Waiting for you 31

CAPÍTULO 31

Bill se despertó por el incesante golpetear de la ducha. ¿Tom duchándose?, ¿qué hora era? Con un ojo abierto y el otro cerrado le echó un vistazo al reloj sobre la mesita de noche. Quince minutos pasada las cinco de la mañana. Demasiado temprano. Pensó seguir durmiendo, no había de qué preocuparse. Posiblemente había sentido calor. O quizás saldría a hacer ejercicios. Aunque nunca había visto a Tom en algo así, era de suponer que sí hacía actividad física por su cuerpo bien formado. O mejor aún ese cuerpecito hermoso podría estar junto a él en la cama y aprovechar que ya que estaban despiertos… Para… O tal vez sólo había tenido una pesadilla, por eso se estaba…

—¡Mierda! —dijo Bill, y se levantó rápidamente y con tranco acelerado se adentró en el baño —¿Tom? ¿Tom? ¡TOM!

—¡Qué! —el nombrado asomó la cabeza llena de espuma.

—¿Qué sucede? ¿Por q…?

—Soñé con ella en la casa abandonada. Debo volver. —Bill se sacó los boxers y se metió en la ducha —¡¿Qué haces?!

—¿Acaso crees que te dejaré ir solo? —Tom complacido lo abrazó y lo besó.

—No quería despertarte.

—Lo sé.

Minutos después cuando el reloj marcaba pasada la media hora, el Cadillac se enfilaba por el camino rodeado de coníferas. El trayecto era breve, pero al mismo tiempo se hacía largo debido a la ansiedad que los embargaba. Cuando llegaron a Kunterweg, redujeron al máximo su velocidad, intentando no hacer demasiado ruido.

—Sería bueno que escondieras el Escalade detrás de los árboles —señaló Bill, apuntando hacia el bosque que se extendía por los terrenos adyacentes a la casa. Tom obedeció pensando que era lo conveniente. Tomaron un par de linternas y una vez que comprobaron que el todo terreno no era visible desde la calle, corrieron sigilosos hasta la casa.

Cuando llegaron a la puerta Tom intentó abrirla sin éxito.

—Necesito los servicios de mi cerrajero personal —dijo a Bill quien concentrándose extendió su mano derecha para abrirla. Se introdujeron a la casa, y Tom encendió la única luz que funcionaba, tal como había visto en su sueño.

Se quedaron en silencio esperando algún movimiento —¿No trajiste tus espadas o dagas o cosas así por si acaso?

—Tom, eso es sólo para cuestiones energéticas. No se usan contra los vivos.

—Puff y yo que pensé que venía con guardaespaldas

Bill sonrió de manera burlesca —bueno, entonces pudiste haberle dicho a la abuela que viniera —y antes de que pudiera darse cuenta, Tom ya se abalanzaba por la alfombra para levantarla. —¿Qué haces? —susurró el pelinegro. Pero no fue necesario que el rubio le respondiera al ver en el suelo la compuerta camuflada en el mismo piso. Con dificultad Tom la levantó, mientras el mago le ayudaba dándole impulso hacia atrás.

Conteniendo el aire permanecieron unos segundos allí, mirando el agujero negro que se extendía al borde de sus pies. Tom levantó su mirada para enfocarse en los ojos marrones de Bill. El pelinegro pudo ver el brillo de ilusión y de ansiedad en la mirada caramelo de su amado. Sintió deseos de abrazarlo y confortarlo y decirle que aunque él sentía lo mismo, estaban juntos, y eso le bastaba. No lo abrazó, sólo le sonrió, pero fue suficiente para Tom que comenzó a bajar primero mientras el pelinegro sostenía desde arriba la linterna encendida para alumbrar los escalones.

El rubio se quedó estático junto a la escalera, y Bill bajó equilibrándose y sosteniéndose con una mano. Supo que la ansiedad mantenía congelado a Tom en la misma posición —apaga la linterna —le suplicó en un susurro.

—Tom, está muy oscuro —respondió el mago en un murmullo.

—Si lo deseas, alumbra hacia la escalera, pero no hacia acá. No quiero asustarla —Bill sabiendo que Tom estaba seguro de lo que hacía, no replicó y dirigió la luz hacia la escalera, pero provocando cierta claridad al el resto del cuartucho. Había un marcado olor a humedad que se mezclaba con el de orina, no había muebles, sólo un colchón sobre el piso, y sobre él, un montón de frazadas viejas, amontonadas sobre un bulto, formando una especie de nido. Se escuchaba la respiración tenue de ese alguien. Bill tragó saliva conteniendo las lágrimas. Nadie se merecía estar en ese lugar. Y si era su madre quien estaba allí su corazón se rompería. Nadie merece tanto sufrimiento, menos su madre que nunca le hizo mal a nadie. Quería correr y ver aquel rostro que apenas conocía más que de un par de fotografías, pero sabía que eso le correspondía a Tom. Sin su don jamás hubiesen llegado hasta ese momento.

El rubio, tal cual hizo en su sueño, avanzó lentamente, conteniendo sus ansias de terminar con aquella tortura de una vez. Se puso de rodillas junto a aquel cuerpo, y lentamente alargó su mano hacia los cabellos oscuros y largos que escondían las facciones de aquel rostro. Pudo ver que la persona permanecía en posición fetal hacia la pared, dándole la espalda a Tom. Éste, respirando apenas, mientras su corazón galopaba en su pecho, acarició suavemente su pelo. Ella se quejó, y luego dio un suspiro, para continuar con la respiración pausada. Entonces, por fin el rubio pudo ver el perfil de la mujer, era exactamente igual al de Bill, y sus ojos comenzaron a humedecerse. Un par de lágrimas se le escaparon, y bajaron por sus mejillas. Volvió a extender su mano y acarició, después de toda una vida, aquella piel que le habían negado. La mujer se movió en su lecho, pero Tom no quitó la mano de su mejilla.

De pronto, ella, que apenas se daba cuenta de lo que sucedía, comenzó a despertar. Cuando fue consciente de la sensación de la mano sobre su rostro, abrió sus ojos asustada y se irguió, sentándose de lado, apoyándose en sus huesudas manos. En medio del terror inicial que sintió ante aquella presencia extraña, no supo determinar si esa persona que estaba junto a ella era producto una vez más de sus fantasías. Pero luego ya no sintió miedo. Cuántas horas interminables de largos sueños, de viajar siempre hasta ver aquel rostro que ella imaginaba como el fruto de su vientre. Sangre de su sangre. Todo para ella. Su comienzo y su final. Estaba en aquel extraño recuerdo que se hacía sueño recurrente, las breves conversaciones imaginadas mientras sentía aquel desagradable sopor que le era impuesto. ¿Por qué?, ¿por quién? No sabía. Alguien había decidido de que ella no era digna de vivir como los demás. Y con el tiempo, había perdido el sentido de lo real y lo imaginario. Y ahora frente a esa sombra quieta a su lado, que había acariciado suavemente su mejilla no sabía distinguir si aún dormía, o si era real. En el fondo de su mente estaba la voz y el nombre de aquel muchacho que se había convertido en medio de sus sombríos y apenas cuerdos pensamientos, la única fuente de ilusión y esperanza. Había imaginado que podía hablar con su hijo imaginario. A menudo soñaba con ese rostro que visitaba en sus sueños, desde lejos contempló varias veces otro similar al suyo. Pero eran eso, sólo sueños. Sin embargo, éste era muy distinto. Nunca antes había venido ese ángel a visitarla a su lecho. En medio de la sombras percibió su esencia. Podría reconocerle en la oscuridad más absoluta. Era su ángel, no había dudas. ¿Cómo era posible que pudiera llegar hasta la mugre, el frío y la oscuridad a la que ella estaba condenada? ¿se merecía tal visita?, ¿cómo era que su niño viniese por ella? La que estaba llena de piojos, de orines, de suciedad, de pobreza, de hambre y de frío. Ella recibía, en el mismo lugar donde sus torturadores le negaban la luz del sol, y el brillo de las estrellas, la presencia de aquel ser puro que en sus sueños había visto crecer dentro de su vientre.

Tom ignorante del torrente de pensamientos incoherentes de Antje volvió a acariciarle su rostro. Ella sonrió levemente. Estaba tan cansada. No podría mirarle por mucho tiempo más, ese aturdimiento de sus sentidos no tardaría en llevarla otra vez a la inconsciencia. Pero antes de perder su último segundo de lucidez alcanzó a susurrar —¿Tom? —luego se desplomó otra vez muda y lánguida sobre el nauseabundo colchón.

Tom sollozó impotente, lleno de dolor de verla así, convertida en ese despojo humano, y por primera vez sintió alegría por la horrible muerte de Storm. Se la tenía bien merecida.

—Tom —dijo Bill entre las lágrimas también —debemos sacarla de aquí, y llamar a la policía. Necesitamos una ambulancia. Ella no podría caminar aunque quisiera —Bill se secó con las palmas de sus manos sus mejillas húmedas —dejemos de llorar, que así no la ayudamos —el rubio asintió.

—Bill, tú ayúdame a levantarla, y luego yo la cargo en mi hombro para poder subir con ella.

—De acuerdo —Bill con horror se dio cuenta de que Antje estaba en los huesos. Pesaba muy poco, tenía puesto un camisón raído, manchado —deja subir yo primero y así te la recibo allá arriba.

—Bien —Tom siguió a Bill hasta el pie de la escalera. Esperó a que el pelinegro llegara arriba y luego el subió al primer peldaño. Bill, en cuclillas, estiró los brazos hacia abajo agarrando a la escuálida mujer por la cintura. Lentamente a medida que Tom subía, la fueron alzando, cuidando de no golpear su cabeza con el filo del piso. El día ya había aclarado, y la luz del amanecer se colaba por las ventanas sucias. Parecía inconsistente con aquella tragedia que el planeta siguiera girando, era hasta irónico. Para Bill y Tom el mundo y el tiempo se habían detenido, porque eran conscientes de la tremenda injusticia que se había cometido con sus vidas. Casi veinte años de obligada separación uno del otro. Ya no valía la pena preguntarse cómo hubiera sido. Pero Antje había sufrido más que ninguno de ellos, ¿y qué habían logrado con eso? De todas formas volvían a estar juntos. Y unidos volverían a armarse, a ensamblar y fundir los trozos desperdigados de sus vidas, de tantas experiencias no compartidas, de los recuerdos en común que no existían, de las fotografías que no se tomaron, de todos los cumpleaños que no celebraron como familia, ni las navidades, ni las vacaciones junto al lago. Sería como empezar de cero. Sin olvidar que hubo un hombre que sin duda los amó, que sufrió una horrible muerte entre las llamas, a quien en esta vida ya no conocerían, pero que honrarían con su recuerdo. Storm había intentado en vano borrar su existencia de la mente de aquellos que deberían amarle, ahora Jörg la había recuperado a través de sus dos hijos, quienes no le olvidarían.

Bill y Tom terminaron de depositar el delgado cuerpo de Antje sobre el suelo. Tom se sacó la chaqueta y la abrigó lo más que pudo mientras sostenía su cabeza.

—Necesitamos un teléfono Tom.

—¿Y el tuyo?, ¿el nuevo?

—Yo aún no me acostumbro a esa cosa, y lo olvidé —el rubio buscó en uno de los bolsillos de la chaqueta y sacó su celular —bien.

—El número de la policía está en el directorio —Bill asintió y buscó. De repente el ruido de un motor les llamó la atención, se acercaba hasta detenerse frente a la puerta. Tom miró a Bill con desesperación. Antje no estaba para moverla otra vez. Bill le hizo un gesto de silencio y se acercó a la puerta, apagó la luz, y a cierta distancia de la entrada aguardó, interponiéndose entre ésta y su madre. Los pasos subieron las escalinatas y avanzaron por el porche y con llave abrieron la puerta. Un hombre alto entró sin percatarse de las otras presencias y manteniendo la cabeza gacha aún y a pesar de que el amanecer de a poco iba aclarando el interior de la casa, encendió la única pobre luz. Cuando se giró para avanzar se encontró con la siempre imponente y perturbadora presencia de Bill.

—Hola Steff —Steffan Wassenne abrió sus ojos verdes, movió su boca para decir algo, en cambio, sólo volvió a girar sobre sus talones, abrió la puerta y corrió despavorido. Bill previendo que querría subir a su pequeño deportivo japonés, extendió la mano volviendo el vehículo en algo totalmente hermético. Steffan inútilmente accionó el remoto de las puertas, al darse cuenta de que no podría escapar en él, comenzó a correr hacia el descampado. Bill detrás de él, quien guiado por la rabia y la adrenalina fue más veloz, unos cuantos metros más allá logró derribarlo. Bill forcejeó con él, luego se sentó ahorcajadas sobre su estómago y de un fuerte puñetazo en el mentón el lindo castañito perdió el conocimiento. El pelinegro con la respiración entrecortada logró articular palabra, llamó a la policía, y estos llamaron la ambulancia.

Unos minutos después Steff, el kinesiólogo, permanecía atado de manos, totalmente despierto.

—Steff, más te vale que me digas todo. No me cuesta nada decir que al correr te azotaste la cabeza y ¡ups! Fue un accidente —Bill lo miraba de brazos cruzados. El chico de ojos verdes estaba sentado en el último escalón de la escalera que sube hasta la puerta de entrada, y el pelinegro estaba un peldaño más abajo —habla, no sacas nada con callar.

—Yo salvé a esa mujer, es todo lo que hice. Storm la iba a matar frente a mis ojos, y con mis conocimientos de medicina, pues hice lo mejor que pude.

—No me vendas a mí tu mierda barata de misionero de la caridad.

—¡Es verdad! Storm, la golpeó en la cabeza y la ató para que el lago se encargara de ella. Él siempre alardeaba de que nunca sintió remordimiento alguno por asesinar a su amigo Thomas Kaulitz. Volvían de una excusión en Los Alpes, y le había cortado los frenos al auto. Su amigo se fue por el precipicio, él venía en otro vehículo. Su amigo le pidió ayuda, se había quedado colgando, apenas sujeto por una piedra. Él sin ninguna pizca de compasión aceleró su propio coche y lo empujó hasta que cayó. Yo sé que es un hombre cruel, y además tiene esos poderes. Yo le tengo terror.

—Cuéntame lo de ella y el lago.

—Pues a escondidas de él, me escabullí en el lago, yo… Yo le había dicho que no quería ver, que yo había hecho un juramento…

—Bla, bla, bla. Steff no te hagas el buen samaritano conmigo y ve a los hechos.

—Esperé a que no me viera y me zambullí, rogando que no se hubiera ahogado. Logré rescatarla, y la escondí aquí. No me atreví a llevarla a ningún hospital, no tengo idea de cómo se llama. No sabía si tenía parientes. Yo sabía que si buscaba ayuda, Storm sabría que estaba viva, y que yo era el responsable de ello. Yo sé que ahora me va a matar. No importa dónde me lleven, dónde me esconda —Steff rompió a llorar como un niño mientras su cuerpo temblaba lleno de pavor.

—¿Cuándo sucedió lo del lago?

—Hace un mes… —el castaño se quedó pensando —sí, como un mes atrás.

—¿Y antes de eso dónde la tuvo Storm?

—En un escondite cerca de aquí, en algún sector de Oberschönau, ahí la tenía muriendo de hambre… —la mano de Bill le azotó la mejilla izquierda. Un hilillo de sangre comenzó a correr de su labio.

—¡Y tu maldito, hijo de perra, mal nacido! ¡¿No pudiste alimentarla mejor, bañarla, tenerla en algún lugar iluminado?! ¡¿Tenías que drogarla?! ¡O me vas a negar que lo hiciste! —el aliento de Bill rozaba el rostro de Steff, ambos rostros separados por pocos centímetros. El castaño sólo podía ver los ojos llenos de furia del mago —¡Ya que no querías darle la libertad que ella se merecía! ¡¿No se te ocurrió tratarla como un ser humano aunque no supieras su nombre?! —Steff con asombro vio los ojos llenos de lágrimas del pelinegro, las sirenas de los vehículos policiales y de la ambulancia se escuchaban cada vez más cerca —Y para que te enteres bien y de una vez, su nombre es Antje Kaulitz y es mi madre.

Steffan se quedó mudo. Cuando la policía empezó a indagar, y revisar el lugar, Tom pudo relajarse. Vio cómo en una camilla su madre era llevada a la ambulancia.

—Bien jóvenes —dijo el policía —necesitaremos sus declaraciones en la estación. Entendemos que deseen ver cómo sigue la señora Kaulitz, pero esperamos que ustedes nos aclaren el cúmulo de interrogantes que surgen de esta nueva arista en el caso que hemos estado investigando. Nos llevaremos al detenido. Esperamos que apenas ustedes se desocupen concurran a dar sus declaraciones, son fundamentales.

—Sí, comisario, allí estaremos durante el día si es posible.

—¡Bill, Tom! Díganles que Storm me matará. Por favor —lloriqueaba el castaño de ojos verdes —¡Bill! —chillaba desde dentro del radiopatrulla —¡Storm me matará!

Tom observó la cara impasible de Bill —¿No le dijiste que Storm había muerto?

El pelinegro sonrió —No, déjalo que sufra, se lo merece.

Los chicos se subieron al todo terreno negro y se dirigieron al hospital de Schönau. El día sería largo.

&

—¿Qué ha sucedido? —Georg y Gustav miraba a Andreas que con rostro consternado y pálido, sostenía su teléfono móvil. Ambos chicos observaban desde la cama al rubio en la entrada de su habitación.

—Lo que les dije. Bill y Tom encontraron a su mamá… Viva. Estaba escondida en una casa abandonada.

Gustav se rascó la nuca, con el seño fruncido, y los ojos rasgados aún por el sueño interrumpido —¿No se supone que están durmiendo en la habitación de al lado?

—Pues, ni idea. Yo también pensé lo mismo. Pero resulta que están en un hospital ahora con su madre enferma.

—¿A qué hora duerme ese par? —dijo entre molesto y sorprendido el castaño que se volvió a tumbar sobre la cama —¿y la mamá está bien?

Andreas algo pensativo caminó hasta la cama y se sentó a los pies vuelto hacia la ventana —Bueno, Tom me dijo que está desnutrida, deshidratada, que fue sistemáticamente drogada. Tiene yagas en el cuerpo por no moverse tantos meses. Su cuerpo perdió tonicidad muscular lo que la obligará a estar con terapia kinesióloga para recuperarse, poder caminar y…

—¿Qué fuerte lo que nos cuentas Andy? Pobre Tom —interrumpió Gustav consternado.

—No creo que tenga muchas ganas de salir de vacaciones con nosotros otra vez.

—¿Por qué Georg? —el castaño miró extrañado al rubio.

—¿Cómo que por qué, Andy? Mira todo lo que le ha pasado desde que llegamos a este Estado, y lo que menos hemos hecho es nadar en el lago. Vinimos por tres días, y ya llevamos dos semanas.

El rubio suspiró y continuó hablando —la mamá no recuerda nada. Además de todo, va a necesitar tratamiento psiquiátrico.

—¡Pobre mujer! —se lamentó el castaño.

—Bueno, ya se me espantó el sueño, ¿vamos a tomar desayuno? —invitó el de gafas.

—Sí amor, antes de que se nos junte con el almuerzo —el castaño besó suavemente los labios de su novio —vamos. Hoy será un largo día.

—Debo despertar a la abuela —dijo Andreas apurándose por la puerta, y cruzando el pasillo. Golpeó suavemente, pero no hubo respuesta. Cuidándose de hacer demasiado ruido bajó la manija y abrió la puerta lentamente.

La semipenumbra otorgada por los gruesos cortinajes de la ventana, le permitían ver que Laura dormía plácidamente. Lentamente se ubicó junto a la cama.

—Señora Laura, señora Laura —susurró el rubio y esperó un segundo —señora Laura —repitió.

—¿Ah? —algo asustada medio se sentó sin entender lo que ocurría —Buenos días joven.

—Señora Laura, debe levantarse para que tome desayuno. Tom llamó y me dijo que le avisara que encontraron a Antje esta madrugada…

—¡¿Antje, Antje?! ¡Dios mío! —la mujer se bajó de la cama con energía.

—Señora Laura, cálmese, tranquila —la mujer suspiró.

—De acuerdo, ¿qué pasó?

—Ella está en el hospital. Está fuera de peligro —Andreas hablaba con calma y lentamente, suponiendo que con la turbación la mujer retendría la mitad de la información —no está bien del todo, pero dentro de su gravedad está fuera de peligro. Los chicos quieren que vaya y que lleve la cajita musical. Ella necesita elementos que la conecten con la realidad.

—Mi pobre niña —sollozó Laura llevándose una mano a la cara.

—Pero Bill y Tom me pidieron encarecidamente que usted tomara un buen desayuno antes, y después la van a llevar. Seguramente Anton o Markus.

—Bien —dijo por un instante pensativa, pero de pronto recobró toda su energía otra vez y se puso de pie —debo ducharme y llevarle el camisón que le traje y una muda de ropa. Y la cajita… ¿dónde está? Ahhh… Sí, sí, recuerdo donde la puso Tom. —Andreas salió de la habitación para ayudar en la cocina. Alexa sospechando que luego sería todo un caos, se había levantado para preparar el desayuno.

Se sorprendió de ver a Anton ya en pie —¿Usted llevará a la señora King?

—Claro, en algo debemos cooperar todos. No imagino todo lo que deben estar sintiendo los chicos.

Alexa comenzó a llorar y el rubio la abrazó por la espalda —deja de llorar, sé que te sientes culpable, pero tú tampoco elegiste el padre que tuviste. Vamos amor —la hizo voltearse hacia él y la volvió a abrazar mientras ella dejaba rastros húmedos en su hombro.

De un momento a otro la cocina se había llenado de gente, se fueron sentando junto a la mesa, tomando ubicación para desayunar. Gustav miró a los presentes y con melancolía comenzó a hablar —después de todo, voy a extrañar esto. El estar así juntos, el compartir los desayunos, los almuerzos, los misterios. Me parece increíble que debamos partir pasado mañana.

Markus dejó su taza con café sobre la mesa —¿Pasado mañana? Pero si el verano aún no termina.

—La verdad —agregó el castaño —es que debemos ir a ver nuestros horarios en la universidad. Debemos hacer todos los trámites administrativos correspondientes, y los plazos están bien definidos, hoy estamos a viernes 21 de Agosto, ya hemos cumplido quince días acá y el lunes debemos presentarnos en la Facultad a la que asistimos cada uno y…

Alexa dejó de llorar por un instante y con ojos aguados, temblándole el labio, preguntó bajito —¿Todos… Todos irán? —miró a su rubio novio al borde del llanto otra vez quien no le devolvió la mirada.

—Sí Alexa, todos tenemos que irnos. Tom, Georg, Andreas y yo —y la chica rompió en llanto, se paró de la mesa y salió al patio. Andreas se fue tras ella.

—Eso me toma por sorpresa chicos. No nos habían dicho que no tenían todo el verano para estar aquí —dijo Markus —es verdad que mañana llegan los funcionarios y empleados del museo, y obviamente todo volverá a la normalidad, bueno hasta que se termine el proceso de la Posesión Efectiva de la propiedad de su nuevo dueño, ya saben, Tom. Y él debe determinar lo que se hará con la mansión.

—No creo que Tom cambie muchas cosas. No estaba en sus planes heredar tremendo lugar, que además debe costar un dineral mantenerla y costear sus servicios básicos. Más si además se deben realizar estudios arqueológicos, trabajos de restauración, de mantención de su patrimonio… ¡uff! —los que aún permanecían en la cocina guardaron silencio ante las palabras de Georg.

—Me parece fascinante todo lo que escucho, es decir, ¿Tom no sabía que existía esta casa?

—No señora Laura, llegamos aquí por error, durante la tormenta de hace dos semanas. Larga historia —dijo el castaño —extraña y fascinante.

—A ver si más tarde me la cuentan. Ahora no aguanto las ganas de ver a mi niña otra vez —se puso de pie —voy por mis cosas.

—Por supuesto —señaló el historiador —la espero afuera.

&

Horas más tarde luego del almuerzo, Bill y Tom regresaban en silencio consecuencia de las intensas emociones vividas. Esta vez conducía el pelinegro. Laura se había quedado junto a Antje en el hospital, y ellos volvían a la mansión para relajarse un poco. Cuando se estacionaron Georg estaba afuera y se acercó a Tom para darle un abrazo. Bill se fue hacia otro sector y comenzó a hablar por teléfono. El de coleta rubia lo miró extrañado. Bill había estado dentro de todo bastante silencioso, y sabía que le preocupaba algo más que el estado de salud de su madre.

—Hola Tom —saludó su amigo —¿estás bien? —el chico asintió —¿y tu madre?

—Sí bastante bien a pesar de todo. Tengo la esperanza de que se va a recuperar luego —mientras respondía no dejaba de mirar a Bill quien seguía hablando con mucho mejor ánimo por el celular, su celular. De pronto detuvo su conversación y sonriente se acercó a Tom.

—Cariño, debo ir a mi cabaña ¿estarás bien?

—Sí por su puesto —Bill lo besó rozando sus labios, le sonrió, le devolvió su teléfono y se fue hacia los árboles hasta perderse entre ellos.

—¿Por qué se me hace que esa cara larga no es tanto por lo de tu madre? —el muchacho rubio miró los inquisidores ojos verdes de su amigo. Tom observó la pantalla de su celular.

—Olvidó su teléfono porque no se acostumbra a él, y pues utilizó el mío varias veces para hacer llamadas hoy en la mañana.

—¿Y qué te molesta, que te gastara el dinero de la cuenta o que llame a alguien y no sepas quién es y por qué ha llamado?

—¡Ay Georg! ¿Cómo me va a molestar que ocupe dinero de mi cuenta telefónica? ¡No! Es lo otro, no sé con quién ha hablado, le pregunté un par de veces, y me respondió con evasivas. Me pareció sospechoso.

—Tal vez está preparando una sorpresa.

—¿Como cuál sorpresa crees tú?

—No sé. Tú eres tan desconfiado, apenas tienes oportunidad dudas de sus actos. ¿Y tú le has dicho?

—¿Qué cosa?

—¿La sorpresa que le tienes tú?, ¿qué nos debemos regresar este domingo?

Tom se cubrió la cara con las manos —¡Oh Dios! No. No he tenido oportunidad. Y además lo había olvidado.

—Eso me imaginé.

Ambos jóvenes entraron a la cocina, donde los demás estaban compartiendo un café de sobremesa. Apenas entró Tom, todo el mundo se abalanzó sobre él con preguntas. El muchacho de coleta rubia las respondió todas, resignado al interrogatorio. Sin embargo, distaba mucho de estar tranquilo. Había vuelto a llamar al hospital y su madre estaba bien, descansando, y Laura estaba cómoda allá, no se quería despegar de su lado. No era ese su motivo de intranquilidad, era ese pelinegro que lo andaba trayendo de cabeza desde que lo vio por primera vez.

Después de tomarse el café, anunció que se retiraba. Necesitaba averiguar en qué andaba su amorcito. Algo en su estómago le advertía que allí había gato encerrado. Agarró la vieja bicicleta y las emprendió hacia la cabaña de Bill. Ya era media tarde, y la el ambiente estaba cálido, casi no había brisa, estaba todo muy quieto. No había ni una sola nube en el cielo. Debería sentirse bien, pero no. A medida que se acercaba su estómago se apretaba cada vez más.
Después de tomarse el café, anunció que se retiraba. Necesitaba averiguar en qué andaba su amorcito. Algo en su estómago le advertía que allí había gato encerrado. Agarró la vieja bicicleta y las emprendió hacia la cabaña de Bill. Ya era media tarde, y la el ambiente estaba cálido, casi no había brisa, estaba todo muy quieto. No había ni una sola nube en el cielo. Debería sentirse bien, pero no. A medida que se acercaba su estómago se apretaba cada vez más.

Dejó su bicicleta apoyada en un árbol y caminó los metros que le separaban de la puerta de entrada sintiendo las piernas flojas. Tenía rabia consigo mismo porque no lograba calmar su corazón que parecía querer salir por su boca. De pronto, cuando aún le quedaban unos seis metros, la puerta se abrió y salieron dos mujeres. A una la reconoció como Marie, la otra no le era conocida. Era joven, y Tom pensó que no era tan bonita aunque sí muy atractiva. Verla allí no le gustó. Tom sentía celos de todo aquello que rodeaba a Bill y que él no entendía o no conocía. Era un puto egoísta, pero qué le podía hacer. A veces se sentía tan inseguro de los sentimientos de los demás.

Marie le sonrió y la otra chica le observó con curiosidad. Tom se sonrojó y le devolvió la sonrisa como todo saludo. Nadie habló, así que Bill no supo que Tom había llegado hasta que lo vio dentro de la pequeña casa.

Se sorprendió, lo suficiente como para tartamudear al momento del saludo que pareció hasta fuera de lugar —ho-hola.

—Hola —respondió serio el de la coleta rubia.

—¿Qu-qué haces aquí? —que Bill tartamudeara, él, que era siempre tan dueño de sí y de las situaciones, era muy extraño.

—Quiero saber qué sucede.

—Ah, no, nada sucede.

—¿Seguro?

—¡¿Bill?!

—Vaya, eres muy visitado —dijo Tom señalando la voz que le llamaba desde fuera.

—Es Michel —Bill salió rápido. Cuando salió, la voz alterada de Dark no se hizo esperar.

—¡Explícame lo que ha sucedido con mi tío! —el muchacho moreno permaneció junto a su caballo. Sus ojos parecían llamear de rabia.

—Murió, no quiso atender razones. No hizo caso a nuestras advertencias y murió por su imprudencia y ambición. Es todo lo que te puedo decir.

—¡Ustedes le dejaron morir!

—¡¿Me crees capaz de eso Dark?! —Bill se acercó al otro muchacho —Me conoces desde bebé ¿me crees capaz de algo así?, ¿de un crimen tan despreciable como ese? —el otro muchacho negó con la cabeza —dímelo, quiero oírlo.

—No, no te creo capaz de algo así.

Tom dejó de escuchar la charla de los que estaban afuera, y con su mirada recorrió la sala de estar y la cocina de la cabaña. Sonrió al ver la repisa llena de condimentos y otros elementos para la cocina. Abrió la puerta del refrigerador y dijo —mmm mantequilla —con una sonrisa pícara en su boca.

—¿Sabes lo que representa para ti todo esto? —preguntó más calmado Dark.

—Soy muy joven, busquen a otro.

—La decisión ya está tomada.

—Es que eso me obligará a permanecer aquí sin moverme por varios meses y yo quería… —dijo Bill con voz lastimera.

—Querías ir tras tu princesita. Me parece que eso ya no será así. La otra opción es que él se quede… Por ti. —Dark hizo un chasquido con su boca y agregó medio triste, medio irónico —pero algo me late de que no será así —subió a su caballo y antes de partir agregó —debes decírselo —a Bill se le aguaron los ojos y entró a su cabaña con el corazón hecho pedazos.

—¿Tom? —el muchacho de coleta no se veía por ningún lado —¡Toom! —avanzó con reticencia hasta su dormitorio y vio allí a su amado rubio.

Tom se había desnudado y se había soltado el cabello. Permanecía sobre la cama del pelinegro con una sonrisa que hizo desaparecer la tristeza del mago —ven —le dijo haciéndole una seña.

Bill se abalanzó sobre la cama como un poseso —Tom, amor. Eres tan hermoso —hambriento, sediento, como si fuera el último día de su vida, como si le hubieran retenido de hacerlo por mucho tiempo, Bill recorría el cuerpo de Tom con sus manos, multiplicadas por cientos, no parecían sólo dos. Acercó su rostro a la tibia piel del rubio, que se estremecía bajo el tacto desesperado de su pelinegro. Bill lamía, succionaba, mordía, aquel vientre y pectorales firmes. Casi babeando miró el miembro erecto de Tom y le dio un sonoro lametón en el glande y luego bajó con su lengua por toda la extensión, hasta llegar a la base del pene, siguió hasta los testículos, succionándolos con frenesí, provocando en su amado un doloroso placer que lo hizo gemir agudo con cada succión. Bill impaciente se desprendió de su ropa, arrojándola lejos. Su miembro estaba rojo y las venas se le marcaban por la intensa erección. Pero él sólo estaba concentrado en la piel de Tom. Con ansiedad llevó su boca a los muslos, mientras con sus manos amasaba las nalgas del rubio, y se las abría, exponiendo su rosada entrada. Volvía a ese exquisito recorrido de su boca por el interior de los muslos del muchacho, que deseoso de más, abrió las piernas, gimiendo de un modo que a Bill le pareció lo más erótico que había escuchado. El sudor comenzaba a aparecer en la frente del pelinegro, y miró toda aquella intimidad expuesta de Tom, servida a su antojo.

—Hazme lo que quieras Bill… Bill, Bill… Oh Bill… haz lo que desees conmigo.

Bill sonrió, seguro de querer satisfacerlo —tus deseos son órdenes amor—avanzó hasta colocar su rostro a la altura de su amado y lo besó con pasión, bebiendo de su boca, comiéndole los labios. Dejó su boca y subió con pequeños besos hasta sus ojos, Tom cerró sus párpados, y suspiró satisfecho.

—Te amo, Bill —dijo entre los jadeos.

—Yo también —respondió el pelinegro sobre su boca otra vez, y le volvió a besar con intensa ternura. Tom acariciaba su espalda y sus glúteos, y volvía a subir sus manos y depositaba sus dedos entre el cabello de su amante. Mientras su pene palpitaba y rogaba por sentir a través de su piel. Pero Bill se despegó de su cuerpo y de rodillas se puso a sus pies, tomó una de sus piernas y acercó el pie del rubio a su rostro para meter luego uno de sus dedos a la boca, lo succionó con avidez, luego su lengua adornada con aquella plateada bolita, bajó lentamente por la planta del pie, dándole a Tom una agradable sensación de cosquillas y placer, y Bill siguió sin despegar su mirada de los suplicantes ojos de Tom que le pedían en silencio que terminara ya con aquella deliciosa tortura.

El rubio no podía dejar de mirar el falo largo y grueso de Bill, y lleno de deseo se irguió para aprisionarlo entre sus manos. El pelinegro en respuesta soltó un quejido trémulo, sus ojos se entrecerraron, y lleno de un incontrolable apetito se lanzó por la boca de Tom una vez más. El rubio jugó con su lengua dentro de la boca de su amado, pero luego éste le dejó para bajar por su cuello dejando un camino de saliva, y siguió más allá, por la clavícula. Succionó luego los pezones duros de Tom y continuó el recorrido hasta el ombligo. Dibujó con su lengua húmedos círculos a su alrededor. Después avanzó lentamente siguiendo un fino camino de vellitos rubios que terminaban en su pubis. Dejó que el pene duro y caliente de Tom rozara sus mejillas mientras creaba nuevos círculos con su lengua alrededor de la base de su miembro, provocando sus entrecortados gemidos de placer. Bill llevó su lengua más abajo aún, recorriendo los testículos con suavidad, apartó con sus manos los muslos de Tom, abrió sus nalgas, y comenzó a lamer aquella pequeña entrada rosada. El rubio sorprendido gimoteaba —Bill por favor… Oh Bill —entre sus dedos aprisionaba la tela de la ropa de cama —Bill, Bill hum Bill —mientras el pelinegro continuaba con su frenética labor de lamer. En medio de aquel torrente de placer el rubio recordó aquella pasta amarilla que había sacado del refrigerador minutos antes, alargó la mano hasta la mesa de noche, untó sus dedos de mantequilla y sin pedir permiso llevó su mano hasta su propia entrada. Bill sorprendido se sonrió, y mientras veía cómo Tom embadurnaba su esfínter, Bill no dejaba de acariciar las caderas de su amado. El rubio sintió en su rostro los ojos marrones del otro, y percibió su respiración entrecortada. Tom apartó su mano y Bill volvió a dirigir su boca hacia aquel pequeño punto de placer y morbo, y penetró aquella entrada con su lengua mezclando su saliva con la mantequilla que se iba derritiendo, provocando un grito de placer en Tom.

Apartó su boca y llevó, al esfínter que tanto anhelaba sentir, dos dedos con los cuales lo penetró varias veces con energía —hazlo ya Bill, hazlo ya.

—Úntame con mantequilla —dijo Bill y le mostró su grueso miembro. El rubio se untó los dedos con la pasta amarilla, y acarició el pene del pelinegro, causando sus gemidos y berreos. Bill dirigió luego hacia aquel punto apetecido su miembro duro y lentamente introdujo la cabeza del pene, mientras Tom subía las rodillas para facilitar la labor, mientras Bill entraba suavemente y de manera constante. Una vez que estuvo adentro, miró la cara sonrosada de Tom, sus ojos como los de él estaban brillantes, ligeramente rasgados por la excitación, las bocas temblorosas por el deseo, igual que sus cuerpos. Bill le sonrió y movió por fin sus caderas, para profundizar la penetración, comenzando el vaivén de su pelvis, y así siguió por mucho rato, sin dejar aquel ritmo cadencioso —ahh Tom, tan delicioso.

—¿Te gusta? —dijo el rubio, pregunta que por los gemidos de Bill y sus gestos cualquiera pensaría que estaba demás, sin embargo para Tom era necesario saber cuán placentero era aquel momento para su amado.

—Oh Tom ¡cómo no me va a gustar! Oh Tom, eres…sffffffffffff ¡oh! Tan estrecho, tan caliente, tan sexy.

Tom sentía el pene de Bill rozar su próstata, provocándole ese placer tan único, que sólo se disfruta al ser penetrado. Veía el rostro suave y hermoso del pelinegro temblar y gesticular por el placer y la excitación. Tom gemía, gritaba sin ningún pudor, dejando escapar de su boca un montón de sin sentidos, sus manos temblaban intentando hacer caricias, pero el creciente orgasmo le quitaba voluntad y claridad a sus pensamientos y a sus movimientos. Veía a Bill estrellar una y otra vez sus caderas contra su pelvis, sentía los testículos del pelinegro golpear sus glúteos. Hasta ahora Bill había usado sus manos para acariciar su vientre y sus muslos, y luego le indicó que pusiera sus piernas sobre sus hombros, subiendo aún más sus caderas, y cuando Tom lo hubo hecho, el pelinegro rodeó con su mano el pene de Tom y empezó a masturbarlo, haciendo que sus gritos y berreos se incrementaran. Aumentó el ritmo de las embestidas, acompasándolas con el continuo movimiento de su mano sobre el miembro caliente del rubio. Sintió cómo se hinchaba bajo sus dedos, señal de que la explosión del orgasmo llegaría en cualquier momento. Y así fue, en medio de los espasmos, llenos de gritos y jadeos el pene de Tom estalló con su blanquecina esencia sobre la mano de Bill y sobre su propio vientre. Al pelinegro le pareció la imagen más deliciosa que pudiera contemplar, y supo que aquel exquisito manjar de placer estaba por llegar a su cenit, y en medio de palabras incoherentes mezclados con sonoros gemidos se derramó en el interior de su amado. Tom contempló extasiado cada gesto y sonido de Bill. Después se quedaron quietos, en medio de enloquecidas respiraciones, sin la capacidad de decir nada. Los cuerpos sudados, calientes, cansados, sus corazones henchidos y galopantes.

Felices.

Bill se recostó al lado de Tom y lo abrazó, besó su mejilla con ternura —casi me matas amor. Me has dejado seco —el rubio comenzó a reír, y se puso de costado para besar a su amado con comodidad.

—Bueno, le ruego que si hay algún reclamo, diríjase a la oficina correspondiente —ambos rieron.

—¡Loco! ¡eres un loco!

—Pero me amas.

—Te amo, nunca me cansaré de decirlo.

—Estoy tan bien aquí, no quisiera irme nunca.

—No te vayas entonces. Quédate conmigo.

Tom se quedó en silencio, quería decirle a Bill de una vez que había decidido volver a Berlín a estudiar. En unas semanas estaría de nuevo corriendo de un lado a otro por los pasillos de la facultad con su bolso y su laptop al hombro, respondiendo uno que otro saludo, rogando por no llegar tarde a ninguna parte. Pensó decirle que terminados sus estudios regresaría para no irse nunca más, en cambio sólo dijo —¿nos duchamos?

—Sí, ¿qué hora es?

Tom miró su reloj —las cinco y media.

—¡Uff! Estoy justo a tiempo

—¿Tienes que hacer algo?

—Sí, pero no es algo urgente —respondió Bill con un exagerado ademán de no tiene importancia, que a Tom le supo mal. Vio que Bill se metió en la ducha, y se entró después que él.

—Ah y por ese algo que no es urgente hablaste tantas veces hoy por teléfono, tú que no usas esos aparatos.

—Bueno, sí —respondió el pelinegro mientras se jabonaba y luego abría el shampoo. Tom se metió bajo el chorro de agua —estaré ocupado por el resto de la tarde.

—Aunque no es algo urgente.

—Sí ¿por qué? —preguntó Bill con los ojos cerrados mientras la espuma bajaba por su rostro.

—Porque da la casualidad que tienes a tu madre enferma en el hospital y eso sí que es urgente, pero al parecer menos importante para ti, sobre todo extraño para ti que hace unos días me alegabas el que yo no quisiera conocer a mis padres, a mis verdaderos padres y que tú sí y que bla bla bla —Bill dejó de masajearse el cabello, dándose cuenta por fin de que Tom estaba molesto.

—Así que por eso viniste, por tus celos enfermizos.

—¡¿Enfermizos?! ¡Pues has de saber que como tú estarás ocupado realizando eso que no es urgente, yo me dedicaré a estar pendiente de aquello que sí lo es! ¡Así que buena suerte con lo que te espera! —Tom salió enfurecido de la ducha con la intención de vestirse.

—¡Tom! —Bill intentó seguirle —¡Tom! —pero al intentar salir del baño no pudo ver bien debido a la espuma en su cara y chocó con la puerta —¡mierda ¡ ¡Tom! ¡No te enojes! ¡Tom!

—Me vas a gastar el nombre —Bill permanecía de pie junto a la puerta del baño, chorreando agua, con restos de espuma en la cara que le causaba escozor en los ojos —y debo informarte que voy a volver a la universidad a realizar los trámites correspondientes para retomar mis estudios. Chao. Te espero en el hospital para cuando se te ocurra ir. —y se fue.

—¿Tom? ¡Mierda! ¡ mierda mierda mierda! —ingresó a la ducha, medio se quitó la espuma y salió para vestirse —¡Dark! ¡Daaaark! —gritaba, y cuando terminó de vestirse salió corriendo de su cabaña gritando el nombre del otro mago. Montó su caballo y salió a todo galope a perderse entre los árboles sin dejar de gritar aquel nombre.

********************************

Tom llegó con la vieja bicicleta a cuestas. Hacía ya una media hora que se le había pinchado una rueda y ya no pudo seguir. Después de la desagradable discusión con Bill, para colmos de sus males se había visto obligado a caminar. Aunque eran casi las siete de la tarde, aún hacia calor, y la caminata más el tener que cargar la bicicleta, sin contar los fluidos que aún tenía en su cuerpo, le hacía sentirse hediondo, sucio y pegajoso. Al entrar al patio de servicio medio saludó a los novios que estaban fumando, el resto estaba en la cocina conversando de algún tema, pero no los fue a saludar. Subió directamente a su habitación para ducharse como se debía. Tenía rabia, celos y de pronto fue consciente otra vez de que él y sus berrinches ponían en peligro su relación. Sin embargo, también a veces sentía que ésta no iba a ninguna parte. Él se había propuesto terminar su universidad porque era una promesa hecha a sí mismo, y respetar sus propias promesas era una prueba de su amor propio. Sabía que había cientos de cosas que aún debía arreglar en su vida, su nueva propiedad, su madre, a la que le debía toda la atención posible. Sería un año difícil, pero estaba dispuesto a hacerlo, por él, pero también por Bill. En los últimos días, en medio de toda la debacle, se había preguntado cómo lo haría para soportar la presión de la universidad extrañando a Bill. Hasta antes de llegar a Baviera su mayor preocupación eran sus padres adoptivos, el resto no gravitaba en los pensamientos de Tom, pero ahora, todo sería distinto. No obstante, su carácter cambiante y explosivo era un punto en contra. ¿Siempre había sido así? Difícil saberlo ya que nunca estuvo enamorado antes, así que nunca conoció los celos, ni esa profunda necesidad del otro. Suspiró, terminó de ducharse, y se preparó para salir del baño con la toalla en sus caderas como era su costumbre. Salió secándose las orejas con una toalla más pequeña.

Pero se detuvo en seco cuando vio a dos hombres en la habitación. Uno era Dark, al otro no lo conocía. Dark era más bajo que Tom, pero el otro hombre de seguro medía más de dos metros, ya que Tom aunque medía casi el metro noventa, parecía bajito a su lado.

—Nos hemos tomado la libertad de escoger algunos accesorios que combinen con la ropa que está sobre la cama —Dark señaló el atuendo que allí estaba que consistía en unos pantalones de jeans negros y un suéter también negro de cuello redondo, junto a unas zapatillas deportivas Nike del mismo tono —ya sabes, buscamos entre tus cosas, pero me acordé que no usas ninguno prácticamente, sólo aquellos que te pones en la cabeza, así que elegí una pañoleta de seda negra que resaltará muy bien tus cabellos rubios.

—¿No me digan que ustedes son del programa Fashion Emergency? —los hombres se rieron ante el comentario de Tom —¿eso lo envía Bill?

—Sí, te pide que por favor te pongas esa ropa.

—Vaya sí que son rápidos para comprar y traer los mandados. Díganle a Bill, que muchas gracias, pero ahora me voy al hospital y necesito algo menos elegante.

—Me temo que no irá al hospital —dijo el gigante.

—Me importa un rábano lo que temas tú, grandulón.

—Tom, por favor facilítanos las cosas, y ponte la ropa, si no tendremos que ponértela a la fuerza.

—¿Eso también se los pidió Bill? —los hombres asintieron —¡qué mierda con él! ¿Qué quiere?

—Que te pongas la ropa. ¿Es eso tan difícil de hacer? —preguntó Dark.

Tom suspiró y luego asintió —de acuerdo, me la pondré ¿Satisfechos?

—Casi.

—¡Casi! —repitió Tom mientras se ponía los boxers —¿y qué significa eso? Espera, espera ¿no me dijo el grandulón hace un momento que yo no iría al hospital?

—¿En serio? ¿Eso dijo? —preguntó Dark arrugando su frente, y se volvió al gigante —Eres un bromista Hámster.

Tom se rió —¡Hámster! Las ironías de la vida —el gigante lo miró con algún disgusto y Tom se puso serio otra vez —¡No! Si yo digo porque te queda muy bien el nombre —el hombre gruñó como toda respuesta.

Tom, después de vestirse, se acercó al espejo y comenzó a atarse la pañoleta al estilo pirata, dejando los cabellos rubios que le cayeran como cascada a cada lado y por la espalda. —bien, ya estoy vestido. Ahora pueden marcharse —pero los dos hombres se quedaron tal cual, impávidos. Tom los miró sorprendidos y luego con suspicacia —¿Y por qué no se van?

—¡Ahora Hámster! —antes de que pudiera reaccionar Tom, el gigante se abalanzó sobre éste y mientras lo sujetaba, Dark le ataba las manos con cierta firmeza, y luego hizo lo mismo con los pies, después el gigante lo alzó cual muñeco, se lo puso al hombro y salió con él colgando

—¡Suelta! ¡Déjame! ¡Mierda maldito bájame! —Tom gritaba a todo lo que daba su pulmón —¡suéltame enano! ¡Andreas, Georg, Gustav! ¡Markus, Anton! ¡Bill! —chillaba, nadie venía a socorrerle. Pero para sorpresa suya cuando salieron por el patio de servicio estaban todos sus amigos fumando —¡Oigan chicos ayúdenme! ¡Me están secuestrando!

—¡Adiós Tom que te vaya bien! —le respondió Andreas, mientras los demás le hacía adiós con la mano.

—¡Malditos traidores! ¡Mal amigos! ¡Con amigos como ustedes quién quiere enemigos! —antes de darse cuenta estaba siendo conducido a un todo terreno que para su sorpresa era el que Bill usó en su ida a Lindau —exijo que me digan para dónde me llevan —pero no le respondieron. El gigante se sentó a su lado en el asiento de atrás y Dark se puso a conducir. Hámster le sonreía de medio lado, Tom casi podía jurar que ese gigante estaba siendo amable con él. —bueno ya no me iré a ninguna parte ¿me puedes desatar?

—No —respondió la voz profunda del gigante. Tom pudo ver que se dirigían hacia el lago, y después subieron en el vehículo por un camino irregular y llenos de baches. Hasta que se detuvieron ya bastantes internados en el bosque de la montaña.

—Esto es un secuestro ¿lo sabían?

—Sí —respondió Dark.

—Podrían ir a la cárcel.

—Podríamos, pero no. No nos vas a denunciar.

—¿Cómo estás tan seguro?

Dark señaló un caballo negro —porque dentro de un momento todo esto se te va a olvidar.

—¡¿Por montar un caballo?!

—¿Quién dijo que lo ibas a montar? —de repente el gigante lo alzó una vez más y se lo echó al hombro, caminó hasta el caballo y acostó a Tom de boca sobre el lomo del animal, con las manos y los pies colgando de cada lado

—¿No encontraste más formas de humillarme?

—Sí, pero mi vida correría peligro si te hacía algo más de lo planeado. Así que con todo esto he sido más que feliz. Adiós Tom.

—¡Espera, espera Dark! ¡¿No vendrás conmigo?!

—No. Hámster es justo lo que necesitas. Yo ya cumplí con mi parte en esta misión. —a medida que avanzaba la imagen de Dark se perdía detrás de los árboles.

—¿Qué me vas a hacer Hámster? ¿Lanzarme por el precipicio? —el gigante tiraba de las riendas del caballo —¿por eso me vistieron de negro? Un momento, Bill pidió que me vistiera así. ¿Bill me quiere muerto? —el gigante parecía no oír —¡responde Hámster! Si Bill me quería matar, le bastaba con follarme una vez más y listo. Me hubiera mandado al patio de los callados ¿sabes cuál es el patio de los callados? —el gigante gruñó —pues es el cementerio, ahí nadie habla, los muertos son muy aburridos, no juegan — el rubio se rió —¿por qué no estoy enojado o triste Hámster? Debería estarlo ¿sabes? Por la forma en que he sido tratado, y porque nadie me defendió, mis malos amigos. Hámster, me duele el estómago así, en esta posición ¿falta mucho para mi hora final? No me importa morir ¿sabes? Es que hoy tuve un orgasmo de esos que uno dice okay con esto ha sido todo… ¿Tienes un cigarro? Me han entrado unas ganas de fumar! Antes de morir a los condenados siempre le conceden algún capricho, ¿me dejarás fumar? Eres muy callado Hámster —el gigante continuaba sin inmutarse —me estoy aburriendo de hablar yo sólo. Te cuento que estoy enamorado como un loco de Bill ¡Bill! Mi hermoso amor. No debí enojarme con él. Yo lo amo, lo amo, lo amo, lo amo. Daría cualquier cosa por ver su linda carita ahora y lo besaría y… Sniff.

De pronto se detuvieron. Habían llegado a la cima de uno de los montes, el sol del atardecer dibujaba las largas sombras de los árboles. El gigante bajó a Tom del caballo y lo desató —¡que estés bien! —dijo y se devolvió con el caballo.

—¡Hey espera! Y yo ¿qué hago? —el grandulón no respondió. Tom se quedó contemplando el sol que dentro de poco comenzaría a descender detrás de las montañas alpinas. Tom se acarició las muñecas, miró su entorno, rodeado de árboles, pero decidió investigar en dirección al sol, a medida que se acercaba al precipicio los árboles estaban más distantes unos de otros, y hacía más fácil caminar. Y comenzó a acercarse hacia la orilla última.

Y cuando apareció por entre los árboles, vio el lago de un azul intenso, allá abajo inmenso e imponente, con una belleza que cortaba el aliento, rodeado de montañas y de altos abetos. Con sorpresa se dio cuenta que había un bien definido camino que serpenteando bajaba por la ladera, dudó en seguirlo, pero al fin se decidió hacerlo y averiguar así el motivo de haber sido abandonado en ese lugar.

Siguió las tres vueltas de caracol que daba el camino, y de improviso cuando terminaba de dar la más pronunciada vio a Bill, vestido con un suéter similar al suyo y pantalones ceñidos. Simplemente bello. Su cabello relucía por el sol, y su rostro aunque parecía sereno, sus ojos acusaban la ansiedad.

—Te ves hermoso Tom.

—Tú también.

—¿Por qué me haces buscarte? No dejo de hacerlo en cada instante, aún cuando a veces te parezca que hago algo distinto. —Tom no podía hablar. Aún no salía de su sorpresa. Estaba en lo que parecía ser una pequeña terraza, y se admiró de ver una mesa elegantemente dispuesta, con otra mesa de servicio al lado, con una fuente, bandejas cubiertas, y champaña en el hielo —a mí siempre me ha encantado esta terraza, es un mirador, uno de mis lugares favoritos, y estaba esperando una ocasión especial para compartirlo contigo.

—Me haces sentir muy estúpido Bill

—Créeme que es lo último que deseo que sientas. Preferiría que me dijeras que te hace feliz —los ojos de Tom se humedecieron. No quería llorar, pero sabía que sería inevitable.

—Estoy feliz, emocionado. Es como una fantasía. Nunca dejas de sorprenderme, tú eres sorprendente, y haces que todo el resto de las personas parezcan chatas, planas, comunes. Y me encanta que seas así, tan especial y tan mío. —Bill sonrió con los ojos húmedos, y tomó de sobre la mesa una cajita forrada en terciopelo negro.

—Es para ti, pero antes de que lo abras quiero decirte algo.

Tom recibió la cajita y la sostuvo en sus manos —de acuerdo, habla.

—Soy el nuevo Gran Maestre de la Orden.

La cara de Tom se iluminó —¡aahh Bill! Qué feliz estoy —y lo abrazó estrechamente, para luego volver a separarse.

—Pero eso implica que no podré acompañarte por un buen tiempo mientras estés estudiando. No podré irme contigo —las lágrimas rodaron por el rostro de Tom.

—Y yo no voy a quedarme, debo terminar mis estudios. Pero yo estaré de acá para allá, ya sabes, por ti, por mamá, por la mansión. Lo siento Bill.

—Lo sé —susurró el pelinegro, mientras de sus ojos rodaban las lágrimas rebeldes. Tom se perdió en el color caramelo de sus ojos tristes. No quería dejarlo —y estaré tan feliz cada vez que vuelvas. Y el resto del tiempo viviré soñando con tu regreso.

—Bill, si hubiera otro modo.

—Lo hay.

—Pero también eso significa renunciar a mis proyectos y mis metas personales, tan válidas como las tuyas.

—Lo sé, lo sé. No puedes reprocharme intentar retenerte por cualquier medio.

—Pero si sólo estaré lejos por un tiempo. Son sólo dos años Bill, aún somos jóvenes, y aún nos falta mucho por madurar como pareja, como individuos. Y siempre mi corazón y mi pensamiento estarán contigo. Además vendré cada vez que pueda escaparme, lo prometo. Bill ¿me crees?

—Yo sé que lo intentarás. Pero no puedo evitar sentir miedo.

—Yo sólo puedo ofrecerte mi promesa.

Un ahogado sollozo se escapó de la garganta del pelinegro. —yo había esperado que esta cena especial, fuera más alegre. Entre todo el barullo de cosas, hoy me dediqué a ultimar lo detalles. Esperaba que fuera perfecto. Pero no contaba con ser elegido Gran Maestre, y eso cambia todo. Yo también lo siento Tom. Yo te amo. Y cuando te vayas, mi corazón se va a romper.

—No llores Bill. Yo volveré. ¿Lo sabes verdad? —el mago asintió y luego se limpió el rostro con un pañuelo. Sonrió con tristeza y apuntó la cajita.

—Ábrela.

Tom sacó la tapa con suavidad. Dentro de la caja y rodeada en terciopelo reposaba una cadena de plata con una flor de lis, y debajo de la cadena una tarjeta igualmente negra con letras doradas que a la luz del sol poniente se leía ¿Te quieres casar conmigo? Tom no pudo evitar que el sollozo saliera de su garganta, mientras sentía su corazón desangrarse entre el dolor y la dicha.

Continuará…

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