Waiting for you 21

CAPÍTULO 21

Moría de ganas de saber dónde estaba. Por los sonidos que alcanzaba a captar, suponía que el lugar era una construcción sólida y lejos de los lugares que frecuentaba. De vez en cuando sentía que todo se estremecía, así que calculó que cerca de ahí pasaban vehículos.

Estaba intentando pensar con lucidez, pero ese adormecimiento extraño le impedía mantenerse atento. Finalmente, contrario a sus deseos, el sueño lo venció absolutamente, quedándose profundamente dormido. Bill dejó caer un poco su cuerpo, estirando aun más las dolorosas articulaciones de sus hombros. Los brazos forzados a permanecer en una incómoda y poco natural posición, habían comenzado a adormecerse, señal de que la irrigación sanguínea ya era muy lenta. La piel de sus manos atadas sobre su cabeza comenzaban a perder la tonalidad y sus dedos lentamente se iban poniendo azules.

En la mansión, los tres jóvenes salieron a la luz de la biblioteca. El repentino resplandor les provocó un leve encandilamiento.

Atropelladamente todos hacían preguntas y respondían, hablando todos al mismo tiempo, sin olvidar detalle ni tampoco sobre la extraña aparición. Los chicos habían llevado con ellos los documentos encontrados, el cuadro de los gemelos, y una muestra del tesoro para que el curador los viera. El señor Berg, miraba con ojos alucinados, sin poder asimilar que un tesoro tan enorme hubiese estado literalmente bajo sus pies.

—Así que esto es lo que todos desean. Y por esto estamos aquí casi atrapados en esta mansión —dijo pensativo el curador. Se daba cuenta que su miedo le había hecho tomar decisiones equivocadas —aunque no lo crean, nunca imaginé que esto fuera el motivo de todo. A esa gente no le interesa el pedazo de historia que hay en este lugar, le interesa sólo la riqueza que puedan obtener, sino pudieron de una manera, lo intentarán de otra. Lo que me asusta es que sus métodos son cada vez más violentos.

—Yo tengo una teoría.

—Lo escuchamos señor Frank —Tom se desparramó en uno de los sillones, señal de lo cansado que estaba. Los demás se acomodaron igualmente agotados.

—Primero, los policías nunca fueron policías, todos estamos claros en eso, ¿verdad? —todos asintieron —yo creo que ellos son parte de esa otra organización que se habló al principio.

—Además, creo que lo más seguro es que todo lo que nos dijeron, o estaba tergiversado o era mentira, como el asunto ese de que querían matarme. ¿Y el muerto, el tal oficial Hansen? ¿Murió de verdad?

—Yo lo vi bien muerto, Tom —afirmó el rubio.

—Segundo —continuó Markus —lo más probable es que gente cercana a Bill esté involucrada y tengan que ver con su desaparición. Es decir, tal como lo dijo Alexa, su orden está corrompida. Eso me lleva a otro asunto, que es probable que a través de esa Orden haya llegado a algún escrito o documento que hablase de la teoría de un tesoro escondido en este lugar, y de ahí surgió este extraño plan.

—¿Pero cómo sabían que yo vendría?

—Yo creo Tom, que no lo sabían y llegaste para alterar sus planes.

—Sólo Bill lo sabía —el de trenzas de pronto se volvió melancólico —y es posible que vigilaran a Bill constantemente. Pero vuelvo a lo del oficial Hansen, si realmente murió, fue una de las situaciones que no pudieron prever.

—Yo creo que fue planeado, y para eso necesitaron la ayuda de un brujo poderoso que pudiera manejar a un ente como el que todos vimos para asesinar a ese hombre.

—¿Con qué fin Alexa?, ¿para qué matar a uno de los suyos?

—¿Y qué importa si era uno de los suyos? Ahora es uno menos a quien repartirle la riqueza. Necesitaban un nuevo motivo para meterse todos aquí a buscar… Lo que no pudieron encontrar.

—Porque ahí entra en juego otra vez la única pieza que no previeron, que Tom estuviera aquí y escondiera los documentos y la llave. —el castaño sonrió —incluyendo sus peripecias para subir al balcón.

—Tampoco pudieron controlar a Bill.

—Tom, no te pongas triste ahora. —Markus hizo una pausa y continuó —el tercer punto es que como profanar las tumbas de los Kaulitz, o intentar obtener la llave a través del asalto, no les dio resultado. Entonces la solución es volverse más confrontacionales, y ahora pretenden que Tom caiga en la trampa para obtener lo que desean. Y como el resto del mundo no conoce los documentos que tienes en tu poder Tom, es fácil hacer como si no existieran. Así que lo primero que hará mañana usted jovencito, es presentar todos los documentos en Bienes Nacionales y en el Municipio, además de contratar un buen abogado. Nosotros ahora pondremos los estantes como estaban, y aquí no ha pasado nada. Sólo Bill y nosotros sabemos la existencia de este tesoro. Y de aquí no saldrá ningún comentario.

—Luego podremos traer personal y peritos para acarrear todo lo que está en el sótano —señaló Anton.

—Por ahora tengo sueño, sólo quiero dormir, aunque lo sienta injusto, porque no sé dónde está Bill, o si está bien realmente. —Tom bufó —Pero si no duermo, no podré hacer mucho por él mañana. Quizás, después de todo, él sólo está feliz en algún hotel esperando un vuelo a Australia.

—Tom, yo creo que te equivocas… La aparic… —Tom, alterado, interrumpió a Alexa.

—¡No me importa lo que creas! ¡Tú no tienes nada que decir sobre nada, mucho menos de mí! —el de trenzas se puso frente a la chica que lo miraba sin perturbarse —¡En esto no tienes derecho a opinar!¡Nadie te pidió que vinieras!

—¡Hey Tom! No tienes derecho a tratarla así. Ella a ti no te ha hecho nada.

—Lo siento Andreas, pero esto me supera. Lo siento Alexa —se dio media vuelta, y esperó unos segundos a que Anton y Markus sacaran la repisa que aún estaba apoyada sobre la puerta. Apenas se pudo abrir, salió rumbo al segundo piso.

Se tendió en la cama, arrojando todos los documentos sobre el piso. Sollozó suavemente, sintiéndose sólo y estúpido. No era posible que se hubiera enamorado, sólo debió haber sido lo particular de la situación. Tal vez cuando regrese a su cómoda realidad en Frankfurt, se de cuenta que todo fue un espejismo y que lo que creyó sentir por Bill, no era más que una excitación pasajera provocada por la adrenalina, gatillada por las circunstancias extrañas y estresantes. Total, Bill se había ido, y por lo visto no fue difícil abandonarlo. —Maldito Bill —pensó.

Se quedó dormido, sin siquiera quitarse la ropa. El cansancio pudo más.

El resto del grupo se fue repartiendo por las habitaciones. Todos estaban estresados. Ya llevaban casi una semana de peripecias, y sus cuerpos simplemente estaban agotados, casi tanto como sus mentes. Habían dejado la biblioteca lo más parecida a cómo debía estar normalmente. Y decidieron repartirse las tareas que llevarían a cabo al día siguiente.

Por fortuna para todos, la noche estuvo tranquila. Y mientras el planeta giraba hasta dejar un cielo color plateado hacia el Este, señal obvia de que el amanecer se acercaba.

Tom abrió los ojos y se dio cuenta que ya no estaba en la mansión. El lugar era oscuro y húmedo. Se preguntó si había llegado a otro sótano de la mansión, pues al parecer también había descubierto que era sonámbulo además de gay. Se rió de sus tontos pensamientos, y caminó por el sombrío y lúgubre pasillo. Las murallas eran de concreto y por una de ellas se escurría un poco de agua, producto seguramente de alguna filtración. Cada ciertos metros había un foco empotrado en la pared, en el límite con el cielo de concreto liso y plomizo tal como las paredes.

A lo lejos se escuchó un carillón con un melodioso ding-dong-ding-dong-dong-dong, seguramente de la torre de alguna iglesia, o del Ayuntamiento. Se escuchaban los vehículos sobre su cabeza ¿Sería posible?
Caminó lentamente, aunque en su pecho latía un “date prisa”. Hasta distinguir en la semi penumbra una puerta metálica. No estaba cerrada completamente, alargó su mano, y sintió que por más que estiraba su brazo nunca alcanzaba la manija, y se angustió. Se concentró, hizo el esfuerzo, y sus dedos temblaron al contacto con el frío del metal. La abrió.

Adentro estaba todo en penumbras. El cuartucho no tenía ventanas y la poca luz que había era de una lamparilla que permanecía en un rincón, arriba en la pared se alcanzaba a ver un ducto de ventilación, y había una mesita, sobre la cual sólo se encontraba una botella a medio llenar con un líquido marrón claro. Un hombre permanecía sentado sobre una butaca con respaldo, durmiendo, con la cabeza colgando, con la boca abierta, mientras un hilillo de saliva escurría de su labio hasta su mentón. Roncaba con suavidad.

Tom dejó de prestarle atención al hombre, y se concentró en el entorno. A su derecha, a unos tres metros, había un colchón viejo, y sobre él un bulto oscuro. El de trenzas intentó ver de qué se trataba pero no alcanzaba a distinguir. Se acercó, con el corazón a mil, con su respiración entrecortada. Todo le dolía, su cuerpo, su mente, su alma, su corazón. Y sólo era capaz de pensar en una sola cosa —Bill —dijo apenas, con el cuerpo temblándole. Él estaba en posición fetal, encogido, en un rictus tenebroso. Su cuerpo delgado convertido en un ovillo inmóvil, como muerto.

Se acercó rápido, sigiloso, angustiado, lleno de temor. Vio con horror que sus manos estaban atadas, las cuerdas que las sujetaban parecían no estar tan apretadas pero en sus muñecas habían marcas de que en algún momento, esas cuerdas estuvieron enterradas en su piel. Las marcas rojizas y moradas eran señal del trauma, y viendo la posición incómoda y forzada de sus manos tras la espalda supuso el sufrimiento de su amado en todas esas horas. Ese pensamiento provocó un dolor punzante en su estómago —Bill —dijo nuevamente. El de la capucha subió su rostro cubierto, y con dificultad en su hablar, con la respiración rasposa respondió en un susurro.

—Tom, sácame de aquí, por favor —sollozó, y Tom lloró de igual forma al verle tan pequeño, tan expuesto y débil —Tom, por favor.

—¡Quién habla! —gritó el guardia. Y Tom se despertó. Estaba sudado, llorando. Debía hacer algo ya, debía hacerlo.

Recién amanecía pero eso no le iba a impedir una vez más buscar a Bill de algún modo. Lo primero era ir a su cabaña, y buscar pistas, intentar encontrar a alguien, a Dark, de quien nada sabía en los últimos dos días, o a Marie, esa mujer extraña que lo encontró en la casa de Bill. Pensaba en cómo llegar rápido hasta allá, no era corto el trecho, y no había mucho tiempo.

Apenas se vistió salió al patio de servicio, y encontró allí la bicicleta que tanto le había servido en ocasiones anteriores. La tomó, pero al instante notó algo extraño. Tenía una rueda desinflada, Tom la revisó, y descubrió la tremenda rajadura que tenía. Eso no era producto de un accidente, eso era intencionado —Aún intentan hacerme caer de mi montura. 150 años después, las cosas no han cambiado mucho —pensó. Puso sus manos en las caderas y resopló —scheisse —dijo bajito —piensa Tom, piensa. Y se quedó quieto, concentrado, buscando las alternativas. ¿A pie? Imposible, tendría que invertir mucho tiempo. Y de pronto recordó —el caballo de Bill —sabía que su pelinegro lo llamaba con un silbido característico, y de seguro andaba por ahí. Recordó no haberlo visto en la cabaña, y seguramente el animal ha de haber creído que su amo estaba en la mansión —nada se pierde con intentar —salió hacia los jardines y silbó tratando de imitar a su amado. Esperó y no sucedió nada. Una vez más y esperó… Nada. Un tercer silbido… Y escuchó el galopar del caballo. Tom se sintió feliz, por lo menos avanzaba en algo en su búsqueda, lo primero había sido resuelto, ahora faltaba el resto.

Sumido en sus pensamientos ni se enteró de cómo llegó a destino. Bajó de su montura, y se acercó a la puerta que esta vez estaba cerrada. Una corazonada le hizo retroceder e internarse en el bosque en una dirección conocida. A su mente vinieron los recuerdos de Bill en el agua, desnudo, después de hacerle el amor, las esferas luminosas flotando a su alrededor, y los ojos de su amado, su hermoso rostro… Todo ese paisaje de tantos verdes estaban impregnados de su imagen, de su esencia. Sintió el dolor y la tristeza subir a su garganta. Había sido tan estúpido, como siempre al momento de despedirse, sólo se le había ocurrido culpar a su amado, acusarlo de algo que al final no era culpa de ninguno de los dos, olvidaba que Bill era tan víctima como él de la crueldad y ambición de algunos. Sólo estaba dolido porque se quedaba solo, carente de la fuerza de su mago. Él ahora debía ser fuerte, él debía salvarlo, y demostrar que su amor era más constante que el odio y la maldad que les rodeaba. Su amor por Bill era imperecedero.

Llegó al claro, luego de cruzar el riachuelo, y vio a la mujer, con sus cabellos largos, sentada mientras recogía del suelo restos de velas. Ella no levantó su cara, no hizo ningún gesto, y siguió metiendo en una bolsa de tela las cosas que recogía.

—Deberías estar buscando a Bill —dijo escueta.

—Eso hago. —Tom se paró en frente de ella. Marie levantó su mirada y lentamente se puso de pie.

—Por lo menos ya has descubierto tu don.

—¿Don? ¿qué don?… —Marie no respondió, y siguió interesada en revisar lo que estaba dentro de la bolsa —oiga, debo encontrar a Bill.

—Entonces estás en el lugar equivocado —Tom bufó.

—¿Podría dejar de jugar a los misterios y decirme algo que me ayude a encontrarlo?

—¿No has tenido sueños, acaso?

—S-sí —Tom frunció el seño, ¿cómo sabía eso ella?

—Ahí está lo que necesitas saber, en tus sueños —la mujer se dio media vuelta y comenzó a marcharse.

—¡Marie, por favor! ¿Por qué no me ayuda?

—Anoche ya lo hice. Te protegí mientras estabas en el sótano…

—¡¿Cómo?!

—Alguien pretendía entrar. Llegar hasta ti, y decidí desdoblarme. Lamento si asusté a tus amigos. Pero debí fingir ser un espectro, un fantasma. Necesitaba llenar el espacio de mi energía sin que él la reconociera. Lo siento.

—¿Él? —la mujer no respondió y comenzaba a caminar, pero se detuvo en cuanto el de trenzas volvió a hablar —Así que como tu energía estaba ahí, el responsable de todas estas maquinaciones siniestras no pudo hacer nada. —Marie asintió —Te lo agradezco, pero ¿no te importa Bill, saber cómo está?

La mujer se acercó furibunda —¡Bill es casi mi hijo! ¡No tienes derecho a juzgarme! Yo he estado con él desde que Gordon lo crió como su sobrino. Su hermana lo había adoptado, pero luego ella murió, y Gordon lo cuidó y lo amó como si fuera su propio hijo, yo también…

—¿Bill es adoptado? —el de trenzas intentaba ordenar sus ideas y se dio cuenta de lo poco que sabían el uno del otro —adoptado —repitió en un susurro.

—Sigue tus instintos Tom. Él es parte de ti, de tus células. Así como tú eres parte de él. Sigue lo que tu intuición te dice. Tienes un don, úsalo. Usa la conexión que tienes con él.

—Quiero que me digas dónde puedo encontrar al hombre con el que habló Bill ayer.

—¡Es el Gran Maestre! ¡No puedes! —dijo mientras se marchaba.

—¡Sí puedo! —Tom comenzó a seguirla.

—¡No puedes ni debes!

—¡Me importa un comino!

—Bueno, como quieras, pero aquí no está. Busca a Bill. —la mujer avanzó hacia los árboles, perdiéndose entre ellos.

Tom regresó lo más rápido que pudo a la mansión. Aún era temprano y por eso mismo le sorprendió encontrarlos a todos ya levantados, desayunado y organizándose. Se arrellanó en una de las sillas, algo abatido y confundido.

—Okay ¿dónde debo ir? —a pesar de su actitud poco alegre, estaba determinado, y miró a Markus resuelto.

—Vamos a ir Anton , tú y yo a realizar las gestiones correspondientes. Ya contacté al abogado. Tú decides si lo aceptas —el de trenzas afirmó con su cabeza —y bueno, el departamento jurídico del Municipio también tiene ingerencia en todo esto. —Tom volvió a asentir mientras bebía su café caliente. Todo eso era necesario, vital, pero para el de trenzas todo perdía importancia y urgencia ante un solo pensamiento.

—¿Dónde estará Bill? Hoy lo vi en un sueño atado, atormentado. Vi que en su cabeza tenía una especie de cambucha o bolsa de tela, sus muñecas tenían marcas, heridas. Sentí que estaba en un subterráneo oscuro…

—¿Subterráneo? ¿sabes de dónde?.

—No señor Berg, no tengo idea, incluso pensé que podría ser aquí en la mansión, pero me pareció escuchar ruido de vehículos pasando por encima o cerca de lo que se supone era el techo.

—¿Será de la ciudad? Podríamos averiguar —respondió entusiasmado el castaño.

—¡Uff! Difícil. Debido a las guerras mundiales, lo normal es que casi todas las edificaciones y casas tengan sótanos. Podría ser cualquiera. Podría estar en otra ciudad o en Bad Reichenhall, ni siquiera acá en Bavaria. —Anton guardó silencio unos instantes —debes recordar los detalles, sonidos, aromas, no sé. Tu sueño es la única pista que tenemos.

—Tal vez deberíamos empezar en Schönau am Königsee.

—Pues para allá vamos primero, Tom. Luego es posible que tengamos que ir a la capital del estado de Bavaria, Bad Reichenhall.

Todos se quedaron callados, Tom bebió su café, pero éste raspaba su garganta, apretada de tanta tensión. Todo su cuerpo estaba tenso. La desesperación era tan grande que ni llorar podía.

Minutos más tarde iba conduciendo su Escalade rumbo a la pequeña ciudad junto al lago, a Schönau am Königsee. La ciudad, que para muchos no le alcanza para esa categoría, no tiene más de cinco mil habitantes, y en cierta forma todos se conocen. Eso era un punto a favor a la hora de averiguar algo, pero también significaba que por lo mismo, los secuestradores no se arriesgarían en un pueblo de esas dimensiones.

—¿Bad Reichenhall es más grande? —preguntó sin descuidar la carretera por donde conducía.

—Sí, bastante más ¿Cuántos habitantes tendrá Anton?

—Creo que no superan los veinte mil, pero por estos lados es considerada una gran ciudad.

—Comparada con las aldeas que la circundan, pues sí que es grande —ironizó el de trenzas. Su intuición le decía que no era ese el camino que lo llevaría a Bill.

Llegaron al municipio, y en recepción les recibieron, guiándolos desde allí hasta la oficina del Jefe del Departamento Jurídico.

Los dos hombres se presentaron y entregaron la documentación. Tom saludó al hombre detrás del escritorio con poco entusiasmo. Era rubio y colorado, parecía un hombre amable. Mientras Markus y Anton hacían el largo relato de cómo se habían descubierto uno a uno los documentos, Tom divagaba pensando en su sueño. Recorría mentalmente cada uno de los pasos dados por él en el oscuro subterráneo.

El abogado, les explicó que desde ahora deberían esperar con paciencia todos los trámites legales que vendrían, hasta poder inscribir la propiedad al nombre que correspondía. Que el avalúo, que abogados, que escrituras frente a un Juez que garantizara la validez de los traspasos, etc, etc. Tom escuchaba la mitad, su mente estaba lejos.

—Y bueno, ahora debemos ver los hombres que irán a sacar del sótano todas las pertenencias del señor Trümper —le sonrió el señor Schmidt al de trenzas, pero Tom sólo correspondió con una tímida sonrisa —¿Sería problema que se hiciera mañana?

—No, es perfecto así. Nos da tiempo para coordinarnos, y debemos resolver algo antes.

—Muy bien, Markus. Estaremos en contacto entonces. Yo comienzo inmediatamente a realizar las gestiones necesarias.

—Bien, hasta luego. —lo hombres se despidieron, y luego de un par de minutos salieron a las tranquilas calles de la pequeña ciudad. En ese momento el carillón de una pequeña torre marcaba las 10 de la mañana, pero su melodía no era como la que escuchó en su sueño.
—¿Existe otro carillón acá?

—No, Tom. ¿Por qué preguntas? —interrogó a su vez Anton.

—Porque en mi sueño escuché uno.

—¿Podría ser en Bad Reichenhall? —dudó el historiador.

&

En la mansión, los que se quedaron intentaban resolver sus propios conflictos y esclarecer sus dudas.

Alexa y Andreas caminaban por los alrededores de los jardines.

—Quiero que seas franca conmigo. Tú me gustas y mucho —la chica algo nerviosa, ponía un mechón de su cabello tras de su oreja, mientras hacía esfuerzos por escuchar sin mostrar ansiedad —y no quiero entusiasmarme contigo si luego tú… —Andreas no terminó la frase, se acobardó.

—Yo estoy aquí contigo porque quiero estarlo y contra la opinión de algunos de mis amigos. No me importa ¿sabes? —ella jugaba con la punta de su pie, haciendo dibujos en la arenisca, había cruzado las manos por detrás, apoyadas en sus glúteos —a mi me importas tú ¿Tú crees en el amor a primera vista? —Andreas levantó ligeramente sus hombros. No estaba seguro. Tenía las manos en los bolsillos de sus vaqueros, y cargaba su cuerpo en la pierna derecha mientras mantenía levantada la punta del otro pié con el talón en el suelo. Se balanceaba suavemente, intentando relajarse. La chica siguió algo confundida —yo sí creo… Yo me enamoré de ti en cuanto te vi, tan hermoso, con tus cabellos plateados, yo- yo siempre imaginé a alguien así… ¿estás enamorado de mí? —preguntó por fin de sopetón.

El rubio se paralizó por un instante, y respondió con semblante serio —No Alexa —y se quedaron en silencio. La Dama del Lago, sin cambiar de postura, bajó su cabeza totalmente sonrojada, sintiéndose estúpida. El rubio se dio cuenta que había lastimado a la chica —No me malentiendas, me gustas mucho, pero no más que eso… Lo- lo siento.

—No te preocupes, no tienes que sentirte culpable de algo que es involuntario. ¿Volvemos donde los chicos?

—Alexa… Yo…

—¡Vamos! —y la chica comenzó a caminar sin esperarlo. Andreas se quedó estático sin comprender del todo su reacción, pero luego corrió un poco para alcanzarla. Ella no volvió a hablar, él mencionó algo sobre los jardines, pero ella no escuchó, sólo se repetía mentalmente —estúpida, estúpida, estúpida.

Gustav y Georg permanecían abrazados sobre su cama. Gustav acariciaba los cabellos del castaño, mientras éste permanecía apoyado sobre el pecho de su novio. El castaño se sentía perdido a veces con la ambivalente atención que recibía de parte de Gustav, durante todas las horas que habían transcurrido desde que se habían decidido a formalizar su relación. En su mente imaginó que fuera distinto, pero las circunstancias eran extrañas, no las normales que se podrían esperar.

—Lamento no ser más demostrativo Georg.

—Yo no te culpo, estamos en un lugar extraño, con situaciones extrañas. Y yo soy un inseguro. Porque no es posible que nos hagamos novios y al día siguiente ya no quieras nada de mí, ¿verdad?

Gustav sonrió, tomó el mentón de su castaño, acercó su cara y lo besó suavemente —me conoces bien. Tengo un genio de los mil demonios, pero nunca mentiría sobre mis sentimientos. Yo te amo. Y este amor no nació en esta semana como si fuera de generación espontánea. Sabes que te amo desde hace mucho, más tiempo del que pudiera comprender.

De repente escucharon los pasos presurosos de Andreas por el pasillo. Tocó un par de veces. Georg caminaba cansinamente hacia la puerta.

—¿Qué pasa? —Andreas miró hacia atrás comprobando que nadie más estuviera en el pasillo.

—Creo que la cagué.

—¡¿Cómo?!

—Eso, que mi bocota estúpida habló de más o de menos, depende del punto de vista. —el castaño había regresado con cierta prisa al acogedor abrazo del de gafas. —y lo arruiné

—¿Puedes hablar más claramente por favor? —interrogó el de gafas.

Andreas se sentó en la cama de frente a sus amigos, fleccionando una pierna, y dejando caer la otra por el costado de la cama —Alexa me dijo que estaba enamorada de mí, que fue amor a primera vista. Y me preguntó si estaba enamorado de ella.

—¿Y? —el castaño hizo un gesto con la mano incentivando a su amigo a que siguiera con su relato.

—Yo le dije la verdad —Andreas jugaba con sus manos, nerviosamente, cruzando sus dedos —le dije que no.

—¿Y qué respondió? —el rubio miró al castaño subiéndose de hombros.

—Ella bajó su cabeza, yo creo que se sintió mal. Se sonrojó. Se veía tan dulce. Y me sentí tan imbécil, le pedí disculpas, le aseguré que ella me gusta mucho, pero…

—Vamos afróntalo —le invitó Georg.

—Pero creo que ella esperaba más.

—¿Y dónde está ella ahora? —quiso saber el de gafas.

—En el baño.

—Andreas, si tú has dicho la verdad, has sido sincero ¿de qué tienes miedo?

—De que ella no lo entienda, y crea que me aproveché de las circunstancias ¡y juro que no fue así! Y además —el rubio se cruzó de brazos —no sé en realidad lo que siento por ella, yo digo que me gusta mucho, pero en realidad no sé…

—¡Uff! Puede que te hayas apresurado al decirle las cosas así —el castaño se levantó deshaciendo el agradable contacto con su amado. Tomó a Andreas de los hombros y lo instó —anda a aclarar las cosas con ella. —Andreas sonrió y se paró. Caminó hacia la puerta, dudando un poco, luego ya decidido, salió de la habitación.

—Es lo que pasa cuando uno no sabe reconocer al amor.

—¡Ah Georg! Eres un romántico empedernido. —el castaño volvió a su posición original sobre el pecho de Gustav.

—No, sólo soy intuitivo.

—Intuitivo mis calcetines.

Andreas cruzó el pasillo hacia la habitación que ocupó con la chica. Al entrar descubrió el lugar vacío, golpeó la puerta del baño —¡Alexa! —nadie respondió, y se dio cuenta que la puerta no estaba totalmente cerrada. La empujó. No había nadie. Bajó rápidamente a la cocina, tampoco estaba allí, miró en el patio de servicio, luego los jardines. Buscó hasta en la biblioteca, luego se fue al área de servicio, al baño que estaba en el fondo. No estaba. Alexa se había ido.

Sintiéndose extrañamente derrotado y dolido, regresó a la habitación de sus amigos: quería desahogarse, la Dama del Lago se había ido, necesitaba contarle a alguien lo idiota que había sido, lo idiota que se sentía. Cuando llegó hasta ahí, no se molestó en llamar, y al abrir la puerta, vio a Georg sin ropa de la cintura para arriba, montado sobre Gustav, mientras éste, sentado, sosteniendo el cuerpo del castaño, le acariciaba su espalda y besaba su cuello. El rubio se paralizó en el umbral, y totalmente cortado sólo atinó a decir —luego hablamos.

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—¡¿Por qué le soltaste las amarras?!

—No se las solté, aún está atado.

—Pero no es esa la posición en la cual lo dejó el jefe. Se supone que debería estar con las manos arriba de su cabeza.

—Sus manos estaban algo moradas, y ya tenía heridas en las muñecas. ¡Hey se supone que estamos aquí para cuidarlo, no para maltratarlo!

—Tenerlo aquí contra su voluntad, atado, con esa cambucha sobre su cara , sin alimentación, ni agua, ni paseos al baño ya es suficiente maltrato. Así que tu discurso de lo humanitario que pretendes ser, queda en nada, cero. Llevémoslo al baño, supongo que podrá beber algo de agua. No quiero que se muera. ¿Sabes quién es?

—No, ni siquiera le he visto la cara. —El hombre corpulento se acercó a Bill, seguido por otro más delgado pero alto. Lo tomaron entre los dos. El mago trastabillaba totalmente desorientado. Sus ojos escondidos tras la tela se habían acostumbrado a la oscuridad y ya era capaz de distinguir por entre el tejido de la tela algunos contornos, que aunque amorfos, le daban algo de sentido a su entorno.

—¿Qué día es hoy? —preguntó entre jadeos.

—Viernes, 14 de Agosto del 2009. Y que eso sea todo lo que preguntes. —respondió el hombre corpulento.

Abrieron la puerta y caminaron hasta el fondo del pasillo, donde se encontraba un pequeño baño sin ventanas.

—¿Y cómo lo hacemos ahora? —preguntó el más delgado.

—¿Hacer de qué?

—¡Está atado, y necesita orinar! ¿Tú le vas a sostener la cosita mientras?

—¡Scheisse! No podemos desatarlo.

—No podemos desatarlo —lo remedó el delgado. —eso es obvio —observó a Bill que estaba medio apoyado en la pared, aún atontado con la sedación. Pensó en una solución, pero no se atrevía a comunicársela en voz alta a su compañero, porque el prisionero iba a escucharla. Entonces con señas, empezó a indicarle al corpulento que le soltaran las manos al pelinegro, pero sin sacarle la capucha, y luego le ataban las manos por delante para que pudiera orinar. El delgado mostraba la cambucha y le hacía señas de “no” con la mano, y luego él mostraba sus manos cruzadas por la espalda, y cambiaba sus manos cruzadas por delante haciendo la mímica de estar sujetándose el pene para orinar. La cara del corpulento era todo un poema, se sentía como en ese juego de “adivina la película”. Cada vez fruncía más el seño, y abría más su boca, mientras miraba a su compañero hacer esos gestos raros con su entrepiernas.

—¡¿Quéee?! —preguntó desconcertado el corpulento.

—¿Qué de qué? —respondió el otro, y en ese momento el cuerpo de Bill comenzó a resbalar por la pared hacia la izquierda, siendo alcanzado justo a tiempo por el delgado que lo agarró de su suéter —fíjate —puso a Bill lo más erguido posible y después le volvió a explicar con gestos.

Y esta vez la explicación fue acompañado por un sonoro —¡Ahhhhh! —del corpulento, dando a entender que por fin había comprendido. Entonces procedieron a desatarlo, para posteriormente cruzar sus manos por delante volviéndolas a atar. —Saquemos la cambucha para que vea, no sea que nos orine encima —el delgado obedeció y le soltó la cambucha y la melena oscura del pelinegro cayó libre por sus hombros. Aunque el rostro del pelinegro lucía demacrado con los labios resecos, aún así seguía siendo hermoso. —¿Por qué esta niña bonita vino a caer en esta situación?

—No sé, no tiene armas, es delgado, en fuerza física le gano incluso yo. No entiendo tantas precauciones. Si de acá es bastante difícil escapar. La puerta sólo es posible abrirla con la contraseña. Yo, a éste, no lo veo nada peligroso —dijo el delgado. Bill estaba apenas equilibrándose parado frente al sanitario y el pelinegro con su miembro al aire no era capaz de concentrarse en orinar —¡Hey, mea pronto! No tengo todo el día. —después de unos segundos el hombre pudo escuchar cómo caía la orina.

Al terminar Bill murmuró arrastrando las sílabas —Tengoooo seeed.

—Acércate al grifo y bebe. —Bill lentamente obedeció, bebió un buen rato y luego se secó con el dorso de la mano los restos de agua. El corpulento le puso la capucha una vez más. —Regresemos, ya fue suficiente.

&

Luego de un par de horas habían llegado a Bad Reichenhall. La pequeña capital a los pies de los Alpes, se veía luminosa y colorida a pesar de que unas amenazantes nubes colgaban del cielo y yacían sobre las cimas de las montañas. El entorno era hermoso, pero esto no le quitaba a Tom la asfixiante sensación de estar atrapado.

Se estacionaron cerca de un pintoresco parque, con una hermosa fuente al centro. Kurpark era un centro social, lugar donde los habitantes y visitantes de la ciudad suelen pasear, luego de recorrer los diferentes spas, la especialidad turística de la ciudad.

Markus encendió un cigarro, y ofreció otros a sus acompañantes. Aspiró un poco de humo dejando que sus pulmones se llenaran de él. Estaba algo perdido. En cierta forma se sentía responsable por lo sucedido, por el sufrimiento de los muchachos, por no prever el peligro que los acechaba. Y ahora estaban en la pequeña capital bávara y no tenía ni las más mínima idea de lo que debían hacer. ¿Acudir a la policía? Podría ser, pero ¿era de confiar? Y si confiaban en ella ¿qué dirían?, ¿que gracias al sueño del novio del desaparecido, sospechaban que éste estaba secuestrado en esa ciudad? Lo más seguro, es que les obligarían volver a Schönau am Königsee, y acudir a la policía de esa jurisdicción que era la que correspondía al lugar del supuesto rapto. Entonces, si no acudían a la policía ¿qué quedaba por hacer? No mucho, sólo arreglárselas por sí mismos.

—Quiero oír el carillón —dijo el de trenzas, interrumpiendo el pensamiento de los hombres.

—Okay, caminemos por la calle que está al sur del parque, hacia la derecha. El antiguo Ayuntamiento tiene un carillón —los tres hombres caminaron en la dirección que Markus señaló. Lo hicieron en silencio, dando bocanadas de humo de vez en cuando.

—Me parece que también existe uno en uno de los Antiguos Museos de la sal. —agregó Anton.

—¿Sal?

—Sí, Tom. Acá habían minas de sal. —y detuvieron su marcha, menos Tom que siguió caminando, y se dio la vuelta para mirar extrañado la repentina reacción de los hombres.

—¿Qué pasa?

—¡Las minas de sal! —exclamó Markus —¿por qué no lo pensamos antes?

—¡Ah! Somos unos imbéciles, Markus.

—¿Pero acaso no queda cerca de Salzburgo?—replicó el de trenzas.

—No, hay acá una antigua refinería de sal, que ahora es un hermoso museo. ¡Vamos! Si nos apuramos, alcanzamos a llegar antes de que cierren.

Los tres hombres se devolvieron al vehículo corriendo. Tom lanzó lejos su cigarrillo, y alcanzó la puerta del piloto. Mientras conducía, Anton y Markus lo guiaron hasta llegar a una especie de palacete construido en ladrillo rojo y piedra de tono gris claro. Tenía una entrada perfecta de gravilla gris también, y cuadrados de césped de un verde intenso. Por detrás, más allá del techo y la torreta, se distinguían las copas de los árboles aún verdes, negándose a darle credibilidad al otoño que permanecía al acecho. Algún edificio antiguo se dejaba ver por detrás de los árboles, desde ese sobrio y bello antejardín.

Al estacionar su todo terreno en una de las calles adyacentes, habían permitido que su llegada pasara desapercibida. Se acercaron y vieron que estaba cerrado por reparaciones.

—¡Qué coincidente el hecho de que este museo también esté en reparaciones en plena temporada alta! Yo nunca entendí el deseo del señor alcalde por hacer mantención en la mansión en la temporada de mayor afluencia de visitantes…

—Creo que estamos paranoicos Markus. Desconfiamos de todo.

Tom ignorando la conversación, los instó a actuar —Bien, qué hacemos ahora suponiendo que Bill esté aquí… —justo en ese instante el reloj marcó las 11 de la mañana, y luego de las campanadas, el carillón comenzó con su característico ding-dong-ding-dong-dong-dong —¡Es ese! —exclamó eufórico el de trenzas.

—¡Shhh! No armes escándalo, no queremos que nos vean. Aún podemos confundirnos con las pocas personas que hay —le hizo callar Anton. Efectivamente, algunos turistas, imposibilitados de ingresar al museo, se conformaban con sacar fotografías del frontis del palacete, y de sus jardines. —es hora de sacar el actor que llevamos dentro —el historiador señaló una camioneta estacionada a unos metros de ahí. Un hombre había sacado unas herramientas y unos trajes de seguridad quedaron a la vista. El hombre confiado, no había cerrado totalmente la puerta. Markus, medio agachado, se deslizó suavemente primero aparentando estar sacando fotografías, luego sin más disimulo se acercó al vehículo y sacó tres trajes de seguridad de un amarillo intenso.

—¿Nos pondremos eso? —se escandalizó Tom —te digo Anton que ese color no combina con el tono de mi piel. —el historiador rodó los ojos, mientras Tom reía resignado.

Markus llegó y pasó de largo —vamos a tu auto, debemos cambiarnos.

&

En el subterráneo, Bill había fingido a la perfección su estado de somnolencia, y luego al haber bebido suficiente agua, se sentía más animado. Nada más esperaba quedarse solo, mientras se hacía el dormido. Escuchaba cada palabra de los hombres intentando retener información importante. Su mayor temor era no saber si, aprovechando que él no estaba para proteger a Tom, le habían hecho algo a su amado. La rabia consigo mismo no se calmaba con nada —¡¿Cómo pude ser tan estúpido?! ¡Tan idiota! —pensaba.

Los hombres ajenos a esto relajadamente conversaban.

—Este enredo de túneles me vuelve loco ¿sabes? ¿No pudieron elegir un lugar más complicado para alguien como yo que tiene problemas de orientación? Si me pides que vaya hacia donde sale el sol, lo más probable es que termine en Escocia.

El corpulento se reía y movía la cabeza —Eres un fenómeno. Recuerda, debes salir por el túnel éste, ¿te ubicas?

—Sólo tengo problemas de orientación, no soy un retrasado —respondió algo cabreado el delgaducho.

—Entonces sigues más allá de la puerta del baño, llegas hasta el fondo y luego doblas a la derecha y apareces en un túnel breve que desemboca en uno más largo, luego dobla hacia la izquierda —mientras el fornido explicaba el trayecto, el delgado repetía en voz baja y dibujaba en el aire las diferentes direcciones que le indicaba el otro —Y verás dos túneles, pero sólo uno te sirve para salir ¿te has fijado en uno que es cortito y que dobla hacia una escalera?

—Sí, sí —dijo entusiasmado el delgado.

—Okay, bueno, por ese no. —el flaco rodó los ojos y se cruzó de brazos algo molesto.

—Entonces debo ir por el largo.

—Y luego llegarás a una nueva división, ahora sí que debes subir por la escalera larga, que te llevará a la puerta que tiene el cierre electrónico, la abres y llegas al salón de las ruedas gigantes.

—Sí, ahora recuerdo bien.

—Okay, me debo ir, llegará gente a reemplazarte dentro de dos horas.

El corpulento salió, y se escucharon alejarse sus pasos por el pasillo.

—Ha llegado mi hora del sueño —dijo bajito el guardia, acomodándose en su silla.

Bill esperó impaciente. Se escuchó a cierta distancia el cantarín sonido del carillón. Por las campanadas supuso que eran las 11, posiblemente de la mañana. Esperó unos momentos, y cuando la respiración del hombre se volvió más pausada con pequeños ronquidos, Bill se levantó y usando ambas manos atadas se quitó la capucha. Luego soltando lentamente el nudo con los dientes, terminó por liberar sus adoloridas manos. La adrenalina hizo que sus músculos se tensaran y su cuerpo ya estuvo dispuesto a la lucha.

Intentando recordar cada instrucción que el otro hombre le había dado a su vigilante, siguió a través de los túneles. Sus pies descalzos, se adherían al frío piso. Todavía se sentía mareado, y las paredes a veces hacían un extraño movimiento ondulante.

Ante sus ojos apareció la escalera larga, y supo que la puerta que lo conduciría a la libertad estaba cerca. Su respiración agitada no le permitía escuchar. Por un momento le pareció sentir ruidos que venían desde los túneles inferiores, tragó saliva. Incluso su corazón pareció detenerse a la expectativa de oír algún ruido sospechoso. Pero no se oyó nada.

Subió casi corriendo hasta llegar a un túnel más corto. Al fondo de éste, una puerta negra de hierro o plomo se interponía entre él y el siguiente salón. La puerta se veía maciza, pesada. —Inténtalo Bill —se dijo, mientras cerraba sus ojos y contenía en la palma de su mano toda la energía que pudo reunir. Se concentró en el tablero con números junto a la puerta negra, debía encontrar la clave. Extendió la palma de su mano sobre el tablero, esperando ansioso que cada dígito fuera conectándose al visor hasta completar una cifra determinada. Cada uno iba apareciendo hasta formarse una de seis dígitos, justo en ese momento un sordo clic sonó en la puerta. Bill asió la manija, la bajó y abrió lentamente, pero justo cuando iba a abrir totalmente unos pasos que venían del otro lado lo alertaron.

Algo asustado buscó la manera de ocultarse. No había nada, sólo otro túnel que estaba perpendicular al que se encontraba. Apuró sus pasos y se escondió casi en la orilla. Esta vez tendría que luchar. Era la única posibilidad. La sorpresa era su punto a favor. Unos pasos descendieron lentamente los dos peldaños que bajaban de la puerta. Bill sentía que su corazón latía como un loco. Una sensación de vértigo sacudió su estómago, pero al mismo tiempo era una extraña sensación de comodidad. Dejó de pensar en eso un instante, por ahora sólo debía concentrarse en dar un certero golpe en el rostro a su nuevo captor, el reemplazante del que dormía allá abajo.

Los pasos se acercaban sigilosamente. Lo más seguro es que al notar la compuerta abierta, el captor supiera que era obvio que algo no andaba en orden.

BUM, BUM ,BUM, BUM, latía su corazón. Ese que se acercaba, se estaba arrimando peligrosamente hacia su lado, y en cuanto sintió su presencia física, supo con certeza que la única solución era dar él mismo el primer golpe. Levantó su brazo, y con el codo le propinó un certero golpe en la frente. El individuo cayó estrepitosamente al suelo, y él se abalanzó sobre el de traje amarillo que permanecía inmóvil en el suelo. Pero sus ojos casi se salieron de sus órbitas apenas reconoció las facciones.

—¡Tom! —exclamó casi desfalleciente.

De pie en la escalera los otros dos hombres miraban atónitos y sólo pudieron gritar al unísono —¡Bill!

Continuará…

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