CAPÍTULO 11
El día comenzaba a oscurecerse, la noche se acercaba a pasos agigantados. Ni un sólo ruido más que sus dos respiraciones. Dos pares de ojos que se miraban sin darse tregua. La brisa se hizo tenue, y sólo unos pocos grillos comenzaban su concierto amoroso. Demasiado quieto todo para el corazón agitado de Tom, demasiado quieto y silencioso para la tormenta que se desataba incontrolable en aquellos ojos oscuros que le miraban. Ahora con más luz podía distinguir su cara. Un hombre joven, no tendría más de 24 ó 25 años. Tenía una barba muy bien cortada sus cabellos eran oscuros y largos. La capa que llevaba era de terciopelo negro. Debajo de ella, su ropa era oscura. Vestía un suéter y un pantalón negros. Era bastante alto pero no tanto como Bill o él. Su estatura más bien se asemejaba a la de Georg.
—Hay dos cosas que no entiendo… Miento, son más, pero por ahora te daré a conocer sólo dos dudas qué tengo —la voz de Tom sonó rotunda, categórica, sin atisbo de temor alguno. La verdad es que se moría de miedo, pero no iba a demostrarlo. —la primera duda, ¿te conozco? Porque según yo recuerdo, nadie nos ha presentado, y no entiendo entonces la familiaridad con la que me hablas o me das órdenes. Segunda, ¿Por qué te importa lo que ocurra entre Bill y yo? —Tom se adelantó hacia el hombre que inmóvil lo miraba —¡habla!
—Eres tú el invasor. Nadie te ha llamado a este lugar. No quiero que estés cerca de nosotros. No quiero que hagas amistades con ninguno de nosotros. Te quiero lejos…
—Tú, tú y tú…¿No será que el que pide demasiado eres tú?
—Bill llegará a ser el mejor Gran Maestre, y tú lo único que haces es desconcentrarlo. Son muchos años de sacrificio para arriesgarlo todo por un niño entrometido.
—Pues lamento desilusionarte, pero no fui yo quién busco a Bill, ni fui yo quién llegó a este lugar la primera vez por voluntad propia.
—A Bill no le interesas, eres una distracción. En unos días se olvidará de ti cuando las obligaciones y los deberes le recuerden quién es.
Silencio. Tom tragó saliva.
De acuerdo, eso fue un golpe bajo, y dolió. La rabia se le empezó a subir al pecho, y unas ganas enormes de golpear a ese desdichado le comía las manos. Apretó los puños, y tensó todos sus músculos.
—¡Mientes! ¡No es verdad!
¿O tal vez sí?, tal vez había sido una distracción para él, por eso Bill se había alejado tan fácilmente. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Pero no iba a llorar.
—Claro que sí, ¿lo has visto? — la voz del hombre sonó sarcástica. Tom guardó silencio, pues desde el encuentro fallido de la noche anterior, nada más había sabido de él —¿Ves? ¿Acaso creíste que él volvería por ti, a rogarte? Despierta de tu sueño nene, él ya no vendrá. Olvídate de él.
Un enorme agujero sintió en su pecho, Tom sentía que un dolor parecido al de la muerte le tragaba el alma. No era posible. No lo era. Bill volvería. Porque se amaban. —Bill ¿Dónde estás? —en su mente repetía el mantra, una y otra vez mientras su corazón se negaba al rechazo—¡Bill, vuelve a mí! —quería que su pensamiento viajara por el aire hasta llegar a su amado.
—Mientes —repitió bajito —él vendrá, me buscará.
—Pues, te harás viejo esperando.
—¡No! ¡Tú no sabes nada! ¡Él y yo estamos destinados a estar juntos! ¡Juntos como hace más de un siglo!
—¿Cómo? ¿De qué hablas? —el de la capa entrecerró el cejo pensando que había entendido mal.
—¡Tom! ¡Tom!
Los gritos de sus amigos llegaron hasta él, tal como lo hicieron en la noche anterior.
—¡Estoy aquí!
—¡Sigue hablando para localizarte!
El hombre se quedó en silencio escuchando los gritos, y luego añadió.
—Ya nos veremos, niño bonito.
—Estaré esperando esa charla, Dark, o mejor ¿por qué no te quedas y te presento a mis amigos?
El hombre se volvió y le sonrió sardónico.
—¡Dark, eres un cobarde! —la sonrisa del hombre se borró y algo parecido al odio apareció en sus ojos. Tom lo observó marcharse sin expresión. Luego volvió a llamar a sus amigos —¡Por acá! ¡Acá estoy!
—¡Sí, ya sabemos la dirección! ¡Quédate ahí!
En ese instante ese aroma que le ponía los vellos de puntas llegó hasta sus narices. Tom aspiró fuerte y sólo dijo calladamente —Bill, te amo. No me dejes. —los ojos acuosos por las lágrimas contenidas, le picaban. Tenía la garganta tensa, por el esfuerzo de no llorar, y le dolía mucho.
Sentía en su pecho ese dolor que a cada instante aumentaba, comiéndole las entrañas, retorciéndole las tripas con la angustia. No era verdad, no lo era. Bill no le habría mentido. Pero después de todo ¿qué sabía de él?. Nada, casi nada. La mayoría de los detalles eran simples presunciones. Necesitaba verlo, hablar con él, estar con él, aunque fuera sólo para verle una vez más.
De pronto sus amigos ya estaban allí junto a él.
—¿Quién era? —preguntó un preocupado y fatigado Markus.
—Un tipo loco, con una capa, que se hace llamar Dark.
—¿Dark? ¿Qué clase de nombre es ese?
—No lo sé. No sé quién será después de todo. Lo que sí sé, es que no me quiere aquí.
—Por Bill, apuesto —agregó el castaño.
—Ok, ok. Esto se pone cada vez más extraño —Anton observó la espesura alumbrando con su linterna. La noche ya había caído completamente, y estaba todo demasiado oscuro. —¿Qué les parece si volvemos a la mansión, bebemos algo caliente, comemos algún sándwich y nos cuentas todo?
—De acuerdo —respondieron.
Al llegar a su vehículo, Tom revisó si tenía golpes pero no vio nada. Los cuatro jóvenes se subieron al todoterreno, mientras que Markus y Anton se subieron al Jeep de este último.
—¿Y vendrá la policía? –preguntó Tom a Andreas.
—Sí, dijeron que ya venían.
—¡Vaya! Menos mal que no fue una emergencia. —continuó el de trenzas.
—Sí —agregó el castaño mientras intentaba distinguir algo más allá de las luces del vehículo —Menos mal que no asesinaron a nadie.
—Georg ¿Eres un idiota? —el de gafas lo miraba preguntándose si el castaño tendía algún sentido de la prudencia escondido en algún lado.
—Está bien Gustav. No hay problema. Creo que ese Dark no es capaz de matar ni una mosca. Creo que él es capaz de hacer otro tipo de daño, y a eso sí le temo.
—¿A qué te refieres? —interrogó el rubio.
Tom acercó su vehículo hacia la entrada principal de la mansión. Suspiró y continuó.
—Que es del tipo cizañero. Creo que es de los que miente y engaña para conseguir cosas que le favorezcan.
—¿Como en qué? —el rubio no creía que ese fuera el interés de aquel hombre.
—Bueno, me dijo algo que yo sé que el único fin era alejarme de aquí y que me olvide de todo. —Tom guardó silencio —Me dijo que Bill sólo…—tragó saliva —se había entretenido con todo esto. Que no volvería —la voz débil de Tom demostraba lo mucho que le afectaba.
—Bueno, es posible que eso sea cier…
—¡No lo digas Andy! ¡Hazlo por nuestra amistad!
—Pero es que te puedes estar enga…
—¡Oye Andy! —la voz del castaño interrumpió —Respeta un poco los sentimientos ajenos.
—Si lo digo es porque soy su amigo. Tom, intenta ver las cosas en perspectiva.
—Eso hago. Pero mi corazón no quiere perder las esperanzas.
—Cuando hay amor debe haber esperanzas, ilusión. Sin eso, el amor no sobrevive.
La voz más tranquila de Georg, hizo silenciar a todo el mundo. Por un instante se volvió hacia Gustav pero este seguía mirando hacia afuera por su ventanilla. Como si allí dentro del Cadillac no se estuviera hablando de nada importante. Eso hizo enojar al castaño quien ya estaba harto de la actitud de Gustav. Ya no sabía qué hacer al respecto. Si alejarse o seguir intentando un acercamiento.
Tom terminó de estacionarse y se bajaron. Los hombres se habían adelantado y ya estaban en la mansión.
Los cuatro chicos sintieron cierto nerviosismo de entrar a la mansión, pero esta vez el panorama se veía menos lúgubre y ahora podían apreciar el esplendor de aquel palacio. De verdad era magnífico.
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Luego de conversar dos horas y hacer miles de conjeturas, de interrogar a Tom en todo lo que pudieron, y éste evadir lo mejor que podía las partes más comprometedoras de su historia, los hombres decidieron ir a dormir.
El sector de los dormitorios que usarían estaba en el ala opuesta de la mansión a la que ocuparon los chicos la primera vez, hacía ya dos noches. A Tom le parecía que había pasado un siglo. —Qué irónico —pensó. La sensación de Bill en su cuerpo era un recuerdo intenso aún, pero sentía que algo jalaba su memoria hacia nuevos caminos donde su pelinegro no estaba. —No quiero olvidarte —su plegaria interior era un canto monótono y continuo, acrecentando su pena.
Tenía ganas de aire fresco y de un cigarro —¡Vaya contradicción! —se dijo. Así que decidió salir, dejó las pocas pertenencias que llevaba en la habitación que compartiría con Andreas.
Georg y Gustav a regañadientes habían aceptado dormir en la otra recámara.
Bajó sin avisar a nadie, no quería compañía, aún cuando supo que Andreas le alcanzó a ver cuando éste salía del baño. Salió por la puerta de servicio que colindaba con uno de los caminos de acceso al bosque y los cerros del fondo. Sacó su cigarrillo y lo encendió, aspiró fuertemente y entrecerró los ojos. Intentó dejar su mente en blanco para descansar.
La luna era un hermoso disco plateado. El cielo dejaba ver sus estrellas. Las constelaciones semejaban caminos de humo entre las pequeñas luces titilantes. Era una noche hermosa. La de anoche lo hubiera sido más si tan sólo… Pero no fue. Quizás después de todo era mejor así, se decía para encontrar conformidad.
Mientras miraba al cielo contemplando la luna, dejó reposar su cuerpo en la muralla. De vez en cuando dejaba escapar bocanadas de humo.
Pero algo lo distrajo. Algo llamó su atención.
Una pequeña esfera de luz se movía entre los árboles, o eso parecía. Tom abrió sus ojos casi desorbitándolos tratando de distinguir algo más que la luz plateada de la luna. Pero luego ya no veía nada.
—Imaginaciones tuyas, Tom. Déjate de boberías —dijo callado por si alguien oía.
Pero en ese mismo instante otra luz más intensa, quizás más cerca que la anterior se dejó ver entre la espesura.
—¡Mierda!
Lanzó su cigarro al suelo, y corrió hacia donde veía brillar la esfera.
Ésta se movía, y no era fácil distinguir entre las ramas gruesas y el pasto silvestre. La noche luminosa ayudaba mucho. Este bosque no era tan cerrado como el del parque, así que la luz lunar llegaba a casi todos los rincones, pero casi no había color. Todo se veía plateado o gris oscuro, o claro, y de igual manera el paisaje se veía confuso. Haciendo un gran esfuerzo, avanzó lo más rápido que pudo entre los árboles. Un par de veces se tropezó, y la tercera se cayó de rodillas. Pero no se rindió. No pensaba hacerlo. Siguió avanzando aunque no supiera hacia dónde lo hacía, ni si habrían peligros más adelante.
Luego otra esfera más apareció hacia su derecha. Y no supo qué hacer, hacia qué punto ir. Si seguir a la esfera que avanzaba hacia delante o bien seguir la otra hacia la derecha. Ya habían pasado varios minutos de frenética y accidentada persecución. Sentía la boca seca. Se quedó allí en medio del bosque, y se puso las manos en las caderas intentando recuperar el aliento. Se dio la vuelta para mirar hacia la mansión, y ésta se veía lejos, quizás a un par de kilómetros ya. Sólo se apreciaban las luces. Era difícil calcular la distancia.
Una suave brisa rozó sus orejas.
—Dime que me has extrañado tanto como yo a ti.
Tom se giró lo más veloz que pudo al escuchar esa voz.
—¡Bill!
—¡Dímelo!
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Mientras tanto, en un dormitorio del ala izquierda de la mansión, un ambiente tenso no daba tregua. Gustav había apagado las luces cuando Georg entró al baño. Intentando dormir vuelto hacia la ventana y no pensar que su amigo estaría en la cama contigua. Cuando el castaño salió del baño y encendió las luces otra vez, el de gafas se dio vuelta para reclamarle su atrevimiento ¿Acaso no era capaz de pensar en las necesidades ajenas? Pero en el momento que dirigió sus ojos hacia el castaño, Gustav supo que había sido una mala idea.
Georg lucía hermoso, era hermoso. Le cubría apenas una toalla desde las caderas hasta los muslos. Tenía una musculatura perfecta. Una piel blanca, aterciopelada, casi sin marcas. Parecía un ángel. Su cabello húmedo cubría parte de su cara, mientras intentaba desenredar la camiseta que usaría para dormir, ¿de la ropa interior? Ni idea.
—¡¿Qué?! —el castaño le miró interrogante.
Gustav sintió su cara arder y el corazón latirle como un loco dentro del pecho. Se volvió otra vez para el lado contrario sintiéndose morir.
—Nada, nada. —respondió cortado.
—Buenas noches —dijo Georg, en un tono que al de gafas le sonó muy sugerente.
—Ajam.
Se apagaron las luces por fin, pero Gustav simplemente no sentía sueño ¿podría alguien dormir en semejante situación?. Sabía que Georg estaba tan consciente como él de cada segundo que transcurría, y veía muy lejana la posibilidad de quedarse dormido en los próximos minutos. El sueño era su salvación, debía dormir antes que la desesperación lo transformara y luego se arrepintiera de alguna imprudencia. Pero el recuerdo de ese cuerpo perfecto le estaba volviendo loco. Sentía que su pene se endurecía más cada vez, y no era aceptable bajo ningún punto de vista que su amigo, un hombre, le excitara de esa manera. No… No, no era una simple excitación y eso era lo que más le asustaba. Necesitaba distraerse y así esperar que Georg se durmiera. Recordó haber visto un jarro con leche en la cocina, así que se levantó y con paso sigiloso salió hacia el pasillo y luego bajó por la escalera de servicio.
La necesidad de relajarse y olvidar ese cuerpo musculoso en su dormitorio era más fuerte que el miedo que le pudiera dar la oscuridad, o más bien, cualquiera que pudiera estar acechando en la oscuridad.
Encendió la luz de la cocina y se acercó al refrigerador, de su interior sacó un jarro con leche y se sirvió un poco en un vaso que encontró sobre la mesa.
Se dedico a beber el blanco líquido con calma, aún no era tiempo de subir a su cuarto, era muy pronto. Demasiado peligroso para su corazón y su voluntad.
Sintió un leve aroma a azahares, y se preguntó en dónde había sentido antes ese olor. Dejó el vaso vacío encima de la mesa, sintiendo ese aroma que se hacía más fuerte cada vez. Intentó recordar en vano el lugar y el momento en que había sentido ese aroma. Su mente divagaba por diferentes espacios y momentos intentando relacionarlos con el azahar. Nada. Sin embargo, algo en el fondo de su mente le decía que debía hacer el esfuerzo por recordar, pues era absolutamente necesario. No. Más que eso. Era urgente que recordara.
Apagó las luces de la cocina y salió al pasillo. Unas pequeñas farolas estaban encendidas cada ciertos pasos, y le daban una tenue luminosidad al corredor. Gustav iba tan concentrado tratando de recordar que no se percató de un leve movimiento a su lado, pero le extrañó oír un roce leve de ropa que no era la suya. Instintivamente se giró hacia la fuente de aquel sonido y un grito se congeló en su garganta cuando unos ojos muy azules e intensos lo miraron de cerca. Alcanzó a distinguir sus bucles rubios. Y todo se hizo oscuro, negro, negro.
El castaño estaba extrañado del comportamiento errático de su amigo. Definitivamente no era el mismo desde que llegaron a dormir a esa casa hacía dos noches. Tal vez debió mentirle, decirle cualquier cosa, pero no, a él se le tenía que salir la veta romántica. La del enamorado que como en las películas para románticos terminan en finales cursis de un “yo también te quiero”.
Debió guardarse su secreto. Hasta entonces todos habían vivido felices con eso guardado bajo diez llaves, y él había sobrevivido, resignado a su suerte.
Unos pasos en el pasillo le alertaron e intentó hacerse el dormido. La puerta se abrió lentamente. Al castaño le pareció como si su amigo le hubiese puesto el seguro a la puerta y luego sintió los pies de Gustav deslizarse hacia la cama… Del castaño. Sintió el peso de su cuerpo caer suavemente sobre ella. Y Georg sin entender qué pasaba alargó su mano para encender la luz de la lámpara.
El de gafas le sonreía de manera que no le parecía propia de su amigo.
—¿Prefieres con luz encendida cariño?
—¿Qué cosa?
—Ya sabes, por lo que te mueres de ganas. Lo que ansías tener otra vez.
—No-no-no entiendo.
—Vamos castaño hermoso, yo sé que lo deseas tanto como yo.
Gustav se inclinó y atrapó con ansias los labios de un castaño perplejo, paralizado. Antes de que pudiera reaccionar, sintió la mano de su amigo meterse debajo de la ropa de cama y buscar algo hasta llegar a su sexo y rozárselo con fuerza.
—Vamos, muñequín, ¡hora de trabajar! —dijo Gustav sin dejar de masajearle el pene frenéticamente.
El castaño sintió las descargas de placer. Hizo su cabeza para atrás soltando un gemido contenido con dificultad. Mientras su amigo-amante le besaba el cuello con voracidad. —No es Gustav, yo sé que no es Gustav —se repetía mentalmente, usando la poca cordura y voluntad que le quedaba.
—¡No! —gritó, tomando al de gafas por los hombros y apartándolo con fuerzas de él. —¡Para! ¡Tú no eres Gustav!
—Claro que sí, ¿no me ves?
—¡No me vengas con historias! ¡Tú eres la ricitos de oro!
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—¿Eres tú verdad?
—Respóndeme —Bill se acercó hasta Tom, su voz era suave pero categórica. Se veía imponente todo vestido de negro sin capa alguna —Dime.
—Te he extrañado tanto que duele.
Bill abrazó a Tom por la cintura, hundiendo su cara en el cuello de Tom. Un suspiro de alivio salió de sus labios, correspondiendo ese abrazo con todas las fuerzas que podía.
Miles de mariposas revolotearon en su estómago y un calambre placentero sintió en su vientre cuando los labios de Bill comenzaron a rozar su piel, dejando besos en su cuello, haciéndole estremecer.
—Ven —dijo Bill y le tomó de la mano, conduciéndolo con precisión por entre los árboles, tan distinto a los tumbos que dio él mismo, corriendo tras las esferas.
Iban a un paso algo acelerado, y aún así no tropezó nunca. Después de caminar unos metros salieron a un claro donde había un caballo. Era hermoso, un hermoso caballo negro. Bill de un salto se montó en él, y luego estiró su mano invitando a Tom a hacer lo mismo.
—Sube —fue su instrucción —apoya tu pie en el estribo, y te sientas detrás de mí.
El de trenzas obedeció y con el impulso dado por el pelinegro subió con bastante facilidad.
—Sujétate con fuerza. Abrázame por la cintura. ¡Vamos a galopaaaar!
Y el caballo comenzó su galope. Esa noche era perfecta, perfecta. Para Tom no había felicidad más grande, ni noche más maravillosa. La brisa era fresca, pero no helaba, había una esplendorosa luna llena. Y él iba al galope abrazado a su amor.
El cabello de Bill rozaba su cara haciéndoles cosquillas. Pero lo que más le cautivaba de todo era sentir ese cuerpo pegado al suyo. El calor de su amado entre sus brazos era algo parecido al paraíso.
El aroma silvestre del pelinegro le envolvía completamente.
Después de un tiempo de galopar, que Tom perdido el encanto del pelinegro no supo precisar. Llegaron a un camino aún más cerrado.
—Ten cuidado Tom, agacha la cabeza.
Unas ramas se interponían en su camino, dejando espacio casi para que sólo cupiera el caballo. Se agacharon a la vez, y pasaron por debajo. El caballo ya no galopaba. Avanzaron unos metros más allá, tal vez unos cien metros. Y si distinguió la silueta de una cabaña, rodeada de abetos. La cabaña estaba construida de troncos. Era pequeña. Y a Tom le pareció casi como salida de unos de los cuentos de hadas
Cuando se bajaron del caballo, Bill lo ató de unos maderos y avanzaron hacia la entrada.
—¿Bill, en dónde escondes a Blanca Nieves y los siete enanitos?
—Tú eres mi Blanca Nieves, Tom —Y Tom se puso rojo como tomate. —Y los 7 enanitos soy yo disfrazado, aunque podría ser la bruja mala del bosque —Tom se rió intentando aparentar que tal comentario no le ponía más nervioso.
—¿Tú hiciste esta cabaña?
—No. Mi tío, que fue como mi padre.
Era una cabaña acogedora, que por dentro estaba revestida de láminas de madera de nogal. Tenía muebles que parecían algo antiguos, pero muy bien cuidados. Era una habitación pequeña que era usada como sala de estar, mientras el siguiente sector de ella era el comedor-cocina. Tenía una estufa a leña, parecida a la que había en la mansión… ¡La mansión!… Seguro ya se habían dado cuenta que no estaba ahí.
—¿Tienes teléfono? Necesito hacer una llamada.
—No, no tengo. No lo necesito.
—Oh —dijo Tom contrariado —Por supuesto.
Bill había colocado un par de tazones sobre la mesa y dejó caer el agua caliente dentro de ellos. Al ver la expresión de decepción y preocupación de Tom, se acercó a él y le acarició la mejilla izquierda con su pulgar.
—¿Estás preocupado por algo?
—No… Bueno, sí. Me deben andar buscando ahora.
—No te preocupes —se acercó aún más a Tom, y suavemente le besó —Todo estará bien.
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Al cabo de una hora de no saber noticias de Tom, Andreas había bajado al sector de servicio de la mansión. Le extrañó no verlo. No le había dicho que saldría a fumar pero lo vio tomar un cigarrillo y salir, y no era necesario ser adivino para saber a lo que iría. Pero luego de eso, ya no se supo más de su amigo.
El rubio se debatía en si era necesario avisarle a los demás que no sabía dónde estaba Tom, o no.
Luego de buscar por aquí y por allá, se decidió informarle a los otros, porque no se sentía capaz de buscarle solo en esa mansión de noche y a oscuras.
Volvió a subir y se dirigió a la habitación que ocupaban Markus y Anton.
—¡Señor Frank! ¡Señor Frank! —repitió fuerte Andreas, mientras golpeaba la puerta.
Al cabo de unos segundos un soñoliento Markus abría con cara de pocos amigos.
—¿Qué sucede?
—No sé dónde está Tom. Sé que bajó a fumar hace más de una hora, y no regresó. Salí a buscarlo y no di con él.
—¿Tom? —preguntó Markus que al fin terminaba de despertarse.
—Sí señor Frank.
—Espera —Markus se volvió hacia dentro y llamó con fuerza —¡Anton! —y espero un par de segundos —¡Anton! ¡Despierte!
—¿Qué pasó?
—Hay que salir a buscar a Tom, No se sabe dónde está.
Andreas apenas alcanzaba a escuchar fragmentos de lo que hablaban, pero pudo darse cuenta que Markus Frank le contaba lo que el rubio le había dicho ya a su vez .
Salieron ambos hombres de la habitación.
—¿Será necesario avisarles a los chicos? —preguntó Andreas, indicando hacia la habitación de sus amigos, que estaba a la vuelta del pasillo.
—No, no. Déjalos dormir. —le respondió un adormilado Anton.
—Miren, haremos lo siguiente, uno de nosotros busca en el ala derecha de la mansión, otro en la izquierda , y el tercero en la planta baja.
Andreas no se sentía muy cómodo con el escaso conocimiento de la casa como para arriesgarse con un sector muy grande.
—Como la otra noche dormí en el otro sector de la mansión, prefiero buscar allá.
—De acuerdo, entonces Andreas busca en ese lado, Anton busca en éste y yo busco en la planta baja, que la conozco como la palma de mi mano.
—Me parece correcto, Markus, y aprovechas de accionar las luces así no perdemos tiempo en encender nada. —Anton se quedó pensando por un segundo y continuó —reunámonos en la cocina dentro de 15 minutos, nos esperamos quince minutos más, y si no regresa alguno de nosotros, saldremos a buscarnos.
—Sí señor Berg —afirmó el rubio y cada uno comenzó su búsqueda.
Andreas caminó rápido intentado no chocar con nada, la casa estaba bastante oscura a pesar de haber una que otra luz de algún apliqué encendido. Así que cuando las luces se encendieron completamente fue mucho más fácil avanzar.
Al llegar a aquel pasillo, vinieron a su mente los ruidos extraños, el viento, la lluvia, el grito de Tom en la noche… No pudo evitar sentir un frío recorrerle por la espalda.
—Eres un tonto Andreas, ¿ahora Georg te ha contagiado lo miedoso acaso? —se dijo, intentando calmarse.
Avanzó por el pasillo abriendo cada puerta, ingresando a las habitaciones una a una, hasta los baños. Se decidió a buscar incluso por debajo de las camas… —Por si acaso… —pensó. Dentro de los roperos. En todas partes.
Llevaba unos minutos de búsqueda y no quería atrasarse para no hacer esperar a los otros hombres en la cocina.
Luego un murmullo…
Se detuvo, intentando escuchar, pero nada.
Continuó caminando por el pasillo. Se dirigía hacia la habitación rosa. Y otra vez el murmullo. Esta vez le pareció más claro, lo suficiente para saber que era la voz de un hombre. Tuvo la certeza que era alguien hablando en esa habitación. Seguramente era Tom o ese supuesto Bill. Posiblemente alguien hablando por teléfono.
Luego se detuvo en seco. Tal vez no era Bill, ni su amigo Tom. ¿Y si era Dark? ¿Debía llamar a Anton o Markus? ¿Era necesario? —Eres un mamón Andreas ¿De qué tienes miedo?
Así que decidido, caminó hacia la puerta, era estúpido sentir miedo. La abrió y extrañamente era la única que no tenía encendida la luz del techo. Sólo estaba la luz de la pequeña lámpara, en la mesita de noche, la que quedaba cerca de la toilette. Al estar la habitación en penumbras, al rubio le costó acostumbrar su vista a la nueva luminosidad, o más bien a la falta de ella. Sus sentidos estaban alertas, era la escasa luz, unido al murmullo que a ratos apenas escuchaba, que nacía en esa habitación, pero sin saber de dónde exactamente.
El murmullo se hizo más fuerte. Luego se dio cuenta que esa persona parecía estar sollozando. Intentó encender la luz de arriba pero no lo logró. El dosel de la cama daba más sombra, aguzó su visión para distinguir mejor la fuente de ese lamento, hasta que alcanzó a distinguir a alguien junto a la cama, tal vez sentado en el suelo. Era un bulto amorfo que estaba vuelto hacia la ventana junto a la lámpara encendida. Lentamente, el rubio avanzó para no asustar a la persona que se encontraba allí. Y lo más suave que pudo lo habló.
—Disculpe —hizo una pausa esperando alguna reacción —soy Andreas, busco a mi amigo.
Sin embargo, aquella persona no pareció inmutarse por la voz del rubio. Al acercarse Andreas, pudo escuchar más claramente lo que decía en medio de un sollozo callado, con voz ronca.
—Perdóname, perdóname, perdóname, perdóname…
En una frase interminable.
Andreas no podía distinguir si conocía o no esa voz, pero algo le hacía pensar que le era familiar de algún modo. El rubio siguió caminado a paso muy lento, aunque más seguro ahora que sabía que aquel hombre no saldría huyendo al estar a su lado.
Rodeó la cama, sigiloso. Y se acercó lentamente. Ahí se dio cuenta que vestía una capa negra, tal como describía Tom cuando se refería a ese tal Dark y a Bill. Así que eso le convenció de que era uno de esos dos que estaba allí escondido por alguna razón.
Con más cuidado que antes se acercó para tocarle el hombro y así poder hablar con él.
— Perdóname, perdóname, perdóname, perdóname…
La letanía del hombre no cesaba.
—Señor ¿está usted bien?
Le tocó el hombro, y le pareció que estaba mojado, frío. Esa sensación en sus dedos extrañamente le dio cierta repulsión. Le volvió a tocar suavemente, pero no se movía.
Andreas, expectante se quedó inmóvil, esperando. El hombre se había silenciado. Su respiración fuerte, rasposa, y exagerada como si estuviera enfermo de asma o algo así, resultaba desagradable.
El bulto comenzó a moverse lentamente, sacando sus manos que tenía dentro de su ropa. De pronto, de debajo de la capucha, apareció un rostro plomizo. Esa cara lleno de surcos, que formaban pliegues profundos y oscuros, con ojos saltones, rojos, con una pupila blanca brillante, que parecían los ojos de un predador, resultaba horripilante, amenazante. Abrió su boca en una sonrisa macabra mostrando unos dientes afilados y largos, con una lengua morada que terminaba en una punta, sus labios eran dos líneas de piel oscura y agrietada. De las mangas caían gotas gruesas de agua, y por fin vio sus manos igualmente grises con uñas negras, largas y puntiagudas. La boca se le abrió completamente y se rió con una carcajada que luego se convirtió en un grito, un lamento tenebroso, aterrador, agudo y ensordecedor.
En ese momento, que no debió durar más que una fracción de segundos el rubio percibió el olor a aguas podridas que comenzaron a llenar el aire. El agua que escurría del cuerpo comenzó a correr por el piso mojando la alfombra. Iba dejando restos de musgo y barro mezclado con el insoportable olor a agua estancada, mientras ese ser, en medio de ese chillido, se iba poniendo de pie lentamente, alargando una de sus huesudas manos con garras hacia él.
Andreas dio un sobresalto.
—¡Noooo! — gritó a todo pulmón y se giró para salir huyendo. Pero aterrorizado no calculó bien las distancias y al darse vueltas chocó con la columna del dosel, provocando que se tambaleara. Se golpeó fuertemente la frente y trató de equilibrarse, sin mucho éxito, trastabillando un par de veces. Justo antes de salir por la puerta vio con horror que lo que fuera aquello, avanzaba hacia la salida también, hacia él.
—¡Maaaaarkus! —su grito de horror, en un llanto histérico, retumbó en el pasillo. Andreas sentía que corría pero sus pies no avanzaban.
Escuchó la voz de esa cosa detrás suyo que le decía con voz gutural…
—Ayúdame…
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Se habían encendido las luces de la lámpara que colgaba del cielo raso. Mientras en la cama un encuentro entre dos hombres se desarrollaba quebrantando la conciencia de uno de ellos.
El castaño había intentado en vano quitarse de encima a su amigo poseído. Pero aquella mano en su sexo le hacían débil y fácil.
—¡Mierda! —se dijo, sabiendo que a su pesar lo estaba disfrutando.
Georg sólo pudo suspirar, y ver como su amigo acercaba la boca a su pene. ¡Ah! Sí. Era una delicia ver como Gustav succionaba con avidez su punta. Se sacaba el miembro de su boca, y lengüeteaba toda la extensión, saboreándose luego. Oh, ¡Cómo podía ser tan obsceno y erótico a la vez!
Gustav pasó la lengua por la ingle del castaño, y succionó suavemente con sus finos labios. Subió hasta su ombligo, y su lengua rodeó el contorno del pequeño agujero de su vientre. Con una mano lo masturbaba, haciéndolo jadear y gemir.
Sin dejar de besarlo subió lentamente hasta llegar a sus pezones, dándole pequeños tirones con lo dientes, en el límite justo del placer y el dolor.
La mano enérgica de su amante le hacía ver las estrellas, y ya sin control alguno tomó el rostro del de gafas y le besó con ganas, metiendo su lengua hasta el fondo de esa boca, apretando los labios, moviendo los suyos con energía, suspirando con placer dentro de su boca.
El miembro de Gustav estaba tan erecto y duro como el suyo. Podía ver el bulto en su pantaloncillo del pijama. Sin pensarlo otra vez, y guiándose por su deseo, buscó la abertura que tenía adelante para sacar ese pene que le parecía tan delicioso. Comenzó a masturbarle también. El de gafas gimoteaba trémulamente, jadeando en medio de palabras que resultaban irreconocibles e incoherentes. El castaño tapó su boca con la suya, besándolo con pasión. Con la mano que le quedaba libre le acariciaba las nalgas. Gustav estaba de rodillas sobre Georg, y éste permanecía semi sentado apoyado en el respaldo de su cama.
—Gus, te necesitaba tanto —el castaño sudaba, y podía ver las gotitas de sudor en la frente de su amante.
De pronto unos gritos despavoridos se escucharon a lo lejos. Alguien, que parecía ser Andreas, llamaba a Markus desde algún lugar de la mansión. Luego, unos pasos que corrían. Georg detuvo su beso, pero su amigo poseído no parecía ni enterarse de nada más que no fuera el cuerpo del castaño y continuó besándolo. Georg escuchó a alguien bajar despavorido unas escaleras. Luego otros pasos, se dirigían veloces hacia el pasillo donde se encontraba su habitación, y unos golpes que sonaban desesperados retumbaron en la habitación.
—¡Georg!¡Gustav! ¡Despierten! —la voz algo histérica de Anton alertó al castaño —¡Es una emergencia!
El castaño se sobresaltó e intentó incorporarse. Pero al hacerlo, hizo que Gustav, ajeno a todo lo que ocurría más allá de sus sentidos, perdiera el equilibrio cayendo estrepitosamente al suelo, estrellando su cabeza en la mesa de noche. El castaño abrió sus ojos casi saliéndose de sus órbitas.
—¡Ya vamos! —le respondió a Berg —¡Mierda!
Observó a Gustav que de a poco recuperaba el sentido, con su pene aún erecto saliendo orgulloso por la abertura de su pijama.
El castaño tragó saliva, sabiendo que ya era tarde para arreglar ese detalle que el de gafas no demoraría en ver. Sabía que Gustav se “despertaría” con ese golpe.
—¿Qué pasó?
—Debemos ir con los otros, algo pasó —intentó sonar normal.
—¡Aaahhh! —el grito de Gustav le hizo dar un respingo —¡¿Qué-qué me pasó?! ¡¿Por qué estoy así?!
—Luego hablamos de eso.
—¡Me estabas violando!
—¡¿Violándote?! ¡¿Yo a ti?!
—¿Entonces qué hago con esto así, a tu lado? ¡¿Y en el suelo?!
—Te puedo asegurar que no fue como tú crees.
—¡Pues me vas a explicar ahora!
—Que no. Que algo pasó y debemos salir de la habitación ya.
—¡Que si!
—¡No! ¡Te arreglas y bajas ahora! —dicho esto Georg se bajó de la cama y comenzó a ponerse los pantalones que había dejado sobre la silla. Gustav se terminó de acomodar lo mejor que pudo el pequeño gran problema, tratando de recomponer su dignidad.
Georg salió de la habitación, y el de gafas le siguió en silencio.
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—Hazme el amor.
Bill no le respondió, sólo le miró y sonrió, volviendo a besar sus labios suavemente.
—Hazme el amor, Bill, hazme tuyo.
—Dejamos el té servido —sonrió el pelinegro.
—El té puede esperar, no se irá a ninguna parte. —Tom le correspondió la sonrisa, mientras le tomaba la mano y se la acariciaba con su pulgar.
Bill le volvió a sonreír, y se apartó de él para sacar algo del pequeño refrigerador que estaba al lado del lavaplatos. Tom no entendía lo que Bill estaba haciendo, y pensó que el pelinegro no sentía el mismo deseo. E intentando disimular su decepción se esforzó en sonreírle, aunque no hubiera necesidad de ello. El joven de melena negra le sonrió con picardía y le hizo un guiño mientras buscaba algo. El de trenzas no entendía los gestos de Bill, sólo sabía que le volvía loco cada uno de ellos. De adentro sacó un pocillo de loza.
—Esto necesitamos.
El de trenzas sin comprender, pero lleno de curiosidad se acercó a mirar lo que contenía ese pocillo.
—¿Mantequilla? —preguntó Tom, sin ocultar su decepción —Maravilloso, yo quiero que me la meta, y él sólo piensa en comer pan con mantequilla —pensó algo irritado.
—Si, mantequilla, nuestro lubricante natural.
Y el de trenzas tragó saliva, sintiendo que su cara ardía.
—Ah —dijo aparentando una calma que no sentía.
—Te ves tan adorable cuando te avergüenzas. Me dan ganas de comerte a bocados, Tom.
El de trenzas soltó una risita nerviosa, mientras se frotaba las manos con ansiedad. Y sólo pudo quedarse estático cuando el pelinegro se abalanzó a sus labios.
—¿Acaso no te das cuenta, tontito, que me vuelves loco, que estoy loco por ti? —los dientes del pelinegro mordisqueaban sus labios, mientras hablaba sobre su boca.
Bill dejó el pocillo sobre la mesa, y agarró las nalgas de Tom con fuerza, enterrando sus dedos en ellas con desesperación, haciendo frotar su pelvis contra la de él. El de trenzas gemía muy despacio, mientras se besaban con frenesí.
—Vamos, Tom. Gime, libérate.
Tom se apartó un poco y le sonrió. Se sacó las camisetas que llevaba y las arrojó lejos. El pelinegro miró extasiado ese cuerpo perfecto, y acarició ansiosamente esos músculos sin dejar de relamerse los labios.
—Tú me robas los sentidos, Tom. A veces creo que estoy sólo soñando.
—Bill, poséeme. Llena mi vacío.
Sin preámbulos, el pelinegro desabrochó los pantalones de su amado, y éste ayudó con la ropa interior, mientras Bill se deshacía de su propia ropa.
El de trenzas sentía que toda la sangre no sólo había bajado hasta su miembro, si no que también a su zona anal. Quería ser penetrado de una forma tan desesperante que no le permitía pensar con claridad. Su cuerpo temblaba de deseo mientras contemplaba el pene grueso y duro de su amante. Pero contrario a lo que su apetito demandaba, el pelinegro se dedicó a besar sus pezones, sin dejar de acariciar sus nalgas. Él instintivamente abrió sus piernas, intentando mostrarle que necesitaba sus dedos ahí, que ansiaba ser dilatado si es que no lo estaba un poco ya. Bill lo entendió y sin dejar de besar y succionar sus pezones, llevó sus dedos hasta la entrada de Tom y dejó escapar gemidos agudos y trémulos.
El pelinegro jugueteaba con su ano, provocando escalofríos en Tom, erizándole la piel. Se estaba volviendo loco de deseo, mientras la ansiosa boca de Bill subía hasta su cuello. La respiración descompasada del pelinegro, que dejaba escapar gemidos roncos le embriagaban, mientras Tom, con sus manos, hurgaba, palpaba, estrujaba, apretaba el sexo de su amado, y Bill gemía en respuesta.
El de trenzas sacó un poco de mantequilla con sus manos y lo comenzó a esparcir por toda la extensión del pene del pelinegro, que se derretía con el calor del miembro, estaba tan caliente. Bill hizo lo mismo para untar un poco en sus dedos y en la entrada de Tom, hundiendo dos de ellos.
Un grito de placer rompió el jadeo de Tom, que al percibir la invasión tan deseada dentro suyo, sintió descargas de goce que recorrían su espaldas y su vientre hasta llegar a la punta de su pene.
La excitación que los embargaba haría todo más fácil esta vez. Tom ya estaba lo suficientemente dilatado. Él lo sabía. Besó los labios de su amante y se dio la vuelta apoyando sus manos en la mesa. Abrió las piernas y levantó su trasero para facilitar la penetración.
Bill tembloroso, lleno de ganas, dirigió la punta de su miembro lubricado, hasta esa entrada ya lista y dispuesta. Con cierta lentitud introdujo su pene, para luego penetrar con más fuerza. Cuando terminó de entrar se quedó quieto, mientras apretaba sus labios y cerraba con fuerzas sus ojos, luego soltó el aire dando un suspiro.
—Tom, Tom, me estás volviendo loco.
—Muévete —fue la orden de Tom, mientras el movía su pelvis para provocar el roce dentro suyo.
Bill gemía, jadeaba ¿Cómo era posible conservar la cordura con tal placer? No lo sabía. Lo único más o menos cuerdo que podía pensar era que el amor de su vida estaba unido a él de una manera literal, que no era un sueño.
Tom dejó que su cuerpo se manifestara libremente. Los gemidos habían dejado de ser tímidos sonidos salidos de su garganta. Ahora dejaba que los gritos producidos por la delicia que sentía, salieran libremente. ¿Qué más daba lo que él fue antes? Ahora estaba enamorado, y su amado le hacía el amor. Él, un hombre, que estaba siendo penetrado, que quería serlo, seguía siendo un hombre después de eso.
Aquel punto del placer que escapaba a un nombre, donde los sentidos de Tom dejaron de ser de este mundo, en ese punto en que la cabaña no estaba, no era de noche ni de día, no era en este planeta, ni en el mundo de los vivos. Ese punto del goce que lo hacía estar consciente sólo del éxtasis que llenaba cada célula de su cuerpo cada vez que el pene de Bill embestía en ese preciso lugar dentro de su esfínter; aquel punto de placer lo estaba llevando a la locura —Me voy a morir de placer —pensó. Intentó decirlo, pero sólo salían balbuceos sin sentido de su boca. No podía hablar. De vez en cuando alguna palabra lograba ser dicha, pero inconexa de todo y apenas pronunciada, se perdía en el mar de gemidos, jadeos y gritos. No sabía si quería llorar o seguir gritando. Sus ojos cerrados, su boca entreabierta, haciendo la cabeza hacia atrás, cayéndole a veces hacia adelante, con su cuerpo lleno de sudor, de nada de eso era consciente. Sólo sentía que Bill golpeaba ese punto una y otra vez, si descanso, sin tregua, sintiendo el miembro grueso y duro que llenaba cada milímetro de su entrada. El placer le había llevado a la desesperación, y por primera vez supo lo que era tener más de un orgasmo.
—Por favor, por favor —logró susurrar, pero ni él mismo supo si era porque pedía más, o porque necesitaba terminar ya.
Bill concentrado en su propio placer, concentrado en la deliciosa estrechez de Tom, la manera en que su carne le apretaba el pene, ni siquiera percibió la súplica de su amado. No quería terminar, era demasiado perfecto para que acabara. Sin embargo supo, que después de un tiempo imposible de calcular, el momento del orgasmo había llegado. Masajeaba el miembro de Tom, y este se movía dejando su cuerpo a merced de los calambres que le producía el placer.
—Amor, amor, amor —repetía Bill en su oído, y Tom supo al fin lo que era la felicidad.
El pene del de trenzas explotó en la mano del pelinegro, y éste, que aún no había llegado al final, en medio de los estertores del orgasmo hizo más intensas sus embestidas, hasta vaciar su semen dentro de las entrañas de su amado.
Se quedaron allí un rato sin hablar, mojados, agotados. El de trenzas, ahí se dio cuenta que le habían salido lágrimas de sus ojos, y se los enjugó. Bill alcanzó a darse cuenta de ese gesto de Tom.
—¿Amor estás bien?
—Sí, agotado, eso sí
El pelinegro buscó su rostro preocupado.
—¿Te lastimé?
—No, no, Bill estoy bien, ¿Y Tú?
—Perfecto —le sonrió y acarició sus mejillas llenas de sudor —vamos a descansar, ven, que me tiemblan las piernas —y se rieron.
Se dirigieron al cuarto de la cabaña. Era pequeño, aunque la cama era grande. Bill se tendió en ella y con su mano extendida dio pequeños golpecitos sobre la superficie de la cama invitando al de trenzas a hacer lo mismo. Se recostó de costado y Bill le imitó, quedando ambos de frente.
Se miraron sin hablar, sumergidos en la mutua contemplación, estudiando el rostro sudoroso del otro, sintiéndose felices por sólo poder mirarse. Bill acariciaba el brazo de Tom, mientras éste se concentraba en separar los cadejos de cabellos de su frente húmeda.
—Creí que no volvería a verte ¿sabes? Pensé que no me querías ver ya.
—Yo te dije que se haría como tú quisieras.
—Yo te juzgué mal, vi algo que no entendía y pensé que eras un loco. Tuve miedo y te aparté de mí, pero casi en el mismo segundo que te fuiste supe que había sido un error. Bill yo te amo.
Los ojos del pelinegro se humedecieron, y una lágrima bajó por su mejilla cayendo luego a la cama.
—Yo te he amado desde que tengo memoria. Desde antes de esta vida que te amo, y te seguiré amando después de mi muerte. Te he esperado tanto tiempo. Pude ir a buscarte antes, pero entonces no me hubieras entendido, no me hubieras aceptado, y no te habrías vuelto a enamorar de mí. Así que esperé pacientemente toda mi vida hasta este momento. Cuando me dijiste que no querías verme más, seguí esperando hasta que tú decidieras estar a mi lado otra vez. Escuche cada palabra tuya, aunque estuviera lejos, el viento me llevaba el sonido de tu voz.
Tom acariciaba ese rostro hermoso, cuyos ojos destilaban amor por él.
—No quiero estar sin ti Bill, nunca más. Pero Dark…
—Todo lo que te contó Georg es cierto. Él tenía razón.
—¿Cómo sabes lo que Georg me ha dicho? ¿Estuviste allí, junto al río esa mañana?
—Desde el amanecer. He estado tanto como he podido a tu lado. Los observé mientras pescaban, y vi cuando atrapaste la primera trucha y luego con suavidad la pusiste en el agua y la dejaste ir.
El de trenzas se rió.
—Fue mi primera trucha —luego se quedó pensativo —¿estuviste ahí cerca de mí, cuando hablé con Dark en el bosque?
—Sí, estaba cerca. Sólo iba a intervenir en caso de que necesitaras ayuda, pero tú puedes enfrentar solo a Dark. Él es un frater de mi orden, no te hará daño, le falta por aprender.
—¿Cómo hiciste para que te viera en dos partes a la vez?
Bill se rió, y lo miró con ternura.
—Se llama proyección astral.
—¿Me enseñas?
—Tal vez más adelante.
—¿Tú haces ese efecto de las esferas de luces? —Bill asintió —¿Me enseñas a hacer eso también?
—No, no puedo.
Tom hizo un pequeño puchero.
—Eres malo.
Bill se rió, de pronto su sonrisa se congeló.
—Debemos irnos, hay problemas.
—¿Problemas? —y vió como Bill entraba al baño y le llamaba con la mano —¿Qué clase de problemas? ¿Viene Dark?
—Olvida a Dark, ocurre algo en la mansión.
—¿Cómo sabes?
—Lo sé —lo besó —lo sentí.
Se ducharon rápido, pues Bill logró traspasarle el sentimiento de urgencia al de trenzas. Se terminaron de vestir, y el pelinegro sacó su capa de terciopelo que tenía guardada en un baúl. Del mismo baúl sacó una daga y una pequeña bolsa de terciopelo negro también.
—¿Para qué es esa daga?
—No es una daga en estricto rigor. Es un athame. Vamos —y salió por la puerta. Tom le siguió.
—¿Qué es un ata…qué?
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En la cocina un hiperventilado Andreas sollozaba intentando beber agua de un vaso que Markus le había dado. Tenía una compresa con hielo en su frente.
—¿Qué sucedió? —preguntó el castaño apenas vio la escena de su amigo tan alterado y lastimado. Para que Andreas estuviera así, debió pasar algo grave.
—Dice que vio una especie de monstruo, que estilaba agua en la habitación rosa. —le respondió Markus. —y al escapar se golpeó la cabeza.
—¿Un monstruo? —el castaño sintió que un aire frío recorría su espalda y toda su piel se erizó. —¿Có-cómo que un monstruo?
—Es lo que dice.
—Es… Es… Es la ver-verdad señor Fr-Frank —reafirmaba el rubio en medio de un sollozo entrecortado.
—Tal vez creíste ver algo, producto de tu angustia, de las sombras de la noche…
Pero Georg y Gustav sabían que Andreas era un escéptico, que para él todos esos fenómenos paranormales eran producto de engaños mentales, y jamás lo habían visto así de alterado, más aterrado.
—¡Y me siguió! Salió detrás de mí.
—Señor Frank, le puedo asegurar que Andreas es cualquier cosa menos un miedoso y un supersticioso.
—Está bien, iremos a investigar —Anton se dirigió a una pequeña bodega que estaba contigua a la cocina, y sacó una linterna juntó con un madero bastante grande pero fácil de manipular. —¿Alguien quiere ir con nosotros?
—¡No, no! ¡No me dejen solo! — gritó desesperado Andreas.
—Está bien, nos quedaremos con él —dijo Gustav.
Los dos hombres subieron al segundo piso, a buscar lo que fuere que vio Andreas. Buscaron especialmente en el dormitorio rosa, pero no vieron nada. Sólo un desagradable olor se hacía notorio. Anton se acercó hacia el balcón, abrió la ventana y no había nada. Pero al devolverse vio el piso mojado con restos de baro y musgo en descomposición.
—Ya sabemos cuál es la fuente del mal olor. —indicó hacia el piso, junto a la mesa de noche y la cama.
Markus examinó detenidamente los restos malolientes, y miró a Anton.
—Aquí sí hubo alguien.
—Y nada que la policía aparece.
Decidieron que lo mejor era bajar y estar todos juntos, de todos modos nadie podría dormir con todo lo que había pasado. Además de Tom no se sabía nada todavía.
Georg había puesto a hervir agua, y estaba preparando cafés bien cargados.
Se habían sentado alrededor de la mesa a hacer especulaciones. Unos más, otros menos, pero todos tenían un sentimiento de inseguridad. No sabían qué era esa cosa que Andreas había visto, aunque Anton se inclinaba por la teoría de que era Dark.
—Yo no recuerdo que Tom haya dicho que ese tal Dark fuera tan feo —refutó el rubio, quien había ignorado su café servido, y aún sujetaba la compresa helada sobre su frente.
—Sí es verdad —confirmó Gustav —No creo que sea Dark, creo que es alguien más, y ya ni especular quiero porque luego la realidad me supera.
El silencio se hizo presente cavilando si debían buscar respuestas por ellos mismos o seguir esperando a la policía.
De pronto un galope alertó a todos. Este se hacía más intenso anunciando su acercamiento. Anton tomó el palo que había llevado durante la búsqueda. Y les hizo un gesto de que nadie se moviera.
El caballo se detuvo y unos pasos que corrían hacia la puerta los tensó aun más. Abrieron la puerta e ingresaron al pequeño pasillo contiguo que daba al patio de servicio. La puerta batiente de la cocina se abrió.
—¡Tom! —el nombre dicho casi al unísono por los cinco hombres retumbó en la cocina.
—¡¿Dónde has estado?! ¡¿Si supieras lo que he pasado por salir a buscarte?!
Andreas vociferaba histéricamente, gesticulando con sus brazos, haciendo que la compresa cayera al suelo, apareciendo en su frente las marcas rojas y el edema dejados por el golpe.
—¡Y yo preguntándome si estabas bien o mal!
—Lo siento —contestó un Tom algo incómodo. —¿Qué te pasó en la frente? —ya más preocupado que avergonzado.
Continuará…