Waiting for you 5

CAPITULO 5

Bill empezó a acariciar el vientre de Tom. Haciendo círculos con sus dedos. Subiendo hasta los abdominales. Bill seguía de rodillas pero entre las piernas del de trenzas. Le acarició las ingles, bajando una mano hasta sus testículos, y con la otra comenzó a masturbarle, una y otra vez, mientras besaba la parte interna de los muslos de Tom, siguiendo una línea imaginaria desde la rodilla hasta rozar su nariz con la entrepierna del otro.

El de trenzas comenzó a jadear, su deseo empezaba a subir nuevamente. Con sorpresa, Tom descubrió que su miembro se llenaba otra vez. La erección crecía. El de melena pasó la punta de su pene a lo largo del miembro de su amante, suavemente bajando y volviendo a subir hasta el glande de Tom, haciendo gemidos agudos que lo excitaban. Éste volvió a recorrer los testículos de Tom con una de sus manos, y con la otra lo volvía a masturbar. Dejó otro poco de saliva entre las nalgas del chico. Con un movimiento suave le hizo subir las piernas. Tom adivinó lo que venía y no tenía miedo. Pues si ese sueño iba a ser así de intenso, él lo quería todo.

Su morbo aumentó cuando sintió los dedos de Bill jugueteando en su entrada. Otro poco de saliva, y comenzó a introducir un dedo. La sensación era extraña pero no desagradable, Tom estaba tan excitado que quería todas las sensaciones, y contrario a lo que siempre creyó, sentir allí esos dedos le encendían más aún.

Mientras Bill sacaba y metía ya dos dedos, con la otra mano masturbaba a Tom.
El de trenzas se abandonó a su “fantasma” quien comenzó a abrir los dedos dentro de sus entrañas, provocando jadeos en él, que lleno de excitación movía sus caderas. El pelinegro observó el movimiento que hacía y pasó su lengua por los labios, acercando la punta de su pene que no había dejado de chorrear el líquido pre seminal a esa entrada que ya estaba dilatada y húmeda con los fluidos de Bill. Expectante y ansioso Tom esperó a que su amante hiciera algo, y contempló su rostro. Los ojos del de melena estaban fijos en aquella parte íntima suya, se veía tan hermoso, y a Tom le parecía que definitivamente ese hombre era real, y no producto de su imaginación. Tampoco podía ser fantasma, pues los fantasmas no tienen fluidos, ni sudan, ni sus besos saben tan bien, aunque él no tuviera ni la más mínima idea de cómo besaba un fantasma, pero este hombre, que estaba a punto de llevarse su virginidad trasera, era de carne y hueso… «Definitivamente es real», pensó. Y esa idea lo hizo feliz.

El pelinegro levantó sus ojos y miró intensamente a los de Tom, quién sintió que se derretía con sólo tener esas pupilas sobre él. El rostro sudado del misterioso joven, era lo más sensual que Tom había visto. Tenía algunos mechones de su cabello rosando sus mejillas, sus ojos almendrados estaban entrecerrados, su boca carnosa entreabierta, formando una leve sonrisa. Bill humedeció sus labios, y su lengua apareció apenas dándole más erotismo a su gesto.

—Voy a entrar, cariño.

Tom asintió, incapaz de decir nada. Eran nervios, excitación, deseo desenfrenado, erotismo y ansiedad. Demasiado para un corazón tan joven e inexperto. Había tenido tantas novias de meses, de días, pero nadie había impactado en él como lo hacía este chico tan bello. Porque hasta ahora jamás había sentido tantas emociones al mismo tiempo. Todo llegaba de pronto a su vida, y no sabía si estaba preparado para procesarlo debidamente.

Bill comenzó a entrar suavemente. La penetración era lenta y constante. Dolía, dolía. Sin embargo, eso al de trenzas no le desagradaba, estaba sorprendido realmente porque jamás pensó que el dolor también fuera algo placentero.

— ¡Oh Tom! —y la voz del pelinegro se confundió con el viento —. Estás… Tom, Tom —Bill echó la cabeza hacia atrás, suspirando con fuerza, abriendo su boca y cerrando fuertemente los ojos. Luego volvió su rostro sudado, hacia el frente otra vez y abrió sus ojos, sonriendo.

Cuando terminó de entrar, Bill se quedó quieto, mirando a su amado, dándole tiempo para acostumbrarse a su miembro.

Tom cerró los ojos, respirando de manera superficial, aguantando el dolor, pensó que aquello no podría soportarlo más. Y sintió la mano de Bill en su miembro una vez más, con unos de sus dedos recorrió su glande, y la pequeña abertura de su punta. Tom no pudo, ni quiso evitar el largo gemido que de su garganta salió en respuesta. La sensación embriagadora del placer en su pene le envolvió, haciendo mitigar el dolor de su entrada.

El pelinegro comenzó a embestir suavemente, sin dejar de acariciar el pene de Tom, quien no dejaba de gemir. El dolor era aún intenso y se mezclaba con las placenteras sensaciones en su pene. No quería que fuera así, no quería sentir dolor. Decidió ignorarlo, y ser consciente del momento que vivía, porque no quería olvidar nada, deseaba disfrutarlo todo. Abrió los ojos, contemplando al maravilloso hombre que lo penetraba, y decidió gozar junto a él.

Grande fue su sorpresa al darse cuenta que el dolor ya no estaba, había desaparecido, y sonrió. Bill lo supo y comenzó a aumentar la fuerza de sus estocadas, tomando las caderas de Tom, profundizando así la penetración. Fue en ese instante que el pene del pelinegro tocó cierta parte en sus entrañas, provocando un placer jamás sentido antes, que recorrió su cuerpo como una descarga eléctrica, cortando su respiración, y provocando en Tom un grito.
Bill se detuvo preocupado. El de trenzas le sonrió otra vez.

—Sigue Bill —el pelinegro obedientemente, volvió a embestir con la misma fuerza provocando en Tom la misma respuesta —ahí, ahí, más… más… sigue —decía al borde del llanto. No era pena, ni tristeza, ni dolor. Era placer y felicidad, como nunca lo había vivido.

El pelinegro aumentó la velocidad de sus estocadas. Acercó su rostro al de su amado y lo besó con ansiedad, con hambre, con pasión. Tom con sus piernas asió a Bill por las caderas, mientras envolvía sus manos con su cabellera larga y oscura. Cada embestida, era un golpe de placer, tan intenso que casi parecía una tortura, porque no sabía de qué manera expresar tal cúmulo de sensaciones. Creía que su cuerpo le abandonaría, y su espíritu saldría flotando hacia otras esferas de la conciencia, ya que nadie en este mundo es capaz de soportar tanto placer y vivirlo sin perder la cordura. Cada estocada de Bill era una corriente de gozo que nacía en su próstata y terminaba en la punta de su pene, y de allí se expandía por todo su cuerpo. El tormento de felicidad aumentaba con la mano de Bill masajeando con frenesí su miembro, aumentando aún más su disfrute.

— ¡Ah qué rico! ¡Tan rico! Más… más —y volvía a besarlo —. ¡Oh Bill!

— ¡Um!, Tom. Eres mío otra vez… al fin.

—No me dejes ir, Bill.

Las embestidas eran más intensas, y más deliciosas para ambos. Y cuando creían que el placer y el gozo no podían ser más intensos y totales, Bill llegó el orgasmo, impidiéndole hablar, pensar. Sólo sentir. Tom percibió la humedad del pelinegro en su interior, y él estaba a punto de acabar. Bill lo masturbó otra vez y le dio una última embestida. En medio de estertores y gemidos, llegó al clímax segundos después, derramándose en su vientre y en la mano de Bill.

Cansados, pero felices, se abrazaron, intentando recuperar el ritmo normal de respiración. Un sopor de satisfacción y relajo llenó sus cuerpos, dejando una intensa sensación de paz que Tom no quería que se acabara. Mantenía los ojos cerrados, sintiendo el aliento cálido de Bill en su cuello. La sensación de somnolencia lo mantenía en una agradable quietud que fue interrumpida por la suave voz del que estaba aún sobre él.

—No te dejaré ir nunca más amor —Tom se sintió pleno de dicha, y sonrió una vez más.

—Ahora duerme —la voz del pelinegro se apagó con un trueno, y la luz se fue. Tom sintió que lo cubría con las mantas, y se dejó ir por el sueño mientras disfrutaba del calor de ese otro cuerpo, de su olor, de sus caricias. La tormenta arreciaba allá afuera, pero Tom se sentía tan protegido. Ya no estaba aquella melancolía que tanto le atormentó momentos atrás. Se sentía completo.
Dejándose embargar por todas esas agradables emociones. Se durmió.
Mientras, el pelinegro dibujaba su perfecto perfil con un dedo.

&

La lluvia y el viento fue la canción de cuna para algunos pero no para Andreas, que atrapado en su habitación, y sin entender lo que sucedía, se había desvelado hasta el amanecer.

Durmió un par de horas hasta que un repentino miedo lo hizo despertar, sobresaltado. La luz de un rayo de sol que daba en su cara terminó de quitarle el sopor de ese sueño esquivo y que ahora necesitaba recuperar, pero que no tomaría en cuenta ya que había otro asunto más urgente que atender.
Bajó de la cama y fue hasta la puerta que se abrió esta vez fácilmente. Sin detenerse a pensar en ese gran detalle, se dirigió hasta el cuarto que ocupó Tom. Aún estaba muy preocupado por el grito de Tom durante la noche.
Abrió la puerta de golpe, imaginando una escena dantesca, no obstante sólo vio a su amigo cubierto por las mantas profundamente dormido, dejando a la vista parte de su pecho desnudo.

— ¡Tom! ¡Tom! —el de trenzas con los ojos semi cerrados miró extrañado a quien le llamaba.

— ¿Qué ocurre?

— ¿Estás bien?

—S-s-sí…

—Anoche te oí gritar

Entonces Tom recordó, se quedó pensativo por un par de segundos y buscó con la mirada… no estaba. Se bajó de la cama y sin preocuparse por estar desnudo, se fue al baño, tampoco estaba ahí.

— ¿Dónde está?

— ¿Qué cosa?

— ¿Dónde se fue? —Tom miró hacia todos lados, provocando el susto en el rubio, que aún no terminaba de tranquilizarse —, ¿se fue?

— ¿Quién Tom?

—Se fue… —dijo el de trenzas al borde del llanto, su voz sonaba aguda —… se fue —repitió en un susurro, con la voz quejumbrosa.

—Tom, me asustas amigo.

—Estuvo aquí —dijo, apoyándose en la pared, junto al baño. Las lágrimas comenzaron a brotar.

—A ver, repite con calma, que yo te pueda entender sin colapsar antes.

—Bill estuvo aquí.

—Bill —repitió Andreas como un eco —. Bill ¿Cuál Bill?

—Bill, el del cuadro del salón…no está.

— ¡El del cuadro!

—Sí Andreas, el del cuadro.

—Tom amigo, soñaste, si supieras las de cosas que escuché anoch…-

—Bill estuvo conmigo anoche.

—Debe haber sido un sueño Tom —a Andreas le estaba exasperando la situación. Se preocupaba por lo perturbado que se veía Tom.

— ¡No! —el grito de Tom, dejó al rubio casi en un paro cardiaco —. No, no, no… era real, todo era real —Comenzó a sollozar. El rubio se acercó a Tom, angustiado sin saber cómo ayudar a su amigo.

—Anda Tom, vístete.

—Quiero que vuelva. Le pedí que no me dejara…—Andreas se acercó con una manta, y se la puso en los hombros.

—Amigo, cálmate y cuéntame —el rubio lo tomó de los hombros con la intención de llevarlo hasta la cama para que se sentara, pero Tom no se quiso mover.

—Estuvo anoche, aquí. Era tan hermoso. Parecía un ángel. Sus cabellos largos y negros, sus ojos marrones de mirada intensa, sus labios suaves.

— ¿Labios suaves?

—Hicimos el amor.

— ¡¿Hicieron qué?! —Andreas tenía desencajada la mandíbula, y no se percató de la mirada de fastidio de su amigo.

—Estuve con Bill anoche, aquí. Hicimos el amor, ¿lo entiendes?

— ¿Anoche, hicieron el amor?

— ¡Quieres dejar de repetir lo que digo!

—Pero, pero debe haber sido…

—Si dices una vez más que fue un sueño, te parto la cara. —Se acercó al fin a la cama para sentarse y cuando lo intentó un fuerte dolor se lo impidió. Al intentar evitar la punzada, se volvió a levantar, y dándose cuenta que había dejado una pequeña mancha de sangre oscura.

—Eso es… ¿sangre? —los ojos de Andreas estaban desorbitados.

Tom pasó su mano por entre sus nalgas, y un poco de sangre con semen salió entre sus dedos. La cara del rubio era de horror y asco.

— ¿Qué te pasó Tom?

—Exactamente lo que te he dicho, y esta es la prueba. —Tom secó sus lágrimas — ¡No fue un sueño!

— ¡Tienes sangre! ¡Sangre con, con…!

—Debe andar por aquí Andreas, tal vez bajó a la cocina. No sé, pero anda por aquí —Tom se metió al baño para darse una ducha, mientras el rubio intentaba articular palabra, mirando la mancha de sangre dejada por su amigo en la cama.
Tom se duchó rápido. Estaba feliz aunque ansioso por salir a buscar a Bill, ansioso de verlo.

&

En la habitación rosa ya todo estaba en calma. Gustav descansaba en el pecho de Georg, que dormía plácidamente. La noche ya había llegado a su fin y la tormenta se había ido, dándole paso a un brillante sol.
Gustav siempre ha sido el madrugador y apenas los rayos del sol le dieron claridad a la habitación comenzó a despertar.
Se desperezó, se estiró, siendo consciente de varias cosas a la vez. Detalles que lo confundieron.

Primero, no recordaba en qué momento se había acostado. Segundo, le dolía todo el cuerpo, especialmente el trasero. Tercero, no estaba solo en la cama, y no se atrevía a girar su cara para confirmar sus sospechas de quién era la persona que yacía junto a él. Pero la curiosidad mató al gato.
Lentamente, se giró para mirar a ese alguien. Al moverse se dio cuenta que estaba desnudo, y que Georg también lo estaba.

— ¡Georg!

— ¡Ah, ah¡ ¡¿Qué?! —el castaño, del susto dio tremendo salto.

— ¡Georg! —esta vez el grito del de anteojos no era de sorpresa sino de consternación.

— ¡Ah Gustav! Casi me matas.

— ¡¿Qué haces aquí acostado conmigo Georg?!

— ¡¿Cómo que qué hago contigo?!

— ¡Pues explícamelo!

— ¡A ver, a ver, un momento! Tú me seduces, me traes hasta acá, te montas sobre mí, ¿y tú me pides explicaciones?

— ¿Ah? Pff… pl… yo… no, no ¡¿Que yo qué?! —los ojos de Gustav eran dos grandes discos en su rostro desencajado.

—Pues eso. Lo hicimos anoche, y no fui yo quién empecé.

— ¿Lo, lo ,lo?

—Y estuvo bueno —continuó Georg en un puchero.

— ¡Lo-lo hicimos! ¿Hicimos qué? —el de anteojos había amanecido más lento que de costumbre. Sentía que el castaño hablaba, pero era incapaz de procesar debidamente la información en tan pocos segundos.

— ¿Cómo que qué? “Eso”, hicimos “eso”.

— ¡Pero si somos hombres y somos amigos!

—Sí, somos hombres, pero no sé qué tan amigos. Tal vez nosotros… —Georg detuvo sus palabras al ver la cara de desagrado de Gustav, y se sintió herido por ese gesto.

—Georg, dime que es mentira —el de gafas, se cubrió con una sábana y se alejó de la cama sin saber qué hacer.

— ¡Qué tanto te cubres! ¡Anoche te lo vi todo! —el castaño lo miró fijamente y Gustav se sonrojó —, ¿No recuerdas nada?

Gustav pensó un instante y luego calladamente movió su cabeza negando. Se hizo una pausa que pareció una eternidad.

—Lo siento Georg, pero no recuerdo nada —la voz de Gustav era un leve susurro. Sabía que con su respuesta estaba lastimando a su amigo-amante.
Georg se sentó en la cama, con los codos en las rodillas, sentía ganas de llorar, pero se tragó las lágrimas. Aún le quedaba orgullo y dignidad. Se cubrió el rostro con ambas manos, y tomó aire para relajar el nudo que tenía en su garganta.

— ¡Qué cagada! —lo peor para Georg es que lo había disfrutado realmente, y no podría hacer ahora como si nada. Ya nada sería igual otra vez con su amigo.

Luego de unos segundos de silencio, se atrevió a preguntar.

— ¿Qué pasó entonces? —observó con ansiedad al de gafas, y volvió a repetir la pregunta, pues su amigo no hacía intentos de responder —. Dime Gustav, ¿qué pasó?

Gustav, al ver el pesar de su amigo, se acercó y se sentó en la orilla de la cama.

—Sólo recuerdo que vine al baño, y me quedé mirando unas cajas allí —dijo indicando el mueble junto a la ventana —. Y de pronto, una chica de ojos azul claro detrás de mí, me sorprendió.

— ¿Una chica? —la cara de sorpresa de Georg era evidente —. ¿Cuál chica? No había chicas ayer.

—Sí la había… era como ella —refutó señalando el cuadro en la pared, desde donde los mismos ojos cristalinos les observaban.

— ¿Ella? ¿Pero no es una antigua?, o sea, ella ya no existe.

—No dije que fuera ella, dije que era como ella. —le respondió Gustav, quien hizo una pausa y continuó —Después de eso, ya no recuerdo más.

Georg se miraba las manos, temeroso de ver a los ojos de espanto de su amigo. Su corazón sangraba lentamente, pero no quería demostrar que estaba sufriendo.

— ¿Georg?

— ¿Ajam?

El de anteojos hizo una pausa. Tragó saliva y tomó un poco de aire. El castaño comprendió que esto era igual de difícil para Gustav.

— ¿Dime… ya no soy? —tomó aire de nuevo y continuó —. ¿Ya no soy virgen de ahí?

Georg sintió que el calor se le subía a la cara y luego hasta las orejas. Se sintió culpable, tal vez era injusto sentirse así, pero pensaba que debió darse cuenta que Gustav estaba extraño, que su comportamiento no era normal. Él era el cuerdo en ese instante y no se comportó con la lealtad que le debía a su amigo. ¿Por qué? Porque sus sentimientos lo traicionaron, esos sentimientos que tenía secretamente por Gustav y que de fraternales no tenían nada. Llevaba mucho tiempo enamorado de él. Mucho tiempo guardando ese amor sin esperanzas, y ahora quizás había comenzado a perder su amistad también.

—Lo siento Gustav, pero no. Aunque fue la experiencia más- —se silenció.

—Y-y-y, ¡¿por qué te dejaste seducir?! —Georg absolutamente sonrojado, bajó la mirada y sintió deseos de llorar.

—Porque tú me gustas —se hizo un pesado silencio —. Gustav, creo que estoy enamorado de ti.

Continuará…

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