Waiting for you 12

CAPITULO 12

¿Por qué será que aquello que escapa a nuestra imaginación y no entendemos, nos produce temor? ¿Es tan sólo por el hecho de no saber cómo enfrentar tal suceso? ¿o será que en el fondo no nos interesa incluir en nuestras vidas nada que nos obligue a cuestionarla de algún modo?

Comodidad, es el estado en que casi todos se mueven en este mundo. Es preferible aquello, a hacer el esfuerzo y arriesgarse a perder conceptos y formas de vivir, y transformarlos por otros y adaptarlos. Esto último puede ser muy incómodo, así que inconscientemente, las personas alejan de sus vidas eso que les mueve el piso y que les obligaría a cambiar.

A los cinco hombres, que en ese instante miraban fijos y sin pestañar a aquella figura en el umbral, era la tercera o cuarta vez en el mismo día con su noche que se les movía el piso. ¿Por qué? Porque se suponía que ese rostro y ese cuerpo estaban sepultados en la cripta familiar a varios metros de allí, porque ya debieron aceptar otras coincidencias imposibles de explicar de manera lógica, y debieron enfrentar sus ideas a nuevas hipótesis difíciles de aceptar. Porque en esa mansión, el tiempo y el espacio no se comportaban de la misma manera que en todas partes.

—Buenas noches —repitió la estilizada figura en la puerta. Sus ojos marrones, ligeramente maquillados, miraban con franqueza a los hombres que sorprendidos al borde del colapso estaban sumidos en un mutismo sepulcral, incapaces de ordenar sus pensamientos, incapaces de pronunciar alguna palabra con sentido..Sólo estaban ahí con las bocas abiertas y los ojos casi desorbitados. Ni siquiera Tom lucía cómodo con la situación. Incluso para Bill se hacía algo complicado romper el hielo —Soy Bill Koening.

Andreas no podía dejar de mirar a aquel joven. Creyendo que tal visión era producto del golpe, y al no estar seguro de sus percepciones, observó las reacciones de los demás, dándose cuenta que él no era el único en estado de conmoción. Miró a Tom quién ansiosamente golpeaba sus manos, dirigiendo su vista de manera alternada entre Bill y sus amigos.

El rubio volvió la mirada hacia el pelinegro, sintiéndose culpable por las veces que dudó su existencia y de su amigo, llegando a pensar que deliraba, y que posiblemente sufría de algún tipo de psicosis.

El resto se debatía si era mejor creerle a sus ojos o no, si acaso su presencia era una amenaza o por el contrario era inofensiva, incluso conveniente.

Sin embargo, a uno de ellos, ese joven le incomodaba desde todo punto de vista.

—Así que usted ha estado invadiendo propiedad privada —Anton miraba fijamente a Bill sin soltar el madero.

—Disculpe si…

Tom extendió una mano hacia el pelinegro, indicándole que él tomaría la palabra.

—Señor Berg, mis amigos y yo también invadimos esta propiedad. Y le puedo asegurar que aquí el problema no es Bill.

—Puede ser, pero creo que sería mejor si se retirara. No lo quiero merodeando la mansión.

El de trenzas frunció el seño sin entender la actitud de Anton Berg. Bill se había mantenido en silencio sin apartarse del umbral de la puerta, y sólo habló luego de indicarle con la mirada a Tom que él debía hacerlo.

—No ha sido mi intención molestarlos en nada. Sólo he venido por Tom. Ya sé que esa excusa no me libera de mis responsabilidades penales, si las tuviera. Pero además, yo sé que algo no está bien en esta mansión.

Anton dejó el madero sobre la mesa y avanzó desafiante hacia el pelinegro. Bill, en cambio, permaneció impasible. Berg se paró frente al pelinegro, manteniendo cierta distancia.

—Acá todo esta muy bien, perfectamente.

—Al parecer, no para todos —replicó el mago tranquilamente indicando al rubio —Sólo deseo ayudar, porque lo que enfrentó Andreas no es algo simple.

—Descuide, la policía estará a cargo de la investigación. Llegará en cualquier momento —rebatió Berg.

—¡Señor Berg! La policía debió llegar hace horas —aclaró el castaño, quién no quitaba los ojos de Bill, alucinando con esa imagen tan idéntica al cuadro.

Bill sonrió levemente, y sin perder la calma agregó categórico.

—La policía no llegará.

—¡Usted, qué sabe! —la voz y la expresión del historiador era cada vez menos amistosa. Anton tenía un leve tono rojizo en la piel de su cuello, las venas se le marcaban notoriamente. Se había acercado al mago, bloqueando cualquier intento de éste por terminar de ingresar a la cocina.

Markus, se había mantenido aparentemente neutral, pero advirtió que la agresividad de su amigo hacia Bill era algo desmedida.

—¡Anton, déjelo! Estoy seguro que si él quisiera molestarnos o perjudicarnos de algún modo, ya lo habría hecho sin necesidad de acercarse.

Tom se volvió interrogante hacia Bill.

—¿Puedes?

El pelinegro sólo lo miró intensamente, y el de trenzas supo que Markus tenía razón. Así cómo el mago podía controlar el viento y generar esferas luminosas, también podría hacer otras cosas menos inofensivas que esas, si lo deseara.

Anton se apartó, dejando el camino libre a Bill, quien agradeció y se fue a sentar junto a Tom.

—¿Qué viste? —le preguntó directamente a Andreas. Éste, sorprendido por la pregunta, balbuceó tontamente por un segundo, hasta que su boca obedeció la orden de hablar correctamente.

—Vi un ser que destilaba agua podrida. —dio un suspiro, y se estremeció por un instante. El canto nocturno de un búho sobresaltó a casi todos. —Te-tenía uñas largas, afiladas, puntiagudas, igual que sus dientes. Con ojos rojos pero en el centro, en vez de pupila normal tenía una pequeña esfera luminosa —Andreas volvió a temblar.

—¿Qué más?

El rubio miró a Bill, amasando compulsivamente la compresa helada con sus manos.

—Olía horrible. Repetía una especie de letanía —Andreas tomó aire.

—Bill, tal vez no sea bueno forzar a Andy.

—Tom, necesitamos tener todos los detalles.

—Esa cosa decía “por favor”, una y otra vez. Luego, salió tras de mí y me pidió ayuda.

—¿Te golpeaste tú? Es decir, ¿fue un accidente?

—Sí, sí. Choqué al huir.

—La leyenda dice que uno de los fantasmas que se aparece es el del tío de los gemelos Kaulitz.

—¿En serio señor Frank?

—Sí, Andreas. Es más, ya había visto esos restos de fango con agua podrida. Pero jamás lo relacioné con ningún fantasma. Siempre culpaba a los funcionarios del museo, y su mala mantención.

—¡Markus, por favor! Usted y yo sabemos que aquí no hay ningún fantasma.

Anton se había puesto de pie, y se paseaba nervioso por la cocina.

—Fue un decir Anton. Aún no sabemos qué es. Posiblemente sea ese… ¿Cómo se llama Tom?

—¿Dark?. No creo señor Frank.

—El frater Dark no estuvo aquí esta noche. Tiene prohibido acercarse a la mansión.

Todos miraron a Bill, percibiendo en sus palabras don de mando. Todos, excepto Anton. Quien intentó desacreditar a Bill

—Que usted lo diga señor Bill Koening, no es suficiente garantía, ni mucho menos una prueba, o una coartada.

El castaño había estado observando a Anton Berg con suma atención. Algo en él no le estaba resultando muy agradable, además de su evidente antipatía por Bill.

—Señor Berg, si Bill lo dice, es así. Dark no puede desobedecer. O sea, podría si quisiera, pero tendría que afrontar duras consecuencias.

—¡De pronto eres todo un experto Georg!

Al castaño, definitivamente Anton le estaba colmando la paciencia. Y con su amor propio herido, le respondió con severidad.

—Fui estudiante en una Orden Hermética por un tiempo breve. No diré nada más al respecto, sólo que la lealtad y la obediencia son temas sagrados.

—Creo que con respecto a Dark, nadie debería estar preocupado. Las apariencias engañan. —la voz calmada de Bill terminó por tranquilizar al de trenzas, aun cuando no siempre entendía sus palabras, como en esta ocasión. Bill tomó su mano, entrelazando los dedos. Tom se sonrojó y una sonrisa tímida asomó a sus labios. Miles de mariposas jugaban en su estómago, mientras sentía el pulgar de Bill acariciar el dorso de su mano. El pelinegro miró a los ojos de su amado —Tom, pase lo que pase, recuerda que te amo. —un nudo se le hizo en el estómago ¿por qué le decía eso ahora? Un presentimiento oscuro cayó sobre su mente quitándole la emoción del momento, apretándole la garganta y acelerando su corazón.

Y se apagaron las luces, sumiendo a todos en la oscuridad.

—¡Nadie se mueva! ¡Buscaré una linterna! —exclamó Anton, y en es instante Bill estrechó fuertemente la mano de Tom. Luego se la soltó.

Anton encendió la linterna, y todos miraron expectante a su alrededor. Todos permanecían en sus puestos, menos uno.

Bill ya no estaba.

—¡Ese maldito! —gritó con rabia Berg, y salió corriendo hacia el pasillo.

—¡Anton! ¡Nos deja sin luz! —vociferó Markus, buscando en medio de las penumbras su móvil para usarlo como improvisada linterna. —¿Alguien tiene aquí su celular?

—Acá —dijo Andreas, iluminando un poco la cocina con una tenue luz azulina.

—Vamos a la bodega por linternas —ordenó el señor Frank. Y salieron tras de él.

Tom se sentía confundido, ¿dónde estaba Bill?, ¿a dónde fue?, ¿por qué hacía algo como aquello?, ¿por qué no le advirtió nada antes sobre los planes que tuviera?. El de trenzas siguió a los otros con un dolor intenso en su vientre. Los pies le pesaban toneladas, y las ganas de llorar le apretaban la garganta y le hacían picar los ojos. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo, tampoco escuchaba las voces frenéticas de sus amigos. Alguien, no supo quién, le pasó una linterna. Él la tomó pero sin encenderla. Su mente estaba ordenando la información, intentando encontrar las claves del comportamiento de Bill, y así entender las razones de ello, y las intenciones que tenía. ¿Acaso le había estado utilizando? No quería saber. No era soportable tal idea. Se moriría si supiera que su amado le había mentido sólo por obtener algo más, y rogaba con todas sus fuerzas que no fuera lo que sospechaba. Sin embargo, su lado racional le advertía que aquello que intentaba no pensar, era posiblemente lo que ocurría. Bill le había mentido.

El de trenzas siguió al grupo por el pasillo sólo por inercia, una fuerza movida más por la esperanza que aún tenía de que estaba mal interpretando todo. Que si Bill no le había dicho nada, era para protegerlo. Eso rogaba.

El grupo de hombres subió por la escalera de servicio. Subían Markus y Gustav adelante, Tom y Georg al medio, quedando al final Andreas.

—Un momento señor Frank, ¿por qué subimos?

—Tengo un presentimiento, Gustav. Creo que el libro de los Oráculos es el botín en esta batalla. Está a buen resguardo en su escondite en el mausoleo, pero el papel con las claves estaban acá arriba—Al oír esas palabras a Tom se le nubló la mente.

—¿Y quién querría ese libro? —preguntó nuevamente el de gafas.

—Bill, por ejemplo. Bill y su Orden.

—No, no, no lo creo —replicó Tom visiblemente alterado —Bill no haría algo así, Bill no.

—Yo creo que te usó Tom , lamento decirlo así —le rebatió el rubio. Tom se detuvo, y se giró a hacia Andreas.

—Andy, eres mi amigo y yo te quiero mucho, pero creo que últimamente tus conclusiones no han sido las más acertadas. Cuando quieras hacerme tus observaciones ten en cuenta mis sentimientos también, por favor. —el grupo se había detenido, esperando que el conflicto no aumentara.

—Perdona. No diré nada otra vez al respecto, lo siento.

—Gracias Andy. —y continuaron su ascenso. De pronto el grito de Anton los alertó.

—¡Ahí estás! ¡Detente!

Los hombres corrieron escaleras arriba, tratando de no tropezar. Arrancaron hacia el ala derecha de la mansión, lugar de procedencia de los gritos. Al aparecer en el pasillo, Anton blandía el madero en alto, alumbrando con la linterna hacia la figura de Bill que permanecía de pie algunos metros hacia el fondo. Luego en medio de un grito ensordecedor, Anton Berg se abalanzó hacia Bill.

—¡Anton no! —fue el grito de Tom, justo en el momento en que Berg atraviesa la figura de Bill, estrellándose con la pared. Sin entender lo que había pasado, el historiador, se dio vuelta mirando el espacio vacío, y al final del pasillo el grupo de hombres que con cara de espanto contemplaba la escena.

Berg masculló unas palabras incomprensibles, sin comprender lo que estaba pasando.

—¡Aquí estaba! ¡Aquí estaba ese maldito ladrón! ¡No lo imaginé!

Tom sonrió. Se sentía aliviado, después de todo.

—¡¿Dónde se fue?! —el historiador estaba fuera de sí, gesticulando y mirando a su alrededor, como si de pronto el mago aparecería de debajo de la alfombra. —¡Se ha llevado el libro! ¡ A eso vino el maldito! ¡Y tú lo trajiste! —señaló a Tom, quien abrió sus ojos y boca por la sorpresa. Ahora faltaba que él fuera considerado un sospechoso.

—¡Está equivocado! ¡¿Para qué querría yo ese libro?!

—Anton, Anton. Calmémonos y ordenemos las ideas.

—Sí, y mientras lo hacemos él sale huyendo con el libro en su poder. ¡Debemos seguirlo!

—¿Cómo sabes que él tiene el libro?

—Bueno, es mi sospecha, Markus.

—El libro se quedó en el mausoleo, guardado.

—Pero el papel con las claves ya no está. Lo dejamos en la mesita de noche en la alcoba que compartimos, ya no está ahí. Y seguí al bastardo hasta acá. Lo alcancé a divisar, o eso creí.

—Yo creo que se equivoca. —dijo Tom algo inseguro.

—Tú cállate —le apuntó agresivo Anton —Eres uno de los que menos derecho tiene de hablar.

—¡Señor Berg, creo que se está pasando! —dijo Andreas tajante.

—Calmémonos ¿sí? —Markus temía que la situación se saliera de las manos.

—De acuerdo —fueron respondiendo todos. Tom sólo asintió con la cabeza. Se sentía culpable, pero no estaba seguro de qué. Tal vez no debió dejar que Bill fuera hasta la mansión, sin embargo supo con absoluta seguridad, que no importara lo que le dijera, nadie hubiera impedido que el mago fuera hasta allí esa noche.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por pasos que corrían escaleras abajo, las que bajaban directamente al hall. Los hombres corrieron en la misma dirección. Mientras bajaban se sintieron pasos de alguien que salía por el sector de servicio, y otros pasos que corrían por la entrada principal.

Tom alcanzó a escuchar los cascos del caballo y luego el galope acelerado del mismo. Mientras el sonido del motor de una motocicleta rompía el silencio de la noche con un rugido ensordecedor hacia el otro lado de la mansión. Tom corrió por el patio de servicio y salió hacia el camino que horas antes recorriera tras las esferas luminosas. Alcanzó a ver, gracias a la tenue luz de la luna, la silueta borrosa de un caballo al galope con su jinete. Su capa volaba al viento, igual que el corazón de Tom.

Sus piernas casi no eran capaces de sostenerlo. Él sólo podía sentir un puñal que atravesaba su pecho, y le cortaba el aire. Dejó que las lágrimas corrieran libres por sus mejillas, aunque odiara llorar.

—Bill… Bill… No te vayas… Vuelve —sus sollozos eran silenciosos.

Unos pasos tras de él llamaron su atención.

—Tom… Tom —el castaño se acercó y le dio pequeños golpes en su hombro izquierdo para reconfortarlo. El motor de otro vehículo se escuchó hacia la laguna. —vamos amigo. Los demás siguieron a alguien que huía en moto. No sé si lo siguieron hacia el mausoleo. No estoy entendiendo nada ¿sabes?

—Yo tampoco. Pero además yo tengo mi corazón roto.

—Vamos amigo, vamos en tu Cadillac hacia el mausoleo. No creo que sea buena idea estar aquí solos.

—De acuerdo, vamos. —Tom se secó las lágrimas, y caminaron rápido hacia su vehículo.

Minutos después estaban en el Panteón Kaulitz. Habían encendido todas las linternas a la vez para dar más luz al lugar. A Georg no le hacía feliz estar allí, pero dadas las circunstancias, estar en el mausoleo con los demás era mejor que quedarse solo en la mansión a oscuras.

Al bajar hasta el aposento mortuorio, se dieron cuenta que las sospechas de Anton y Markus eran ciertas. Alguien había abierto el pequeño nicho que había contenido el libro, y evidentemente éste ya no se encontraba ahí.

—¡Mierda! —dijo el castaño para sí mismo. Sabía las implicancias que aquello tenía para Tom, más que para cualquiera de los otros. El nombre del de trenzas se encontraba en ese libro, y el sospechoso principal del robo era el hombre que Tom amaba. El otro nombrado en el libro. Pero además, el castaño supuso que el libro de los Oráculos, debía contener más información de muchas cosas que les interesaban a varios de los presentes, incluyéndolo a él. —Tom, Tom —le habló en un susurro —ese oráculo debe haber dicho cosas más importantes aún. Ese libro debe tener información vital, no sólo para Bill o para ti.

—¿Por qué crees eso?

—Digamos que es una especie de corazonada. Espero no equivocarme. ¿Sabes? No creo que Bill se haya llevado el libro. Yo creo que vino a la mansión por otra cosa.

—Pues sí. Las preguntas que le hizo a Andreas no fueron por nada. Quiero creer que no me utilizó.

—¿Eso piensas? Yo creo que no, tengo muy claro en mi mente cuando te tomo de la mano y te dijo que te amaba, y que no lo olvidaras pasara lo que pasara.

—Puede ser. Quiero creerlo, en serio.
—¡Ya ves! —interrumpió Anton —¿qué recibirás a cambio ahora? ¿No me digas que pensaste que ese montón de huesos te quería o algo así? ¡Te prostituíste por nada, imbécil!

—¡Cállate! —gritó Tom al mismo tiempo que se abalanzaba hacia Anton. Sin pensarlo siquiera vio como su puño caía con toda su fuerza sobre el pómulo izquierdo del hombre que perdió el equilibrio cayendo sentado. Éste se llevó una mano a la cara, con los ojos rojos de rabia.

—¡Basta! ¡Basta! —los increpó Markus, mientras Georg sujetaba a su amigo con cierta dificultad. Tom respiraba agitadamente. El ambiente estaba tenso. —Por favor, necesitamos calmarnos. Así no arreglaremos nada. —el señor Frank esperó un momento, para ver la reacción de los demás, quienes asintieron luego de unos instantes. —Ok, vamos a la mansión y veamos que no se hayan llevado nada más de allá. ¿Anton, está seguro que llamó a la policía?

—¿Qué insinúa? —Berg se arreglaba la ropa, intentando recuperar su orgullo herido. —¿Qué en realidad no los llamé?, ¿qué mentí?

—Está bien, está bien —Markus suspiró —Sería bueno llamarlos otra vez.

—Yo lo haré —ofreció Andreas, quien se puso inmediatamente a la tarea. —Vienen ya—dijo luego de un momento

Todos se dirigieron a los vehículos. Los cuatro chicos al Cadillac y los otros dos hombres al Jeep.

Dentro del Escalade el silencio se podía cortar a cuadritos, así de espeso era. Andreas que no se atrevía a abrir la boca para no cagarla con un sonoro “te dije”. Georg pensando en quién sería el verdadero culpable del robo. Gustav que, a pesar de todo el revuelo de las últimas horas, no dejaba de pensar en el tiempo perdido de su memoria, pensando en las circunstancias en las que terminó en el suelo y con el pene erecto junto a la cama del castaño. Al recordarlo, el rubor se apoderó de sus mejillas, y agradeció que la oscuridad los envolviera a todos y así nadie pudiera notarlo. Como fuera, el asunto era que se acordaba nítidamente de los ojos azul claro que lo miraron en el pasillo en semi penumbras. Y luego nada. ¿Conclusión? Sus actos eran el fruto de otro ser en su cuerpo. Sin embargo, había algo que le perturbaba más que ese hecho. Era ese casi morboso deseo de recordar lo que había vivido con Georg… ¿por qué?

Tom estaba sufriendo. Sentado detrás del volante de su todoterreno, conducía por el oscuro camino casi por inercia. Se sentía burlado, utilizado, tal vez era sólo su inseguridad la que provocaba esas emociones, y por más que tratara de minimizar la importancia de lo sucedido, eso no impedía que doliera. No entendía la actitud de Bill. No comprendía por qué salió huyendo sin siquiera intentar darle alguna pista de lo que estaba ocurriendo, alguna explicación, lo que fuera, pero no dejarlo así, con el corazón partido en dos. En estos pocos días que habían pasado desde la primera vez que lo vio, Bill había hecho uso de un verdadero talento para elevarlo al cielo y luego dejarlo caer a la dura realidad del vacío y la soledad. Y ese despertar de bruces en el dolor después de terminado el encantamiento, había ocurrido después de cada vez que vio al pelinegro.

Al dar la vuelta por la laguna, y una vez que los árboles ya no tapaban con su follaje, descubrieron con asombro que las luces de la mansión estaban todas encendidas. Se bajaron todos rápidamente de los vehículos. Ingresaron a la mansión por la entrada principal y decidieron esperar en el salón a la policía, que llegó unos minutos después.

—¡Vaya! ¡Qué eficiencia!. ¿Llegan con cuántas horas de retraso? —reclamó Markus.

—Disculpe… ¿Horas? —preguntó el policía que parecía tener el mayor rango. Un hombre de barba copiosa y barriga de barril cervecero.

—Eso dije Teniente…

—Teniente Wendt, y él es el oficial Hansen. Es raro lo que nos reclama usted señor… —el policía leyó una libreta en sus manos.

—Markus Frank.

—Eso. Frank. Le diré por qué es extraño —el barrigón jugaba con su lápiz, haciendo la pausa para darle dramatismo al asunto —Nadie llamó sobre ningún problema en esta mansión, hasta hace unos minutos atrás.

—¡Eso no es posible! ¡Yo llamé! —vociferó Anton, con indignación fingida, que el policía no dejó de notar.

—No se altere. Confirmaré con la estación de policía —tomó su teléfono y pidió a la central confirmar un llamado anterior desde la mansión.

—No señor —respondió la voz femenina al otro lado —Tenemos registrado el llamado que hizo Andreas Binder, realizado a las 3 con 45 minutos de esta noche y nada más.

—Ajam —respondió el regordete, meneando la nariz colorada de payaso, intentando rascársela y contener la comezón. Pero al final el movimiento no hizo el efecto esperado y soltó un sonoro estornudo, que seguramente dejó sin tímpano a la oficial al otro lado del auricular. —Bien, no hay llamados registrados aparte del realizado por el señor Binder.

—¡¿Cómo?!, ¡Pero sí llamamos! —alegó Anton exasperado.

—El tema no está en discusión —le replicó el policía barrigón.

El castaño se acercó al oído de Tom.

—¿Ves? Algo raro hay aquí. —y Tom asintió con la cabeza, mientras permanecía con los brazos cruzados de pie, dándole la espalda al cuadro de Bill.

—Pero hoy anduvieron aquí dos sujetos raros merodeando la mansión —relató el historiador —uno de ellos se hacía llamar Dark y el otro Bill Koening.

—Bill no estaba merodeando la mansión, vino conmigo —le interrumpió Tom.

—¡¿Ven?! Él seguramente estaba confabulado con ellos para hacer el robo.

—¡Señor Berg no sea injusto con Tom!

—¡Eso es mentira!

—¡Silencio! —exclamó el policía.

—¡Tom no es un ladrón!

—¡Él fue amenazado por Dark!

—¡Silencio he dicho! —al policía se le agitó la barriga con el esfuerzo de gritar.

—¡Además Bill es el amante de Tom! —gritó el castaño con voz en cuello, en medio del silencio. Y todos se quedaron mirando a Tom. El rojo parecía pálido comparado con el color que tomó su cara.

El policía tomó aire inflando aún más, si se podía, su abultado vientre.

—Me van a contar todo, todo, desde el principio. ¡¿Entendido?!

—Sí teniente —respondieron todos.

Mientras los de Criminalística tomaban las huellas, y examinaban cada palmo de la mansión y sus alrededores, los seis hombres daban la información de los hechos tal cual los recordaban, incluyendo los acontecido en el parque junto al lago.

—En fin, ¿me pueden dar una descripción más acertada del tal Bill Koening y Dark sin apellido? —preguntó por último el policía.

Todos callaron. Nadie se había referido al pequeño gran detalle.

—¿Y bien? Que no nos vamos sin esas descripciones.

Tímidamente Georg levantó su dedo índice y apuntó hacia el cuadro. El policía se dio vuelta para mirar el cuadro sin entender lo que debía ver.

—¿Y? —preguntó conciso el barrigón.

—Es idéntico al Bill de ese cuadro, teniente Wendt. —respondió Markus Frank.

—¿En serio? –dijo el policía, sin esperar la confirmación y se acercó a ver el cuadro —¡Qué interesante!

Luego dio algunas órdenes, y se marchó junto a sus hombres.

Al terminar con todo ya eran cerca de las 5 de la mañana. Los policías volverían dentro del día pero nadie del grupo debía moverse del lugar. Entre los que volverían serían los dibujantes para hacer un retrato hablado de los sospechosos.

Cuando Tom se fue a acostar, el día comenzaba a aclarar. Apenas apoyó la cabeza en la almohada no supo más de este mundo. Hasta que un sonido molesto proveniente del hall, le hizo salir de su estado de reposo. Algo golpeaba incesantemente una superficie, y si no detenía ese ruido no se dormiría.

Abriendo apenas los ojos, sólo lo justo para no tropezar, salió de la habitación caminando como si fuera un autómata. Bajó las escaleras, intentando concentrarse en sus movimientos para no caer cual balón por los peldaños.

El sonido clap, clap, clap, martillaba sus oídos. Intentó reconocer el origen del molesto ruido hasta que se dio cuenta de que procedía del estudio-biblioteca.

Abrió la puerta molesto, y con ganas de mandar al diablo a quien estuviera siendo tan inoportuno tan temprano en la mañana cuando todos querían dormir.

—¿Puedes dejar de…? —y se le congeló su reclamo en la boca.

—¡Tom! Mira logré abrir el baúl.

La habitación giró en 180 grados, y su estómago dio un brinco que casi le hizo vomitar de la impresión.

—¿Te sucede algo Tom? ¡Estás pálido!

—Bill.

—Jajaja. Lo dices como si yo no debiera estar aquí. Eres mi gemelo, te conozco como a mi alma.

Tom gesticuló con su boca, pero no logró articular sonido alguno.

—Mira, sabemos que nuestro tío tiene intenciones de quedarse con la mansión. Y sabemos que tal vez lo logre. Pero no dejaremos que encuentre el Liebe. La llave de Lis la esconderemos en el libro de los Oráculos.

La cara alegre de Bill era un regalo de la mañana. Mostraba en alto la llave como si fuese un trofeo, sin dejar de sonreir.

La chaqueta estaba a un lado del baúl, dejada ahí de manera descuidada. Bill lucía su chaleco negro de fina gabardina, y sobre la tapa del bolsillo, su reloj unido a una cadena de oro. Su cabello largo, bien cuidado, caía hacia la derecha de su frente. Era igual a su Bill. Y se veía adorable.

—Bill.

El de trenzas vio que el pelinegro tomaba el libro que ya conocía, y en un compartimento secreto de la contratapa guardó la llave de Lis. Luego metió el libro en la caja que ya tenía dispuesta.

—No te preocupes amor. Sé que es duro de aceptar —Bill se acercó a Tom, lo abrazó y lo besó tiernamente. —No queda otro camino. La única forma de que nuestro tío se quede con todo, es asesinándonos.

Asesinándonos…asesinándonos… Y Tom lo comprendió.

—¡Nooo! —gritó Tom. Se despertó sudando, asustado, pero por fin en su mente muchas cosas que antes se veían confusas ahora estaban claras.

Andreas se sobresaltó y casi quedó colgando de la lámpara.

—¡Tom, fue un sueño!

—Lo sé…—y se quedó pensando en todo lo que percibió más allá de las imágenes que vio — Asesinaron a los gemelos. Lo de Tom no fue un accidente. Y ya sé por qué desean el libro.

—Tom, Tom ¡Tom!—pero Tom no escuchaba, sólo tomó algo de ropa, se metió a la ducha, y luego de pocos minutos salió de allí.

—No le digas a nadie —le dijo al rubio —debo hacer algo.

Salió de la mansión pensando en cuál sería la forma más expedita de llegar pronto. Se dirigió hacia la antigua caballeriza, esperando que la fortuna le facilitara su tarea. Necesitaba un medio de transporte pero su Cadillac no le serviría. Buscó y buscó. No habían caballos, ni motocicletas. De repente, entre varias cajas y bolsas grandes divisó el manubrio de una bicicleta —que esté buena, qué esté buena —rogó. Se acercó a ella con el corazón palpitando como loco. La revisó y grata fue su sorpresa ver, que aunque estaba sucia, no tenía problemas serios para funcionar. Rechinaba un poco, pero era lo de menos.

Tomó la bicicleta, y siguió la huella que creía recordar. De vez en cuando, se detenía intentando recordar los pocos rastros que su mente guardaba del camino recorrido. Por lo mismo, su avance era lento, más de lo que deseaba.

Ya llevaba alrededor de una hora, o tal vez algo más de camino, y aunque intentaba comparar lo que veía con el paisaje nocturno que tenía en su memoria, no lograba encontrar similitudes.

Llegó hasta un punto, donde las posibilidades de rumbos eran más de dos. Cerró los ojos y dejó que su intuición le guiara. No tenía sentido usar la razón con tan pocas pistas. Esperó a ver si sentía algo… Nada. Abrió los ojos otra vez, y vio una golondrina posarse sobre la copa de uno de los árboles, no lo había notado, y le puso atención. Ese árbol le parecía familiar. Sobre la cresta del árbol había una rama que sobresalía formando una V , y recordó esa rama cortando la silueta de la luna, justo en el momento que el caballo doblaba hacia la derecha.

Ahora ya sabía por dónde ir.

Sonrió jubiloso. No se había perdido.

Echo a andar su bicicleta, y se internó entre esos árboles. Unos metros más allá advirtió que el camino se cerraba por dos ramas gruesas. Se acordó de la advertencia de Bill de agacharse, y supo que ya estaba cerca.

A cierta distancia observó la silenciosa cabaña. El caballo no se veía por ningún lado y eso le llenó de pesar. Bill no estaba ahí.

Dejó la bicicleta afirmada en la pared junto a la puerta. Notó que la puerta no estaba totalmente cerrada, y con cierto cuidado ingresó a la cabaña.

El ambiente adentro era cálido. Sobre la mesa había una taza. Tom la tocó y aún estaba tibia. Junto a la taza había un libro en cuya portada se leía “Sonetos”.
Tomó el libro y leyó “El amor no es amor…”, lo volvió a colocar sobre la mesa, y se acercó hacia la entrada del cuarto.

Miró desde allí el interior del dormitorio. La cama estaba ordenada, se alcanzaba a ver el baño por la puerta abierta. No estaba, Bill no estaba.

Detrás suyo percibió un leve movimiento, y con temor se giró rápidamente. Entonces vio a Bill de pie junto a la mesa con el libro en su mano.

—“El amor no es amor si se altera cuando la alteración encuentra.
O se tuerce con la distancia del distanciado.

¡Oh no! Es una señal eterna y renovada que mira sobre las tempestades
y nunca se estremece”

Bill dejó a un lado el libro.

—Es un soneto de Shakespeare. —lentamente se acercó al de trenzas —Nuestro amor está en medio de una tempestad ahora. ¿Se estremece tu amor al verla? Porque sólo el amor verdadero permanece firme y estable en medio de las tormentas. ¿Así es tu amor por mí?

Continuará…

por administrador

Publico con autorización del autor

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