La escena relatada en esta parte no estaba planeada, correspondía mostrar otro vistazo a la relación de los adultos. Pero BubbleGoTH me preguntó si Bill se enteraba de la participación de Tom en el incendio. Pensaba responderle con una viñetita, pero como siempre estos chicos se apoderan de mi y es imposible ser breve por mucho que lo intente.
Le mando un abrazo peludo a mi Archange por betearme.
«Basorexia» Fic de Haruxita
Capítulo 6: El Hada y el Bombero (P.2)
«Yo llamaré a tu trabajo, puedes darte un descanso por hoy—había dicho él—. Pasaste la noche en vela y te ves exhausto. Duerme lo que resta del día, lo necesitas».
Su hermano mayor no necesitó repetir su ofrecimiento.
Estresado por la preparación de sus exámenes —por no mencionar su trabajo y el ajetreo de la noche recién pasada— el adolescente le tomó con gusto la palabra, se arrojó aún vestido sobre su cama y durmió como marmota hasta media tarde.
A las tres en punto, sonó su alarma —como cada día de lunes a sábado—, misma que apagó con fastidio. Sin embargo ya no pudo volver a dormirse y se quedó acostado en la cama, con los ojos pegados en las estrellitas de gel del cielo, su flojera peleando con fiereza contra la necesidad física de salir de casa.
Una absurda cantidad de tiempo más tarde el rugido de sus tripas lo obligó a coger el móvil.
No tenía ni ánimos ni energías para cocinar, y además Nick siempre le dejaba dinero para emergencias en el galletero de la cocina. De manera que, sin el menor remordimiento, ordenó una pizza.
~*~
Ya con su descomunal apetito saciado se dio una larga ducha. Quizás habría sido más inteligente tomarla antes de acostarse —dudaba de que las manchas de hollín pudieran quitarse de su ropa de cama—, pero eran más de las ocho de la mañana cuando llegaron a casa y sus ojos se cerraban solos.
«Qué remedio, tendré que pagarle las sábanas a Nick». —pensó, restregándose el codo enérgicamente, pero la mugre se resistía a abandonar también su piel.
En el fondo de su corazón Tom sabía que a su hermano no le importaban las sábanas arruinadas, pero deseaba hacer las cosas bien esta vez. Por ese mismo motivo en cuanto se enteró del incendio se ofreció a ayudar, pudiendo quedarse en la seguridad de su camita. Se lo debía a la señora Schulz por todas las veces que le robó ciruelas, orinó en su laurel y usó su muro como lienzo.
Según Pauline, de nada servía reconocer sus errores si no realizaba acciones concretas para revertir el daño que estos provocaron.
Su terapeuta también había dicho otras cosas, pero esas eran más difíciles de poner en práctica.
Aunque lo estaba intentando —costaban horrores y a veces tenía la impresión de que avanzaba un paso y retrocedía dos— la losa sobre su pecho se iba haciendo gradualmente más ligera.
Finalmente su flojera —y sus extremidades entumecidas— ganaron la partida. Tipeó una rápida excusa y apretó «enviar» antes de subir las escaleras de regreso a su habitación.
~*~*~*~
Llegó al estacionamiento con puntualidad británica —no que estuviera ansioso por verlo tras un día de ausencia, era sólo que a esa hora de la tarde había muy poco tráfico— y llamó a Trümper apenas bajó de Zorra para que le enviara el ascensor.
El otro chico conocía una combinación de comandos para bajar directo al primer subterráneo sin detenerse en ningún piso, pero se negaba en redondo a revelársela cada vez que le preguntaba.
Se le escapó una estridente maldición cuando se abrió la puerta del ascensor y su «novio» lo saludó desde el interior, como si nada.
—¿Qué haces aquí?
—Er… Tal vez no te hayas dado cuenta, pero vivo aquí— contestó burlesco y agregó a renglón seguido—. Cambiamos la contraseña.
—¿Y no podías sólo enviármela? —alegó, mientras el otro chico digitaba una clave de cuatro números que puso en marcha el ascensor nuevamente.
—No es seguro, podrían hackear tu móvil.
El de rastas resopló, su supuesto novio estaba demasiado influenciado por las teorías de conspiración.
—¿Y cuál es la nueva?
El moreno se mordió el labio un segundo, antes de acercarse y susurrarle la cifra al oído. Su aliento cálido le causó a Tom un estremecimiento en algunas zonas bajas de su anatomía.
—Lo aprendiste muy rápido para ser un número aleatorio—comentó, tragando saliva, avergonzado porque su voz sonó demasiado aguda. Su situación empeoró cuando la risita espontanea del otro llenó su oído.
—Es la hora de mi alumbramiento, tonto. Es un número fácil de recordar porque mamá las mandó grabar en un pendiente que jamás se quitaba. La de Val y la mía—aclaró.
Trümper no hablaba muy a menudo de sus padres, lo poco que Tom sabía de ellos —que murieron en un accidente cuando él era muy pequeño— lo supo por su hermano Nick. Pero las pocas veces que lo hacía sus ojos brillaban intensamente. Se notaba que guardaba recuerdos felices y los recordaba con mucho cariño.
En otra época Tom lo hubiera envidiado. Sus propios padres distaban mucho de ser gentiles y cariñosos. Pero desde que se fue a vivir con su hermano éste se esmeraba por compensar todas las carencias que sufrió en la casa paterna. Tom — aun con una investigación criminal en curso y una terapia que lo enfrentaba a sus mayores temores tres veces por semana—había sido mucho más feliz los meses recientes que toda su vida antes que eso.
Una sonrisa maliciosa bailaba en los labios del moreno, en una forma que hacía que sus caninos parecieran engañosamente alargados y alimentaban vampirezcas fantasías en la mente de Tom
Se acercó de nueva cuenta, olisqueando entre sus rastas, para incomodidad de Tom.
—¿De cuál estás fumando? —preguntó, inhalando profundamente, a lo que Tom se apartó escandalizado. Para su mala suerte el espacio dentro del ascensor era bastante limitado y el moreno lo arrinconó con facilidad contra el panel del fondo. El hecho de que fuera más alto y fuerte ayudaba bastante.
—¡Quita! ¿Eres un perro entrenado o qué?
—Huele extraño, ¿estás seguro de que es María?
—¡No es yerba! Es laurel, romero, naranjo y un poco de rosas.
Bill lo miró boquiabierto y un tanto… ¿cabreado?
—¡Serás idiota! ¡Si estabas tan urgido pudiste pedirme, no necesitabas hacer experimentos! ¡Te dije que podía conseguirla para ti!
Tom rodó los ojos.
—No estaba fumando, tarado. Antenoche se quemó la casa de una vecina; tenía muchas plantas y frutales en su antejardín, por eso el olor.
La actitud del otro chico cambió drásticamente, su rostro se tornó muy serio y se le escapó un jadeo asustado.
—¿Estás bien?
—Sí, fue sólo un susto.
Tom no comprendió porqué el otro chico bajó la cabeza, y entendió mucho menos aún cuando le alzó la barbilla y se encontró con un par de vidriosos ojos almendrados.
—Hey, estoy aquí. Aparte de unas rastas ahumadas nada malo me pasó.
Pero no consiguió evitar que finos ríos oscuros mancharan el pálido rostro de su “novio”.
Tuvo el impulso irreprimible de limpiarlas con sus pulgares, pero como muchas veces en el pasado fue salvado por la campanilla del ascensor
El moreno se limpió la humedad fastidiado, cogió su mano con determinación y lo arrastró hasta su dormitorio sin soltarlo en todo el trayecto.
Aunque ninguno dijo palabra el de rastas supo que la precaución era debido al gorila. El hombrón no estaba a la vista, pero Tom recordó las cámaras de seguridad y se acobardó, apurando el paso.
~*~
—Tu hermano estuvo aquí ayer— lanzó Bill, no bien se encontraron a salvo en su habitación. Se notaba que hacía un esfuerzo para que su voz saliera natural.
—Lo sé, viene a diario después del trabajo —repuso con indiferencia, desplomándose pesadamente en el puff del que rápidamente se había apropiado en cuanto comenzó a frecuentar el penthouse
—Él no me habló sobre el incendio. Bueno, rara vez hablamos, él no me cae bien— explicó, caminando en círculos por la habitación, intentando justificarse.
—Ya te dije que estoy bien, no fue para tanto—insistió con irritación, descolocado por la reacción del moreno.
—¿Y si algo malo te hubiera sucedido? —Chilló, hablando demasiado rápido producto de su estado alterado— No tengo forma de enterarme si tú no me cuentas o tu hermano no se lo menciona de pasada a Val. Sabes que no puedo preguntarle a él directamente, ni puedo ir a tu casa, ¡ni siquiera sé dónde vives!
Tenía un montón de tiempo que no veía a Trümper perdiendo el control, y aunque esas ocasiones también fueron por su causa, nunca antes se debió a que el otro adolescente estuviera preocupado por él.
Lo cual era doblemente chocante, considerando que el número de personas a las que les preocupaba su integridad eran realmente escasas.
Optó por echarlo a la broma, no quería que la situación entre Trümper y él se pusiera densa.
—Sólo somos novios de mentiras, no te lo tomes tan a pecho. Sé que soy irresistible pero… ¡Ay!
El moreno le arrojó un cojín que impactó de lleno en su nariz, la que ahora dolía cómo el demonio.
—Eres mi amigo, tarado. Es obvio que me preocupo si algo te sucede, es lo que los amigos hacen —Tom perdió el equilibrio y se cayó de culo al suelo de la pura impresión. ¿Había escuchado bien?—. No me trago el cuento de que nada pasó, aparte de que el olor en tus rastas es demasiado penetrante, tus manos están ennegrecidas. ¡Y no me digas que estuviste pintando, porque no soy así de estúpido!
Considerando lo furioso que se veía el moreno, Tom caviló cuál parte de la verdad podía decirle sin enfurecerlo aún más. Negarse a hablar no era una alternativa.
~*~
—Es un perro viejo, se la pasa todo el día durmiendo… —relató Tom, recordando el alocado aleteo del corazón del animal contra sus manos, cuando lo rescató de debajo de una mesa.
—¿Por qué lo hiciste? Para eso están los bomberos.
—Tardaron más de media hora en llegar, no podíamos quedarnos de brazos cruzados. Si hubiéramos esperado la señora Schulz y Genghis habrían muerto.
—No puedo creer que el idiota de tu hermano te dejara hacerlo—rezongó, con resentimiento.
El asunto era bastante más complejo que sólo un capricho de parte del de rastas. Desde luego había una respuesta breve que cortaría el flujo de preguntas: «lo hice porque me salió de cojones». Pero la revelación de Bill fue sorprendentemente verdadera. Ellos eran amigos ahora, compartían confidencias, nimiedades y problemas. Y poder desahogarse con alguien que lo escuchara, que no fuera su hermano, le sentaba tan bien…
—Nick no quiso al principio, pero se lo debía, Trümper. Ella aguantó mis mierdas durante años. No podía quedarme tranquilo en casa, sin al menos intentar ayudar.
—Arriesgaste tu vida.
—Al menos esta vez fue por algo que valía la pena.
El corazón de Tom dio un brinco y se quedó atorado en su garganta cuando, sin aviso de ningún tipo, el otro chico lo estrujó en un abrazo.
—Eres un idiota, no vuelvas a hacer una estupidez como esa. Y yo que pensé que no habías venido ayer para quedarte en casa jalándotela.
Tom resopló, estaba tan cansado que no le quedaron muchas energías para masturbarse
Su corazón descendió lentamente hasta su sitio, mucho mas cálido de lo que se había sentido esos dias. El moreno cogió un puñado de sus rastas y las acarició inadvertidamente con el pulgar
«Amigos» había dicho, eso era mucho mejor que novios de mentira, ¿no?
Al menos ese abrazo se sentía muy bien.
Abrazo que correspondió con cautela. Ya había tenido oportunidad de echar un largo vistazo a lo que se ocultaba bajo su camiseta. Mas que eso, lo había acariciado, lamido y mordido. Sus manos estaban ahora en su cintura, bastaba deslizar apenas su mano y meterla bajo la tela.
Pero no era el momento. Bill acudió a él con preocupación y afecto y no quiso arruinarlo.
~*~*~*~
Bill tenía una cita con Georg justo después que él se marchara. Que el moreno se lo contara como si nada le escoció en el pecho.
Como él mismo se encargaba de repetir cada vez que se veían, ellos eran novios de mentira, no podía reclamarle nada.
Pero el hecho de que se tratara de su ex compinche de casi toda la vida —El mismo con quien lo vio besándose ese maldito 13 de febrero—, de alguna manera dolió mucho mas que si hubiera tratado de cualquier otro.
—Pensé que habías tachado a Geo de la lista, luego de cobrarte por fingir se su novio.
El moreno frunció el ceño por un instante, antes de procesar sus palabras y estallar en una estruendosa carcajada.
—Es una cita de estudio, tonto. Como las nuestras.
Tom fingió no haber oído que Bill denominaba a sus encuentros diarios: «citas de estudio».
Aunque, en honor a la verdad, desde que decidió olvidarse del tal Markus era precisamente a eso a lo que dedicaban su tiempo juntos, a estudiar
—Thor es lindo, pero está enamorado de su cabello, jamás podría competir contra eso—comentó Bill, haciéndolo reír
—Ese fue amor a primera vista —agregó Tom, aumentando las risas de Bill.
—Una vez le cambié su bote de shampoo por uno idéntico, pero con purpurina, estuvo una semana sin hablarme.
Siguieron riéndose a costa de su amigo un buen rato. El que tardó Tom en reunir el valor para proponer: «Si deseas, yo puedo enseñarte».
El otro chico lo miro incrédulo.
—¿Matemáticas? ¿Hablas en serio?
—Me has ayudado con inglés, de cierta forma te lo debo.
Trümper se encogió de hombros—. Si quieres intentarlo, pero te advierto que nunca le he encontrado sentido ni nunca lo haré.
Como cada vez que alguien lanzaba ese tipo de comentario al aire, Tom se sintió particularmente ofendido
—¡¡La matemática es muy importante!!
—¡Es un maldita perdida de tiempo! Dime, ¿cuándo voy a aplicar estas formulas en la vida real? Para eso se inventaron las calculadoras —Tom se jaló de las rastas, porque si jalaba del cabello de Trümper llevaba las de perder—. Además, se supone que los artistas odian las matemáticas.
Tom sonrió sin poder ni querer hacer nada para evitarlo, Trümper lo había llamado «artista». Por supuesto que él lo era —y de los buenos— pero que el otro chico lo mencionara, sin un tonillo de burla de por medio, le produjo una desconocida satisfacción.
—Sólo las odian los que son malos para ellas —repuso con aires de superioridad.
Cómo el otro chico continuaba con una gran expresión de interrogante en sus hermosos…
¡Marrones! ¡Los ojos de Trümper son marrones y ya!
El caso es que Tom, en un gesto de benevolencia para con la criatura ignorante, le explicó pacientemente —o lo más que se podía con un burro como Trumper— de que manera todo ser viviente estaba regido por las leyes matematicas.
Le habló de la proporción áurea, de la secuencia de Fibonacci y de cómo era imprescindible manejarlas al dedillo si se quería ser un buen dibujante.
El moreno tenía cara de no entender ni media palabra de lo que le estaba explicando, pero tenía los ojos muy abiertos y no se perdía un segundo de su improvisada catedra.
Tom le cogió una mano y comenzó a enumerar ángulos y medidas.
El moreno se sintió bastante estúpido, nunca hubiera imaginado que dos materias que en apariencia no tenían nada en común estuvieran estrechamente ligadas.
Mucho menos que el idiota de Kaulitz realmente no fuera tan idiota como parecía.
—Tu rostro, por ejemplo, es perfecto.
Bill suspiró, el moreno no creía que lo fuera, pero si sabía que en ese momento estaba furiosamente sonrojado.
Desvió la mirada y fingió no haber oído bien.
—Es perfectamente simétrico… —continuó Tom— Salvo por tu ojo derecho que va para donde quiere.
—¡Hey! ¿Me estad diciendo bizco?
—Y aparte de bizco, lento.
—Idiota.
—Suficiente charla. Trae tu guía de matematicas.
—¿No vamos a estudiar inglés primero?
—Estás peor en matematicas que yo en inglés.
Con un suspiro resignado, Bill fue por sus cuadernos.
~*~
Al cuarto bostezo en menos de diez minutos Trümper arrojó su portaminas sobre el escritorio y se cruzó de brazos.
—Ve a dormir.
—Esroy ben, non cenesito mormir —porfió, con los ojos llorosos y los brazos agarrotados por el cansancio
—Ni siquiera puedes hablar con claridad, te vas a quedar dormido sobre el libro. Descansa un rato, idiota.
—No puedo, debo irme en un… —bostezo— cuanto de hora y aun nos falta la mitad de la guía.
—Supongo que quisiste decir «cuarto». Y si piensas que voy a dejar salir tu trasero adormecido para que Zorra choque con el primer poste que se te cruce, significa que aun no me conoces bien.
—Gracias por preocuparte, «mamá», pero no es como si tuviera alternativa, van a ser las siete. Ya me he quedado bastante mas que otros dias.
Tom tenía programada varias alarmas en su movil.
La hora en que debía tomar sus antidepresivos, la hora en que debía despertar para ir al trabajo, la hora en que debía ponerse en camino a la casa de Bill… Pero una de ellas era la más odiada, la alarma de las siete de la tarde: «La hora fatal».
Valentino Trümper tenía una agenda muy ocupada, solía llegar a casa alrededor de las ocho de la noche, en ocasiones podía adelantarse algunos minutos, pero Bill sabía que jamás estaba en casa antes de las siete y media. Y detrasito de Val llegaba Nick, quien a veces se adelantaba un rato.
Val no podía encontrar a Tom en su casa, no se lo podía topar en el recibidor ni en la cocina. Existía un recurso desesperado (la escalera de incendios) pero Tom no deseaba tener que echar mano a ello.
Bill le dio esa mirada cálida que había tenido toda la tarde para con él—. No tienes que irte, tonto. Val no llegará hasta que acabe ese condenado video y según su último mensaje, eso no será hasta mañana.
—Pero…
—Duerme un rato —propuso, indicando su cama con un ademán de cabeza— yo mientras acabaré la guía, puedes revisarla cuando despiertes.
Tom buscó desesperadamente argumentos para negarse a dormir en la cama de Bill.
Los tenía, y de sobra, el principal era que no podía dormir en esa cama con la que había soñado tantas veces… teniendo sexo con el chico que lo veía de forma amistosa.
—Que conste que fue tu idea, y no quiero un solo error en esos ejercicios.
Como siempre, no podía confiar mucho en su cuerpo, que solía hacer lo que le venía en gana, en especial cuando tenía a Bill Trumper ante él.
Se quitó las zapatillas (el cobertor de Bill era blanco y no quería ensuciarlo) y se recostó en la cama, con un suspiro de satisfacción. Aunque se había negado a reconocerlo, estaba exahusto y adolorido a partes iguales.
~*~
Bill corrió las cortinas y apagó el sistema de sonido para que nada interrumpiera el descanso del chico de rastas.
El sosiego era tan tentador que dejó la guía a un lado, a cinco preguntas del final, y se tendió en su lado de la cama.
~*~
Tom había estado antes en ese lugar, si bien algunos detalles había cambiado podía reconocerla perfectamente.
Él estaba sentado en el suelo, con su espalda apoyada en los pies de la cama, Geo no se veía por ningun lado, el chico rubio que reconoció como amigo de Bill, se marchó excusándose con ir en busca a Geo.
Había una cuarta persona en ese cuarto. Una persona que le sonrió con picardía y gateó sensualmente hasta donde él se encontraba.
Con total desparpajo, Tom exprimió su entrepierna que ya comenzaba a despertar.
Un momento mas tarde el precioso moreno, que no había dejado de coquetearle en todo momento, se sentó a horcajadas sobre sus piernas haciendo caso omiso a su «¡Quita, marica calientapollas»!
La sonrisa del chico no flaqueó, en lugar de amilanarse susurró sobre sus labios, si llegar a tocarlos
—Entonces, reconoces que te caliento.
Tom tragó saliva ante la provocación descarada, pero llevó sus manos inmediatamente a esas estrechas caderas— ¿Tú que crees?
El moreno lo cabalgó un par de veces, mientas alejaba la boca de sus labios y repartía besitos en su cuello.
Tom jadeó necesitado—. Eres un ratóncito travieso —. Sus amigos podrían entrar en cualquier momento y pillarlos con las manos en la masa.
Cada vello de su cuerpo se erizó cuando el moreno declaró—: Tomi, me pones tanto —, mientras que metía de contrabando una mano en su pantalón
~*~
Despertó jadeando, doblemente asustado al reconocer el lugar de su sueño: era la habitación de Georg.
Se pateó mentalmente por cometer la imprudencia de ceder las presiones del moreno. Pudo haber gemido o hablar mientras dormía… pudo gritar el nombre de Trumper al acabar.
Pero aparentemente ese día corrió con suerte, porque a pesar de que tenía una gran erección no alcanzó a terminar.
Además, del pequeño detalle de que Bill dormía acurrucado sobre su pecho, bien agarrado a su camiseta, como quien está acostumbrado a compartir cama.
Le acometieron unos celos enormes contra los otros chicos que compartieron la cama de Bill.
Hasta que recordó que el mismo moreno le dijo en una oportunidad que cuando estaba asustado acostumbraba dormir con su hermano
Tom apartó sus celos sin sentido y un mechón que tapaba ese bello rostro con el que estaba obsesionado.
Los labios aun conservaban un toque de gloss de fresa, lo que lo hizo desearlo aún más.
Ya los había probado más de una vez, Trumper podía despertar en cualquier momento, pero su sueño reciente, aunado a lo hermoso que lucía Bill hicieron lo suyo.
Se inclinó intentando no despertarlo y lamió con suavidad el labio inferior.
Se encontró cara a cara con esos ojos almendrados adormilados y con una expresión de pánico que se disipó al reconocerlo.
Aunque Tom intentó apartarse alarmado, Bill lo cogió del brazo y lo retuvo junto a él. No parecía enfadado, mas bien, divertido.
—Me siento como la bella durmiente —bromeó.
—Idiota.
—¿Dormiste bien?
—Tengo que irme. Nick se preocupará.
—Quedate, dile que estás con una de tus chicas.
Tom bufó, él ya no tenía “chicas”.
Todo su cuerpo gritaba “¡quédate!” pero Tom sabía que si lo hacía ese beso se podría volver a repetir y ello no estaba nada bien, aunque le supiera muy apetecible.
—Tengo el primer turno esta semana —se excusó, aunque el recordatorio fue más para él que para el moreno.
Bill lo miró con sus carnosos labios convertidos en un pucherito taimado, pero lo dejó ir.
Lo acompañó como siempre hasta el ascensor, antes que entrara a este le dio un abrazo que nada tenía de fingido.
—Cuidate, idiota.
—Si mamá.
El “Estúpido» con que Bill lo despidió sonó tan amistoso que Tom pulsó de prisa el botón que cerraba las puertas antes de cometer una tontería.
~*~*~*~
Bill se llevó un regaño de Geo por plantarlo. Lo cierto era que el tiempo junto a Bob Marley se le pasó muy rápido, el de rastas explicaba de forma más simple y, además la pasaba bien con él.
Tuvo que aguantar los refunfuños de su amigo, sus reclamos por pasar las tardes con su “novio” y la acusación de estarse alejando del grupo por su culpa. Bill suspiró con impotencia, si de él dependiera acabaría con esa tonta mentira en el acto, pero no quería dejar de ver a su nuevo amigo y dudaba seriamente que él estuviera dispuesto a integrarse al grupo.
Sonrió al recordar lo extraño que se veía recostado en su cama, con esa expresión de felicidad en su rostro que hace mucho no le veía. Dormido Tom Kaulitz parecía aún más aniñado que despierto. En su fuero interno Bill no se avergonzó de reconocer que lo encontraba lindo.
Él nunca había dormido con otro chico, por ello ese beso lo perturbó tanto. Val era mimoso pero ese tipo de caricias cruzaban bastante la línea del tipo de caricias que compartían dos hermanos.
No tenía idea de que había pasado por la cabeza del otro al hacer aquello. Era la primera vez que despertaba con un beso…—“Lamida, este cabrón me lamió la boca” se rió— , pero no le desagradó en lo más mínimo.
Continuará…