Waiting for you 22

CAPÍTULO 22

El día estaba radiante, el lugar no podía ser más perfecto. La playa se extendía infinita y dorada. El mar parecía tan calmo, tan azul, con miles de destellos debido al impacto de millones de rayos de sol sobre el agua, rebotando luego y llegando de golpe a los ojos de Tom, que los entrecerraba para no encandilarse. Cerró sus ojos por un instante para concentrarse en la placentera sensación que le dejaba la suave brisa marina, y el sentir la calidez del sol sobre su rostro. Luego esa calidez fue opacada por la tibia sensación de una mano envolviendo la suya. Sonrió con los ojos cerrados, abrió levemente sus labios y en un susurro dijo —Bill, bésame —sintió el aliento de su amado cerca de su boca. Los labios del pelinegro, suaves y tibios, eran la misma expresión del paraíso. Sin timidez, penetró suavemente con su lengua la boca que tanto anhelaba. El beso ardoroso se hizo intenso, pero no por eso menos dulce, menos romántico. Disfrutó del íntimo contacto sin abrir los ojos, sólo quería escuchar el mar, sentir la brisa, el calor del sol, el olor de la piel de Bill y sus besos.

—Estoy muerto… —dijo la voz de Anton —este chico es delgado, pero no es peso pluma.

—Creo que quedamos con calambres en los brazos y me duele la zona lumbar —Tom pudo reconocer la voz de Markus. No era posible que también estuvieran en la playa.

—Cómo odio mis sueños a veces —pensó el de trenzas —Era tan perfecto, es tan perfecto —siguió pensando, mientras los labios de Bill dejaban pequeños besos húmedos en su boca. No quería abrir sus ojos, se sentía tan bien al lado de su amado Bill, y si los abría su presencia se esfumaría, y volvería a la cruel realidad de no saber dónde se encontraba su pelinegro. Jamás había tenido un sueño tan largo antes. En su sueño había hablado con Marie, luego había ido junto a Markus y a Anton a las dos ciudades ansiando escuchar el carillón, la única pista para encontrar a Bill. Demasiado extenso, demasiado detalles… De verdad un sueño extraño. Pero era mejor pensarlo como eso y no como la triste realidad que había experimentado.

No, no quería esa realidad, prefería este sueño donde los besos de Bill no cesaban.

—¡Vamos Bill! Deja de besar a Tom y preocúpate de que ese chico vuelva en sí —era la voz de Markus otra vez. ¿Quién debía volver en sí? Sinceramente Tom no estaba entendiendo nada y sólo quería disfrutar de Bill. Sentía su cuerpo pegado al suyo, y quería más. Atrapó la boca de su amado y asió con fuerzas sus caderas, apegándolo más todavía a su cuerpo.

—Yo creo que ya volvió en sí —replicó Anton con picardía y riéndose —Ya es hora de irnos, de todas maneras Tom necesita ver un médico. Ese golpe, que le diste Bill en su cabeza, no estuvo nada suave. Y ahora pretendes librarte de tus culpas con besos, y tú también necesitas ver médico, deja de besarlo ya y bebe el chocolate caliente —Anton rió una vez más y Tom comenzó a unir las ideas. Golpe, golpe, culpa, beso, beso, Bill. De pronto la brisa del mar cesó y vino a su memoria el frío de una sala amplia de triple altura con una especie de aros gigantes y oscuros, que no le permitían entender de qué manera se relacionaban esas estructuras con la refinación de la sal. Luego un pasillo frío, una puerta oscura entreabierta. Sus pies bajando la breve escalera para luego avanzar apegado a la derecha del pasillo, después de eso, negro, negro… Su frente dolía, su cabeza dolía, y a pesar de estar ahora consciente de sus malestares, los besos de Bill no cesaban, ¡entonces los besos eran reales!. Abrió sus ojos sorprendido y sólo pudo ver los hermosos párpados de su amado, sus cejas perfectas, su cabello oscuro cayendo sobre su frente. Separó su boca provocando un pequeño y sonoro chasquido.

—¡Bill! —Bill vio a sus ojos, sonriendo apenas. Se veía demacrado, y aunque sus ojos estaban enmarcados con sendas ojeras, su mirada estaba llena de amor. Sentía el amoroso tacto de los dedos de Bill sobre su frente, sobre sus párpados —Bill, no hay nada que te quite la belleza —Tom lo abrazó, hundiendo su rostro en el cuello de su amado, llenándose de su aroma. Volviendo a sentirse pleno, y feliz —No sé vivir sin ti. Ya no. No vuelvas a dejarme solo.

Bill, que no había hablado en absoluto, dejando sus pocas energías para darle amor a Tom, abrió sus labios en una esplendorosa sonrisa —No iba a dejarte, no te he dejado. Tampoco puedo vivir sin ti. Yo vivo por ti. —ambos jóvenes iban en el asiento trasero del Cadillac. Bill casi sobre Tom.

—¡Ejem! —carraspeó Anton —recuerden que acá vamos menores de edad. No den esos espectáculos chicos. ¿No pueden esperar hasta llegar a Liz Garten?

—Primero vamos al médico —cortó Markus.

—Okay —respondió sin ánimo el mago, sintiendo el cansancio luego del esfuerzo que hizo por escapar. El costado izquierdo de su pecho dolía, lo más probable es que tuviera alguna costilla rota. Tom acarició su cabello, besando su frente, y por primera vez él hizo descansar la cabeza de Bill sobre su pecho. Y se quedaron dormidos.

Markus había decidido llevarlos a un médico que era su amigo, y alguien en quien podían confiar. El camino de regreso a Schönau am Königsee, fue tranquilo, sintiendo la calma que daba el haber encontrado a Bill, y además con toda la tramitación de la propiedad andando. El día había sido perfecto hasta ese momento.

Anton había llamado a la mansión, dándoles tranquilidad a los jóvenes, aunque Andreas no sonó particularmente feliz.

El vaso de chocolate caliente colocado en la bandeja comenzaba a enfriarse, mientras los dos jóvenes se sumían en un apacible sueño. Sólo se sentían en calma y completos cuando estaban juntos.

Al llegar al hermoso pueblo junto al lago, Bill tuvo que ser ayudado para bajarse del vehículo. La radiografía mostraba una costilla rota.

—Pero más me preocupa su deshidratación, señor Koening. Así que guardará reposo por un momento y le pondremos suero para que se recupere. —dijo el médico.

Mientras Bill recibía el vital líquido por sus venas, el médico le hacía pequeñas pruebas a Tom para comprobar su equilibrio y motricidad.

—Sólo tiene una pequeña conmoción. ¿Siente nauseas? —el de trenzas negó con la cabeza —entonces llegará a casa y se va a acostar, si siente deseos de vomitar me llama inmediatamente, porque eso sería síntoma de un trauma más complicado —Tom asintió.—el señor Koening deberá llevar un vendaje alrededor de las costillas, eso también le ayudará a respirar, además deberá asistir a fisioterapia, para recuperar la movilidad del brazo y el hombro izquierdo, además de que eso evitará que sufra de neumonía —le extendió una receta con lo medicamentos para la inflamación y el dolor —y luego de que terminemos con lo del suero, pondremos el vendaje y de paso aprende a hacerlo usted mismo ¿Quién desea aprender para que le ayude al señor Koening?

—Yo —respondió seguro el de trenzas.

—¿Es su hermano?

—¿Hermano? Mi nombre es Tom Trümper.

—¡Oh sí! Lo siento. Me confundí por el parecido que tienen ambos. —Tom alzó una ceja, y miró a Bill sonriendo burlesco, pero Bill bajó la mirada y cerró los ojos.

—¿Estás bien Bill? —el pelinegro abrió sus ojos y le sonrió a Tom esta vez.

—Sí cariño. Estoy bien.

Luego de un par de horas, ya estaban listos para volver a “casa”.

Durante el regreso, Bill permaneció entre la vigilia y la somnolencia, así que apenas llegaron a la mansión fue llevado hasta la habitación que Tom ocupara la noche anterior. El de trenzas lo ayudo haciendo que Bill cargara su peso sobre el hombro de Tom, pasando su brazo menos adolorido por detrás del cuello del de trenzas.

Una vez en la cama, el pelinegro se sumió en un profundo sueño. Tom se recostó a su lado y cerró sus ojos, esperando que su dolor de cabeza pasara pronto.

Mientras tanto, Andreas se había rendido, y ya no buscaba a Alexa por los alrededores. Se conveció que ella se había marchado y recién entonces descubría que no sabía nada de ella, nada de dónde vivía, de los lugares que frecuentaba, ningún teléfono al cual llamar. No tenía nada. Sólo la débil esperanza de que regresaría.

—¿Cuándo dejaré de ser un boca floja, y un inoportuno y desubicado egoísta?

—Andreas, esos son tus talentos naturales. Nadie lo hace mejor que tú —rió Georg.

—Gracias amigo por tu consuelo.

—Más bien deberías aprovechar esta instancia para entender tus sentimientos en vez de culparte.

—¿Entender qué?

—¿Te asusta la idea de que esa chica no vuelva?

—Andreas dejó su mirada detenida en el suelo, y luego de unos segundos, respondió con un gesto sombrío —Sí, tengo miedo de que no regrese.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué?, ¿qué pregunta es esa?

—Una que deberías hacerte —Andreas iba a responder molesto, pero luego su expresión pasó del enojo a la melancolía.

—Porque la extraño, porque me parece la mujer más peculiar y fascinante que haya conocido —guardó silencio un instante, sin embargo Georg supo que no había terminado —extraño el olor de su cabello, su suave piel, sus ojos de gata que cuando me miran me hipnotizan… ¡Hey! —se interrumpió —¡se supone que la conozco de hace … Nada! ¡no puede provocar estas emociones en mí!… No es justo.

—Obviamente ya pudo, ya lo sientes. Ahora dale un nombre a esas emociones.

—Me niego, porque además si pretendes decirme que estoy medio enamorado ¿de qué me sirve si ella no vuelve?

El castaño se subió de hombros —porque el amor no existe para servirle a alguien, y tampoco depende de si la persona amada está cerca o lejos. El amor sólo llega y ya está. No hay nada más que hacer.

—¡Georg! —llamó desde el patio el de gafas.

—¡Voy!

—Oye ¿cómo que amor? Yo no estoy enamorado, ni siquiera un poco —pero el castaño ya había salido de la cocina —yo no estoy enamorado —repitió el rubio en un susurro.

La tarde ya avanzaba. Tom bajó a la cocina y regresaba a la habitación con una bandeja con sendos platos con ensaladas, arroz, hamburguesas vegetarianas, dos vasos con jugo de naranja, y dos porciones de ensalada de fruta como postre. Puso la bandeja sobre la mesa que estaba junto a la ventana. Se sentó en la cama, cerca de la cabecera, y contempló el rostro sereno de su amado aún dormido.

Recorrió con la yema de sus dedos las cejas y las sienes del pelinegro. Éste suspiró para luego volver a la respiración pausada, señal de que estaba lejos de despertar por sí mismo.

—Amor despierta —dijo el de trenzas, acercando sus labios a los del bello durmiente, depositando besos suaves… Nada. Bill seguía absolutamente dormido —no me queda más remedio que sacrificarme —acto seguido volvió a besarlo, pero esta vez abrió su boca, y metió su lengua, provocando la reacción instintiva de Bill, que en medio de su sueño intentó separarse, pero cuando su mente recordó de quién eran los labios que lo besaban, salió de las profundidades de su adormecimiento para corresponder gustoso, y su lengua entró con facilidad a la de Tom. Con un brazo rodeó el cuello del de trenzas, y puso su mano en la nuca para que el beso fuese más penetrante. Luego de unos instantes, se separaron —Bill, debes comer —ayudó al pelinegro sentarse, y luego depositó la bandeja en sus piernas. —¿Te sientes mejor?

El pelinegro asintió —¿y tú? Lo siento. No fue mi intención lastimarte.

—Ya lo sé, tonto. Seguro pensaste que yo era uno de tus secuestradores.

—No me refiero sólo al golpe.

—Oh —Tom acomodó sus piernas algo nervioso.

—Siempre olvido ser más explícito contigo. Debí decirte todo de una forma diferente. Debí decirte que yo me sentía igual de frustrado. Que la sola idea de irme lejos y dejarte me estaba matando, pero no lo hice. Siempre te hago sufrir de una manera u otra.

—Y yo debería confiar más en ti. Si lo ves bajo cierta perspectiva, mi falta es más grave que la tuya.

—Tom —el pelinegro dejó el tenedor a un costado de la bandeja. Hizo un ligero movimiento buscando acomodarse, y un gesto de dolor se dibujó en su cara, luego con su brazo derecho que estaba menos adolorido, comenzó a jugar con el tenedor, demostrando cierto nerviosismo. Tom lo miraba impaciente, hasta había dejado de masticar, medio paralizado —nunca me has dicho qué piensas so… — dejó de hablar dibujando en su mirada algo que Tom pensó por un momento que era miedo.

—Dime, ¿pasa algo? —Bill negó y bajó su mirada.

—No es nada importante.

Tom se quedó meditando el asunto, intentando saber qué era aquello que perturbaba a su amado.

—Sólo tenía una duda, pero no es importante —sonrió Bill melancólicamente. Tom sintió deseos de llorar, de pronto el miedo flotaba en el aire y él se lo había tragado todo. Pero simuló no entender nada.

—Toma tus medicinas, ya es hora.

—Me harán dormir, los analgésicos dan sueño.

—Tu cuerpo necesita dormir para recuperarse. Descansa, llevo la bandeja a la cocina y ya vengo.

Cuando Tom salió de la habitación, una lágrima rodó por la mejilla de Bill. Y otra salía del corazón de Tom.

Con rostro alegre Markus recibió al de trenzas en la cocina.

—Mi amigo del Departamento Jurídico me llamó hace unos instantes. Ya está listo el personal que vendrá a ver el tesoro encontrado en el sótano, y todo lo que necesitan para sacarlos de allí… Emm también está listo el asunto de las bóvedas donde se guardará todo.

—Qué bien, un problema menos. Ahora falta que Bill se recupere, el lunes irá a fisioterapia…

—No, no. Eso también está resuelto. Mañana viene un kinesiólogo, y le harán la evaluación aquí. Primero deben ver si está en condiciones de comenzar, no sacan nada con hacerlo sufrir.

—¿Usted confía en la persona que vendrá? No olvide que mañana estaremos algo expuestos.

—Para serte sincero, no confío en nadie. Pero es mejor así, a salir de aquí y exponer a Bill más todavía —Markus negó con la cabeza —es innecesario por ahora…

En el umbral de la puerta apareció la familiar figura de Marie. Su larga melena caía en cascada que caía por sus hombros y pecho. Su semblante era serio. Tom adivinó a qué venía.

—Veo que le interesa saber de su estado.

—Sabes bien que sí —respondió la mujer.

—Markus, ella es de fiar, o eso creo. Viene a ver a Bill —el hombre asintió.

—No la pierdas de vista.

—No lo haré.

Markus miró a los ojos de Marie en una clara señal de advertencia. La mujer le respondió la mirada de manera serena, queriendo convencerlo de que con ella no era la guerra.

Al llegar Marie a la habitación, se le iluminó su rostro al verle. Se acercó sin mediar palabra y con suavidad abrazó al pelinegro —hijo, estuve tan angustiada. —Bill respondió emocionado al abrazo de la mujer que más se había asemejado a una madre.

—Tom, estoy bien. Déjame a solas con ella, por favor —Tom asintió, sintiéndose extrañamente desplazado. Salió de la habitación con un presentimiento. Aunque siendo sincero consigo mismo, era algo que venía percibiendo hacía ya varias horas, no era nuevo, ni había surgido al ver allí a Marie. Era algo más que un simple suceso, o seguidilla de sucesos lo que lo mantenía intranquilo. Era algo más profundo e inquietante, algo que palpitaba en su vientre, como una garra que apretaba sus entrañas. Ahora esperaba dormir en una horas y obtener pistas a través de sus sueños. Mientras tanto, preferiría tener el poder del oído biónico para poder escuchar la conversación que ellos dos tenían al otro lado de la puerta.

Algo parecido a la rabia comenzaba a carcomerle los sentidos. Hacía nada, sólo unos minutos que Bill le había dicho que debería confiar más en él, y ahí estaba siendo apartado, negándole un espacio dentro de una intimidad a la cual no tenía derecho, como si fuera un simple invitado a una fiesta, no un invitado vip precisamente, siendo obligado a permanecer en los salones calurosos, poco ventilados y abarrotados de gente rara, mientras su amado permanecía siendo atendido en salones de lujo, con camarero privado e invitados igualmente privilegiados. No pudo evitar sentirse utilizado, como si él fuera bueno sólo para cuando su amado necesitaba de breves servicios de compañía. Movió su cabeza intentando apartar los horrorosos pensamientos, obligándose a creer que estaba siendo monstruosamente injusto con Bill. Y sin embargo, se seguía sintiendo como si fuera uno de los NO privilegiados —otra vez estoy desconfiando de él —se reprochó el de trenzas.

En la escalera Tom se encontró con el semblante preocupado de Andreas.

—Parece que tampoco andamos muy alegres —dijo sardónico el rubio.

—Por lo menos yo encontré a quien estaba buscando.

—No seas pesado Tomi. Yo estoy preocupado. Ya han pasado muchas horas sin saber de Alexa.

—Vamos a fumarnos un cigarro —el rubio se devolvió sobre sus pasos, feliz de poder compartir con su amigo. Cruzaron por la cocina buscando cerrillos para encender los cigarros, encontrando a los ahora novios, abrazados, semi sentados en la mesa —vamos afuera a fumar y chismear un poco, lo necesitamos —y siguieron a Tom y a Andreas. Por fin los cuatro juntos, sin que hubiese alguien más.

Intentaron durante algunos minutos volver a sus triviales conversaciones, tan frecuentes en ellos antes de llegar a Liz Garten, pero sin poder evitarlo, al cabo de tentativas infructuosas volvieron a aquellos pensamientos que los mantenían intranquilos.

—Esta noche se cumple una semana de que llegamos a esta casa. Una semana de que conozco a Bill.

—Y presiento que no habrá celebración ¿o no? —Tom miró a Georg con resignación.

—¿Celebración? Así como está Bill, me conformaré con un buenas noches —el rostro serio de Andreas preocupaba al de trenzas —Dinos Andreas, reconoce lo que te pasa.

—Bah, como si eso fuera a cambiar las cosas. Ya se me va a pasar —se subió de hombros, haciendo un gesto de desdén —total hay mujeres de sobra en el mundo, no me voy a morir por una. —sus amigos ríen levemente —y yo no desentono para nada, ninguno está de ánimo para fiestas.

—¿No sienten como si hubiesen pasado más tiempo que una semana? Yo he sentido que cada día dura una semana.

—Sí Gustav. Es más, siento que hemos envejecido.

—Tú estarás más viejo Georg, de hecho lo eres. Ya tienes 22 años. Nosotros aún somos unos bebés —le replicó el de gafas haciendo pucheros.

En ese momento vieron salir a la mujer de la mansión. Se detuvo un segundo y miró fijamente a Tom. Los cuatro jóvenes tragaron saliva, una extraña sensación invadió el cuerpo de Tom. Seguía sintiendo que algo no estaba bien.

Georg fue la voz del grupo —Ella me da escalofríos. Como si ocultara algo.

—Lo mismo siento —dijo pensativo el de trenzas —y si oculta algo, no es nada bueno. No he podido deshacerme de una corazonada. Sólo espero que sean mis neuras, nada más. —observaron como la mujer se marchaba, se subía a su caballo, para luego perderse en el bosque. —Iré a ver a Bill.

Los metros que separaban a ambos jóvenes, pesaban en el corazón y el cuerpo de Tom. Cada paso era un suplicio, y lo que más perturbaba al de trenzas, era que no sabía comprender a qué se debía aquello, no tenía mayores teorías. Sin embargo, no podía negar que esa garra que apretaba sus entrañas seguía allí haciéndole sufrir. Pero no le diría nada a su pelinegro. Esta vez disimularía, porque por primera vez Tom sentía que Bill le ocultaba algo más que simples técnicas de la Magia Ceremonial o cuestiones de su Orden. Esto era más inquietante, y más trascendental.

Cuando llegó a la habitación, abrió la puerta dibujando su mejor sonrisa. Bill abrió sus ojos y le sonrió de igual forma. Definitivamente algo no andaba bien. Se recostó a su lado, permitiendo que su pelinegro regresara al mundo de los sueños, mientras él le miraba dormir, tratando de leer su mente, queriendo adivinar eso que mantenía a Bill lejos de él más allá de sus dolencias físicas.

Esa noche, durante la cena Tom volvió a hablar sobre sus preocupaciones.

—Hijo, Bill fue torturado. No esperes que esté normal. No le pidas tanto. Sigue siendo sólo un chico. —Tom asintió a las tranquilizadoras palabras de Anton. Tenía razón. Y decidió no torturarse a su vez con ideas que no tenían asidero. Su pelinegro estaba enfermo por culpa de unos insanos mentales, y cualquiera estaría peor que él.

Luego de cenar, cada uno fue hasta su habitación. Durante la tarde habían trasladado una cama pequeña a la de Tom para que éste durmiera sin tener que molestar el descanso que Bill necesitaba para evitar los dolores propios de su fractura. El mago dormía plácidamente en la cama amplia y cómoda. Tom dormiría en la más angosta. Y vigilaría el sueño de su amado. Se sentía feliz de hacerlo.

—Bill, amor. Buenas noches —dijo besando suavemente sus labios. Bill no se movió, su respiración era serena y sus párpados permanecieron cerrados.

Tom se acostó en su cama, sin poder evitar volver a sus cavilaciones que le estaban torturando. Deseó dormir con todas sus fuerzas y olvidar, pues su cabeza dolía tratando de adivinar lo que podría estar sucediendo. Cerró sus ojos y se dejó llevar al mundo onírico.

De pronto escuchó las voces, una de ellas era una voz ronca, la otra más clara, que le recordó a la del vigilante del sueño anterior. Era extraña esta sensación de estar inmerso en un sueño, sabiendo que lo era. El lugar ya no estaba tan oscuro y pudo distinguir la tenue luz que se filtraba por la puerta entreabierta. Reconocía el túnel que ya había visto, era el lugar del secuestro. Sabía que era algo que había sucedido durante la captura de Bill, también supo que si estaba ahí, era trascendental, así que puso atención a todos los detalles. Miró hacia adentro, se veía la espalda de un hombre alto, pero nada más. Acercó su oído.

—Como sea, este chico estúpido se atreve a creer que nos vencerá. Es mucho dinero para darnos por vencido. —dijo la voz ronca.

—Jefe, ¿pedirán rescate mañana?

—No, ese no es el plan, y no es algo que te incumba a ti. ¿Cierto Bill? ¿Ahora cómo lo harás para dejar a tu lindo noviecito sin romperle el corazón? ¿Cómo lo harás para seguirle negando la verdad, maldito pervertido? Porque si no se lo dices tú, se lo diré yo, y de la peor manera. Deja solo a Tom Trümper, aléjate de su lado, ya no lo puedes defender. Le romperás el corazón, pero por lo menos no sabrá la verdad, que es peor.

Se despertó.

El corazón desbocado casi se le salió del pecho, se sentó en la cama intentando calmarse. El día ya despuntaba y este sueño le confirmaba sus peores sospechas. Más tarde intentaría disimular, pero por ahora dejaba que las lágrimas cayeran libres por su cara. ¿Bill iba a dejarlo? ¿cómo era posible que aquella verdad pudiera ser más dolorosa que vivir lejos de Bill? Ahora entendía la distante melancolía de su amado. Seguramente llevaba horas luchando con sus pensamientos, tal y como él mismo lo había hecho y seguiría haciéndolo durante el día.

Esta vez Tom no salió en busca de nadie, porque nadie más le daría respuestas, sabía perfectamente que Bill terminaría confesando aquello que le mortificaba tanto. Sólo era cosa de esperar y no morir en el intento.

Se levantó más temprano que los demás y salió a fumar a los jardines. Estaba consciente que en los últimos días se había vuelto en un hábito frecuente, más de lo que era antes de llegar a la mansión. Fumar le quitaba por unos instantes la ansiedad. Luego de unos minutos Anton salió a hacerle compañía.

—¿Estás nervioso?

—Sí, y el cigarro me calma sólo un poco. Hoy será un día de locos.

—Igual que ayer.

—Igual que antes de ayer —rieron.

—Ya parecen siglos.

—Cierto. Es hora del desayuno.

Tom subió minutos más tarde con otra bandeja, con una par de tazas con leche caliente y tostadas. Al abrir la puerta se sorprendió de ver a Bill ya despierto, mirando hacia la ventana.

—Esto es incómodo ¿sabes? —dijo a modo de saludo.

—¿Cómo estás amor?

—Mejor, más descansado. Sólo duele la costilla rota —y el corazón, pensó.

—¿Compartimos el desayuno?

—De acuerdo. —pero luego cesaron las palabras y un doloroso silencio se apoderó de la habitación. Tom trataba de aclarar su mente para decir algo coherente y que alejara el mutismo que embargaba a Bill. Sin embargo, no encontraba nada neutral para amenizar el desayuno.

—¿Me vas a decir qué te pasa?

—¿A mí?

—No Bill, le hablo a la almohada.

—No me pasa nada, sólo estoy adolorido.

—Es más que eso y lo sabes.

—¡No es nada!

—Ayer…

—¡No es nada!

—¡Ayer me dijiste que debías ser más explícito conmigo! Y ahora estás actuando todo lo contrario, y yo… Y yo estoy angustiado…

—Tom siempre te quejas de todo.

—¡¿Yo me quejo?!

—Con esa actitud tuya no lograrás nada —el de trenzas se quedó paralizado por las palabras de Bill, de cómo éste se alteraba por nada, de cómo le esquivaba la mirada. Así no era Bill.

—Bill mírame —dijo, aparentando estar más tranquilo —dime que no tienes nada que decirme.

—Estoy cansado, eso es todo.

—Bien ¿no vas a desayunar más? —Bill negó con su cabeza. El de trenzas tomó la bandeja conteniendo las lágrimas. Salió de la habitación sintiéndose derrotado. Cuando llegó a la cocina lanzó la bandeja sobre la mesa. Y luego se sentó a llorar.

Georg llegó a su lado, se sentó y pasó un brazo por su espalda.

—Si no quieres contarme nada, no lo hagas, pero yo estoy aquí para lo que necesites —los demás comenzaron a llegar y angustiados por el llanto de Tom se reunieron en torno a la mesa.

Tom alzó su rostro y se secó las lágrimas, intentando reprimir los sollozos —anoche —dijo entre hipos —más bien, esta mañana tuve un sueño —alguien le pasó un pañuelo y se limpió los ojos y la nariz —soñé que estaba otra vez en el lugar donde tuvieron secuestrado a Bill. La puerta estaba entreabierta, nada más un poco, pude mirar hacia adentro, había un hombre alto, vi su espalda… —se volvió a limpiar la naríz —pero escuché dos voces, y le decían a Bill que si no me dejaba, yo me enteraría de una terrible verdad, que me haría sufrir más que su abandono. Que nunca fue intención de esos hombres pedir rescate. Ellos buscaban otra cosa.

—¿Qué pretendían? —preguntó Markus.

—No lo sé… No sé. Hoy en el desayuno intenté presionar a Bill, para que me dijera algo, está tan silencioso. Tan distante. Se enojó, no quiere decirme nada y yo… Y yo… —Tom se puso a llorar otra vez —yo tengo este presentimiento. Él me va a dejar, por protegerme, en vez de confiar en mí. Se rendirá, eso siento, y si lo hace me dejará vacío. Yo pensé que sus promesas valían más que la vida misma, y no es así. Y aquí estoy ahora, convertido en un marica llorón… Y absolutamente enamorado.

—Tom, pequeño, eres tan joven —le consoló Markus —ahora te parece el mundo entero tu amor por Bill, pero podrás salir adelante, le olvidarás. Todos tenemos un amor juvenil que dejamos atrás, aunque en aquellos días creemos que nos moriríamos de amor.

—¡Vaya consuelo! —refutó el rubio.

—El tiempo lo cura todo. —sentenció Anton —ahora lo importante es lo que pretenden esos hombres, y poder saber quiénes son, quién los dirige. Anda Tom, lávate la carita, y que Bill no te vea así.

El de trenzas asintió, se dirigió al baño de servicio, y se puso compresas heladas para bajar la hinchazón de los ojos. Anton tenía razón, no pensaba mostrarle a Bill lo débil que se sentía. Unos golpes en la puerta le alertaron.

—¡Tom! Llegaron los tipos de la municipalidad, vienen a ver el sótano. Debemos estar todos.

—Okay, ya voy.

Todos estaban en la biblioteca, todos excepto Bill, que estaba aún en su dormitorio. Decidieron que Anton, Markus y Tom bajarían junto con los peritos a revisar todo el contenido de los sótanos, para luego subirlo hasta la biblioteca. Varios camiones blindados esperaban afuera. Sería un largo día de trabajo.

Las horas pasaban rápidamente, luego del incidente del desayuno, Tom no regresó a la habitación con Bill, y la excusa de estar pendiente de sus millonarias pertenencias, le venía como anillo al dedo. Bill se resintió con esta soledad con la cual fue castigado, pero su condición física no le permitía mayores desplazamientos, sino sólo las dolorosas travesías al baño. Respirar era doloroso, recostarse era doloroso, levantarse lo era también, y pensar en Tom aumentaba su sufrimiento. Decidió levantarse, qué más daba, estar en cama era peor.

Bajó lentamente y llegó al hall, donde vio el continuo ir y venir de los hombres cargando cosas, subiéndolos a los camiones con custodia municipal. Vio a Tom salir con cosas, entrar luego con las manos vacías y volver a salir momentos después con otra caja. No lo miró ni una sola vez. Uno de los hombres se dirigió a él con cierta confianza, cotejaban una lista o algo por el estilo. Bill se dirigió hacia ellos, pero Tom seguía concentrado revisando la lista con el hombre. Lo estaba ignorando, sus ojos marrones estaban esquivos y Bill supo que se lo merecía. Para suerte suya, el hombre se dirigió hacia los camiones, y Tom hizo amago de ir hacia la biblioteca.

—¡Hey! —lo detuvo con su voz anhelante el pelinegro —estás muy ocupado por lo que veo.

—Y tú te has levantado, olvidando el reposo que debes guardar —Bill sonrió lastimeramente, sintiéndose como un imbécil, después de haberse comportado con Tom como lo hizo —Vuelve a la cama. —el de trenzas regresó a la biblioteca con el corazón en la mano, pero no se iba a doblegar. Que si Bill pensaba dejarlo, lo hiciera ya, si es que tenía los huevos para hacerlo. El pelinegro se quedó con la sonrisa congelada, convirtiéndose en una mueca. Tragó saliva, había comenzado su calvario. Regresó con su orgullo herido a la habitación.

Tom mientras cotejaba aún que todo fuera en orden, y que nada se quedara en el camino.

—Señor Trümper —Tom totalmente concentrado no escuchó que le llamaban —señor Trümper —dijo nuevamente la voz mientras una mano le tocaba el hombro. Entonces el de trenzas se giró para ver a aquel que le hablaba. Era un joven alto, tanto como él, de unos 20 años o más, pero no mucho más, de unos grandes ojos verdes enmarcados por espesas pestañas, lucía una piel bronceada, seguramente fruto de sus recientes vacaciones, con un cabello levemente ondulado, corto, castaño con mechones que caían hacia la frente, su nariz bien perfilada y algo respingona coronaban unos labios carnosos, su rostro tenía un mentón firme, muy masculino. Era apuesto. No, era hermoso. —mi nombre es Steffan Wassenne, el kinesiólogo que viene a ver a… —miró una agenda —a Bill Koening.

—Lo que me faltaba.

—¿Perdón?

—Em no, está en su habitación, creo. Lo llevo hasta allá —un kinesiólogo apuesto, era lo que le faltaba para hacer de su día más desagradable. Pensar que Bill estaría con ese bombón días tras día no le hacía feliz.

Cuando llegaron al dormitorio, Bill estaba recostado sobre su cama, leyendo algo. —Bill, él es kinesiólogo, Steffan…

—Steffan Wassenne —terminó el joven, con una amplia sonrisa. Bill le correspondió —lo vengo a evaluar para saber si podemos empezar con el tratamiento de luces por lo menos.

—Claro —respondió animoso el mago. —Tom estaré bien, puedes retirarte. Tú estás muy ocupado hoy, no necesitas perder el tiempo conmigo —dijo con una sonrisa falsa. Tom sintió que sus entrañas hervían. Eran celos, sí, celos. Esta historia iba de mal en peor.

Steffan, le miró con una sonrisa, y Tom lo odió.

Una vez abajo, Tom gastó varios minutos paseándose como león enjaulado. Necesitaba una excusa para subir, quería ver. Si esto hubiese sucedido unos tres días atrás, pues él estaría junto a Bill, vigilando cada movimiento.

—¿Sucede algo? —preguntó Andreas, quien venía con Georg.

—Pues que llegó el kinesiólogo, y Bill no quiere que lo acompañe.

—Pues es mejor así, tú tienes que estar aquí para supervisar que todo vaya en orden.

—Sí pero, pero… —y el de trenzas volvió con su paseíto, mirando insistentemente hacia la escalera.

—¿Qué Tom? Me pones nervioso —reclamó el castaño.

Tom se detuvo y suspiró —es que es muy guapo el tipo ese, parece modelo —y sus amigos rompieron a carcajadas —no le veo la gracia.

—Estás celoso —reía Georg.

—Sí, a ver si te ríes igual cuando Gustav lo conozca —y a Georg se le congeló la sonrisa. —necesito una excusa para volver allá.

—Tom, necesitamos el testamento —le interrumpió Markus. El de trenzas sonrió, acababa de surgir la excusa perfecta.

—Lo tengo allá arriba, en el dormitorio, ya vengo. —y subió como un rayo.

Al llegar frente a la puerta golpeó, pero sin esperar respuesta abrió. Al parecer la revisión ya había concluido, Bill iba camino del baño —el lunes traeré la maquinaria e instrumental para hacerle todo el tratamiento acá mismo —le señaló el joven —según sé por el Señor Frank, usted pagará el tratamiento completo.

—Sí, eso está claro.

—¿Usted es familiar del señor Koening? —le preguntó el chico, mientras anotaba algo en una libreta.

—No, soy su novio, o eso creo.

—Ah, de acuerdo, lo siento, es que Bill no me dijo que usted fuera el novio —sonrió Steffan. Tom tomó un bolso café.

—Permiso, necesito llevar esto. —dijo Tom, reprimiendo su instinto asesino.

—Sí por supuesto, yo ya voy bajando también.

Tom salió de la habitación, y Bill hacía lo mismo del baño.

—Ya quedó todo arreglado con tu novio, Bill. No me contaste que tenías uno.

—No lo creí importante.

—Sí claro, es algo personal. Nos vemos el lunes. Cuídate. Y realiza los ejercicios que te enseñé, pero no más que eso. —de pronto Tom volvía a entrar a la habitación, alcanzando a escuchar las últimas indicaciones.

—¿Eso quiere decir que nada de sexo? —preguntó Tom, muy relajado. Mientras Bill abría su boca por la sorpresa, ruborizándose por primera vez frente a Tom —¿o acaso una que otra mamada es inofensiva?

—¡Tom! —exclamó el pelinegro, esperando que la tierra se lo tragara.

El joven castaño balbuceó cortado absolutamente —ahm, em. —luego se rió nervioso para finalmente decir —sólo que su tórax permanezca lo más quieto posible… Em.. Eso.

—Okay —remató el de trenzas, recogió algo más de la mesita de noche y salió sin mirar a ninguno de los jóvenes.

Una vez en el hall, Tom no dejaba de mirar la escalera, esperando que el niño bonito bajara. Se concentró luego en los datos que el curador del Ayuntamiento anotaba en su cuadernillo. Quitó su vista de las notas que el hombre registraba porque sintió en la nuca esa sensación típica de cuando se es observado. Buscó con la mirada la fuente de esa sensación, y descubrió los ojos felinos que le miraban.

—Señor Trümper, el vendaje de Bill quedó listo.

—Gracias señor Wassenne, pero agradecería mucho más si se demorase otro poquito en hablar y llamara a mi novio, señor Koening. —Tom estaba tan ofuscado que no reparó en la presencia del pelinegro.

—En realidad, yo nunca le he pedido a Tom que sea mi novio oficialmente —Tom sintió que el mundo se congelaba a su alrededor y sólo la mirada de lástima que se dibujó en los ojos gatunos del kinesiólogo que eran los únicos que parecían tener vida en ese momento —a mi no me molesta que me trates de Bill, a secas, Steffan —el joven de ojos verdes sonrió satisfecho, y luego hizo un leve ademán de despedida, y se marchó.

Tom , mientras, no podía salir de su estupor. Bill dejó una mirada al de trenzas que éste interpretó como de desdén, se dio media vuelta y desapareció por la puerta que daba a la zona de servicio. Tom lo siguió.

En la cocina alcanzó al mago —¿me puedes decir qué te ocurre? Creo que merezco una explicación. —el de trenzas sentía el miedo corroerle el alma, su corazón agónico quería huir de su cuerpo. Presentía el peligro.

—Sí, la mereces —la mano de Bill jugaba a dibujar extrañas figuras sobre la superficie de la mesa —creo que es mejor que dejemos nuestra relación hasta aquí —imperceptiblemente sus dedos temblaron, aunque sus ojos permanecieron impávidos, fríos, distantes. Su voz sonaba ausente. Tom sintió que sus entrañas eran esparcidas por el suelo, un escalofrío subió por sus piernas hasta alojarse en su pecho, congelando sus palpitaciones. De pronto, todo estaba en silencio. El mundo se había detenido, el tiempo ya no existía.

El de trenzas abrió y cerró sus labios repetidas veces, intentando decir algo, pero su cuerdas vocales se habían paralizado junto con el resto de su ser. Sólo su mente pudo gritar, dejando que el silencio ganara —no hables Bill —pero su propia boca era la que seguía muda. Y a pesar de su intento, el mago seguía ajeno a la silente súplica de su amado, y continuó.

—Es mejor que sigamos siendo amigos, y no quiero que insistas en saber las razones, sólo te diré que ha sido una semana maravillosa dentro de todas las vicisitudes vividas, pero… no se volverá a repetir.

—No sigas Bill —susurró Tom en un hilo de voz. Bill sumergido en su propio calvario, no escuchó.

—Tampoco habrá una segunda oportunidad, lo que vivimos quedará en el recuerdo si te place, pero sólo será eso… Además tus escenas de celos ya me estaban cansando. Me estaba sintiendo ahogado con tu actitud —Bill miraba a un punto indeterminado, y Tom dejaba que sus lágrimas cayeran por sus mejillas. Extrañamente, no sollozaba, y cuando habló, su voz sonó serena.

—Yo sé que lo que me dices no es verdad, yo sé que has sido obligado por algún motivo poderoso a dejarme. Esta mañana me besabas… Me besaste —dijo en un susurro.

—Tom ¿de dónde has sacado la idea de que me han obligado a terminar esta relación que teníamos? Y los besos, bueno, me gustan tus besos, no puedo negarlo.

—Yo sé que te obligaron, lo soñé, ¡yo lo vi en mi sueño! Tú me amas…

—Tomi, Tomi. No todo lo que sueñas es real. Eso no sucedió, no fui obligado a nada. Tú mismo me reprochaste que no éramos novios ¿recuerdas? Nuestra relación ha sido muy informal, por llamarlo de alguna manera. Yo… Estaba confundido, yo no te amo.

—Por favor, amor no me dejes —las palabras querían salir, cruzar el espacio y anidarse en el corazón helado de Bill, pero Tom no dijo nada, los ruegos seguían viviendo sólo en la atribulada mente del de trenzas..

—Y bueno, se acabó, así de simple. —Bill tragó saliva, su garganta estaba seca, sentía temblarle las piernas, quería detenerse, pero ya se había lanzado al vacío, su cuerpo ya iba en caída libre, y sólo esperaba poder estrellarse al final para morir. —De hecho, este momento que estamos viviendo ahora es una exageración, teniendo en cuenta lo breve de nuestra historia, y lo superficial en cuanto a compromisos. Lo siento, si dejé que imaginaras más de lo que era en realidad. Y ahora disculpa, necesito ir a descansar. Yo ocuparé otra habitación. No es conveniente, ni sano para ti que nos quedemos en el mismo dormitorio. Permiso. —dijo Bill, y se devolvió por el pasillo hacia alguna parte de la mansión. El pelinegro no sentía sus propios pasos, no sentía su cuerpo. Era un muerto en vida, era más bien un vivo en medio de la muerte. Por el pasillo, invisible a los ojos de cualquiera, iban quedando las marcas de la sangre que su corazón derramaba, agonizante, pero sin el consuelo de la muerte para alcanzar el alivio. Su cuerpo se movía por inercia.

Tom se quedó convertido en una estatua. Era tal su dolor que ya no sentía, se había adormecido. De pronto sus lágrimas cesaron, y su sufrimiento se quedó aprisionado en su cuerpo, sin escapatoria, inmovilizando sus emociones, y dejando en su pecho un gran vacío, en vez del corazón que el pelinegro se había llevado, enredado entre sus dedos temblorosos. Contrario a lo que cualquiera pudiera sospechar, Tom regresó a su faena de vigilar que todo fuera en orden en el almacenamiento en los camiones blindados. Partiría luego con Markus y Anton, junto a la carga preciosa, para ver cómo eran depositado en unas bóvedas ya reservadas. Una parte de él que aún palpitaba, era lo que lo hacía moverse y aparentar que estaba vivo.

Al momento de salir de la mansión, el mago lo vio marcharse, sintiendo el desgarro doloroso de la mutilación que le significaba apartar de esa manera a su amado Tom. Se había auto-mutilado, y ahora era la mitad del Bill que todos conocían. Lloró por fin, muriendo sin morir, hundiéndose poco a poco en un infierno personal, al cual debía condenarse por decisión propia.

El resto del día siguió envuelto en una rara melancolía. Andreas vagaba por los alrededores esperando que de entre los árboles surgiera la seductora fisonomía de la Dama del Lago. Tom, después de regresar de la pequeña ciudad, subía y bajaba las escaleras guardando documentos, cotejando otros, aparentando tranquilidad, mientras la tormenta en su corazón destruía todo a su paso, dejando sólo ruinas. Bill se había enclaustrado en su nueva habitación, aunque durante algunos momentos en la cena se había atrevido a bajar y compartir con los demás, fingiendo una normalidad que nadie sentía. Para todos, el día se había transformado en un suceso extraño, coronándolo una noche húmeda. La tenue lluvia no sorprendió a nadie, parecía hasta obvio. Los ánimos se habían contagiado de esa nostalgia por algo querido, sin llegar a definirse qué era aquello. Sólo los sufrientes tenían claro cuál era la causa. Tom ignoraba a Bill, como si allí no estuviera, Bill lo miraba a veces, intentando no hacerlo, reprochándose cada vez que lo hacía, odiándose porque su sangre hervía al sentir el aroma de Tom, al escuchar su voz, al verle caminar, al contemplar su hermoso perfil, lo amaba. Por un momento, por un segundo, quiso retractarse y decirle que había mentido, que se moría de sólo pensar en que no lo besaría otra vez, pero de la misma manera que Tom guardó sus ruegos para sí, Bill ocultó su agonía. Mientras, igual que hacía una semana, el viento había comenzado a golpear las ventanas y a rugir por entre las copas de los árboles. El sector techado del patio de servicio permitió a los fumadores guarecerse mientras desahogaban la adicción con un cigarrillo. La noche había llegado, pero no la Dama del Lago, ni el arrepentimiento de Bill. Y aunque el mago estaba allí, para Tom no lo estaba. Todos los demás ya se habían dado cuenta del drástico cambio de los noviecitos, sin embargo ninguno sospechaba que fuera algo más que una simple pelea que luego pasaría con una cuota de pasión. Andreas estaba alerta a cualquier ruido que escuchaba, pero siempre era el viento y las hojas de los árboles, nunca era ella con su perfecta belleza. Demasiada soledad flotaba en el aire lluvioso, los únicos que parecían ignorarlo eran Gustav y Georg, que en medio de la supuestamente amena conversación, ellos eran el oasis de romance y dulzura, acariciándose y besándose sin cesar.

—Ese amor de ustedes es un insulto para algunos de nosotros —reprendió el rubio —deberían tener consideración —Bill bajó la mirada ante las palabras de Andreas. Tom hizo como si no hubiese escuchado nada. Hacía ya varias horas que el de trenzas no dejaba que sus pupilas se clavaran en la estilizada figura de su amado, a diferencia de Bill, que no podía frenar sus ojos de irse hacia su amado. Pero Tom no se daba por aludido. Sería una larga noche.

Una vez en su cuarto, Tom pudo al fin llorar. La lluvia golpeaba incesante los cristales, y no podía evitar comparar esa noche con aquella, cuando conoció a Bill. Secretamente esperaba sentir abrirse su puerta y ver los ojos brillantes de Bill desdibujarse en las sombras. Imaginaba que le diría que lo amaba, que sólo se había comportado como un idiota, y luego le haría el amor, hasta hastiarse . Dos cuartos más allá, el pelinegro buscaba alguna solución a sus problemas, que se resumían a sólo una palabra… Tom.

Pero las soluciones no llegaron.

Tom esperaba soñar y poder entender a Bill… No soñó.

La noche transcurrió extraña entre el viento y la lluvia. Y por primera vez, al de trenzas le pareció una ironía, ahora que Bill le había despreciado.

Con la lluvia y el viento Bill llegó a su vida, con la lluvia y el viento, una semana más tarde se alejaba.

Como si fuera una burla, el sol despuntaba en todo su esplendor tras las montañas alpinas. Tom se asomó al balcón. Miles de gotitas de lluvia se mostraban orgullosas entre el césped, las hojas y el follaje de las plantas y los árboles. Parecían danzar al compás de la suave brisa. El olor a tierra húmeda flotaba en el aire. Cualquiera diría “tras la tormenta llega la calma”, pero a Tom le parecía un insulto, porque a pesar de que todo brillaba y resplandecía a su alrededor, nunca un paisaje le pareció más sombrío. Tom estaba triste hasta la médula de los huesos. Una tristeza que traspasaba los límites de su humanidad tangible y visible. Ésta llegaba hasta los límites del Universo, creando constelaciones oscuras que se cernían sobre el planeta para hacer de su día algo más opresivo aún.

En la aplastante quietud, un elemento produjo el quiebre en el entorno. Algo que no debería aparecer allí. Sacó a Tom de su retrospección, y lo obligó a ponerse alerta.

Un mercedes negro.

Apareció de repente por el camino entre los abetos.. Tom sorprendido, se preguntó sobre la real seguridad que prestaba el imponente portón electrónico.

Expectante, Tom esperó a que se detuviera. Y lo hizo justo debajo de su balcón. Era tan temprano, todos dormían, supuestamente, y llegaba alguien, un desconocido, a una propiedad que aparentemente no ingresaba cualquiera. Demasiado extraño como para no alarmarse.

La puerta trasera del vehículo se abrió. Bajó un hombre vestido con un abrigo negro, llevaba puestos guantes en el mismo tono, y gafas para el sol.

—Señor Trümper, debemos hablar de negocios. Le invito a hacerme compañía.

Tom reconoció esa voz, y eso era motivo suficiente para aceptar su invitación. La voz ronca de su último sueño era la de ese hombre que lo miraba desde abajo. Entonces no dudó.

—De acuerdo. Espere un segundo que me visto más apropiadamente y salgo.

Llevar trenzas tan apegadas a su cuero cabelludo era una ventaja a la hora de arreglarse, pues no necesitaba hacerles nada a la hora de levantarse. Una barba incipiente le hacía una leve sombra en el rostro, pero ahora no tenía tiempo para aquello. Vistió sus ropas acostumbradas, sus pantalones anchos con camisetas holgadas. La pinta de un rapero que él no era, pero así le gustaba, así se vestía. Puso un pañuelo blanco sobre su cabeza y bajó.

La puerta abierta del mercedes le invitaba a subir.

—¿Cómo entró a la mansión?, ¿cómo pudo abrir el portón?

—¡Vaya! Estás tomando muy en serio tu rol de nuevo propietario. Todo un prodigio a tus 22 años.

—Veinte —le replicó el chico. El hombre hizo un gesto de desdén quitándole importancia al dato. —usted me dijo que quería hablar de negocios —agregó el de trenzas.

—Pero no aquí —dándole una orden con la mano a su chofer de avanzar. Recorrieron el camino por los abetos hacia la salida. Cuando al cabo de unos minutos, llegaron al portón, con estupor Tom observó cómo el hombre extendía su mano, y el mecanismo del engañosamente seguro portón se activó, abriéndolo sin problemas.

—¡Eres un mago! —exclamó atónito el de trenzas. Lo observó cuidadosamente, mientras el hombre sonreía satisfecho —tú estuviste hablando con Bill, el día que desapareció. ¡Tú eres el Gran Maestre!
—¡Eres un mago! —exclamó atónito el de trenzas. Lo observó cuidadosamente, mientras el hombre sonreía satisfecho —tú estuviste hablando con Bill, el día que desapareció. ¡Tú eres el Gran Maestre!

—¡Buen observador!

Y luego con el semblante más duro, Tom agregó señalándolo —¡y tú eras el que estaba con Bill en el lugar de su cautiverio! —el hombre frunció el seño, y su boca se abrió por la sorpresa —y le dijiste algo sobre un secreto que yo no debo saber.

—¿Bill te lo dijo?

—No. Lo soñé —el hombre observó detenidamente al joven.

—¿Siempre tienes ese tipo de sueños

—Desde que llegué aquí, lo hago casi todas las noches. Y no son sueños, son visiones.

—No debería sorprenderme.

—¿Por qué secuestraste a Bill?, ¿por qué lo has hecho sufrir? —el hombre no respondió —¿Qué clase persona eres tú?

—Dije que habláramos de negocios. Y eso es lo que haremos. —el hombre giró levemente su cuerpo hacia Tom. Quería mirarlo de frente —¿tienes idea de cuántos millones de Euros vale el tesoro que encontraste en el sótano de la mansión? —Tom negó con su cabeza —los suficientes como para que tú y tus descendientes, por tres generaciones, vivan sin trabajar un solo día, durante toda su vida.

—¡Así que todo se resume a dinero! ¡Qué poco vales tú! —el hombre seguía impávido —¿Cómo sabes algo que el curador de Bienes Nacionales aún no sabe? Demorará varios días en tener los resultados del valor monetario actual del tesoro.

—Lo sé… Lo sabemos por otros documentos guardados por dos asistentes de los Kaulitz.

—Los enemigos en las sombras ¿Por qué no eres honesto por una vez y me dices aquello que Bill no quiere confesar?

—Aunque me consideres un hombre torcido, ruin y corrupto, soy ante todo un hombre de negocios. Y cumpliré con mi parte del trato. El cumplió con la suya, y el mundo está en orden y en paz.

—¡Qué cómoda y mezquina es tu posición! Y a mí que me parta un rayo. ¡Hagamos leña del estúpido Tom Trümper!

—Te puedo asegurar que es lo mejor que te podría pasar. No abras la caja de pandora. Si lo haces, después aunque llores y clames para que alguien la cierre, nadie podrá ayudarte —el hombre acercó su rostro al de Tom —quédate así, en la ignorancia. Por lo menos, no te matará. Te pido la fortuna, me la cedes con todos los documentos en regla, y te juro que no volverás a saber de mí.

—De Bill tampoco. Y me quedaré sin nada, y no estoy hablando del tesoro, sin el cual he podido vivir, sin problemas, por veinte años, y podré hacerlo por otros veinte más. No me hace falta. Si lo quiero conservar es porque Bill y Tom Kaulitz dieron su vida por Liz Garten. Por lo que representaba para ellos.

El hombre movió su cabeza —eres un sentimental.

—No es tu problema… Mi respuesta es no. Puedes asesinarme ahora mismo si quieres. Ya no me importa, pero no cederé.

—Se suponía que estar sin Bill te haría más débil y susceptible.

—Y esa inteligente conclusión ¿de quién es? —el hombre hizo una mueca de molestia —si Bill lo pensó, es porque en realidad no me conoce nada, y eso me entristece más todavía. Sin embargo, aunque Bill Koening no me ame como yo creí que lo hacía, sí sé con absoluta seguridad que Bill Kaulitz me amó más que a su vida, y eso es suficiente para cumplir con mi promesa.

—Niño tonto. Deja de engañarte con tus ideas locas. Han sido sólo estúpidos cuentos que Bill te contó para seducirte.

—Bill Koening no me ha dicho nada al respecto. Lo que sé, es por mis propios medios. —el vehículo se detuvo —por lo visto no me vas a asesinar. Seguramente no te conviene. Y tomaré ventaja de ello.

—¿Acaso crees que ensuciaría mi auto con tu sangre? No soy estúpido —y el hombre le guiñó el ojo, sonriendo con sorna. Tom sintió miedo, pero disimuló.

Bajó del vehículo. Lo vio marcharse por la autopista. Tom se quedó en la berma, en un lugar que no conocía. Era hora de hacer uso de su pulgar. Alguien se apiadaría y lo llevaría de vuelta a “su hogar”.

Luego de unos eternos quince minutos, un pequeño auto deportivo japonés se detenía para llevarlo, corrió los metros que lo separaban del vehículo, se acercó a la ventanilla y unos ojos verdes, gatunos, risueños le miraron desde adentro.

—¡Señor Trümper! ¡¿qué hace aquí, en medio de la carretera, tan temprano?! —el kinesiólogo no podía dejar de sonreír medio sarcástico.

—¡Estoy cagado! —se lamentó Tom para sus adentros.

Continuará…

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