CAPÍTULO 29
La oscuridad más completa lo envolvía, ni siquiera podía ver sus manos. Era la nada absoluta a su alrededor, o casi, la excepción la marcaba el regular golpeteo de una gota en el suelo en alguna dirección imposible de determinar debido al pequeño eco que producía, señal de que aquel lugar estaba vacío. Intentaba no respirar, intentaba aquietar los latidos de su corazón, tenía la esperanza de que si había algo peligroso allí adentro, no hubiese reparado todavía en su presencia. Una idea estúpida sabiendo que el sonido de la puerta al cerrarse había retumbado dentro de aquel lugar. Un ligero murmullo se iba haciendo cada vez más intenso y claro, Bill sentía ganas de salir huyendo, no llevaba nada para defenderse, sólo sus manos. Luego el sonido de unos pasos —¡¿Quién anda ahí?! —gritó el mago, intentando escucharse normal, pero la verdad es que su garganta se estrechaba cada vez más del miedo que tenía. Nadie respondió aunque supo con certeza que alguien estaba allí, sentía la respiración del otro, o por lo menos eso creía. La verdad es que el miedo ya empezaba a jugar con su mente. Las primeras gotas de sudor habían aparecido por su frente, él no estaba consciente de ellas, sólo sabía que sus oídos parecían haber ampliado su capacidad auditiva, y percibía todo, cada leve movimiento del aire. No se atrevía a avanzar, no sabía si habían obstáculos en el piso, o alguna trampa —¡¿Quién es?! —pero aquella presencia, en vez de hablar se devolvió hacia algún punto. En medio de aquella atemorizante oscuridad, logro distinguir una leve claridad, tan tenue que Bill se preguntó si la había imaginado. Sabiendo que no tenía otra salida, se decidió a caminar en la dirección que pensó que había visto aquel brillo.
Torpemente avanzó. El terreno era irregular así que cada pisada debía darla con sumo cuidado, varias veces su pie quedó suspendido sin saber si debía dar el paso o no. Con el cuerpo trémulo avanzó lentamente esperando no haberse equivocado de dirección. Y efectivamente, ese leve brillo imposible de determinar si era natural o artificial, apareció ante sus pupilas dilatadas al máximo, y sin embargo apenas servía para darle alguna dirección a sus desplazamientos, pero sin permitirle ver nada más.
Aquella pequeña abertura, que permitía aquel pobre escape de luz, cedió ante el empuje de sus brazos. Y tal como Bill había pensado, era una puerta entreabierta, pesada y fría. Las manos de Bill temblaban e inútilmente intentaba calmar los espasmos causados por el temor. Jamás se había sentido tan expuesto, inseguro y vulnerable, pero debía sobreponerse. La mitad de su vida se había quedado allá afuera, tan aterrorizado como él —soy un mago, pero además de eso sólo soy humano —pensó, como si ese sólo pensamiento fuera suficiente y sirviera de alguna justificación para que el Universo lo liberara de aquella tortura.
Con lentitud ingreso a aquel lugar, sin lograr hacer un mapa mental de dónde estaba, ni cuál era el origen de aquella desesperantemente difusa iluminación, que más parecía una burla que un beneficio. En vano intentaba darle forma a las sombras sobre sombras que veía. Caminó varios metros, o eso pensaba, imposible saber si daba vueltas en círculos, aunque aquella claridad parecía estar sólo hacia el frente. Al tener aquel pensamiento se volvió ligeramente hacia atrás advirtiendo la negrura más abismante que se pudiera imaginar. Un leve sollozo se escapó de su garganta, y tragó saliva para calmarse.
Después de algunos segundos logró tranquilizarse y avanzar con mayor seguridad. Con cierto optimismo logró advertir que aquel brillo parecía intensificarse, y apuró un poco su paso, intentando protegerse al mismo tiempo, extendiendo sus manos hacia el frente. Luego comprendió que aquella claridad provenía de algo que asemejaba una ventana… Posiblemente, aunque sus ojos con seguridad se habían acostumbrado ya a esas tinieblas, aquella luz debía ser demasiado vaga para que pasado todos esos minutos no lograra comprenderla todavía.
La desesperación iba creciendo en su pecho, como un fuego que quemaba y le cortaba la respiración. Caminó unos pasos con sus brazos estirados, percibió algún movimiento a su alrededor, aquel murmullo extraño. Su corazón latía estrepitosamente, con latidos desesperados, desordenados, casi fibrilando, su aliento entrecortado, con la boca seca, sus oídos alertas, sus músculos tensos, sus manos extendidas y sudadas. Un paso y otro, y otro más, casi cómo si se acercara al borde de un precipicio, anticipando el desastre y de pronto —¡AH! —gritó el chico al tiempo que sus manos sentían un cuerpo y se echaba atrás. Bill sollozaba entre quejidos de espanto.
—Hola Bill, disculpa recibirte en tan pésimas condiciones. Qué buena sorpresa que vinieras, aunque no tan sorpresivo. Ustedes son demasiado predecibles —el pelinegro aún sollozante, gemía despacio. Había reconocido la voz de Storm —muy fácil fue engañar a tu hermano, utilizando un perfecto doble de tu madre muerta… saluda Alexa —y la chica hizo algún sonido gutural incomprensible —ahh, lo siento, es que olvidé que le tengo puesto un cuchillo en su garganta.
—¡Suéltala!
—¿Y qué me harás? ¿verme con tus ojos de rayos x, y luego enviarme energía de tu criptonita?
—¡Biiiiiiiiillllll! — el viento que se cuela por alguna rendija, pensó el pelinegro —¡Biiiiiiiillllll! —volvió a escuchar, pero esta vez supo que estaba equivocado, que no era el viento —¡Biiiiiiiiiilllllll! ¡Usa tu poder! —dijo el susurro que por fin era audible —¡La luz está en ti Bill, en tus manos!
Mientras la voz susurraba en los oídos del joven mago, el Gran Maestre seguía provocándolo —dime lo que harás, ¿por qué nos mantienes en ascuas? Alexa está impaciente, incluso atragantada de la emoción que le da la incertidumbre —rió con sarcasmo. Para entonces Bill ya se había concentrado, terminados los auto-reproches por no recordar su entrenamiento en la Alta Magia y dejarse vencer por el miedo, extendió sus manos otra vez y se concentró en aquel Sol Central, que le enviaba energía desde lo más profundo de la Galaxia. Y de repente dos esferas luminosas aparecieron de la nada flotando en el aire dando la luz necesaria para poder ver con claridad —¡Siempre olvido quién eres maldito pendejo! —reclamó furioso el hombre sin soltar a la chica que con ojos suplicantes le pedía ayuda a Bill —¡¿Qué me harás con eso?! ¡¿quemarme las pestañas?!
—¡NO! —le gritó al oído una voz de mujer. Perplejo, Storm se volvió hacia su derecha, encontrándose frente a frente con el pálido rostro de Antje. El alarido del hombre retumbó en las paredes de la caverna —¡LA MUERTA! —soltó a Alexa, instancia que aprovechó Bill para mirar en la dirección de su vía de escape y agarrar a Alexa de la mano y echar a correr despavoridos. Mientras, atrás se escuchaban los chillidos del Gran Maestre —¡Déjame en paz! ¡Déjame! ¡BILL, ayúdame!
Sin aliento lograron abrir la vieja puerta, pero al salir no había nadie esperando —¡¿TOM?! —exclamó Bill lleno de pavor.
¿Dónde estaba?, ¡por qué no estaba! —¡TOM! —gritó voz en cuello —sus ojos se movían frenéticos, intentando abarcar la mayor cantidad de espacio, mientras corría seguido de Alexa por entre las tumbas. En algún momento miró hacia atrás, dando una rápida mirada hacia las criptas que se alejaban con cada paso que daba —¡Tom! ¡Dónde estás! —volvió a gritar y mirando a la chica que había bajado la velocidad de su tranco, le dijo —¡Sígueme! —minutos después ya bajaban por el camino serpenteado de abetos y pinos. Continuaron con un paso más lento y Bill ya se sintió más seguro de interrogar a la muchacha, aunque no dejaron de avanzar en dirección a la salida.
—Ahora me vas a decir qué hacías aquí —Bill se detuvo y miró de frente a la chica.
—Lo siento.
—No sientas nada. Prefiero menos lamentaciones y más verdad. Mientras caminamos, tú me vas a contar todo, que no me queden dudas, que no tenga que preguntarte, porque toda tu explicación será muy clara y contundente. Recuerda, bruja, que ambos sabemos cuáles son nuestros límites y cuáles son nuestras potencialidades.
—No es mi intención hacer enfadar a otro mago más.
—Entonces habla –dijo el joven que comenzaba a caminar a paso veloz otra vez.
—Me tenía amenazada. Ayer regresé a casa, y estaba ese hombre. Me dijo que… que debía hacer un pequeño sacrificio a cambio de la vida de mi abuela. Ella está muy vieja, enferma y… —Bill la miró con severidad, y la chica entendió que se estaba desviando del tema —okey, la cuestión es que con ese chantaje, pues no quise arriesgarme y me vine con él, ayer. A mitad de camino justo cuando un camión bloqueaba momentáneamente la carretera, tal vez sería por la tormenta, o el chofer había tenido uno que otro problema…
—¡Alexa!
—Perdón. Y bueno, aproveché esa instancia para arrojarme del vehículo. Y corrí como una condenada. Me escondí en una cabaña en las montañas cerca de Murnau am Staffelsee. Pero al amanecer, supe que él venía por mí. Me había encontrado. Tomé un caballo y escapé otra vez, necesitaba cruzar la autopista, y encontrar un atajo para llegar a Lindau y advertirte. Dejé el caballo escondido y crucé la carretera, no sabía si valía la pena seguir con él, pero necesitaba alejarme de los caminos más frecuentados y no sabía si llevar al animal era buena idea. Busqué con rapidez y sentí la presencia de ese hombre, me asusté y me di cuenta que sin el caballo no tendría oportunidad, volví a cruzar y un vehículo casi me atropelló. Sentí miedo, el todo-terreno derrapó un poco y me di cuenta que era Tom. Torpemente huí de él, incluso luego de que me reconociera, pero quería protegerlo, si ese hombre estaba allí, me atraparía a mí y a él también. Y no me equivoqué, mi huída no duró mucho más. Fue una extraña coincidencia que él estuviera por allí precisamente en el segundo que yo cruzaba la carretera.
—No existen las coincidencias Alexa. —dijo el mago al tiempo que abría el portón para poder salir.
—Ese hombre quería que me hiciera pasar por la madre de Tom.
—Es mi madre también.
—Seguramente era una trampa.
—¿Seguramente? ¡Alexa, por favor…! ¡Fue una trampa! —Llegaron junto a los vehículos y Bill con desilusión y angustia advirtió que Tom tampoco estaba allí —¿Dónde estás bebé? —un miedo visceral le comenzaba a carcomer la voluntad y su cordura.
—¡Bill! ¡Él viene, ese hombre Bill!
—¡No me voy sin Tom! —Bill se quedó escuchando el viento, y deslizó su voz a través del aire en movimiento, sabiendo que donde estuviera su novio lo escucharía —¡Tooommmm! —repitió la brisa.
—¿Así lo llamas?
—Sí, así. ¡Tooommmm! —no era un grito, era casi un suspiro que el mago decía con los ojos cerrados, proyectando su energía, y que el viento replicaba, por entre las copas de los árboles. Ya casi había anochecido y el joven pelinegro sabía que el Gran Maestre y mago poderoso, seguramente ya se había repuesto de lo que fuera que aquella aparición le estaba haciendo pasar en la caverna, allá arriba en el cementerio. Debía llamar a Tom, sabía que estaba cerca. La noche casi había llegado, la semi-penumbra no era buena, no para Bill tan desprotegido sin su espada —¡Tooommmm! —volvió a llamar, con ojos vidriosos de angustia.
—¡Ya voy, ya voy! —respondió la voz medio entrecortada de Tom al otro lado del portón. Éste se abrió y el joven rubio apareció, con su coleta revuelta hacia delante, jadeante y al parecer algo sudado —tú te vas y se te olvidan tus herramientas y las chaquetas… —la imagen de Tom con la pala, la picota y las dos chaquetas a cuesta parecía ahora de lo más graciosa —y como un estúpido vengo hace un buen rato tratando de darte alcance, pero parece que alguien te hubiera puesto un cohete en el trasero, porque te desapareciste, y ya ni aliento me quedaba para gritarte —Bill con la cara llena de risa se abalanzó hacia Tom para abrazarlo y besarlo —Bill, me haría muy feliz si me ayudas con algo. Toma tu chaqueta al menos.
—¡Tom! ¡Que no es tan pesado lo que traes!
—¡Qué agradecimiento!, teniendo en cuenta que fui en busca de estas preciadas pertenencias ¡arriesgando mi vida! —Bill sonrió. Le hacía gracia la actitud de su hermoso nene.
—¡Vamos mi amor! Que ese hombre ya viene. Yo me llevo a Alexa.
—¡¿Ah?! ¿Tú Bill?
Bill rodó los ojos —bien, llévala tú y yo te sigo.
—Eso está mejor —le dio un corto beso al pelinegro, y se iba girando cuando recibió un fuerte manotón de éste.
—¡¿Por qué no me esperaste afuera donde te dejé?!, ¡¿Sabes el susto que me has hecho pasar?!
—Es que Antje me dijo que estarías bien, que te cuidaría y me dijo que fuera a buscar nuestras pertenencias. Y sabes, encontré algo más, algo que no vimos… —un zumbido extraño recorrió las ramas de los pinos interrumpiendo sus palabras.
—¡Vamos. Debemos salir de aquí! —dijo Bill quien corrió hasta su vehículo —¡vamos a Lindau, es más seguro!
—¡De acuerdo, tú me guiarás allá! —así que pasado algunos kilómetros dejó que Bill lo adelantara. Ya estaba totalmente oscuro cuando llegaron a la ínsula. Sorpresa fue para Tom saber que Bill se hospedaba frente a la plaza del Mercado, en un hotel que fuera antes un monasterio —Bill, no pudo elegir un mejor lugar —le dijo a Alexa —no quiero saber cuántos fantasmas se alojan aquí también —la chica sonrió.
—Lo siento tanto Tom por lo de esta mañana. Bill ya sabe todo, él te dirá.
—De acuerdo, estamos cansados, hambrientos, es hora de relajarnos, y de hacer algunas llamadas —Tom se estacionó junto a Bill, y de allí caminaron hasta la entrada del Hotel 3 estrellas que se ubicaba en Stifts Pl.
Bill se acercó a Recepción, y conversó algo con el joven que allí estaba, luego se devolvió hasta los dos jóvenes que esperaban un par de metros más allá —todo arreglado, Alexa tienes tu habitación asignada, está un par de puertas más allá de la que ocuparemos Tom y yo. Ya pedí la cena a las habitaciones.
Tom se lanzó en la cama, totalmente agotado. Llevaba muchas horas sin dormir, la tensión del día, los miedos vividos, todas las emociones sentidas, le pasaban la cuenta ahora, y muy a su pesar sus ojos comenzaban a cerrarse —¡hey! No te duermas, necesitas una ducha y comer algo.
—Nopf fengo mbre.
—Claro que tienes hambre, y tienes ganas de ducharte conmigo además. ¡Vamos! —le instó Bill, jalándolo de una mano.
—Dile a Alexa. Te doy permiso.
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—¡Ya vamos! —Y el mago lo agarró de las costillas intentando levantarlo. Tom se rió y se encogió con las cosquillas que le causaban las manos de Bill —además estás todo sucio, y la cama estaba hermosa y blanca —logró levantarlo y a empujones lo llevó hasta el baño. El pelinegro abrió el grifo del agua caliente, mientras se desvestían.
—Pero no tengo ganas de hacer cositas ahora Bill —dijo el chico rubio con la mejilla izquierda apoyada en la baldosa de la pared, con los ojos cerrados y los brazos caídos a los costados, dejando el resto del cuerpo separado de la pared mientras le caía el agua tibia por la espalda —stoy cansa…
—Difícil hacerme la idea de no hacer cositas con tu culito levantado, pero anda dúchate y te metes en la cama —Bill lo jabonó sin poder evitar recordar la última ducha juntos, donde el jabón fue el protagonista. Tom se volvió y se echó sobre los brazos de Bill que pasaban por debajo de sus axilas, y recostó su cabeza en el hombro del pelinegro con los ojos cerrados, respirando pausado, indicación de que estaba ad portas de quedarse profundamente dormido —¡qué dormilón! —le dijo Bill, besando su cabellera mojada —te amo —cerró el grifo, y envolvió a Tom con ella quien sin abrir los ojos, se dejó conducir por Bill. De su bolso sacó unos boxers y se los puso, metió bien sus pies debajo de la ropa de cama y luego lo arropó totalmente. Dos golpes en la puerta le avisaron de que la cena había llegado, le dio la propina al chico, y se acercó a la cama otra vez —amor, llegó la cena. Huele deliciosa —pero su bello durmiente no se despertó ni con el beso de rigor en los labios. Resignado Bill encendió el televisor, y se dispuso a disfrutar en solitario la cena, mientras Tom ya dejaba escapar uno que otro ronquido suave. Momentos después con la habitación ya a oscuras, los dos jóvenes descansaban uno al lado del otro totalmente vencidos por el agotamiento.
A cierta hora de la noche, un golpe suave y continuo logró despertar a Tom. Molesto encendió la lámpara buscando la causa de aquel sonido. Bill dormía profundamente a su lado, Tom miró el rostro sereno de su amado, y sonrió, feliz de estar allí con él. Pero aquel leve sonido no cesaba, ya esa sensación se le hacía conocida. Era uno de esos sueños suyos, que se mezclaban con la realidad. Al poner mayor atención se dio cuenta que el sonido aquel venía del pasillo, se puso una bata, unos pantalones que sacó de su bolso y las zapatillas de descanso, salió de la habitación hacia el pasillo que estaba iluminado con luz indirecta, bastante suave. Al salir comprendió que aquel sonido que asemejaba el continuo golpeteo de una sola nota de una cajita de música, tan leve, casi imperceptible, pero real, tampoco venía de allí. Siguiendo el sonido avanzó por el pasillo, hasta llegar a una puerta de la escalera, bajó por ella, y lo más extraño era que el sonido hacía eco en la caja de la escalera, retumbando suavemente hasta el cielo raso. Como siempre le ocurría en estos casos, era como si una fuerza extraña lo guiara, como si su intuición se volviera más fuerte y aguda. Siguió el leve sonido hasta el último escalón, donde llegó a un descanso que terminaba en una puerta café oscura. Tom se acercó a ella, y giró el pomo hasta que la puerta cedió suavemente, cuando estaba allí comprendió que era un sector del servicio. Era una serie de habitaciones unidas por un pasillo algo estrecho, pero bien iluminado. Parecía acogedor. Al parecer era el sector de los dormitorios de los empleados del hotel. Tom se quedó quieto esperando identificar el sector de dónde salía el sonido. Pronto pudo percibir casi con total certeza que traspasaba una de las puertas. Y se dirigió a ella. La abrió lentamente, pensó que si la persona que estaba allí lo veía se armaría un tremendo escándalo, pero lo más probable es que él no estuviera allí físicamente, así que sin miedo encendió la luz para ver que había una cama desocupada. Tenía las frazadas, y ropa de cama doblada sobre ella, unos pasos más allá de la cama, había un closet pequeño, una pequeña mesa con un televisor, y junto a la cama una mesita de noche. Sobre ella una cajita de música, que insistía en emitir la misma nota. Tom se acercó, tomó la cajita y le dio la cuerda. Sobre un pequeño disco de cristal giraba una bailarina transparente, y grabado en el fondo de la cajita se leía en letras cursivas Antje. Los ojos se le humedecieron y no supo qué mas esperar, no entendía nada y sólo quiso volver con su amado.
—¡Bill, Bill! ¡Bill! —la luz ya estaba encendida, y el pelinegro asustado abrió los ojos buscando a Tom. El chico estaba a su lado llorando.
—Cariño, estoy aquí, calma, calma —y lo abrazó —¿fue uno de tus sueños? —Tom asintió —cuéntame.
—Ese sonido me despertó, y lo seguí por el pasillo, bajé muchos escalones, hasta que llegué al área de servicio, escuché el sonido allá, era como de una cajita de música que estaba trabada, abrí la puerta y no había nadie, estaba desocupada, la cajita estaba sobre la mesa de noche, le di cuerda y comenzó a sonar correctamente, y adentro, en el fondo de la cajita decía Antje. Ella estuvo aquí. Pero si estuvo aquí, ¿por qué no ha ido a buscarnos?
—Tal vez no puede.
—¿Qué hora es?
Bill miró su reloj —Pronto serán las 5, durmamos un poco más.
—No puedo, quiero saber si está ahí, si es verdad.
—Mi vida, por favor.
—No, no, necesito saber —Tom se levantó, se vistió de la misma forma en que lo hizo en su sueño. Enfundado en su bata, bajó las escaleras hasta la recepción —Señor, necesito una información. Me hospedo en la habitación 311, soy Tom Trümper.
—Dígame señor Trümper.
—¿Hubo alguna vez, hace poco más bien, una mujer llamada Antje entre los funcionarios del Hotel?
—Pues… No estoy autorizado a dar información confidencial sobre la planta de trabajadores del hotel.
—¿Y quién lo está?
—El jefe del personal.
—De acuerdo —sonrió Tom —en todo caso, no tiene tanta importancia —hizo un gesto con la mano para minimizar la relevancia del asunto —buenas noches. —Subió las escaleras pero en vez de partir hacia su habitación, bajó por la otra escalinata que ya conocía, llegó al descanso y abrió la puerta tal como lo hiciera en su sueño. No había nadie en ese pasillo. De pronto sintió ruido, y contuvo el aire, si lo veían ahí tendría problemas con la policía, avanzó sigiloso hasta la habitación que reconocía como la de su visión. Abrió la puerta, justo a tiempo cuando de la habitación contigua salía alguien, así que alcanzó a entrar sin ser visto. Encendió las luces, y no se extrañó de ver allí la cajita de música. Buscó en la gaveta de la mesa de noche, pero estaba vacía, casi… Porque un pequeño cartón de nos más de tres centímetros reposaba en el fondo del cajón con un número largo escrito a mano, que Tom reconoció como un número telefónico, que sin embargo le faltaban los primeros dígitos. Guardó el cartoncito en la cajita y salió lo más rápido que pudo. Cuando llegó al pasillo del piso en que alojaba, vio que Bill también venía llegando a la habitación —¿de dónde vienes? —preguntó Tom.
—¡Tú! ¡De dónde vienes! —contra-preguntó molesto Bill —me preocupé, no llegabas, fui a recepción a buscarte y no estabas.
—Fui a buscar la cajita de música, y encontré un número telefónico.
—Ven, entremos, no es bueno hablar de esto acá afuera —los jóvenes ingresaron a su habitación.
—Bill, ¿recuerdas que te dije que algo me había encontrado en la tumba? —el muchacho asintió —era una tarjeta que tenía un número de teléfono, pero le faltaban los primeros tres dígitos, porque la tarjeta está rota, la encontré entre los terrones de tierra, en la tumba excavada. Sobre esos números se alcanza a ver dos letras, A K
—Antje Kaulitz.
—Exacto, es lo que pensé, ella no está muerta, eso creo.
—Es mejor que no nos hagamos ilusiones de aquello, puede que sea otra Antje.
—Puede ser, sólo tenemos estos números, pero le faltan esos dígitos, y quiero compararlo con el número que encontré ahora —le pasó la cajita a Bill, y buscó algo en los sucios pantalones que había usado durante el día. Sacó la tarjeta y la comparó con la que tenía guardada en la cajita. Al abrir la tapa, ésta empezó a sonar, erizándole cada vello de su cuerpo. En su sueño ya la había escuchado, y la cerró rápidamente —Mira, comparten todos los dígitos, y curiosamente le faltan los mismos dígitos. Esos son los que te indican la ciudad o el distrito. Será interesante llamar.
—Sí, y con ayuda de la policía podremos averiguar dónde está Antje o qué información hay en este hotel de ella.
—¿Pero no sería más rápido que nosotros viéramos eso en algún computador de las oficinas del hotel?
—¡¿Qué?! ¡No, Tom! ¿enloqueciste?
—Yo presiento que aquí hay información, y no podemos perder más tiempo.
—Y yo presiento que vamos a terminar en la cárcel. ¡NO!
—Es sencillo, mira, vamos hasta recepción, justo detrás están las oficinas y pues tú distraes al chico que está ahí. Anda vístete y ponte bello.
—¡¿Qué?! Tú estás enfermo. ¡No lo haré!
—Entonces me las arreglo yo solo, ¡cobarde! —y el chico de melena rubia se dispuso a salir de la habitación.
—¿Vestido así?
—Pues claro, ¿qué tiene?
—O sea, sólo yo necesito ponerme bello para esta misión.
—Sí, yo no necesito arreglarme para ser bello —y el chico rubio salió.
—¡Tom! ¡Vuelve! —pero el voluntarioso muchacho ya iba bajando —¡Mierda!
Cuando Bill llegó a la planta baja, Tom discutía sobre algo con el joven recepcionista. Se acercó curioso de saber de qué conversaban. Pero decidió agazaparse detrás de un sillón, mientras esperaba a ver si uno de los dos se movía.
—¿En serio no tiene forma de verificar que de verdad mi todo-terreno está seguro?
—Lo siento señor, pero le puedo asegurar que el vigilante está atento…
—Oiga, yo vi por la ventana que se paseaba ese hombre entre los vehículos, y del vigilante no supe nada.
—¿De cuál ventana observó…?
—Eso no le importa.
—Está bien señor, yo verificaré que todo esté en orden. Si me espera un momento, podré darle la respuesta ahora —el joven ingresó por un momento por una puerta lateral.
—Menos mal —Tom vio a Bill y le susurró indicando la dirección con las manos —quédate aquí, yo voy a entrar.
—Estás loco de remate —le respondió el pelinegro también en susurros.
Pero esa observación no fue suficiente para que Tom cambiara de opinión. De pronto el recepcionista volvió.
—¿Y el señor Trümper?
—¿Quién?
—El joven rubio que estaba aquí recién.
—¿Mi novio?, ¿perdió a mi novio?
—Sí, ¿su-su nov?…, el señor Trümper, estaba aquí… ¡Yo no lo perdí!
—¡Cómo que no!, ¿sabía usted que es sonámbulo?. Yo lo dejé consignado en el momento de la reservación. La idea es que no se le debe alterar, ni hacer enojar por nada, y hay que seguirle la corriente, si no, se pone muy violento. ¿Puede ver si está en los pasillos hacia el servicio?
—Tal vez entró aquí a las oficinas…
—¡NO! No, no para nada, yo lo hubiera visto.
—Sí, tiene razón —y el joven contraviniendo las instrucciones de nunca dejar solo Recepción, partió hacia el área del servicio.
Tom usaba el computador con la mayor agilidad que le permitían sus dedos, había elegido el PC al azar, se odiaba por no andar trayendo una memoria USB. En internet buscó el programa para sacar screens y lo descargó descaradamente. Puso en el buscador del PC el nombre de Antje, pero sin apellido, dudaba que ella usara el Kaulitz. Los segundos parecían siglos mientras el procesador leía los archivos buscando ese nombre, las direcciones se sucedían velozmente, pero no tanto como él lo deseaba. Mientras tanto, accionó en el menú del programa descargado, el ícono Captura de Pantalla Completa. El buscador anunció que se habían encontrado tres archivos con ese nombre, y sin demora los abrió. El primero señalaba fechas de ingreso, de días y horas trabajadas, todas las fechas eran del año 2008. Sacó la screen, y cerró ese archivo para abrir el siguiente, y allí estaban las palabras mágicas, Currículum Vitae, con los dedos temblorosos hizo doble clic, y apareció la hoja de vida de Antje, alcanzó a ver la dirección del hotel como residencia de la mujer, y eso lo decepcionó un poco, esperaba tener más luces sobre ella, de dónde podría estar en realidad, luego se fijó en el apellido, era King. Con rapidez capturó la pantalla, cerró el archivo y abrió el tercero que mostraba el salario recibido mes tras mes mientras trabajaba allí. Capturó una vez más la pantalla, y cerró. Todas las imágenes las había guardado en el escritorio, así que abrió su correo, marcó Nuevo, y se envió un mail a la otra cuenta de correo que tenía con archivos adjuntos, las screens que había capturado, luego se envió los documentos como archivos adjunto, pero sacados directamente de los archivos del PC, así tendría dos veces cada documento, para asegurarse.
—¿Te falta mucho? —preguntó despacio, un desesperado pelinegro desde la puerta.
—Nooo
—Date prisa, ya viene, ya viene.
Cerró todo, y tanto las imágenes que había guardado en el escritorio como el programa que había descargado fueron eliminados. Sabía que no tenía tiempo de borrar las pruebas de su delito totalmente, pero por lo menos no quedarían a la vista del usuario frecuente de ese computador.
Con sigilo se paró de su asiento, y se acercó a la puerta, justo en el momento en que el joven recepcionista regresaba —lo siento señor, pero no hay rastro de su n-n-novio. Tal vez fue al estacionamiento. Él me habló de su vehículo, que había visto a alguien…
—Entonces para allá se fue, lo que sucede es que él sueña y cree que esos sueños son reales, está algo loco ¿sabe? —dijo Bill mientras miraba hacia la puerta de las oficinas de reojo, mientras Tom le mostraba el dedo medio, gesticulando con su boca un ¡que te den!
—¿Y qué hacemos ahora? Sabe, yo estoy a prueba, y no quiero perder este empleo.
—Ah no te preocupes —y luego tomando un tono de voz de complicidad agregó —yo no diré nada, no se preocupe. Puede echar una mirada afuera mientras yo lo voy a buscar a mi habitación, quizás regresó y no me di cuenta.
—Claro, eso haremos —respondió el inocente muchacho, quien salió a mirar la tranquila plaza que contrastaba notablemente con el bullicio y el movimiento de gente durante el día. Bill partió escaleras arriba, haciéndole un guiño a Tom. Esa fue la oportunidad que el chico de melena rubia tomó para salir sigilosamente y con rapidez de las sombras de aquella oficina, y subir las escaleras lo más rápido que sus zapatillas de descanso se lo permitían, de improviso una de ellas se le salió del pie, cayendo tres escalones más abajo, justo en ese instante cuando Tom se agachaba de una manera muy poco elegante a recoger el calzado, sonó el ring del teléfono, y el recepcionista regreso rápidamente a responder. El de melena rubia contuvo el aire, se quedó quieto con el trasero parado, con un brazo estirado, intentando alcanzar la zapatilla sin bajar los escalones, rogando no ser visto, cerró los ojos y esperó… —Hallo. ¿Sí? Ajam ¿Reservaciones para cuando? —Tom aprovechó esa circunstancia para salir huyendo, retumbando sus pisadas por el hall del hotel. El joven que hablaba por teléfono, volvió su rostro en aquella dirección, pero no vio a nadie.
—¿Qué tanto hacías en esa oficina? Casi morí un par de veces por la ansiedad. —Bill había sentido como si Tom se hubiese demorado un siglo en llegar a la habitación, y esa fue la gota que colmó el vaso.
—Pues cuando encontré los archivos, le saqué un par de screens, para enviármelas por correo a mí mismo y…
—¿Pero es que acaso no era más sencillo sólo adjuntar los documentos, enviarlos y ya?
—¿Y qué tal si no eran enviadas, por ser muy pesadas, o qué se yo? Su nombre era Antje King, eso alcancé a leer —se quedó un momento en silencio —es posible que después de todo sólo sea otra persona con las mismas iniciales, con el mismo nombre —resopló y se sentó en la cama con desazón —como sea también sólo adjunté el archivo y me lo envié, y las screens por si había algún problema en el envío del otro mail —Bill rodó los ojos —más vale asegurarse —el pelinegro amó cada gesto y palabra de su amado. Tom era tan él, tan particular, y sólo pudo expresar ese sentimiento tomando el rostro de su chico y besarlo con ternura —¿vamos a caminar? —le preguntó el muchacho rubio con los ojitos llenos de ilusión —vamos a ver el amanecer.
—Me parece una estupenda idea —le respondió el mago, dejando otro beso fugaz en los labios de Tom. Rápidamente se cambiaron de ropa, se abrigaron, Tom se dejó el cabello suelto y salieron por la puerta principal, ante los ojos atónitos del recepcionista.
Tomados de la mano, por las calles vacías, bajaron desde el Hotel Gasthof hasta el sector de la marina llamada Segelhafen, pasaron por el Bodensee Yachtschule para seguir luego hasta el Lindauer Hafen. Las luces del muelle y de los edificios se reflejaban en las tranquilas aguas del Lago Constanza. La vista era hermosa, y estaba todo tan quieto y silencioso todavía. Tom se afirmó de la baranda, y Bill lo abrazó por la cintura ubicándose muy pegado a él, a su costado, hundió su cara entre el cabello de su amado, y le dijo callado —hueles tan bien.
—No he llamado a mi madre. He querido, pero no puedo. Siento… me siento tan extraño ¿sabes? Ayer le envié un mensaje todo apurado, breve, diciendo que estoy bien, que mi viaje se alargó.
—Tienes miedo.
—Sí. Me he preguntado en estos días por las veces que tal vez pensó decirme que no soy su hijo… tú sabes… su hijo biológico, imaginando su lucha interna por no atreverse, he imaginado las conversaciones con papá al respecto, luego me digo que tal vez ni siquiera se lo han planteado, tal vez nunca han querido decírmelo para evitarme sufrimientos. Y lo más extraño es que me siento culpable yo, por ocultarles que lo sé. Siento que al pensar en Antje con afecto los traiciono de algún modo.
—Cariño, nadie te puede culpar por buscar tu verdad. Es tu derecho —Tom se dio vuelta para quedar de frente a Bill, abrazándose con más fuerza.
—A veces he sido un cretino. En otras tan inmaduro. Pero nadie me puede negar que este par de semanas han sido tan sui generis, tan extrañas. Cualquier otro hubiera preferido huir y seguir con su vida tal cual, sobre todo con una vida como la mía, teniendo todo lo que he querido, unos padres y una familia amorosa, amigos, buenos amigos, dinero, estudiando en Berlín la carrera que siempre deseé estudiar, soy buen estudiante, y mis calificaciones son de las mejores, he tenido amiguitas, amantes y novias para todas las ocasiones —ambos se rieron —pero me enamoré… otra vez tal como hace siglo y medio, y sé con absoluta certeza que este sentimiento no va a desaparecer, seguirá creciendo si eso es posible, y no me importa si los demás lo entienden o no —Bill acaricia los cabellos de Tom y se besan suavemente —mamá se va a morir cuando sepa que yo sé que fui adoptado, que estoy enamorado como un loco perdido de un chico, y que este chico es mi hermano gemelo. Papá se va a enfurecer, va a poner el grito en el cielo, luego se va a poner sentimental, y me abrazará, me pedirá disculpas… ooohh, sin embargo, a pesar de que los conozco tanto que sé exactamente cómo van a reaccionar, aún así se me encoge el corazón de pensar en ese momento de la verdad —Tom acariciaba la espalda de Bill, y luego con su dedo índice dibujó el contorno del rostro de Bill —mis amigos y mis amigas me envidiarán cuando vean cuán hermoso y perfecto es el amor de mi vida.
—Van a envidiar este amor que te tengo.
—Sí, no todos tienen la dicha de ser amados como tú me amas, ni de amar como yo te amo —Tom sonrió —¿no crees que estamos siendo demasiado cursis?
—Estamos junto a un hermoso lago, en una ciudad preciosa, viendo cómo va aclarando el día junto a la persona más especial del mundo. Tenemos motivos para ser cursis. ¿No crees? —sonrió. Tom advirtió el temblor de su pelinegro.
—¿Tienes frío? —le preguntó abrazándolo más estrechamente.
—Un poco.
—¿Quieres regresar al hotel?
—No. Mejor vamos a caminar por el muelle, y hacemos tiempo hasta que podamos tomar desayuno en algún café. Quiero caminar por las calles contigo tomado de la mano como cualquier pareja. El sol ya va a salir y el frío va a desaparecer —Tom se sintió emocionado con las palabras de Bill. Él también se sentía feliz de verse y comportarse como una pareja normal con su amado. Todos dirían son gays, pero eso ya no le importaba.
Abrazados por la cintura, caminando uno al lado del otro avanzaron por el camino junto al lago mirando los coloridos botecitos y yates en la marina del muelle. Se veían un par de barcos en la rada. Poco a poco la ciudad se iba despertando y los primeros turistas comenzaban su deambular por las calles al amparo de los primeros rayos del sol. El día se veía esplendoroso, el cielo parecía tan transparente, con su azul intenso surcado por rayos rojos y dorados provenientes del sol matutino. A lo lejos se veía la otra orilla, el lado suizo del lago, y el horizonte del cielo recortado por Los Alpes un poco más allá. —Creo que amo a Baviera —dijo feliz el de melena rubia.
—Ha sido mi único hogar, creo que lo conozco todo, desde la frontera con Suiza y Austria, hasta el límite norte con el resto de Alemania. Yo quisiera seguir aquí.
Tom de pronto recordó algo de mucha importancia —pero Bill, yo estudio en Berlín, y me faltan dos años para terminar con todo y obtener mi grado.
—Creo que no habíamos pensado en eso… ¿Y quién cuidará de tus propiedades? Y yo no sé si podría vivir en Berlín, tan lejos de los Alpes, de los lagos y de los bosques de Baviera. Sólo haría una excepción.
—No hablemos de eso ahora, me pone triste y hoy es un hermoso día junto a ti.
—Pero lo hablaremos eventualmente Tom. Porque no nos vamos a separar y así como no puedo imaginarme en otro sitio que no sea Baviera, tampoco puedo imaginar la vida sin ti, a mi lado. Pero también están tus planes previos a conocerme, el de ser un profesional con grado universitario, y estoy muy orgulloso de ti por eso —Tom se quedó callado —no te pongas triste, buscaremos la forma de estar juntos y al mismo tiempo continuar con nuestros planes individuales.
—Pero a veces es necesario hacer sacrificios. Ya sabemos que deberemos seguir haciéndolos si queremos envejecer juntos, como siempre quisimos.
—¿Estás dispuesto a hacer sacrificios por nuestro amor?
—Sí, ¿y tú?
—Claro que sí amor. Los Alpes no se irán a ningún lado, tampoco los lagos y los bosques. Aunque los extrañaría a morir.
—Y yo no estaré toda la vida estudiando. Sólo serán dos años, y podríamos estar juntos en las festividades, los meses de verano, en el invierno, la navidad… debe ser hermoso pasar las navidades entre Los Alpes, junto a ti, en tu cabaña. Bill —el de melena rubia se detuvo, lo que quería decir necesitaba de toda la atención de su pareja. Con los ojos brillantes por la emoción miró los otros idénticos a los suyos que igualmente emocionados le contemplaban llenos de amor —Bill yo quiero compartir todo contigo, los días buenos y los días malos, aunque no quisieras verme nunca más, no dejaré de seguirte por donde tú vayas, así como tú me has esperado incansablemente, siéndome fiel antes de que yo tuviera conciencia de que existías realmente, mientras yo follaba con la primera escoba con falda que veía.
—Tonto. Yo sé que si…
—Que si yo hubiera sabido que iba a encontrar el verdadero amor, hubiese esperado… te hubiera esperado, ninguna de mis antiguas historias valen la pena de ser recordadas, ninguna de esas historias vividas las recuerdo ya.
—¿Dejaste alguna novia o amante esperándote? No es que piense que apenas puedas te irás con alguien más, pero es que ni te lo había preguntado, asumiendo que…
—No, no. Son cosas de la vida. ¿Sabes? Hacía algunos meses que estaba sin salir con nadie. La universidad me estaba matando la vida social y sexual.
—Bueno, eso me alegra —rió Bill. Y luego lo besó con pasión. Tom amaba esa nueva sensación que le daba el piercing en la lengua de Bill, no pudo evitar recordar aquella otra sensación con ese mismo piercing en su sexo, la lengua húmeda, suave y caliente lamiendo su pene. El calor comenzó a invadirlo, y el deseo hizo su triunfal entrada a su mente, a su cuerpo —no es que no quiera amor mío, pero no quiero truncar este paseo —dijo Bill intuyendo lo que le pasaba a Tom, al fin y al cabo también le sucedía a él.
—Podré sobrevivir ¿será que ya hay algún café abierto? —miraron hacia los edificios que daban hacia el muelle.
—Allá veo uno, vamos —al entrar al acogedor café de manteles cuadrillés con rojos y blancos, servilletas con el mismo estilo, con mucha madera, y pequeños barrilitos como los que usan los perros San Bernardo, que adornaban las paredes y alguno que otro motivo marino, siendo ese un lago, todo a su alrededor tenía ese aire característico de las ciudades portuarias. Estaban felices de pasar un rato agradable bebiendo una taza de café caliente, con un par de croissant, un delicioso pastel de fresas, más la vista hacia el lago que comenzaba su agitada jornada de paseos en barco para los turistas, todo era tan agradable, tan apacible —¡Alexa! —recordó de pronto Bill. Tom sacó su teléfono y llamó al hotel.
—Sí, soy Bill Koening —Bill se rió por el atrevimiento de Tom –necesito que le dé el siguiente mensaje a la señorita Alexa… ¿cuál es el apellido? —le preguntó susurrando a Bill.
—Emmm… ¡Haider!
—Alexa Haider, en caso de que se despierte y pregunte en recepción, dígale que regresaremos en unos momentos, que todo está bien. Sí, muchas gracias.
—¿Acaso no sabes que es ilegal utilizar la identidad de otro?
—¿Me vas a castigar? —Tom se lamió los labios descaradamente.
—Creo que es hora de recordar ciertas torturas amatorias —Bill miró a su chico con ojos hambrientos.
—Vámonos entonces —Tom dejó suficiente dinero para pagar la cuenta y para la propina sobre la mesa, y salieron tal como llegaron, tomados de la mano.
La caminata de regreso estuvo llena de juegos y bromas, como dos niños que descubren las cosas buenas de la vida, sin prisas, sin otras urgencias por ahora más que las exigentes demandas de sus cuerpos excitados, ansiosos, con todo el calor del preámbulo antes del sexo. Eso hizo que volver al hotel fuera mucho más rápido de lo que fue salir de él. En recepción pidieron la tarjeta, y les tranquilizó saber que, según la información que les entregaban, Alexa aún dormía.
Llegar al cuarto, entre risas y besos, demoró mucho menos aún. Tom con torpeza le quitaba la ropa a Bill sin soltar sus labios, mientras el pelinegro hacía intentos por introducir la tarjeta en la ranura sin mirar. Cuando por fin la puerta se abrió, el impulso apasionado de Tom hacia el cuerpo de Bill, hizo que ambos entraran a tropezones, breve lapsus en que se soltaron, distancia que no demoraron en acortar para volver a unirse con ansias, mientras la ropa desaparecía de sus cuerpos para volar por los aires en cualquier dirección. Con desesperación Bill atrapó con sus labios uno de los pezones de Tom, y un sonoro quejido de la boca de éste fue la señal para incitarlo a tomar con sus dos manos sus nalgas y así frotar mejor su erección en el entrepiernas del otro chico —¡Oh Bill!
—¡Ejem, err ejem! —fue el carraspeo en una garganta femenina. Bill y Tom miraron atónitos en la dirección de aquel sonido. Los dos desnudos, Bill con las manos en los glúteos de Tom, y éste con las manos metidas entre las piernas del pelinegro palpando sus testículos. Una posición erótica y demasiado íntima como para aceptar su exhibición a una inesperada espectadora —lo siento —dijo Alexa, intentando ocultar su risita mordiéndose los labios.
—¡Date vuelta!
—¡Lo siento, lo siento! —dijo la chica al tiempo que se reía despacito y se volvía hacia la ventana dándole la espalda a los dos que se apresuraron en cubrir su desnudez con lo primero que encontraron, acción que no fue suficiente para ocultar sus erecciones…
—¡¿Qué haces aquí?! ¡Se supone que aún estás durmiendo! —preguntó histérico Bill.
—¡¿Y cómo entraste?! —preguntó a su vez el de melena rubia.
—¿Ya me puedo dar vuelta?
—¡NO! —respondieron a la vez los dos muchachos.
—¡Como si yo no hubiese visto pollas antes!
—¡La mía no! —respondió molesto Tom. Y Bill comenzó a reírse, primero suavemente y luego a carcajadas —¿Qué es tan gracioso? Mira que esta cosa no quiere bajar. Bill se puso el suéter de Tom al revés, los boxers y sus pantalones. El rubio se puso los pantalones sin los boxers, y desesperado buscó algo más para ponerse, conformándose con su chaqueta sobre el torso desnudo
Bill dejó de reír, y se acercó insinuante a Tom — si quieres ignoramos acierta persona y seguimos con lo nuestro —indicó a la chica haciendo un gesto con su boca.
—¡¿Qué?! —exclamaron Alexa y Tom.
—Perdón. Mi intención no era ver una escena porno en vivo.
—Ya viste la introducción, no te hagas ahora —le respondió molesto el rubio —pudiste interrumpirnos antes de quedar desnudos.
—Lo siento —repitió la chica.
—Ya. No lo sientas tanto y dinos qué pasa —le exigió el pelinegro.
—Bueno, tú sabes que Andreas y yo pues… Nos distanciamos por toda esa cosa rara del tiempo. Y luego me fui a casa y llegó este hombre, y bueno, entonces me vine, en realidad me trajo obligada, y me escapé, te conté que me había escapado…
—¡ALEXA! —le cortó Bill, respiró profundo contando hasta cinco, luego preguntó con voz suave —¿puedes decirnos de una vez qué haces aquí?
—¿Y cómo entraste? —volvió a preguntar Tom.
—Usé cierta estrategia con mi figura para convencer a cierta personilla de recepción que necesitaba entrar a su cuarto, y como ustedes llamaron, pues eso facilitó todo. Aquel chico es muy ingenuo y…
—¡ALEXA, habla de una vez antes de que te convierta en sapo!
—¿Puedes hacer eso Bill?
—¿Cómo se te ocurre Tom? Es sólo que ella me saca de quicio.
—¡Uff qué pena!
—A ver, a ver —dijo Bill tomando aire para calmarse —Alexa, yo sólo quiero una simple respuesta —dijo con aire conciliador, sabiendo que ya no aguantaba ni un segundo más de cantinfleo —¿a qué mierdas viniste a nuestro cuarto?
—Bueno, me sentí mal por no hablar más con Andreas, así que lo llamé y le conté dónde estaba y por qué, y me preguntó por ustedes y que me dijo que Tom tenía su celular apagado, que el hombre ese está allí en algún lado, se apareció por allá, llamaron a la policía, pero no lo encontraron, y por las ventanas lo ven pasearse entre los árboles. La policía ha estado allí, están asustados.
—Pero mi celular ha estado encendido… —le interrumpió el ring sostenido del teléfono de la habitación. Bill se apresura en responder.
—Hallo. Andreas, ¿qué sucede?… Sí, Alexa nos contó algo… No, no, no sé qué pasó, porque Tom ha tenido encendido su celular y… ¿Está allí Storm?… Mierda, sí, nos vamos ahora… Sí, lamentablemente Alexa anda sin su escoba así que… Exacto, nos toca irnos en los vehículos. Adiós.
—Ja ja, qué gracioso eres mago.
—Sí, mira no te quejes tanto, que te dejamos aquí. Tomi, vamos, hay problemas en Liz Garten.
—¿Pero y lo de Antje?
—Creo que tenemos que posponer esa investigación.
—No te entiendo Bill. Antes de ayer te viniste sin sentir remordimientos por dejarme solo, todo por venir a investigar, y hoy te vas sin cumplir tu cometido porque ese hombre, que es capaz de anticipar tus movimientos, está allá. En Liz Garten hay cinco hombres, además de la policía, se pueden cuidar entre todos. ¿No te das cuenta que lo que desea ese hombre es que nos rindamos, que no encontremos a Antje?
—Tom tiene razón.
Bill se quedó pensando. Debía reconocer que Tom estaba en lo cierto, Storm seguía manipulando las situaciones para obligarlos a hacer lo que él quería —Ok, ¿y qué hacemos entonces?
—Averiguar sobre estos números que tenemos aquí. Si lo preguntamos nosotros a la compañía no servirá de nada, es información confidencial. Necesitamos un contacto, alguien que tal vez tenga modo de averiguarlo con facilidad.
—El señor Scott, del periódico.
—Sí, nos duchamos y partimos.
—¿Entonces no iremos a casa? —preguntó la muchacha algo contrariada.
—No, mejor vete a duchar y arréglate para salir, que te quiero donde mis ojos te vean, y no es que me gustes —le respondió cortante Bill. La chica resopló y salió de la habitación disgustada.
—Necesitamos internet dijo Tom.
&
Antes de ir al periódico decidieron pasar a un ciber-café, para imprimir las hojas del vitae de Antje.
—¿Ves? Sólo aparece el hotel como residencia particular. —dijo Tom algo triste.
—Y sólo aparece información de que había trabajado antes en otros hoteles de la zona. Pero mira no hay antecedentes de mucha antigüedad.
— No, y la fecha de nacimiento registra sólo el año 1974. ¿Recuerdas lo que decía el árbol genealógico? Me parece que era el mismo año. Yo no recuerdo muy bien, porque mi memoria falló con la mamada que me diste antes —los chicos se rieron y Alexa rodó los ojos.
—¡Hombres! ¡Y gays para colmos!
—Nos queda lo de los teléfonos.
—Sí, vamos.
La boca abierta de la chica rubia, y sus ojos que se paseaban de un rostro al otro, y luego a las manos entrelazadas de Bill y Tom, eran todo un espectáculo. Tanto, que Alexa no pudo evitar reírse de la chica.
—Buenos días —dijo la rubia intentando sonreír.
—Buenos días, buscamos al señor Scott —preguntó Bill.
—Sí claro, pueden pasar. Está desocupado. Pregúntenle si los puede atender —los tres chicos se acercaron a la puerta y golpearon suavemente.
—¡Adelante!
—Hemos vuelto a importunarlo señor Scott —dijo Tom asomando su rostro, mientras abría la puerta.
—¡Oh qué sorpresa verlos juntos por aquí!
—Sí, venimos con una amiga además, Alexa —el hombre hizo una leve reverencia con la cabeza a modo de saludo —necesitamos su ayuda, otra vez —agregó el pelinegro.
—Si es que está a mi alcance, ningún problema.
—Encontramos estos números telefónicos y no sabemos de dónde son, pues le faltan los primeros dígitos —Tom le pasa ambas tarjetas.
—¡Vaya! Qué interesante. A.K. ¿Acaso es lo que estoy pensando?
—Parece —dijo Tom.
—¿Dónde lo encontraron si se puede saber?
—En el cementerio.
—¡Uff, qué fuerte! Por ahora voy a reprimir mi ansiedad de periodista por saber detalles. Creo que conozco a alguien que nos puede ayudar —el hombre tomó el teléfono y marcó un número —Brenda, hola querida, mira estoy haciendo un reportaje y necesito averiguar de dónde es este número telefónico… —Tom se acercó a mirar unos cuadros, habían varios galvanos de premios obtenidos, algunas fotografías de Scott con cara sonriente recibiéndolos. Bill observaba a su vez al chico. Era extraño que Tom se distrajera en ese momento. El rubio se sintió hipnotizado por un cuadro de la pared. Era una pintura hermosa donde se destacaba la cúpula de una torre con un reloj, y un gallo en la punta recortado sobre un lago azul. No podía quitar sus ojos de esa imagen —claro, si sólo tenía estos cuatro dígitos… Claro, falta el prefijo telefónico… De acuerdo esperaré tu llamado. Gracias Brenda. —Scott colgó y miró a los muchachos —ahora sólo queda esperar.
—Este lugar me parece hermoso —el rubio le indicó el cuadro.
—Sí, sí, lo pintó mi hija hace unos años para un proyecto de la escuela, me gustó tanto que no pude evitar ponerlo aquí —el hombre se puso de pie y fue junto al chico a observar de cerca.
—¿Qué lugar es?
—No lo sé, la verdad es que no recuerdo, pero creo que ella lo escribió al reverso, veamos —sacó el cuadro de la pared y quitó la parte posterior de éste, donde con letra algo infantil se leía, Staffelsee. —¡Ah! Eso queda como a dos horas de aquí… —el teléfono sonó y Scott se acercó —qué rápida es usted… Jajaja, sí, ¿lo tienes? Ajam, ajam —decía mientras anotaba algo en un papel —de acuerdo, linda te debo una —el hombre colgó, frunció el seño —creo, muchacho, que tendrás que contemplar ese lago con tus propios ojos, el prefijo, que era lo que faltaba de este número corresponde a Murnau am Staffelsee, aquí están los números que faltaban el 08841 y la dirección de ese número. Una rara coincidencia, ¿no crees? —dijo señalando la pintura en la pared.
—Yo no creo en las coincidencias —comentó Bill sonriente. Se despidieron del hombre, pero antes de salir éste los detuvo.
—Esperen, ya sé que lo que les voy a pedir es algo descabellado, pero soy periodista y ese defecto no lo voy a mejorar nunca —rió, se acercó a los jóvenes —cuando terminen su búsqueda, cuando tengan los cabos sueltos bien atados ¿podrían venir a contarme lo que pasó?
—Se lo debemos señor Scott, volveremos a contarle lo que averigüemos. —el hombre sonrió conforme.
—Está bien, a recoger todo. Partimos hacia Murnau —indicó Tom decidido una vez fuera del edificio.
&
La carretera sinuosa y húmeda aún hacia Murnau, lo tenía algo cansado. Durante todo el camino había ido a corta distancia de Bill. Alexa se había acomodado en el asiento trasero y se había quedado dormida. Así que el silencio lo estaba matando de sueño. Se lamentó no haber dormido algo más, ahora necesitaba estar alerta, las curvas de la carretera podían ser muy peligrosas. Las montañas con restos de nieves en su cimas, con nubes dispersas entre las colinas descendentes, mezcladas con los espesos bosques de coníferas, le recordaban lo misterioso que le parecieron esos parajes en su ida hacia Lindau.
Minutos después el camino antes cerrados de montes ahora se abría para mostrar el encantador valle de pueblos y villas rodeados de lagos. La pequeña ciudad de Murnau con sus cafés abiertos hacia la calle, llenando de mesitas las veredas, llenaba el ambiente de risas y amenas conversaciones. Se veía mucha gente joven con mochilas al hombro, seguramente iban de excursión a las montañas o algo así. Tom no pudo evitar sentir un poco de envidia, menudas vacaciones que le habían tocado vivir.
Los tres jóvenes ahora buscaban la dirección que el señor Scott les había entregado. Preguntaron a varias personas, hasta que se decidieron ir al ayuntamiento, seguramente había allí alguna oficina de informaciones para gente despistada como ellos. Bill entró a preguntar mientras Tom se fumaba un cigarro junto a Alexa. Ambos estaban en silencio. De pronto el rington del celular de la chica comenzó a llamar insistentemente.
—Andreas, estamos en Murnau… Mmmmm, queda como a dos horas de Schönau. Estamos averiguando algo y luego nos regresamos… ¿No lo han visto? Quizás se aburrió. De acuerdo, hablamos más tarde.
—¿Está Storm rondando todavía?
—Dice que no lo han visto más. Tal vez se fue. Bill dice que en el día ese hombre no hace muchas cosas raras.
—Sí al parecer, necesita de la oscuridad para realizar sus fechorías.
—Ok listo, ya me dijeron por dónde es. Queda a cinco cuadras de aquí. Vamos en los vehículos —comenzaron a caminar hacia el estacionamiento.
—Bill, Andreas dice que Storm ya no está rondando la mansión.
—Puede que haya ido al baño.
—Qué gracioso —reclamó Tom.
—Tú quisiste venir, ahora no te vengas a preocupar por él y la mansión. Terminemos esto. Tengo hambre, estoy cansado. Además no he tenido sexo —Bill miró con reproche a la chica. Y Tom se ruborizó recordando el incidente de la mañana.
—No seas egoísta —le reprochó la chica —en esa mansión hay gente que no tiene nada que ver en el asunto de ustedes, y puede costarles caro estar allí.
—¿Andreas?¿Qué Andreas no tiene nada que ver? Me extraña Alexa que digas eso. Andreas es la reencarnación del otro Andreas, Georg es el mismo Georg de la antigüedad. Y Gustav…
—Gustav es la Ricitos de Oro —rió Tom. Bill no pudo contener la risa tampoco.
—Sí, esa chica… ¿Cómo se llamaba?
—Mariane —le recordó Tom. Habían llegado a los vehículos.
—¿Ves amor que mi mamada no te estropeó tanto la memoria? —y los colores púrpuras con todos sus tonos se hicieron presente en las mejillas de Tom. Bill se rió y se subió a su todo-terreno. Tom sin decir nada más hizo lo mismo al suyo, seguido por Alexa.
—Ese novio tuyo es tan desagradable.
—Bill, no necesita ser agradable con todo el mundo.
—¿Pero cómo aceptas que te haga bromas de ese estilo delante de una chica?
—Supongo que es su forma de decir que soy suyo.
—Tú no le perteneces Tom.
—Sí, desde antes de nacer.
—De acuerdo, no digo más. ¿Te molesta si me quedo en tu auto?
—No creo que Bill lo acepte, y yo tampoco —la chica se cruzó de brazos molesta resoplando.
—Tengo hambre y necesito ir a un baño.
—Yo también Alexa, y lo de follar que dijo Bill lo agrego a mi lista también. Si no fuera por tu oportuna visita, por lo menos una necesidad tendríamos satisfecha.
—De verdad los hombres tienen el cerebro en el pene.
Minutos después Tom se estacionó detrás del Freelander de Bill, en una callecita estrecha. El mago los esperó, y los chicos se bajaron. Alexa iba con un semblante cada vez más agresivo.
—¿Por qué será que aún me siento secuestrada?
—Eres una quejosa. Yo no sé cómo te aguanta Andreas —le respondió cortante Bill.
—Andreas es igual, pero en la versión masculina —comentó festivamente el rubio intentado distender el ambiente.
Llegaron a una casa amarilla, Bill llamó a la puerta, y esperó. Luego de unos segundos, se escucharon unos pasos y la puerta se abrió.
—¿Sí? ¿Qué desea? —preguntó la mujer por la puerta apenas entreabierta, con la cadena aún puesta.
—Disculpe, emm, tenemos esta dirección como posible residencia de una mujer llamada Antje, posiblemente Antje King.
—¡Ah! —exclamó la mujer y abrió la puerta —¿saben algo de ella? —sus ojos de un intenso azul brillaban más que hacía un instante y parecía consternada —desde que se fue hace algunos años no he sabido nada de ella. Pasen, pasen. Tomen asiento. Y díganme ¿por qué la buscan?
Bill miró a Tom pidiendo ser él quien hablara, Tom con un leve gesto de su cabeza le dio a entender que estaba de acuerdo —es una larga historia señora…
—King, Laura King —la mujer tenía aspecto bondadoso. Una abuela no muy madura, tendría unos cincuenta años. A pesar de las canas aún se apreciaba su cabello rubio, ondulado sujeto en un moño. Lucía dos zarcillos con piedrecillas del mismo color de sus ojos. Con seguridad debió ser muy bella cuando era joven —pues es extraño que ustedes vinieran preguntando por ella, si algo me dejó claro Antje es que nadie más la conocía. No tenía más familia que yo en el mundo. La pobre tenía una vida tan miserable, sin pasado, tan sola, sin recuerdos, sólo un sueño repetitivo que la atormentaba.
—Señora King nosotros, Tom y yo andamos buscando a nuestra madre, Antje Kaulitz, y una pista nos llevó a otra, y esa nos trajo hasta aquí.
—¡Oh mi Dios! ¿no son ustedes gemelos verdad? —los chicos se quedaron sin habla. Bill sentía que su corazón latía apenas, y las lágrimas empezaban a asomar. No llores, no llores, se dijo. Tom en cambio tenía los ojos húmedos, él ya había comenzado a llorar —¿cómo me dijeron que se llamaban? ¿Tom y qué más?
Continuará…