CAPÍTULO 27
Un instante de silencio, que parecía alargarse eternamente. Después de la irrupción del hombre, pocas opciones quedaban. Esta vez no podría evitar el enfrentamiento.
—Y siempre te pasa lo mismo. Te han comido la lengua los ratones.
—No. Sólo que no tengo nada que decir —aclaró Bill, que seguía contra sus deseos paralizado, no tanto por el miedo si no por no saber qué hacer realmente. Los ojos rojos del perro y sus dientes babosos no dejaban que se concentrará lo suficiente. Nunca le enseñaron cómo defenderse del Gran Maestre, nadie en su sano juicio considera aquello como una opción. El Gran Maestre conoce todos los secretos de Magia de sus Magos. Bill comenzó a considerar que tal vez esa noche había llegado su final.
Storm chasqueó la lengua —pues yo si tengo muchas cosas que manifestarte, pero… —hizo un gesto de fastidio —digamos que ahora no tengo ganas, ya me cansé de hablar contigo… Ahora no queda más que actuar —Bill contempló, como en cámara lenta, que la mano del hombre se levantaba y lo indicaba con su índice, al mismo tiempo que salía de su boca un sonoro —¡ataca!
El perro de ojos rojos como la bestia que era, cual un rayo se abalanzó sobre Bill. El pelinegro con agilidad extendió su mano hacia el frente conteniendo el ataque. El perro chocó contra un muro invisible y cayó hacia atrás gimoteando. Ese momento fue suficiente para que el joven mago alcanzara su espada, justo en el instante que la bestia se erguía y se lanzaba otra vez hacia el joven. Bill se giró en ciento ochenta grados al mismo tiempo que levantaba su espada dejándola caer con todas sus fuerzas sobre el animal golpeando su cuello. Un espantoso grito salió de las fauces del perro, para desvanecerse luego, no quedando rastros de su existencia.
El hombre dio un alarido de rabia mientras sacaba de entre sus ropas una pistola. Dio un paso hacia delante para apuntar hacia Bill. En ese momento un bate detrás de la cabeza del hombre surcó el aire dibujando un medio círculo hasta caer pesadamente sobre Storm, el arma se disparó dirigiendo la bala a dos metros de distancia de Bill, el hombre cayó sin conciencia e inerte al suelo. Detrás de donde había estado la figura del Gran Maestre, apareció Tom aún manteniendo en sus manos el bate de béisbol —te dije que debía acompañarte. —señaló entre jadeos.
—Y a mí me encanta que no sigas mis instrucciones —dijo Bill intentando recuperar el aliento —gracias amor, tú eres mi ángel de la guarda.
Detrás de Tom venía corriendo Markus y Anton —es hora de atar a este animal y llamar a la policía. Necesitamos un pañuelo o algo para tomar el arma —Anton de entre sus ropas sacó un pañuelo y se lo entregó a Markus quien la levantó del suelo. El historiador mientras tanto se había regresado a la mansión para traer la cuerda que necesitaban.
—No lo maté ¿verdad?
—No Tom, sólo lo echaste a dormir por un rato, pero lo más agradable será su dolor de cabeza cuando se despierte.
—Necesito hacer el ritual antes de que llegue la policía.
—¿Ritual?
—Sí Anton, después les explico.
—Otra noche sin dormir como se debe ¡Dios! —dijo el historiador mientras cargaba junto a Tom al hombre atado.
Una vez que se quedó solo, Bill extendió su espada y caminó tres veces en dirección de las manecillas del reloj, luego con las manos extendidas hacia el cielo invocó la protección para realizar el conjuro que permitiría detener los cambios en el espacio-tiempo que tal vez ellos mismos habían generado, aquella perturbadoras paradojas que habían estado sucediéndose.
Cuando terminaba su rito, la policía hizo su entrada. Al llegar Bill a la cocina vio al Gran Maestre con el seño fruncido y una bolsa de hielo sobre su cabeza. Miró a Bill amenazadoramente, sus manos estaban atadas. No era conveniente soltarlo, todos en el grupo lo sabían. Pero la policía no lo entendía así.
—No es legal mantenerlo de esa manera —dijo el comisario.
—Si lo soltamos puede ser peligroso.
—Pero estamos aquí, ¿qué esperan, que lance rayos y centellas con sus manos? —replicó el policía, y los demás comprendieron que no había mucho más que decir, de todos modos no les convenía pasar por locos. Storm medio sonreía sabiendo que ese era un punto a su favor.
—Encontré el casquillo de la bala, señor —dijo un policía más joven.
—De acuerdo. Es necesario que hagan la denuncia y la declaración que corresponde ante tribunales y en la estación. De todos modos mañana deben estar allá, así que los esperamos.
—Señor comisario, por favor le rogamos que lo vigilen día y noche. Él es muy hábil para abrir puertas. —le intentó aclarar Tom.
—Les rogaría que fueran menos aprehensivos, cualquiera diría que están hablando de Voldemort.
La policía se fue, llevándose al hombre con las esposas puestas. Y el grupo con cierta preocupación entendió que había muchos detalles que no serían posibles de explicar si no era arriesgándose a ser tildados como locos miembros de una secta medio esotérica.
—No se preocupen, él no hará nada más hoy, sabe que estamos en alerta. Más me preocupa cuando no estemos pendientes de él. —dijo Bill.
Andreas había bajado recién con el cabello revuelto. Hacía poco que se había vuelto a dormir luego del sueño húmedo que había tenido. Y la loca carrera de Tom, Markus y Anton lo habían despertado —¿Que en esta casa no se puede dormir bien?
—Vuelve a la cama Andy. Ya no hay nada más que hacer —lo tranquilizó Tom.
Todos cansados, más bien agotados emocionalmente subieron a sus respectivas alcobas. Georg y Gustav, por alguna razón ni se habían enterado de nada. Jamás salieron de la habitación, así que Tom supuso que habían estado muy ocupados.
El de trenzas ingresó al dormitorio, y comenzó a desnudarse otra vez, pero en vez de meterse en la cama se dirigió al baño —creo que mientras ese hombre no desaparezca de nuestras vidas, no vamos a estar tranquilos —dijo, mientras Bill seguía con mirada ardiente la bella figura desnuda de su amado. Y se le hizo agua la boca.
Se metió tras él en el baño sin decir palabra, mientras escuchaba el agua de la ducha correr, se desnudó también y se metió al pequeño cubículo donde Tom se jabonaba. Bill se puso por detrás, lo abrazó y besó su cuello húmedo y jabonado. El de trenzas suspiró al sentir el sexo palpitante de su amado entre sus nalgas —Oh! Bill! Nunca me canso de sentirte —el pelinegro rió entre dientes, mientras con sus manos jugueteaba ahora entre los glúteos de Tom, buscando, explorando con sus dedos, alcanzando desde atrás sus testículos. Tom tembló y trémulo suspiró. Su piel se había vuelto de fuego. Ardía.
—Mi bebé merece un premio por haber sido tan bueno con su amorcito.
—Dámelo —jadeó Tom, lleno de deseo.
Bill siguió explorando aquel agujero entre las nalgas de Tom. Un gemido de placer se escapó de su boca. Tom resoplaba intentando contener su apetito. Su sexo estaba duro y erecto. El de Bill también, y la punta de su pene rozaba los testículos del de trenzas. Mientras, no dejaba de dilatar esa deseable entrada con sus dedos. El jabón hacía todo más resbaloso, deliciosamente escurridizo. Tom lo sabía y seguía vertiendo el aromático líquido por sobre su cabeza. Bill sentía que ardían ambos. El agua caliente, el jabón, el aroma intenso que los envolvía, los estaba llevando a las nubes.
Bill mordisqueaba suavemente los hombros de Tom, mordidas que se hicieron ligeramente más intensas cuando la punta de su sexo comenzó a explorar el esfínter de su amante, ingresando lentamente, sintiendo que el fuego de la carne de Tom envolvía su pene. Un gemido largo de Tom le anunciaba las sensaciones que le dejaban la intromisión de su falo —todo —dijo entre gimoteos. El pelinegro obedeció gustoso, empalándolo con energía. Mientras que con una de sus manos agarró el pene de Tom y comenzó a masturbarlo. El de trenzas tenía ambas manos apoyadas en la baldosa fría de la pared, con su cabeza hacia atrás apoyada en el hombro derecho del pelinegro, con su cara vuelta hacia su izquierda y su boca abierta anhelando un beso de Bill. Y lo obtuvo. El pelinegro le comió la boca, penetrando a Tom con su cuerpo dos veces en el mismo instante. Lo besaba como un poseso mientras lo embestía casi con violencia. Por entre los besos se escapaban los gritos de ambos, y el movimiento frenético hacía temblar sus piernas.
Tom sentía la punta de Bill rozar una y otra vez su próstata, golpearla, tocarla, y una corriente de energía y placer lo invadía con cada toque. Se sentía completo, nada faltaba en su alma y su cuerpo, era como ensamblar dos piezas que habían sido separadas de manera artificial, yendo en contra de su naturaleza única, de cómo un todo había sido dividido, dejando a cada parte hambrienta de la otra. Así eran ellos. Un todo, dos partes que se habían reencontrado, rearmándose, reensamblándose —Bill sigue, quiero más —el pelinegro, llegando al límite de su fuerza, complació a su amado, dejando que el deseo y la excitación manejaran su cuerpo al borde del desfallecimiento. Sintió como su miembro se hinchaba cada vez más indicando el fin inminente, que llegaría en unos momentos en medio de una explosión de placer infinito, como un Big Bang que luego se recogería en sí mismo volviendo a las fronteras de su humanidad. Dejando palabras incoherentes, en medio de muchos te amo. Bill se permitió gemir sin control. Qué más daba que se enteraran todos en la mansión. No tenían que darles explicaciones a nadie. Su amor era honesto y verdadero, más fuerte que la muerte, más intenso que un volcán en erupción. Llenando el baño de sus propios vahos junto al vapor del agua caliente, dejando que el calor les hiciera sudar en medio de tanta humedad, llegaron al clímax, extasiados, jadeantes, permitiéndose emitir los últimos alaridos y palabras entrecortadas.
Luego la calma y el silencio volvieron al baño, escuchando correr el agua incesante y tibia por sus cuerpos aún temblorosos. Tom se dio vuelta y con los ojos ligeramente rasgados y enrojecidos miró a Bill que permanecía con los propios cerrados. Lentamente los abrió y se encontró con la mirada serena de Tom. Le sonrió y lo besó tiernamente —vamos cariño, sequémonos y vamos a la cama. —y así lo hicieron, relajados y felices.
Al día siguiente los insistentes golpes en la puerta los despertó —¡hey, bellos durmientes!,¡despierten! —era la voz de Georg. La puerta estaba sin el seguro puesto, así que el castaño la abrió lentamente —ya sabemos que tuvieron fiesta anoche, pero hoy debemos hacer algo, y no tenemos elección —Tom enterró su cabeza en la almohada.
—Dios —dijo el de trenzas sintiéndose avergonzado por el escándalo de la noche. Bill sólo se rió de lo más calmado.
—He preparado unos huevos con tocino para los carnívoros, y huevos con queso derretido para los herbívoros —dijo el castaño cerrando la puerta otra vez.
—Herbívoros… —bufó Tom—¡Vegetarianos Georg! —gritó.
—¡Como se llamen! —le respondió el castaño desde el pasillo.
Tom se levantó de la cama, se miró en el espejo y con cierto pesar vio que ese elemento intruso estaba aún allí, en su labio —Bill, si ayer hiciste esa cosa por lo del tiempo, ¿por qué aún tengo el piercing?
El pelinegro se entristeció al ver que para Tom esos pequeños detalles desestabilizaban su estado de ánimo. Se levantó y fue hasta él, lo abrazó con ternura por detrás, colocando sus manos en el vientre de Tom —cariño, las cosas que habían alcanzado a cambiar, ya no volverán a ser como antes. Si quieres sólo puedes quitarte esa cosa de tu boca si te desagrada, a mí me gusta, y me encanta la sensación de ese metal cuando me besas ¿te molestan mis piercings?
—No, me encanta el de tu lengua.
—Le puedo dar otros usos, y explorar con él algún talento escondido —Tom bajó la mirada, sonrojándose —no hagas eso bebé que si no me quedaré aquí todo el día follándote.
—¡¿Tom, Bill?! —se escuchó la voz de Andreas desde el pasillo.
—¡Y vamos! —respondió Tom —Scheisse, y ya me estaba gustando esta conversación —Bill se rió —¿y cómo se entiende lo que le pasó a Andreas? ¿él no va a recordar a Alexa?
—Si recuerda será por su propio esfuerzo, pero no sé. Esto es tan raro para mi como para todos.
—Pobre chica. —concluyó Tom.
Después de hora y media, todo el grupo estaba presente en la estación de policías, incluyendo los magos Dark, Deva del Bosque, Marie, como también la bruja, la Dama del Lago, relatando todos por separado lo que había ocurrido la noche anterior tanto en la mansión como el suceso en el bosque.
—¿Y cómo hicieron para que ese grupo numeroso de hombres huyeran señor Koening?
—Pues aprovechamos el repentino temporal de viento que comenzó, eso, unido a que empezaron a caer ramas sobre el techo, y pues nos habíamos separado, tal vez se asustaron pensando que éramos demonios o qué se yo.
—Extraño. Una reacción un tanto exagerada para unos matones como esos. —Bill miró al policía sin perturbarse.
—Bueno, ellos deberían relatar las razones de por qué no dieron pelea. Sólo se que se fueron y estoy agradecido porque nosotros no íbamos armados.
—Bien, no se preocupe, lo averiguaremos. —el policía sonrió fingidamente, Bill no le quitó la mirada hasta que se levantó de su asiento.
Una vez afuera evitaron conversar del tema, los oídos indiscretos podían ser peligrosos.
—Creo que deberíamos de aprovechar de ir a la biblioteca a buscar información necesaria para todo este asunto —señaló Anton.
—Me parece buena idea —afirmó Andreas.
—Era justo lo que había pensado —agregó el pelinegro.
Anton comenzó a caminar hacia el estacionamiento —vamos entonces, nos encontramos allá.
Alexa ya se iba, se despedía de algunos de ellos, evitando encontrarse con el rubio. Andreas se dio cuenta y se acercó a ella —¿no te vas a despedir de mí?
—Ah sí, lo siento —respondió ella, algo esquiva.
—O si prefieres te puedes venir conmigo, y me ayudas con lo de la biblioteca, necesito tu ayuda, porque tú recuerdas todo —de pronto se calló y se tapó el rostro —disculpa, soy un imbécil, busco desesperadamente razones para que no te alejes de mí. Soy honesto y no recuerdo todo, pero podría recordar si me ayudas.
Alexa sonrió —te puedo acompañar —el rubio movía los brazos hacia atrás y adelante como un niño pequeño exultante de felicidad.
—Ok, vamos en el jeep de Anton. Georg y Gustav irán con Tom y Bill.
Cada grupo se separó y se subieron a los vehículos. Bill se puso de chofer, y Tom se sentó a su lado. Los novios se sentaron atrás.
—Ahora les puedo contar algo —dijo Bill —me interrogaron por lo que pasó afuera de la bodega anoche y le dije al policía que no sabía por qué esos hombres habían huido, que se asustaron con la tormenta de viento, y qué sé yo.
—Pero la verdad es que…
—Es que nosotros provocamos la tormenta, pero lo que los hizo huir fue percibir que los árboles se desplazaban.
—¡Los árboles! —exclamaron los dos oyentes sentados atrás.
—Sí, es un viejo truco utilizado desde siglos inmemoriales —continuó Bill.
—Así que los pobres salieron huyendo, no los culpo. Sería muy divertido verle la cara a los policías cuando esos hombres le cuenten su versión de los hechos —rió Tom.
—Es verdad, creo que con su declaración nos quitarán de la lista de peligrosos. Ellos van a quedar como los locos. —continuó Georg —pero a mí me preocupa ese hombre, es muy peligroso, y no creo que lo detenga una reja y tampoco un carcelero.
—No, no lo hará. Él está esperando el mejor momento para lograr sus fines.
—Que podría ser ahora Bill ¿verdad?.
—Podría ser —el pelinegro miró a Tom, pero en vez de mostrarse ansioso le sonrió, sabía que para el Gran Maestre esa hora del día no era la más propicia para emprender cualquier hazaña. —pero no será, amor.
Unos momentos después llegaron a la biblioteca. El grupo ingreso a los amplios salones, con cientos de estantes con libros haciendo hileras formando calles, todas señaladas con letras y números. En silencio se acercaron a la bibliotecaria que revisaba documentos. Usaba unos lentes extraños que terminaban en punta, y los llevaba sujetos con colgantes, seguramente para no perderlos al dejarlos por ahí.
—Buenos días —saludó Markus. La mujer ni se molestó en levantar la cabeza.
—Buenos días —respondió con pereza.
—Soy Markus Frank Administrador del Museo Liz Garten, y éste es el historiador y curador del mismo Museo, Anton Berg —la mujer por fin levantó la cabeza con ojos de huevo frito y la boca abierta, luego sonrió ampliamente.
—Señor Frank, señor Berg, qué gusto conocerlos. Es un honor tener en nuestra humilde biblioteca a profesionales de la calidad de ustedes. ¿Qué se les ofrece?
—Pues venimos con este grupo de amigos a buscar información sobre la familia Kaulitz.
—Pues claro, tenemos esos archivos reunidos en un software y también una sección en unos de los pasillos… El… Mmm —y buscaba en su pc —el A 2, en la sección 84.
—Gracias —fue la lacónica respuesta del administrador.
—De nada —respondió ella sonriente —¡perdón! Si necesitan algo me buscan, soy Ann O’ryan, para servirles.
—Pero yo necesito algo diferente —dijo Bill. La mujer lo miró interrogante —necesito información sobre muertes u homicidios en los años 1989 y 1990. Sobre todas aquellas noticias que se refieren a un matrimonio joven con niños pequeños.
—Sí, veamos en el archivo de periódicos locales. ¿Es noticia de la zona?
—Sí, de acá. Eso creo.
—Okay, acompáñeme. —Bill y Tom siguieron a la mujer —¿tiene algún nombre o de qué forma murieron exactamente?
—No, nada.
—Bien, aquí llegamos —frente a ellos habían unas mesas que más asemejaban escritorios con computadores grandes y otras máquinas parecidas a monitores —usted acciona este botón y las páginas van pasando. Puede seleccionar el mes, el periódico, el día incluso.
—Muchas gracias —le sonrió Bill. Ambos jóvenes se sentaron —esto puede ser para largo.
—Me voy a aburrir.
—¡Tom! Esto es por ti también.
—Lo sé. —aunque no quería saber quiénes eran sus verdaderos padres, no se sentía preparado todavía. Miró a Bill, hizo un mohín —pero yo quería cariñitos.
—No te comportes como un bebé. Anda, ayúdame.
El resto del grupo se repartió por diferentes lugares del pasillo. Georg encontró un libro y no pudo evitar sacarlo de su lugar en el estante. “Las Ciencias Ocultas” era el título, y se sentó en una de las mesas a leer.
Gustav lo quedó mirando, poco feliz de ver que su noviecito estuviera tan concentrado en el libro —¿qué haces?
—Leo.
—¡Ha ha ha! ¡Qué idiota soy! ¿Eso es leer? No sabía.
—Gustav, me interrumpes.
—Bien. —el de gafas se le quedó mirando, concentrado en el hermoso perfil de su amado, en su nariz afilada, parecía unos de esos perfiles de las esculturas griegas. Suspiró y comenzó a tamborilear con sus dedos en la mesa. Georg lo miró de reojo.
—Me desconcentras.
—Eso quiero. —Georg suspiró y siguió leyendo. Gustav tamborileaba otra vez, pero avanzaba con los dedos por la mesa acercándose a las manos del castaño.
Georg con rapidez atrapó la manos de Gustav, y lo besó con avidez —ya ¿conforme? Ahora vaya a jugar a otro lado. —el de gafas sonrió y se fue a ayudar a Andreas.
Dos pasillos más allá, Bill pasaba y pasaba páginas —esto es cansador.
—Yo me agoto de sólo ver cómo tienes que concentrarte.
—Tom busca en ese.
—Es que si me pongo allí no podré tocarte.
—De todas maneras no puedes tocarme, estamos en la biblioteca, un lugar público.
—No me importa.
—Ya estoy en el mes de Octubre del 89, esto puede tomar más de lo que pensé, ¡más aún cuando alguien a quien no voy a nombrar, pero que estoy mirando, no me ayuda en nada!
—¿Yo? —Bill rodó los ojos.
—No, Tom , la vecina.
—Pero la vecina no te hace esto —y con su mano más cercana a Bill, le apretó el entrepiernas con fuerzas.
—¡Ahh! —gritó el pelinegro.
—¡Shshshsh! —fue la respuesta unánime de todos los lectores.
—Ya verás —susurró Bill, suave pero amenazante, y Tom corrió hasta el fondo, llegó al final del corredor y luego viendo que Bill lo seguía, dobló a la izquierda internándose por otros pasillos más bien lúgubres, donde no se veían personas y había poca luz. Tom se reía nervioso intentando tranquilizar su respiración, sabía que Bill andaba cerca.
—¡Tooomm! —susurró el mago. La piel de Tom se erizó, todos los vellos de su cuerpo se levantaron, y la sangre corrió gustosa por su pene. Ese susurro le recordó esos otros murmullos en esa noche de tormenta, y su cuerpo reaccionó con el recuerdo, ¡qué noche aquella!. La risita nerviosa no cesaba, y no sabía como contenerla, quería permanecer escondido, y al mismo tiempo ser descubierto por la persona más deseable que haya conocido. —¡te voy a atrapar Tom!
—Jijiji —rió el de trenzas y se deslizó rápidamente hacia un pasillo perpendicular. Buscó la esquina, miró en todas direcciones, Bill no se veía. Apurando el paso, dobló a la derecha mirando hacia atrás. Y de pronto, su cuerpo se detuvo abruptamente al chocar con algo. Frente a su cara, el sonriente rostro del pelinegro le contemplaba con mirada oscura y tintes de perversidad.
—¿Dónde crees que vas primor? —dijo de manera sensual —¿huyes de mí? —Tom comenzó a retroceder tragando saliva, con el cuerpo de Bill pegado al suyo —Sabes que no puedes escapar de mí —y acercó más su rostro sujetando a Tom por la nuca. Con cierto salvajismo, mordió al de trenzas en el labio inferior. Éste protestó con un gemido —¿ahora te quejas? —el de trenzas sintió que su espalda chocaba con uno de los estantes, quedando a merced de ese ángel endemoniado. —¿no te gusta jugar con fuego? Juguemos cariño, acá, tentando al peligro.
—No
—¿No qué? —y volvió a morder a Tom.
—¡Ouch! ¡Duele!
—¿Y esto, duele? —y con su mano izquierda el pelinegro frotó el pene de Tom por sobre el pantalón con energía.
—¡Aahh! —respondió quejumbroso el de trenzas.
—Nuestro amiguito está más que despierto —Bill le metió la mano por dentro del pantalón mientras con la otra soltaba el cinturón. Encontró el trozo de carne de Tom, caliente, duro y lo masturbó —¿quieres saber qué puedo hacer con mi piercing?
—¡No ahh!
—¿No? —y Bill le besaba el cuello —yo creo que sí. —y bajó a la altura de su pelvis, sacó el pene ardiente de Tom, y comenzó a frotar la pequeña bolita de metal sobre el glande, deteniéndose en la pequeña abertura en la punta del mismo sobre el tejido esponjoso del glande activando todas las infinitas terminaciones nerviosas, frotando con suavidad, pero con insistencia, mientras con dos dedos buscó en la base por detrás de los testículos y comenzó a dar pequeños golpecitos, casi presionando con los dedos, con intervalos de menos de un segundo para estimular la próstata de Tom, quien al sentir que su punto de placer era provocado se agarró del estante pasando sus manos por sobre su cabeza. Bill no dejaba de frotar con la bolita, una y otra vez. El de trenzas se mordía los labios conteniendo los gemidos. El pelinegro abrió más su boca, introduciendo todo el falo de su hombre, dejando que incluso la punta rozara su garganta, casi provocando el reflejo del vómito. La bolita rozaba, frotaba, acariciaba toda la extensión del pene, haciendo gemir suavemente a Tom, que a base de mantener su boca fuertemente apretada no dejaba escapar mayores sonidos. Mientras con sus dedos seguía hurgándole allí, ese punto que llegaba a su próstata.
—Bill, Bill —suspiraba el de trenzas, extasiado. El pelinegro aumentó la frecuencia del movimiento —sí, así, sigue. Bill, Bill —Tom movía sus caderas involuntariamente, y las gotitas de sudor corrían por su frente y su rostro. Extasiado contempló el bello rostro de su amado, que con apetito chupaba su miembro, envolviendo su carne con aquellos labios que tanto le gustaba besar —Bill ya voy… Ya voy —y explotó en la garganta de su pelinegro. Luego una calma deliciosa recorrió su cuerpo —estuvo… Exquisito.
Bill se levantó y le sonrió satisfecho a su amado, mientras Tom le tendía un pañuelo para que se limpiara, y con otro a él mismo. —espero que ahora me dejes buscar en paz o por lo menos me ayudes. —rió el pelinegro.
—¡Qué fastidio Bill! Odio hacer eso —el de trenzas echó la cabeza hacia atrás golpeándosela levemente en algo relativamente duro, un libro. El libro que golpeó se desestabilizó cayendo al suelo. Bill lo recogió —bueno, te voy a ayudar, pero sólo para terminar luego. —el pelinegro no respondió, sin pestañar miraba el libro —¿qué pasa?
—¿De qué tienes miedo Tom?
—¿Cómo miedo?, ¿a qué te refieres?
—Responde. Si me distraías a cada instante no era por tener mi atención, era por algo más.
Tom suspiró —Está bien, Bill, yo no quiero saber quiénes eran mis padres… Nuestros padres. No quiero sufrir por ellos. Yo tengo mis padres —resopló —ya sé que soy horriblemente egoísta. Lo siento. Pero saber algo de ellos es como ponerme frente a la cruda realidad. A veces es menos doloroso permanecer en la ignorancia.
—Ignorar hechos como que tú y yo somos hermanos y que lo que hacemos se llama incesto, aun cuando sepamos que es amor… Tom, la verdad nos alcanza tarde o temprano —Bill movió la cabeza con un dejo de desesperación —es peligroso creer que la mentira nos protegerá de algún modo y para siempre. Tom, mira —el pelinegro le extendió el libro, el de trenzas arrugó su ceño sin comprender —mira el libro —Tom con lentitud extendió sus manos para recibir el libro —lee la portada, amor, por favor.
El libro, de tapas algo viejas y gastadas tenía una hermosa flor de lis en relieve. En el título se leía “La corrupción en las Sociedades Secretas” por Antje Kaulitz —¿Antje? —dijo Tom sin lograr pensar nada coherente. —¡Es una Kaulitz! Yo pensé que el apellido había desaparecido. Veamos el año de edición, de la primera. —con nerviosismo abrió el libro buscando en sus primeras páginas la información obligatoria de edición y editorial —1988, veamos si sale información de la autora —cuando miró la contraportada, la parte donde va registrada la biografía había sido arrancada, pero aún conservaba la fotografía. Era la misma mujer que había visitado a Tom en su habitación, un par de noches atrás —sí, es ella.
—La misma que me señaló que tú ya no estabas anoche, y luego se desvaneció.
—Está muerta.
—No lo sé Tom, siento que no, espero que no. No me parece que lo que haya visto anoche fuera un fantasma.
—¿Entonces?
—Ven, vamos —y el pelinegro le tomó la mano a Tom y lo llevó hasta los escritorios donde estuvieron antes —ahora ya sabemos qué buscar. —se acomodaron en sus asientos —pongamos su nombre en el buscador. —en el momento que le dieron aceptar se desplegaron en los monitores varios archivos con el nombre de la mujer.
—Mira lo que encontré —dijo Tom. Se había desplegado ante sus ojos un pequeño artículo de un periódico bávaro —Antje Kaulitz, esposa de Jörg Kaulitz, el conocido académico, expondrá el tema de la Influencia de las Sociedades Secretas, en el Simposium a realizarse en la Universidad de Munich, el 15 de Diciembre del año en curso. Quedan pocas invitaciones disponibles. —el pelinegro se había acercado para leer junto a Tom —Bill, este periódico es de 1989. Nosotros éramos bebés.
—Entonces busquemos en los periódicos de las fechas siguientes. Si eran relativamente conocidos no será difícil encontrar más información.
—Hey —llamó Andreas.
—Ven tú, estamos en medio de algo importante. —le pidió el de trenzas. El rubio se acercó con un libro en la mano.
—Miren, esto es una recopilación hecho por un tal Klaus Holt en el año de 1978, de las familias acaudaladas y terratenientes, del estado de Baviera, también incluye a los nobles que vivieron en está región. Y encontré algo de los Kaulitz. Mencionan a Andreas Kaulitz, como único descendiente vivo de la familia, quien se casó pocos años después de la muerte de su padre y su hermana. Se fue a vivir a Munich, donde tuvo dos hijos, un niño y una niña. La cuestión es que señala que el último miembro de la familia fue un tal Jörg Kaulitz, hijo de Thomas Kaulitz. Está en árbol genealógico que contiene el libro, en el momento de escribir el libro, ellos eran los últimos, observen.
—¿Ellos? —preguntó con curiosidad Tom.
—Sí, los primos, Antje y Jörg. —Bill y Tom no pudieron reaccionar. Se quedaron mirando a Andreas sin pestañar —este libro tiene tanta información —siguió Andreas emocionado — lo más entretenido es la descendencia de la hija de Andreas, me muero por llegar allí, esto es apasionante, debí estudiar Historia y no Geología, bueno aún no es tarde para cambiar, tal vez sea un asunto que deba averiguar de inmediato si lo puedo hacer desde este otoño, tendría que ir a la universidad ¿me acompañarías Tom? O más bien, ¿me llevas tú? Es que me da pereza pensar en ir a Frankfurt en bus, sería muy agotador. Sé que te estoy pidiendo demasiado, tienes tantas cosas que hacer y decidir que yo te…
—¡Andy! —le interrumpió el de trenzas —relájate. Y déjanos ver ese libro de una vez.
—Ah sí —respondió sorprendido y cortado el rubio —disculpen. —Bill tomó el libro y junto a Tom observaron el árbol genealógico.
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—Eran primos —dijo pensativo Tom.
—Mmm, bueno yo sigo leyendo permiso, chicos sigan ustedes en lo suyo.
Bill se sentó rápido, quería terminar luego. El hambre le estaba distrayendo, y sus tripas ya rugían dolorosamente. Para Tom no era el hambre, era una especie de sopor que le invadía después del orgasmo vivido momentos atrás, y también una angustia que no sabía como enfrentar.
Bill buscaba incesante, abriendo y cerrando archivos, hasta que una de las noticias lo congeló. El aire se hizo tan poco denso, tan tenue, que no lo sentía entrar a sus pulmones —Tom —dijo apenas, casi en un lamento —aquí está.
Una horrible muerte han encontrado el matrimonio Kaulitz, los conocidos académicos de Baviera, junto a sus dos pequeños hijos, de sólo meses de vida, los gemelos Bill y Tom. Bajo extrañas circunstancias su cabaña de descanso junto al lago Bodensee, cerca de Lindau, Estado de Baviera, se vio envuelta en llamas luego de una estruendosa explosión, aparentemente por el recalentamiento de una de las turbinas de uno de los generadores. La identificación de los cuerpos ha sido lenta, debido a que no quedan parientes que puedan reconocer lo que quedó de sus pertenencias, aunque se intentará usar los registros dentales para confirmar sus identidades.
El calor de la explosión y posterior incendio fue tan intenso que de los cuerpos de los bebés no se han encontrado restos.
Aunque la investigación sigue en curso, las autoridades han anunciado que no queda mucho por hacer, ya que hasta ahora estarían confirmadas las causas accidentales de la explosión.
Con estas muertes desaparecen los últimos descendientes de los antiguos terratenientes de Berschtergaden Land, al sur de Baviera. Hace ya unos pocos años que el padre de Jörg, Thomas Kaulitz, había muerto en un accidente automovilístico al cortársele los frenos mientras conducía en un escarpado y zigzagueante camino en las montañas alpinas.
—Ahora lo sabemos. Bueno, casi todo —dijo amargamente el pelinegro —yo quiero saber por qué no estamos muertos.
—¿Estás seguro? —y se quedaron en silencio.
—¿De cuándo es el periódico?
—Del 2 de Febrero de 1990
—Yo sé que mi madre me adoptó a comienzos de la primavera de 1990. Llegué a casa en Abril. —dijo Bill.
Tom se levantó y comenzó a caminar en dirección al hall central —¿Tom? —lo llamó Bill, y como vio que el de trenzas no reaccionaba, lo siguió apurando el paso —¡Tom!
—¡No quiero saber más, Bill! —y con gesto brusco quitó la mano del pelinegro que se había apoyado en su hombro, para continuar su camino.
—Tom, te mereces saber la verdad.
—¿Sabes cuál es tu problema? —se devolvió furioso el de trenzas encarando al pelinegro —que eres un resentido y un acomplejado, porque nunca tuviste unos padres que te quisieran como me quieren los míos, ellos son los únicos que conozco, acepto y amo. Ya suficiente has revolucionado mi vida, como para que además me quites lo único verdaderamente mío que me quedaba.
—¡Wow! Vaya —un nudo en la garganta le cortó de repente la respiración a Bill. Tragó saliva, tratando de calmar el doloroso calambre, pero luego se dio cuenta que el dolor venía del alma —es bueno… —resopló sonriendo amargamente, intentando de que la voz no le traicionara, de pronto las ganas de llorar subían desde sus entrañas, y el sollozo se agolpaba en su garganta —es bueno saber lo que piensas de mí realmente. Hoy ha sido un día de grandes verdades Tom.
—Bill.
—Shshshshs. Ahora soy yo quien no quiere hablar. —y el pelinegro se devolvió sobre sus pasos hacia los escritorios donde estuvo momentos antes.
—Bill. —el mago, sin volverse, negó con la mano para que Tom dejara de insistir.
Dos pasillos más allá los demás integrantes del grupo habían ocupado una mesa para comentar la información que habían encontrado. Se sentían satisfechos sabiendo que casi todas las piezas del rompecabezas ya estaban en su lugar.
—Toda esta investigación me hace sentir que he sido un imbécil, un inepto, poco profesional, y me ha hecho sentir frustrado e inútil —dijo Anton.
Markus bufó —deja unos pocos adjetivos para mí por favor, que si se llegan a enterar de esto en la Municipalidad, podríamos perder nuestros puestos por incompetentes.
—Incompetente, ese adjetivo me faltó —agregó el señor Berg.
—Anton, debe haber un punto a nuestro favor.
—Sí, yo pienso lo mismo —apoyó la idea el rubio —la cuestión es que ustedes no tenían por qué sospechar que una historia tan truculenta se tejía debajo de todo esto.
—Sí, tienes razón. —respondió Markus —Cuando me hice cargo de LiZ Garten, en la Municipalidad me dijeron que la propiedad había pasado a ser parte del patrimonio del Municipio, entregado por Bienes Nacionales, debido a que ya no habían descendientes de la familia que pudiera hacerse cargo. Pensé que no habían asuntos pendientes al respecto.
—Yo sabía lo mismo —agregó Anton Berg —hasta que apareció ese hombre diciendo que Liz Garten sería vendido por el dueño, que éste había sido encontrado y que él vendería o remataría Liz Garten para construir un spa de lujo, como tantos que hay por acá. Yo le creí porque el mensaje me llegó por boca de un amigo de la universidad, un historiador como yo. Bueno, hace unos días me enteré de que era todo mentira, y…
—No vale la pena reprocharnos nada. Todo lo que ha sucedido ha sido tan fuera de lo común, tan bizarro a veces que todos estamos más que disculpados, otros en nuestro lugar ya tendrían varios cables sueltos —concluyó Gustav.
—No sé ustedes, pero yo tengo hambre —señaló Georg, todos asintieron.
—Pasemos a comprar comida preparada, así no ocupamos tiempo en cocinar, no creo que sobrevivamos la espera —sugirió Alexa.
—Buena idea.
—Sí. —dijeron todos. Sacaron las copias necesarias de los textos encontrados y esperaron a Bill y a Tom , pero sólo Bill se acercó a ellos.
—¿Dónde está Tom? —preguntó curioso el rubio.
—Supongo que debe estar afuera fumando, esperándonos. —respondió Bill.
—Okay —dijeron y salieron de la biblioteca.
YouTube – keane – bedshaped (sub. Español)
Efectivamente, en el estacionamiento estaba Tom, fumando y llevaba tres seguidos. Vio acercarse al grupo, medio le sonrió a Georg que venía vociferando el hambre que tenía. Algún comentario le hizo a Tom, pero éste no dijo nada, sólo se subió al vehículo. Esta vez conduciría él. Bill se subió y se sentó a su lado, observó brevemente al de trenzas, pero luego se concentró en abrocharse correctamente el cinturón de seguridad, suspiró y se dedicó a observar hacia fuera por la ventana a su derecha.
Momentos después, en el Cadillac, saliendo hacia la carretera, un mutismo sepulcral había invadido a los cuatro jóvenes. Georg y Gustav habían estado bien en los últimos días. Se complementaban tan bien, se conocían tanto que el periodo de adaptación había sido breve, y estaban conscientes de ello, pero ahora se veían sumidos en un silencio que no era el propio, un silencio impuesto pesadamente por el ambiente de la otra pareja que iba en el todo-terreno. La sensación de tristeza se les pegaba de manera indeleble y no querían eso. Y considerando todo esto, el castaño no soportó ni un segundo más.
—Chicos, hay tanta tensión que podría cortarla en cuadritos. —nadie respondió —¿ha sucedido algo? ¿Algo que quieran comentar? Estamos dispuestos a escuchar.
—Mmm —gruñeron los que iban adelante. Los novios atrás sólo se miraron, y esta vez no se atrevieron a inquirir detalle alguno. En la radio se escuchaba Bedshaped de Keane, y cada uno se sumió en su letra, sin decir nada.
De pronto el cielo se había oscurecido, una tenue llovizna comenzaba a humedecer el parabrisas, y la tristeza de los de adelante se traspasó indefectiblemente a la pareja que iba atrás. Las siluetas oscuras de los abetos asemejaban otra vez grandes centinelas. Esa imagen le daba a Tom la sensación de peligro, y un miedo extraño se depositó en sus entrañas, tal como había sucedido antes. Cada uno estaba en su mundo sin palabras, sólo los versos de la canción rebotaban en las ventanas, depositándose luego en los corazones melancólicos de los silenciosos ocupantes del todo-terreno. Mientras Bill y Tom dejaban que sus pensamientos flotaran en la letra de la canción.
Se que piensas que te estoy presionando
—Tom cree que le impongo todo —pensó el pelinegro.
—Bill, quiere amoldarme a su vida.
Y que ahora me he caído en el camino
—Pero no puedo levantarme pensando en él solamente.
—Bill, espera de mí más de lo que puedo dar. Pero también sé que espero que él nunca se equivoque.
Y que no entiendo las mismas cosas que tú
—Tom es tan testarudo, y no es capaz de ponerse en mi lugar.
—Él sólo piensa en lo que le conviene a él. No piensa en mí.
Pero no es así
—A pesar de todo, yo estoy pensando en él también.
—Y él cree que lo hace por mí también. Se equivoca, porque no somos iguales.
No te rías de mí. No apartes la mirada
—Esto nos separa y nos divide.
—Bill, no te apartes de mí.
El resto del grupo a bordo con el otro vehículo, ya habían terminado sus compras para el almuerzo, y se dirigían por la brumosa carretera hacia Liz Garten.
Anton y Markus, se habían enfrascado en un aburrido intercambios de opiniones sobre los descubrimientos realizados en el día. Andreas participaba de vez en cuando, pero su atención e intención estaba en Alexa. Le llevaba tomada de la mano y había intentado besarla dos veces, pero ella, sabiendo que su amado rubiecito no la recordaba de nada, se había negado, esquivando sus labios.
Esto le supo mal a Andreas, si ella quería estar con él, pues que fuera con todo ¿acaso no era lo que deseaba?
Por último le había soltado la mano, y la ignoró el resto del camino. Y Alexa se sintió estúpida otra vez. ¿Valía la pena insistir?, ¿por qué habría de seguir humillándose?, ¿por la simple esperanza de un amor inconstante? Quizás lo mejor era alejarse, toda esa historia la había vuelto demasiado vulnerable. Y la decisión la tomó la joven bruja, entre la ignorancia absoluta del rubio y la agotadora elocuencia de los hombres mayores que iban adelante. En silencio tomó una determinación.
Al final habían llegado ambos vehículos con alguna diferencia de tiempo a la mansión. Sería hora de almorzar y aparentar que las cosas no estaban tan mal.
Y así lo habían hecho, la tormenta estaba ahí, pero pocos repararon en ella. Almorzaron conversando algunos animadamente sobre las conclusiones que sacaban, otros asentían en silencio. Pero de pronto la bomba estalló.
—Me voy a Bodensee esta tarde, para ser más exacto a Lindau. Voy a averiguar todo lo que pueda sobre mis padres. —dijo la voz de Bill, que retumbó en la cabeza y en el corazón de Tom como si fuera una bomba de mil megatones.
—Disculpa ¿y cuándo pensabas decírmelo a mí?
—Lo estoy diciendo ahora. Estoy contra el tiempo, quiero llegar antes de que anochezca, y hay mal clima…
—¿Y por qué no lo comunicaste a través del periódico mejor? ¡Así se entera más gente y te ahorras el tener que escuchar mis reproches!
—Tom, por favor —pero Tom otra vez se había levantado de su silla, salió al patio. Estaba lloviendo, no le importó, tenía mucha rabia. Bill fue tras él, mientras los comensales se resignaban a otra pelea de los ahora gemelos. —Tom, por favor, si me quieres, apóyame en esto, te necesito.
—Sí, por eso te vas tan repentinamente.
—No tengo opción, no tenemos opción. Debemos ganar esta partida.
—¿Se te olvidó lo que me propusiste ayer? ¿o usarás la excusa del olvido debido a una especie de salto cuántico del tiempo?
—No lo he olvidado. Tom, entremos, la lluvia te está empapando, te puedes enfermar.
—¡Si me enfermo que así sea! ¡Deja de decirme lo que tengo que hacer! —el pelinegro comprendió que cualquier conversación no tendría buen término porque Tom no quería escuchar. Tenía rabia y buscaría la excusa para desahogarse por el motivo que fuera.
—Está bien. Volveré apenas logre algo de información.
—Por mí te puedes quedar allá, no quiero cerca de mí a alguien que sólo se mira su propio ombligo —cada palabra de Tom, era una aguja fina y larga clavada en el corazón de Bill. Dolía, pero esta vez el dolor no lo detendría.
—Yo te amo, más que ayer —dijo suavemente, luego Bill entró a la cocina se despidió de todos, y salió después a llamar a su caballo. Tom se quedó bajo la lluvia viendo cómo Bill se alejaba.
—Siempre volvemos al mismo punto Bill, tú te vas y yo me quedo mirando cómo te alejas —dijo al borde de las lágrimas, pero no pensaba llorar. Entró a la cocina, desorientado —subo a mi cuarto —fue todo lo que dijo, no pensaba explicarle a nadie lo que había pasado, no por ahora.
Minutos después, varios de los que habían terminado de comer se habían levantado y partían a sus respectivas alcobas para descansar. El turno de lavado de vajilla sucia había recaído en Andreas y Alexa.
—Yo no te entiendo. Tú recuerdas todo y a pesar de eso te has empeñado en rechazarme una y otra vez.
—Porque te recuerdo y tú no a mí es que te rechazo, porque para mí será diferente, y no es justo, porque yo sentiré, porque sé que sufriré y no quiero. Aunque debo confesar de que de todos modos tú no estabas enamorado de mí, o por lo menos eso creo. No quiero sentirme usada.
—Yo sólo te pido un besito, quizás así recuerde todo.
—¿Y por qué mejor no me pides toda la performance sexosa de una vez? Quizás a si resulte la terapia en todo un éxito.
—No es mala idea —dijo con picardía el rubio mirándole el trasero. La chica le lanzó una servilleta por la cabeza.
—¿Qué te pasa? Yo estoy hablando en serio, e-e-era una ironía. ¡Hombres! No entienden nada —gritaba Alexa, resoplando de la rabia y la indignación.
—Pero… ¿qué tiene de malo? Digo, yo me siento como si me hubiera ganado la lotería, pero como si me tuvieran restringido el premio.
—Me cansé, me aburrí. ¡Ya no insisto más! ¡Desde el principio he andado babosa mendigando un poco de tu amor, pero me agoté! —Alexa se sacó el delantal que estaba usando para proteger su ropa, lo lanzó lejos, agarró a Andreas de las solapas y lo besó con toda la pasión contenida hasta ahora, buscando con su lengua ese sabor conocido por ella, disfrutado por ella. Y sucedió…
Todas las imágenes y sensaciones de cada segundo vivido con Alexa, llegaron a la mente y al corazón del rubio. Recordó todo y sintió pesar por su comportamiento infantil. Un plato que tenía en las manos lo dejó con torpeza sobre el lavabo, para poder abrazarla, pero justo en el instante que la iba a rodear con sus brazos, tan feliz de recordar todo, ella deshizo el beso y se apartó con brusquedad —no me busques, ya no quiero nada contigo —agarró su chaqueta y salió dejando perplejo y paralizado al rubio, cuya mente seguía siendo bombardeada por las imágenes de él con Alexa. Cuando Andreas vino a reaccionar, la Dama del Lago ya no estaba.
—¿Alexa? —susurró y recordó que ya había pasado por eso, por el vacío de su ausencia, con la desesperación de no saber dónde buscarla —¡Alexa! —corrió hacia fuera. Como si hubiese sido sólo un sueño, ya no había rastro de ella —¡Alexa! —gritó desgarrándose la garganta —perdóname.
—¿Estás bien? —el rostro demacrado de Tom contempló los ojos llorosos del rubio. La lluvia llenaba de gotitas las caras de ambos.
—La recordé, no sé cómo ni por qué, pero la recordé. Y ahora se ha ido ¿No es eso una paradoja?
Tom sonrió y le palmoteó la espalda —amigo, hoy yo estoy tan perdido como tú. Voy al pueblo, ¿necesitas algo de allá?
—Sí, un poco de cordura —el de trenzas le volvió a sonreir.
—Vuelvo más tarde y conversamos ¿okay? —el rubio asintió, y entró a la mansión , mientras Tom se dirigía a su Cadillac.
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En la cabaña, Bill se preparaba para partir, tenía casi todo listo.
—Es más seguro que vayas en mi todo-terreno Bill —le dijo la mujer.
—Está bien Marie, te voy a complacer.
—Tienes casi todo listo ya. Te ayudo a llevar el equipaje al vehículo.
—No te molestes. Está pesado. Ya sabes dónde esconder mis instrumentos y mi Libro de Sombras, no me importan los muebles, eso es recuperable, pero no puedo permitir que mis herramientas vayan a dar a manos de alguien sin escrúpulos. Dile a Dark que cuide a Tom, por favor.
—No te preocupes por él, va a estar bien. —el pelinegro asintió conforme.
—Bien, me voy.
—Los Dioses te acompañan —el joven mago sonrió y abrazó a la mujer —¿sabes cuánto tardarás?
—No lo sé, espero que no mucho. Tengo que hacer una proposición matrimonial ¿recuerdas? Adiós —salió de la cabaña, se subió al Freelander de Marie y partió. Ya era media tarde, con suerte llegaría en las primeras horas de la noche, debía conducir por medio estado bávaro para llegar hasta Lindau. Y la tormenta que crecía en intensidad no ayudaba mucho, pero debía hacerlo.
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La tarde llena de viento y lluvia ponía melancólicos a todos, y Andreas, perdidas las esperanzas de que Alexa volviera, se había quedado congelado en la ventana, viendo el paisaje sombrío a través de las gotas de lluvia que bajaban por los cristales de los ventanales dejando surcos transparentes. La noche ya había caído, aunque aún era temprano. De pronto los focos de un vehículo que Andreas reconoció de inmediato como los del auto de Tom, le sacaron de esa inmovilidad de piedra en la que estaba sumido. Vio que su amigo, se bajaba corriendo de su Cadillac y bajó corriendo a abrirle.
Cuando abrió la puerta, Tom ingresó rápido —¿Aún estás triste?
—Sí, creo que peor.
Tom bajó hacia su espalda la capucha que todavía llevaba puesta —te invito a un bar, vamos a beber un par de cervezas —pero Andreas se había quedado anonadado al ver a Tom.
—¿Qué te hiciste en el cabello?
—Ah, fui a una peluquería, necesitaba un cambio de look. He vuelto a ser el de antes —su amigo se quedó mudo de la impresión. Tom se había quitado las trenzas, su cabello lucía naturalmente liso, y además rubio. Llevaba una coleta alta, sin ningún cabello suelto. Andreas calculó que el largo debía sobrepasar los hombros, en realidad tan corto no debía ser, sólo era el peinado, la manera en que lo llevaba ahora sujeto lo que acortaba su cabello.
—¡Tom! Te cambiaste el cabello.
—¿Quieres ir a un bar? ¿sí o no?
—Em, sí , vamos… Voy a buscar una chaqueta y dinero.
—Yo invito.
—Okay —dijo el rubio mientras subía las escaleras.
Más tarde los dos rubios viajaban hacia el pueblo en busca de un bar. Luego de recorrer un par de calles encontraron uno que parecía bastante concurrido a pesar de la tormenta.
Entraron y el ambiente era cálido y bastante acogedor, algunos veían la televisión donde se transmitía un partido de fútbol entre Bayer München y el Nürnberg. Otros conversaban animadamente. Los dos jóvenes se acercaron a la barra.
—Dos Heineken por favor.
—Bien ¿algo más?
—No, así está bien.
—Tom ¿qué vamos a hacer? —levantó los hombros el de la coleta.
—No lo sé —las cervezas llegaron, y bebieron con cierta avidez.
—¿Crees que deberíamos hacernos menos problemas? —se bebió una cerveza casi completa de una sola vez y le pidió otra al barman haciendo señas con las manos —Mira que yo lo estaba tomando tan livianamente todo, sólo porque no podía recordar. —otra cerveza más llegaba a sus manos, y de ahí a su boca —Pero yo sabía que con un simple beso podría recordar esta vez —Tom escuchaba mientras bebía —y no, nada, ella se hacía la interesante. Se ha hecho de rogar, desde que la vi me pareció un monumento de mujer, habría que ser retardado mental como para no sentir atracción por ella ¿no crees? —y le pedía al barman otras dos cervezas más.
—No sé, yo me he vuelto gay. Y retardado no soy. Lo tengo todo asumido, porque ella no me ha llamado la atención ni una sola vez.
—Más ¡hip! Te vale. —dijo el rubio mirando su cerveza, como si llevara alguna especie de hechizo —debimos comer algo antes de venir, siento que te has hecho más grande, ¿o es que tu cabeza se infló?, o esta cerveza está descompuesta.
—A mí me desespera que Bill, todas las decisiones, las toma él. Como si yo no fuera suficientemente hombre, y fuera su bebé. Que me haya vuelto maricón no quiere decir que no sea hombre.
—¿Tú comiste algo ¡hip! Antes de venir?
—Ahaha, sí —rió Tom —en la peluquería me dieron pizza.
—Con razón —Andreas observó sus cervezas vacías —Otro par de ¡hip! Cervezas buen hombre. Dime Tom ¿cómo hago para encontrarla?
—¡Hip! Puedes poner un aviso en el periódico.
—¿Así como lo hacen ¡hip! Con los perritos perdidos?
—Algo así.
YouTube – Eamon – Fuck it (subtitulado español)
—Oye, recuerda que estás conduciendo.
—Me da igual.
—A mí no, Tom. Yo bebo y tú conduces, recuerda —por los parlante comenzó a escucharse Fuck it de Eamon —¡escucha esa canción!, casi nos viene como anillo al dedo.
—Sí, como el anillo de bodas que no tendré, sniff.
—¡Bah! El amor es una mierda. —Andreas tomó un trago de su cerveza, tomó aliento y se puso a cantar.
See, I don’t know why I liked you so much, I gave you all, of my trust
(Verás, no sé por qué me gustaste tanto, te lo di todo, mi confianza)
I told you, I loved you. Now that’s all down the drain, you put me through the pain
(te dije que te amaba, ahora lo nuestro se ha ido por el desagüe, me haces sufrir)
I want to let you how I feel
(Quiero que sepas cómo me siento)
Tom se le unió, y se puso a cantar junto a Andreas, mientras seguían bebiendo.
Fuck what I said, it don’t mean shit now
(A la mierda con lo que dije, no significa ni mierda ahora)
Fuck the presents might as well throw them out
(A la mierda los regalos, puedes tirarlos)
Fuck all those kisses, they didn’t mean jack
(A la mierda con esos besos, no significaron nada)
Fuck you you hoe, I don’t want you back
(A la mierda tú, no quiero volverte a ver)
—¿Seguro que no quieren volver a ver a esa persona? —el barman los miraba con una ceja levantada —porque a mí me parece que no es así, en el estado que está usted y su amigo, presiento que hoy no fue un buen día, sólo eso.
—Mire nuestra meta hoy es terminar borrachos, y no saber ni de nuestros traseros —le respondió Tom con las mejillas ya sonrosadas gracias a las cervezas.
—¿Y por qué no va en busca de esa persona que le tiene así?
—Porque se fue al otro extremo del estado.
—Pero eso no es al otro lado del mundo. Es justo aquí mismo.
—Sí, yo estoy de acuerdo. Mira que tú si sabes por dónde buscar, yo no tengo ni idea —hipaba Andreas.
—No, esta vez quiero que sienta mi ausencia.
—Pero si él sintió tu ausencia toda su vida Tom, ¿por qué lo castigas así? —era la voz de Dark.
—¿Qué haces aquí?
—Preocupándome por ti.
—¡Fuck you! Él te envió ¿verdad?
Y Andreas se ponía a cantar otra vez — Fuck ¡hip! Fuck what I said, it don’t mean shit now…
—También, pero lo hago sobre todo por él. No quiero que sufra si te pasa algo.
—Déjanos acá. Yo no quiero verte a ti tampoco, porque me recuerdas a él.
—Tom, vamos a casa y mañana te levantas temprano y vas por él a Lindau.
—Yo ¡hip! Voto por eso, ¡salud! —dijo Andreas que no había dejado de beber cerveza tras cerveza en esos minutos.
—Apuesto a que no habían vuelto a comer luego del almuerzo.
—Exac ¡hip! To —dijo el rubio.
—Con razón un par de cervezas ya se les subió a la cabeza. Con el estómago vacío —movió la cabeza Dark, lamentándose —¿Y así esperaban conducir con este clima?
—Yo diría que alcanzaron a beber más que un par. —señaló el barman.
—Vamos Tom, y me prometes que mañana te levantarás e irás por él. —insistió Dark —afuera han comenzado los truenos y los relámpagos. Es hora de irse.
Tom suspirando se bajó del piso, lo mismo hacía Andreas pero trastabilló casi perdiendo el equilibrio —¡qué cerveza mas buena! —dijo sujetándose de Dark —¡vamos Tom! Di que sí, yo lo haría si tuviera ¡hip! La oportunidad.
—¿Y qué me dices? Bill se fue triste. Él te ama —las palabras de Dark despertaron a Tom.
—¿Él te lo ha dicho?
—Sí, desde siempre te ha amado, no es algo que yo entendiera. Pero me parecía admirable que amara a alguien que no conocía y tuviera la certeza de encontrar. Él era popular entre las chicas, y nunca besó a nadie siquiera esperando verte algún día. No conozco amor más perseverante que ese. Ve junto a él, lo harás muy feliz.
—De acuerdo, mañana iré a Lindau a buscar a Bill. —después de cancelar la cuenta, los tres jóvenes, unos más lúcidos que otro caminaron hacia la salida, enfrentándose a la fría tormenta que revolvía los árboles y las cabelleras —sólo espero que esté bien —dijo Tom como una pequeña plegaria.
Mientras tanto, en los jardines de la mansión, la figura de un hombre alto, vestido de negro, era recortada por las luces de los relámpagos, acechando entre los árboles, dejándose embestir por las ráfagas del viento porque la naturaleza no igualaba la fuerza de su rabia.
Continuará…