
CAPÍTULO 20
Seguramente había en algún lugar del Universo, Alguien con un humor muy negro, que disfrutaba ver a Tom convertido en un alma en pena, en una marioneta movida por ese Alguien, que se reía a su costa. La soledad era una espina clavada en el corazón del Tom-marioneta, que suplicante rogaba por ser liberado de tal tormento, pero Aquel que movía los hilos no le daría tal alivio, porque el espectáculo no había concluido. Desde que Bill se marchó de la mansión, hacía unas pocas horas, su día se había oscurecido, aunque la noche aún no llegara para el resto de la gente, para Tom ya estaba ahí, como una sombra suspendida sobre su cabeza por donde fuera.
Cuando había entrado a la cocina, vio a Georg sosteniendo en su pecho firmemente apretado los documentos, el libro y la llave. Se los extendió.
—Esto te dejó Bill… ¿Qué pasó? —Tom sintió que sus ojos ardían, y su vista se nubló, hizo un gesto desesperado con la mano al mismo tiempo que negaba con la cabeza. Su labio tembló y un sollozo se escapó a su pesar. Sostuvo las cosas que su amigo le pasaba, y luego las dejó en la mesa y se sentó a llorar echado sobre ella. Georg se acercó mientras Gustav se quedaba estático sin atreverse a hacer nada. —Dime, ¿qué pasó?
Tom intentó contener el llanto para poder hablar, y dificultosamente pudo entre los sollozos —Me-me dijo que… Se va a Australia. Que debía hacerlo.
—Debe ser por la Orden.
—¡¿Esa Orden es más importante que yo?!
—Tom, él no puede negarse al mandato de uno de sus superiores.
—Hoy lo vi conversando con alguien. Tal vez era uno de esos jefes que tiene.
—Tal vez el Gran Maestre o algo por el estilo. —el de trenzas se quedó pensando, se limpió con las palmas de sus manos las lágrimas de las mejillas y se secó los ojos.
—Georg escondan esto por favor, donde sólo ustedes lo sepan, yo debo averiguar algo. ¿Cuántas horas han pasado desde que se fue Bill?
El castaño miró a su novio intentando recordar —tal vez unas cinco horas. Tom no has comido nada.
—Luego, primero debo hacer algo importante. —se levantó de su asiento y se fue, dejando a sus amigos con cara de pregunta.
Recorrió en la bicicleta algo maltrecha pero aún útil para tales fines, el camino que ya se conocía bien. No necesitaba mirar los árboles con detención para no sentirse perdido, la huella en el camino ahora le parecía tan clara. No faltaba mucho para que oscureciera, pero Tom no veía la diferencia entre estar con sol o a oscuras. Bill no estaba, y eso era suficiente para no ver la claridad. Las primeras luciérnagas comenzaban su danza enamorada alrededor de los abetos, y Tom sintió nostalgia de aquellas luces más grandes que su pelinegro le había obsequiado. Se detuvo un instante mirando el hermoso paisaje del atardecer, contemplaba las pequeñas lucecitas, mientras escuchaba el cantar de los grillos buscando amor. Una brisa tenue se dejó sentir en la copa de los árboles, y en el aire un leve murmullo se escuchó —¡Tooommmm! —el de trenzas contuvo la respiración —¡¿Bill?! —gritó al viento pero no hubo respuesta —¿Por qué me haces esto?¿por qué te fuiste? —lloriqueó. Retomó el pedaleo para llegar a su destino.
La noche implacable se cernía sobre el bosque ya sombrío. Los búhos habían despertado de su largo sueño diurno, y su cantar calmo acompañaba a Tom en su trayecto.
Por fin divisó la pequeña cabaña. Estaba a oscuras. Eso llenó de desilusión a Tom, quien esperaba que Bill aún estuviese ahí. Preferiría mil veces saber que Bill estaba ahí aunque no quisiera verle, a saber con certeza que ya se había marchado, sin tener ni siquiera el consuelo de su mirada, o de contemplar su hermoso perfil aunque fuera de lejos.
Dejó la bicicleta apoyada en la pared. Se acercó a la puerta y accionó el pomo. Para su sorpresa la puerta se abrió. Encendió un par de luces. Estaba casi todo igual a como dejaron la cabaña el día anterior cuando Bill llevó su espada. —la espada —pensó. Buscó en el baúl y allí estaba. Sobre la cama había una maleta a medio abrir, con un par de camisetas que no fueron terminadas de guardar. Tom se quedó pensativo. Algo no estaba entendiendo, algo no estaba encajando.
—Es peligroso que estés aquí —la mujer de ojos oscuros y penetrantes lo observaban desde la puerta del dormitorio —es mejor que te vayas… —Tom se sorprendió de ver a la mujer que estuvo con Bill esa mañana del extraño ritual —Niño, entiende, debes irte ahora. Yo no puedo protegerte si te llegan a ver.
—¿Marie?
—¡Vete! Ellos pueden venir en cualquier momento. ¡Vamos! —le gritó con urgencia, indicándole la salida, cuando Tom iba pasando junto a ella, le sujetó la mano —debes volver a tu casa y buscar lo que se supone debes encontrar. Debes hacerlo. Hazlo por Bill. Anda, vete ya. —Tom quiso decir algo, pero leyó en los ojos de la mujer algo de miedo y angustia. Sintió que las advertencias eran por su bien. Así que salió rápido, y se subió a la bicicleta —Confirma la hora de salida del vuelo –le dijo por último en un susurro la mujer.
Tom regresó a la mansión, con el presentimiento comiéndole los intestinos. Una angustia quieta y sorda, pesada y lenta se posesionaba de sus huesos, haciéndole temblar —¡Tooommmm! —detuvo violentamente la bicicleta, derrapando un poco. Sin respirar, y tragando en seco, afinó su oído esperando escuchar —¡Tooommmm! —ahí estaba otra vez y supo que no lo había imaginado. —Se supone que estás lejos, ¿por qué me llamas? —la brisa movía los árboles de formas extrañas. Era Bill —dime amor, ¿qué pasa?
Llegó a la mansión ya de noche, muerto de cansancio y de hambre. Entró a la cocina blanco como papel, con los ojeras bajo sus ojos. Se sentó, se sentía abatido.
—Usted jovencito va a comer inmediatamente —ordenó Markus mientras le servía un suculento plato de comida —y no quiero escuchar quejas de que es demasiado.
—Esto es muy raro. Tengo un presentimiento extraño.
—¿De veras? Cuéntanos —dijo Markus mientras todo el grupo se acercaba y ponía atención.
—Fui a la cabaña de Bill.
—Lo supusimos. Preferimos pensar eso antes de creer que algo malo te había pasado.
—Lo siento señor Frank, amigos —sonrió tristemente, y los demás le miraron con cordialidad. —Fui a la cabaña, y noté varias cosas raras. Primero, escuché al viento llamarme…
—Era Bill —interrumpió Georg. Tom asintió.
—Tanto de ida como de regreso, su voz en el viento me llamó. Cuando llegué a la cabaña, las cosas estaban casi iguales a como las dejamos ayer. Excepto por una maleta que dejó a medio preparar con ropa. Me quedé perplejo, y justo apareció una de las mujeres importantes de su orden. Me dijo que me viniera, que no podría protegerme, que ellos podrían llegar en cualquier momento. Me dijo que confirmara la hora de salida de los vuelos.
—Esto es extraño de verdad —dijo pensativo Anton.
—Me dijo que buscara lo que debo encontrar, que lo hiciera por Bill… ¿Saben? Tengo un mal presentimiento.
—Espera —dijo Markus quien salió de prisa de la habitación.
—Tom debemos organizarnos para entrar a ese lugar —señaló Andreas.
—¿Me pueden explicar de qué hablan? —todos, excepto Alexa que estaba igual de confundida que Anton, miraron con extrañeza al historiador.
—El plano de la propiedad muestra un lugar secreto, donde se supone que está eso que llaman Amor, Liebe. —Berg miró extrañado al rubio —eso no es posible, nosotros conocemos al dedillo la propiedad, no existe algo como eso.
—¿Lo mismo que con el templo que está debajo del mausoleo, señor Berg? —refutó el de trenzas. Anton se rió nervioso.
—Bueno de ese lugar no teníamos idea… Pero…
—Es probable que el otro lugar que aparece en el plano, efectivamente exista… —dijo categórico el de trenzas, la conversación fue interrumpida por Markus que llegó sonriente con su laptop.
—Okay, veamos en los vuelos que salieron hoy para Australia. Primero debemos saber si hay vuelos directos o si tuvo que hacer escala en Turquía por ejemplo.
—¿Buscamos en todas las líneas aéreas?
—No Tom, enfoquémonos primero exclusivamente en los vuelos a Australia, y luego hacemos las llamadas.
Comenzaron la búsqueda.
—Veamos Air Berlin. Tiene vuelos directos. Hubo uno hoy a las 8 desde Frankfurt. Ahora necesitamos llamar para confirmar si estaba en ese vuelo.
—Yo tengo una amiga, Karen. Ella trabaja en aduana, creo que nos podría dar esa información —Georg miró a Gustav con cara de pocos amigos, sabía bien sobre cuál Karen estaba hablando.
—Gracias Gustav, toma el teléfono —dijo Anton pasándole el suyo.
—La llamo de inmediato — tomó el black berry y marcó a su amiga —¿Karen? ¿Cómo estás?… Sí, tanto tiempo. No querida, verás estoy algo complicado. ¿En serio? Jajaja… Pero qué bueno… ¡No! Quizás más adelante… —Georg se cruzó de brazos delante de Gustav con rostro adusto, no le estaba cayendo en gracia la dichosa conversación —Ejem, mira, quería pedirte un favor, ¿puedes averiguar si Bill Koening tomó algún vuelo hoy? —hizo una pausa —Gracias, eres muy amable —Georg le remedaba sin hacer ruidos, sólo haciendo morisquetas con la boca. —Está buscando la información —el castaño rodó los ojos. Luego de un par de minutos… —¿En serio? —Tom se acercó impaciente —Ya, eres muy amable, ya casi no hay amigas como tú —y Georg le dio una palmada en el hombro —Gracias, adiós. Okay —y cortó la llamada —ningún Bill Koening tomó vuelo a ninguna parte. —Todos se quedaron en silencio.
—Pero, pero —Tom se acercó a Gustav, intentando comprender sus palabras —¿entonces? —se dio vuelta mirando al resto, buscando alguna respuesta o idea —entonces, si Bill no se ha ido, ¿dónde está? —el de trenzas comenzó a caminar por la habitación refregándose las manos —¡¿Dónde está?! —de pronto se paró en seco —no se ha ido, aún está aquí.
—Bueno, tal vez… Tom, está alojando en algún hotel en la ciudad esperando otro vuelo…
—Señor Frank, ¿no se da cuenta? ¡La maleta de Bill estaba sobre la cama a medio llenar! Vi camisetas suyas que no terminó de guardar.
—¿Acaso piensas que él está en problemas? —los hombres estaban mudos esperando la respuesta de Tom a la pregunta de Markus.
La Dama del Lago sospechaba de algo así —No sería de extrañar que la corrupción se filtrara en esa Orden también. —Tom al escucharla se llenó de espanto.
—Debo ir a buscarlo —hizo el intento de salir.
—¡Tom, Tom! —lo sujetó Andreas, mientras el de trenzas forcejeaba.
—¡Déjame ir! —gimoteó.
—Tom, amigo ahora no podrás hacer nada, está oscuro y correrías peligro. Bill te necesita bien, sano y salvo. —el de trenzas miró al castaño que lo sostenía de los hombros, y asintió. Se tranquilizó, pero su voz sonó resuelta
—La mujer me dijo que debía buscar… Y lo que sea que debo encontrar lo haré ahora. Necesito linternas y los planos ¿Georg? —el castaño se dio media vuelta y se perdió en el pasillo. —Necesito de su ayuda, algunos conmigo adentro del pasadizo, y otros afuera vigilando.
—De acuerdo —respondió Markus —Tú elige a los que te acompañen.
—Somos siete, quiero dos voluntarios que me acompañen.
El castaño justo iba entrando con los preciados elementos en sus manos —Yo —dijo resuelto —con Gustav —agregó. El de gafas asintió, y los demás estuvieron de acuerdo.
—Los demás nos quedamos afuera esperando y vigilando. Acá están las linternas, y necesitamos algo con qué defendernos, Anton.
—Maderos, como bats de béisbol. Hay algo como eso en la bodega que está acá al lado, y llevemos herramientas por si acaso debemos romper algo. —el historiador se dirigió hacia allá junto a Andreas.
—Bien, vamos entonces. —ordenó Tom.
El grupo ingresó a la biblioteca. El de trenzas extendió el plano sobre el escritorio. Cuando al fin se ubicaron dentro de la gráfica sobre el amarillento papel, pusieron atención en los detalles que los cientos de líneas mostraban.
—Se supone que esto es la pared contraria a lo ventanales —Tom indicó la pared que el pelinegro estuvo observando la noche anterior —Bill estuvo revisando allí anoche, pero no lo dejé continuar porque sentimos una presencia.
—¡¿Una presencia?! —exclamaron a coro Andreas y Georg.
—Bill dijo que no era algo malo, o eso creo. —el castaño miró nervioso alrededor suyo.
—Pues más vale que así sea, porque si no, de seguro que esta vez me meo de susto.—Georg ya temblaba.
—Busquemos en la tercera repisa contando desde la puerta —dijo Anton.
—¿Pero no se supone que al otro lado de la pared está el comedor?
—Gustav tiene razón Tom —dijo el castaño reafirmando al de gafas.
—Se supone, pero hay escaleras, así que debe ser todo bajo tierra.
Tom sintió un escalofríos recorrer su espina dorsal, sabía que había algo más ahí y no le gustaba. Se quedó quieto por un instante, intentando comprender la razón de aquella molesta sensación. Para los demás esto no pasó desapercibido.
—¿Sucede algo Tom? —preguntó algo preocupado Markus.
—No, no. No pasa nada —pero Alexa se le quedó mirando a los ojos, y Tom no pudo esquivarla. La Dama del Lago seguramente había sentido lo mismo, el de trenzas lo creyó así, pero nada le dijo. Tom prefirió retomar la búsqueda donde Bill lo había hecho un día antes —Tal vez detrás de los libros podamos ver algo —y comenzó a quitarlos.
—Pero de haber algo, ya lo hubiéramos visto, cualquiera del personal de mantención. Los que realizan los arreglos al sistema eléctrico por ejemplo. Me resulta difícil de creer Tom.
—Lo sé señor Frank, pero debo intentarlo. Lo hago por Bill y por mí. —al quedar la pared desnuda no parecía haber nada fuera de lo cotidiano, eso desanimó a Tom por un instante. De pronto se fijó en una pequeña grieta en la pared que no tendría más de un milímetro de espesor. Parecía una pequeña línea dibujada, fácil de confundir con la beta de la madera. —pásenme una linterna, o que alguien alumbre por mí —Georg se acercó con ella dando más luz a la pared. Al mirarla con atención Tom se dio cuenta que esa pequeña cicatriz en la madera la recorría de arriba abajo. Recordando cómo el pelinegro lo había hecho con otras falsas paredes, empujó con fuerza uno de los lados, sin resultados, entonces lo intentó en el lado izquierdo, y la madera crujió. El de trenzas presionó con más fuerza ayudado por Andreas y Gustav y la pared cedió. —Ahora veamos cómo quitamos los estantes.
—Eso es fácil, es sólo soltar los pernos que están por acá —señalo Markus dirigiéndose hacia la izquierda de Tom a unos dos metros, Anton le pasó un destornillador, y entre los dos comenzaron a desmontar las repisas. Markus le pasó otro destornillador a Gustav —inténtenlo unos dos metros hacia allá —indicó hacia la derecha, y así lo hicieron. No fue difícil para ellos encontrar las uniones y comenzar a desmantelarlas. A los pocos minutos habían sacado todo el estante que en su largo total tendría unos cuatro metros. La apoyaron con cuidado en la pared donde estaba la puerta de entrada al estudio, y de esa forma aprovecharon de bloquear el ingreso a cualquiera que quisiera hacerlo.
—Okay, entremos —dijo Tom dando un suspiro. Estaba asustado aunque hacía esfuerzos por demostrar que no era así.
—Vayan, nosotros estaremos vigilantes por cualquier cosa que pudiera pasar —los tres chicos asintieron e ingresaron.
El pasadizo estaba oscuro. Aunque pusieran sus manos frente a su rostro no podían verlas. Tom encendió las linternas y los demás hicieron lo mismo.
Comenzaron a bajar cuidadosamente las escaleras. A diferencia de las del túnel bajo el mausoleo, éstas estaban bien terminadas. Estaban construidas en piedra pulida. Algo resbalosas. Las paredes parecían estar talladas en la misma roca. Tom calculaba que debían estar unos dos metros bajo tierra y esa idea le hizo estremecerse.
El túnel seguía recto por unos diez metros pero luego doblaba en 90 grados. Caminaron en silencio hasta llegar a ese punto. Tom dirigió el haz de luz hacia el nuevo pasadizo. Aunque no veía con claridad, parecía distinguirse el final del túnel.
—Este es más largo —señaló Tom.
—¿Es una puerta lo que se ve allá al fondo?
—No lo sé Gustav. Es hora de comprobarlo.
Caminaron con cierta celeridad, pero sin descuidar por donde pisaban. Al llegar a la puerta, el de trenzas notó la característica flor de lis tallada de igual forma que en la puerta del otro túnel bajo el panteón.
—¿Y ahora qué?
—Pásame la llave Georg —Tom tomó la llave que el castaño le pasó —ahora sabremos si esta llave que nos ha costado tanto recuperar es para esta puerta o no —metió la llave en el cerrojo, la giró y la puerta cedió lentamente.
—¡Sí era! —exclamó feliz el castaño.
Era un enorme sótano. Había cientos de cosas allí guardadas. Cuadros, muebles, lámparas, baúles, y un sinfín de otros elementos difíciles de distinguir en la oscuridad. Gustav buscó en vano algún interruptor —¿Qué haces? —le dijo su novio.
—Busco luces.
—Nene, en la época aquella aún no existía el uso de la electricidad, era todo experimental. Estas lámparas son de aceite, o algo así. —le rebatió el castaño.
—A mí me preocupa que acá hayan demasiadas cosas como para saber qué es lo que buscamos en realidad —el de trenzas suspiró otra vez —miremos el plano —el papel amarillento mostraba el punto exacto donde estaban. Tom acercó la linterna y observó con detenimiento una pequeña flor de lis dibujada hacia la esquina izquierda del sótano mirando desde la puerta —¿Qué representa esa flor en este lugar?
—Estoy seguro que algo importante —le respondió el castaño, apuntando con su linterna hacia ese sector —vamos allá —se acercaron con cierta dificultad debido a los múltiples elementos puestos en desorden —si se fijan bien, se darán cuenta que todos estos objetos parecen que fueran de mucho valor —comentó Georg al pasar.
Cuando llegaron a esa esquina, vieron dos grandes baúles, uno más pequeño que el otro, de maderas muy gruesas, macizas. Levantaron la tapa del baúl de menor tamaño, que media unos cincuenta centímetros de alto con algo más de un metro de largo. Era un poco angosto. Al abrirlo, se extrañaron de encontrar infinidad de libros y documentos al parecer relacionados con la Orden a la cual pertenecían los Kaulitz. Los miraron con rapidez y superficialidad.
—Tom, esto hay que revisarlo con detenimiento más tarde o mañana.
—Sí, tienes razón —le respondió al de gafas.
Al llegar al fondo, se sintieron algo desilusionados. Tom dejó escapar el aire con fuerza. —si sólo tuviera una idea de lo que buscamos… —hizo una pausa, tomó aliento otra vez, necesitaba darse ánimos —veamos el otro baúl —aquel tendría unos setenta centímetros de alto con dos metros de largo. Eso lo hacía bastante grande, y levantar la tapa ya era un problema, pero a esto había que agregarle un tremendo candado. Tom lo observó y se dio cuenta que la llave le quedaría muy pequeña, además era la que habían usado en la puerta. Gustav acercó la linterna y estudió la ranura por donde debía entrar la llave.
—¿Y si lo intentas con la llave al revés?
—¿Al revés? —Tom estaba confundido.
—Sí, mira la forma. Estoy seguro que coincide el ancho de la ranura con la forma de flor de la llave ¡Inténtalo! —Tom medio incrédulo introdujo la parte ancha de la llave, la que cualquiera consideraría sólo como parte del mango. Sus ojos brillaron felices cuando el candado se abrió apenas la giró.
—¿Viste? Yo tenía razón —se felicitó el de gafas.
—Eres un genio Gustav —y el castaño no pudo más que estar orgulloso por las palabras de elogio de Tom.
El de trenzas retiró con cuidado el candado. Luego entre los tres se dieron a la tarea de levantar la tapa.
—¡Esto pesa! —dijo Georg.
—Sí, ten cuidado de quebrarte una uña ¡Georg, no está tan pesado! —se burló el de gafas. El castaño lo miró con desdén.
—A veces Tú, eres un pesado —refunfuñó Georg. Tom y Gustav se reían por lo bajo.
Cuando el baúl estuvo abierto, encontraron una serie de capas negras y rojas, todas de terciopelo. Georg sacó una y se la puso —Parezco un brujooooooooooo —dijo mientras levantaba las manos como garras. Justo en ese momento algo en el sótano se cayó y rodó por el piso hasta chocar con otra cosa. Gustav alumbró en esa dirección y no había nadie.
—¡Deja de jugar con eso Georg que despiertas a los magos muertos!
—¡¿Qué?! ¡¿Magos muertos?! —exclamó con horror el castaño.
—¡Ustedes dos me están haciendo arrepentirme de haberlos traído!
—Lo siento Tom —hizo un puchero Georg.
—Lo siento —dijo el otro chico también.
Continuaron sacando distintos utensilios, unas dagas como las que usaba Bill y Alexa, unas espadas, copas muy hermosas, bandejas de plata, candelabros. Cuadros de distintas personas, todos ellos hombres. De pronto Georg tomo un cuadro, y con cara de ver un fantasma dijo apenas —Tom, mira esto —el de trenzas se acercó y vio a los gemelos Kaulitz abrazados, sonriendo, vistiendo cada uno una capa negra con forro rojo. Se veían tan felices, por su aspecto Tom calculó que el retrato fue pintado unos meses antes de la muerte de Tom.
—Este cuadro no debería estar escondido, aunque creo que esto fue guardado aquí por el mismo Bill.
—Vamos Tom, sigamos buscando. —le dijo el de gafas dándole una palmada en el hombro.
Al fondo del baúl, habían decenas de túnicas y mientras las sacaban, Tom iba perdiendo la esperanza y la paciencia —¡Esto es inútil! ¡¿Cómo todo esto me va ayudar a saber qué sucede con Bill?!
—¡Tom, Tom! Algo hay aquí —dijo Gustav palpando el fondo del baúl, se alumbraba con su linterna, pero era obvio que necesitaba ayuda. Tom se abalanzó y se puso a alumbrar también.
—¿Qué es?
—Es una manija de hierro, pero la tiro hacia arriba y no se mueve.
—¿Es una puerta? —preguntó Georg alumbrando con su linterna también. Y de pronto algo volvió a caer y rodar hacia la pared cerca de la puerta. Los tres contuvieron la respiración, dirigieron las luces de sus linternas, pero igual que la vez anterior no se veía nada —¿Será que estamos imaginando cosas? —el castaño tenía mucho miedo ya.
—Eso espero —respondió Tom —veamos cómo es esto. —observaron la puerta, que tenía en él un gran pentáculo con una sentencia: “El que cruce esta puerta con un corazón oscuro será maldecido y destruido. Ninguna oscuridad entrará a las sombras que protegen al Amor ”. El de trenzas leyó las palabras, pero no entendió a qué se referían. Empujó el fondo y este se abrió dejando expuesto un pozo más oscuro aún —¿No hay escaleras?
—Sí, mira, como esas de incendio —Gustav hizo correr la escalera y ésta se fue deslizando y desdoblando hasta hacerse una larga —¡Hora de bajar!
—Yo no quiero ser ni el primero ni el último –advirtió el castaño.
—Vamos princesita, vas después de mí —le dijo Tom sintiéndose feliz de no ser él la princesa consentida esta vez.
Bajaron la escalera que se tambaleaba con el peso de los jóvenes, sobre todo cuando bajaba Gustav —¡Deberías bajar de peso Gus! —le gritó Tom.
—Sí, eso voy a hacer. Con tanto polvo que me voy a echar con Georg —cayó pesado al piso —¿Cierto que bajaré de peso mi amor? —el castaño no pudo responder porque una repentina tos le impidió hablar. Tom se rió.
—¡Ustedes son unos payasos! Veamos qué hay acá —la luz de la linterna dejó al descubierto una habitación desnuda con una puerta al fondo que a diferencia de la otra, era muy rústica, hecha de tablas sin pulir. Gustav se acercó y la abrió viendo que al frente de ellos, se divisaba otra puerta más maciza e imponente. Dio el paso para llegar hasta allá y de pronto se perdió de vista. Su grito ensordecedor paralizó por un segundo a los otros dos.
—¡Tom! ¡Georg! —Gustav colgaba apenas de un brazo sujetándose con dificultad —¡Ayúdenme! —chillaba. El de trenzas y el castaño se acercaron. Tom lo agarró de un brazo mientras Georg lo tiraba hacia arriba sujetándolo de la ropa y el cinturón para subirlo. Usaron todas sus fuerzas, y Gustav intentaba impulsarse buscando en vano un apoyo para sus pies. Luego de varios segundos de esfuerzos, lograron subirlo hasta la orilla, cansados como si hubieran corrido el maratón —Casi me muero —dijo el de gafas en un suspiro. Georg lo abrazó y lo besó tiernamente.
—No me vuelvas a asustar así, por favor —le dijo el castaño mientras le acariciaba su cabeza. Tom intentó ver el final de aquel agujero, pero era imposible.
—¿Gustav, tu linterna? —preguntó Tom mientras intentaba ver algo en el fondo.
—Se me cayó a ese foso.
—Pero no se ve ¿Se habrá roto al caer y por eso no la veo?, ¿o es tan profundo que la luz no alcanza a llegar hasta acá? —los otros dos jóvenes aún abrazados no dijeron nada.
Tom se concentró en la puerta y en el foso —se puede saltar, debemos saltar si queremos llegar allá.
—Hazlo tú, yo no voy —dijo tajante el castaño —lo siento Tom, pero esta es tu lucha.
—Gustav ¿tú?
—No Tom, me quedo acá. Ese foso tiene dos metros o más de ancho. Yo que tú no salto tampoco. —Tom se quedó pensando «pero Bill lo haría por mí».
—Okay, voy a lanzar la linterna primero y luego salto yo —se guardó la llave e uno de sus bolsillos y pasó el plano por debajo del cinturón de su pantalón. Lanzó la linterna y ésta chocó con la puerta sin dañarse. Luego retrocedió un poco para el impulso, contó mentalmente hasta tres, y pensando en su pelinegro saltó.
&
Los cuatro allá arriba se paseaban sin lograr relajarse. Alexa sin decirle nada a nadie vigilaba las energías que estaban en movimiento, señal de que no estaban solos. Se amonestaba a sí misma por no llevar su espada. La necesitaría, era lo más probable, y sin ella no era mucho lo que podía hacer.
—Esto es peor que estar en una sala de espera —refunfuñó Markus —sólo quiero que los chicos estén bien.
—Por más que pongo oído no logro escuchar nada —dijo Anton mientras se asomaba a la puerta por enésima vez —debe ser muy profundo donde están.
—Ojalá no hayan trampas. —y todos callaron con las palabras del rubio.
—No creo que hayan —replicó después de unos segundos Anton en un esfuerzo por tranquilizarse. —De seguro están entretenidos mirando tanta cosa que debe estar guardada. —el historiador observó el semblante serio de la chica, y no se pudo contener de preguntar —¿Le preocupa algo?
La chica sonrió apenas —no traje mi espada. Debí ir a buscarla.
—¿Eso es importante?
—Espero que no —Anton calló al ver que para Alexa no era un mero detalle, y prefirió no ahondar en el asunto por temor a desatar la histeria colectiva. Supuestamente no habían razones para temer nada, la entrada estaba asegurada, nadie podría ingresar al estudio.
—Pues aprovechemos de leer libros —dijo el rubio intentando distender el ambiente. Se acomodó en uno de los sillones y sacó un libro casi al azar, pretendiendo que la lectura estaba muy emocionante y así aislarse de la preocupación que le apretaba el corazón. Pero la calma no duró mucho. Un leve quejido les hizo ponerse en alerta. —¿Qué fue eso? —preguntó dejando el libro a un lado.
—¿Un gato? —respondió Alexa, intentando tranquilizarlo.
—¡Un gato en el hall! Eso no es posible —rebatió Markus. El gemido volvió a repetirse, seguido por un tenue sollozo.
—Alguien está llorando —Markus se acercó lo más que pudo a la puerta de entrada.
—Señor Frank, venga para acá —le ordenó categórica la Dama del Lago. El hombre obedeció —acérquense —dijo y todos se pusieron a su lado. Ella sacó su daga y comenzó a caminar en círculos alrededor de ellos. Algo murmuraba al caminar… “Caminando hacia el centro de mi ser construyo este círculo…” y sus palabras se perdían al mismo tiempo que el llanto aumentaba de volumen allá afuera. La bruja dio tres veces la vuelta. Luego se puso al centro y sentenció —Como es arriba es abajo, este círculo está sellado. —se volvió hacia los hombres —Debemos permanecer acá adentro, por favor, no importan lo que vean, ni lo que crean ver, no se muevan de donde están. Lo que sea que está allá afuera, la puerta no lo va a detener, pero este círculo sí. Acá estamos a salvo.
—¿Y los otros?
—No sé guapo —Alexa miró los ojitos azules y asustados de Andreas —espero que nada los dañe.
Y las luces se apagaron. Anton aún conservaba una de las linternas y la encendió. De pronto hacía mucho frío, y podían ver sus alientos salir de sus bocas. Los cuatro se sobresaltaron al sentir el llanto dentro del estudio.
—¡¿Quién es?! —gritó desesperado Markus. Una forma oscura se perfiló lentamente bajo el haz de luz de la linterna, difícil de definir y de entender. Se alcanzaba a distinguir una túnica larga oscura, y asomaban bajo la capucha sus cabellos negros y largos hasta la cintura. Era una figura femenina.
—Él está solo. —dijo el espectro.
—¿Solo?, ¿quién? —preguntó Alexa con voz calmada.
—Está sufriendo —de pronto volvió la luz, y ya no había nada.
—¿Qué fue eso?
—Espere —dijo Alexa, porque Anton hizo el intento de moverse —debo deshacer el círculo.
—¿Y si vuelve?
—No, ya se fue —dijo la Dama del Lago, y comenzó a caminar en círculos otra vez, pero en sentido inverso, apuntando su daga hacia fuera. Cuando terminó dijo quedamente —listo, pueden moverse por la habitación.
—¿Alguien tiene alguna hipótesis sobre quién hablaba? —preguntó el rubio.
—¿Será Bill? —respondió Alexa y los tres hombres se silenciaron.
—Es mejor que no le digamos nada a Tom, además ni idea tenemos de quién era esa aparición ¿Era un fantasma?
—Puede ser señor Frank, tenía todas las características. —la chica se sentó junto a Andreas y le acarició la mejilla —¿Estás asustado?
—Un poco. Demasiadas cosas que no podemos controlar ni prever con exactitud —él le tomó la mano y se la besó. Ella sonrió satisfecha.
&
Tom logró hilvanar tantas ideas mientras volaba hacia el otro lado, por un instante logró ver el rostro de su amado, demacrado y triste. Y antes de sentir angustia por ello, su pies aterrizaron con fuerza cerca de la majestuosa puerta. Sus amigos habían contenido el aire esperando lo que parecía una eternidad hasta que Tom llegó sano y salvo a ese lado. Sus corazones volvieron a palpitar. El diámetro del foso tal vez no era tanto, pero la oscuridad en la que estaban inmersos hacía todo más difícil y estresante.
—Ahora recen para que pueda abrir esta puerta, ¿será que la llave servirá una vez más? —Tom no esperó respuesta, sus amigos aún en shock balbucearon algo pero no les escuchó, sólo se dio media vuelta y miró la puerta con cuidado. Estaba llena de símbolos y letras extrañas, le recordó las letras del nicho donde se guardaba el libro en el mausoleo. —Alfabeto tebano — pensó —¿pero qué dirá? —se dijo en voz baja. La puerta no tenía manija, ni pomo, nada. Sólo dibujos, letras y símbolos. En el centro había un pequeño círculo que parecía tener un borde, lo levantó con cuidado usando una uña y éste cedió quedando unido de una orilla a la puerta, dentro del círculo se veía un pequeño agujero que Tom reconoció como una cerradura. Temblando de emoción introdujo la única llave de que disponía, rezando para que ésta sirviera una vez más. Cuando escuchó el clic, le pareció la música más bella para sus oídos. Empujó la puerta con cierto esfuerzo debido a su espesor y tamaño, y se quedó observando, esperando que no hubiesen más trampas. No sabía qué esperar, sin embargo sintió algo de desilusión al alcanzar a distinguir más baúles. Esto le estaba comenzando a desesperar. —Que alguien me diga lo que debo encontrar —dijo cual plegaria.
Ingresó con cuidado
—Tom observa bien todo, por favor, si algo te pasa estamos algo lejos de ti, no alcanzaremos a llegar —le advirtió preocupado el de gafas.
—¡Shhhh! —fue todo el comentario de Tom mientras les hacía un gesto de silencio. Avanzó lentamente y se alegró de ver que los baúles no tenían candado ni cerrojo alguno —es evidente que no pensaron que alguien llegara hasta aquí… Excepto yo —dijo calladamente. Vio una tabla ornamentada asemejando un cuadro, pero en vez de cuadro había algo escrito. Tom dirigió la luz de su linterna y leyó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y un sollozo rompió el silencio del sótano y el túnel.
—¡Tom no nos asustes! ¡¿qué pasa?! —gritó angustiado el castaño.
—E-estoy bien —respondió el de trenzas sin dejar de llorar, aspiró el rancio aire con ganas y se concentró para poder leer.
“Amado Tom,
Cuando leas esto, ya habrán pasado cientos de años de nuestra despedida, sin embargo para ambos será como si fuera ayer que nos dejamos de ver.
Esto es para ti, y para mí. Es el Amor a la tierra donde pertenecemos, es el amor entre nosotros que no sabe ni de tiempo, ni espacio, ni de muerte. Mis huesos viejos descansan en la cripta, mi cuerpo nuevo está cerca de ti. Aunque mi hermoso Tom está en mi presente sepultado y frío, yo sé que en esa época donde Tú estás, mis manos volverán a acariciarte, y mi boca ahora casi marchita, volverá a besarte con pasión. Yo te he amado toda la vida, y mi vida no basta para amarte, por eso he de amarte más allá de mi muerte, hasta encontrarte otra vez, en otra vida, en tu tiempo. Nuestro tiempo.
Todo lo que está aquí te pertenece, nadie podrá quitártelo, por un mandato perpetuo. Y mantendrá nuestras vidas y la tierra de Liz Garten a salvo de depredadores.
Te amo por siempre y para siempre.
Bill Kaulitz
Agosto de 1864”
Tom se enjugó las lágrimas, y descubrió otro testamento que determinaba que todo lo que se hallaba en los baúles era de Tom Trümper, luego venía una lista de 21 páginas con el detalle de lo que allí había, lingotes de oro, diamantes, joyas, piedras preciosas de distinto tipo, perlas blancas y negras, monedas de plata y de oro. Tom sin dar crédito a lo que leía abrió uno de los baúles y casi se fue de espalda al ver que todo estaba allí, contó los baúles, eran siete. —¿Esto era el Liebe? —preguntó. Leyó una vez más las palabras de Bill: Esto es para ti, y para mí. Es el Amor a la tierra donde pertenecemos, es el amor entre nosotros que no sabe ni de tiempo, ni espacio, ni de muerte.
—Sí, lamentablemente la riqueza es lo único que nos asegura el conservar esta mansión como tú lo querías Bill. —pensó.
—¡¿Tom?! ¿Estás bien? —la voz de Gustav lo sacó de su pensamiento.
El de trenzas se asomó a la puerta —Chicos, hay siete baúles con piedras preciosas, oro, plata, diamantes, y Bill Kaulitz las dejó a minombre.
—¡¿Bromeas?!
—No amigos.
—¿Y cómo te ayudará eso con Bill? A menos que esté secuestrado. —Tom se quedó mudo al escuchar las palabras de Georg, y una corriente fría le recorrió el cuerpo haciéndole sufrir.
&
La oscuridad hacía doler los ojos que se esforzaban por distinguir algo, lo que fuera. El sopor en que lo mantenían no le permitía concentrarse y así decirle a Tom a la distancia que estaba retenido y atado en algún lugar que él mismo no había podido reconocer. Intentó en vano desdoblarse para poder ver el sitio donde estaba. Se sentía muy cansado. Necesitaba con urgencia comida y agua, la sed lo estaba matando, y cuando le daban algo de beber, el agua llevaba esta sustancia medio amarga que le provocaba ese sueño extraño, que sin embargo no le permitía dormir tampoco. Estaba enojado consigo mismo por no prever el peligro. Los golpes recibidos dolían aún con intensidad. Es probable que tuviera una costilla rota. Sus manos estaban atadas arriba de su cabeza, y sus hombros dolían una enormidad, su cabeza estaba cubierta por una especie de bolsa de genero oscuro que apenas dejaba que pasara algo de aire. —Tom —murmuraba, sabiendo en su semi-inconciencia que no le escucharía.
Oyó la voz de un hombre, pero no logró entender sus palabras.
—Pronto nos comunicaremos, mientras tanto debemos mantenerlo así. No dejes que te convenza, un mago sin ataduras en su manos y bien despierto sería peligroso para nuestros planes.
—¿Y él vendrá?
—Ya vino, y dejó las órdenes. A mi no me importa mucho todo esto, sólo quiero mi parte.
—Dile a Wendt que me releven pronto.
—¡Cállate! No debes nombrar a nadie imbécil.
—Lo-lo siento. —se cerró una puerta, y se oyó cómo se alejaban unos pasos.
El mago escuchó la conversación, y por fin comprendía lo que pasaba. Esperaría que el sopor se le pasara, no volvería a pedir agua. Entonces podría pedir ayuda.
Continuará…