Waiting for you 24

CAPÍTULO 24

El hombre no había comprendido en absoluto la actitud de Tom. Se suponía que era vulnerable, que era presa fácil. Pero se había equivocado. También pensó lo mismo de Bill, y creyó que algunos golpes y la privación de comida y agua lo ablandarían, y sería suficiente para obligarlo a darle la información que necesitaba sobre los planos de la mansión y los otros documentos. Y tampoco había servido. Luego había intentado amenazarlo con decirle a Tom que eran hermanos gemelos, y ciertamente eso había asustado a Bill. Fue entonces que el joven mago cedió. Y el Gran Maestre había contado con que Tom, despechado y triste, cedería todo y se iría. Pero una vez más, nada de eso había sucedido. Ahora los había sorprendido teniendo sexo, y la esperanza se le había desvanecido por un instante. Sentía el fracaso de haber usado una de sus últimas cartas y que tampoco surtiera su efecto. Le dijo a Tom medias verdades, mezcladas con mentiras, lo suficientemente hirientes para acabarlo. Y el de trenzas, en vez de huir asqueado y agonizante de dolor, terminó besando y abrazando a su hermano.

—Yo te amo, ¿lo entiendes? —le susurró Tom a su amado.

—Pero te oculté la verdad —dijo Bill con su boca escondida en el hueco del cuello de Tom, con el aliento entrecortado por los sollozos.

Los escuchó hablar, y ahora era su turno para estar paralizado, todo parecía un mal sueño. ¿Qué parte de toda la información, el hombre no había entendido?, ¿qué detalle se le había escapado para terminar así de mal su plan? Toda su vida había esperado tener éxito. Infructuosamente había esperado que los gemelos nunca se encontraran. Lo intentó de todas las formas que sabía, incluso trató de asesinarlos cuando eran bebés, pero sólo murieron sus padres. Más tarde decidió que era más cómodo tener al menos a uno de los gemelos cerca, y persuadió a Ann Koening para que adoptara a uno de los niños. El otro se quedó en el orfanato, esperando por una familia. Separados, ya no sería factible que Liz Garten recibiera a su verdadero dueño, pero… Siempre hay un pero.

El Gran Maestre no había podido dilucidar un pequeño gran detalle ¿cómo era posible que Bill Kaulitz supiera 150 años antes que Tom Trümper existiría?, ¿cómo supo ese engendro del demonio que Tom Trümper era el gemelo separado de Bill, y cómo supo que era más práctico poner todo a nombre de Tom y no de Bill?

El hombre había supuesto que al cortar el linaje con la muerte de los padres de los gemelos, e incluso antes, con la muerte de uno de sus abuelos, que era su amigo, y luego separando todas las historias, como si nunca hubiesen existido, jamás aparecería el heredero frente a sus ojos… Se suponía. Entonces antes de cumplido el plazo legal, él podría reclamar a Liz Garten como su propiedad, pero y aquí está el otro pero, no sabía cómo rescatar los verdaderos documentos para así poder destruirlos, para hacerlos desaparecer, y los planos de cómo hallar el Liebe, además. Aunque por último, hubiera derribado cada muro, cada ladrillo hasta descubrir el maldito secreto por el cual dieron la vida muchos Kaulitz.

Había supuesto que con la ayuda de algunos pocos imbéciles e incautos tontos útiles, podría estar todo resuelto a esta fecha, pero… Otra vez pero, el tiempo estaba a punto de expirar. El plazo dado, que por ley existía, pronto terminaría y todo se quedaría en manos de otro, ya fueran Bienes Nacionales o el mismo Tom.

El destino le abofeteaba la cara como castigo. No obstante, le quedaba una carta sin jugar, una carta llena de posibilidades. Sabía bien que aún faltaba que las pericias científicas autentificaran los documentos encontrados por Tom, y aún tenía tentáculos a ciertos niveles para manejar los hilos a su favor. Arriesgada y desesperada, así sería su última jugada, pero el premio era demasiado exorbitante como para no intentarlo. No quedaba mucho tiempo, pero lo aprovecharía.

Sería tan fácil ahora tomar el arma de su guardaespaldas y jalar el gatillo. La muerte de ese par de engendros malditos sería un alivio para la sociedad. Su historia de amor era una perversión, era ilegal, era inmoral. Y tan sólo por eso, deberían desaparecer de la faz de la Tierra, tal como lo hicieron los otros gemelos en otro tiempo.

Pero, el último “pero” por ahora, aquí estaban los dos abrazados, hablándose tiernamente. ¿No se suponía que Tom debería estar sufriendo? Sí, era lo más lógico desde su punto de vista. Sin embargo lo único concreto era la imagen ante sus ojos, la escena de dos hombres abrazados, y los pasos apresurados de un grupo de personas que venían corriendo desde la mansión.

—Ustedes me van a hacer vomitar —el hombre respiraba descompasadamente, ofuscado, derrotado —¡su romance es ilegal! ¡La ley los perseguirá, y se pudrirán entre juicios y apelaciones, y la cárcel los estará esperando al final del..!

—Legalmente no somos hermanos. —lo interrumpió Tom, conciso. Las figuras de los amigos se acercaban corriendo. Y una vez hubieron llegado, lo primero fue encarar al hombre con su pequeño séquito.

—¿Quién es usted y qué hace aquí?

—¿Cómo ingresó? —las preguntas atropelladas de Markus y Anton respectivamente, no se hicieron esperar.

—Caballeros. Uno a la vez. ¿O será necesario a hacer una declaración pública de todo lo que hago, o más bien realizo una rueda de prensa?

—¡¿Qué gracioso?! Así que además de ser un violador de morada, pretende ser comediante. —ironizó el señor Frank.

Georg, Gustav y Andreas, se habían acercado a los dos jóvenes que permanecían abrazados en el suelo. El administrador y el curador permanecían a unos metros, interponiéndose entre los jóvenes y el invasor.

—El señor Anton sabe bien que no tengo talento para eso. —el historiador se sintió de pronto sucio e indigno ante las evidentes palabras del Gran Maestre, acusando su anterior complicidad.

—Usted lo único que hace bien es engañar y manipular a las personas ¿Qué le prometió a esa banda de idiotas que fingieron ser policías? Seguramente les contó mentiras y promesas que nunca cumplirá, manipulando la verdad, para conseguir sus fines, tal como lo hizo conmigo—le recriminó Anton.

—¿Quiénes son más idiotas? ¿ellos por la actuación de sus vidas, o ustedes por creérselo todo casi hasta el final? —los hombres se quedaron en silencio, pero Markus aburrido de todo, ordenó.

—Salga de aquí ahora. A mí no me intimida por un par de matones que le acompañan —el hombre sonrió y le hizo un pequeño gesto con la cabeza a sus acompañantes. Unos segundos después, el vehículo partía.

Anton se volvió hacia los jóvenes. Tom y Bill seguían sin moverse. —¿Están bien? —fue la escueta pregunta.

—Sí, Anton, gracias —respondió el de trenzas.

—¿Necesitan algo?

—Conversar, necesitamos conversar —respondió bajito Tom.

—Ok, dejémoslos solos.

Los cinco hombres, más Alexa que se había quedado unos metros más allá, se devolvieron a la mansión. Mientras Tom los miraba marcharse, se separó de Bill y se sentó a su lado con las piernas cruzadas a lo indio.

—Cariño, conversemos —fue su invitación —ya no hay nada que callar. Merezco tu versión de toda la historia. —Bill, quien había recogido sus piernas, y apoyaba su frente sobre las rodillas, levantó lentamente la cabeza. Su rostro estaba húmedo, cada cierto tiempo sorbía su nariz, y las lágrimas aún bajaban lentas por sus mejillas pálidas.

—¿Te parece si primero nos paramos de aquí y nos sentamos en el césped? —preguntó tímido el pelinegro, Tom sonrió y asintió. Se puso de pie y con cuidado ayudó a Bill a hacer lo mismo. Unos pasos hacia la derecha de ellos se extendía unos de los jardines con césped que ya tenía cierto largo a falta de mantención. Una vez allí, ya más cómodos, mientras el sol de media tarde se cernía sobre ellos dando calor, se sintieron dispuestos a hablar por primera vez sin tapujos. Bill quería desahogarse por fin. Sacar ese peso que llevaba en su pecho.

—Déjame decirlo todo por favor. Si al final tienes preguntas, las haces, pero no me interrumpas ¿ok?.

—Bien, lo intentaré.

El pelinegro tomó aire y luego suspiró —Yo fui adoptado y desde pequeño mi madre y luego mi tío me dijeron que tenía un gemelo, y no necesitaban decirlo, siempre lo supe —Tom no dijo nada tal como lo había prometido, pero recordó que siempre pensó que tenía un hermano, siendo hijo único, nunca se los dijo a sus padres, por medio a lastimarlos o que por el contrario, minimizaran sus palabras y le hicieran desistir de tan ridículas ideas. Ahora entendía muchas cosas, hizo esfuerzo por no decir nada y se concentró en las palabras de Bill —y yo lo único que quería era conocer a mi hermano. Al mismo tiempo, tenía estas visiones recurrentes de unos niños y jóvenes de otro tiempo, de los gemelos que se amaban, teniendo que ocultar su amor, en una época llena de prejuicios, casi tanto como ahora. Ellos se amaron de una forma única desde siempre, nunca se vieron como exclusivamente hermanos. Sin poder evitarlo, me identifiqué con Bill, e imaginé que mi propio gemelo era como Tom. Luego al ir creciendo, me di cuenta que aquellas imágenes no eran ajenas a mí. Mi parecido al joven del cuadro era cada vez mayor a medida que iba creciendo, y las imágenes se me hacían tan reales, reviviendo la vida de Bill a través de mi piel. Un día me decidí a averiguar todo lo que podía de ellos, y vine acá como visitante, cubriendo mi rostro con gafas para sol y atando mi cabello en una coleta, todo para que nadie viera el parecido de Bill Kaulitz conmigo. Ya mi tío antes de morir me había dicho que yo era Bill, aquel Bill, y me contaba del cuadro. Le había sacado una foto un día que vino, y me la regaló. Yo la guardaba cual tesoro, aún lo hago junto con la de Tom. Pero yo sentía miedo de acercarme a esta mansión, porque sus paredes están llenas de recuerdos tan nítidos y dolorosos. La muerte de Tom, el año horrible de agonía y sufrimiento mental, emocional y físico de Bill luego del asesinato de su gemelo, su propia muerte forzada y horrible. No necesitaba leer nada para saber los hechos principales de la historia de los gemelos. Yo los vivía cada día de mi existencia, y sólo esperaba encontrarte para calmar esa ansiedad y sensación de vacío que acompañó a Bill Kaulitz y que yo heredé.

Tom escuchaba atentamente, aunque moría por hacerle miles de preguntas, saber que él mismo era posiblemente adoptado le hacía doler el corazón, pero ahora mientras oía la voz de su amado, sabía que no importaba lo que Bill le dijera, él lo seguiría amando. Su amor por Bill no estaba condicionado a nada.

Bill jugaba con una pequeña ramita seca que recogió del pasto, no miraba a Tom, su vista se mantenía perdida en algún horizonte o bien bajaba hasta la rama entre sus dedos.

—Te busqué en el orfanato donde estuvimos, pero no me dijeron nada. Suponía que te llamarían Tom, aún cuando de eso no tenía seguridad. Intenté buscarte de otra forma, le pedí ayuda al Gran Maestre ¿podrás creerme? —Bill rió —soy un imbecil, pero tenía 16 años, ¿y qué puede hacer un chico de dieciséis años sin dinero y sin el apoyo de nadie? Ya mi madre y mi tío habían muerto hacía tanto tiempo para esa época, y sólo Marie me acompañó y me aydó a alimentarme y vestirme, a estudiar. Así que sólo me quedó confiar en mi destino, aunque no crea en él. Y seguí así, viviendo sólo de la esperanza por casi 4 años más, hasta que tuve un sueño, hace dos meses. Te vi a ti con tus trenzas, bastante distinto en ese aspecto al Tom del cuadro. Vi la noche de la tormenta, vi tu desconcierto al llegar al gran portón de entrada a esta casa. Vi a tus amigos con las mismas caras de asustados, y vi la fecha de cuando sucedería. Sabía que el destino o como quieras llamarle te traería hasta aquí, porque tú perteneces a este lugar. Pero ahí cometí el segundo error, otro más aparte de ese cuando le pedí ayuda al Gran Maestre, decidí esperarte aquí escondido en las sombras, y usar mis habilidades síquicas para hacerte más vulnerable —Bill hizo un silencio y miró a Tom arrugando los ojos por efecto de la luz del sol —y no debí hacer lo que hice, no de esa manera, pero tenía miedo de que no me aceptaras, y yo llevaba tanto tiempo esperándote que no podría estar a tu lado sin besarte, sin tocarte, tal como lo vivía cada día a través de los recuerdos de Bill Kaulitz, hasta el aroma de tu piel lo conocía antes de verte esa noche —Tom intentó decir algo alcanzando a balbucear, pero los dedos de Bill en su boca le hicieron desistir —¡sshhh! Tom, no me arrepiento de nada de lo que ha pasado entre tú y yo, si he querido hacerte creer lo contrario en las últimas horas, ha sido fruto de uno de mis últimos errores. Yo estaba tan feliz, emocionado y aterrado esa noche.

—No parecías aterrado—alcanzó a interrumpir Tom.

—Pero lo estaba cariño, no sabía si todo resultaría como lo esperaba. Había estado añorando sentir tu olor, mirar tus ojos desde siempre, como ya te dije, y no quería arruinarlo. Pero fui sincero contigo esa noche, a mi modo, lo sé. Te dije que eras mi hermano.

—¿Cómo?

—¿Recuerdas lo que te dije?

—Digamos que las sensaciones físicas de esa noche nublan un poco los otros detalles —rió Tom. Bill también rió como respuesta.

—Intenta recordar cariño —y Tom obedeció. —¿recuerdas que me preguntaste “quién eres”? —Tom asintió buscando en su mente aquel preciso instante, y vino todo a su memoria. Había pasado algo más de una semana, pero podría revivirlo perfectamente. Podía verse así mismo pegado a la pared, aterrado, escuchando la tormenta allá afuera, el viento y la lluvia golpeando los ventanales, hasta que Bill se acercó y sintió su calidez, sus labios… Entonces el miedo se había ido.

Esa noche…
—Te he esperado tanto, te extrañé. Dos vidas no alcanzan para amarte como te amo, Tom. Si debo buscarte en la última galaxia lo haré porque no puedo vivir, ni morir sin ti.

—Um…—Tom ya no articulaba palabra, sólo era capaz de percibir el aliento de ese joven, y sentir ese cuerpo junto al suyo, que a través de las ropas delgadas se podía apreciar con todo detalle. «Este de fantasma… nada», pensó. Y con sólo esa idea en su cabeza, dejó de temerle a ese ser pegado a él, porque se sentía tan real, tan de carne y hueso. Y si no era un espectro, ¿qué era? Sus pensamientos fueron interrumpidos por nuevas sensaciones. Sí, la de los labios de Bill rozando con delicadeza la piel del cuello y el mentón hasta llegar a sus labios. Mientras el pelinegro apretaba las formas de Tom con su cuerpo. Para Tom las imágenes terroríficas de hace un momento ya se habían esfumado.

— ¿Quién eres? —Tom ya lo sabía, pero necesitaba creer que esto no era un sueño, ¿o sí lo era? Aún temblaba un poco por el frío, un poco por los nervios y tantas emociones.

—Soy yo, hermanito. Soy Bill, tu amor… ya sabes quién soy.

—¿Recuerdas ahora?

—Sí —respondió Tom en un susurro. Los ojos se le aguaron. Bill se lo había dicho, pero no volvieron a mencionarlo más, Tom por olvidadizo, Bill por temor. Ahora se añadía otro gran descubrimiento y eso lo estaba matando, se asombró al reconocer que le atormentaba más lo de sus padres que saber que Bill era su gemelo. —aunque sufro al pensar que mis padres no son…

—Tom, tus padres son tus padres, los únicos que has conocido y a los que amas.

—Lo sé, lo sé —el de trenzas sonrió amargamente. —es tanta información en mi cabeza, soy adoptado, eres mi gemelo, uff… Y además hicimos mal en no aclarar casi nada de lo que vivimos esa noche.

—Y dejé que los días pasaran. Te lo diría en algún momento. Te recordaría aquel momento, pero las horas pasaban y creí, creí que… Soy un idiota. Y luego se complicó todo, yo no entendía por qué tanta ansiedad de ese hombre por tener los planos de la propiedad. Tom por favor, no le creas nada. Él me secuestró, me golpearon, y me chantajearon. Me atemorizó aún más y actué tal y como él quería. Creyó, y reconozco que yo también lo pensé, que tú te alejarías de aquí sin más, que te rendirías, por una razón u otra. Que tú, al creer que yo te había utilizado, me odiarías y te irías, y si no, él te contaría que somos gemelos, y me odiarías igual. De todos modos, te perdería. Cuando hoy dijiste que no entregarías Liz Garten y que la defenderías con tu vida, me hiciste el hombre más feliz del mundo, porque sabía que por lo menos estarías cerca y podría seguirte viendo. Y que aquello que Bill Kaulitz te había mostrado te había hecho más fuerte.

—Bill Kaulitz me dijo cómo debía amar este lugar, me enseñó cómo debía amarte. Yo te amo, y no hay nada que pueda cambiar eso, incluyendo lo de Dark.

—¿Dark? ¡Tomi! Amor, lo que dijo ese hombre es mentira. Dark siempre me ha querido, y yo siempre te he amado a ti. ¿Resultado? Incompatibilidad de intereses —se rieron — él es sobrino del Gran Maestre.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? —Bill lo miró extrañado, y pudo leer sus pensamientos —Ah, ok, uno de tus sueños —Tom asintió —bien, te cuento sobre él. Es hijo de mi madre, no adoptado sino de sangre, fuimos criados juntos, es algo mayor que yo, posesivo y territorial conmigo, siempre me ha sobreprotegido, y siempre tuvo celos de mi hermano gemelo. Esa noche, nuestra primera noche, aquí en la mansión, él vino a interrumpir el mejor sueño de mi vida. No había nada más delicioso que sentir tu aroma mientras dormías, me quedé junto a ti, y me dormí feliz, completo, por primera vez, pero él llegó diciéndome que había quedado el desastre en mi cabaña por culpa de la tormenta. Sé que disfrutó al separarme de ti momentáneamente. Intenté apresurarme, tratando de ordenar y arreglar todo en mi cabaña lo más rápido que pude, pero cuando regresé supe que te habías ido y creí que moriría. El sueño de hace dos meses me dijo sobre nuestro encuentro, pero ahí me di cuenta que no decía si luego seguiríamos juntos y me desesperé. Sabía que ustedes irían hacia el parque, no preguntes cómo, sólo lo supe, y te seguí, mi pobre caballo ha querido entablarme demanda desde entonces por maltrato y explotación —rieron a carcajadas —también me siguió Dark, o Michel, que es su nombre, el resto ya lo sabes.

—¿Dark es hijo de tu madre adoptiva, pero también sobrino del Gran Maestre?

—El esposo de mi madre que murió muy joven era el hermano menor del Gran Maestre.

—Entiendo.

—Tom, eso es todo. No tengo más que contar. Del resto sé tanto como tú, quizás menos de algunas cosas, quizás más en otras.

—Está bien, lo entiendo todo, tranquilo —hizo una pausa recordando todo y sus ojos se abrieron —¡No! ¡no todo está bien!

—¿Qué cosa? —preguntó Bill angustiado por el repentino cambio de humor de Tom.

—¡Ese maldito Steffan Wassenne, el kinesiólogo! —-Bill se rió —¡No lo encuentro la gracia! ¡Tienes la desfachatez de reírte! —Bill calló la boca de Tom con la suya. El beso tibio e intenso relajó al de trenzas.

—¿Acaso crees que podrías tener competencia alguna? No hay en el mundo para mí nada más bello que tus ojos marrones, tu cuerpo perfecto y tu nariz respingona. Tú me quitas el aliento. Estoy loco por ti —Tom sonrió y bajó su mirada. Luego se puso de pie, le tendió la mano a Bill y sin soltarse más, caminaron hacia la mansión.

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—Yo dije que ellos tenían cosas que conversar. Se lo dije a Bill, que debía contarle la verdad a Tom.

—¿Qué verdad? —preguntó Gustav, mientras mantenía abrazado al castaño por la cintura y su boca permanecía perdida entre los cadejos del cabello castaño y la piel suave del cuello de Georg .

—¡Qué sé yo! La verdadera razón que llevó a Bill a dejar a Tom, o pelearse feo. No sé. Pero debían arreglar algo. Y por fin siguieron mi consejo —se ufanó el castaño.

—Tú siempre tan buen consejero —el de gafas le daba pequeños besitos en el cuello, detrás de la oreja, luego le mordisqueaba el lóbulo. En la cocina estaban sólo ellos dos.

—Um, Gustav, estoy ansioso.

—Yo también —dijo el de gafas entre jadeos, mientras llevaba una mano al entrepiernas de Georg.

—¡De eso no! ¡Caliente! Eres un caliente. Yo estoy preocupado por mi amigo. Muero de ganas de saber qué pasó, y tú pensando quizás en qué cosas.

—Tú sabes en qué tipo de cosas estoy pensando ahora mismo —y acto seguido pasó la punta de la lengua por la barbilla del castaño.

—¡Gustav, eres incorregible! —le reclamó sin separarse ni un milímetro.

—¡Pues sí! —y el de gafas apartó su rostro —¡soy incorregible! ¿quieres ver cuánto? —y se abrió la cremallera para sacar su pene erecto y enseñárselo a su novio cual estandarte izado al viento. El castaño abrió sus ojos como plato.

—¡Gustav!

—¡Quiero sexo y me importa un pepino el resto del mundo!

—¡Hey Chicos! —se sobresaltaron al escuchar a Markus. Gustav apenas alcanzó a medio ocultar su problemita, rojo de frustración e incomodidad ante la premura. Pero Markus, se hizo el desentendido y continuó —Conseguimos 3 carritos de golf para ir todos los que podamos al jardín.

—¿En serio? Emm ¿Cómo se llaman esos carritos?

—Carritos de golf, Georg —dijo Gustav rodando los ojos.

—¡No idiota! ¡Ya recuerdo! Están los Mini Hummer.

—Sí —le confirmó el señor Frank —de esos, para 4 personas. Hoy instalarán focos alógenos en el túnel, antes de que se acabe el día. Y mañana podremos ir. ¿Qué les parece?

—¡Genial! —respondió Tom quién venía entrando a la cocina seguido de Bill.

—¿Y se reconciliaron? —preguntó sin titubeos el castaño.

—Pues a decir verdad, nos falta la otra parte de la reconciliación, esa la más sabrosa —confesó Tom con la cara llena de risa, pero mirando a Bill que sonrió junto con él.

—Veré qué se puede hacer teniendo una costilla rota.

—Hace un rato no te quejaste, bueno, sí que te quejaste, pero no por eso. —Bill sonrojado volvió a reír —no pareció que te molestara la costilla, o por lo menos ni te acordaste.

—¡Tom basta! —le quiso ordenar Bill, queriendo parecer enojado pero no paraba de reír todo nervioso.

—Tom, legalmente yo aún tomo las decisiones que tienen que ver con la Mansión, por eso me atreví a solicitar los vehículos y la instalación electrógena…

—Sí, señor Frank. Estoy de acuerdo en eso. Yo aún no soy legalmente el dueño, y creo que ha sido una magnífica idea… —Tom se interrumpió al advertir a alguien que se asomaba por el umbral de la puerta, alguien de ojos verdes y cabello castaño que no dejaba de sonreír.

—Lo siento, por llegar así. El señor Berg me abrió el portón.

—¿Usted es el señor…? —preguntó Markus.

—Wassenne, Steffan Wassenne. Soy el kinesiólogo del señor Koening.

—Um sí, de veras —respondió Markus.

—¡Ah bueno! —dijo Bill con cierto entusiasmo —aunque se supone que es mañana nuestra cita, no hoy.

—¡Oh sí! No lo he olvidado, en realidad he pasado para preguntar si el señor Trümper había llegado bien esta mañana, después de que lo traje —Steffan avanzó hacia un desconcertado Tom , mientras Bill miraba perplejo y con el ceño fruncido al kinesiólogo sin entender de qué hablaba —me dejó algo preocupado. Y bueno, me tomé la libertad de escoltarlo hasta la mansión, y evitar que siguiera en la carretera exponiéndose a peligros.

—¿C-cómo?, ¿c-carretera?, ¿esta mañana? —Bill miraba a Tom pidiendo alguna aclaración, pero éste como si tuviera algo que ocultar bajó su rostro sonrojado, sintiéndose pillado —¡Cuéntame Tom, que no entiendo nada! —pero en vez de recibir respuesta, fue ignorado debido al empeño de Steffan de seguir con sus comentarios sobre lo sucedido con Tom, pero hablándole todo el tiempo al de trenzas, sin que éste pudiera explicarle nada a Bill.

—Estaba usted muy pálido esta mañana, y por un momento pensé que se sentía enfermo, ¿se encuentra usted bien? ¿puedo tutearlo?

—¡No! —replicó Bill

—S-sí, sí —respondió todo cortado el de trenzas. Mientras a Bill le crecía cada vez más la irritación. —además a ti ya te tuteaba, Bill.

—Bueno, yo me he atrevido a venir a preguntar así con tanta libertad, sabiendo que ya no ofendo con ello al señor Koening, pues como ustedes ya terminaron su… Bueno, su relación… Este… No creo ser imprudente en mi preocupación por… Ti… Tom.

—¡¿Ah?! —fue todo lo que pudo decir Bill, en el límite de la perplejidad, pasando a la indignación absoluta ¿qué se traía entre manos este doctorcillo de pacotilla? —¡oye tú Steffan!

—No tienes de qué preocuparte Steffan. Todo está bien —Tom reía disfrutando la rabia de Bill, ¡qué bueno era que recibiera de la misma medicina, y ni siquiera lo había planeado!

—¿Sería mucho pedir que mañana fuéramos a tomar un café?

—Pero, pero —Bill ya tenía los ojos casi desorbitados —¡él no puede!

—¿No?, ¿por qué? —fue la pregunta irónica del de trenzas —porque, que yo sepa, no me has preguntado si quiero ser tu novio, ni me has dicho que proyectas tener una relación estable conmigo, o que mañana yo tenga una cita contigo.

—¡¿Qué?! ¡Tom! —exclamó Bill dolido —¡mira, haz lo que quieras! —y se dio media vuelta y salió rápidamente de la cocina rumbo al piso superior.

—Lo siento, al final sí que he sido inoportuno. Perdona Tom.

—No te preocupes, acepto tu invitación para mañana. —esta vez aprovecharía todas las circunstancias que se le presentaran para desenredar la madeja de conspiraciones que los acechaban, aunque significara pasar otro mal rato con Bill.

—Okay, ¿te parece que si vamos luego de la sesión con el señor Koening?

—Perfecto.

—Bien, adiós.

El joven salió de la cocina dejando a todos mudos y a Tom con una sonrisa de satisfacción.

—Esto que has hecho, tiene una razón importante ¿verdad? Porque si no, no me explico que ofendieras así a Bill gratuitamente —preguntó Markus más extrañado que nadie.

—Tiene razón. Existe un motivo para lo que hice, y Bill me ayudó mucho con su enojo tan espontáneo. Y ahora deberé ir a rogarle un poco, es el precio que debo pagar. Acabo de matar dos pájaros de un tiro —y el de trenzas salió de la cocina dejando a los tres hombres con más interrogantes que respuestas.

—Ustedes chicos, ¿saben de lo que habla Tom? —el castaño y Gustav se encogieron de hombros como toda respuesta. Markus movió su cabeza y salió también de allí en silencio.

—Mejor, olvidémoslo, por salud mental —señaló el castaño.

—Mejor, sigamos en lo que estábamos —dijo el de gafas abrazando a Georg.

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—Creo que no tengo derecho a provocarte escenitas de celos. Me he comportado como un cretino contigo, te he hecho sufrir, sólo porque me sentí débil y amenazado. Al final, todo se reduce a mi ego.

—Bill, ¿tú confías en mí? —Tom se acercó y se recostó al lado de su pelinegro, tomó su mano y comenzó a besar suavemente sus dedos.

—¿Por qué siento que los papeles se están invirtiendo?

—Responde.

—Sí, confío en ti. Pero ¿qué hacías esta mañana en la carretera como para que Steffan te encontrara?

—Me vino a buscar tu Gran Maestre. Me propuso un acuerdo, un trato que yo rechacé.

—Ahora entiendo qué era lo que ese hombre te preguntaba, que si lo habías pensado y qué sé yo.

—Mira, ahora eso ya no importa —el de trenzas abrazó suavemente a Bill y le besó el cuello, dejando escondido su rostro en la curva del hombro de su amado, respirando del suave aroma del cabello del joven mago. —lo importante es que yo no te reprocho nada. Yo te amo, y este sentimiento seguirá por siempre. Si yo hubiera estado en tu lugar, es posible que hubiera actuado como todo un niñato. Deja de culparte. Yo no te culpo de nada. Yo lo único que deseo es que te recuperes bien, para la maratón de sexo que me debes —ambos se rieron, y luego se besaron con dulzura y sin prisa —ahora bajemos por algo de comer. No debes descuidar tus medicinas y tu alimentación.

—Pero no vayas con él mañana, por favor.

—Lo siento Bill, eso debo hacerlo, confía en mí ¿sí?

—Tú pretendes algo con esto —Bill entrecerró sus ojos, intentando adivinar en la mirada de Tom aquello que el de trenzas planeaba.

—En la guerra y en el amor todo se vale.

—Mentira, porque hay una listita bastante larga señalada en la Declaración de Derechos Humanos y en la Convención de Ginebra de lo que se puede o no hacer en una guerra, y eso vale también para el amor. —Bill se permitió hacer un puchero, estirando su labio inferior.

—Vamos amor, que estos soldados necesitan comer.

Tom lo jaló tirando de su brazo no adolorido, y se dirigieron una vez más a la cocina.

Luego llegaron los técnicos con todo el equipo para ser instalado en los túneles, pero Tom no permitió que bajaran, así que ellos mismos fueron a instalarlo, y dejarlo listo para la mañana siguiente.
Las horas posteriores continuaron entre conversar, comer conversar, fumar, comer otra vez, y seguir conversando los planes de Andreas para comenzar las investigaciones sobre la familia Kaulitz y sobre todo por Stein Kaulitz. De cómo era el jardín, de lo que se trataría el extraño disco, cuál sería su función, todos tenían diferentes conjeturas.

—Hagamos una apuesta —propuso el de gafas.

—Okay —respondieron casi todos.

—Primero yo, apuesto un día en el lago con todo pagado para todos los presentes a que ese disco es una especie de espejo solar, de esos que captan la energía.

—Ay Gustav, ¡qué ridícula tu apuesta!

—¿Cómo que ridícula?

—Porque vas a perder. Piensa un poco, ¿para qué utilizarían la energía solar en esa época? —replicó el castaño, incrédulo de la propuesta de su novio.

—Pues mi teoría es más cuerda que esa de que se trate de un portal en el tiempo, como si estuviéramos en un capítulo de Stargate. Esas cosas no existen, lo del uso de la energía solar sí.

—Pero… —alcanzó a decir Georg y fue interrumpido por Tom.

—Okay, yo apuesto dos días, pagados por ti, para todos, sí resulta ser un portal para viajes en el tiempo, y si no es así, los pago yo.

—Hecho —y se dieron un apretón de manos sellando el acuerdo.

Al final, lentamente llegó la noche, y cada uno se aprestó a dormir —¿dormirás en mi habitación ahora? —preguntó esperanzado Tom.

—Pues si vas a estar pensando en la cita que tienes para mañana, fíjate que me lo voy a pasar con ganas de estrangularte toda la noche, así que tal vez es mejor que duerma en otra habitación.

Tom sintió un puñal en su estómago, ¿sería bruto su amorcito? ¡¿Cómo no se daba cuenta que sólo bastaba que le pidiera ser su novio?! Ya se lo venía insinuando desde antes de la crisis, antes del secuestro. Ese día cuando Bill le comunicó que se iba a Australia, Tom aprovechó de reprocharle que Gustav y Georg ya eran novios, y ellos que se amaban tanto pues nada, ni siquiera tenía claro si eran amigos con derecho a roce, y ahora que eran gemelos, más confuso se volvía todo. ¿Pueden los gemelos ser novios? Tom pensaba que sí. Pero aquí estaba su pelinegro como si mirara llover, no enterándose de nada. El de trenzas había creído hoy que sacándole celos con Steffan, Bill reaccionaría y marcaría territorio proponiéndole formalizar su relación. Pero no. Tom había esperado en vano toda la tarde. Y Bill seguía sin darse por enterado. El de trenzas suspiró dolido y resignado.

—De acuerdo, como tú quieras —y se dio media vuelta para dirigirse a su habitación.

—Tom, ¿qué deseas?

—N-nada, que descanses.

—Tom, ¿tú esperas algo de mí?

—Ve a dormir, necesitas descansar y yo también, ha sido un día largo, intenso, y ya es muy tarde. Buenas noches. —sin esperar respuesta, se metió a su habitación. Una vez dentro, se sentó en su cama, se quitó la bandana y la lanzó lejos. Tenía rabia, y se sentía estúpido. No quería sentirse así. Por lo menos había contenido el llanto, por lo menos esta vez no iba a llorar.
Se dio una ducha, y se metió en su cama. Moría de ganas de estar con él, por un momento se debatió en la idea de que estaba exagerando, de que lo más importante era estar juntos, pero luego debía reconocer que quería algo formal, quería ese momento de que le pidiera ser su novio. Sonaba idiota, considerando que se amaban, que ambos lo sabían con absoluta certeza. ¿Entonces por qué le dolía tanto estar así siendo pareja pero sin un nombre, sin una categoría con la cual señalar a su relación? Tom se había sentido orgulloso de haberse probado a sí mismo y ante los demás que él podía resolver situaciones emergentes, que era lo suficientemente macho para hacer cosas arriesgadas y locas, acciones llenas de testosterona, pero ahora, luego de todo ese esfuerzo, aquí estaba, como toda una damisela ofendida y despechada, porque su pretendiente no le había pedido ser su novio, habiéndole entregado todo ya, incluso aquello.

Le molestaba incluso que Bill no lo siguiera hasta la habitación para rogarlo, para insistir que le dijera lo que estaba pensando. No, Bill simplemente se había metido a su habitación, sin preocuparse de nada.

Apagó la luz y se quedó allí pensando, sin llegar a una solución por ahora, ya que era la otra parte, o sea Bill quien debía reaccionar, no él. Se quedó dormido, hasta que una voz le llamó repetidas veces.

—Tom, Tom, Tom —era la voz de una mujer, el de trenzas creyó que seguramente era Alexa, pero el timbre de voz era distinto —Tom —hizo un ademán de encender la lámpara junto a su cama —no, no enciendas la luz, por favor —la silueta de la mujer se distinguía bastante bien. Ya no había luna completa en el cielo, así que la luz era escasa, pero aún así pudo advertir que tenía el cabello largo, aunque no tanto. Su voz era suave, y al de trenzas le recordaba algo. Esa voz le era familiar, pero de dónde —mi niño querido, tú no me conoces, pero yo sí a ti, te conozco de hace mucho —esa voz era familiar, claro que sí, y Tom intentó con gran esfuerzo recordar.

—¿Quién eres? Conozco tu voz.

—Siempre he estado cerca de ustedes, a su lado, aunque no lo supieran. Incluso aquí mismo, en esta casa. Ese día que buscabas con Bill aquella información en la biblioteca, tú me sentiste, era yo.

—¿Quién eres tú? —Tom se concentró en la voz de la mujer. —¿eres una bruja o de esos magos?

—Algo así. —la mujer rió despacio —Mi niño, escucha, se me acaba el tiempo por ahora, necesito que pongas atención.

—Ya sé, recordé de dónde es que conozco tu voz. Tú me susurraste la clave para abrir la puerta del templo bajo el mausoleo. Me dijiste Horus.

—Sí, yo fui. Pero concéntrate en lo que te digo. Debes tener cuidado. Ese hombre no se ha rendido. Procura agilizar los trámites de la propiedad. Él tiene cómo embaucar gente, a él no le importa asesinar si es necesario.

—¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Antje. No lo olvides, mañana. Y es tiempo de que te mires a ti mismo, pequeño. Ahora duerme.

—Está bien, tendré cuidado, no… no bajaré la… La guardia —y se durmió. Segundos después la puerta se abrió, y por la habitación se deslizó un pelinegro espigado. Sigiloso se deslizó por la cama, hasta meterse entre las sábanas, besó suavemente en los labios a Tom y apoyándose sobre su espalda se quedó dormido también.

La mañana los sorprendió juntos, con las cabezas pegadas, sintiendo el calor de sus cuerpos. Tom no abrió los ojos inmediatamente, lo primero que notó fue una maraña de cabello en su cara que no era el suyo, luego fue conciente de que sus piernas aplastaban las de otra persona. ¿Sería que la chica aquella se metió en su cama y lo violó? Abrió los ojos espantado por aquella idea escabrosa. Pero más grande fue su sorpresa darse cuenta que aquel que le acompañaba, no era otro que Bill, profundamente dormido aún.

Lo observó detenidamente, apartó de su cara los mechones de cabello, y lo contempló, como no lo había hecho nunca en esta vida. Se fijó en la tenue barba rubia incipiente, y recién reparó en el parecido, en la forma de sus labios, su nariz que de frente la tenían idéntica, en los ojos levemente rasgados, en el cabello rubio que podía apenas distinguirse en la raíz, producto del crecimiento del cabello. Ahí fue consciente de que Bill era rubio también, y que se tinturaba el cabello de negro, tal como lo hacía él. Disfrutó de su belleza tranquilamente, si apuros, y analizó sus propios sentimientos.

Se sentía tan cómodo con él a su lado, era tan natural verlo respirar junto a su piel —es mi hermano —se dijo en voz baja, sólo para decretar esa idea que en su mente no terminaba de consolidarse, pero contrario a lo que pensaron otros, incluyendo a Bill, eso no perturbaba su amor, porque lo seguía amando igual, porque sabía que ese amor no tenía una semana de vida, tenía siglos, tal vez más, nació en esta vida con ese amor en su alma, y siempre lo supo, aunque en su mente no entendiera nada. Y también estuvo seguro de que nunca se apartaría de él, de que no podría vivir lejos de su amor ni un solo día.

—Te amo —dijo callado, y lo besó, primero superficialmente, luego penetró la boca de Bill con suavidad, profundizando el beso. El pelinegro reaccionó y se fue despertando de a poco, hasta corresponder a Tom con la misma intensidad. Luego se separaron unos centímetros. Bill sonrió, feliz, satisfecho del hermoso despertar.
—Te amo —dijo callado, y lo besó, primero superficialmente, luego penetró la boca de Bill con suavidad, profundizando el beso. El pelinegro reaccionó y se fue despertando de a poco, hasta corresponder a Tom con la misma intensidad. Luego se separaron unos centímetros. Bill sonrió, feliz, satisfecho del hermoso despertar.

—Anoche, no podía dormir. Te extrañaba, me moría de ganas de dormir contigo, pero mi yo celoso y territorial habló por mí, y te dijo esa estupidez, y me tuve que quedar solito. Hasta que me rendí, sabía que no dormiría si no te sentía a mi lado… Así que me vine a hurtadillas, para no despertarte. —Tom se rió, y lo volvió a besar con ternura.

—Eres un tontillo, pero te amo así. —el de trenzas acarició su mentón —vamos a la ducha, y tenemos que afeitarnos. Luego desayunar, y después recorrer ese parque o jardín que se encuentra entre las montañas.

&

—Parece que antes de que tú llegaras a mi habitación, tuve otra visita.

—¿En serio? ¿qué visita?

—Una mujer —y Tom alzó las cejas repetidas veces, sonriendo con picardía.

—Una mujer —respondió el pelinegro, siguiéndole el juego —¿y qué te hizo?

—De todo, por eso dormí tan bien —Tom se rió, y Bill permaneció serio. Estaban en el último sótano listos para subirse a lo carritos. En el primer carro irían Tom y Bill, en los asientos delanteros, atrás Georg y Gustav. En el otro, en los asientos de adelante, irían Anton y Markus, y detrás de ellos Andreas y Alexa.

Los carros partieron, y Tom retomó la conversación, ya que Bill no hizo más preguntas, al parecer no le había resultado gracioso el comentario del de trenzas —de verdad Bill, recibí la visita de una mujer, no vi sus facciones, no dejó que encendiera las luces. Su voz era suave, y eso me permitió calmarme, pero su voz me era familiar, ¿sabes?

—¿Te recordaba la voz de alguien?

—Sí, al principio no sabía de dónde o cuándo, pero luego de un momento me acordé. Era la voz femenina que me susurró la palabra para abrir el templo bajo el mausoleo.

—¡Wow!

—Y además me dijo que ella estuvo en la biblioteca cuando el otro día entramos allí para buscar la información, y estuvimos inspeccionando las repisas y las murallas para encontrar la puerta secreta, ¿recuerdas?

—Pues claro, te dije que lo que había allí no era nada negativo.

—Exacto, se llama Antje, y dijo que siempre ha estado cerca de nosotros.

—No se me ocurre quién pueda ser Antje.

—Le pregunté si era bruja o mago, y me dijo: algo así.

—¡Vaya! Eso reduce mucho más las posibilidades. ¿Y sólo eso te dijo?

—No, me vino a hacer una advertencia. Que el Gran Maestre no se ha rendido, y que intentará apoderarse de la propiedad, me parece aprovechándose de los vacíos legales, y así obtener Liz Garten.

—Bueno, eso era de esperarse.

—Ella insistió en que hoy debía resolver algunas cuestiones legales para evitar problemas, así que hoy luego de este viaje al misterio, deberé volver al mundo real, a agilizar las gestiones, o ver manera de proteger la mansión hasta que haga uso de mi Posesión Efectiva.

—Yo creo que no habrá problemas por ese lado. Con todos los documentos que te avalan, él no tiene mucho qué alegar. Yo más le temo al hombre violento que vive en él. —Tom miró a Bill, pensando en la forma que ese hombre había procedido con el joven mago. Sintió un escalofrío, pero no dijo nada.

Luego de unos minutos, el túnel llegó a su fin a los pies de las escaleras. Todos se bajaron de los carros y se acercaron a la gran puerta.

—Es increíble lo que nos demoramos a pie, casi morimos de desesperación. Pero en carros ni se notó el camino —señaló Markus.

—Sí, es cierto. Creo que hemos sido demasiado benevolentes con todos estos. —agregó Tom, mientras giraba la rueda de la compuerta para abrirla después —Markus y yo debimos venir en carro, y todos los demás a pie trotando detrás de nosotros, así como una especie de bautismo.

—Ja-ja-ja —Georg remedó una risa burlesca —¡qué ingenioso estás Tom!

—Hubiera sido un lindo espectáculo verlos a todos con la lengua afuera —rió el de trenzas justo cuando abría la puerta.

Ante los ojos de las ocho personas se desplegó una imagen bizarra. Era un jardín, un parque. Pero lo extraño es que debieron llegar desde el interior, desde las profundidades de la mansión, para aparecer en este lugar que sus mentes se esforzaban por situar espacialmente, de manera inútil.

Sin aliento, sin palabras, se quedaron todos. Aunque Markus y Tom ya lo habían visto, no dejaba de sorprenderlos.

—Intento inútilmente situar este parque en algunas de las montañas que conozco, y no logro acertar con nada —dijo un asombrado pelinegro.

—Pero se nota que este jardín no ha tenido mantención en muchísimos años. Miren la vegetación ya crece salvaje. Si hasta me parece que de repente va a aparecer un Tyrannosaurus Rex.

—¡Ay Gustav! Ya me vas a empezar a asustar —el de gafas se rió, mientras el castaño medio encogido miraba para todos lados.

—Es hermoso, y el marco de las paredes de las montañas escarpadas, verticales y desnudas, acentúan el aire de misterio. Y fíjense, se hace eco —dijo el rubio —el canto de los pájaros se multiplica porque estamos en una especie de agujero gigante, en una especie de foso.

—¿Vamos a recorrerlo? —preguntó Alexa.

—Pues claro —respondió Markus Frank —hay cosas que debemos investigar. Nos vamos a separar, ¿de acuerdo? —todos asintieron —bien, somos cuatro parejas, entonces, nos repartiremos un sector del jardín cada pareja. ¿Quién al Norte?

—Nosotros —levantó la mano Andreas.

—Nosotros al Sur —dijo Gustav.

—Bien, entonces, Bill y yo al Oeste.

—Okay, Anton y yo al Este. —terminó de decir Markus.

—¿Punto de encuentro y hora? —preguntó Alexa.

—Acá mismo, en una hora. ¿Les parece?

—Sí —respondieron todos.

—Prohibido inspeccionar el disco hasta que estemos todos juntos otra vez, podría ser peligroso —advirtió Tom.

Y cada pareja partió en la dirección que se les había asignado. Tom y Bill caminaron por entre el tupido follaje hacia el Oeste. Era aún muy temprano, y debido a las altas paredes que rodeaban al jardín, los rayos del sol matutino sólo alumbraba hacia los picos altos de las paredes del Oeste.

—Esto pareciera ser el fondo de un volcán extinto.

—Ah Bill, acá no hay volcanes.

—O bien hubo aquí un glaciar que desapareció hace siglos. Pero esas paredes no están así producto de la intervención humana. Yo creo que esto estaba así y la familia Kaulitz aprovechó las circunstancias, el lugar, la ubicación. Eran bastante excéntricos.

—Bill, ¿quiénes son nuestros padres?

—No lo sé, intenté averiguarlo hace unos años, pero no hay información. O por lo menos no quisieron dármela a mí. Sólo me dijeron que habían muerto.

—O sea, no nos abandonaron.

—¡No! ¿Cómo podría alguien hacer eso con dos bebés tan hermosos como nosotros?

—Pero mis padres nunca me dijeron nada.

—¿Cómo se llaman?

— Geert y Simone.

—¿Son buenos padres?

—Supongo que sí, aunque mi madre es sobre protectora. Y yo creo que siempre me notó algo raro, porque cuando le contaba de mis sueños, ella los ridiculizaba, o bien decía que eran tonterías, y con los años dejé de darles importancia. Yo creo que soñé contigo un sin fin de veces, pero borré tu rostro de mi mente, hasta que volvió a estar frente a mis ojos cuando vi el cuadro hace más de una semana. Y mi corazón se llenó de emociones. Lamento no recordar los sueños, pero sé que ahí están.

Bill tomó la mano de su amado, y caminaron así. A cierta distancia se escuchaba la caída de agua.

—¿Te das cuenta que el agua es nuestra constante? —comentó el mago sonriendo. Tom se rió, y se acercaron rápido hasta el origen del sonido.

Era una fuente, y en la roca había una cueva de la cual surgía una cascada de colores brillantes, verdes, azules. Era hermoso.

—Ven —dijo Bill, comenzando a desnudarse.

—¿Estás loco? Estás convaleciente, no estás bien —dijo alarmado Tom, y más al ver las inmensas contusiones moradas en su torso, tanto en el pecho como en la espalda.

—Ven, el agua helada me hará bien.

—Yo no estoy tan seguro de eso, Bill.

—Bueno, no lo sé. Pero si entras conmigo al agua, me podrás ayudar a entrar en calor.

—Oye, con esa agua tan helada, la tripita que tienes colgando entre las piernas se te va a encoger a su mínima expresión, y así no habrá nada que la reanime.

—Vamos, no seas cobarde, ¡sígueme! —y Bill nadó hasta la cueva para acercarse a la cascada.

—Maldita sea —masculló el de trenzas, mientras se desvestía. Tom alcanzó a observar que Bill se subió a un pequeño muro de piedra junto a la cascada, lo suficientemente ancho para que cupiera su cuerpo sin problemas.

Tom llegó a su lado, sintiendo que sus músculos se adormecían con el frío.

—Bill, ¿acaso no te duelen las costillas y el hombro por todo el esfuerzo que estás haciendo?

—Pues no sé, con el frío no siento mucho —Tom terminó de subir y se puso sobre Bill —nene, caliéntame, como lo hiciste ayer. —el pelinegro alzó su cabeza para atrapar los labios temblorosos de su amado. Y el beso se intensificó.

La sangre comenzaba a correr tibia por los cuerpos, por los músculos, llenando de a poco sus penes, volviéndolos a la vida. Las respiraciones se volvían cada vez más agitadas, las manos ansiosas recorrían sus pieles. Tom intentando al máximo no lastimar y aplastar el delicado cuerpo de su amor, sosteniendo su torso a cierta distancia, apoyándose en un brazo.

—Es mejor así —dijo el de trenzas y se puso al revés dejando sus partes íntimas sobre la cara de Bill, mientras él con su boca comenzaba a succionar el pene aún medio fláccido del pelinegro. El mago hizo lo mismo. —Bill, dilátame —dijo Tom con voz ronca. Y el pelinegro obedeció gustoso, abriendo lentamente esa entrada. Hacer eso, le excitó inmediatamente, haciendo que su pene se erectara. Con una mano dilataba el esfínter de Tom, con la otra le masturbaba. Para Bill no había nada más delicioso que tener así a su amado, tan expuesto y deseable. Las ansias de poseerlo le hacían temblar, de sólo recordar cómo se sentía la tibieza y suavidad de las entrañas de Tom, rodeando su miembro, del placer que le provocaba el roce constante de piel con piel, de cómo Tom apretaba sus entrañas en voluntarios e involuntarios espasmos debido a la proximidad del orgasmo, haciéndole ver las estrellas. Ya no aguantaba más. Tom percibiendo lo mismo, se sacó el pene de Bill de la boca y se volvió a dar vueltas.

—¿De verdad estás listo?

—Más vale que sí, porque ni tú ni yo aguantaremos muchos más —dijo Tom, con respiración alterada.

Tom se sentó sobre los muslos de Bill, luego avanzó las caderas hacia delante, corrió un poco sus piernas, Bill sujetó la base de su pene, y el de trenzas, dejó caer su entrada sobre la punta, empalándose luego, suspirando. Bill, al sentir la presión envolvente en su miembro arqueó su espalda de gusto, cerrando sus ojos por un instante, mientras un gemido involuntario salía de su boca. Tom comenzó a moverse, no esperó un segundo, acercó sus labios a la boca del pelinegro, dejando gemidos y jadeos dentro de ella, besando con ansias, apretando los labios, mordiendo, moviendo frenéticamente su lengua, dejando rastros de salivas en los labios y el mentón de Bill. El pelinegro le sujetaba de las caderas, dejando que Tom se moviera libremente a su ritmo, concentrado en las múltiples sensaciones que sentía su cuerpo, por su boca, por sus manos, por su sexo. Embebido de Tom, así quería estar. Ya no le era posible imaginar la vida de otra manera.

El de trenzas dejó de besarlo y se sentó más erecto, sin dejar de moverse, cabalgando sobre las caderas de Bill, sintiendo que el pene de su amado rozaba su próstata con el movimiento. Los testículos de Tom se veían turgentes y duros como su falo. Tal visión enloquecía a Bill, y agarró el miembro de su amante con sus manos para darle más placer, provocándole calor, del frío ya no se acordaba, sólo era consciente del magnífico placer que sentía tener dentro suyo a Bill. El eco dentro de la cueva, multiplicaba los gemidos y los jadeos, repitiéndose en el aire cientos de veces las palabras entrecortadas de amor y deseo.

Tom quería a Bill dentro suyo, Bill quería empaparse de Tom miles de veces. ¿Era amor o hambre primitivo? Era ambos, admitió Bill en sus locos pensamientos, los únicos que lograba pensar en medio del éxtasis. Menos podría ahora coordinar otros pensamientos al ver que Tom bajaba y subía sobre su pene, aumentando el roce, provocando el choque con su punto de placer, con toda la intensidad que sus movimientos se lo permitían, lo que era humanamente posible, más que eso ya no se podía. Casi se salía Tom de la punta del pene y se dejaba caer otra vez con fuerza, mientras de su garganta salían los gemidos, replicándose en la garganta de Bill, y estos a su vez repitiéndose, al chocar las ondas sonoras en las paredes de la cueva, apenas apagados por la fuerza del agua, un concierto de sonidos, de la fuerza de la naturaleza, hombre y elementos, unidos en un canto al movimiento y a la vida misma.

La expresión del amor desatado, más allá de las barreras de los prejuicios y de la muerte, donde el deseo encuentra su cauce en un justo equilibrio con el amor más puro e imperecedero. Eso eran ellos, hombre con hombre, hermano con hermano, una aberración para muchos, pero en medio del secreto de los muros y el agua, ellos eran libres, amándose sin tapujos, sin miedo al olvido, sabiendo que se pertenecían, sabiendo que así será por siempre. Que una vida no les basta para amarse, y si nacieran de nuevo, volverían a este punto, donde se encuentran ahora, uno encima del otro, moviéndose, penetrando y siendo penetrado, gozando del placer propio y el del otro. No bastándole las limitaciones de su cuerpo para darse amor, queriendo hacerse aire y universo para demostrarse lo mucho que se aman. Observando desde afuera y desde adentro el balanceo de placer que se daban entre ellos. Observando desde lejos sus cuerpos sudorosos, sus expresiones de deseo, escuchando sus gemidos, y luego navegar cual torrente sanguíneo por sus venas y escuchar el bombeo de sus corazones, latiendo sólo para poder amarse un instante más.

—Tom te amo —eran la limitadas palabras que Bill podía pronunciar, pero que no bastaban para dar cabida a todo lo que sentía. Ninguna expresión era lo suficientemente acertada para expresar lo que sentía por él, lo que estaba viviendo por él.

—Yo también te amo —respondió Tom , igual de limitado por un lenguaje inventado por lo hombres, y por eso mismo demasiado restringido para poder decir lo que quería, porque no existía en las palabras. Se conformaban con eso, sin embargo, porque en sus pechos, el fuego del sentimiento era visible para el otro.

Y sin poder contener más sus cuerpos, el orgasmo iba a llegar, en medio del frenesí de la danza de Tom, en medio del desesperado vaivén de Bill. Sus penes se hincharon hasta su máxima capacidad, anticipando la explosión del orgasmo, que los haría tocar el cielo. Y cuando éste llegó, los llevó a un punto donde el sufrimiento, el gozo, el placer, el amor y el dolor eran una sola cosa. Navegando en esa emoción física y espiritual imposible de definir en una sola palabra.

Aletargados, dejaron sus cuerpos descansar, intentando volver a este plano existencial, dejando atrás el universo paralelo que los cobijó durante el placer. Se quedaron allí disfrutando del momento, escuchando el agua caer.

—¡Bill! ¡Tom!

—¡Mierda! Nos llaman —dijo Bill medio asustado, medio avergonzado. Tom se rió y dando una bocanada de aire por el cambio de temperatura, se hundió en el agua, para nadar luego hacia la orilla. El pelinegro lo siguió. Se vistieron apresurados, todavía húmedos, y con los corazones a mil. Los volvían a llamar.

—¡Ya vamos! —respondió Tom. Luego de vestidos, partieron presurosos. —¿Cuánto rato ha pasado?

—Me parece que más de la hora.

—No estuvimos tanto rato allá, ¿o sí?

—No, pero si le sumas la caminata, el preámbulo y luego el descanso pues, sí, se van sumando los minutos.

—¡Scheisse!

Llegaron al punto de reunión, con lo cabello mojados, y las ropas algo húmedas.

—¿Qué les pasó? —preguntó un preocupado Anton.

—Pues —y Tom se decía, “piensa, piensa” —es que Bill se cayó al agua. Sí, eso fue. —Bill lo miró con cara de asombro.

—¡¿Qué?! Ah sí, me caí —confirmó Bill, dándole una mirada de reproche a su amorcito.

—¿Estás bien?

—Sí, sí —respondió cortado Bill, sintiéndose imbecil.

—Okay, ¿novedades en sus recorridos? ¿Andreas?

—Nada, aparte de mucha vegetación y asientos en mal estado. Esto, bien cuidado, debe ser hermoso de verdad.

—Markus y yo tampoco encontramos nada espectacular, lo mismo que ustedes.

—Nosotros sí encontramos algo hacia el sur—dijo el de gafas.

—Sí, encontramos una cabaña, que se ve bastante bien. No pudimos entrar, pero por las ventanas se alcanzaban a ver los muebles, los objetos de decoración, pero nada más aparte de eso —terminó de decir el castaño.

—¡Uff! Eso es mucho —dijo Markus —habrá que averiguar quiénes lo usaban y para qué. Y por lo visto Bill y Tom encontraron agua —todos rieron.

—Sí con cascada, y una cueva, muy bonita, una fuente escondida hacia la pared Oeste.

—Bien, tocará verla, qué más hay en esa cueva, con todo lo que hemos visto nunca se sabe. Y bueno, pues entonces vamos al disco, así podremos averiguar un poco más de eso, ¿no?

—Caerse al agua, ptss —dijo el castaño al pasar junto a Bill y Tom —así se le llama ahora.

Los enamorados se miraron con complicidad —no se me ocurrió nada más, perdona —se disculpó Tom. Y el pelinegro le hizo un gesto de que ya no tenía importancia.

Al llegar al disco, Bill quedó con la boca abierta —esto es magnífico.

—¿Les parece si hacemos una prueba con algún objeto? —preguntó Markus.

—Sí —respondió entusiasmado el joven mago, y los demás estuvieron de acuerdo.

Markus tomó una piedra y la arrojó sobre el disco, ésta al caer lo hizo sonar tanto, que empezó a vibrar, la luz azulina llenó los alrededores, y la piedra comenzó a dar tumbos dentro del disco.

—¡¿Por qué no desapareció la piedra?! —preguntó Tom a gritos para hacerse escuchar.

—No sé, tal vez debíamos hacer algo antes. —respondió Markus, mientras la piedra daba tumbos, provocando destellos lilas y algo parecido a los relámpagos.

—¡Hay que quitar esa piedra! —exclamó Tom. Acto seguido, y sin prevenir a nadie, se subió al disco. En el mismo instante que lo hizo su imagen se desvaneció.

—¡TOM! —gritó Bill casi fuera de sí —Bill hizo ademán de seguirlo, pero Georg y Markus lo sujetaron —¡Déjenme! —y un viento arremolinado comenzó sobre las cabezas de los tres hombres, que bajó luego hasta la superficie, obligando al castaño y al administrador soltar a Bill. Y ese fue el momento que aprovechó el joven mago para subirse al disco, y desvanecerse tal como le había ocurrido a Tom.

&

Cuando Tom abrió los ojos luego del destello, ya no vio a ninguno de sus amigos, ni a Bill.

—¡Bill! ¡Georg! ¡Andreas! —nadie respondió. Bajó del disco y se dio cuenta que estaba atardeciendo, que a diferencia de hacía un instante, el jardín tenía un aspecto muy cuidado. Se quedó allí expectante, sin saber qué hacer.

Medio minuto, eso sería el tiempo transcurrido y no más cuando el disco vibró, y en medio de una brillante luz azul se materializó Bill.

—¡Bill! —gritó eufórico. El de melena negra bajó y abrazó a su amado.

—Creí que te había perdido —se soltaron suavemente mientras —¿dónde estamos?

—Yo creo que la pregunta no es dónde, sino cuándo —unas risas a lo lejos les llamó la atención —vamos a ver quiénes son. Mira Bill, está atardeciendo, y el jardín está bien cuidado, no estamos en la misma época —avanzaron con cierto silencio por entre los árboles y los helechos —muero por saber quiénes son.

—Shhh, nos pueden oír. —a medida que se acercaban se escuchaban cada vez más fuertes aquellas voces, hasta que una de las risas los hizo paralizarse. Se quedaron allí expectantes, esperando escuchar más, y entonces volvieron a oírlo. Era la voz y la risa de Tom. El de trenzas sintió débiles las piernas —¡Mierda Tom! Son ellos, o sea nosotros. Dios, esto no es bueno.

—¿Por qué?

—Dice la teoría que dos yo, que la misma alma no puede mirarse a los ojos desde distintos cuerpos, si eso ocurre uno de los dos desaparece.

—No me gusta esa teoría, ¿tienes otra versión?

—No, lo siento.—avanzaron otra vez temerosos de esos dos, que ignorantes de lo que ocurría, reían y conversaban animadamente. El mago y el de trenzas se ubicaron a cierta distancia, suficientemente cerca, pero lo bastante lejos como para poder mirar sin ser vistos.

YouTube – Come & Dream-Waiting For You Chap.24

Sentados en el césped, estaban Bill y Tom Kaulitz. El de melena negra se apoyaba en sus manos puestas más atrás de sus caderas. El rubio Tom permanecía sentado a lo indio a su lado, muy pegado a su gemelo, mientras jugaba con un perrito blanco en su regazo.

—¿Tú crees que nos haremos viejitos aquí los dos? —preguntó el rubio de melena larga.

—Eso espero, y cuando ya no tengamos ni dientes ni pelo, vendremos hasta acá para estar solos, lejos de todos, igual que ahora.

—Claro que así de viejitos nos vamos a demorar todo un día en llegar hasta el jardín, y ya será tan tarde que nos deberemos regresar inmediatamente. —Bill se rió con las ocurrencias de Tom.

El mago y el de trenzas rieron también.

—Pero entonces tendremos que salir de amanecida, llegaremos acá al mediodía, y estaremos un rato, almorzamos en la cabaña y nos regresamos.

— ¿Y a qué hora haremos el amor? Si nos vamos a demorar para todo el doble de tiempo, creo que no vamos a alcanzar a regresarnos ese día, porque cuando terminemos de quitarnos la ropa ya será de noche —el mago y el de trenzas se mordían los labios para no soltar la carcajada junto con Bill.

—Eres un loco, ¿sabías? —y lo besó —pero así te amo Tom, como un loco.

—Yo no imagino la vida sin tu amor. Y si por alguna razón debemos separarnos, yo te buscaré Bill, por todo el universo si se puede.

—Nadie nos va a separar. Aquí seguiremos los dos dentro de veinte años, dentro de treinta. Veremos salir nuestras canas, y las primeras arrugas surcar nuestra piel. Te amo, y te seguiré amando entonces igual o más que ahora.

De pronto el perrito se puso en alerta, a gruñir en dirección al arbusto que ocultaba al mago y al de trenzas.

—¿Qué te pasa bebé? —le preguntó el rubio Tom. En ese momento el perrito se soltó y salió corriendo hacia el arbusto. Con fuerza agarró el zapato del mago.

—¡Scheisse! —dijo sin poder soltarse del perro. El de trenzas creyó que el corazón se le saldría por la boca, y con espanto vio que los gemelos se dirigían hacia ellos.

— ¡Lucky!¡Ven acá!

—Tom, alguien hay allí, tras del arbusto. —dijo Bill a su gemelo.

—Tom, corre, que no te vean, yo me voy por acá —le dijo el mago al de trenzas. Tom Trümper salió corriendo. Bill Kaulitz lo vio y salió tras él.

—¡Vuelve acá invasor!

Bill, el mago, salió corriendo en la dirección contraria, seguido por el perro, y detrás de él, Tom Kaulitz —¡Lucky, obedece! ¡Ven acá! —el mago corrió en dirección a la fuente y la cascada, de manera impulsiva, sin pensar. De pronto se dio cuenta que no tenía salida.

Llegó hasta la orilla y se detuvo, el pequeño perro comenzó a mordisquearle los zapatos. Había sido alcanzado, y derrotado, se dio la vuelta para enfrentar al joven rubio que con desconfianza lo estaba mirando, mientras se acercaba lentamente con una gruesa rama en su mano. Cuando Tom vio su rostro, abrió la boca por la sorpresa, iba a gritar pero no pudo.

—Eres… Eres como… Igual —se acercó al mago, lo observó detenidamente y soltó la rama.

—Hola Tom —dijo el mago con los ojos llenos de lágrimas —te extrañé tanto.

—¿Quién eres? Te pareces tanto a mi Bill… No, eres igual a mi Bill.

—Soy Bill, pero no de ahora.

—¿El portal? ¿llegaste por el portal? —Bill asintió —el portal está malo —el joven rubio extendió su mano y le acarició la mejilla, con el pulgar secó una lágrima que rodaba lenta, dejando un surco húmedo —¿por qué lloras Bill?

—Nunca soñé con verte así tan real, tan de carne y hueso, no en mi existencia, pero tan igual a como te recordaba.

—¿Por qué me recuerdas?

—Siempre te recordé, desde que fui consciente de quién era yo.

—No entiendo nada ¿sabes? —el joven rubio tomó la mano del mago y la llevó a su mejilla —¿eres de otro siglo?

—Sí lo soy.

—¿Eres mi Bill, pero de otro siglo?

—Sí, Tom.

—No entiendo que seas tan igual a Bill, el olor de tu piel, su suavidad, el brillo de tus ojos. Los ojos son las ventanas del alma, y tu alma se ve igual a la de Bill, mi amado gemelo.

—Es porque soy el mismo, pero de otro tiempo.

—¿Y tú tienes tu Tom?

—Sí, lo tengo.

—¿Y lo amas? —las lágrimas volvieron a caer de los ojos de Bill.

—Más que a mi vida.

—¿Y están juntos?

—Sí, no es fácil, pero lo estamos. Y queremos seguir juntos hasta que seamos viejos.

—¿En el futuro? —el mago volvió a asentir. Su cuerpo reaccionaba al tacto suave de la piel de Tom, su mejilla estaba tibia y tersa. Era tan placentero sentirle, tan dulce y suave como lo recordaba —entonces —continuó Tom —si eres del futuro, tú puedes decirme —hizo una pausa, tragó saliva, y con el miedo reflejado en sus ojos le preguntó por fin —En esta vida, ¿Bill y yo envejeceremos juntos?

Continuará…

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