Waiting for you 23

CAPÍTULO 23

¿Sería que había pisado caca de perro? Dicen que eso trae mala suerte, pero otros han dicho que por el contrario, da mucha suerte. Si daba buena suerte, entonces era imposible, porque en el amor su suerte era menos cero. ¿Sería que fue meado por un gato?, eso también caía en la categoría de fatalidades y de que la persona meada sufriera calamidad tras calamidad, tal cual le ocurría a él. Seguramente fue lo último, aunque no había visto gato alguno rondando por ninguna parte, nada más, aparte los ojos gatunos del kinesiólogo, que mientras conducía no dejaban de mirarle, ni cesaba de hablarle, como si de un paseo se tratase. Por otro lado, Tom no recordaba haber pisado pupu de perro en la última semana, su calzado se lo habría comunicado con el agradable aroma que hubiese despedido. Como fuera, por la razón que fuera, ahí estaba, en el asiento del copiloto, escuchando, pero no oyendo nada. Lo único que sentía era rabia, de sólo recordar a Bill dejándolo en ridículo ante Steff, de cómo el chico lindo sonreía burlón ante la terrible declaración del pelinegro. Recordaba los minutos que el kinesiólogo estuvo a solas con su amado, mientras él era enviado al exilio en el hall, fuera de la habitación que ocupaban ambos hasta ese momento. Desde que esos hermosos ojos verdes habían aparecido todo había andado peor que nunca. Su lindo amor le había dicho que todo terminaba, que nada había sido real. Y ahora sólo era capaz de sentir celos, sí, muchos celos. Rabia, rabia, rabia, maldito niño lindo —pensaba al mirar al castañito de ojos verdes.

De pronto, se abalanzó sobre él, sus manos se cerraron sobre el cuello de Steffan, enterrando sus dedos y uñas en la piel y músculos, mientras sus ojos verdes y hermosos se desorbitaban por el esfuerzo inútil de obtener aire, Tom seguía estrangulándole. Toda la rabia contenida hacia alguien que resultaba el indicado para desquitarse, el vehículo comenzó a zigzaguear, y sin remedio alguno, se precipitaba a toda velocidad hacia un muro de contención… —muere, muere, maldito —pensaba, mientras le arrancaba la vida y la suya seguramente estaba a punto de acabar en aquel muro.

—¿No lo cree así señor Trümper? —Tom pestañeó varias veces seguidas, miró hacia el frente y ahí estaba la autopista, por un momento no entendió nada, luego con cierto pesar, se dio cuenta que todo había sido fruto de su imaginación, Steffan seguía conduciendo sin problemas, aunque sus deseos de apretarle el cuello siguieran intactos.

—Ajam —dijo a modo de respuesta, porque no tenía ni la más mínima idea de lo que ese joven estaba hablando.

Luego de eso, el castañito sólo callaba para tomar aire y seguir hablando. Tom sólo pensaba que seguramente estaba pagando algunos pecados, porque de otro modo no entendía tanto castigo.

—¿Seguro que no desea que lo vaya a dejar adentro? En vehículo no parece mucho, pero a pie es otra cosa.

—No Steffan, estaré bien, me hará mejor aún caminar. Déjame aquí. Gracias por traerme.

—De acuerdo —dijo el joven algo desilusionado. Tom se plantó frente al portón y llamó por el citófono Un sorprendido Markus le abrió el portón desde la mansión. Una vez abierto, pasó hacia la propiedad, caminando cansinamente. Luego de unos pasos, recordó que no había escuchado el motor del vehículo alejarse. Se giró levemente, y se sorprendió de ver el deportivo todavía estacionado donde mismo, de ver la figura de Steffan pendiente de él. Tom frunció el seño, y sin poder evitarlo le hizo un suave gesto de despedida. Y sólo ahí el joven se marchó. —qué raro —se dijo.

En la mansión, todos estaban en la cocina desayunando. Sintió la mirada ansiosa de Bill, pero pasó de sus ojos. Aunque se le fuera la vida en ello, no le iba a mirar. Ya era suficiente humillación tenerle cerca como si nada. Pero no pudo quedarse al margen del interrogatorio de sus amigos.

—¿De dónde vienes?

—No sabría decirlo, Georg.

—¿Cómo que no? No te hagas el interesante.

Tom sonrió por fin —yo soy interesante sin tener que esforzarme.

—¡Ya dinos! —exigió el rubio.

—Más tarde, ahora tengo hambre.

—Por la pantalla del monitor, pude ver el vehículo deportivo que te trajo, ¿de quién era? —se unió al interrogatorio Markus.

El de trenzas suspiró con una tenue sonrisa —nadie importante —dijo, y no mentía, según su punto de vista.

Bill, escuchaba cada palabra, y en silencio se desesperaba por saber, hubiera querido colmarlo de preguntas, pero debía asumir su papel de indiferente y distante ex amante. Pero la verdad era que en su pecho, una daga se había clavado desde que al levantarse se había dado cuenta que Tom no estaba en la mansión. Un miedo visceral de no verlo nunca más se había alojado en sus entrañas, el momentáneo alivio de verlo allí otra vez, no evitaba que ahora el ácido ardiente de los celos le carcomiera la poca paciencia que le quedaba. ¿Quién le trajo?, ¿y por qué no decía nada? Seguramente Tom no quería que lo escuchara, y recordar que fue él quién lo apartó, no ayudaba a sentirse mejor. Sintió su garganta escocer, igual que sus ojos. Era el llanto que exigía ser liberado. Más ahora que se daba cuenta que ni siquiera podría conformarse con su amistad. Había sido un tonto al pensar que Tom, luego del horrendo desprecio, podría comportarse con él como si ser amigos resultara de lo más natural. La verdad era que ninguno de los dos sabrían ser amigos. En resumen, Bill se debía conformar con verlo y escuchar su voz, nada más. ¿Pero por cuánto tiempo?, ¿cuántas horas o días quedaban para que Tom se alejara de todo aquello y ya no pudiera verlo nunca más?. Aprovechando la coyuntura de que no estaba en buenas condiciones físicas, se disculpó y se retiró a su habitación. En realidad, Bill ya no aguantaba las ganas de llorar. Una vez allá, y después de llorar un rato, se dio cuenta que lo único que quería era estar cerca de su amado, tanto como le fuera posible.

Salió de su habitación, y por impulso, sus ojos observaron la puerta de la recámara de Tom. Estaba entreabierta. Se acercó sigiloso, nervioso y temeroso de ser descubierto. No se veía a nadie en los alrededores de la cama, y el sonido típico de la ducha, le explicó el por qué Tom no estaba visible. Guiado por el deseo incontenible de ver a su amor, Bill entró, y sin dudarlo, se acercó a la puerta del baño, también entreabierta. El vapor del agua caliente, nublaba algo la visión , pero no lo suficiente como para poder evitarle contemplar el hermoso cuerpo desnudo a través de las puertas semi transparentes de la ducha. Tan cerca y tan lejos. Parecían siglos de la última vez que hicieron el amor. Qué doloroso era pensar que en ningún instante estuvo consciente de que aquella vez fue la última. Si hubiera sabido, ¿habría actuado distinto?, ¿qué habría hecho? No sabía. Ingenuamente pensó que la verdad nunca lo alcanzaría, y que podría amar a Tom, a salvo del chantaje del mundo, a salvo del dolor gracias a su identidad y origen escondidos. Pero sólo había sido un juego de niños creer que aquello fuera posible.

Ahora era un alma en pena, un lobo hambriento mirando su presa, pero sin poder tocarla, y su cuerpo hervía en fiebre de sólo ver la piel y el contorno de la figura varonil y hermosa de su Tomi. Su sexo tembló de deseo, y la sangre lujuriosa llenaba los cuerpos cavernosos de su pene que se iba poniendo más erecto cada vez, de sólo recordar lo maravilloso que se sentía al tacto la piel de su amor, de la calidez de sus entrañas, de cómo en medios de los estertores del clímax, sus paredes se estrechaban haciéndole delirar de placer, de su boca húmeda y tibia que dejaba surcos de saliva por su piel, de su pene grande y duro entrando en su cuerpo y llevándole al éxtasis —Tomi —dijo trémulo, al borde del desvanecimiento. Era peor que el infierno estar así, era peor que morir. — Tomi — dijo de nuevo en un lastimero susurro, dejando una vez más que las lágrimas bajaran de sus ojos. Derrotado salió de habitación de Tom, y volvió a entrar a la suya. No tenía ganas de nada, ni de respirar. Aseguró su puerta. No quería ver a nadie más. Si no podía ver a Tom, si no podía estar con él, no quería nada más.

Tom, luego de la ducha, se tendió en la cama sólo con unos boxers puestos. Estaba cansado. Se sentía aturdido. Aún no podía asimilar todo lo que aquel hombre le había dicho. De algo estaba seguro, y era de que no entregaría Liz Garten, de que amaba a Bill, de que en el fondo de su ser algo le decía que aquella extraña ruptura había sido un horrible sacrificio de su pelinegro, ¿equivocado? Tal vez. Si algo podría reprocharle luego, era de que su mago no había confiado en su amor, lo mismo que le había reprochado a Tom un par de veces. Lo haría sufrir. Claro que lo haría. Así aprendería a confiar más en él. Pero no descansaría hasta saber exactamente lo que sucedía, aquello que ese hombre estaba usando como arma para separarlos, porque juntos eran invencibles. Ni la muerte pudo derrotarlos. Una vez que lo supiese todo, ese hombre se quedaría sin recursos para atormentarlos nunca más. Con las decisiones ya tomadas en su corazón, se quedó dormido.

De repente Tom se vio detrás de una columna, era bueno soñar otra vez. Estaba oportunamente escondido, no conocía el lugar, pero era bastante parecido al templo bajo el mausoleo, sólo que algo más moderno. Alcanzó a distinguir al hombre alto, al Gran Maestre, frente a él estaba Dark con semblante serio.

—Ese mocoso se niega a entregarme Liz Garten. Debí decirle que se llevara el tesoro, no lo necesito. Yo quiero esa mansión y lo que ella esconde. Tal vez habría cedido si le hubiera pedido sólo la mansión, pero habría sospechado, prefiero que crea que sólo me interesa el dinero, la riqueza.

—¿Y qué piensa hacer?

—Bueno, tu ex noviecito se ha apartado del mocoso, así que es todo tuyo otra vez.

Dark hizo una mueca de desagrado —oiga, usted es una persona muy ima…

—Por ahora, me interesa bajar hasta el sótano, pero hay demasiada gente allí. Necesito la ayuda de alguien…

—Gran Maestre, si no lo conociera, si no fuera usted mi tío, creería que está loco. Aunque no me importe para nada todo este asunto que tanto le obsesiona. A mí lo único que me importa es que Bill no salga lastimado. Hoy al llegar de Berlín, pasé a su cabaña y no estaba allá, obviamente está en la mansión. No intente acercarse a la mansión o habrá guerra.

—Necesito bajar al sótano —repitió el Gran Maestre, absorto, sin escuchar nada de lo que Dark había dicho. —el último recurso que me queda es decirle a ese niño la verdad.

Tom se despertó asombrado —¿qué queda en el sótano? No puede ser que aún no hayamos encontrado lo que verdaderamente Bill Kaulitz llamaba LIEBE —pensó.

Se vistió, y salió apresuradamente de la habitación. Por la escalera iba Bill, bajando con cierto cuidado de no lastimarse más su costilla, y Tom lo pasó como si no hubiera nadie. De todos modos le urgía algo más. Llegó a la cocina, acelerado, ansioso.

—Necesito un voluntario para que me acompañe al sótano.

—Yo no —dijo el castaño mientras pelaba unas verduras para el almuerzo —lo siento amigo, pero ya he pasado bastante susto. ¿Y por qué quieres bajar ahora?

—No lo sé aún, pero tiene que ver con un sueño.

—Yo puedo acompañarte si lo deseas.

—Gracias señor Frank —en ese instante llegó Bill a la cocina. Tom sintió su presencia cerca de su cuerpo. ¿Cuánto le extrañaba? Hubiera renunciado a su orgullo, y no le habría importado la humillación con tal de besarlo otra vez, pero no. Se había prometido hacer las cosas de manera distinta, además la ansiedad de saber lo que realmente ocultaba esa mansión, le ayudaba a concentrarse y a no sucumbir a su deseo. El pelinegro casi alarga sus brazos para abrazarle y decirle cuánto le extrañaba, pero la vida no era tan fácil.

—Pues, veamos. Las linternas están aquí —dijo Markus, señalando un pequeño cajón debajo de la mesa —Gustav y Anton podrían aguardar en la biblioteca.

A Tom se le encogió el corazón al ver los ojitos llenos de preguntas de su hermoso pelinegro, seguramente no entendía nada y si a eso se le agregaba la sistemática indiferencia de Tom, que le mantenía ajeno a todo, cuando en realidad, ansiaba estar al mando otra vez, pues el resultado era un joven mago al borde de un ataque de nervios. Pero más aún le hacía sufrir el hecho de que no podía apoyar y proteger a Tom.

—Sí claro —respondió el de gafas.

Andreas había estado concentrado en desgranar algunas arvejas, y no intentó excusarse por su falta de interés en ayudar en esta misión—yo iré a dar una vuelta por los jardines. Me llaman si es que me necesitan. —acto seguido dejó la cocina y salió.

Tom llegó a la biblioteca junto a los otros. Markus le pasó una linterna al de trenzas y se internaron en la escalera que bajaba al túnel.

—Este será un buen paseo para las visitas, pondremos aquí algunos objetos para la exposición, y si agregamos el templo que está bajo el mausoleo pues este lugar tendrá cientos o miles de visitas más.

—Señor Frank, en verdad no creo que sea eso lo que quisiera Bill Kaulitz, yo deseo que este siga siendo un hogar y no sólo un museo, y sobre lo del templo, creo que lo mejor será hacer una entrada independiente a ese lugar sin tener que molestar a los difuntos que descansan en el mausoleo.

—De acuerdo, eso hay que conversarlo y planificarlo muy bien. Pero tú tienes la última palabra, tú eres el dueño ahora.

—Por ahora, estoy igual que la primera vez que bajé a este lugar.

—¿Cómo?

—Perdido, sin saber qué debo buscar exactamente.

—Tómalo con calma, y sólo observemos —estaban en el primer sótano, ese donde encontraron los primeros baúles. Las paredes estaban desnudas. Markus encendió las luces alimentadas por un generador. No había nada fuera de lugar, palparon las paredes, buscando algún mecanismo secreto, pero no encontraron nada.

La puerta en el piso les invitaba a explorar el resto de los túneles. Bajaron no sin cierta dificultad.

—Vaya, que fue difícil subir los baúles y la carga preciosa que contenían —comentó el administrador. Llegaron al siguiente túnel, pero esta vez había una especie de puente sobre el foso, así que lo cruzaron sin mayores problemas. En breves segundos alcanzaron el último sótano. El que ahora estuviera iluminado, permitía que la perspectiva de la habitación luciera más grande de lo que le pareció a Tom la primera vez. Pero al final era lo mismo que el sótano de más arriba, paredes desnudas, nada que ver, nada que encontrar. Los dos hombres en silencio miraban cada rincón, pero no había nada que les llamara la atención. Sin embargo, cuando Tom iba arendirse y dar por finalizada la inspección, algo llamó su atención. Era una pequeña esferita brillante en una de las esquinas que daba a la pared del fondo, al acercarse comprobó que no era una de las joyas o piedras preciosas que se había caído. Sino que era un pequeño botón metálico. Estaba lo suficientemente apegado a la pared como para no toparlo antes y no ser visto, a menos que el sótano estuviera desnudo, como ahora. Con su pie presionó el botón, conteniendo el aire. Markus que se había quedado mirando el accionar del joven, se quedó quieto, expectante.

Con un fuerte ruido la muralla completa comenzó a subir, hasta esconderse totalmente en el cielo del sótano. Tom creía que su corazón saldría a galope tendido. Miró a Markus lleno de emoción. El administrador estaba con la boca abierta, incapaz de articular palabra —Santo Dios, esta mansión no deja de sorprenderme —dijo luego casi sin aire. Frente a ellos, se extendía otro túnel, pero tan ancho como el sótano mismo. Las paredes eran de concreto, y lucía tan antiguo como el resto del subterráneo.

—No entiendo, señor Frank, la obsesión de los antiguos por los túneles.

—Apropiados para las épocas de guerras.

—Si decidimos cruzar, podría ser que la pared bajara nuevamente, y nos quedásemos atrapados, y nadie nunca sabría qué fue de nosotros.

—Una idea bien poco atractiva.

Tom se asomó con precaución, y pudo ver que del otro lado en la pared había un botón similar al que había accionado. —Hay cómo salir luego, mire allí.

—Okay, entonces, atrevámonos.

La oscuridad del túnel no parecía tan amenazante bajo las linternas de los hombres, más las luces del sótano cuyos haces llegaban varios metros más adentro. Daban suficiente claridad como para no sentirse amenazados por el poco amigable entorno.

Como casi todos los túneles que habían visto, éste también doblaba en un punto a varios metros desde su entrada. Pero al doblar, el siguiente túnel estaba en la más profunda oscuridad. Las linternas eran sólo capaces de alumbrar unos pocos metros, más allá existía la negrura más abismante. En silencio, recorrieron cada metro, un poco por seguridad, un poco por miedo. Sin entender del todo, algo confundidos. Los metro pasaban, los minutos pasaban y nada sucedía, sólo murallas, murallas, concreto y más concreto, oscuridad sobre oscuridad.

—Señor Frank, creo que me estoy empezando a desesperar, cada vez me falta más el aire.

—A ver Tom, tranquilízate. Respira, cuenta hasta cuatro y sueltas el aire lentamente —Tom obedeció —otra vez… Otra vez —hasta que Tom normalizó su respiración —no aceleres tu respiración, y haz que el aire llene tus pulmones. Ya sé que esto es estar al límite. Tampoco sé qué nos espera, pero debemos tener calma.

Tom asintió —sigamos, ya estoy mejor ¿cuánto llevamos caminando?

—Como media hora, y aún no se ve el final del túnel.

—¿No será que estamos muertos y cuando lleguemos al final del túnel sea el Paraíso Celestial?

—¡Tom! —fue el reproche que hizo eco en el túnel.

&

En la cocina, Bill se había quedado sentado, jugando con unas migas de pan. El castaño, curioso como era él se venía haciendo miles de preguntas que sin resultados positivos le había hecho a su novio con gafas. Ahora era su oportunidad.

—Soy amigo de Tom, y por eso mismo tú me vas a responder algunas preguntas —dijo sin preámbulos. Bill sintiéndose sorprendido, bajó su cabeza, dejando de manifiesto que no estaba bien.

Suspiró, y resignado, dio su consentimiento —okay, dispara.

—Lo obvio, ¿qué pasó entre tú y Tom? Él no nos ha dicho nada, pero ni falta le hace, anda con una cara de funeral, que sólo se la gana la tuya.

Sonrió ante las palabras del castaño —terminamos. No, más bien, yo terminé con él.

—¿Por qué?

—No lo entenderías.

—Pruébame, no soy tan tonto como parezco.

—Georg, no es eso. No lo tomes a mal. Digamos que alejarme de él es lo mejor que podría pasarle a Tom.

—¿Y quién decidió eso?, ¿tú o él? —Bill se mordió los labios, estaba entre la espada y la pared.

—Yo —dijo en un hilo de voz casi inaudible.

—Disculpa, parece que no oí bien. ¿Dijiste yo? —Bill carraspeó y asintió levemente, sin mirar al castaño. —¿Desde cuándo tú tomas decisiones por él? Sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de sentimientos, y no de cuántas cucharadas de azúcar le pone al café.

—Te dije que no entenderías.

—Pues no, debo confesar que me dejas perplejo. A menos que —hizo una pausa, Bill lo miró de reojo sintiéndose expuesto —a menos que tú sepas algo que haría sufrir a Tom, más de lo que la ruptura de ustedes dos lo haría. ¿Es eso? —Bill asintió otra vez —¿a qué le temes más?, ¿al sufrimiento de Tom, o a su rechazo luego de saber lo que tú ocultas?

Dos quietas lágrimas rodaron por las mejillas del pelinegro, que lentas se unían a otras que les seguían. —ambas —dijo con la voz temblorosa —pero preferí decirle que no lo amo.

—¡Pero tú lo amas! Mira nada más cómo estás. ¿Qué puede ser peor que sufrir por amor? Eso que sabes y que te empeñas en ocultar no puede ser peor que eso.

—La verdad, es que nunca fui franco y honesto con Tom. Pensé que no habría peligro de que lo supiera nunca, creí que podría burlar el destino.

—Pero por lo visto no puede ser algo tan malo, porque tu has estado con él sabiéndolo, lo que sea de qué estemos hablando.

—Yo lo he sabido desde siempre, lo he asumido a lo largo de mis casi veinte años. Pero él no. Y no quiero poner su mundo de cabeza, no quiero que se sienta un enfermo, una especie de leproso. No quiero. Fue hermoso mientras duró. Y he pensado que será mejor que apenas recupere mi movilidad, me marche para siempre. Será más fácil si no lo veo más.

—¿No será muy egoísta de tu parte todo esto? Creo que lo que fuere que escondes, debes decírselo. Él se lo merece. Piénsalo, él te ama. —Bill volvió a asentir, pero lo hizo sólo para tranquilizar a Georg.

&

En el túnel, los minutos ya habían transcurrido presurosos. Casi una hora de caminata en medio de la oscuridad, estaba a punto de enloquecerlos. Cuando creían que aquello los sepultaría, en las sombras y sin oxígeno. El túnel acabó en una escalinata ancha.

—Veamos a qué lugar conduce esto —dijo Markus, casi sin aliento

—Ojalá que a un lugar donde haya aire fresco. —subieron los escalones, hasta llegar a un descanso que daba a una inmensa puerta de hierro. Ésta tenía un sistema de cierre como el que usan las compuertas de los submarinos y los barcos. Tom se acercó y ayudado por Markus comenzaron a girar la rueda hasta que el seguro cedió y gatillaron el cerrojo y la compuerta se abrió.

La luz cegadora hizo que instintivamente taparan sus ojos con los brazos y las manos. Al mismo tiempo que sus pulmones se llenaban de aire fresco, siendo lo más placentero que había sentido en su vida… Después del sexo. De a poco descubrieron sus ojos, y ante ellos apareció la imagen más bizarra y hermosa que nadie podría imaginar.

Un jardín, un hermoso jardín ¿Liz Garten? Los hermosos y altos árboles, añosos, majestuosos, la cantidad infinita de flores, en un jardín que no era extremadamente grande, tal vez del tamaño de un parque promedio. El sol del mediodía, alumbraba en todo su esplendor. Detrás de los árboles se apreciaban las escarpadas montañas, verdaderas murallas de rocas lisas y filudas, que mantenían a salvo de curiosos al pequeño paraíso.

—¿Estaremos muertos? Capaz que ésta sea la causa de la luz al final del túnel de la que todos hablan.

—Tom, cállate. —Markus fue el primero en salir. Bajaron por las escalinatas esculpidas en la misma roca. Al caminar unos pasos, giraron para ver desde cierta distancia la entrada o salida del túnel, que estaba incrustada en la roca de la montaña, sobre ella más roca hasta el cielo. Esa paredes debían tener unos 500 metros o más. Difícil calcular, como fuera, se sentían pequeños.

—Por la altura de las paredes, al parecer el sol alumbra este paisaje sólo al mediodía, la mayor parte del tiempo debe ser más bien sombrío —analizó el administrador, la cantidad de enredaderas y helechos que habían, demostraban que un microclima húmedo y de poca luz era el que predominaba en el jardín.

Al caminar algunos metros descubrieron bancas y asientos en hierro, ya muy envejecido, habían varios asientos que habían sucumbido al oxido o estaban a punto de hacerlo.

Pero más allá había algo que Tom no supo calificar ni clasificar, era una especie de disco, hecho en un metal extraño que se asemejaba al aluminio, pero sin mucho brillo, colocado horizontalmente, como una especie de mesa redonda, como un gran lente, que se parecía mucho a los utilizados por los centros astronómicos. Estaba sujeto por cuatro patas enterradas en el suelo, y estaba a un metro del suelo. Tendría un diámetro de cuatro metros más o menos. Pequeño no era.

Tom acercó lentamente su mano y rozó su superficie plateada, y en ese instante un zumbido penetrante envolvió el aire, con un sonido muy parecido al que producen los cuencos tibetanos.

—¡Markus venga! —el hombre corrió hasta donde estaba Tom tras los árboles, extrañado del sonido que escuchó —¡¿Qué es esto?!

&

El de gafas asomó su rostro desencajado por la puerta que daba al pasillo.

—Hace una hora que bajaron, y no sabemos nada de ellos. Entramos hasta el primer sótano, los hemos llamado, hemos gritado sus nombres, pero nada.

—¿Qué les habrá pasado? —dijo alarmado el castaño.

—No sé, pero Anton y yo queremos ir más allá hasta el siguiente sótano.

—¿Y si se cayeron al foso? —tembló Georg.

—Llama a Andreas, debe andar cerca de la mansión. —dijo Bill, el de gafas asintió y salió a los jardines vociferando el nombre del rubio. Georg y Bill partieron hacia la biblioteca.

Anton tenía en sus manos un par de linternas y otra puesta a modo de cintillo sobre su frente, parecida a las que usan los mineros. Detrás de Bill y de Georg aparecieron Gustav y Andreas.

—Okay, estamos todos. Gustav y yo vamos a bajar. Gustav se conoce bien todo el camino, y necesito que ustedes permanezcan aquí por si necesitamos apoyo.

—Yo quiero ir con ustedes —dijo el pelinegro suplicante.

—Estás loco Bill, aún estás recuperándote, no fue poco lo que te pasó a ti. Es mejor que ustedes se queden —replicó Anton y todos asintieron resignados, y los dos hombres bajaron.

Se quedaron en silencio, a ellos les restaba esperar. No se atrevían a decir nada, no tenían ganas de nada. Bill sentado, cruzado de manos, fingiendo tranquilidad, pensando en dónde estaría Tom. Sintiéndose inútil, y lejos, tan lejos de él.

Diez minutos.
Quince minutos.
Treinta minutos.
Cuarenta y cinco minutos.

La espera era agobiante, y Bill no se cansaba de mirar su reloj que parecía burlarse de él. Las conversaciones entre el rubio y el castaño giraban en torno a lo mismo, y en los cientos de conjeturas que la imaginación les permitía.

—Yo lo veo por el lado positivo —señaló el castaño —si hubieran muerto o estuvieran malheridos, ya lo sabríamos hace un buen rato. Para mí que algo los tiene muy entretenidos allá abajo y muero por saber qué es.

—Tienes razón —afirmó el pelinegro.

—Yo siempre tengo razón, incluyendo lo que conversamos en la cocina —Bill guardó silencio, no tenía argumento contra eso. Un leve roce en la madera de la puerta de entrada los distrajo, y los tres jóvenes miraron alertados hacia allá.

Lentamente la figura curvilínea de Alexa asomó en el umbral, su cabello caía frondoso por sus hombros. Su rostro lucía libre de maquillaje, y eso la hacía lucir más joven que en ocasiones anteriores. Vestía unos vaqueros ajustados, botas y una chaqueta vaquera con aplicaciones de cuero. Sonrió levemente y saludó en general —hola —los tres que la miraban respondieron, sin reaccionar más que eso. Entonces Georg tomó por los hombros a Andreas, y lo empujó, obligándole a pararse. El rubio, tímido, y sintiéndose estúpido, se levantó, y caminó hacia la puerta, mientras ella salía, regresando al hall.

—¡Que tenga que ser celestina de todo el mundo! —se lamentó el castaño —¿que acaso nadie valora el amor? Es tan difícil encontrarlo, el amor nunca está a la vuelta de la esquina. Yo a ti no te dejaré en paz hasta que aclares todo con mi amigo y una vez…

—Esa no es la mejor solución —interrumpió el mago.

—Y una vez que él escuche todo, y tenga toda la información, dejarás que él decida si quiere o no seguir contigo —Bill bufó.

—Eres muy terco ¿sabías?

—Si no lo fuera jamás habría conquistado a Gustav, aunque recibí harta ayuda de una fantasmita, que me pregunto qué se habrá hecho.

—Ya consiguió lo que quería, ya se fue. —Georg suspiró, mientras el pelinegro jugaba con uno de los anillos de su dedo anular.

En el hall, la muchacha se apoyaba en la baranda de la escalera, mientras Andreas permanecía sentado en el segundo escalón cerca de ella.

—Así que aproveché de hacer varias cosas que tenía pendiente. Mi tía se estaba preguntando por mí, y yo había estado alejada por mil y un motivos diferentes. Simples excusas según ella —hizo una pausa y continuó algo nerviosa —¿y cómo has estado? —Andreas se puso de pie y la miró. Los ojos verdes de la chica se veían incluso más bellos sin maquillaje. Ella bajó la mirada con un leve sonrojo en sus mejillas.

—No muy bien… Te fuiste, y no me diste tiempo para remediar la estupidez que dije.

Ella frunció el ceño y lo miró extrañada —¿estupidez?

—De verdad siento por ti mucho más de lo que manifesté y de lo que sé decir, nunca lo había experimentado, y este sentimiento me sorprendió como si fuera una emboscada, y me paralicé. Te dije que me gustabas, y no es eso exactamente. Lo sé más ahora que cuando te lo dije, porque desde que te fuiste no he dejado de extrañarte, me he recorrido ese jardín miles de veces esperando verte aparecer. Con espanto me di cuenta que no sé mucho de ti, porque he bebido de tu belleza, creyendo que siempre estarías cerca, como si el tiempo y la distancia fuera cosa de otra gente, y que si te ibas, mi mundo seguiría igual. Pero no fue así —delicadamente tomó su mejilla y la besó con ansiedad —estoy enamorado de ti. No te vayas. Quédate conmigo.

Ella sonrió feliz, con los ojos cristalizados. Se sujetó de su cuello y lo besó con pasión.

De la biblioteca las voces de los hombres llamaron su atención.

—Cuenten, por favor. ¿qué les pasó? —preguntó al borde de un ataque el castaño.

—Creo que por fin encontramos lo que los Kaulitz llamaban el LIEBE —respondió el de trenzas. A su lado estaba Bill, que lo miraba expectante, aliviado. Estaba feliz de ver a Tom sano y salvo.

—¿Pero es que acaso no era el tremendo tesoro que hallaste allá abajo?

—No Georg —respondió Markus —es algo mejor.

—Encontramos un jardín secreto, a una hora de distancia caminado, fuimos por un túnel que estaba pasado el muro del último sótano. Creímos que moriríamos en ese túnel.

—Pero lo más espectacular —continuó Markus —es lo que había en el jardín, una especie de disco o platillo, que al tocarlo sonaba.

—Te hacía vibrar las entrañas, era asombroso. Y cuando el sonido aumentaba, comenzaba a brillar de un color índigo, hermoso. —agregó el de trenzas.

—Entonces Tom quería saber qué ocurriría si con una pequeña piedra provocaba sonidos más agudos al centro del disco…

—Y lancé la piedra… —y los dos hombres se quedaron en silencio abruptamente, todos los de la habitación tenían los ojos casi desorbitados, por la expectación que sus palabras causaban.

—¡¿Qué?! —gritaron todos, al borde del colapso.

—Desapareció, la piedra despareció —señaló escueto el de trenzas.

—De hecho ni siquiera llegó a tocar el disco. Creímos que era producto de nuestra imaginación, así que yo lo intenté de nuevo con una piedra de mayor tamaño, al querer lanzarla al centro, topé por casualidad el disco y volvió a sonar y a ponerse de ese tono azulado. Lancé la piedra, y lo mismo que la anterior desapareció sin llegar a tocar la superficie del disco.

—Entonces decidimos venirnos y contarles.

—Pero yo me conozco el bosque en toda su extensión, y casi todas las montañas ¿cómo es posible que existiera algo así sin que lo viera jamás? —preguntó el pelinegro. Tom lo miró a los ojos, por primera vez en muchas horas.

—No creo que lo vieras. Está escondido en medio de las montañas. De hecho el jardín está rodeado por estas paredes de roca filosa, carente de vegetación que calculamos de unos 500 metros de altura. Sus paredes son totalmente verticales. Ni siquiera sé si del aire pudiera verse, porque la extensión del jardín no es mucha. Tiene el tamaño de un parque de ciudad. Tal vez una cuadra de perímetro, si le añadimos la profundidad, se debe ver como un agujero oscuro, nada más, y la única forma de acceder es por el túnel del sótano.

—Todo es de una construcción colosal. En realidad estoy admirado. Creo que lo que descubrimos es lo más importante para la Humanidad, aún no sabemos en qué consiste ese disco, para qué lo usaron. Pero eso vale toda la fortuna del mundo.

—Ahora entiendo mi sueño, ahora lo entiendo —dijo pensativo el de trenzas —y ahora menos que antes dejaré que alguien más tenga a Liz Garten. Es mía y la defenderé con mi vida.

La cara de sorpresa de Bill al escuchar la sentencia de su amado, no tenía nombre. Se suponía que no resultarían así las cosas, no era así como las tenía planeadas el Gran Maestre, y sonrió feliz. Tuvo el casi incontrolable impulso de abrazarlo y besarlo, pero Tom ya iba saliendo de la biblioteca.

&

Sabía que iría tras él. Había salido antes de cualquier reacción del pelinegro —ahora, amor mío, soy yo quién asumo el control —pensó Tom mientras caminaba hacia las caballerizas.

Continuará…

por administrador

Publico con autorización del autor

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