Waiting for you 28

CAPÍTULO 28

El hombre permanecía impasible esperando, mientras la tormenta se desataba a su alrededor. Llevaba puesto un sombrero negro de ala ancha, y el impermeable en el mismo tono.

Cuando vio aparecer el Cadillac negro sonrió satisfecho. A pocos metros suyos y de frente a él, el todo-terreno se detuvo sin apagar sus luces.

Los tres jóvenes se quedaron dentro del vehículo. Parecían ajenos al torbellino de afuera.

—Lo que más lamento ¡hip! Es que el planchado de mi cabellera se irá al garete con la lluvia y el viento.

—¿Para qué dejaste que te lo plancharan ¡hip! Si después te lo ibas a tomar en una coleta alta? ¡hip, hip! —Andreas levantó la botella de whiskey para tomarse un trago al seco.

—Es que parecía niña con la melenita suelta jiji ¡hip! —rió Tom. Dark rodó los ojos. Ya llevaba buen rato discutiendo con esos dos, intentando persuadirlos de que no bebieran más.

—Tom, ¿cuántas botellas más tienes escondidas en el vehículo? —preguntó ya impaciente el mago.

—Ninguna, sólo ésta, que le queda puquitu ¡hip! —respondió el rubio.

—Los dos están borrachos perdidos.

—¡Yo no! Andreas, sí.

—Aunque sea poco, no es nada bueno. Ustedes bebiendo, hablando del cabello, y el Gran Maestre afuera bajo la lluvia. Esperando.

—Pues que espere ¡hip!

—Entonces, ¿por qué te quitaste las trenzas Tom? —continuó el rubio como si la intervención de Dark no hubiese sucedido.

—Quería renovarme, ¿okay?. Ya había olvidado cómo me veía con el cabello así.

—Chicos, tienen un problema allá afuera, o lo tenemos. ¡Mierda! ¡Dejen de hablar del cabello! —Dark resopló —justo ahora tenían que beber. Ya no les funciona bien el coco.

—¿Perdón? ¿Alguien nos está crititi… ¡mierda! Criticando? —Andreas dejó en el asiento la botella casi vacía —hablemossss con el buen hombre ¿Qué querrá, Tom?

—Nosss sé ¿le debes algo? Yyyyo nada.

—Dios, esto va a estar complicado —se lamentó el mago. Abrió la puerta del piloto y bajó del Cadillac. Avanzó unos metros y con parsimonia saludó —hola tío, ¿tú por acá?

—No te hagas el imbécil, Michel. Gracias por nada. Ni te acordaste de mí en estas horas que estuve preso.

—¡Ups! Lo siento, ¿ocupado? —respondió el chico con ironía.

—Sí, sí. En todo caso, tú no me interesas ahora —en ese momento bajó el rubio, tambaleándose levemente.

—¿Qué sssssel le ofresss ¡hip! Se, buen hombre.

—De ti, nada. Quiero a tu amigo, así que puedes retirarte.

—Yooo ¡hip! Pensé que tú y yyyyo podíamos ser amigos, pero bue… Ahí te ves viejito, que al cabo no eres mi tipo ¡Te espero adentro Tom! ¡hip! —hizo un torpe ademán de adiós y comenzó a caminar hacia la mansión, trastabillando un par de veces. El viento no contribuía a mantener el equilibrio. Pero luego de un rato en el que el rubio pareció concentrarse mirando detenidamente el camino, echó a andar decidido a no desviarse esta vez.

Después de unos segundos, la puerta del copiloto se abrió y se bajó Tom. El viento voló su coleta en todas las direcciones —¡Diablos! ¡Mi pelo!

—¡Qué bueno es verlo señor Trümper! ¿O prefiere que le llame Kaulitz?

—¡¿Kaulitz?! —preguntó sorprendido el de la coleta, y en ese instante se le fue casi toda la borrachera.

—¿No me diga que aún no ha tomado conciencia de quién es usted?

—¿Cómo sabe eso?

—Bill no es el único que sabe trasladarse astralmente. Mi cuerpo estaba recluido en la estación de policías, pero mi mente no.

—¡Fanfarronerías!

—Estoy seguro que no querrá una demostración aquí ¿o sí?, no mientras la incómoda lluvia le siga estropeando el cabello.

—Ni sueñe que lo haré pasar ¡hip! A la mansión. Aquí nos quedamos.

—La lluvia no me afecta a mí. Pero seguro sí le dio algunos problemas a Bill mientras marchaba a Lindau.

—¡¿Qué le ha hecho a Bill?! —Tom se abalanzó hacia el hombre, pero Dark lo detuvo, sujetándolo fuertemente por la cintura.

—Tom, Tom. No vale la pena. Sólo te está provocando. Busca la excusa para matarte —le susurró al oído.

—¡Mierda Dark! ¡quién me mandó a beber tanto! Ahora no pienso con claridad. ¡¿Qué le hizo a Bill?!

—¿Yo? Nada, a veces tengo la suerte a mi favor, como hoy, en que la naturaleza cobra sus víctimas de vez en cuando como un tributo, o una ofrenda, o más bien, como un sacrificio.

—¡NO! —gritó Tom —si a Bill le hubiese sucedido algo, yo lo sabría, lo habría sentido —las lágrimas comenzaron a asomarse en los ojos marrones de Tom.

—No cuando estás bebido, Tom.

El de la coleta se dio vuelta buscando la mirada de Dark, esperando encontrar el desmentido a las palabras de aquel hombre. Pero Michel bajó la mirada, llenando de angustia al joven rubio, que esta vez no detuvo las lágrimas.

—¿Ha venido a eso? ¿ a alegrarse con mi sufrimiento?

—No. Venía a decirte que toda tu lucha está perdida. Todo lo que tienes será mío. Tu fortuna, la propiedad, el secreto que escondes en tu mansión. Todo.

—No es mía —dijo Tom con rabia mientras se secaba la cara con brusquedad, quitando las gotas de lluvia mezcladas con las lágrimas —y no la quiero si me aparta de la persona que amo.

El hombre suspiró exageradamente —¡ay qué romántico! Lástima que las historias románticas siempre terminan mal como la de tus padres biológicos. —Tom dejó de respirar.

—¿Qué sabe usted de eso?

—Nada —y luego sonrió —bueno, esto se volvió aburrido, así que por hoy te dejo, pero nos volveremos a ver. Sólo me falta un pequeño detalle, y nada me detendrá.

—¿Qué detalle?

El hombre rió con fuerzas —jajajaja, eres muy cómico Kaulitz ¿de verdad esperas que te diga? ¿qué te muestre mi as de la manga?

—¡No soy Kaulitz!, ¡hable!

—Adiós Kaulitz —y su figura se desvaneció.

—¡No estaba aquí!, ¡¿no estaba aquí?!

—Estaba, Tom, sí estaba, pero no físicamente.

—Necesito ir por Bill —dijo el de coleta, al tiempo que se devolvía hacia el vehículo con la firme intención de abordarlo.

—¡Tom! Tom, por favor. Te aseguro que así no lo ayudas en nada. Ni siquiera sabes por dónde buscar, ni siquiera sabes si es verdad que le haya ocurrido algo. Deja que llegue el amanecer, y aprovecha de descansar. Seguro mañana será un día largo. Sí vas ahora tendrás un accidente o te perderás. La carretera cruza zonas de los Alpes, con muchos bosques, y muchas curvas —las palabras de Dark convencieron a Tom quien se detuvo, y comenzó a caminar en dirección de la mansión.

—¿Vienes? —preguntó el de coleta.

—No. Debo ir por Marie. Por favor, por esta noche no te metas en problemas, Bill me matará si lo haces.

—Ve tranquilo, Michel. Y gracias por todo. —el mago asintió y se perdió en la oscuridad. Tom no quiso saber cómo se trasladaría el mago, para él todos esos personajes eran demasiado bizarros todavía, aunque lo más probable es que tuviera su caballo cerca… —pero ¿entonces cómo llegó al pueblo si el caballo estaba acá? —se preguntó mientras doblaba hacia el patio de servicio, para luego entrar a la cocina. Prefirió no seguir pensando en el tema.

&

En la mansión, la lluvia y el viento eran los complementos perfectos para el ambiente de la mansión. Los dos jóvenes estaban recostados en su cama, sin poder dormir, y con poco entusiasmo de algo más con las ráfagas de viento que azotaban los ventanales, por lo menos así era para uno de ellos. Georg estaba acostado apoyando su espalda en los almohadones. Gustav permanecía a su lado descansando su peso en el brazo derecho, con una pierna sobre el regazo del castaño, y con su mano libre acariciando el pecho de Georg.

—Gustav detente, que ya veo que ese viento abre las ventanas.

—Pero ¿y qué tiene que ver el viento conmigo?, si eso pasa, las cerramos y ya. ¿Cuál es el problema? —el de gafas acariciaba los marcados abdominales del castaño por sobre su camiseta —yo, por lo menos no me puedo concentrar en nada más que tu belleza.

—¡Ay Gus! ¿Cómo te puedes excitar con media tormenta allá afuera?

—A mí eso me pone más —el castaño miró extrañado a Gustav, escrutando los ojos sonrientes de su novio —hacer el amor, escuchando el viento y la lluvia.

—Gus ¿eres tú?

—¿Cómo que si soy yo?

—¿Eres tú de verdad?, ¿no la ricitos de oro? —el de gafas se puso a reír.

—¡Pero obvio que soy yo!. Recuerda que hace unos días nos hicimos novios.

—Sí, y poco antes de eso, ni en pintura querías verme, después de esa noche.

—He sido un tonto, lo sé, por eso es que debemos recuperar el tiempo perdido.

—Anoche hicimos el amor, y eso que no te quisiste detener ni siquiera porque se escucharon ruidos y gritos, ¿y ahora otra vez quieres con tremenda tempestad?

—Y qué quieres que haga. Mírate, mira tu piel, tan hermosa, tu cuerpo tan deseable, más la tormenta. Esa es la naturaleza en todo su esplendor.

—¡Ah Gustav, cállate!

—¡Fóllame o déjame follarte!

—¡Mierda Gustav! Pues si eso quieres, eso tendrás. Si eso es lo que debo hacer para que me dejes disfrutar de mi miedo a la tormenta en paz ¡eso haré! —con un movimiento rápido puso a Gustav sobre su espalda, y comenzó a quitarle la ropa. Con cierta rabia y frustración le quitó la camiseta y comenzó a morder sus pezones, de manera tan salvaje que Gustav gritó y se quiso hacer a un lado para evitar tal tortura, pero el agarre de Georg se lo impidió, subió luego succionando la piel con sus labios.

—¡Me van a quedar marcas!

El castaño detuvo su tarea y le respondió breve —las de tu dueño.

—¡Yo no tengo dueño!

—Si querías provocarme, lo has conseguido amor. Ahora no reclames. Esto se llama causa-efecto —con otro movimiento brusco, le quitó los boxers. Luego hizo lo mismo con los suyos, dejando expuesta su gran erección. Gustav lo miró ansioso.

—¿Dónde dejaste anoche el lubricante?

—¿Quién piensa en lubricante ahora? Así como yo ya ni me acuerdo de la tormenta de allá afuera, tú, amor mío, tampoco te acordarás del lubricante.

—¡NO! ¡Así no! —exclamó el de gafas, desesperado. Georg le miró sonriendo de medio lado.

—¿Ves cariño? Lanzas la piedra, luego escondes la mano, pero nada es tan fácil así que ahora te toca sufrir.

—¡NO! —dijo asustado Gustav, al tiempo que juntaba las piernas —así no, que me va a doler —y se cubrió con la sábana, alejándose del castaño —yo sólo quiero tu amor, un poco de tu cariño, tú empezaste con esto, ahora no te hagas el fastidiado.

—¡¿Qué?! Mira Gustav, también debes entender que a veces no estoy de humor —de pronto el viento hizo estremecer las ventanas —y tú sabes que yo le tengo terror a las tormentas.

—Pero haciendo otras cositas se te va a pasar.

—Bueno, entonces hagámoslo.

—¡Pero con lubricante! Tú lo que quieres es hacerme sufrir para que no te joda tanto. ¿O es que no te doy ni un poquito de ternura?

Georg bufó, y se tendió en la cama junto a su novio —lo siento, ahora puedes comprobar que puedo ser un bruto también. Sí es verdad, lo que quería es que me dejaras en paz.

—¿Ya no sientes ganas de hacer el amor conmigo? Porque anoche yo sé que lo hicimos porque yo insistí, si no…

El castaño observó con indignación al de gafas —¡si piensas eso es porque poco has entendido mi amor por ti! ¿Sabes qué espero?

—No, no lo sé, ya no sé nada. No te entiendo.

—Que me seduzcas Gustav, eso quiero. Tú forma de decir “fóllame o déjame follarte” es tan poco romántica, es como si fuera una calentura y ya.

—Pero tú tampoco has puesto mucho de tu parte, mira que hoy tuve que hacer de todo para que me dieras un beso en la biblioteca.

—Entonces amor mío, hay algo que estamos entendiendo mal. ¿Cómo esperas que yo me comporte contigo? Como pareja me refiero, en el día a día, no sólo en la intimidad.

—Por favor, no pienses que soy un narcisista o un ególatra, ni un egoísta niñato que le gusta presumir, tú me conoces, sabes que no soy así —Georg asintió, dándole la razón a su novio —yo sólo quiero ser la luz de tus ojos, nunca se lo pediría a nadie, ni esperaría ser eso de nadie, si la otra persona fuera menos importante de lo que tú eres para mí. Si tú me dijeras más rato o mañana, o cualquier día, que ya te cansaste de mí, una parte de mi vida se irá contigo, la mitad de mi energía, mi esperanza, mis ilusiones. Georg, yo… Desde que nos conocimos he sentido esa unión especial hacia ti, y no ha sido fácil reconocer que estaba enamorado de ti, o tal vez sólo al llegar a este lugar descubrí el amor, eso ya no importa, porque este amor no disminuye por su origen incierto, no es menos por eso, ni es esporádico, ni antojadizo. Tampoco tiene final. Yo te amaré siempre, de eso estoy seguro. Y de pronto, vas por ahí compartiendo con otros tus emociones, tu día a día, siento que todos están cerca de ti, y yo me quedo en un rincón mirándote, sabiendo que soy importante para ti, pero al mismo tiempo estoy tan sólo.

—¡Gustav! Siempre estoy contigo, siempre estoy pendiente de ti.

—No siempre.

—Okay, de acuerdo amor. ¿Eso es lo que quieres?

—¿Aparte de follar con desesperación? —rieron los dos —sí, te quiero a ti, sólo para mí. Soy un posesivo de mierda, lo sé. Intentaré no serlo. Pero… —Georg lo besó, inclinándose con suavidad sobre él, apoyando luego parte de su cuerpo.

—Perdóname, a veces yo me comporto como un niño, como un adolescente enamorado, berrinchudo.

—Sí, y eso que tú eres más viejo que yo —se rieron.

—Ven acá, y no te preocupes, seré suave contigo ¿okay?

—¿Con lubricante? —el castaño sonrió de medio lado, abrió la gaveta de la mesita de noche y sacó un tubo de allí —déjame acariciarte —dijo el de gafas, Georg lo miró, dándose cuenta otra vez de que no había comprendido el verdadero sentido de sus palabras. La verdad era que Gustav expresaba de manera limitada o tal vez equivocada lo que en verdad deseaba, aunque decía fóllame, en realidad decía ámame. Así que Georg expuso su cuerpo a su amado.

—Hazlo. No necesitas pedirlo —y dejó que Gustav recorriera su cuerpo. En silencio, sin decir nada, ambos dejaban recorrer las manos del otro sobre su piel. El castaño acarició al otro joven contemplando su cuerpo tan blanco, casi sin vellos, se detuvo durante unos largos segundo recorriendo los testículos y su miembro. Gustav jadeaba, tragando saliva de vez en cuando para humedecer su garganta que se secaba tan pronto debido al aire de su respiración agitada. El pene de Georg erguido y orgulloso comenzaba a humedecer su punta. El castaño estaba de rodillas junto al cuerpo de Gustav, quien permanecía recostado de espalda. Una de las mano del castaño se movía en su sexo suavemente, mientras que con la otra acariciaba la parte interior de los muslos.

Gustav se extasiaba admirando el cuerpo perfecto del castaño. Hace dos semanas no hubiera creído en absoluto si alguien le hubiese vaticinado que un evento así ocurriría en su vida. Estar desnudo junto a un hombre dejándose acariciar, y siendo acariciado de esa manera tan lujuriosa, tan sexy, tan erótica, tan íntima. Esperando, incluso más todavía, no conformándose sólo con las caricias, si no que además deseando ser penetrado o penetrar, esperando esa mezcla de dolor y placer en cada comienzo del coito, añorando el éxtasis que borraba el dolor inicial para sólo permitirle el gozo. No deseaba a nadie así, no más, ahora su vida era aquel castaño hermoso que se extasiaba con su cuerpo y su sexo. Mientras él disfrutaba sentir el calor de la piel de su amado. De pronto un fuego comenzó a arder en su vientre, el cabello lacio y suave de Georg, sus labios enrojecidos por la excitación, el sonrojo suave de sus mejillas. Estaba para comérselo. Y eso haría.

Se puso de rodillas también, sorprendiendo al castaño, tomó el tubo del lubricante que estaba sobre la cama, y embadurnó el sexo del otro. Georg lo miró con ojos nublados, humedeciendo sus labios. Gustav pasó sus dedos untados con el gel helado por toda la extensión de su amante, pero no se detuvo allí. Bajó sus dedos juguetonamente haciendo reír a Georg —me haces cosquillas —el de gafas sólo sonrió mientras masajeaba los testículos del castaño quien se entregó. Se recostó de espaldas abriendo las piernas, dejándose tocar por Gustav, quien avanzaba hacia su parte trasera buscándose camino entre sus nalgas. Un escalofríos recorrió la espina dorsal de Georg cuando sintió los dedos fríos tocar su entrada. Allá afuera el viento y la lluvia subían de intensidad lo mismo que el ritmo de su corazón. Mientras que Gustav con una mano masajeaba su pene, con los dedos de la otra mano se abría paso hacia su esfínter. De pronto dejo su miembro y llevó su mano hasta detrás de los testículos, hasta su base, y con tres dedos comenzó a presionar allí. Un gemido intenso se escapó de la boca entreabierta de Georg, cuando la segunda presión que hacía en esa zona le hizo temblar otra vez, preguntó entre jadeos —¿qué haces Gus?

—Presiono tu próstata ¿no te gusta?

—Me encanta ahh Gus —Georg se relamió los labios, sintiendo que los dedos de Gustav rozaban ese punto por dentro, mientras su otra mano hacía la justa presión por fuera. Esa presión corta y continua lo estaba enloqueciendo —¿cómo descubriste esto?

—¿Internet? —y se rieron —ya estás listo.

—Sí —dijo el castaño sin poder disimular su ansiedad y un poco de vergüenza que le daba aún estar así tan entregado. Gustav levantó las piernas de Georg, dejando que las pantorrillas y los pies de éste se apoyaran en sus hombros. Al mismo tiempo que ubicaba su hinchado miembro en la entrada húmeda del castaño para penetrarlo lentamente. Hundió su pene con cierta fuerza, provocando los gemidos de Georg, Gustav recargó todo su cuerpo sobre su amado profundizando su entrada, comenzando lentamente el vaivén de sus caderas golpeando suavemente los glúteos de Georg con sus testículos. El castaño subió su cabeza para alcanzar los labios de su amante-novio, los agarró con los suyos succionando con fuerza, con ganas, mientras recorría las nalgas de Gustav con sus manos. Se besaban entre gemidos, algunos mechones de cabello de Georg estaban pegados a su frente húmeda de sudor. Y su amado lo penetraba una y otra vez con insistencia, con ganas. Gustav sujetó con una de sus manos fuertemente el pene hinchado del castaño provocando un grito de éste, que soltó sus labios, y sus manos cayeron laxas a los costados olvidando las nalgas de Gustav. Los grititos y gemidos de Georg se multiplicaron al sentir la mano caliente y resbalosa de Gustav en su miembro, mientras sentía la carne dura y caliente entrar por su recto hasta lo más profundo que su anatomía permitía. Sentía el roce de ese pene con su próstata y era como el paraíso, una y otra vez sintió esa sensación con la cual quería seguir viviendo —sigue Gus, sigue, no acabes —y el de gafas lo complacería, hasta aquel final que parecía tan lejano e irreal. El clímax del término era una promesa que por ahora no deseaban cobrar, querían seguir en ese valle de placer sin agotamiento ni hastío. Llenándose del calor que casi los quemaba, querían el incendio, mientras el orgasmo se acercaba sin pausa, lento y seguro, sin dejar de mirarse a los ojos. Pronto llegaría, y lo querían, por momentos, luego ya no, preferían esa espera deliciosa entre jadeos y placer.

—¡Ah Gustav! Lo haces tan bién —el nombrado sonrió, sintiendo como su pene se llenaba cada vez más del torrente sanguíneo, expandiendo su piel sensible y caliente que disfrutaba de la estrechez de Georg, de los músculos de la entrada del castaño que insistían en apegarse y apretar su miembro, haciéndole perder la razón, quitándole el aliento y dejándole sin palabras, apenas con los gemidos involuntarios que se escapaban de su garganta.

—Tú eres delicioso —alcanzó a decir Gustav cuando sintió el orgasmo invadirlo, explotando en las entrañas de su amado. Pero sin dejar de moverse, alargó lo más que podía aquella exquisita sensación, esperando el final de Georg que entre gemidos y gritos, demostraba el gozo que lo embargaba, y que ya no duraría muchos más.

—Más, más… —dijo con la respiración agitada, apenas articulando las palabras, mientras sentía aún la cálida mano de Gustav envolver su pene, haciéndole estallar en cientos de gotitas blanquecinas, que se pegaron a las pieles sudorosas de ambos. Un largo suspiro del amado le indicó a Gustav el final. Con los ojos cerrados el castaño se quedó quieto sin decir nada, intentando respirar, dejando que aquella deliciosa sensación recorriera su cuerpo.

Los oídos de Georg habían estado abiertos sólo para el sonido de sus cuerpos, para oír sus propios gemidos y los de su amado, del resto no se enteró. Pero ahora era consciente otra vez de la tormenta de allá afuera, del sonido de los árboles al ser mecidos por el viento, de la lluvia furiosa golpeando sobre los vidrios. Y se abrazó a Gustav —quédate así.

—Debemos limpiarnos.

—No, más rato, amor, ahora quédate abrazado a mí, así me siento seguro. —Y Gustav lo complació otra vez, besando sus mejillas con ternura, mientras acariciaba su cabello, besó sus párpados cerrados y disfrutó del bello rostro de su amado que parecía tan sereno. Luego Gustav hundió su rostro en su cuello y se durmió.

&

La noche pasó rauda entre la lluvia y el viento. El amanecer se presentaba aún sombrío y húmedo. Tom había dormido a ratos, y alrededor de las cinco de la madrugada un ruido leve en su habitación lo sacó de su sexto intento de dormir profundamente. El roce de algo y la inequívoca sensación de ser observado le perturbó. Abrió los ojos, y su corazón dio un bote hasta el techo del susto.

—No te asustes Tom —dijo la voz suavemente.

—¡Antje!
—Busca a Bill. Te necesita.

—Te fue a buscar. Antje, dime, ¿tú eres… ?

—No hay tiempo ahora. Él me encontrará, pero no como cree —la mujer se estremeció y rápidamente dijo —no puedo seguir —y se desvaneció. Tom se quedó allí paralizado, pensando, preguntándose si sería sólo un sueño o era su imaginación.

Aquella imagen terminó por quitarle el último rastro de sueño, y se levantó. Ahora él se estremecía por la ansiedad y la angustia. Aún estaba tan molesto con Bill, pero no estaba seguro de cuáles eran las razones. ¿Le molestaba que se hubiera marchado así de improviso?, o bien ¿le molestaba el hecho innegable de que Bill no intentara incluirlo en sus planes esta vez?, o sería que una vez más, debido a circunstancias ajenas, Bill ni se había acordado de una proposición que debía hacerle y que Tom esperaba con tanta ansiedad. Como fuera, ahora el de melena rubia estaba frente al espejo luchando por hacerse la coleta, luego de salir de la ducha.
De pronto recordó algo, y ese pensamiento lo paralizó —el Gran Maestre no estaba acá anoche, en realidad… ¿dónde estaba?, ¿dónde está ahora? ¡En Lindau! ¡Bill! ¡Dios no! Debo apresurarme.

La puerta se abrió y un somnoliento castaño se asomó por la puerta —estaba preocupado por ti. Volviste tarde. Necesitaba saber si estabas bien o no.

—Gracias amigo. Llegué tarde. Anoche fuimos a un bar Andy y yo. Me emborraché —Tom sonrió —no tenía forma de regresar por mi mismo en ese estado.

—¿Y cómo se regresaron entonces?

—Dark fue a buscarnos. Bill le pidió que nos cuidara.

—¡Wow! ¡Cuánto amor!

Tom miró a Georg con cierto disgusto —no es amor, es posesividad. No soy un niño y me trata como tal ¡diablos! —refunfuñó mientras intentaba hacerse la coleta por tercera vez, tironeándose el cabello con rabia.

—Tom, eres mi amigo y te lo tengo que decir, primero no te desquites con tu cabello. Segundo él te ama, y le tiene terror a perderte o que te pase algo, como en la otra vida. Además, me acabas de decir que si no hubiera sido por Dark, no quiero ni pensar en tu regreso en medio de la noche con esa tormenta.

El de coleta se detuvo, suspiró largamente, y luego se contempló en el espejo —tienes razón —resopló —siempre olvido por lo que tuvo que pasar ¡oh Bill! Gracias Georg por recordármelo —una gran ternura por su amado invadió su corazón, pero al mismo tiempo se sintió miserable y egoísta. Terminó de hacerse la coleta y agregó —cuando llegamos anoche estaba ese hombre.

—¿Lo soltaron ya?

—No lo sé. No era real ¿o sí lo era? ¡Ah qué extraño es todo esto! La cuestión es que sólo era una proyección astral. Y me temo que algo anda mal. Ese hombre algo dejó entrever que a Bill… ¡No he podido dormir! No sé qué haría si a Bill le pasara algo.

—¿Quieres que alguien te acompañe?

—¡No! Necesito que protejan la mansión.

—Está bien, lo haremos. Ve por él. Seguro que te necesita.
—Y yo a él.

Minutos después marchaba hacia Lindau.

En la soledad de su vehículo, Tom meditaba sobre lo vivido en las últimas horas, y aunque consideraba que todo lo sucedido superaba los límites de la imaginación, no podía dejar de otorgarle la importancia que estos días tenían para toda su existencia. Nunca pensó que su vida estaría llena de cambios tan radicales que abarcaran cada aspecto de su vida. En medio de todo estaba Bill. Cada elemento, circunstancia, concepto, y vivencia de su realidad giraban alrededor de este sol cósmico de 1 metro noventa, de cabellera vaporosa, mirada penetrante, de labios carnosos, turgentes y suaves, de sexo ansioso. Moría de ganas de verlo, besarlo y pedirle de rodillas que lo perdonara por sus berrinches de niño caprichoso y egoísta ¿Cómo ha podido darse el lujo de poner en peligro un romance tan hermoso, un amor tan verdadero y único?, ¿darse el lujo de llegar al límite de la paciencia de su hermoso pelinegro? Como si el amor fuera algo que se adquiere en el supermercado, como si hubiera alguien que pudiera reemplazar a Bill, como si existiera alguien que se pudiera comparar con él. Ni siquiera él, siendo su gemelo, se le parecía en grado importante.

—¡¿Qué?! —gritó espantado, intentando frenar, controlando la dirección del todo-terreno.

Casi en un cerrar y abrir de ojos, una figura blanca se había cruzado por la solitaria calzada, perdiéndose entre los árboles. Cruzó tan cerca que Tom temió arrollarlo. La maniobra violenta desvió al Cadillac hacia la berma de la carretera, quedando medio atravesado. Su corazón saltaba en su pecho exigiendo espacio para latir con más fuerza. Se quedó allí tratando de recuperar el ritmo normal de su corazón, necesitaba tranquilizarse. Observó por la ventana derecha, extrañándose del silencio profundo, de la quietud casi tenebrosa del entorno. La carretera estaba tan solitaria, recién dándose cuenta que ya hacían varios minutos que no había visto ningún otro vehículo, ¿es que se había equivocado de ruta? Odiaba no tener aún GPS. Pero por ahora prefirió no pensar en eso, continuó observando hacia el bosque esperando ver esa figura. Y alcanzó a divisarla entre los árboles. Bajó del vehículo lo más rápido que pudo —¡hey! —gritó, y la figura corrió entre los abetos, volviéndose de vez en cuando para mirarle. Tom hizo lo mismo, casi automáticamente, sin pensarlo, en realidad no sabía por qué lo hacía —¿por qué no vuelves al calor de tu Cadillac Tom? —se decía, pero no, con terquedad se dejaba llevar por la curiosidad, obstinadamente, sin sopesar ni por un instante el peligro al cual se exponía. Aquella figura se metía entre los árboles moviendo ramas, dejando caer pesadas gotas de agua. El de coleta no sabía cuánto había avanzado hacia el interior del bosque. Pero le seguía, de cerca, casi alcanzándolo a ratos por entre los árboles. Parecía ser más bajo que él, y su agilidad era menor que la de Tom. Entre el follaje espeso de los abetos, la figura se perdió. El de coleta detuvo su marcha, y jadeando se quedó esperando alguna señal de que estaba cerca. El ruido de ramas que se rompían fue su señal —¡espera! ¡quién eres! —y volvió a correr lo más rápido que pudo. Estaba por alcanzarlo, aquel personaje no era tan veloz, sólo un poco más, necesitaba moverse con un poco más de rapidez y lo alcanzaría —¡espera! ¡no te haré daño! —una rama cargada de agua, golpeó su pecho y parte de su rostro, aminorando su velocidad, justo en el instante en que aquella figura caía al suelo tratando de esquivar sin éxito una piedra de gran tamaño, en un terreno húmedo e irregular. Tom se abalanzó, pero en ese instante, aquella persona se puso de pie, alcanzando a sujetar una punta de la especie de capa blanca que llevaba. Aquella figura forcejeó intentando zafarse, y en su lucha por salir libre abandonó la capa, mostrando al fin su identidad.

—¡Alexa! —la chica corrió con su cabello húmedo pegado a su cuerpo, sus ropas manchadas. Tom sin poder reponerse de la sorpresa le dejó ir, no entendía nada. Cuando reaccionó, tomó la ruta de la chica gritando su nombre. Esperando que ella regresara y le diera una explicación —¿qué hace aquí? ¿qué pretende? —miles de interrogantes se fundían en su cabeza, confundiéndolo y llenándolo de temor —¿es que no podemos confiar en ella? ¡Oh Dios! —y continuó su marcha, no era hora de rendirse, debía alcanzarla, debía preguntarle ahora qué hacía en ese lugar perdido. Un pequeño arroyo cortó su camino, a unos metros un caballo negro pastaba. Y allí estaba ella también, en medio del agua, con su rostro mojado, con su pelo enmarañado sobre sus mejillas y ojos —Alexa ¿qué ocurre? —ella no respondió, sólo se giró, corrió hacia el otro lado, se subió al caballo y se fue. Sin entender nada la vio marcharse, estupefacto.

Lentamente, mirando hacia atrás de vez en cuando, Tom regresó a su vehículo. El camino de regreso fue dificultoso y lento. Cuando por fin logró llegar, se dio cuenta que había invertido bastante tiempo en esa persecución. El cielo lleno de nubes tan densas que casi se podían tocar, rozando las copas de los altos abetos, le hicieron sentir una extraña melancolía. Incluso ese paisaje tan bellamente sombrío, sería luminoso si Bill estuviera allí. Aunque el cielo oscuro amenazara con más lluvias.

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Y así fue, un trueno portentoso lo hizo estremecer todo, presuroso se subió al vehículo, y millones de pequeños granizos golpearon su vehículo. Como niño pequeño se bajó otra vez y extendió sus manos para llenarlas de las pequeñas bolitas de hielo. Pronto las bolitas se hicieron acuosas otra vez, y las gotas de lluvia reemplazaron a los granizos. Entonces Tom se dijo que era hora de continuar el camino por aquella solitaria carretera. Después de unos minutos el tráfico de vehículos había vuelto a ser intenso. Sólo le quedaba la mitad el camino. De todas formas ya habían pasado unas tres horas desde que había salido de la mansión.

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Ya era cerca del mediodía cuando llegó a Lindau, y nada más entrar a la ciudad descubrió que encontrar a Bill sería una verdadera proeza. Una hermosa ciudad-puerto junto al lago Constanza o Bodensee, con todo esos edificios elegantes, al borde de la frontera con Suiza. No era el pequeño pueblo de Königsee. Esto no se veía nada de fácil. Aunque era una ciudad pequeña, su extensión y cantidad de habitantes y visitantes la hacía algo más cosmopolita y compleja.

Estacionó su todo-terreno junto a una pequeña plazoleta, y decidió caminar, pensando que aquello le permitiría tener ideas frescas sobre lo que debía hacer. Aunque el cielo parecía amenazante, la verdad es que en la hermosa ciudad el clima era mucho más agradable. Se notaba que no había llovido casi.

Por ahora no se molestaría en buscar hospedaje, porque esperaba encontrar a Bill antes. Las calles de casas y edificios de techos rojos le daban un carácter pintoresco al paisaje, y de pronto Tom tenía mejor ánimo igual que mucho apetito.

—Señor, ¿me podría decir por dónde encuentro buenos restoranes? —Tom le había preguntado a un hombre regordete que fumaba un puro mientras conversaba con otro más delgado y mayor que él.

—Por Maximilianstrasse, en la ínsula, esa especie de isla, allí también hay muchas tiendas, hay de todo allí. Debe subir por esta calle dos cuadras más y luego doblar a la derecha hasta llegar al puente que cruza el lago hasta el islote, ingrese por la calle más ancha, Swanzigerstrasse.

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—Gracias —regresó a su Cadillac y enfiló en esa dirección tal como le explicó el hombre. Cuando llegó a la calle vio el incesante ir y venir de gente, buscó un restauran que le pareciera agradable, como no los conocía casi cualquiera estaría bien, así que su olfato le guiaría. Estacionó su vehículo y recorrió el resto de la calle a pie.

Cuando estuvo instalado en su mesa junto a la ventana miró a la gente pasar, preguntándose cuántas de esas personas habían estado junto a su pelinegro. Cuántas de esas habrían cruzado algunas palabras con él. Extrañaba a su amado y parecía verlo en cada rincón, un par de veces se había detenido pensando que lo había visto caminando a cierta distancia suya, pero luego no estaba, sabía que su mente le estaba traicionando. Eran tantas sus ganas de verle, de abrazarle, de besarle, de mirar sus ojos marrones que ahora reconocía tan iguales a los suyos. No podía imaginarse a Bill herido, o muerto. No sin él acompañándolo en la cripta. Odiaba la terca negatividad del mago de llevar con él un teléfono celular.

—¿Qué va a servirse, joven? —el hombre llamó a su mente al aquí y ahora, pero con pereza se volvió hacia la voz y le respondió sin mucho entusiasmo.

—Quiero lasaña vegetariana ¿tiene?

—Sí, por supuesto, con toda clase de verduras, salsa Alfredo sin carne y tres tipos de quesos, ricota, mozarella y parmesano. ¿Algo para beber?

—Agua mineral no gasificada por favor.

—Bien, espere un momento. —cuando minutos más tarde mientras comía, y veía pasar el mundo allá afuera, y él sintiéndose sólo y extraño en ese lugar, comprendió que moriría por Bill, si él se fuera de su lado, lo seguiría cual perrito faldero, sí que lo haría, perdido su orgullo para siempre, de cualquier manera, sólo quería estar con él. Cuando el mozo trajo la cuenta a cancelar, aprovechó de preguntarle —¿me podría decir dónde quedan las oficinas del periódico local y la estación de policías? —eso eran los lugares en los cuáles preguntaría por él. Estaba apostando porque estuviera bien. Y que ese hombre le había mentido una vez más, sólo para hacerlo sufrir.

—Las del periódico están en la siguiente cuadra, por esta misma calle, y la estación de policía está en la siguiente calle que baja por Bismarckplatz, doble a la izquierda por Ludwigstrasse, y a pocos metros está la estación.

—Okay, muchas gracias. —momentos después Tom se dirigía al periódico de la ciudad. Necesitaba que alguien le diera pistas sobre Bill. Necesitaba encontrar a Bill, ya era casi asunto de vida o muerte, su vida o su muerte. El recorrido de la colorida calle se hizo interesante y lo ayudó a bajar la ansiedad que había comenzado a molestarle durante el almuerzo.

Cruzó la puerta con alguna esperanza de tener información —buenos días, mi nombre es Tom Trümper.

—Diga, señor Trümper, en qué le podemos ayudar —inquirió la recepcionista. Una chica rubia, de cabello largo liso, con aspecto escandinavo, que al verle agrandó sus ojos azules, y puso su mejor cara para agradarle a Tom.

—Necesito saber si vino un joven acá, posiblemente ayer o bien hoy en la mañana temprano. —la chica frunció el seño.

—Mmm… Déjeme ver —y observó su monitor —hoy han venido varias personas ya ¿cuál es el nombre del joven?

—Bill Koening.

—Sí, vino hace un par de horas. —el corazón de Tom dio brincos de alegría al saber la noticia. Su rostro dibujaba una enorme sonrisa, que la chica correspondió por imitación. Pero para Tom era un momento de felicidad. Su amado pelinegro estaba bien.

—¿En serio? ¿Y podría decirme qué información le entregaron?

La chica miró a Tom con cierta indignación —no señor, todo eso es confidencial.

—Es que mire, usted no entiende, necesito encontrarlo.

La chica suavizó el gesto de su cara —bueno yo podría darle alguna información… —y se acercó algo coqueta, sobrepasando el mesón con su torso, apoyada en su manos, acercando su rostro al joven —pero usted entenderá que es muy arriesgado entregarle cualquier dato confidencial —le dijo mientras pestañeaba con rapidez y algo exagerada.

Tom tendió a hacerse hacia atrás al notar la cercanía de la chica —sólo necesito saber qué dirección le dieron, o qué información, es que yo sé que anda buscando datos de un matrimonio joven que murió en un incendio con sus dos bebés, por acá cerca de Lindau, a comienzos de la década de los 90s.

—Oh sí, por supuesto. Esa información la puede encontrar con el señor Scott, él está por allá —y le indicó una oficina a su izquierda —luego puede pasar por el mesón otra vez —le sonrió la chica. Tom le correspondió la sonrisa y se apresuró a entrar. No tenía mucho tiempo, las horas pasaban raudas y luego se haría de noche.

—¿Señor Scott? —dijo al tiempo que habría la puerta.

—¡Adelante!

—Señor Scott, necesito su ayuda. —en una oficina de aspecto bastante modesto, y detrás de un escritorio lleno de papeles, documentos y una laptop perdida entre tanta ruma de papel, había un hombrecito de aspecto algo famélico con poco cabello en su cabeza, de pómulos y nariz afilada, que vestía un traje gris bastante común. A pesar de su aspecto, el hombre tenía un gesto amable en su rostro.

—Tome asiento. Diga. —Tom obedeció al instante.

—Sé que hoy vino a verlo un joven de cabellos oscuros, alto. Su nombre es Bill Koening.

—Pues claro que lo recuerdo, si estuvo aquí hace poco rato, hace un par de horas creo o menos. Andaba buscando información sobre el matrimonio Kaulitz que murió en un incendio.

—Exacto.

—Sí, eso fue triste, yo era reportero policial en aquella época y estuve en el lugar de los hechos, y aunque dijeron que había sido un accidente a mí nunca me convencieron las versiones dadas por la policía. Una de esas cosas raras fue que los cuerpos de los bebés no estaban, ni rastro de ellos. Yo traté de seguir averiguando el asunto, porque me llamaron la atención algunas otras cuestiones.

—Como cuáles.

—Que los cuerpos del matrimonio se suponía que estaban en la casa, ambos, pero yo sé que se encontró un cuerpo, y la policía encontró el cuerpo de ella en la pequeña bodega junto a la cabaña. Y yo siempre me pregunté que si ella estaba allí por qué no escapó, tuvo la oportunidad eso creo, a menos que haya estado inconsciente al momento del incendio, pues eso explicaría por qué el hombre yacía en su cama, que estaban inconscientes durante el incendio, y eso implica la actuación de terceros en la muerte de ambos, ahora sobre los bebés —el hombre se encogió de hombros —todo un misterio, nunca aparecieron.

—¿Dónde está sepultado el matrimonio?

—Estuvo hartos años sepultado en el cementerio de Lindau, en unas tumbas algo olvidadas, hasta que llegó alguien de Berchtesgadener Land, de la ciudad de Bad Reichenhall diciendo que se llevaría los cuerpos del matrimonio a su mausoleo familiar. Venía con una orden Municipal y todo, es lo que me contó el policía amigo que tengo en la estación, y fueron a buscarlos, para realizar todo el proceso de sacar los cuerpos y todo eso, lo más extraño de todo este asunto es que cuando sacaron las urnas, las que tenían que ver para realizar las reducciones que por ley se exige para el traslado. Usted sabe que las urnas se botan, y te ponen en cajitas más pequeñas —Tom sentía que su estómago estaba cada vez más revuelto con el relato, unas ganas cada vez más intensas de vomitar le provocaba escalofríos —pues cuando llegó ese momento, y abrieron las urnas, no habían cuerpos, no estaban.

—¿No estaban? —el estómago descompuesto de Tom estaba quitándole la cordura —disculpe necesito urgente un baño.

—Sí por supuesto, en esa puerta —Tom corrió los pocos metros que le separaban del baño, nada más abrir, se abalanzó sobre el váter, arrojando allí toda la lasaña que había almorzado. El reflejo del vómito hacía lagrimear sus ojos castaños. Se sentía miserable —Bill, ¿dónde estás? No me dejes solo —pensaba, y las lágrimas que corrían ahora por su rostro eran por él mismo, por Bill, por sus padres —perdóname Bill por dejarte solo con todo esto —dijo callado, después de limpiar y enjuagar su boca.

—¿Está usted bien joven? —Tom asintió sentándose con cara algo demacrada —yo no estoy tan seguro —agregó el señor Scott.

—Sí, no se preocupe. Gracias, disculpe por la molestia. ¿Y qué sucedió después?

—Pues que la policía comenzó una investigación, pero de los resultados de ella nadie más supo. Yo no quise seguir indagando porque las amenazas eran pan de cada día, y yo temí por mi familia. No ganaba tanto como para arriesgar a mi familia.

—¿Amenazas?, ¿lo amenazaron?

—Sí, y esa es otra de las razones que me llevan a pensar de que ahí ocurrió algo raro. Que todo esto es algo turbio y oscuro. —el hombre movió la cabeza en señal de pesar —por eso hoy además me pareció muy extraño que un joven viniera a pedir información sobre ese asunto tantos años después. Y luego usted.

—¿Sabe hacia dónde fue Bill luego?, ¿le dijo algo al respecto?.

—Sé que iba a la Estación de Policías, le di el nombre de mi amigo para que a él le preguntara lo que necesitará saber. No estoy seguro que en la estación quieran colaborar con este asunto. Ya que hubo en su momento una dura crítica al deficiente desempeño de la policía en toda la investigación.

—De acuerdo, ¿y usted me podría decir el nombre del policía?

—Sí, claro. Es el Comisario Jensen, dígale que habló conmigo, que si tiene dudas que me llame.

—Gracias señor Scott —al salir, la chica se puso de pie parándose junto al mesón y cruzando una de sus piernas por detrás de la otra.

—¿Le fue bien?

—Sí bien, gracias.

—Y… ¿cuándo se desocupe podríamos salir a dar un paseo? Yo podría mostrarle lugares muy interesantes de la ciudad.

—No, lo siento querida. Bill es mi novio —la chica abrió su boca de la sorpresa —y no creo que a él le haga feliz que salga con una chica. —ella sonrió amargamente, con un intenso sonrojo en las mejillas.

Tom al salir se pateaba mentalmente, se sentía extraño, es la primera vez que reconoce ser gay frente a una extraña, es primera vez que lo admite fuera de su círculo de amistades. Pero lo que más le dio rabia de sí mismo, era que sabía que Bill y él no eran novios. Bill no se lo había pedido, él no se lo había pedido a Bill. Y la verdad era que esperaba que el pelinegro asumiera ese rol. La idea de que con él no eran nada más que amantes, siendo bien rigurosos con el asunto, le hacía sufrir, porque sabía que se amaban de una manera total —quizás nuestra relación no necesita un nombre, yo no amaré más a Bill por ser mi novio oficial —se aclaró a sí mismo para tranquilizarse.

Cuando llegó a la Estación de Policía, sentía la boca amarga, y culpó a la lasaña.

—Disculpe, necesito una información.

—Claro —respondió el policía sin levantar la mirada del periódico.

—Ando buscando a mi… A un amigo. Y me he enterado de que estuvo aquí, que vino a hablar con el Comisario Jensen —el hombre por fin levantó la cabeza mirando al joven rubio de coleta.

—Entiendo. ¿Pero qué desea?, ¿hablar con el Comisario o saber si el joven vino o no? —Tom se cortó por la escasa amabilidad del policía. Pero luego se repuso.

—Necesito hablar con el Comisario —dijo de manera perentoria.

—No está. —dijo el hombre posando otra vez su mirada en el periódico.

—¿No está?

—Si quiere vuelve más tarde. Pero por ahora no sirve de nada de que se quede aquí esperando que el Comisario regrese, eso podría pasar dentro de varias horas. —Tom se quedó en silencio un momento, provocando la mirada reprochadora del policía. —¿se le ofrece algo más?

—Sí, necesito saber si vino hasta acá Bill Koening, y si informó de a dónde iría luego —el hombre hizo un gesto de desdén con la boca, y con lentitud miró un cuaderno.

—Sí, estuvo aquí habló con el Comisario, y luego se marchó, pero no queda registro de cuál es el destino luego de las personas que vienen, a menos que haya un asunto legal pendiente.

—Tampoco dijo dónde se hospedaba.

—NO —respondió el hombre con fastidio.

—Gracias por nada —respondió hosco Tom y salió.

Una vez en la calle, miró con cuidado su entorno, sentía que buscar a Bill era una causa perdida, encontrarlo sería una proeza. Retrocedió en sus pasos para ir en busca de su Cadillac, si no tenía oportunidad de conseguir el paradero de Bill, debería ir buscando alojamiento, esa noche la pasaría ahí, sólo, sin Bill.

Ya iba de regreso por la calle Maximilianstrasse, en dirección del estacionamiento donde estaba su vehículo, quedaban pocos metros para llegar, a pesar de que el cielo parecía amenazante a ratos, el día estaba claro, Tom parecía un turista más detrás de sus gafas, todos a su alrededor parecían estar relajados, mirando los decorados ventanales de las tiendas, las construcciones típicas de la región de Baviera, con adornos en hierro forjado, los techos vistosos, macetas de diferente tamaño con flores, calles donde los transeúntes eran los protagonistas, quedando los vehículos circunscritos a algunas calles para su circulación, varias de las calles era peatonales. Y Tom seguía mirando las vitrinas y escaparates, las puertas de estilo clásico, las calles estrechas, la gente con ropas coloridas, las flores, Bill en un todo-terreno negro —¡Bill! —gritó, y echó a correr en busca de su Cadillac. El todo-terreno que conducía había pasado veloz por la calle Bürstergasse. Tom desesperado subió a su vehículo y tomó la ruta de aquella calle, alcanzó a divisarlo que se detenía un poco más allá por el semáforo. Luego vio que doblaba por Swanzigerstrasse. Iba saliendo de la ínsula.

Tomó luego la ruta E43 y de allí no se desvió más, Tom pensó que tal vez regresaba a casa. Esperaba darle alcance, pero Bill iba al límite de la velocidad permitida, y eso impedía a Tom acercarse mucho más. El de coleta esperaba que le viera, pero eso pasado algunos minutos se veía poco probable ya que a ambos vehículos los separaba una buena cantidad de metros y un bus con un par de camiones obstaculizaba a ratos su visión. No lo vería.

Los minutos transcurrían y Bill seguía por la misma carretera. Tom vio los grandes carteles señalando alguna bifurcación, uno que indicaba hacia la derecha decía Leutkirch im Allgäu, y el de coleta tuvo la impresión de que Bill doblaría allí. Con el corazón en la boca esperó ver el todo-terreno negro doblar en esa dirección, y lo hizo —¡bingo! —gritó. Su bebé no regresaba a casa. La carretera por la cual doblaban era un camino secundario, por lo tanto había menos tráfico, sin embargo la distancia entre ambos le impedía hacerse notar por más que había hecho cambio de luces para llamar su atención.

Luego de algún tiempo y de meterse por caminos que nadie entendía, Bill ingresó a un camino bastante campestre. Ya era media tarde, y el cielo se había cubierto de nubes espesas y oscuras, era muy probable que lloviera. El Freelander que conducía Bill se estacionó en alguna parte más allá y vio que Bill se bajaba y sacaba algunas cosas que no logró identificar a esa distancia. Cuando llegó junto al todo-terreno de Bill su corazón daba tumbos, se le había salido por la boca y daba saltitos entre los árboles y los arbustos. Tom inspiró con fuerza para devolver el músculo cardiaco a su lugar, pero ahora tenía dos pinchazos dolorosos en su estómago, y las piernas las sentía débiles. Qué manera de estar nervioso y tembleque sólo porque vería a Bill. Su cabello rubio era agitado por el viento, y la coleta se le iba hacia la frente dándole un aspecto dulce y atractivo. Había un portón de madera abierto y supo que Bill había entrado por ahí. Se introdujo por la abertura, sin hacer ruido. Delante suyo se desplegó un largo camino enmaracado por ambos lados por inmensos pinos que crujían al mecerse al viento, muchos metros más adelante el camino doblaba. Bill estaba revisando algunas herramientas, estaba de espaldas, y se detuvo para admirarlo.

El pelinegro vestía unos jeans negros elasticados, y una chaqueta corta, debajo llevaba un suéter del mismo tono. Se puso de espaldas a Tom, en cuclillas con las piernas abiertas para sacar unas etiquetas que tenía la pala que llevaba, al hacerlo su trasero y muslos se marcaron, y su espalda se definió bajo la chaqueta —Dios —se dijo Tom, su amorcito se veía muy bueno. Se pasó la mano por la cara para quitarse el semblante de imbécil, y lo habló por fin —¡Bill! —el pelinegro se dio vuelta y lo miró por un instante sin comprender la imagen que veía. Absolutamente perplejo dejó las herramientas a un lado, y se enderezó para acercarse a Tom.

—¡¿Tom?! ¿eres tú? —el rostro de Bill reflejaba su sorpresa. El pelinegro no acababa de entender qué hacía ahí el joven rubio.

—Bill, estoy feliz de encontrarte por fin —era sin duda la frase más estúpida que se le había ocurrido decir. Pero la imagen imponente de su amado tan bello y sexy lo ponía en ese estado —en el periódico el señor Scott me contó todo lo que te había dicho, en la policía no me quisieron decir nada, y cuando iba por mi Cadillac te vi pasar y te seguí.

—¿Qué te hiciste en el cabello bebé? —Bill se acercó hasta quedar a escasos centímetros de Tom.

—Pues ayer pensé que necesitaba darme un nuevo aire ¿no-no te gusta?

—Ahora si que te ves idéntico a Tom Kaulitz —Bill acarició su cabello, y luego dibujó con sus dedos el contorno del rostro amado —verte aquí es la mejor sorpresa que pudiera desear —Tom se acercó aún más y atrapó suavemente los labios del pelinegro. Bill abrió su boca para recibir la lengua del joven rubio, y con la misma suavidad le respondió el beso, acariciando con lentitud los labios en un gesto que a Tom se le antojó demasiado erótico para su débil voluntad, pero cuando pensó que no podría seguir soportando aquel calor que empezaba a revolotear en su bajo vientre, haciéndolo demasiado consciente de su sexo, el mago se separó terminando el beso —tú me encantas, como sea, te ves hermoso —aquel comentario hizo sonrojar a Tom —pero así como te ves ahora es como viajar al pasado, y retroceder hasta esa época. Demasiado idéntico a Tom Kaulitz.

—En estricto rigor soy Tom Kaulitz.

—Es mejor que te vayas —Bill se giró para tomar sus herramientas y comenzó a caminar por el angosto caminó entre los pinos. A Tom esa orden lo dejó sin habla. ¿Había entendido bien? Bill caminaba a toda prisa, tanto que Tom tuvo que correr para darle alcance.

—¡Oye!, ¡me levanté muy temprano para venir contigo, para buscarte! —Bill sólo caminaba muy rápido con una pala y una picota en cada mano, sin decir nada —anoche no dormí casi, me estuve dando vueltas que vueltas en la cama pensando en ti, que si estabas bien, ayer en la tarde no estuve mejor, decidí ir a la peluquería, no quería pensar en ti, en que decidiste venir sin avisarme de tus planes con anterioridad, me tuve que enterar junto con los demás y ¡y se supone que no soy para ti lo mismo que ellos, se supone que te importo más! —seguían caminando velozmente, Tom llegaba a jadear intentando hablar y mantener el ritmo de la respiración para avanzar sin cansarse —anoche fui a un bar con Andreas y bebimos y cantamos una canción, hicimos el loco, obligado a comportarme como un imbécil.

—Si tú lo dices cariño. Debes irte ahora, por favor.

—¡¿Cómo?! Es tu culpa, por dejarme sólo. Estaba bien con mi amigo en el bar bebiendo —llegaron a otro portón que tenía un candado. Bill se hizo hacia atrás y con un certero golpe con la picota cortó la cadena, abrió el portón y entró seguido por un Tom parlanchín, que hablaba y hablaba cual cotorra mojada —hasta que llegó Dark y me enteré de que además de no confiar en mí, tú me dejas al cuidado de una niñera. Se atrevió a conducir mi Cadillac, porque según él yo no estaba en condiciones —Tom sin darse cuenta por donde avanzaba sólo atinaba a seguir a Bill quién parecía buscar algo en el suelo, en extrañas construcciones. Tom sólo sabía que tenía cosas que decirle a Bill y ya no las quería callar —y luego para colmos estaba el Gran Maestre ese esperándonos —el pelinegro por primera vez se volvía a mirarle con cara de pregunta —y me dijo que todo lo mío sería suyo y que tú estabas…, que te había…

—¿Fue a verte?

—En realidad no fue, sólo se apareció —de pronto Tom reparó en el lugar en el que estabas —¿qué hacemos en un cementerio?

—Cometer un delito. Te dije que te fueras. No quiero que te involucres.

—Ya es demasiado tarde ¿no crees? —Tom sintió un escalofríos, el lugar era demasiado lúgubre.

—¿Qué más te dijo?

—No mucho más, yo creo que sólo quería amedrentarme —Bill mientras escuchaba, seguía avanzando por entre tumbas buscando algo —pero lo más extraño me sucedió hoy cuando venía ¿qué buscas?

—Una tumba sin nombre. ¿Qué te pasó hoy?

—Se me atravesó una figura blanca, casi la arrollo. Quedé casi tumbado en la orilla, y me bajé a seguir a esa persona.

—¡¿Qué hiciste qué?! —el pelinegro se dio vuelta para enfrentar al rubiecito —Tom eso sí que fue estúpido, ¿y si te hubiese ocurrido algo malo?, ¿si hubiera sido una trampa?

—Lo sé, en ese momento no pensé —Bill rodó los ojos —sólo quería saber quién era, sentía que conocía a esa persona.

—¿Y descubriste quién era? —Bill comenzó a caminar otra vez.

—Sí —y como se quedó en silencio, el pelinegro se volvió a mirarlo una vez más.

—¿Quién era?

—Alexa —el mago se detuvo en seco, y se giró estupefacto —pero no pude hablar con ella, porque huyó en un caballo.

—Y eso ¿dónde fue?

—Fue como a mitad de camino. Cerca de Murnau am Staffelsee.

—¡¿Ah?! ¡Tom qué hacía ella ahí!

—¡No sé, no sé!

—¡Dios! Ella sabe todo. Hemos sido muy descuidados. —Bill movió la cabeza con algo de desesperación y siguió caminando entre las tumbas —pero por lo visto ella esperaba que la vieras, por lo tanto lo que fuera que pretendía lo ha conseguido.

—O sea, en otras palabras he metido la pata y soy culpable de eso.

—No. No quise decir eso.

—Bueno eso es lo que entiendo. Yo para ti soy el chico lindo que te puedes follar cuando te entran ganas, pero no soy digno de confianza, no amerito ni un poco de responsabilidades porque para ti soy un nene que se equivoca a cada rato. No me cuentas nada, me ocultas información, haces lo que se te da la regalada gana y lo poco que me dices es sólo porque tú ya no puedes hacerlo sin mí entre esas el sexo.

—¡BASTA! ¡Ya me harté!

Los ojos de Tom casi se salieron de sus órbitas al escuchar la voz destemplada de Bill, al mismo tiempo que daba un respingo.

—Hace unos días te dije que más te valía no hacer enojar a un mago, porque amor mío, yo tengo muuuucha paciencia, pero ¡ésta también tiene un límite! —cada palabra hacía pestañear a Tom. Bill se dio cuenta de ello y en vez de enojarse sintió que una corriente de deseo se metía en sus venas —¿Qué haces?, ¿por qué pestañeas así? —el de coleta rubia seguía pestañeando con los ojos muy abiertos y su boca muy cerrada formando una especie de botón, que a Bill le pareció el rostro más bello que podía imaginar.

—¿Quién yo? —dijo confundido Tom. De pronto sintió la boca de Bill que lo besaba con desesperación, había soltado las herramientas y ahora lo abrazaba, sus manos recorrían su cuerpo, acariciaban sus nalgas y se metían por debajo de su suéter. Se sintió feliz y por fin calmado. Suspiró satisfecho cuando sintió la mano helada bajar más allá del cinturón de su pantalón, mientras sus bocas se comían con ganas. Fue la gloria cuando sintió el roce de la mano de Bill sobre su sexo, que reaccionó de inmediato a la ligera provocación de aquella caricia.

—Tú me vuelves loco —dijo entre jadeos, pero le soltó, recogió las herramientas y siguió en su búsqueda.

—Oye, termina lo que empezaste.

—Qué más quisiera yo amor, pero ya casi no queda tiempo, y no subí linternas o lámparas. Pronto se va a oscurecer.

—Tengo hambre.

—¿No comiste?

—Sí, pero lo vomité.

Bill se volvió con una media sonrisa —¿estarás embarazado?

—Sí, búrlate no más. Qué más te da si a tu amante le pasa algo serio.

—Tú no eres mi amante.

—¿No?, ¿entonces?

—Eres mi novio.

—¡Desde cuándo que no me he enterado!

—¡Siempre lo has sido!

—¿Y por qué yo no lo sabía?

—Tom te comportas como la damisela que espera que su príncipe azul la libere del castillo y le pida de rodillas que sea su prometido —al escuchar aquello el de coleta sintió ganas de llorar. ¿Era tan malo esperar algo romántico de su ahora novio?, ¿era menos varonil por eso? No dijo nada, y se tragó las lágrimas que subían por sus ojos, y a base de tragar mucha saliva suavizó el nudo en la garganta. Pero para Bill no pasó desapercibido aquel silencio de Tom —¿no me digas que ahora te sientes herido?

—Tal vez tenías razón, debí haberme ido hace un rato, además tengo hambre.

—¡Tom no puedes ser tan sensible!

—¡Y tú no deberías ser un patán!

—Lo siento, estoy cansado, y necesito hacer esto, y tú…

—¿Y yo qué?

—Nada —de pronto se detuvo —ésta debe ser —se sacó la chaqueta y la dejó sobre una tumba, delante de él había una lápida sin nombre, algo gastada, enterrada en la tierra.

—¿Qué hay ahí?

—Una tumba —respondió al mismo tiempo que con la picota comenzaba a abrir la tierra húmeda.

—¿Así sin más?, ¿debajo de la tierra, sin una tumba como debe ser?

—Sí.

—Pero si buscas a Antje, no la vas a encontrar, alguien sacó los cuerpos.

—Sí, se suponía que estaban sepultados, pero no en este cementerio, éste está clausurado de hace tiempo. Se suponía que estaban en el Cementerio Luterano.

—¿Y cómo supiste que podían estar aquí y no en el otro?

—Por lo que me dijo el Comisario. Que él sospechaba que se habían llevado los cuerpos para otro cementerio por alguna razón.

—Bill, esto es profanación de tumbas, es un delito.

—Ya te dije que venía a cometer un delito. Por eso no te quería aquí conmigo.

—Déjame ayudarte —Tom se sacó la chaqueta que llevaba, tomó la pala y comenzó a sacar la tierra que Bill iba soltando —Antje habló conmigo a la amanecida y me dijo que la encontrarías no como pensabas. ¿Cómo piensas encontrarla?

—Muerta en una tumba abandonada.

—Pues eso quiere decir que si crees que está aquí, te equivocas.

—¡Uff! Gracias por darme ánimos —pero a Bill eso no lo detuvo. Siguió hasta que un par de horas después debió reconocer que allí no la encontraría, era una tumba sin urnas, sin cuerpos, era falsa —y ahora qué. Se me acabaron las pistas.

Tom estaba sentado sobre una ruma de tierra y piedras, sudado y sucio. Prefirió guardar silencio aunque se moría por decir “te lo dije”.

Bill observó el foso vacío y chasqueó la lengua con fastidio.

—¡Tooom! —la voz femenina que venía con la brisa le hizo mirar hacia todos lados, la luz del día se iba ya, y entre las penumbras logró divisar la figura inconfundible de Antje.

—¡Antje! —exclamó y salió corriendo hacia el lugar en que le pareció verla.

—¡¿Tom?! —Bill corrió detrás de Tom, sin entender lo que le ocurría —¡Tom qué pasa!

—¡Es Antje! ¡está aquí!

—¡Tom espérame! —pero al chico de coleta nadie lo detenía, sólo quería seguir a aquella figura —¡Tom, puede ser una trampa! —y Bill corría desesperado esquivando tumbas a pocos metros detrás de Tom, hacia el antiguo sector de los mausoleos que colindaba con un pequeño cerro.

El de coleta rubia, alcanzó a ver la figura difusa entre las sombras —¡yo sé que es Antje!

—¡TOM! —gritaba histérico detrás el pelinegro, angustiado que no podía darle alcance, tropezó con una cruz a medio enterrar y casi se fue de bruces —¡mierda!

Entre los mausoleos la figura aparecía, desaparecía, para volver a ser divisada unos metros más allá. Tom corría a toda velocidad, no quería perderla, sabía que estaba siendo conducido hacia alguna parte en específico, y sabía que no tenía nada que temer. Pero Bill no, y estaba al borde del colapso pensando que debía usar alguna estrategia para defender a Tom si era necesario, pero si era una emboscada no había mucho que hacer.

Tom vio desaparecer una vez más a Antje en una de las calles entre los mausoleos junto al cerro. Llegó a la esquina, fatigado, casi sin aliento, puso sus manos en las rodillas jadeando, con el cuerpo doblado hacia delante intentando reponerse. Frente a él una puerta de colores claros, parecía muy vieja, empotrada en el cerro.

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Antje no estaba, aunque sabía que a esa calle había ingresado. Detrás de él llegó Bill, quién lo agarró fuertemente del suéter y lo estrelló contra la pared de la cripta que tenía a sus espaldas, apegándose a su cuerpo respirando sobre su boca.

—¡¿Que estás loco Tom?! ¡Y si te hubieran estado esperando en este lugar, ¿ah? Yo, yo no hubiese podido hacer nada ¿entiendes? ¡¿Acaso no eres capaz de entender eso?! Que yo no sé vivir sin ti —sollozó.

—Lo-lo siento, Bill.

—¡Tooom! —la voz de la mujer retumbó en los oídos del joven rubio.

—Me está llamando Bill.

—¿Quién? Yo no escucho nada.

—Ella, Antje. Quiere que vaya por ella. Antje me trajo hasta aquí —Bill por primera vez reparó en aquella puerta. Un escalofríos recorrió su espalda. Sigiloso se acercó a la puerta indicándole con una mano a Tom que se quedara allí, sin moverse.

Bill extendió la mano y proyectó su energía para abrirla, y ésta lo hizo lentamente. Desde adentro salió un frío extremo. La oscuridad más absoluta reinaba en el interior. Bill se acercó un poco más, hasta alcanzar el umbral de la puerta.

—¡Bill ayúdame! —dijo la voz desde adentro. El mago se estremeció y cruzó la entrada, dos pasos, tres pasos. Y la puerta se cerró de golpe.

Desde afuera Tom observó la escena con estupor —¡¿Bill?! ¡BILL! —gritó. No hubo respuesta.

Continuará…

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