—¡¡¡Tooommm!!!!
— ¿Qué?
— ¿Qué de qué? —contestó Andreas.
— ¡Tú me llamaste!
—Yo no te llamé. ¿Fuiste tú Georg? —El castaño medio encogido, cerca de Gustav, se alzó de hombros.
— ¿De qué?
— ¿Tú me llamaste? —le interrogó el de trenzas.
—No —contestó extrañado Georg, sin entender nada —Yo no he sido.
—¡¡¡Tooommm!!!! —esta vez la voz llenó el espacio, sonando aun mas que los truenos, el viento y la lluvia. Era una voz suave, masculina, casi un susurro, pero al mismo tiempo firme e intensa.
— ¡Yo no fui! —exclamó Gustav, algo inquieto.
—Yo tampoco… —y el castaño se apegó aun más al de gafas, buscando algo de protección.
—Si no hemos sido nosotros ¿Quién fue? —el rubio por primera vez sintió temor. Tom, al darse cuenta de que sus amigos se estaban asustando, decidió restarle importancia a la situación.
—Debe haber sido el viento, y como estamos algo asustados…
—Sí, seguro que fue eso —aseveró Andreas, intentando calmarse — Emm. ¿Por qué no vemos las otras habitaciones?
— ¿Estás seguro? —el castaño temblaba como gelatina — Está todo oscuro, puede ser peligroso —en ese instante regresó la luz.
— ¿Ves? No hay problema. Vamos… tengo hambre, busquemos comida —los tres jóvenes siguieron a Andreas.
Cruzaron el hall y se decidieron a entrar por la primera puerta que estaba a la derecha de la entrada principal. Llegaron hasta otro gran salón, justo cuando la luz se volvía a ir.
— ¡Scheisse! —exclamaron tres de ellos, y Gustav volvió a su tarea de ubicar otro candelabro para encender las velas. Cuando lo hizo, se percataron de que estaban en una especie de estudio-biblioteca de gran tamaño, con estantes empotrados desde el suelo hasta el cielo de la habitación, llenos de libros de todos los tamaños y colores, algunos de ellos realmente antiguos.
Estaban concentrados en observar cada detalle, pero los distrajo un fuerte rugido de viento que azotó el ventanal abriéndolo de par en par.
— ¡Mierda! —volvió a exclamar Georg.
La ráfaga de viento los hizo estremecer. Andreas cerró las ventanas, mientras Tom sujetaba las cortinas para que la tarea resultara más fácil.
Gustav volvió a encender las velas, y vio sobre la chimenea un cuadro de proporciones similares al que había en el gran salón. Pero éste, a diferencia del otro, estaba cubierto por una especie de sábana blanca. Gustav se acercó e intentó mirar por debajo de la tela levantándola por una esquina, pero sin éxito.
— ¡Hey! Aquí hay otro cuadro —llamó. Andreas que era más alto, se acercó hasta la chimenea y con un fuerte tirón quitó la tela. En ese momento las luces se encendieron otra vez.
Observaron la imagen con la boca abierta, en el cuadro estaba la figura de un hombre joven, también de semi perfil de cabellos largos y rubios.
— ¡¡¡Tom!!! Eres tú…pero rubio —dijo Andreas. En el marco del cuadro, se leía también con letras góticas “Tom (1863)”.
Tom, sorprendido y sin poder articular palabra alguna, con los ojos casi desorbitados no podía dar crédito a lo que tenía frente a él. Se sintió invadido por emociones que no había sentido en su vida. El corazón se le había vuelto loco, y sus ojos se ponían vidriosos una vez más.
—Tom, si no fueses pelinegro, juraría que es un retrato tuyo. ¡Tiene hasta tu nombre!
—Yo soy rubio —respondió en un susurro a Andreas —. Yo soy rubio.
— ¿Rubio? Entonces… ¿te tiñes el pelo? —Tom afirmó con su cabeza — ¡Vaya! Te conozco hace dos años y nunca imaginé que tu cabello fuera de otro color —Andreas estaba pensativo. Los cuatro se quedaron en silencio, los únicos sonidos en el ambiente eran causados por un clima furioso afuera.
— ¿Qué haces en ese cuadro Tom? —preguntó por fin Gustav.
—No sé… no entiendo —la voz de Tom era un susurro apenas audible. Georg lo observaba y pensando en una posible explicación, al fin se atrevió a decir algo.
—Puede ser que alguna vez te retratara algún artista callejero.
—Sí… podría ser… pero, ¿y el año? —silencio entre todos, escuchaban atentamente cada palabra de Tom —. Aunque estoy loco, y la universidad me ha quemado las neuronas, recordaría haber posado para algún pintor. Y además hace tantos años que me tiño… desde los quince años para ser exactos, en esa época mis facciones era más infantiles de lo que se aprecia en este cuadro, que parece tener mi edad.
—Diecinueve años —dijo el rubio buscando en su mente una explicación lógica —Creo que esto es cada vez más extraño.
Se quedaron una vez más en silencio, escuchando la lluvia y el viento.
— ¡¡¡Tooommm!!!!
—Yo lo oí, lo escuché —el grito de Georg los hizo sobresaltarse.
—Georg, ya dijimos que es efecto del viento —le recordó el rubio.
—Entonces si es el viento, ¿por qué dice Tooommm y no dice Andreaaaasss?
El rubio lo miró con intenciones de contestarle con una palabrota, pero en ese instante un fuerte portazo se escuchó desde el salón principal.
—Vamos… tal vez es el dueño —dijo Tom comenzando a caminar.
Al salir al hall no vieron nada extraño, pero otro fuerte golpe los sorprendió. Este venía de la puerta derecha que estaba a un costado de la escalera.
— ¡Hallo! —llamó Andreas, pero otra vez nadie respondió.
Avanzaron en dirección de esa puerta. La abrieron y tras de ella había un pasillo ancho y bastante largo que conducía hacia otras puertas y una escalera. Comprendieron que se trataba del área de servicio.
Caminaron a través del pasillo hacia la puerta abierta de la cual salía luz. Los cuatro avanzaron con cierto sigilo y con todos sus sentidos alertas al máximo. Andreas y Tom iban en la vanguardia, mientras Gustav iba al final, dejando a Georg al medio.
Un aroma característico golpeó sus olfatos haciendo accionar sus jugos gástricos.
— ¡Comida! —dijo el rubio que ya no daba más de hambre.
Al aparecer en la puerta, vieron una enorme cocina. Al fondo de ésta, ventanales llenaban la pared de un extremo a otro. Bajo las ventanas, y empotrados a la pared, una seria de estantes con cajones, y un lavaplatos. En el costado izquierdo, una inmensa estufa a leña y sobre ella dos ollas hervían lentamente. Al centro de la habitación, una mesa larga de madera oscura y desgastada. Hacia el costado derecho, un gran refrigerador, un microondas y un horno eléctrico, desentonaban con el aspecto antiguo del resto de la cocina. En ese mismo lado, un poco más hacia el centro había una puerta.
Andreas, sin pensarlo dos veces, se acercó a la estufa para averiguar qué había en esas ollas que olía tan bien.
Mientras, Tom investigaba hacia dónde conducía aquella puerta de la derecha; era batiente, y al otro lado de ella había una pequeña habitación con más estantes donde había varios tipos de vajilla, dos mesas grandes y una pequeña mesa con ruedas seguramente para trasladar los platos o fuentes servidas.
Justo al frente de la puerta batiente había otra, que Tom averiguó era el acceso a un magnífico comedor con cortinajes rojos y una lámpara de lágrimas colgando al centro. La mesa era hermosa. Tom calculó que allí cabían cerca de veinticinco personas. Era realmente espléndida. Había una fuente de porcelana era el centro de mesa, y Tom no quiso ni calcular el valor que tendría.
De pronto, un escalofrío recorrió su espina dorsal, se sintió observado, y los cortinajes se movieron suavemente como si una brisa pasara por ellos. En ese instante decidió volver con los demás a la cocina, donde sus tres amigos habían decidido servirse sendos platos de una comida que el de trenzas negras no supo reconocer.
Tenía hambre, así que se sirvió sin importar lo que fuera aquello que olía sabroso. Parecía comida demasiado rústica para esa mansión. La probó con algo de desconfianza, pero aunque tenía un aspecto extraño sabía delicioso. Mientras comían hicieron miles de conjeturas sobre la mansión y sobre los personajes de los retratos. Decían que el dueño estaba durmiendo feliz en su alcoba, en el segundo piso, o que estaba en otro sector de la casa y no se había percatado de la presencia de los cuatro jóvenes, o bien que era un museo y que por las noches no tenía más moradores que su cuidador, y que éste andaba en el techo tapando los agujeros por donde se colaba el agua…
—O bien al dueño lo mataron, y está en algún lado de la casa en un charco de sangre —los tres jóvenes dejaron de masticar su alimento y miraron a Andreas que seguía comiendo de lo más tranquilo después de soltar tremenda hipótesis.
—Andi… ¿Estás loco? ¿O nos quieres matar de un susto? —habló por fin Tom, después de tragar con dificultad.
— ¡Muerto! —exclamó el castaño que sufría de efecto retardado —Si está muerto nos acusarán de asesinato.
—No creo que sea eso —trató de tranquilizarlo Gustav —Puede que el dueño o el que vive acá sea un vampiro, y esté esperando que bajemos la guardia.
— ¡Tú!, todo el día has estado molestándome —bufó el castaño —. No has sido capaz de decirme algo en serio —dejó el plato a un lado y se cruzó de brazos.
A Tom todo eso le hacía mucha gracia, miró a Gustav y rieron por lo bajo. Andreas recogió los platos ya vacíos y los dejó en el lavavajillas.
—Creo que podríamos ver qué hay en el segundo piso. Tal vez podríamos dormir aquí —el rubio los observó esperando sus reacciones.
Después de unos instantes Tom le respondió —: Bueno, con esta tormenta no podemos ir al Escalade para dormir en él, amaneceríamos entumidos y adoloridos.
—De acuerdo —señaló Gustav sin más.
A través del pasillo salieron hacia la escalera interna que ya habían visto, y que supuestamente los conduciría al segundo piso. Gustav estaba sintiendo el imperioso llamado de la naturaleza.
—Necesito un baño ya —comentó.
Al llegar al segundo piso, un pasillo amplio con una larga alfombra roja los recibía mostrando puertas a ambos lados. Gustav, urgido por la necesidad de orinar, como un desesperado entró al primer dormitorio que estaba a su izquierda.
Al ingresar en él, lo primero que vio fue el color rosa, matizado con blancos, pero el rosa era el color que más se repetía. Era una habitación acogedora, y muy femenina. Tenía una cama de estilo romántico con dosel y dos mesitas de noche a cada lado. Cerca de la ventana una toilette con un espejo. Y sobre esta una cajita musical, dos cajas más forradas en raso, y unos frascos de perfume, o al menos eso parecían. Hacia el lado derecho había dos sillones con un tapiz magnífico junto a una mesita redonda con un jarrón lleno de flores. En la pared, sobre la mesa, un retrato de una chica rubia, hermosa, de peinado alto y bucles cayendo alrededor del rostro, tenía ojos de un azul intenso, que hicieron temblar a Gustav.
Frente a la cama había una puerta. El chico se dirigió hacia ella, y tal como lo había pensado, ahí se encontraba el baño. Con gran alivio descargó lo que lo atormentaba, sin embargo no estuvo tranquilo, todo el tiempo se sintió observado. Así que prefirió salir del baño lo más rápido posible. Pero al pasar por la habitación, no pudo evitar la tentación de acercarse a la toilette y ver lo que contenían las cajitas. La más grande, la azul, contenía pétalos de azahar, y al abrirla el aroma se esparció por todo el cuarto. La otra caja era rosada, y dentro de ella había un camafeo realmente hermoso, de plata envejecida y marfil. En el momento que lo tomó y lo puso en la palma de su mano para apreciarlo mejor, una presencia tras él se hizo notoria. Alzó su vista y a través del espejo vio la figura de una melena rubia con bucles, con ojos azules intensos que le sonrieron. Gustav vio todo negro y no supo más.
Mientras tanto, Tom, Andreas y Georg habían entrado a una suite muy hermosa. Y sobre un atril, un libro dentro de una caja de cristal. Tom se acercó y leyó en voz alta.
“Bill Kaulitz, único dueño de la villa Liz Garten, ha fallecido ayer 03 de Septiembre de 1864, después de una larga agonía.
Su hermano gemelo Tom, hace exactamente un año, falleció producto de una caída de su caballo. Desde entonces la salud del Amo Bill fue desmejorando paulatinamente. Había dejado de comer, y su corazón simplemente dejó de latir, dos días después de su veinteavo cumpleaños.
Qué el Señor lo tenga en su Gloria.”
Tom sintió que un cuchillo atravesaba su corazón, pero no dijo nada. Un nudo en su estómago le impedía respirar con normalidad.
—Bueno… ya sabemos quiénes eran y qué les pasó —Andreas se volvió a mirar a su amigo y se asustó al ver que le corrían las lágrimas por sus mejillas —. Tom ¿estás bien?
El de trenzas negó sin poder hablar, los sollozos se le ahogaban en la garganta. Tomó un poco de aire, intentando controlarse, tratando de reponerse y luego habló con voz entrecortada.
—Lo siento… no, no… no sé qué me pasa. Esta sensación ha ido creciendo y no entiendo… por, por qué.
— ¿Estarás asustado?
—No, no. No tengo miedo, es otra cosa.
Andreas lo miró con ansiedad, y le puso una mano en su hombro para reconfortarlo. Georg, que estaba más callado que nunca, se atrevió a preguntar — Entonces, ¿qué sientes?
Tom pensó por un instante, tratando de ordenar sus ideas, y así diferenciar y definir sus emociones.
—Melancolía… eso, melancolía.
—Bueno, este ambiente no es de lo más alegre —dijo el rubio mientras le palmoteaba la espalda.
Georg se acercó para apoyar a su amigo —Bueno, este ambientes es más bien lúgubre —dijo justo cuando se apagaban las luces una vez más —. ¡Oh mierda! ¿Y Gustav?
—Creo que estaba buscando un baño en otra habitación —un fuerte trueno interrumpió las palabras de Andreas, había sido muy fuerte e hizo estremecer todo en la habitación. Pero las luces regresaron de inmediato y con ello algo de tranquilidad.
En ese momento apareció Gustav sin sus gafas y muy sonriente.
— ¡Te demoraste! —le reclamó el castaño. Gustav lo miró intensamente y se acercó. Con un dedo recorrió su vientre por encima del suéter, mientras que con sus ojos seguía el movimiento de éste. Tenía una media sonrisa en el rostro que a Georg le pareció insinuante.
Gustav subió la vista hasta encontrar la mirada del castaño y sin dejar de sonreír le dijo en un tono meloso —: ¿Me extrañaste? —Georg tragó saliva.
La ventana se abrió y las cortinas flotaron libres en la habitación, dando vueltas un florero y esparciendo por la alfombra las flores y el agua que contenía. El viento entraba sin dificultad alborotándolo todo.
Una voz suave se dejó sentir una vez más.
—¡¡¡Tooommm!!!!
Continuará…