Waiting for you 4

CAPÍTULO 4

—Estoy tan vivo como tú.

—T-tú tú eres el del cuadro —la calma que Tom había recuperado hacía unos segundos, amenazaba con huir junto con su alma, y su voz era un hilillo casi inaudible. El sentimiento de supervivencia no le permitía sentirse como una nena temerosa, también era de hombres tener miedo.

La figura sobre la cama, vestía de negro. Un delgado pantalón de lino y un suéter de hilo, ceñido a su cuerpo. Tom pensó si tal vez los muertos vestían así, o acaso deberían andar desnudos, o si deberían ser transparentes. «Creo que no sé mucho de fantasmas», pensó.

—Ven conmigo, ya verás que todo estará bien.

La voz del moreno de mirada profunda era seductora y suave, aunque de un timbre más bien claro, bajo ningún punto de vista desagradable. Tom aún pegado a la pared lo miraba sintiendo, a pesar de la hermosa visión ante sus ojos, que debía guardar las distancias. Después de todo, juraba que no había visto entrar a tan extraño personaje, y que su aparición dentro de la alcoba era por lo menos extraña. Pero al mismo tiempo de él emanaba esa sensación de familiaridad, de estar frente a alguien que debería ser parte de su vida de algún modo. Y a pesar de estar medio asustado y medio embobado por esos ojos y labios hermosos, una pregunta revoloteaba en sus pensamientos, en aquella parte de su mente que aún era capaz de construir ideas coherentes.

— ¿Estás? —sin embargo, tembló al pensar que si preguntaba provocaría en aquel ser alguna reacción violenta, y detuvo la pregunta. Pero la duda y la curiosidad eran más fuertes. Miró hacia la ventana, pensando en la distancia que había entre él y aquella, y sobre cuánto demoraría en traspasarla si necesitaba salir huyendo de ahí. Una vez hecho los cálculos, continuó dubitativo — ¿Estás muerto?

El de ojos penetrantes lo miró sin cambiar la expresión. Y Tom no supo si interpretar ese detalle como de peligro o no. Los labios carnosos del bello joven se abrieron lentamente, dejando salir un suspiro, y habló pausadamente.

— ¿Quién está vivo?, ¿quién está muerto, Tom? —esa figura sobre la cama se movió un poco hacia la orilla, provocando más inquietud en el joven de trenzas —. ¿Estoy muerto yo?, ¿o estás muerto tú? ¿Quién vive realmente, el que respira tu aire pero no recuerda nada?, ¿o el que recuerda todo y busca incansablemente al que ama?

— ¿Me podrías responder sólo con un sí o un no? —Tom tragó saliva —. Lo único que me faltaba era encontrarme con un fantasma filósofo.

—Desde mi punto de vista estoy tan vivo como tú —el pelinegro se bajó de la cama y avanzó lentamente hacia Tom.

— ¡No te muevas! —gritó el de trenzas a toda voz, casi desgarrándose la garganta —. ¡No te muevas! —ahora con voz suplicante.

El joven de melena se detuvo, y con una sonrisa suave, llena de ternura, lo miró. Tom quiso interpretar lo que esa mirada le transmitía, pero el miedo le permitía reconocer nada más que un peligro latente, el cual dada la situación parecía lo más obvio.

—Yo sólo quiero demostrarte cuán vivo estoy Tom.

—N-No no. Me basta con tu palabra —Tom no sabía si ponerse a llorar o gritar como enfermo enloquecido. O si lo mejor era salir por la ventana ya; hacia la lluvia, hacia el balcón, y enfrentarse a la altitud del piso que se encontraba, como el gran obstáculo para poder alcanzar su Cadillac.

—Estás temblando bebé.

—Yo no soy tu bebé.

El pelinegro dio un paso más, sin dejar de sonreír. Tom al mirarle no podía dejar de sentirse cautivado por esa expresión en un rostro tan perfecto. Todo en aquel joven lo invitaba al acercamiento, aunque el miedo revivía a instantes, había ciertos momentos en que Tom se sentía a gusto con él. Si le hubiera encontrado por ahí, en otras circunstancias, se habría acercado a él y nadie en el mundo lo separaría jamás. Y al dejar fluir esa idea por su mente, por fin el de trenzas estuvo consciente de que se sentía atraído por esa esbelta figura, que volvía a dar un paso hacia él. Un paso más de ese ser perfecto.

—Déjame estar contigo Tom

— ¿Cómo sabes mi nombre?, ¿Cómo lo sabes?

—Porque lo llevo grabado en mi alma.

—Sí, que bien. Pues yo no sé el tuyo, y me parece que estoy en desventaja —replicó el de trenzas, pensando que si lo hacía hablar dejaría de avanzar hacia él como lo hacía, de forma lenta pero constante.

—Ya lo sabes. Mi nombre es Bill. Está en el cuadro. Lo viste.

Tom volvió a tragar saliva, o eso intentó, pero sólo logró rasparla, pues su boca estaba totalmente seca. Y el joven de tez blanca volvió a dar el siguiente paso, cada vez más cerca de Tom.

El de trenzas estaba aún paralizado, imaginando lleno de horror que ese hermoso joven, cuando estuviera cerca de su cuello abriría su boca llena de afilados dientes puntiagudos, y sin más le arrancaría un trozo de carne.

—No tengas miedo —seguía diciendo mientras se acercaba lentamente —. No te haré daño —Tom de manera instintiva entró su estómago, intentando infructuosamente de hacerse tan delgado como el papel tapiz de las paredes. El joven de negro se acercó y Tom giró su cara hacia su derecha, esperando lo peor. El pelinegro fue aproximando su cuerpo hasta que su aliento rosó la piel de joven de trenzas.

Tom sintió que la piel de su cuello se erizaba al sentir ese aliento que ahora le parecía menos frío que hace un rato cuando estaba en la cama. Respiraba aceleradamente, hiperventilando. Comenzó a sentirse mareado, y su corazón ya se le arrancaba del pecho.

—Shshshshsh, calma —esa voz suave junto a su oído le provocó escalofríos por la espalda —. No te haré daño, jamás lo haría, amor.

¿Amor? ¿Dijo amor? Un fantasma le llamaba amor. Que si lo contaba al día siguiente nadie le iba a creer. Mientras pensaba en eso el joven de melena negra, le seguía hablando calladamente al oído, mientras pegaba su cuerpo al de Tom. Y al escucharlo, su respiración se hacía más lenta y pausada, una vez más. En todo este rato el miedo y la ansiedad habían estado sobre una montaña rusa, subiendo y bajando de intensidad. Ahora volvían a bajar, y en su lugar renacía con fuerza un deseo desconocido hasta este día.

—Te he esperado tanto, te extrañé. Dos vidas no alcanzan para amarte como te amo, Tom. Si debo buscarte en la última galaxia lo haré porque no puedo vivir, ni morir sin ti.

—Um…—Tom ya no articulaba palabra, sólo era capaz de percibir el aliento de ese joven, y sentir ese cuerpo junto al suyo, que a través de las ropas delgadas se podía apreciar con todo detalle. «Este de fantasma… nada», pensó. Y con sólo esa idea en su cabeza, dejó de temerle a ese ser pegado a él, porque se sentía tan real, tan de carne y hueso. Y si no era un espectro, ¿qué era? Sus pensamientos fueron interrumpidos por nuevas sensaciones. Sí, la de los labios de Bill rosando con delicadeza la piel del cuello y el mentón hasta llegar a sus labios. Mientras el pelinegro apretaba las formas de Tom con su cuerpo. Para Tom las imágenes terroríficas de hace un momento ya se habían esfumado.

— ¿Quién eres? —Tom ya lo sabía, pero necesitaba creer que esto no era un sueño, ¿o sí lo era? Aún temblaba un poco por el frío, un poco por los nervios y tantas emociones.

—Soy yo hermanito. Soy Bill, tu amor… ya sabes quién soy.

A Tom tal aclaración no pareció afectarle, porque la verdad era que ese roce, ese aliento, ese cuerpo le estaba comenzando a excitar. Tal cual los relámpagos allá afuera, en su mente aparecían flashes de imágenes eróticas, recuerdos de cuerpos sudorosos de dos hombres amándose a media luz. Esos dos hombres eran como ellos, pero Tom sabía que no eran recuerdos propios, pues él jamás estuvo con un hombre antes, sin embargo, no se sentían ajenos, se sentían tan suyos, tan reales como los recuerdos de su vida.

El aliento de Bill rosó los labios de Tom, y él abrió su boca para recibir esa otra que anhelaba. Sintió los labios suaves y frescos de Bill primero, luego su lengua, dejándole paso libre dentro, devolviéndole el beso con la misma intensidad. Un beso cálido, húmedo y sensual. Las manos de Bill recorrían el cuerpo de Tom, y la respiración se hacía agitada. El de trenzas sintió los dedos fríos del pelinegro meterse por debajo de sus bóxers, haciendo estremecer su cuerpo. Pero no siguió más allá, pues los dedos se devolvieron hasta su ombligo, los sintió acariciando suavemente su vientre, luego en su pecho y sus pezones. Tom se abandonó a las sensaciones que sentía, todas nuevas porque todo era distinto, tan extraño, tan embriagador. La adrenalina era intoxicante.

Un suspiro le ganó a su voluntad cuando supo que esos dedos comenzaban a bajar otra vez hasta el límite donde empezaban sus bóxers. No quería que se detuviera, no quería que retornara a su vientre sin darle atención a cierta parte del cuerpo que muy a su pesar no sabía ni de miedos ni de orgullos. Su miembro palpitaba deseoso contra su razón. La razón que le decía que aquello estaba fuera de toda normalidad, pero ésta había perdido la batalla en cuanto esos ojos marrones, grandes y hermosos se posaron sobre él con un amor que no llegaba a comprender.

Y Tom supo sin duda alguna que aquello que le estaba sucediendo cambiaría su vida para siempre, y que pasara lo que pasara no había otro lugar en el mundo donde quisiera estar. Ya no tenía miedo, pero no quería ceder tan fácilmente, que aunque su miembro no tuviera orgullo, él sí lo tenía. Y se haría de rogar, sólo para no sentirse presa fácil, aunque lo fuera.

Mientras los dedos del joven de melena, se paseaban sobre el bulto por encima de los bóxers. Tom entrecerró sus ojos y buscó la boca del pelinegro.

—Tócame, Tom, tócame —y esta vez el de trenzas se permitió a sí mismo tocar el otro cuerpo, vivir el momento con toda intensidad.

Deslizó sus manos por debajo del suéter de joven de melena, y sintió su piel suave, algo fría.

—Dame calor —le susurró jadeante aquel muchacho en su oído, y lo abrazó. Por un momento dejó de ser erótico y fue sólo amor, puro, casto. Se fundieron en ese abrazo quieto, estrecho y cálido. El de trenzas percibió el sentimiento de bienestar de Bill, la sensación de que el dolor y la soledad se habían esfumado muy lejos de allí. Tom lo soltó suavemente, tomó su mano, y dejó de cuestionarse si era real o no todo lo que allí ocurría. Prefería cuestionarse el asunto al día siguiente tal vez, pero ahora quería vivir esa pasión totalmente. Sin importarle ahora que aquel que tenía a su lado era un hombre, del cual ni siquiera sabía si estaba vivo o si era producto de su mente. Ahora no importaba nada.
Posiblemente mañana se arrepentiría.

Pero las imágenes de esa otra pasión lo envolvían a cada instante fundiéndose con sus propias sensaciones de deseo. Eran demasiado intensas para ignorarlas. Y decidió que quería vivirlas, esa noche.
Se tendió en la cama y se quitó los bóxers. Bill al ver aquello, se relamió los labios.

—Házmelo Bill, házmelo todo —el de melena sonrió satisfecho.

Extasiado Tom contempló a Bill quitarse la ropa sin dejar de mirarlo, los ojos del pelinegro lo absorbían, lo llevaban a otras dimensiones. Lo llenaban de deseo. La piel tan blanca de Bill, su cuerpo delgado y fibroso, sus formas perfectas a pesar de su delgadez. Su sexo crecido por la excitación. Era un hermoso paisaje todo su cuerpo. Todo él. Su nariz perfecta, su boca carnosa, sus ojos avellanados, su mirada penetrante, su expresión sensual.

—Eres perfecto —y Tom no supo qué más decir.

Bill se subió a la cama, se hincó y apoyó cada pierna a los costados de Tom. El pelinegro apoyó sus nalgas sobre la pelvis de Tom haciéndole estremecer. Bajó su cabeza hasta dejar sus labios a la altura del pecho del muchacho de trenzas, y comenzó a dejar en su piel besos húmedos y sonoros, saboreando la piel de su amante, su cabellera larga y oscura, rosaba el pecho de Tom. Este suspiró, y pensó que era la experiencia más deliciosa que había vivido hasta ese momento, y eso que aún no empezaba realmente.

El de melena iba dejando besos lentos, sin prisa, haciendo sonrojar la piel de su amado.

—Oh Tom, sigues siendo tan hermoso.

Bill acercó su boca hasta los labios del de trenzas, y esta vez lo besó con pasión, con desesperación y urgencia. Dejó sus labios y con la punta de su lengua comenzó a recorrer su mentón, bajó por su cuello hasta la clavícula. Siguió hasta los pezones, y le dio suaves mordiscos. La respiración agitada de Tom y sus gemidos cada vez más intensos, denotaban que no podría esperar demasiado. El joven de trenzas acariciaba los hombros y la cabellera de Bill. Creía que iba a morir de placer, y el pelinegro aún no había tocado su zona sensible, esa que estaba en su entrepierna, orgullosamente erecta, esperando ser atendida de alguna forma. Se dio cuenta que Bill estaba igual, su pene estaba duro y grueso. Y Tom ardió en deseos. Quería que Bill hiciera algo ya, o sino enloquecería.
Si es que era un sueño, era sin duda el más delicioso que había tenido en sus 19 años. Pero ya no le bastaba, quería más, quería todo menos despertar.
Bill bajó con su lengua hasta su ombligo, haciendo círculos, humedeciendo esa área. Provocando calambres que llegaba hasta la punta de su pene, que rosaba el pecho y el cuello del pelinegro. Tom se mordía los labios, dejando escapar quejidos de placer.

—Bill, más, oh más —El de trenzas se retorcía de deseo, de gusto.

El pelinegro siguió más allá, hasta su ingle derecha, y lentamente, en un trayecto que a Tom le pareció una torturante eternidad, siguió con su lengua hasta el pene, que ya humedecía su glande con el líquido pre seminal. Bill pasó su aliento por él sin tocarlo, desde la base hasta la punta, y de allí regreso hasta abajo.

— ¿Qué haces? Ah, por favor, tócala —Bill sonrió con malicia —. Hazlo ya, lo que quieras hacer, ¡hazlo!, ¡ahhh! —Bill soplaba sobre el pene de Tom, y sabía que era el momento adecuado —. Bill, ya no aguanto.

El pelinegro sonrió y avanzó hacia adelante, posicionando sus caderas a la altura de la pelvis de Tom otra vez. Con una mano condujo el miembro de su amante hasta su entrada, y luego bajo su pelvis, haciendo que todo el pene entrara en un movimiento. Bill dejó escapar un quejido, que Tom no supo interpretar si era de dolor o de placer. Se quedaron quietos por un instante, con las respiraciones entrecortadas, el pelinegro lo miró sonriente, y se pasó la lengua por sus labios.

— ¿Así te gusta? —y comenzó a mover sus caderas rítmicamente, provocando que el miembro de Tom entrara y saliera, quien sentía que iba a morir de placer y de excitación, provocándole temblores. Bill era tan estrecho, tan deliciosamente suave y tibio.

—Eso, así, así. Muévete así —Tom jadeaba mirando al joven sobre él, que se mecía deliciosamente sobre sus caderas. Bill gemía despacio al ritmo de sus movimientos. Tom mientras lo sostenía de las caderas.

— ¿O prefieres así? —le dijo el pelinegro comenzando a moverse en círculos.
Las oleadas de placer y del orgasmo aumentaban, provocando gritos en Tom, a quien ya le era difícil fijar su vista. Sus ojos se entrecerraron llevándolos hacia atrás, poniéndolos blancos. Sus gemidos eran casi sollozos, incapaz de coordinar pensamientos coherentes, balbuceaba palabras a medio pronunciar, convirtiéndose en una letanía incomprensible. Sabía que el orgasmo debería llegar, ya que para su mente, tal placer era indescriptible y no era posible que durara más allá y aun asi conservara su cordura. Alcanzar el clímax sería casi un alivio para tal tortura. Pero su cuerpo se debatía en seguir sumido en aquel placer, o alcanzar el cielo y tocarlo con sus manos. No duraría mucho más, era todo lo que sabía.

El pelinegro se seguía moviendo, absolutamente concentrado en ello. Respiraba, jadeaba, se mecía, gemía, sudaba, se lamía los labios buscando humedad. Calmaba sus movimientos y luego volvía a su incesante ritmo. Mientras Bill se movía frenéticamente, Tom no dejaba de gritar.

— ¡Bill, Bill! Delici… delicioso… ahh rico —su voz quejumbrosa, no era capaz de emitir ninguna palabra más. En ese instante siente su pene explotar dentro de Bill en medio de estertores de placer. Los brazos de Tom se relajaron. Su respiración agitada aún acusaba al orgasmo que se negaba a morir. Bill levantó sus caderas apoyándose en sus manos, para liberar el miembro de Tom. Tom se percató de que el miembro de Bill seguía duro y se sintió culpable.

—Lo siento, discúlpame, sólo pensé en mí.

—Sh sh sh, aún no termina cariño, la noche es joven. —dijo el pelinegro mientras dejaba caer saliva entre las nalgas de Tom.

Continuará…

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