CAPÍTULO 25
Tom Trümper había corrido hacia el norte del jardín, pero sus pantalones no cooperaron lo suficiente con su huída. Bill Kaulitz, más ágil en su desplazamiento, no tardó en darle alcance, y dando un fuerte impulso a su cuerpo, saltó sobre la espalda del de trenzas haciéndole caer. Tom se giró, y Bill sujetó sus manos a ambos lados de su cabeza, manteniéndolas pegadas al suelo, mientras se sentaba sobre el vientre del contrario. Dejó que su respiración se calmara, lo que no fue difícil, ya que su presa no hacía intentos por escapar. Sólo entonces se fijó en el rostro de Tom, y un nudo en la boca del estómago le aceleró otra vez el ritmo cardiaco, cortándole el aliento una vez más. Era su Tom, pero al mismo tiempo no lo era.
—¿Tom? —dijo Bill Kaulitz con un hilo de voz, pareciendo debilitarse de pronto, pero sin aflojar la presión en las muñecas del de trenzas —¡Tom! —repitió ya con asombro. El de trenzas sonrió a modo de disculpa.
—Sí, yo. El mismo que viste y calza —dijo, intentando ser gracioso.
—¿Cómo?
—Que soy Tom —Bill soltó sus muñecas y con sus delicados dedos recorrió las mejillas de Tom, bajando luego hasta su cuello. Con dos dedos tomó un par de trenzas y las observó. El joven del futuro dejó de respirar un instante, en suspenso, con el pecho lleno emociones.
—Eres igual a mi Tom, pero no eres mi Tom.
—Lo soy, pero… De otra época —dijo el de trenzas, intentando sonar convincente —soy del futuro.
—¡Ja! ¡Y yo soy la Reina de Saba!
—Pues tú eres más linda, digo lindo —la cara de perplejidad de Bill hizo reír a Tom. El joven Kaulitz se levantó, liberándolo por completo.
—¿Te estás burlando? —Tom se puso de pie.
—¡No! No, cómo se te ocurre. Al contrario… —se acercó a Bill para poder mirarlo de cerca. Había extrañado el porte de caballero antiguo de su Bill, y después de ser testigo de su muerte, no había guardado esperanzas de verlo otra vez. El recuerdo de aquel hermoso joven moribundo, agonizante entre sus brazos, demacrado y sufriente, el recuerdo de su temprana muerte, le quitó el deseo de seguir alardeando de su buen humor. En cambio, se le llenaron sus ojos marrones de lágrimas. Seguía pensando que a pesar de que tenía a su Bill junto a él en el futuro, en su tiempo, la vida y la gente había sido cruel con ese ángel que le miraba con ojos desconcertados, porque no le dieron la oportunidad de vivir, de ser feliz. Se veía más joven de lo que recordaba de sus sueños, y como Tom aún estaba vivo, supuso que Bill no tendría más de 18 años. —Bill, estoy tan feliz de verte, me alegra tanto ver que estás bien cari… —se frenó, si lo trataba con mayor familiaridad no lo entendería —Me dijiste que no nos volveríamos a ver, pero…
—¿Te dije yo? ¡¿Cuándo?! Yo no…
—Lo sé, lo sé, eso es algo que sucederá después.
—Espera, espera. Sí que vienes del futuro, ¿verdad? —Tom asintió —¿Y cómo llegaste aquí?
Tom señaló hacia el disco —por el disco.
—El disco está malo, tenemos prohibido acercarnos a él. Mata a gente. —Tom tragó saliva. El joven Bill lo observó de pies a cabeza —tus ropas, son extrañas, y no he visto telas igual, y tu calzado… ¿qué es eso que llevas en la muñeca?
—Un reloj —el de trenzas se lo enseñó.
—Entonces, entonces… Oh Dios —suspiró el pelinegro —entonces el que está hacia el otro lado soy yo mismo ¿cierto? —Tom se paralizó, recordó la advertencia de su mago —¡¿Cierto?!
—S-sí, él es… Eres tú. —Bill se tomó la cabeza con ambas manos.
—Dios, mi Dios. Eso quiere decir, eso significa —y sus ojos se descubrieron ante Tom llorosos, haciendo que el de trenzas se alarmara.
—¿Qué sucede? —preguntó Tom con cierto temor.
—Que reencarnamos, ¡que reencarnamos!
—¿Y eso es malo? Yo encuentro que es bueno porque…
—¡¿Bueno?! No lo es…—dijo llorando ya abiertamente —¿no te das cuenta? Y tú debes saberlo perfectamente. Que si volvimos a nacer es porque algo resultó mal para mi Tom y para mí, ¿verdad? —Tom guardó silencio, sabía la respuesta, la conocía muy bien, sólo bajó sus ojos como toda evidencia —¡¿Verdad?! ¡Dime! Dime —dijo entre sollozos el joven Kaulitz. Y le dio un pequeño manotazo en el pecho, pequeño, pero enérgico —¡DIME! —gritó. Tom balbuceó. No dijo nada, sólo continuó con la vista en el suelo intentando no llorar —entonces… —volvió a decir Bill en un quejumbroso susurro —lo perderé de algún modo.
—No… Bill, estamos juntos. Lo estaremos.
—Pero lo perderé en esta vida… Y sólo la muerte me lo podría arrebatar —dijo entre sollozos —Necesito ir por Tom.
—No, Bill. De seguro está con Bill, con el otro.
—Con mayor razón, no quiero que le diga nada. —el joven Kaulitz comenzó a caminar. Tom se apresuró, y lo alcanzó a sujetar de una mano, haciéndole volverse.
—No puedes. Bill, no te puedes mirar a ti mismo. Yo no entiendo cómo, pero de algún modo puede ser peligroso.
—Si es peligroso, ¿por qué vinieron? —Bill miró a su alrededor, como buscando algo —¿cómo es que el disco funcionó con ustedes?
—Fue un accidente. Me subí al disco, y me transportó hasta aquí. Bill me siguió.
—Eso es imposible, ya te dije que ese disco está malo. No sirve para nada. Nadie sabe por qué o para qué está aquí. Si lo usaste deberías estar muerto.
—Por lo visto, está funcionando, y el hecho de que Bill y yo estemos acá nos demuestra cuál es su fin.
—¿Qué hacemos? Si no puedo verme, y no quiero que él … Yo… Él le diga nada a Tomi —sollozó.
Tom se quedó pensando un instante —ya sé cómo—dijo escueto.
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—Dime Bill ¿envejeceremos juntos?
—Tom —dijo suavemente el pelinegro —más importante que eso es que te des cuenta que ni la muerte nos ha logrado separar, mucho menos el odio y el rechazo —el mago acariciaba la mejilla del otro, que con ojos esperanzados aguardaba la respuesta definitiva de Bill, pero no dijo nada más.
—Yo nunca dejaría de amar a Bill, él es mi vida, es mi oxígeno. Si alguien me separa de él, yo no querré vivir sin él ni un sólo instante. ¿Sabías que nos odian? —Bill asintió —nos venimos a esconder aquí cada vez que podemos. Nadie sabe de este lugar, sólo nosotros —los ojos marrones del joven rubio se aguaron sin contener las lágrimas —¿por qué no nos dejan en paz?
—Eso no importa si se tienen ambos —la mano del pelinegro recorría ahora los cabellos rubios de Tom —nunca olvides que Bill te ama.
—¡TOM! —se escuchó la voz de Bill Kaulitz a cierta distancia. Bill, el mago, se sobresaltó.
—Es Bill, no puede verme. Sería desastroso —dijo el pelinegro en un jadeo lleno de tensión.
El llamado del joven Kaulitz hizo salir a Tom de su trance —¡Tom ven!
—¡Estoy, estoy con…!
—¡Lo sé! ¡Deja que se vaya! —el joven Tom miró compungido a Bill Koening. Este asintió y le acarició por última vez la mejilla.
—Así debe ser. Ve con él. —Tom Kaulitz comenzó a caminar hacia la dirección de la voz de su amado, mientras Bill, el del futuro, se daba media vuelta y partía corriendo en dirección al disco.
Cuando llegó allá, su corazón sintió alivio. Ver a su Tom fue como un bálsamo, la sonrisa de su amado, el de trenzas, era el mejor regalo de la vida. Allí estaba, esperándolo para partir. Bill se acercó y lo besó.
—Fue duro. Me dolió el corazón —dijo Tom con ojos llorosos.
—Lo sé amor —respondió el pelinegro, apegando su frente a la de Tom. —No miremos atrás, yo sé que ellos nos están observando desde las sombras.
—Esperemos que esta mierda funcione de vuelta.
—Eso espero —agregó el mago, mientras Tom hacía vibrar el disco frotando una piedra en él. El sonido típico del disco, traspasó los oídos, e hizo estremecer los vientres. La incipiente oscuridad de la noche se tiñó de color índigo —estoy orgulloso de ti —dijo Bill. Subieron al disco y desaparecieron.
Bill y Tom Kaulitz permanecían abrazados a cierta distancia. Tom con su perrito entre sus brazos, escondidos tras unos árboles —vamos a la cabaña Tomi, ya se hace tarde —dijo Bill, mientras un par de lágrimas resbalaban de sus ojos. Tom no las vio. No supo del pesar de Bill esa noche, ni ningún día después de eso. Bill no le dijo nada. Nunca.
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—¿Será que se desintegraron?
—¡Gustav! —el castaño le dio un manotazo a su novio —¡¿Cómo puedes ser tan insensible?!
—Pues hemos de esperar que no —dijo un preocupado Markus.
El rubio, tomado fuertemente de la mano de Alexa, tenía los ojos húmedos, con el llanto retenido a duras penas en la garganta —¡deberíamos hacer algo! —exclamó angustiado.
—¡No! No. Esperemos. —dijo Anton, intentando calmarlos a todos y calmarse él mismo. —ellos aparecerán otra vez.
Todos se quedaron en un silencio expectante, esperando una señal, que el disco volviera a vibrar, que se llenara todo con esa luz azulina, pero los segundos que parecían horas, pesaban en el aire, volviéndolo espeso, desesperante, sombrío a pesar del sol matutino, aquel que ya alumbraba en las paredes Oeste de la montaña.
Markus se paseaba como león enjaulado —¿qué hora es? —preguntó a quien quisiera responder. Andreas miró su reloj y frunció el seño.
—Mi reloj se volvió loco —espantado observaba como las manecillas giraban sin control. Los demás en un acto casi reflejo miraron sus relojes, descubriendo en los suyos el mismo fenómeno.
—Es por el magnetismo que tiene esta cosa —dijo el de gafas —esperemos que no sea radiactivo también.
—¡¿QUÉ?! —chilló el castaño.
—Digo… Puede ser.
—¡Gustav, eres insufrible! —exclamó Georg, apartándose de él.
—No creo que sea radiactivo, en esa época no sabían de esas cosas —intentó tranquilizarlos Anton.
—Pues en esta época tampoco sabemos de discos que desaparecen gente, sin embargo aquí hay uno. —refutó el rubio —así que es posible cualquier cosa. Además, ¿cómo sabe usted de qué época es? Puede ser tecnología extraterrestre. Puede ser que los Kaulitz lo fueran, puede ser que Tom y Bill lo sean, y se regresaron a su planeta…
—¡BASTA! —hizo callar Markus —nos volveremos locos si seguimos pensando en tantas imbecilidades juntas. —hizo una pausa —mejor concentrémonos en lo que tendremos que hacer si no regresan.
Silencio.
Andreas sollozó calladamente.
Nadie más habló por un buen rato. Del tiempo no tenían ni idea. Era como si estuvieran suspendidos fuera del tiempo. ¿Y qué harían si no regresaban? Era la pregunta que todos se hacían. Era demasiado bizarro pensar en algo así. No tenía sentido el mundo si sucedían ese tipo de cosas. Así que lo mejor fue dejar sus mentes en blanco, y no decir nada. Si no lo decían, no se concretaría.
Después de un momento angustiante y largo, imposible definir cuánto. El disco volvió a vibrar. Los corazones de todos se aceleraron a mil revoluciones.
—¿Son ellos? —preguntó esperanzado el rubio. La respuesta pareció confirmarse cuando la luz índigo se hizo visible ante sus ojos.
En un microsegundo las figuras altas y estilizadas de Bill y Tom se materializaron por fin sobre el disco. Sus rostros se crisparon al ver la luz del día, después de haber dejado aquel pasado ya en penumbras por la noche que se acercaba, el cambio de luz afectó sus ojos, cubriéndoselos para mitigar el impacto. Pero luego de eso sus caras sonreían, parecían felices de volver.
Bajaron del disco, y todos corrieron a abrazarlos. Georg rompió a llorar por fin, y Andreas se secó las lágrimas. Todos les hablaban al mismo tiempo. Todos querían saber, y ellos querían contar.
Aunque al principio las preguntas y respuestas eran atropelladas, y tanto Tomo como Bill tenían su propia historia para narrar, lograron al fin, después de un rato, saciar su curiosidad unos, y desahogarse otros.
—Así que lo que deberíamos hacer ahora mismo, antes de irnos es visitar esa cabaña —concluyó Bill.
—¿En serio Bill? —preguntó Markus —¿lo crees importante así?
—Lo creemos —respondió decidido el de trenzas.
—Entonces vamos. Nuestros guías serán Georg y Gustav. —y se dirigieron hacia el Sur.
Era hermoso ver las diferentes tonalidades de verde, varios de los que en ese instante marchaban hacia el Sur en busca de la cabaña, pensaban que habían visto todos los verdes en su vida, pero ahora recién podían asegurar que era así. Se distinguían estatuas de diferentes divinidades, destacándose la de la Diosa Diana, con su arco en la mano y las flechas en su espalda, junto a ella unos perros perdigueros. Una hermosa estatua blanca que contrastaba con el intenso verde, pero lo más llamativo, era que a diferencia de las otras figuras de divinidades repartidas por el parque, la de Diana no había sido invadida por las enredaderas, ni vegetación alguna. El perfecto perfil clásico de la Diosa, a Tom se le hizo similar al de Bill. Reparó entonces en el color ennegrecido que tenía una pequeña plataforma que estaba a los pies de la figura —¿Eso es un altar? —preguntó en voz alta.
—Sí —respondió Bill.
—Ese color negrusco es de las velas que se encendían para honrarla. —agregó Anton. Bill se apartó del grupo y caminó los breves pasos que los separaba de la estatua. Detrás de él fue Alexa. El grupo observó curioso la escena, sin comprender a los dos jóvenes —Ave benedicta et potentis Diana —dijo la chica que se acercó al altar de la Diosa y dejó una pulsera suya a modo de ofrenda. Bill se mantuvo más atrás de ella, y luego como si hubiesen ensayado los desplazamientos, al mismo tiempo se dieron vuelta para retornar al camino y al grupo, mientras Georg le comentaba a su novio —estos son raros —Gustav, casi no gesticuló, pero sus ojos sonrieron.
Luego de un tiempo relativamente breve de caminata, donde el grupo hacía diferentes comentarios de lo que veía. Andreas aprovechaba su conocimiento de geología para analizar el terreno, y los demás con más o menos entusiasmo lo escuchaban, y algunos hasta se atrevían a responderle o contra-preguntarle, provocando las miradas enojadas de los otros que ya estaban hartos del tema, la cabaña se divisaba por fin entre el follaje.
Parecía tan pequeña, escondida entre la espesa vegetación. El sol ya empezaba a alumbrarla. Estaba construida de troncos macizos, tan diferente a las casas tradicionales de Baviera, más bien el estilo se asemejaba a las casas de las praderas americanas. De su techo sobresalía una chimenea. Aparte de eso, no tenía ningún otro elemento decorativo.
—¿Cómo entraremos?, porque vamos a entrar, ¿verdad? —preguntó el castaño, a medida que se acercaban.
—Bueno, la idea es no forzar nada, así que si está cerrado, pues talvez no podamos entrar por ahora —señaló Anton. —la idea es resguardar lo que es patrimonio cultural e histórico.
—Yo puedo abrirla, sin forzarla —dijo Bill categórico.
—¡Es verdad! —exclamó entusiasmado Tom, recordando esa “habilidad” de Bill.
Se acercaron y se asomaron por las ventanas. El suave cortinaje permitía ver a través de ellas, y tal cual lo habían descrito Gustav y Georg, no parecía tener nada espectacular, aparte de su innegable sencillez.
Tom se acercó a la puerta, manipuló la manija, y para sorpresa de todos, la puerta cedió —¡hey! La puerta está abierta. Yo sé que no fuiste tú Bill —dijo el de trenzas.
Tom se acercó a la puerta, manipuló la manija, y para sorpresa de todos, la puerta cedió —¡hey! La puerta está abierta. Yo sé que no fuiste tú Bill —dijo el de trenzas.
—No he hecho nada. —confirmó el mago.
—Estaba cerrado hace una hora, lo puedo asegurar —interrumpió sorprendido el castaño que se acercó a la puerta.
—Es verdad, Georg y yo intentamos entrar y no pudimos —Gustav lucía tan perplejo como su novio.
—Será… —dijo Bill pensativo. Dejando su idea en suspenso.
—¿Será qué? —Tom comenzó a ponerse ansioso. Miró al mago esperando respuesta.
—Que ellos… Luego de vernos, decidieron dejar la cabaña abierta. Sabían que vendríamos, y tal vez necesitamos ver lo que hay dentro.
—Puede ser —dijo más tranquilo el de trenzas.
—¡Esperen! —Anton se acercó más a la puerta —esperen. Ese no es un detalle menor, no soy físico, pero por mi profesión leo mucho, y recordé algo que leí por ahí, creo que fue el año pasado. ¡Dios! Uno nunca piensa que tales cosas tengan más tarde alguna relevancia en tu vida, ahora me arrepiento de no haber leído más sobre el tema, claro uno piensa al principio ¡Pamplinas! Esto es sólo otra idea loca de un loco y…
—¡Por favor Anton! Resuma —reclamó Markus Frank.
—Sí, sí. Lo siento. Es que la puerta abierta significa algo más, entonces —el historiador empujó la puerta, y se volvió con el rostro pálido. Sus ojos parecían asustados.
Markus abrió la boca, y tragó sonoramente aire —no me diga, por favor que no sea lo que estoy pensando.
—¡Les ruego que dejen los acertijos! O si no aquí mismo me dará un derrame cerebral —exclamó exasperado el rubio.
—Lo siento, lo que quiero decir es que si los gemelos hicieron cambios luego de la visita de Bill y Tom, significa que hemos afectado el continuo del tiempo. —dijo por fin Anton.
—Entonces es posible que el mundo allá afuera también haya cambiado. —dijo el castaño al borde de las lágrimas.
—Pero si así fuera, nosotros presentaríamos cambios, no sé… Tal vez en la ropa, en nuestros aspectos físicos, tal vez alguno de nosotros no estaríamos aquí ahora —alegó el mago.
—Pero es que si ocurrieron cambios no lo sabríamos, ya que la otra realidad no existiría. Si hubo alguien más aquí en el grupo y ya no está, pues según esta nueva realidad, nunca vino, entonces no la recordaremos…
El grupo se quedó mudo.
Se miraron entre ellos, observando sus ropas, mirándose a los ojos, preguntándose en silencio si los otros los recordaban así como se veían en este momento, o sí habían cambiado sin enterarse siquiera.
—Nos vamos a volver locos —sollozó Alexa —pero si mi realidad ya no fuera la de antes, entonces ni siquiera extrañaría a nadie. ¿Verdad? —Anton le confirmó sin hablar. —entonces hay que decir adiós a aquellas personas que amamos alguna vez y que ya no recordaremos jamás.
—¡Esperen un momento! —llamó la atención el de trenzas —yo muchas veces en mis sueños viajé al pasado, y con la información que le di a Bill pues hice cambiar el futuro varias veces.
—Sí, Tom. Pero esos cambios ya estaban de algún modo. Sin embargo, ahora el cambio ocurrió durante este momento, durante nuestro presente. —aclaró Markus.
—Mierda —dijo calladamente Tom, mientras entraba a la cabaña —yo quiero creer que no cambió nada más que la puerta cerrada… ¡Hey! ¡hey! —se volvió hacia el grupo —no ha cambiado nada, o si ha cambiado lo sabremos.
—¿Por qué dices eso? —preguntó ansioso el castaño.
—¡Habla ya! Que la vena está a punto de reventárseme —lloriqueó Andreas.
—Que si el continuo del tiempo hubiera sido alterado, y con eso cambiara nuestra realidad, pues Georg y Gustav no recordarían tampoco la puerta cerrada. Simplemente no extrañarían que estuviera abierta. No digo que tal vez no hemos alterado la realidad, lo sabremos luego, pero de algo estoy seguro ahora, no hemos olvidado la realidad tal cual la teníamos antes de llegar aquí.
Bill sonrió por fin —esperemos que así sea, amor.
—Ok Tom. Creo que esto de la física cuántica no es mi fuerte —intervino el de gafas.
—Yo aún tengo el corazón latiendo como loco. —señaló Markus.
—Y yo no he dejado de sudar —Anton entró por fin a la cabaña junto con el grupo. Todos se quedaron en silencio. Menos Alexa que se quedó en el umbral —sus energías están aquí, están presentes como si no se hubieran ido, como si el tiempo fuera el mismo.
—Sí, es extraño. Como si el tiempo y el espacio no contaran en este lugar —agregó el joven mago.
La cabaña estaba decorada con elementos finos, elegantes, pero al mismo tiempo sobrios y sencillos, sin romper la coherencia con la construcción misma, tan rústica.
En la sala de estar, un par de sillones y un sofá junto a un par de mesitas de té, enfrentaban la chimenea, en cuyo tope había un reloj que ya no funcionaba. Sobre la pared un cuadro con la imagen de los gemelos, sentados uno al lado del otro, vestidos de riguroso negro. Junto a la sala de estar, un comedor-cocina. La mesa era pequeña. Y los muebles de cocina denotaban su desuso de tantas décadas.
Por el pequeño pasillo, se llegaba a la alcoba. Había en él una gran cama con dosel, acompañada a cada lado por mesitas de noche. En un rincón, había un ropero de tres cuerpos. Tom lo abrió y descubrió dentro algunos abrigos, paraguas y gruesas botas. Bill, junto al de trenzas, examinaba los elementos encontrados y decidió investigar lo que pudiera haber dentro de los cajones que estaban a los costados del ropero.
Al abrir el primer cajón encontró un sobre, en el cual se leía “Para Tom y Bill”. Ambos jóvenes observaron el sobre en silencio. La garganta de Tom se cerró, y un nudo le cerró la respiración.
Markus se asomó por la puerta y al ver las actitudes de los jóvenes le preguntó —¿qué encontraron. Anton se acercó y observó el sobre que sostenía el joven mago en silencio con dedos temblorosos. El resto del grupo hizo su ingreso al dormitorio también. El pelinegro abrió el sobre y leyó en voz alta. Todos escucharon en silencio.
“Ha sido un largo camino hasta este momento. Tan breve para ustedes, tan largo visto desde nuestro tiempo. Aunque nuestros corazones tiemblan al pensar en ello, no hay espacio ni tiempo para acobardarse.
Hemos redescubierto el disco, un regalo que nos trajo a nosotros, la esperanza del amor eterno, así lo sentimos al verlos a ustedes, que más allá de nuestro paso por esta Tierra, seguiremos juntos sin importar lo que venga, por eso lo bautizamos Liebe, especie de palabra clave que se desglosa en inglés con la siguiente frase “Liberation, I expect. Believing enough”. Tom y yo lo decidimos así porque podemos nombrarlo, y hablar de ello sin levantar sospecha. Nos encanta ver las caras de nuestros familiares y amigos cuando usamos nuestras claves y códigos secretos de comunicación. Nos divierte ver que no entienden nada.
Sin embargo, en esta clave encerramos, además, todos los elementos que hemos ido agregando a nuestra lista de tesoros, y cuando por fin lean esta carta, ustedes ya sabrán a qué nos referimos. Tesoros que viajarán en el tiempo, tal cual haremos nosotros.
A pesar de todos los inconvenientes, seguiremos juntos. Tom y yo no le debemos nada a nadie. Sólo a nosotros mismos. Nuestro amor se ha fortalecido, y nada lo vencerá.
Todo lo que tenemos es vuestro. Todo lo que somos, lo serán y más.
Nuestro último refugio está ante sus ojos, nuestro santuario, nuestro hogar.
Este terreno también fue adquirido a nuestro nombre, pero el documento se encuentra en un banco en Munich. La llave y las indicaciones están junto a esta carta.
El último secreto es el siguiente. Descubrimos que al frotar el disco, este se activa, y que los trasladará al tiempo que tengan en la mente, incluso como pensamiento inconsciente. Pero no es bueno hacerlo más de dos veces, porque provoca la locura. Ya hicimos pruebas con tres Fraters de nuestra Orden, y dos de ellos han perdido el sentido y su conexión con la realidad, aquel que lo intentó sólo una vez, no sufrió problemas mentales. Esa es la advertencia. Tom y yo rechazamos usarlo. De todos modos el futuro nos espera. El secreto del disco se mantendrá, a menos que los fraters que enloquecieron sigan hablando de ello como lo hacen, sin parar. Eso es lo único que temo.
Nuestros padres siempre nos contaron una historia de unos hombres que se subieron al disco, y murieron de la manera más horrible. Ahora creemos con Tom que fue que seguramente, subieron a él sin hacer vibrar el disco antes. Ese disco puede ser peligroso.
¿Es este mi último adiós? Siento que no. Tengo la certeza que nos volveremos a encontrar, aunque parezca que no nos vimos, sabremos que estuvimos ahí. Nuestras encarnaciones son tan infinitas como las estrellas en el cielo, por lo tanto éste es sólo otro paradero en un largo camino cósmico.
Que la Fuente nos proteja y nos guíe.
Infinito amor.
Bill y Tom Kaulitz”
Se quedaron en silencio intentando asimilar las palabras de aquella carta. Era demasiado simple todo, y al mismo tiempo demasiado extraño. El resto de los integrantes del grupo prefirieron dispersarse por la cabaña, y hablar de otras cosas, tal vez como forma de escape.
—Entonces ya sabemos las limitaciones del uso de esa cosa, y tampoco olvidemos lo que pasó con la piedra cuando toco el disco sin la vibración previa, no quiero ni pensar qué sucedería con una persona en esas circunstancias —dijo Markus. Bill, sin comentar nada, abrió el sobre y sacó una pequeña tarjeta con una llave larga —eso es para el banco —agregó el administrador acercándose más a los gemelos.
—Es hora de marcharnos —dijo de pronto Tom —debo hacer varias cosas aún en el pueblo.
—Yo también —dijo lacónico el pelinegro. Tom lo miró extrañado, pero no le preguntó nada, sería injusto hacerlo cuando él tenía una cita con alguien más.
—Sí, tienen razón. —estuvo de acuerdo Markus. Salieron de la cabaña dejando cerrado esta vez, y partieron hacia la puerta que separaba a este mundo perdido de la otra realidad.
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—Estoy seguro, Gustav, que mi chaqueta era negra y no café.
—Era café.
—Imposible. ¡A mí no me gusta el café!, ¡era negra! ¿Por qué no me crees, Gustav? —el de gafas suspiró, y movió la cabeza con resignación.
—Porque yo sé que no era negra.
—¡Gustav! Tal vez esto fue un cambio cuántico. —Georg se quedó mirando con espanto su chaqueta, de un horrible color café.
Mientras en otro lado de la cocina un joven de trenzas intentaba no explotar de rabia.
—Bill, tienes terapia hoy día en la tarde ¿a qué vas a salir?
—Tengo una cita… Importante —el de trenzas bufó al escuchar la respuesta del pelinegro. Tom hacía media hora que había regresado del pueblo, ya había realizado las gestiones que aquella mujer en sus sueños le había pedido que hiciera ese día, y todo resultó a pedir de boca. Estaba feliz por eso, incluso ya había almorzado. La última piedra del día que debía sortear, era la cita con el kinesiólogo, y los arranques de celos de Bill, pero no contaba con la actitud terca del mago, que insistía en hacer algo distinto de lo que le recomendó aquel médico.
—O sea, es definitivo. No te harás la terapia hoy.
—Mira bien mi boca —se puso de frente a Tom y exageradamente gesticuló —¡No!
—Mejor —replicó molesto el de trenzas —así tengo más tiempo para estar a solas con Steff —Bill abrió la boca para reclamar, sin embargo intuyó que si lo hacía, incluso podrían llegar a volar los trastos por las cabezas de todos los que estaba allí, así que prefirió tragarse la indignación y retirarse.
—¡Bien!
—¡Bien!
Y no se hablaron más por el resto de la tarde. O eso pretendían.
Luego de esa pequeña discusión, Bill había salido en el jeep de Anton. Y Tom se había quedado masticando sus rabia y los celos. ¿Dónde podría ir Bill con sus dolencias tan frescas todavía? El de trenzas caviló en el tema el resto de las horas, mientras se duchaba, mientras elegía su ropa y se ponía crema, o cuando ya se estaba vistiendo, cuando se ordenaba las trenzas y esperaba la llegada de Steffan, y como no pudo llegar a ninguna conclusión, pues decidió pensar que Bill estaría por allí esperando, acechando para seguirlo, que en realidad no tenía cita con nadie, y que sólo había usado esa excusa para poder salir y darle celos. Tema concluido. No pensaría más.
A los pocos minutos de estar listo, vestido y casi alborotado, llegó el kinesiólogo. Vio venir por el camino al pequeño deportivo japonés, y de pronto se le puso ese malestar en el estómago. ¿Qué sería?, ¿incomodidad?, ¿sólo eso? Era posible que algo más, pero tampoco iba a pensar en aquello. Tenía un objetivo y lo cumpliría.
Bajó las escaleras y al llegar al hall, se encontró con Markus y Steffan conversando animadamente. El administrador le estaba comentando sobre un dolor en la espalda y en el cuello que lo aquejaba hacía una semana ya.
—Puede ser tensional —respondió brevemente el kinesiólogo, que luego enmudeció al ver llegar a Tom con una pañoleta negra en la cabeza, un suéter con capucha en el mismo tono, unos jeans menos anchos de los que usaba normalmente, y unas deportivas negras. —Hola Tom —tragó saliva. El de trenzas sonrió, algo nervioso.
—Hola Steffan emm… —se rascó la cabeza —Bill no está, ha rechazado la terapia.
—Oh. Ya veo, entonces… Bueno, emm ¿pero nosotros? —casi seguro de llevarse un plantón, el kinesiólogo se ruborizó.
—Ah, no, no. Nuestra cita va igual, es más —y se acercó a Steff —tendremos más tiempo.
El señor Frank miraba la escena sin entender nada. Se suponía que Tom se moría de amor por Bill. Entonces este repentino entusiasmo por Steff debía obedecer a otra situación.
El joven castaño de ojos claros se ruborizó hasta las orejas —pues vamos entonces.
Se fueron en el deportivo japonés. Durante el trayecto, el joven Steffan, al igual que el viaje anterior, conversaba como si no hubiera un mañana. Hablaba de cosas que Tom ni se enteraba, lo único que Tom hacía era buscar con sus ojos castaños el Jeep de Anton.—Debe estar por allí —pensaba. Estaba seguro que durante el camino divisaría a Bill siguiéndolos. Pero llegaron al pueblo junto al lago y Bill no apareció. Recorrieron las pintorescas callejuelas, buscando el restauran que Steff había reservado.
Justo al pasar cerca de una plazoleta, Tom vio el Jeep. Su corazón se detuvo. El vehículo estaba estacionado, y Bill no se veía allí —¿dónde estará? —pregunto en voz baja.
—¿Quién? —preguntó a su vez el de ojos claros.
—N-no, nadie. —se quedó en silencio volviendo al mar sin fin de preguntas que no podía responder —¿qué estará haciendo Bill? —pensó, y ahora sentía celos de verdad. Porque el Jeep estacionado en una calle pequeña, junto a una plazoleta, sin Bill a la vista, significaba una sola cosa en la torturada mente de Tom —cita —dijo en voz alta.
—¿Cuál cita?, ¿nuestra cita?
—No me hagas caso —respondió Tom intentando sonreír, mientras un fuego le quemaba las entrañas.
Llegaron al pequeño restaurante que daba hacia el lago. Desde allí se podía divisar la curva del lago que escondía el resort donde estuvieron él y sus amigos una semana atrás. Tom suspiró. Su mente no pudo evitar viajar en el tiempo hasta esos días, cuando descubrió que su vida no sería nunca más la misma. Recordando los besos y caricias en el bosque.
Volvió a suspirar y dijo mentalmente —te amo Bill.
—¿Estás bien? Parece que estuvieras lejos.
—Un poco, lo siento —fue sincero el de trenzas —y ¿qué me cuentas de ti?
—Lo que te decía.
—Um —Tom no había escuchado nada, y se pateó mentalmente por ser tan distraído.
—Que mi familia es de Munich, y como siempre fui aventajado en los estudios, pues no tuve problemas para ingresar a la Universidad, a pesar de que era menor de edad todavía. Como te conté, realicé mis estudios secundarios en una modalidad que es sólo para gente como yo.
—¿Como tú?
—Sí, para gente de coeficiente intelectual superior a la media… ¡Vaya! Bien distraído estás porque me miras como si fuera la primera vez que te lo contara.
Tom se sonrojó —discúlpame. No volverá suceder.
—No hay problema, suelo ser un Yo –Yo para conversar.
—¿Un yoyó?
El joven de ojos claros se echó a reír con ganas —¡No! Soy un Yo esto, Yo lo otro, Yo, hago, Yo deshago, yo, yo, yo —ambos se rieron. —es mi principal defecto, soy egocéntrico.
—Y yo un distraído —volvieron a reír.
—¡Sí! Así nos complementamos muy bien. Yo hablo y tú no te enteras.
Durante algunos minutos la conversación siguió animada. Después de todo, Tom no se la estaba pasando tan mal. Pero era hora ya de poner un tema ácido en la conversación.
—Hay un hombre peligroso, que nos quiere cagar la vida. Tú has visto en el estado que dejaron a Bill —Steff asintió mientras bebía su café —el día que él se escapó lo llevamos al médico, luego ese hombre, el peligroso nos dijo que aquel medicucho era de sus huestes. Ese médico le recetó los medicamentos que supuestamente Bill se tenía que tomar, pero que, yo sé bien, no lo ha hecho. El asunto es que ese médico nos dio tu nombre para la terapia. —Steff abrió la boca, y dejó la taza en el platillo, sin decir nada —mi pregunta, Steffan, es ¿tú tienes que ver con todo este sucio asunto?, ¿en este circo que un grupo ha montado para separarnos y quitarnos lo que por derecho nos pertenece?
El joven kinesiólogo se puso pálido —no, no. Es que, Tom, no entiendes.
—Por eso, soy todo oídos esta vez para que me expliques con pelos y señales cuál es tu relación con esa gente, y te prometo que no me voy a distraer en esta ocasión.
—Pero prométeme que no te enfadarás.
—Habla.
—Bien. Yo… Em… ¡diablos! Mira, aunque yo era de un nivel intelectual alto, y me habían dado beca para estudiar, mi padre se endeudó tanto, hizo un mal negocio, y yo quería ayudarlo. No sé cómo apareció este señor, un hombre alto canoso que siempre viste de negro, me dio miedo la primera vez que lo vi.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace unos días. Me dijo que a cambio de pagar todas las deudas de mi padre, yo debía hacerle un pequeño favor. Yo le dije que no mataba a nadie, ni robaba. Él me dijo que no era ni lo uno ni lo otro. Que sólo debía atender a un paciente y fingir el diagnóstico que se le diera.
—¿Con qué fin?
—Yo, yo debía usar la terapia para agudizar los dolores de Bill, y al mismo tiempo seducirlo, enamorarlo. Yo te juro, no sabía nada de ustedes, de su relación, sólo rogaba que Bill no fuera tan feo.
Tom apretó los puños, contó hasta diez, y respiró.
—La cuestión es que debía procurar que al ingerir los medicamentos, Bill estuviera siempre medio adormilado, y luego cuando los conocí pues ocurrió todo al revés de lo que ese señor quería. Bill me resultó simpático, pero tú me pareciste la cosa más bella que he visto sobre la Tierra. —el de trenzas se sonrojó y sus ojos se abrieron descomunalmente por la sorpresa, pero no dijo nada —y decidí no seguir con el juego ese. Te lo juro, esa tarde decidí que ya no seguiría con aquello. Y preferí ser auténtico en lo que hago, incluso con la terapia que supuestamente le haría a Bill hoy, yo lo iba a ayudar. Y mi cita contigo era lo más emocionante que me ha sucedido en mucho tiempo. Incluso ni he dormido bien anoche, pensando en este momento. Soy un estúpido. Y mientras tanto, tú lo único que deseabas era averiguar la verdad.
—Lo siento Steff, no me puedes reprochar eso.
—Sí, lo entiendo. Soy yo quien debe pedir disculpas. Casi he roto mi Juramento Hipocrático por un poco de dinero. Soy una mala persona.
—No te culpo del todo, ese hombre tiene la capacidad de usar ciertas habilidades para convencer a las personas.
—¿Por lo menos podemos ser amigos?
—Si eres honesto conmigo, claro que sí.
—Entonces, ¿nos damos la mano para empezar todo de nuevo?
—¡Claro! —Tom tendió su mano —hola soy Tom Trümper. —el otro joven se la estrechó.
—Hola, soy Steffan Wassenne —sonrieron y se quedaron así durante un segundo.
—¡Que escena más tierna! —una voz conocida perfectamente por Tom, les hizo dar un respingo.
—¡¿Bill?!
—¿Sorprendido amado mío? —y se sentó junto a Tom, bajando la mano para apretar suavemente su paquete entre las piernas. El de trenzas saltó en su asiento y se sonrojó. Sentía que le ardían las orejas y un repentino calor se le subió por el cuello hasta la cara.
—Pues sí —se rió nervioso —un poco, ¿dónde estabas? —Tom de pronto recordó que estaba celoso y enojado, más aún al darse cuenta lo hermoso que se veía Bill con su cabello planchado, y la ropa que llevaba lo hacía verse tan irresistible, sin duda se había puesto bello para su cita. Lucía espléndido con un suéter negro con escote en V, una bufanda en el tono, enrollada en apenas una vuelta alrededor de su cuello, dejando que los dos extremos colgaran por su pecho, llevaba unos pantalones blancos y botas de caña corta a medio abrochar.
—En mi cita, ella me dijo algunas cosas interesantes.
—¡¿Ella?! —Tom acababa de perder la paciencia —¿y qué cosas tan interesantes si se puede saber?, además ¿quién es ella?—Bill sonrió con cara de satisfacción —¡¿Qué es tan gracioso?!
—Que tu gesto de enojo tiene un cierto parecido a la cara de orgasmo que pones cuando te hago el amor. —Tom tragó saliva, y esta vez la vergüenza le hizo ponerse pálido. Bill se acercó y lo besó suavemente sin profundizar. Steffan agachó la cabeza incómodo. Bill se volvió hacia él —así que nunca tuve una costilla rota, y de seguro tú lo sabías, maldita cucaracha. —Steffan levantó su cara, perplejo.
—Yo…
—Bill, Bill, ya hemos aclarado ese punto —le llamó la atención Tom.
—Conmigo no ha aclarado nada —le replicó al de trenzas —yo ya tenía sospechas, por eso dejé de ingerir todos las medicinas que ese medicucho quería que tomara. Pero hoy tuve la confirmación. —Steff mantenía la mirada baja, intentando concentrarse en la servilleta que doblaba y desdoblaba una y otra vez.
—¿Quién te lo dijo? —pregunto el de trenzas.
—La doctora Morgan, Alice Morgan —Tom abrió su boca de la sorpresa —hoy fui a su consulta médica, que queda cerca de una placita. Esa era mi cita. —esta vez fue Tom el que bajó su mirada y trató de esconder su rostro sintiéndose absolutamente imbecil. Bill, al darse cuenta de ello, le tomó el rostro por el mentón con suavidad —no te sientas mal, terroncito de azúcar, yo quería darte celos también. —y lo volvió a besar, esta vez con más pasión. Tom sintió que se derretía —no tengo nada aparte de hematomas, necesito compresas tibias, y calmantes para el dolor, de esos simples.
—¿De verdad? ¡Ohh! Qué feliz soy de escucharlo.
—¿Ahora me puedes explicar que haces con esta sabandija?
—No lo insultes Bill. Después de escuchar a ese hombre ayer, pues me entró la sospecha por Steffan, y aproveché la instancia para sacarle la verdad. En realidad, siempre me supo mal todo esto, y tenía desde antes una extraña sensación como un presentimiento, mi intuición… Ya sabes.
—Pero ya lo aclaré con Tom. Fue una proposición de ese hombre a cambio de dinero, debía procurar tenerte medio dopado, adolorido, y bueno, debía seducirte Bill, pero…
—Pero qué.
—Pero luego pensé que no era justo para ustedes, son algo menores que yo, y el dinero no vale la pena al lado de romper un juramento que hice, y además que al final me quedé embobado por Tom, él me gusta mucho —¡PUM! Acababa de echarle ají en el trasero a Bill.
—¿Así que en serio te ha gustado Tom? ¡Tom es mío!
Y Tom no dejaba de pensar —¡oh Dios mío se van a pelear por mí!
—Pero si tú dijiste que entre ustedes ya no había nada, entonces aproveché mi oportunidad.
—¡Pero, pero , pero!. ¡Todas las oraciones la empiezas con la misma palabrita!
—Lo siento. No quise entrometerme así.
—Más te vale. Porque Tom es mío…
—¡Pero si ni siquiera somos novios! ¿Y yo soy tuyo? Yo no tengo idea que somos —Bill abrió su boca, incrédulo de escuchar lo que escuchaba.
—Nos amamos Tom.
—Sí, pero en una relación informal que ni siquiera hemos planteado como exclusiva.
—¡Pues hagámosla exclusiva, entonces!
—¿Por qué? ¿Porque tienes miedo de perder ante Steff?
—Chicos no peleen, estamos en un lugar público —dijo algo preocupado el joven castaño, mirando para todos lados, medio avergonzado.
—¿Yo perder? Imposible porque tú estás loco por mí.
—El loco por mí eres tú.
—¿Yo? Bah, estás equivocado. La verdad, es que yo mantengo la cabeza fría en esto, y no me voy a trastornar por ti.
—Sí claro Bill, por eso es que no te pudiste resistir a venir a interrumpir mi cita con Steff.
—Yo no vine por ti, yo vine a encarar a este mequetrefe.
—No te creo.
—Me da igual.
—Chicos no peleen.
—¡Cállate! —le gritaron ambos a Steffan.
—Estás tan loco por mí que te mueres por ser mi novio.
—Sí, es verdad. No lo voy a negar, pero hasta ahora no te interesa serlo, ¿cierto? —y lo ojos de Tom, muy a su pesar, se llenaron de lágrimas, dejando escapar algunas. Se levantó de la mesa de improviso, y salió a la calle.
—¡Tom! —llamó Steff, poniéndose de pie también, intentando seguirlo, pero justo Bill lo agarró de un brazo.
—¡Ni se te ocurra ir tras Tom!, ¡no es asunto tuyo! —el pelinegro dejó dinero para cancelar la cuenta, y salió.
Al llegar a la calle, ya Tom no se veía. Bill se concentró y le habló al viento —dime dónde —susurró. Y su ruego fue respondido. Tom se había dirigido a un lugar junto al lago de donde se apreciaba mejor la zona lejana de los camping y la marina, al otro extremo del lago. El pueblo de Königssee, pequeño, y difícil de perderse en él, le permitiría a Tom, no obstante recorrer la orilla del lago hasta llegar al muelle, desde donde con seguridad se podrían obtener mejores vistas. Bill caminó de prisa hasta allá. Y vio la silueta oscura de su amor que recortaba el atardecer rojizo.
El pelinegro se acercó, lo abrazó por la espalda, apegando su cuerpo lo mejor que pudo a Tom. Sentir el calor de su amado lo llenaba de emociones. Y aunque Tom estaba tan dolido por sentir que Bill no tomaba el tema con seriedad, su cuerpo reaccionó a su cercanía. Una descarga eléctrica sintió en su miembro cuando el aliento tibio y sonoro del pelinegro pegó en su oreja. La situación se volvió más intensa porque Bill comenzó a atrapar con sus labios el lóbulo de su oreja, agarrándolo y soltándolo una y otra vez. El miembro duro del pelinegro rozaba sus nalgas, y el apetito por ser penetrado una vez más, crecía hasta niveles desesperantes, sabiendo que allí donde estaban nada más podía ocurrir. Y debía ser bastante impactante para los locales ver a dos hombres seduciéndose así en plena vía pública, hasta le pareció a Tom que una mujer ya mayor exclamaba por lo bajo —¡estos turistas degenerados! —Bill debió escucharlo también porque desafiante, inmediatamente comenzó a mover su pelvis lentamente, provocando el roce de su miembro en los glúteos de Tom. Un gemido se escapó de la garganta del pelinegro que no dejaba de lamer y succionar su oreja. —Bill, por favor detente —dijo entre jadeos el de trenzas. Ahora tenía tanto calor.
—¿Que no te gusta?
—Me encanta, pero para esta gente debe ser traumático vernos así —dijo al mismo tiempo que se giraba, para quedar de frente a Bill.
—Lo siento amor, siento ganas de follarte todo el día, todos los días —le dijo recorriendo el cuello de Tom. El de trenzas pensó que no había sido buena idea darse vuelta porque Bill no dejaba de moverse, con la diferencia que ahora rozaba su miembro y no sus nalgas.
—Bill, Bill. Tranquilicémonos ¿okay? —el pelinegro gimió entre el disgusto y la frustración. Sin embargo al separarse unos pocos centímetros de Tom, le sonrió.
—Ya no lloras.
—No, pero…
—Cómo odio esa palabra —el pelinegro acarició el rostro de Tom —odio los pero. Dios, te amo tanto, tanto, y me duele cuando me reprochas un desamor que no existe. Yo no podría amarte más ahora porque soy sólo un humano, y esa es mi limitación, y lo sabes.
—¿Qué somos?
—Tom y Bill.
—Tonto, ya me sé nuestros nombres. —sonrió melancólico el de trenzas —¿por qué no quieres ser mi novio Bill? —y los ojos de Tom se volvieron a humedecer.
—Porque prefiero ser tu esposo… Tom ¿cásate conmigo?
Continuará…