Waiting for you 19

CAPÍTULO 19

Todos se quedaron congelados.

Se escuchaban unos pies que se arrastraban, mientras una risa tenebrosa iba acompañada de un gemido de ayuda.

—Por favor, por favor, por favor. Perdóname… Mea máxima culpa. ¡Uaah jajajajaja! ¡Ayúdame!¡Andreaaaaaaaaaas!

—¡No, no, no! —gritaba el rubio al borde del colapso —¡Me va a matar!¡Me va a matar!

—¡Andreas! ¡Cálmate! —Bill lo sujetó por los hombros —calma, yo estaré contigo, también los demás. —el rubio sollozaba, mientras Alexa sujetaba su mano.

—Vamos guapo —le dijo con voz dulce —yo también estoy contigo —ella sacó su daga ceremonial —con ésta lo mantendré alejado de ti.

El ente se acercaba lentamente sin dejar de reír y lanzar gritos. De vez en cuando llamaba a Andreas, en otras sólo pedía ayuda. El olor nauseabundo comenzó a invadir la cocina.

Se escuchó que cambió de dirección.

—Viene por el comedor —dijo un pálido Anton. Respiraba con rapidez, casi hiperventilando.

—Okay, estamos solos en esto. Bill dependemos de ti.

—Somos suficientes, señor Markus. —el mago miró al rubio —Andreas, quiero que te pongas en la puerta batiente que da hacia el comedor…

—No, no, no –sollozaba Andreas.

—Debes preguntarle… —los ojos de espanto del rubio mostraba su nula capacidad para pensar con coherencia —Andreas, mírame —le sacudió levemente su cara —Mírame —la mirada perdida del rubio se enfocó en los ojos marrón de Bill —Debes preguntarle qué desea —el rubio comenzó a llorar otra vez, mientras negaba con su cabeza —debes hacerlo o sino, no podrás liberarte de él.

De un golpe la puerta batiente que daba al comedor se abrió y permaneció fija en su lugar como si una mano invisible la sujetara.

Las piernas le temblaban, como le sucedía a varios en la habitación.

—Cúbranse, aléjense de la puerta –ordenó Bill —sólo Andreas, Alexa y yo, estaremos cerca de la puerta — y Bill tomó su espada. Miró a los asustados ojitos de su amado Tom, y le sonrió a la distancia para reconfortarlo —te amo —murmuró, y el de trenzas sonrió levemente.

De pronto, la figura oscura y húmeda se asomó por el umbral. Los dientes oscuros y puntiagudos que asomaban de una boca deforme y más oscura aún, le daban un aspecto monstruoso, un hilillo de una saliva verde oscura corría desde el pliegue de lo que aparentaba ser un labio. Los ojos rojos, de pupilas luminosas se enfocaron en el rostro blanco de Andreas, y se rió, y al hacerlo su lengua morada y en punta se alargó como la de un lagarto. Un ruido profundo llenaba el aire, haciendo estremecer los estómagos de todos, era un rugido que salía desde la garganta del ente. Alargó la mano hasta Andreas, y éste con espanto pudo ver las uñas que asemejaban garras, que nacían de dedos huesudos que estilaban agua espesa y podrida.

—Pregúntale Andreas. Pregúntale qué desea. —el rubio miró sin comprender al mago —Vamos. Haz la pregunta.

Andreas miró aterrorizado al ente. Estaba consciente que los separaban dos escasos metros —¿Qué-q-qué deseas?

La voz gutural y desagradable del ente salió de su asquerosa boca —Desea, desea… No todo es desear ¡Aaahh jajajaja!

—¿Por-por qué me persigues?

—Porque te puedo alcanzar ¡Aahhh jajaja!

—Andreas pregunta qué es lo que pretende y quién lo envía.

—¿Quién te envía?

—Un hombre oscuro de vientre grande, de hígado enfermo, de alma podrida.

Todos se estremecieron, y el castaño miró a Gustav y le dijo entre dientes —Wendt.

—¿Para qué?, ¿qué debes hacer?

—Debo quitar la vida ¡Y no quieroooooooo! ¡Aaaaaaaaaahhhhh! —el grito era un lamento como de alma perdida en el infierno —Mírameeeee —dijo el ser en un susurro escalofriante.

Andreas cerró sus ojos y cuando los abrió, estaba en medio de los jardines de la mansión. Vio a un hombre a caballo, y supo que de alguna forma, incomprensible para él, ese hombre era el mismo ente. Vio a un joven muy parecido a Georg que estaba frente a él. Estaban discutiendo.

—¡¿Cómo has podido siquiera acercarte a mi hija?! —y le pegó en la cara con la fusta.

—¡Nos amamos! ¡Yo la amo! —otro golpe con la fusta cayó sobre su cabeza y oreja, un hilo de sangre comenzó a correr por su mejilla.

—¡Maldito! ¡No tienes derecho! ¡Sabandijas como tú sólo merecen la muerte! —sacó un arma de su cinturón y le disparó a quemarropa, dos veces. El joven cayó moribundo al suelo.

De la mansión una chica rubia con bucles salió gritando. Corría alzando las manos al cielo. De la misma forma que dos años antes su primo corrió al encuentro de su amado gemelo muerto. El mismo espanto, el mismo sufrimiento.

—¡Nooooooo! ¡No, no, no! —se arrojó junto al cuerpo inerte —¡Mi padre es un asesino! ¡Asesino! —le gritó llorando.

Andreas miraba la escena como si fuera una película, pero sabía bien que no lo era. Demasiado real y dolorosa, sintiendo el olor de la sangre, sintiendo el olor a muerte. El hombre miraba desde su caballo, estático, blanco, muriendo por dentro también. Aún tenía el arma en su mano, que colgaba floja a un costado. La servidumbre se había acercado de a poco, pero sin atreverse a intervenir, se quedaron a cierta distancia, contemplando el desgarrador llanto de la joven.

Marianne volvió su rostro mojado por las lágrimas hacia su padre, sus manos y su vestido estaban llenos de la sangre de su amado, llenos de su muerte, de la vida que se le había escapado.

Sin que nadie lo previese ella se levantó. Andreas la miró como si se moviera en cámara lenta, cómo su cabello dorado se agitaba al viento al pararse, se acercó a su padre y sin que éste alcanzara a comprender lo que su hija hacía, la chica le quitó el arma, lo puso apuntando a su pecho ya cubierto de sangre y sin llorar dijo —Adiós padre —y se disparó. Su cuerpo cayó pesado sobre el de su amor ya muerto.

—¡Noooo! —gritó el padre, que se bajó del caballo, y la abrazó en un inútil intento por revivirla, creyendo en vano que si la apegaba a su corazón, los latidos de éste la volverían a la vida.

Andreas cerró sus ojos, llorando también, esperando no ver. Al abrirlos tuvo nuevamente ante sus ojos la imagen horrible del ente, y sintió lástima por él.

—Fue un accidente, tú no quisiste eso, no lo deseaste —y lloró —debes perdonarte.

—Tú debes perdonarme —y volvió a extender su mano hacia el rubio. Este cerró sus ojos una vez más.

Cuando los abrió era de noche, el hombre ahora lloraba con una botella en su mano. Andreas vio en las sombras a un joven rubio que intentaba consolarlo. Ambos hombres estaban junto a la laguna.

—Padre por favor. Ven conmigo a la casa. No es bueno que estés aquí.

—¡No, no! ¡Ella está allá muerta por mi culpa!

—No es tu culpa, padre —sollozaba el chico —por favor vuelve conmigo.

—¡No! No merezco estar cerca de ella otra vez ¿Tú me perdonas?

—Padre, yo no tengo nada por qué culparte. Espérame iré por ayuda. No te muevas de aquí. Yo ya vengo.

El joven corrió de regreso a la mansión. Mientras el hombre bebía de su botella sin dejar de llorar. Se volvió para mirar al joven que se alejaba.

—Perdóname hijo. Perdóname Andreas. —luego se escuchó un ruido viniendo desde el centro de la laguna. —¡Marianne! ¡Hija! —Andreas miró en esa dirección pero no se veía nada, sin embargo el hombre extendía su mano hacia allá —¡Hija has vuelto! —se lanzó a la laguna, y en el momento que sintió el agua fría tocarle la piel, el hombre aspiró con dificultad y un quejido ronco salió de su boca, mientras se llevó una mano al pecho, abrió su boca para decir algo pero la muerte llegó antes de decir nada más. Cayó de bruces al agua, y su cuerpo quedó flotando boca abajo.

Andreas quiso gritar, llamar al joven rubio que ya se había perdido en las sombras y había reaparecido su silueta ante las luces de la mansión. Pero no pudo. Su garganta estaba cerrada, lloró. Demasiada muerte, demasiada soledad. Cerró sus ojos, y escuchó el susurro suave de la Dama del Lago.

—Vamos rubio, vamos guapo… Abre los ojos. —el rubio los abrió y se encontró de frente a ese ser, a quien ya no temía. El ente abrió su boca, diría algo, pero se quedó en silencio, sólo el desagradable resoplido de su respiración se seguía escuchando. Sus ojos se volvieron oscuros, el rojo había desaparecido, y la pupila dejó de brillar.

—No te culpes, eso ya pasó, y todo fue mala suerte.

—Tengo culpa. Los gemelos sufrieron por mi causa. Yo no los maté, pero no los protegí, yo quería esta tierra, pero él tampoco la pudo obtener.

—¿Quién es él?

El ente ignoró la pregunta de Andreas y continuó con su lamento —él quería tener el LIEBE, pero el gemelo lo escondió bien, nadie lo encontró. Ahora él está aquí y me ha convertido en un monstruo, el oscuro… ¡Libérame, libérame! Dile al mago que levante su espada y me saque de esta tortura. Yo no quiero matar, el que murió debía hacerlo. ¡Ayúdame Andreas, hijo!

—¿Quién te obliga a matar? —y el ente aulló, haciendo vibrar las ventanas.

—¡No me dejes en este infiernoooooooo! ¡Dile al mago! ¡Dile que me libere ya! Por favor, por favor, por favor…

El mago miró al rubio asintiendo —es mejor que todo termine, Andreas dile que avance hasta el centro de la cocina. Aparten la mesa por favor —les dijo a los otros que obedecieron de inmediato.

—Acércate —le dijo Andreas al ente, y sorprendiendo a todos, le tendió la mano. Lo llevó al centro de la cocina, pero sin llegar a tocarse en realidad. Los ojos del ente lucían mansos mirando al rubio, su aspecto terrorífico había ido desapareciendo lentamente. Sus ojos buscaron por la habitación y encontró los ojos de Gustav, intentó sonreír pero en vez de sonrisa, sólo fue capaz de formar una horrible mueca.

—Apártate Andy, hazlo lentamente. —el rubio cumplió la orden y retrocediendo, sin dejar de mirar al ser, se alejó.

El mago se paró frente al ente y dijo con voz fuerte.

—¡Ateh, Malkut, Ve geburah, Ve gedulah! —mientras hacía un símbolo en el aire. Luego se puso hacia el Este, apuntando su espada hacia ese punto —En el nombre sagrado del Yo Soy, sello este círculo —y caminó en el sentido de las manecillas del reloj, hasta volver al punto del Este, levantó su espada y gritó —¡Frente a mí Gabriel, detrás de mí Rafael, a mi derecha Miguel, a mi izquierda Uriel! ¡Frente a mí llamea la protección! En el nombre de la Fuerza Creadora del Universo y de los cuatro Arcángeles, pido la fuerza y el coraje para volver el alma de este hombre, hijo de esta Tierra, para que regrese al lugar infinito de paz y amor donde pertenece. Así sea —se volvió hacia el ser y dibujo con su espada, un símbolo que no pudo ser definido por los demás, y luego la bajó como si cortará el aire, una, dos, tres veces.

A la tercera vez, el ser comenzó a desaparecer lentamente, y su aspecto sombrío se hizo luminoso, y antes de apagarse absolutamente susurró —Recuerda mi nombre Andreas —y se fue.

De pronto el aire era más liviano y suave, dando un aspecto más luminoso al ambiente. Andreas no dejaba de llorar. El mago retrocedió deshaciendo el círculo con su espada siguiendo el sentido contrario a las manecillas del reloj —Este círculo ha sido abierto.

Todos respiraron tranquilos, menos el rubio que seguía llorando.

De repente, detrás del mago una sombra oscura se formó. Nadie alcanzó a decir nada cuando de una extremidad que asemejaba una mano se extendió algo brillante, la hoja de una daga. Bill sintiendo la presencia detrás suyo, levantando su espada giró velozmente y la dejó caer en aquel extraño espectro que desapareció al instante.

Todos ahogaron un grito.

—¿Qué fue eso? —preguntó Markus aterrorizado.

—El que controlaba al ente…

—Al tío de los Kaulitz, querrás decir —interrumpió Andreas a Bill —¿Cuál era su nombre señor Frank?

—¿Qué? ¿Cómo? —dijo perturbado el administrador —¡Muchacho! Que mi cerebro no es capaz de pensar todavía… Empezaba con… Algo con s… ¿y si esa sombra regresa Bill?

—No lo hará, por lo menos no hoy. Debemos buscar el Liebe.

—¿Pero es que acaso ya no lo encontramos? —preguntó inocentemente el castaño, mientras sus amigos lo miraban con ganas de asesinarlo.

—¡¿Lo encontraron?! —preguntó Anton con los ojos desorbitados.

—¡Ups! —exclamó bajito Georg, agachando la cabeza. Gustav lo abrazó, besándole la mejilla para confortarlo —lo siento —agregó bajito.

—Stein… Creo que sería Steff ¿Steff Kaulitz? —todos miraban extrañados a Markus que hablaba sólo para sí —¡No! Stein… Stein Kaulitz. ¡Ese es el nombre del tío!

—¡Vaya nombre! —exclamó Tom —okay hay algo que debemos hacer.

—¡Ustedes tienen información que Markus y yo desconocemos! —reclamó el historiador —¡Exijo que la enseñen!

Tom respiró hondo para no callarle la boca con el puño —Señor Berg, usted aún no me da confianza y a mis amigos tampoco, sabemos que anoche usted salió a responder algún mensaje que le daban desde el bosque, un hombre y una mujer. Así que no se venga a ser la blanca paloma con nosotros. El señor Frank dijo que ahora estamos solos en esto. Y no sabemos contra quiénes nos enfrentamos realmente. Así que al final estamos en el mismo barco. Creo que a usted sólo lo han utilizado, como a otros —dijo mirando a Alexa —ahora quiero que usted señorita, nos explique por qué asaltó a Andreas cuando fingimos lo de la llave. —el rubio se sorprendió, pero no dijo nada, también quería saber.

—Mi círculo recibió la orden de nuestro Gran Maestre, a quién yo no conozco, las razones no las sabíamos tampoco, no importaba el motivo, por lo menos no algo que a mí debía importarme, sabíamos que era algo que otra persona deseaba, lo que jamás pensamos es que era un asunto de vida o muerte. Ayer supimos que la llave era falsa.

—¿Supieron lo del libro?

—No Tom, nosotras nunca supimos nada de ningún libro. Tampoco tenemos nada que ver con la gente que Anton contactó anoche.

—Eso es cierto —afirmó el historiador —el grupo que debía recuperar la llave con el libro era distinto, es lo que sé y no conozco a ninguno de ellos personalmente, me tenían informado a través del teléfono, o mails, pero nunca se mostraron. La única vez que hablé personalmente con uno de ellos, fue en el bosque, de noche. Se me prohibió encender linterna en ese momento.

—¿Qué te ofrecieron a cambio Anton? Porque intento comprender todo esto, y me siento decepcionado —preguntó Markus, visiblemente molesto.

Anton agachó la cabeza, y habló sin mirar a nadie —Me dijeron que conservaría mi puesto de Curador del Museo, y que mi trabajo ya no correría peligro, que en realidad el nuevo dueño iba a construir aquí un resort de lujo, que no le importaba la historia y las reliquias de este lugar, que destruiría la Mansión, porque era muy costosa su mantención…

—Eso es mentira.

—El problema Tom, —replicó Anton, intentando justificarse —es que nadie sabe quién es el dueño. Se supone que la llave nos llevaría al testamento original que dejó Bill Kaulitz y no la versión falsa que se conoce, y que nadie sabe quién escribió en realidad…

—Nosotros la tenemos —dijo el de trenzas concluyente. Anton abrió los ojos como discos. Markus no podía decir nada, era demasiada información para su mente confusa. —pero en resumen —se volvió hacia Bill —aún no sabemos quién es nuestro enemigo.

—Tom, amor, eso lo sabremos pronto. Te lo puedo asegurar. Mientras tanto debemos decidir si hacemos guardia, y quienes serían las parejas que se irían turnando cada dos horas o una hora y media. Necesitamos dormir, mañana será un día largo.

—Lo sorteamos —dijo Markus, y todos manifestaron estar de acuerdo.

—Yo escribo los nombres en trozos de papel —se ofreció el castaño —y luego vamos sacando los papeles de una bolsa o recipiente para elegir las parejas.

—Sí, buena idea. —dijo Tom —necesitamos papel y hojas para escribir, yo voy a buscar. —y salió de la cocina.

—¡Tom! No debes ir solo —Bill se quedó a medio camino cerca de la puerta —¡voy contigo!

El de trenzas asintió —Vamos al estudio.

La mansión se había sumido en las oscuridad. La noche se había venido sin que nadie se diera cuenta, y las sombras simulaban formas.

—Creo que todavía me parece ver cosas —dijo Tom riéndose de su propio miedo.

—Es normal cariño —y el mago le tomó la mano. Avanzaron por el hall y luego ingresaron al estudio. Encendieron las lámparas.

—Bill, ¿has visto los documentos y la llave? ¿Están a resguardo donde están?

—Sí, están protegidas. No te preocupes —Bill empezó a ver una de las paredes, que tenía empotrada la biblioteca. Cientos de libros se mantenían sólo en esa pared. Tom lo miró extrañado —Estoy revisando. Necesito saber dónde está la puerta de entrada al corredizo secreto. Con todo lo que ocurrió hoy no pudimos venir a revisar… —respondió pensativo.

De pronto, una brisa suave movió las largas y pesadas cortinas de los ventanales, de una manera que era totalmente ilógica dadas las condiciones ambientales. Las ventanas estaban cerradas y Tom había hecho lo propio con la puerta.

—Dime que tú hiciste eso Bill, por favor.

—Lo siento amor, yo no soy.

Tom encontró una hoja con algunos rayones, y buscó un lápiz algo desesperado —me pone nervioso esto.

Bill se acercó a su amado y le acarició el rostro —no sientas miedo, no creo que sea algo negativo. —Tom sonrió feliz de tener la protección del mago, y cuando encontró un lápiz, respiró tranquilo.

—Prefiero que veamos lo del pasadizo secreto con luz de día, Bill —el mago asintió, y salieron de allí. Cuando la puerta se cerró, una figura femenina se materializó. Sonreía.

Llegaron con la hoja y el lápiz a la cocina y Georg se aprestó a hacer la lista con los nombres de todos. Gustav buscó, entre los varios elementos que habían en un cajón, alguna bolsa, y dio con una no muy grande de tela. Doblaron los trozos de papel con los nombres y los doblaron varias veces y los pusieron dentro de la bolsa.

—Okay —dijo Georg —acá vamos —agitó la bolsa y se acercó a Markus —saque un papel —Markus metió su mano en la bolsa y sacó uno. Lo abrió y lo leyó.

—Anton Berg.

—Señor Berg a usted le toca elegir ahora —el historiador sacó un papel.

—Tom Trümper —el castaño se acercó a Tom, y este metió la mano a la bolsa.

—Georg Listing —el castaño se rió y sacó un papel a su vez.

—Yo estaré con Bill Koening —Bill se acercó, sacó un nombre.

—Alexa Haider —se acercó la chica y luego extendió el papel que sacó.

—Gustav Schäfer.

Gustav sacó un papel —Markus Frank —leyó fuerte. Y el administrador hizo lo mismo.

—Andreas Binder

—De acuerdo, ya son casi las 11, preparemos algo rápido de comer y nos vamos a dormir para que los turnos empiecen de las doce más o menos —pidió Markus, y todos estuvieron de acuerdo. —creo que lo mejor es que los turnos sean de una hora y media.

—Sí es lo mejor —agregó Bill —y que ocupemos el sector del ala Kaulitz.

—Sí donde dormimos la primera vez, si es que dormir se llama a lo que vivimos todos esa vez —el rubio se rió, y algunos como Tom y Gustav, se sonrojaron.

Unas hamburguesas, con un buen café salvaron la noche del hambre. Uno de los chicos abrió un envase de fruta en conservas, le agregaron crema de leche, y disfrutaron de un buen postre. Parecían más animados, y se dieron el tiempo de reír de algunos malos chistes. Por un instante se olvidaron de lo vivido durante el día. El mecanismo de evasión de la mente es tan poderoso, y para ese grupo de personas, en cierta forma atrapadas en la mansión, era necesario pensar y vivir una rutina lo más parecida a sus días normales, y así mantener la cordura. Nadie se cuestionó nada. No era hora ya de ese esfuerzo mental y emocional. Sólo esperaban tener una noche relativamente tranquila, como hacía varias que no tenían algunos.

—Georg hablemos.

El castaño miró asombrado al de gafas —bien, habla ¿de qué quieres hablar?

—Acá no —Gustav miró al grupo y señaló —Georg y yo necesitamos hablar algo puntual, y nos gustaría estar un rato a solas en el patio de servicio —al castaño casi se le salieron los ojos cuando Gustav dijo aquello.

—¡Gus! —le reclamó sonrojado —¿por qué no esperas a publicarlo mañana en el periódico?

—Vayan tranquilos —le respondió Markus sonriente.

El castaño siguió al de gafas queriéndose morir de la vergüenza, le costaba ser tan evidente todavía.

El patio estaba oscuro, y Georg chocó contra Gustav quien se había dado vuelta y lo abrazó. El castaño se sorprendió de sentir los fuertes brazos del otro joven —te extrañé —le dijo al oído y el castaño se estremeció —¿Y tú a mí? —Georg no respondió, en cambio, buscó su boca, y metió su lengua suavemente. Gustav le correspondió al instante, gimiendo suavemente. Se separaron lentamente dejándose pequeños besos —Quiero saber algo Georg.

—Dime —el castaño acariciaba el cabello corto de Gustav.

—¿Qué somos?, ¿somos sólo amantes?, o ¿somos amigos con ventaja?, o…

—¡Gustav! Yo te amo, ¿lo olvidaste?

—No, pero no me los has dicho últimamente y yo…

—Yo te amo —y le volvía a besar los labios superficialmente varias veces, besos breves llenos de ternura —Seamos novios.

—¿En serio?, ¿estás seguro?

—Sí, por supuesto que estoy seguro, ¿acaso tú no?

El castaño percibió en las sombras que Gustav sonreía —yo quiero ser tu novio Georg. Si emprendo este proyecto de vida contigo, no es por menos, ambos sabemos a los contratiempos que nos enfrentaremos, por no ser heteros, cuando se suponía que lo éramos… ¡scheisse! Va a ser duro de explicarles a nuestras familias…

—Sí, pero no nos hagamos problemas por algo que aún no sucede. Disfrutemos el hecho de estar juntos.

—Sí —respondió en un susurro el de gafas y se volvieron a besar.

Cuando regresaron a la cocina, los demás ya estaban organizando todo para ir a dormir. Georg le susurró en el oído a Tom —ya somos novios— y el de trenzas sonrió.

Cansados, más bien agotados, no dudaban de que apenas apoyaran la cabeza en la almohada, sus conciencias irían a dar al onírico Reino de Morfeo.

—Repasemos las parejas de los turnos de guardia —dijo Markus —entonces son: Aton Berg y Tom Trümper, de 12 a 1 y media, luego Georg Listing y Bill Koening, de 1 y media hasta las 3; Alexa Haider y Gustav Schäfer, de 3 a 4 y media; y finalmente Andreas Binder y quien les habla, de 4 y media a 6.

—Y esa es una buena hora para levantarnos… —comenzaba a decir Bill.

—¡¿Tan temprano?! —reclamó Georg —Hoy nos despertaron temprano también, y este día ha sido de locos…

—Georg cariño, shhhh —le dijo al oído Gustav, y el castaño hizo un puchero.

—Mañana debemos tomar decisiones —continuó el mago —y eso significa que debemos despertar temprano. La normalidad no existe por ahora, y debemos decidir si vamos a la policía, y qué haremos con la información que tenemos. Y también necesitamos reglas para esta noche.

—¿Reglas? —preguntaron todos.

—Nadie debe salir de las habitaciones, a menos que sea por una emergencia, y para montar guardia obviamente. —explicó el mago —la idea es que la guardia que montemos sólo vigile ese pasillo, allá arriba. Sería demasiado además, pretender seguir al que salga para protegerlo o cuidarse de él.

—Sí —dijeron todos.

Rendidos al exasperante pedido del cuerpo por algo de descanso, subieron al segundo piso, y se fueron instalando en los distintos dormitorios, como lo habían pensado en la mañana. Algunos más que otros rogaban tener un sueño de corrido, sin interrupciones fantasmagóricas, o de ladrones que no respetan las horas de sueño.

Tom se despidió con un beso de su amado pelinegro, y se quedó en el pasillo sentado en uno de los sitiales junto a Berg. No podían fumar, y la idea era conversar bajito para no despertar a nadie, hasta la una y media que sería el primer relevo. Tom se quedó mirando el reloj de madera colgado en la pared, aquel que estaba decorado de sirenas, y quimeras. Marcaba las doce con 15 minutos, y de pronto retrocedió a doce con 14. Tom pestañeó, y se volvió a mirar a Anton.

—Te lo juro chico. Yo no quise hacerte daño, sí tenia mucho miedo de perder este lugar…

Tom dejó de escuchar al hombre y volvió su mirada al reloj… Doce con 13…

—De verdad, Tom, yo creí que los dueños verdaderos, destrozarían este lugar y…

Doce con 12 —Señor Berg, ¿ve usted que el reloj está retrocediendo? —Anton se quedó mirando al joven sin comprender.

—Son las doce con 12 minutos.

—Sí pero antes era las doce con 15 —el historiador frunció el seño, preguntándose si tanta presión de los últimos días no estaría afectando la salud emocional del chico.

Tom se quedó absorto en el reloj, y dejó de escuchar a Anton. De repente el reloj comenzó a girar al revés de manera vertiginosa, y el de trenzas sintió que una especie de remolino gigante lo absorbía. Cerró los ojos para impedir que la sensación de vértigo le hiciera devolver la comida que aun le quedaba en el estómago. Y cuando los abrió Anton ya no estaba. Supo que había vuelto al pasado y buscó a Bill.

Su primer impulso fue ir a su dormitorio. Dios, qué delgado y demacrado estaba. Bill yacía en su cama, y abrió sus ojos un instante y forzó su sonrisa, aparentando sentirse fuerte todavía. A pesar de verse tan enfermo su belleza estaba intacta. Su hermosa nariz destacaba en su perfil, sus labios lucían pálidos, algo resecos. Su mirada breve fue un puñal en el corazón de Tom, sus ojos estaban algo hundidos, y una especie de telilla opaca le quitaba luz a su mirada.

—Tom —dijo en un susurro.

—¡Bill, estás enfermo!

—Estoy muriendo.

—No, no ,no, por favor, te mereces una vida, mereces envejecer…

—No sin Tom. No sin mi amado. Estoy cansado, ha sido un año amargo y triste desde que él se fue.

Tom sostuvo su cabeza en sus piernas mientras le acariciaba su mejilla, y su cabello largo que caía hacia un lado. Las lágrimas del joven de trenzas caían cuales cascadas, sin hacer esfuerzo alguno por detenerlas.

—Cómo es que alguien tan transparente y bueno como tú deba morir. No es justo. Bill. Nuestro amor siempre estará en este mundo, en el tiempo, en el espacio, nunca morirá. Esta misma casa recordará por siempre lo que hemos sido.

—Hemos sido esposos, hemos sido amantes, hemos sido hermanos, amigos, hemos sido todo… Yo me voy feliz porque en la hora de mi muerte he conseguido lo que muy pocos tienen, morir en los brazos de su amor, que regresa de otro tiempo sólo para acompañarme. Una vez que cierre los ojos veré tu rostro una vez más.

—Shhhhhh, no hables, no hables de despedidas aún, habla de aquellas horas felices junto a Tom.

—Sí —dijo el moribundo con la respiración entrecortada, hacía esfuerzos por seguir hablando —de cuando me hacía bromas, o simplemente de cuando me besaba a propósito de nada, mientras yo intentaba concentrarme en redactar documentos… —se silenció por un momento —Nos volveremos a ver, no llores, encarnaré otra vez y te encontraré. Volverás a mí como vuelve cada primavera luego de un oscuro invierno. Ahora me sumerjo en sus sombras, para que mi día vuelva a brillar bajo tus pupilas. Tu estrella me guiará y me dará fuerza para no desfallecer en los largos días sin ti como intenté hacerlo en este horrible año.

—En esa época me encontrarás, yo volveré a este lugar. Y nos amaremos como si el tiempo no existiera, como si los siglos no hubieran cambiado, como hace un año yo te amaba, te amaré en el futuro. Dentro de 150 años mi amor por ti seguirá tan fuerte, como si nada hubiera pasado.

—Bésame —dijo el moreno y Tom inclinó su rostro, y le besó, suavemente, y sus lágrimas mojaron las pálidas mejillas de Bill. —No llores. Este no es un adiós. Es un hasta pronto mi amor. —lentamente cerró sus ojos, como si un pesado sueño le estuviera ganando y dejó de respirar. Tom lo abrazó y lloró sin reprimir su llanto. Qué importaba ya.

—¡Tom!, ¡Mierda Tom! —Anton intentaba reanimar al de trenzas justo en el momento que Bill salía de su dormitorio. El cuerpo de Tom yacía fláccido sobre el suelo. El golpe del cuerpo de Tom en el suelo, y los gritos del historiador despertaron a todos.

Bill tomó entre sus manos el rostro de Tom que a pesar de que aparentaba estar inconsciente, no dejaban de correrle las lágrimas. —Tom, amor. Despierta. Regresa vamos, y chasqueó los dedos, cuatro veces mientras decía —vuelve Tom —el de trenzas comenzó a abrir los ojos. Y apenas lo vio se abrazó a él con fuerza.

—Bill, Bill estás aquí.

—Les juró que no le hice nada, él sólo me dijo que el reloj había comenzado a retroceder, y luego cerró los ojos, yo creí que estaba jugando a algo y… Y…

—Está bien Anton. Tom hizo un viaje a otro espacio-tiempo —le respondió el pelinegro, sin soltarse de Tom.

—Luego se cayó del asiento y ahí me di cuenta que no estaba dormitando o jugando como creí.

—¿Estás bien Tom? —preguntó preocupado Andreas —Tal vez sería bueno que alguien más tomara su lugar para que vaya a dormir.

—¡No! ¡No quiero dormir! ¡No quiero ver morir a Bill otra vez!

—¡Morir! —dijeron a coro.

—Me fui hasta el día en que Bill Kaulitz murió sólo en su habitación —y se cubrió el rostro para llorar una vez más desconsoladamente.

—Shhhhhhhh amor. Mírame. Tom mírame. —Tom se quitó las manos de su cara, y le miró —¿qué ves Tom? Dime lo que ves cuando me miras.

—Veo al mismo Bill.

—Estoy aquí amor, estoy contigo. Eso ya pasó, y todo lo que hacemos ahora es para que no volvamos a sufrir lo mismo. Lo lograremos.

Tom se abrazó a su cuello una vez más —Estabas tan solo amor, tan solo.

—No Tom. Tú estuviste conmigo, y mi último aliento lo di bajo tu rostro. Fue para ti. Ahora estamos aquí juntos como lo prometimos. —Bill miró a sus compañeros y les dijo tranquilo —vuelvan a dormir. Él estará bien. —los demás se volvieron a sus cuartos —Tom ¿puedes seguir con el turno?

—Sí, ve a descansar, aún quedan algunos minutos. —Bill lo besó con ternura y Tom se volvió a sentar, mientras veía el rostro de Bill desaparecer detrás de la puerta dándole la última mirada, antes de cerrarla por completo.

El resto de los turnos se siguieron en completa calma, y les sirvió para afianzar lazos entre aquellos que no se conocían bien.
Al llegar la mañana, descubrieron que después de todo, entre ellos no estaba el enemigo, sólo eran un montón de desconfiados con ideas antagonistas sobre los mismos temas.

Se levantaron a tomar desayuno. Un buen tazón de leche con café y tostadas con mantequilla. Markus debió sacar un pote nuevo de mantequilla de la despensa porque el otro se había extraviado —¿Dónde habrán dejado la mantequilla? —preguntó al aire y Tom y Bill se miraron sonriendo de medio lado. Y Georg de pronto recordó un pote de mantequilla que vio cerca de una zanahoria en la bodega escondida, y miró a Tom quien al ver los ojos de su amigo se sonrojó y se concentró en su tazón, para no ver la cara de burla del castaño.

—Es hora que decidamos ciertas cosas —dijo Markus

—Creo que nosotros debemos decidir ciertas cosas, que tienen que ver con nosotros, con Tom principalmente. Creo que es él quien debe decidir si compartimos o no con las otras tres personas la información que tenemos. —señaló el mago sin dejar de mirar a Tom.

—Lo que tenemos que hacer hoy no podremos hacerlo a sus espaldas, por un tema de seguridad para todos los que estamos aquí —los otros cuatro chicos asintieron de buena gana —diles Bill, diles lo que hemos encontrado.

—De acuerdo. Nosotros tenemos la llave, el libro y el testamento original —soltó de una vez el mago, y los hombres se quedaron mudos. Uno de ellos porque no alcanzaba a dimensionar la envergadura de tales declaraciones, el otro porque no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos y la chica entendiendo menos que Markus, se quedó igual de callada.

Anton salió de su sorpresa luego, y fue capaz de hablar —¡Ustedes! Y yo creyendo que alguien más se había llevado la llave. ¡Esperen! ¡Ya saben quién es el heredero! ¿Verdad?

Los cinco jóvenes afirmaron con sus cabezas.

—¿Y podremos saber quién es? —preguntó por fin Markus, ansioso.

—Tom —respondió lacónico el mago.

Un extraño silencio se hizo en la cocina. ¿Desde cuando el sonido se esfumaba y los pensamientos se escuchaban por sobre los latidos del corazón? Porque eso pensaron los dos hombres, consternados, choqueados, cuyas cabezas bullían de sonidos, porque el torrente de pensamientos atropellados parecían una multitud en gritos.

—¡Es una broma!

—No lo es señor Berg, y además debemos resolver otro problema ahora.

—¡Dios! ¡Tienes razón! ¡El mausoleo! —Markus se tomó la cabeza a dos manos y los chicos asintieron—Bill, Tom, ¿nos acompañarían?

—Vamos —dijo el moreno.

—Vayan ustedes y nosotros nos quedamos cuidando la cocina, digo la mansión —sonrió disculpándose el castaño. Los demás sonrieron.

—Claro, claro, vayan no más.

—Acá los esperamos.

—Es que hace algo de frío

Tom se rió —son unos miedosos.

La mañana estaba algo gris, una extraña neblina rodeaba los jardines, cubriendo de bruma el área del panteón. Estaba todo tan silencioso que inquietaba.

—¿Es idea mía o esto está raro? —preguntó preocupado Anton mientras conducía su jeep.

—No es idea suya, yo también percibo algo extraño —reafirmó el pelinegro. Provocando en Tom un escalofríos. Si a Bill le preocupaba, a él seguro le llenaría de horror o sufrimiento. El problema que hubiera acechándolos no era menor.

Llegaron al mausoleo, Markus sacó una inmensa llave y abrió el portal. Encendió las luces y los cuatro hombres bajaron las escaleras.
Las lápidas estaban colocadas en el suelo, tal como había descrito Anton la tarde anterior. Las urnas estaban abiertas, pero los jóvenes se rehusaron a mirar dentro de ellas.

—Buscaban algo desesperadamente —se lamentó Markus —es increíble que casi 150 años después, aún no los dejen en paz.

—Lo que sea que buscaran no lo encontraron. Estoy seguro —agregó Bill serio.

Markus y Anton cerraron las urnas, pero no pusieron las lápidas ya que pesaban mucho. Necesitarían la ayuda de algunos hombres más, y tomaría su tiempo sellar todo.

—Bajemos por esa entrada —Anton señaló la abertura en el piso, de la cual surgía una escalera, cuyos escalones se perdían en las sombras. Markus tomó dos grandes linternas que permanecían en un rincón, las cuales era usadas para emergencias, y bajaron.

Los escalones eran angostos, y costaba poner los pies en ellos. Tom calculó que serían unos 10 escalones, que luego llegaba a un estrecho pasillo, cuyas paredes vetustas mostraban soportes de madera oscura, mezclada con la piedra bruta propia del terreno donde estaban inmersos.

—Esperemos que haya suficiente oxígeno.—Tom odió el comentario de Anton, pues lo puso más nervioso todavía.

Adelante con la primera linterna iba el historiador, seguido de Markus, luego de Tom, y al final iba Bill con la segunda linterna. Caminaron algunos metros hasta encontrarse con una puerta de roble con la silueta de una flor de lis tallada sobre ella. Tenía una manilla de bronce, y al parecer no tenía forma de abrirse, pues tampoco había cerradura.

—¿No les parece extraño que haya una puerta tan fina, tan costosa en este lugar tan escondido? —se preguntó Anton mientras recorría la puerta con su mano libre.

Markus se acercó preocupado y la palpó también —¿Y cómo se supone que vamos a entrar? No hay cerradura, y si la hubiera no tenemos llave alguna. —movió la manilla insistentemente, sin que se produjeran cambios.

—Esperen —dijo Bill. Le pasó la linterna a Tom, y se acercó hacia la puerta, pero en vez de tocarla a ella, se puso a recorrer las paredes con su manos. Las toscas murallas, llenas de piedras, no parecían dar luces de algún mecanismo extraño que pudiera ser presionado para activar el cerrojo de la puerta. Después de insistir el mago se quedó pensando, mientras observaba el piso. Éste era de tierra compacta por tanto tiempo de construcción, pero también era notorio el uso que se le dio. Por allí transitaron muchas veces, muchas personas. —debe haber alguna forma de entrar.

—Bill, ni se te ocurra abrirla usando eso que usas tú… Tal vez sea mejor marcharnos.

—¿De veras quieres eso Tom? —el de trenzas se subió de hombros, y miró a Bill resignado. En realidad estaba algo asustado con lo que pudieran encontrar al otro lado de la puerta —Si lo deseas nos vamos, y esperamos a que lleguen personas con las herramientas adecuadas para abrirla.

Tom lo pensó, si se rendía así de fácil estaría traicionando los sueños de Bill y Tom. —No, no. Debe haber alguna forma de entrar. —de pronto esa sensación molesta de vértigo se sobrevino otra vez, pero contrario a la vez anterior, la imagen de su presente no desapareció. Un torbellino que sacudió sus oídos, le ensordeció. Supo que Markus y Bill estaban hablando de algo, pero no podía escucharlos. Sólo oía un murmullo como de una brisa lejana, que se acercaba de a poco. En la brisa se escuchaba la voz de una mujer. —es Horus Tom, Horus, Horus. —y el torbellino en sus oídos cesó repentinamente.

Y Tom guiado por el impulso repitió fuerte —¡Horus! —y la puerta activó el cerrojo. Nadie vio moverse nada, pero Anton supo que la manilla estaba lista para abrirse. Markus se le adelantó y la giró como lo había hecho antes y la puerta se abrió suavemente.

—¿Cómo supiste Tom? —preguntó extrañado el historiador.

—Una voz de mujer me lo dijo… —Markus y Anton habían entrado ya sin prestarle atención —okay, no importa ahora —Bill se acercó a Tom y lo besó tiernamente. Luego entraron y cuando lo hicieron se quedaron con la misma expresión que tenían los otros dos hombres. Era un salón inmenso. Tenía sitiales forrados con terciopelo rojo, dispuestos a ambos lados del salón, en dos corridas de diez por lado, formando un pasillo central adornado con una alfombra roja, con bordes dorados. Hacia el frente de ellos, había una especie de proscenio donde se ubicaba una mesa larga con cinco sillones muy finos, con respaldo acolchado, con terciopelo rojo igualmente, pero coronados de un adorno algo barroco, tallado en la madera que sobresalía luego del respaldo, destacando la figura de un ojo. —el Ojo de Horus —dijo pensativo Tom. Al centro, a medio camino de la gran mesa, había un pequeño pupitre rojo, rodeado de una especie de cojines. En cada esquina había un candelabro

—Esto es un templo —comentó Bill —miren las paredes —tenía unos frescos magníficos con imágenes de unos hombres que sostenían libros, el resto de las murallas estaban cubiertas con cortinajes de terciopelo dorado, en pequeños nichos que asemejaban arcos.

—¿Por qué el profanador se escondería acá? —preguntó Markus abrumado por tan magnífica decoración.

—No creo que pudiera entrar. Se nota que esto no ha sido tocado por años, quizás siglos, el encierro, y la poca luz han contribuido a que todo se conserve. Esto es extraordinario. ¡Miren! —Anton indicó hacia una de las esquinas. Arriba casi en el techo una rejilla cubría una abertura —tiene sistema de ventilación. Esto es muy interesante.

—Lo más seguro es que el tipo que vino se haya escondido en el pasadizo, confiando en su suerte de que ustedes no entrarían.

—Lo extraño Tom es que había dejado ese rastro nauseabundo en el suelo junto a la escalera que da a este lugar.

—¿Habrá sido el mismo tío de los Kaulitz? —el de trenzas miró a Anton, quién estaba fascinado con los frescos en las paredes.

—No lo creo —contestó Bill —creo que fue alguien más, y de ese otro es que debemos cuidarnos.

—Es hora que nos vayamos, y dejemos este lugar en paz, hasta que lo estudiemos con los equipos correspondientes, si es que el nuevo dueño lo permite —sonrió Markus y el de trenzas hizo lo mismo.

Salieron del corredizo y luego cerraron la compuerta, recién ahí cayeron en la cuenta que siempre estuvo cubierta por un inmenso pedestal que arriba contenía una jardinera con flores que mantenían frescas y bien podadas. —¿Cómo es que nunca lo vimos? —movía la cabeza Anton. Corrieron entre todos el pedestal, y lo dejaron tal cual, debiendo admirarse cómo la pintura de la compuerta imitaba a la perfección las vetas del mármol.

Salieron del mausoleo y se subieron al jeep para regresar a la mansión. Pero en un momento en que el vehículo giraba por la orilla de la laguna, una figura se divisó entre los jardines. Era un hombre alto, vestido de negro. Bill lo vio, y dio un pequeño salto.

—Deténgase Anton, por favor —cuando el jeep se detuvo Bill se bajó —sigan ustedes, debo conversar con él.

Tom y los dos hombres se quedaron perplejos —¿Quién será él?

—Puede ser alguien de su Orden, Tom. —le respondió Anton. A medida que avanzaba el vehículo, el de trenzas se giraba para no perder de vista la imagen de su amado. Tuvo una sensación extraña en su estómago, y vio que Bill no sonreía. Sintió su tensión a pesar de la distancia, y tuvo un extraño presentimiento.

Bajaron del jeep y entraron los hombres a la cocina, dispuestos a relatar todo lo que habían visto. Sabían que los chicos les preguntarían de todo, y así fue.

Tom se quedó afuera. Se quedó observando como los dos hombres a lo lejos, aún conversaban, y sin saber por qué, sintió ganas de llorar. Entró cabizbajo a la cocina, estaban todos tan entusiasmado con el relato de Anton, como buen historiador sabía darle énfasis a los detalles de la decoración del salón-templo. Pero Tom no oía, con el corazón en la mano, latiendo a toda velocidad, esperaba a Bill para preguntarle de qué hablaba con ese hombre, quién era, por qué parecían tan serios los dos, o tal vez estaba imaginado todo y no ocurría nada extraño. Sólo quería que Bill entrara por esa puerta y le dijera que todo estaba bien, que habían sido sólo ideas suyas, que no había problema alguno, que no se preocupara por nada. Luego lo besaría, y él volvería a sentir que su mundo giraba otra vez.

Los segundos se hicieron largos minutos, que a Tom le parecieron horas, hasta que vio la estilizada silueta de su amado asomarse a la puerta, con los ojos brillantes. El de trenzas buscó desesperadamente la mirada amorosa de su amado, pero no la encontró. Bill sólo se sentó a su lado sin mirarlo. Luego de un rato le tomó la mano y Tom sintió que su alma se hacía pequeña ante la horrible certeza de que Bill estaba lejos de él a pesar de tener sujeta su mano, con los dedos entrelazados. Su cuerpo estaba ahí, pero su mente estaba en otro sitio.

—¿Verdad Tom? —una voz que le pareció que venía de una galaxia distante lo sacó de su tormenta dolorosa.

—¿Perdón? No escuché. Disculpe Anton.

— Lo de Horus, que escuchaste la voz de una mujer.

—¡Ah sí, sí! —el nudo en la garganta y el torbellino en su mente, le impedía mantener una conversación. Bill estaba cabizbajo, y aún no le había mirado.

—Debemos ver lo que nos falta por descubrir en la biblioteca.

—Tienes razón Andreas. Debemos hacerlo hoy. Ya no hay más plazo —respondió con voz ronca el mago.

—Sí, pero es mejor que comamos algo antes. Anton y yo prepararemos el almuerzo, que debe ser algo un poco más sustancioso que el desayuno. —Markus se puso de pie —¡Manos a la obra! Ustedes pueden ordenar las habitaciones allá arriba.

—De acuerdo —dijo el castaño, y todos se levantaron de sus asientos —¿Están bien ustedes dos?

—Sí, no te preocupes Georg—respondió el de trenzas, sabiendo que no era verdad. Vio que sus amigos partían por el pasillo, lo mismo que Anton y Markus que iban a la despensa. Se puso de frente a Bill y usando toda la fortaleza de que poseía, lo encaró —Ahora tú me vas a explicar a mí qué mierdas te pasa.

—Vamos afuera. —Bill comenzó a caminar en dirección al patio de servicio, pero no se detuvo ahí, cruzó el portal y siguió más allá hasta internarse entre los jardines que daban hacia la laguna. Tom no entendía que aquello que tuviera que decirle necesitara ser conversado a tantos metros de la mansión. Bill se detuvo y se dio vuelta. Con los ojos apagados, sin brillo, lo miró —Me voy.

—¿Volverás más tarde? —Bill acarició el rostro preocupado de su hermoso amor. Hizo una pausa.

—No.

—¿No? —los ojos de Tom brillaron de angustia. Seguro estaba entendiendo mal — ¿Cómo que no?

—Me voy a Australia. —Tom se quedó mirando los ojos de Bill, esperando que un gesto le indicara que aquello no era verdad. No podía ser verdad.

—Es una broma. ¡Bill, tiene que ser una broma! ¡¿Australia?! —el pelinegro negó con su cabeza, su mirada triste y dolida buscaba la comprensión en los otros ojos marrones que habían comenzado a llorar —O sea, ¿te vas así de fácil? Me prometiste… Me prometiste —el sollozo rebelde brotaba de la garganta de Tom en contra de su voluntad. Su voz apenas era audible, y su susurro logró cruzar el espacio para que un ingrato lo oyera —me dijiste que estarías conmigo, que nunca me dejarías.

—Volveré.

—Mentira, mentira. —repitió bajito —¿Sabías que Gustav y Georg son novios? —y entre las lágrimas logró sonreír —Tú me has dicho que me amas…

—Yo te amo.

—Me has dicho que me amas, y no somos nada —las lágrimas de Bill no lograban darle el consuelo, nada podía cuando su corazón estaba hecho pedazos —¿Qué somos?, ¿qué fuimos? Y luego de tantas promesas te vas. ¿Por qué esperaste hasta hoy para decírmelo?

—Hoy lo supe, te lo juro.

—¡No jures! Tus juramentos son en vano —Tom mantenía sus brazos rodeando su torso, como si quisiera sostener su corazón dentro de su pecho —¿De qué me ha servido amarte como lo he hecho? Si de igual forma me dejas.

—Es sólo que debo resolver algo allá. Por favor créeme —Bill alargó su mano para acariciar una vez más el rostro húmedo de su amado, pero Tom retrocedió un paso. El pelinegro dejó su manos suspendida en el aire, sintiendo sólo la brisa entre sus dedos, el resto era sólo vacío —Volveré pronto… No sé cómo voy a hacer para vivir sin ti… En el tiempo que…

—¡Cuándo!

—¿Cómo?

—¿Cuándo vuelves? —Bill movió su cabeza, y bajó la mirada.

—No sé.

—¿No sabes? —se giró y agitó los brazos, desesperado —¡No sabes! ¡¿Sabes por lo menos por qué te debes ir?! —Bill negó con su cabeza.

—No me lo dijeron. Allá lo sabré.

—¡Podrías haberte negado! —Bill negó una vez más, y el de trenzas se quedó helado —Eso… —y Tom bajó su voz a un murmullo —Eso quiere decir que aquello es más importante que tu amor por mí.

—No, Tom. Sabes que no es así.

—Vete… Vete. —Tom se dio media vuelta otra vez, y se alejó rumbo a la laguna. Bill quería detenerlo, pero sabía que sería inútil. De todos modos, él se iría. No tenía nada más que decir.
Bill se devolvió a la mansión, iba en busca de su espada. Se iba dejando su corazón. En su pecho estaba el espacio vacío que dejaba la distancia que lo separaba cada vez más de Tom.

Continuará…

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