sobre la alfombra, directamente hacia él.

 

Si tenía dudas sobre las intenciones del maricón, estas se disiparon rápidamente en cuanto su croquera le fue arrancada de las manos.

 

Su tibio intento de alejarlo —»Ya te dije que no puedes verlo hasta que esté terminado, y aún no está termi… — no lo detuvo. Muy por el contrario, Trümper arrojó la libreta de dibujo sobre la alfombra, dejando muy en claro que su interés estaba puesto en otros asuntos.

 

Una quemante mano sobre su rodilla desconectó todo pensamiento lógico en el cerebro de Tom, y de paso su capacidad de reacción al brusco acercamiento del otro chico.

 

En menos de un parpadeo, Trümper estaba sobre él —literalmente sobre él—, ambas manos agarrándose de forma nada gentil de su camiseta, y en cuanto a su boca…

 

Su boca…

 

«Mierda…»

 

Su cuerpo traidor no hizo el menor esfuerzo en repeler el ataque del que sus labios estaban siendo víctimas.

 

Al menos le quedaba el honroso consuelo de que tampoco participaba activamente.

 

No porque sus entrañas en llamas no lo desearan sino porque —aún en shock por el inesperado movimiento del moreno— no sabía cómo reaccionar.

 

Se obligó a hacer algo, cualquier cosa, lo que fuera con tal de que el maricón no se llevara la errada impresión de que él estaba de acuerdo con aquella perversión, peor aún, que lo disfrutaba.

 

Giró su cabeza, alejando su boca de los labios invasores.

 

—Eso no es parte del trato —esgrimió, en un tono mucho menos imponente y autoritario del que se podía esperar de alguien tan indignado como él lo estaba.

 

—Quizá ya es tiempo de modificarlo.— Fue la descarada respuesta que obtuvo.

 

¿Pero qué parte de «no soy marica, me gustan los coños» no había entendido?

 

Debía ser el fijador para el cabello, le acabó friendo el cerebro.

 

Algo más compuesto, llevó sus manos hasta las estrechas caderas y empujó para alejarlo.

 

Pésima, terrible idea.

 

La camiseta del maricón se subió y sus manos acabaron en contacto con la piel caliente (“y suave. Mierda, es tan suave”).

 

El asalto no se detuvo, los labios con sabor a cereza dejaron besos de mariposa por todo su cuello.

 

—Sólo es un juego, nadie tiene por qué enterarse. —La voz sonaba brutalmente necesitada.

 

—A… a mí me gustan sólo las chicas. —consiguió alegar, a duras penas

 

—¿No dices siempre que yo luzco como una?—Trümper estaba caliente, eso saltaba a la vista. Lo que el moreno le susurró al oído a continuación no sólo le puso la piel de gallina, sino que lo hizo gruñir de deseo.

 

El maricón parecía no sólo dispuesto, sino deseoso de llegar al final esta vez, y a Tom le estaba costando un gran esfuerzo resistirse a sus insinuaciones.

 

Sin embargo había algo que le hacía ruido en todo ese asunto, y no guardaba relación con el argumento al que se asía con desesperación (“No soy un marica como tú, Trümper”).

 

En el corto tiempo que llevaba tratando al moreno de forma más íntima, consiguió conocerlo un poco mejor.

El comportamiento usual del otro chico no se ajustaba para nada a la «Sabiduría universal sobre los maricones» que le enseñó su padre. El chico no sólo nunca antes había buscado meterse en sus pantalones, (el que se suponía era el objetivo de todos los maricas en el mundo) sino que rehuía cualquier tipo de contacto, a menos que fuera forzosamente necesario.

 

Y en esas escasas ocasiones nunca fue por placer, siempre hubo un frío objetivo tras ello

 

Tom pasó saliva, la propuesta era demasiado tentadora para su cuerpo débil que se dejaba dominar por las hormonas. Sólo debía cerrar los ojos, dejarse ir y luego nunca volver a tocar el tema.

 

Pero esa inquietud, ese molesto ruido de fondo iba in crecendo y no lo dejaba en paz.

 

Cuando el maricón lo convocó a su casa esa tarde no se sentía nada bien. Evidentemente aquello –cual fuera el problema que tuvo más temprano— lo perturbaba aún. Él no podía aprovecharse de su estado.

 

Empujó al chico lejos de si nuevamente, pero este se resistía a dejarlo, dando como resultado que ambos se cayeran del puff.

 

Bill — que había aterrizado sobre su espalda— se volteó, enrollándose en posición fetal.

 

—Soy patético.

 

Tom, jadeaba intentando enviar aire a sus pulmones. Había estado muy cerca, cada vez le costaba más controlarse en su presencia.

 

Pero, viendo lo miserable que lucía el chico —tirado en el piso, evitando su mirada— confirmó que había hecho lo correcto.

 

—¿Estás bien?

 

No parecía estarlo. Y el gruñido «no quiero tu lástima» que obtuvo de vuelta así lo demostró.

 

—Vete, por favor. Bastante me he avergonzado ya—pidió el moreno, que había rodado hasta quedar boca arriba y se cubría los ojos con el antebrazo.

 

—Puedes decirme lo que te sucede, ¿sabes? Tampoco es como si yo tuviera a alguien a quien correr con el chisme.

 

—Tienes al idiota de tu hermano, y él me odia.

 

Bill tal vez esperaba la airada defensa de siempre, pero en su lugar consiguió un pequeño codazo.

 

—Nick no es idiota, sólo un poco… torpe. Y dudo que sea capaz de odiar a alguien, aun alguien tan insoportable como tú.

 

—Gracias por lo que toca —masculló, sin moverse de su posición.

 

—Anda, dime. ¿Por qué de pronto te convertiste en una gata en celo?

 

—No me preguntes, por favor.

 

—Si no respondes acabaré pensando que no pudiste resistirte a mi increíble magnetismo de macho.

 

Hubo una corta risa, que fue más bien un bufido de burla.

 

—Un macho que con ropa ajustada y algo de maquillaje pasaría por una linda chica.

 

—¡Jódete, no vuelvo a preocuparme por ti!

 

Se incorporó cabreado y comenzó a recoger sus cosas. Su apariencia flacucha y aniñada era un tema sensible que no fallaba en ponerlo de malas.

 

Bill lo llamó por su apodo un par de veces, pero el de rastas pasó de él.

 

—¡Kaulitz!

 

—¡¿Qué?!

 

El moreno se sentó en la alfombra a lo indio, ya no sonreía, de hecho su mandíbula tembló cuando confesó.

 

—Fue por causa de Markus —confesó, desviando la mirada—. Yo… tontamente creí que podía quitármelo, al menos un rato de la cabeza, si me enrollaba con alguien.

 

Las piezas en el cerebro de Tom calzaron a la perfección. ¿Qué otra cosa explicaría que el chico se le lanzara encima con semejante ímpetu?

 

—¿Entonces, estuviste con él?

 

El otro se encogió de hombros.

 

—Lo espié, sé que no debí pero… fue más fuerte que yo. No sabes lo que es perder el control de tu cuerpo y hacer cosas que te hacen daño.

 

Tom comprendió demasiado bien la referencia. Sin mediar palabra arrojó su mochila al piso, cogió al moreno de un brazo y lo obligó a ponerse de pie.

 

—¿Adónde me llevas?

 

—Vamos a tener una charla de macho a marica con corazón roto y necesitamos cervezas —se detuvo un momento, a interrogar al otro chico—. Supongo que hay cerveza en esta casa, ¿o sólo tienen esas mierdas sin alcohol?

 

Bill dibujó una pequeña sonrisa.

 

—A Val no le gusta la cerveza, pero podemos robarle una botella de Merlot de la cava. Pasarán meses antes que se dé cuenta.

~*~

Bill no comprendió la expresión de desconcierto en el rostro de su «novio» cuando le reveló la trampilla que había a un costado del piso de la cocina.

 

—¿Es alguna especie de entrada a un bunker secreto o algo?

 

—Es la cava.

 

—¿La qué?

 

El moreno rodó los ojos, a veces el idiota era demasiado lento.

 

—La cav… ¿Dónde guardan los vinos en tu casa?

 

—En la nevera. Como el resto de los plebeyos, su alteza.

 

El anfitrión evitó cualquier otro comentario, se limitó a menear la cabeza y descender por la escalerilla.

 

Usando la pantalla del móvil a guisa de linterna buscó una botella apropiada. Habían ejemplares que costaban una pequeña fortuna, si se equivocaba al escoger podía irse despidiendo de salir de fiesta durante todo un mes.

 

Un silbido de apreciación a sus espaldas lo asustó, estuvo a un tris de que se resbalara el móvil.

 

 —¡Wow! ¿Morí y estoy en el cielo?

 

—¿Qué haces aquí abajo?

 

—Escuché al gorila, no encontré otro lugar donde esconderme. Ya sabes cómo se pone cuando me ve —hubo un ligero encogimiento de hombros.

 

Bill bajó la cabeza sintiéndose culpable. Desde que su «brillante plan» fracasara, el hostigamiento del guardaespaldas contra el otro adolescente no hizo sino redoblarse.

 

Debió ponerle fin a la farsa en ese minuto. Ya no hacía sentido que persistiera en la mentira del novio falso, no iba a conseguir nada de Markus. Por el contrario, la presencia de Kaulitz sólo lo enfadaba más. Pero se encontró con que no pudo hacerlo. Bob Marley se había convertido en un inesperado apoyo, terminar con la falsa equivalía a sacarlo de su vida y no deseaba hacerlo.

 

Hizo un mohín mientras pensaba que hacer, era una especie de tic del cual la mayor parte del tiempo no era consciente.

 

—*Mauschen.—comentó Kaulitz, con una risita tonta.

 

—¿Qué?

 

—Es la forma en que tuerces la boca, pareces un ratoncito.

 

El moreno se quedó con la boca abierta, sin encontrar como responder a ese… ¿Insulto?

 

—Pues tú tienes cara de… cara de…

 

Pillado con la guardia baja no pudo más que emitir un pequeño gruñido de frustración antes de desaparecer escaleras arriba.

 

—Vuelvo enseguida, no toques nada.

~*~

La puerta de la trampilla se cerró con un golpe seco, dejando el interior de la cava en penumbra.

 

Tom jadeó, el edificio en que vivía el maricón lucía moderno pero nada le aseguraba que no habitaran fantasmas en este. Había leído historias sobre obreros que caían de los andamios y luego…

 

¡Tom Kaulitz! ¡Vengo por ti!

 

Esta vez no fue un jadeo sino un chillido nada masculino el que emitió el chico ante la voz de ultratumba y esa siniestra cabeza flotante que se acercaba a él, mirándolo amenazante.

 

Su corazón bombeaba a mil latidos por segundo, podía jurarlo, tenía la mano sobre su pecho.

 

La horripilante cabeza del fantasma-del-obrero-caído-del-andamio se tornó cada vez más familiar a medida que el intenso brillo se alejó de ella.

 

—¿No me digas que le temes a la obscuridad, Bob Marley? —preguntó una voz conocida, mientras la luz espectral (a.k.a. el móvil del maricón) se posó sobre uno de los escalones y proporcionó claridad suficiente para distinguir la silueta del idiota de su “novio”.

 

—P-por supuesto que no —alegó Tom, avergonzado—. ¡No soy un bebé miedoso! Es sólo que no quiero quedarme encerrado aquí abajo. Además cualquiera se asustaría con tu cara de psicópata.

 

—Eso fue por lo del ratón —aclaró el moreno, descendiendo el tramo que restaba.

 

 Tom era más de cerveza, y aunque en ocasiones bebía vodka prefería irse a la segura, por lo que no prestó mucha atención a la breve disertación que le dio el otro chico al momento de escoger una botella entre las decenas almacenadas en las paredes.

 

Pero el alcohol era sólo un pretexto, no habían olvidado el motivo que los llevó a estar sentados hombro con hombro —literalmente—en el piso de madera de ese hueco incómodo y oscuro.

 

No fue sencillo para el moreno abrir su corazón, le tomó dos copas y una cantidad considerable de rodeos. Pero una vez se abrió la compuerta de sus sentimientos esta no se volvió a cerrar.

 

—… no siempre me sucede —se excusó, lágrimas calientes rodando por sus mejillas y arruinando su maquillaje— A veces lo veo y sólo siento arrepentimiento por todo el tiempo que desperdicié, esperando que me correspondiera —agregó, con tristeza al rellenar su copa—. Pero hoy… me pilló desprevenido. Fue como… como una bofetada ¿sabes? ¡Bam! «Mira bien. Esto jamás será tuyo, pero estás condenado a desearlo».

 

Tom apoyó la mano en su rodilla y la frotó con el pulgar, esta vez no lo movían aquellos impulsos carnales que tanto despreciaba, sino una genuina intención de confortar al otro chico.

 

No había mucho más que él pudiera hacer, salvo beber y esporádicamente dar su parecer sobre el mentado Markus, la que solía ser «¿cómo pudiste enamorarte de semejante mierda?».

 

La botella iba apenas por la mitad, sin embargo la sobriedad de Tom, pero especialmente la de Bill —quién, demasiado deprimido para probar bocado, se saltó el almuerzo— se tambaleaba peligrosamente.

 

—…desearía que hubiera una fórmula mágica para olvidarlo. Así —chasqueó sus dedos— voilá, no más Markus, no más mierdas.

 

El otro chico apoyó su mentón sobre su hombro y dejó salir un suspiro descolorido, esa parecía una idea tentadora.

 

—Sep, ojalá fuera tan sencillo.

 

El maricón se frotó los brazos desnudos, estaba tiritando de frío, pese a ser verano la temperatura al interior de la cava no superaba los 16°.

 

Tom no hizo aspavientos, sólo se quitó una de sus camisetas y la dejó sobre el regazo del moreno, murmurando un escueto “póntela”.

 

—¿Qué es esto?—inquirió el otro, desorientado por su ligera embriaguez y la escasa iluminación

 

—El camisón de tu abuela.

 

Trümper pasó de la pulla, dejó la copa a un lado y estiró la prenda dándose cuenta de lo que era.

 

—¿Y tú?

 

—Soy un macho de sangre caliente, el frío no me afecta.

 

De no encontrarse en la semi penumbra Bill habría visto los delgados brazos del otro chico completamente en piel de gallina.

~*~

Su pecho se sentía ligero, gran parte de la angustia que lo oprimía se había disipado, diluida por el alcohol y las lágrimas.

 

Ahora sólo quedaba un agradable mareo y una tonta risita a flor de labios.

 

Por su parte Bob Marley insistía en aferrarse tercamente a su impostura de macho, sin embargo —ahora que el moreno había descubierto un punto débil— le costaba mantenerla. Bill sólo debía alzar sus cejar y hacer un leve movimiento con su boca para que el otro estallara en una carcajada al grito de “Mauschen”.

 

El moreno nunca lo había visto reír de esa manera —con la boca muy abierta y ojos pequeñitos— de esa ni de ninguna otra. Bill nunca lo había visto reír.

 

Desde que lo conoció el otro chico siempre se veía iracundo, resentido, sus escasas risas eran más bien muecas burlescas.

 

Se ve tan niño cuando ríe con espontaneidad”.

 

El moreno se cuidó de que sus pensamientos no escaparan por su boca, empujados por el alcohol, en forma de palabras audibles. Estaba pasando un buen rato con el otro chico y no quería arruinarlo.

 

Con su cerebro medio atontado por el Carmenere no se daba cuenta consciente de que le gustaba verlo reír. Sólo obedeció a esa vocecita interna que susurraba que sería una gran idea hacerle cosquillas, para ver esa risa nuevamente.

 

Al otro chico su genial idea no le agradó en lo más mínimo, intentaba por todos los medios ponerse serio, imponer respeto, pero los dedos de Bill eran largos y hábiles. No resultaba nada fácil escapar de ellos, una vez había sido escogido como su presa.

 

El espacio tras la escalerilla era muy estrecho, Tom intentó huir a gatas, pero Bill lo jaló de la camiseta sin mayor problema. Ambos acabaron tirados en el piso en una posición nada cómoda, con sus miembros enredados como su estuvieran jugando Twister.

 

Finalmente, lo que no consiguió el de rastas con su dura pelea, lo logró esa incómoda posición. Una pierna acalambrada puso fin a los jugueteos y dio como resultado que el moreno se desplomara sobre Tom.

 

Con sus reflejos embotados, sus movimientos torpes y extremidades que no cooperan. Deshacer el lío de brazos y piernas parece imposible.

 

Hubo fricción y manos en sitios inapropiados, pero en lugar de enardecerlos sólo dio motivo a más risas.

 

—¡Hey! ¡Quita la mano de mi trasero!

 

—¿Es tu culo? Pensé que era tu pecho, por lo plano.

 

Armaron tal alboroto que se oyó desde el exterior.

~*~

Markus sabía que los chicos se encerraron al interior de la cava, más temprano vio a Bill bajar con dos copas y cerrar la trampilla tras él.

 

Se disponía a ir tras él cuando fue interceptado por el ama de llaves, quien se interpuso en su camino, impidiéndole intervenir. A Hitomi no le agradaba la forma en que Markus trata a Tom. «No es la manera, si le haces la guerra al chico sólo conseguirás que Bill se enterque y se apegue más a él».

 

Pero Markus era obstinado, sin Hitomi entrometiéndose ahora no tuvo mayores obstáculos para levantar la trampilla y asomarse.

 

Lo que encontró lo hizo arder en furia, los adolescentes estaban convertidos en un par de enredados pulpos que no paraban de frotarse y reír como locos.

~*~

Los chicos se encandilan con la repentina luminosidad.

 

—¿Qué mierda? —preguntó Tom, quien por encontrarse bajo el cuerpo de Bill no alcanzó a identificar al intruso.

 

El moreno en cambio reconoció con facilidad la figura que los espiaba.

 

—Llegó el gorila aguafiestas—espetó, apoyando una mano en la escalerilla para conseguir la estabilidad necesaria para incorporarse. El de rastas siguió su ejemplo, en un par de minutos estuvo a su lado.

 

—Yo mejor me voy—murmuró, mirando con recelo hacia el adulto que bloqueaba la salida de la cava.

 

El susto no sólo les espantó la diversión, sino parte de la borrachera.

Subieron a trompicones por la escalerilla, dejando las copas, el sacacorchos y la botella vacía olvidados en un rincón.

 

Markus no pudo evitar notar el drástico cambio en el semblante de Bill. Todo rastro de diversión se esfumó en cuanto lo vio, reemplazado por una expresión ceñuda

 

Al llegar arriba el chico le lanzó un desafiante: «atrévete a contarle a Val, si tienes los cojones».

 

Algo inestable, le dio un débil empujón en el pecho con la palma extendida y remolca a Tom fura de la cocina, jalándolo de su camiseta.

~*~

—Vine en Zorra —insistió tercamente el chico al llegar a recepción, rehusándose a dejar su automóvil de buenas a primeras en el estacionamiento del edificio.

 

—No seas tonto, no estás en condiciones de conducir. El taxi llegará en 8 minutos.

 

—Si me la roban te responsabilizaré personalmente.

 

—Está más segura aquí que en la calle, cuando la conduces. Mañana puedes venir por ella.

 

El de rastas desplegó una sonrisa de triunfo que a Bill se le antojo adorable.

 

—¿Entones de eso se trataba todo? Secuestras a mi chica para asegurarte de que venga a verte mañana.

 

El moreno le siguió el juego, divertido con sus ocurrencias —¡Me atrapaste! Es que no soporto no verte a diario, amorcito— agregó con un puchero, echándole los brazos al cuello y dándole un sonoro beso en la mejilla, que hizo que el conserje meneara la cabeza de forma reprobatoria.

 

Ocho minutos más tarde Bill se las arregló para que su terco “novio” subiera al taxi.

 

Tom no le cobró la camiseta, Bill “olvidó” regresársela.

~*~*~*~

—¿Hay algo que te preocupe?

 

—Nop, nada.

 

—¿Estás seguro? Porque llevas casi media hora hablando de mascarones de proa, y aunque es importante que salgas de tu aislamiento y este hombre… —La psicóloga le dio un vistazo a sus notas y se ajustó sus lentes— “Tobías” aparenta ser una buena influencia, creo que estas desviando deliberadamente el tema.

 

Tom bajó la mirada con culpabilidad. Se le había hecho raro que Pauline lo dejara a sus anchas por tanto rato sin presionarlo sutilmente, como era su costumbre.

 

—Aún nos quedan algunos minutos —planteó la mujer, con amabilidad—. ¿Te parece si hablamos de aquello que te molesta?

 

El adolescente cogió los bajos de su camiseta y los estrujó en su diestra, la psicóloga notó el tic pero no hizo alusión a ello.

 

—No tengo nada que contarte –la mujer le dio tiempo al chico para que procesara sus ideas, poner palabras en su boca sólo perjudicaba la terapia—. Quiero decir: si tengo, pero no sé cómo explicarlo. Es… sobre el maricón.

 

La mujer dejó sus notas a un lado y le prestó completa atención a su paciente. Había esperado una mención sobre el otro chico durante varias sesiones.

 

—Prosigue.

 

—No sé qué pensar sobre él, cuando está con más gente siempre anda con sus mariconadas. Ya sabes…

 

—¿Cómo cuando lo conociste en la secundaria?

 

—Si.

 

—¿Qué es lo que te confunde sobre ello?

 

—Cuando estamos solos actúa diferente.

 

—¿Diferente en qué sentido?

 

—Diferente… como si fuera una persona.

 

La psicóloga anotó una sola palabra, deseaba fervientemente ahondar en el tema, por desgracia la sesión había terminado y afuera tenía a otro paciente esperando.

Despachó al chico, no sin antes comprometerlo a tratar el tema en la siguiente sesión.

 

Antes de agregar las notas a la ficha subrayó la palabra “Empatía

Continuará…

por Haruxita

Escritora del Fandom

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