CAPITULO 7
Sus amigos se quedaron observándolo con asombro, sin entender en absoluto sobre qué hablaba el de trenzas, quién era ese “él”. Lo vieron alejarse raudo por el camino serpenteante en la misma dirección que llevaba toda la gente que se desplazaba, o hacia la Marina o bien hacia la zona de picnic.
Sabiendo que la espera sería infructuosa, se decidieron a seguir camino al restauran y esperarlo allá. Cómo las acciones de Tom no tenían lógica para los tres, tampoco hicieron el intento de hacer conjeturas. Ya les contaría él mismo más tarde.
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La gente le obstaculizaba la visión a Tom aumentando su ansiedad. Entre tantas cabezas alcanzó a distinguir la melena negra. Estaba aún demasiado lejos para llamarle, así que comenzó a correr para darle alcance. El pelinegro siguió su camino hacia la zona de picnic, en el bosque. Tom intentaba avanzar lo más rápido posible sin perderle la pista, tropezando un par de veces con la gente, se disculpaba lo más rápido posible y seguía avanzando. En una de esas veces, cuando después de pedir disculpas a un señor regordete, el de trenzas se giró otra vez para avanzar, el pelinegro ya no era visible. Tom se detuvo con la respiración agitada, sus pupilas dilatadas, y su mente trabajando posibles alternativas para encontrarlo.
Justo en ese momento, logró ver esa cabellera negra y larga. El pelinegro se dio la media vuelta, mirando hacia donde estaba el de trenzas y Tom juró que lo miraba a él. Éste contuvo la respiración, esperando alguna señal, pero aquel joven, luego de un breve instante, se volvió a girar y continuó su marcha por el sendero.
—¡Scheisse! —exclamó Tom y retomó la carrera.
Después de unos minutos, que al de trenzas le parecieron horas, llegó hasta el límite del bosque con el corazón que ya se le salía de la boca —necesito más ejercicio aeróbico —pensó. Los centenarios arces, abetos, pinos, hayas, avellanos, píceas y fresnos, le daban al aire un aroma embriagador. Entre las sombras que daban los magníficos árboles, mesas y asientos bastantes rústicos, hechos de troncos muertos, se esparcían aquí y allá. El mar de follaje y ramas, se confundían con la gran cantidad de turistas. Familias completas con ropas coloridas y alegres conversaban animadamente mientras compartían sus alimentos. El deseo casi desesperado por distinguir entre la gente a aquel que se había vuelto su obsesión, no le permitía pensar con claridad. Se quedó allí mirando con la mayor detención que pudo. Los innumerables caminos dentro del bosque, le confundían aún más.
—¿Dónde estás? —dijo calladamente, casi como una plegaria —No juegues conmigo.
En ese mismo segundo, la esbelta figura cruzó entre dos grupos de gente, a unos 300 metros más allá, siguiendo uno de los senderos que doblaba hacia la derecha. Antes de desaparecer entre los árboles, se detuvo y miró a Tom, quién ya, seguro de que no era sólo una coincidencia, avanzó de prisa hacia aquel camino.
El de melena negra ya no estaba a su vista, y temeroso de perderle el rastro, apuró el paso. Al llegar a aquella curva, las ramas de los árboles se cerraban sobre él, haciendo más sombrío el paisaje. A lo lejos las voces de la gente parecían un murmullo incesante que se confundía con otro de agua, que corría hacia alguna parte.
A medida que se adentraba hacia la profundidad del bosque y del cerro, el sonido de las voces de la gente se iba haciendo más apagado e inaudible. Esas voces eran reemplazadas por el suave viento entre las ramas, y el sonido incesante del riachuelo que bajaba cantarín por las quebradas hasta el lago.
Tom sin estar seguro de nada, seguía el camino, pensando en no equivocarse y extraviar el sendero que lo conduciría hasta Bill.
—¡Tooommm! ¡Veeeennn!
El de trenzas sintió el llanto subir por la garganta —No es el viento ¿verdad? ¿o es mi imaginación? —pensó, sintiéndose estúpido por no contener sus emociones, por dejarse dominar por ellos. Si lo pensaba detenidamente, era una verdadera locura lo que estaba haciendo, seguir a alguien que no se conoce hacia las profundidades de un bosque, eso sólo podía ser producto de un calentón demasiado irracional. Pero al mismo tiempo sabía que era mucho más porque su corazón le decía otra cosa. Le decía que de alguna forma siempre había esperado conocer a alguien como Bill. Su corazón le decía que no se equivocaba.
Mientras avanzaba, el recuerdo del sabor de la boca del moreno se hacía más intenso. El brillo de esos ojos hermosos que lo volvieron loco, y traspasaron su corazón, volviéndolo su esclavo. El esclavo de Bill.
Ahora el único pensamiento coherente que tenía en su mente, era estar con él. Estar de nuevo junto a su cuerpo, sobre su cuerpo, debajo de él, abrazado a él.
—Bill ¿Dónde estás?
Unos pasos entre delgadas ramas quebradizas, que crujieron debido al peso que soportaban, fueron la pista que esperaba. Sin embargo, ese sonido lo obligaba a separarse del sendero y adentrarse entre los árboles. Tomó un poco de aire para darse ánimos, y luego exhaló.
Avanzó entre los árboles, haciendo a un lado las ramas que se interponían en su camino. Segundos más tardes, con algo de rabia se dio cuenta que un sendero más estrecho corría a su lado en la misma dirección.
—¡Qué bruto que soy!
Sin pensarlo dos veces, encaminó sus pasos por el sendero, que le permitiría avanzar más rápido.
El sonido chispeante de alguna pequeña cascada se acercaba cada vez más. Los ojos de Tom contemplaban el exuberante paisaje, lleno de distintos matices de verdes. Los aromas dulces y ácidos de los distintos árboles lo envolvían. Y sus oídos se llenaban de los sonidos del agua y de la brisa allá arriba.
Las sombras del intenso follaje y las ramas tupidas, se hacían cada vez más tenues, hasta llegar a un claro donde había una mesa con asientos de troncos y unos pasos más allá una hornilla para las barbacoas. Había también una pequeña pileta con un grifo para lavar utensilios de cocina. Todo dispuesto para hacer un hermoso picnic, lejos de todo.
Miró expectante a su alrededor buscando una pista. Una muralla de árboles lo rodeaba y ya no le quedaban ideas.
Apoyó su cuerpo en la orilla de la mesa y cerró sus ojos, frustrado. Este juego le estaba volviendo loco, y se sentía derrotado y tonto. Tal vez después de todo, era sólo una jugarreta de su mente, producto del stress vivido meses antes por las exigencias de la universidad. Era un hecho, la facultad lo estaba volviendo loco.
Así y todo, resignado como parecía, su corazón se resistía al vacío que le dejaba el espacio alrededor de su cuerpo, la ausencia de Bill. Lo añoraba, era más que un simple deseo de estar junto a él. Cada fibra de su ser tenía necesidad del tacto, del aroma, de la pasión de su pelinegro. Y no quería perder la luz de esperanza que palpitaba en su mente. Quería estar con Bill tanto, tanto que dolía.
—He estado esperándote por tanto tiempo —esa voz no venía de su mente, no era su pensamiento que se había materializado. Era su voz, la misma que en la noche lo había seducido.
Tom escuchó aquellas palabras, y cada célula de su cuerpo exudó alegría. Pero no abrió los ojos. No quería romper el hechizo, no quería abrirlos y ver que no estaba ahí. Tensó su cuerpo otra vez, tenía miedo. Pero ahora sentía un miedo muy distinto al vivido horas antes. Ahora su miedo era despertar y ver que todo era un sueño.
Apretó sus puños y contuvo el aire esperando algo. El sonido de unos pasos acercándose lo llenaron de ansiedad. Quería que fuera él. Quería a Bill.
—¿Bill?
Fue entonces que un aliento conocido tocó su boca.
—Aquí estoy amor, por fin. ¿Por qué has tardado tanto?
Bill, apenas rosaba la piel de Tom, recorriendo su cuello, su cara, su boca, sus ojos, oliéndolo, llenándose de su aroma. Su nariz tocaba apenas la piel de Tom, aspirando y soltando luego el aliento cálido, haciendo erizársele los diminutos vellos de la piel, provocando corrientes de electricidad por la espalda de Tom, que bajaban irremediablemente hasta su sexo. El de trenzas le oyó suspirar de satisfacción, y el palpitar en su miembro se hizo intenso. ¿Cómo podía volverlo loco de esa manera?
Tom abrió sus ojos encontrando frente a los suyos a aquellos tan hermosos que lo conquistaron, que lo enamoraron perdidamente. Nada le turbaba, nada le distraía de la emoción de verlo y sentirlo. Sentir otra vez ese cuerpo, contemplar una vez más ese rostro tan bello.
Sus ojos se llenaron de él, y los volvió a cerrar.
—Anoche soñé contigo, Bill —dijo casi en un suspiro, mientras una lágrima caía por su mejilla. El pelinegro pasó su pulgar para quitarla de ese rostro tan lindo, y lo besó allí suavemente.
—No llores amor, no fue un sueño. Yo estuve ahí contigo. Te fui a buscar. —el pelinegro interrumpió sus propias palabras para besar con ternura el contorno de los labios de Tom, quien ya se sentía flotando entre nubes. Abrazó a Bill, apretándolo contra su cuerpo. Su miembro ya estaba duro, y no le importaba quedar en evidencia ante el de melena negra.
—¿Me fuiste a buscar?
—Sí —Bill no dejaba de besar a su amado, hilando las palabras entre beso y beso —Estuve ahí contigo, una parte de mí siempre ha estado a tu lado.
—No entiendo.
La mente de Tom lo que menos quería era procesar las palabras del pelinegro, pues todas sus energías estaban en la creciente excitación que se hacía más difícil de contener.
—Ya lo entenderás —las manos del pelinegro recorrían el contorno del cinturón de Tom, rosando apenas la piel con sus uñas. Subió las yemas de los dedos por su vientre, por debajo de la ropa. Para el de trenzas era difícil articular sus ideas, el deseo de tener a Bill como hace unas horas ardía en su vientre, en su miembro. Su respiración agitada, sólo por sentir el roce del pelinegro, lo delataba una vez más. Hace unas horas se había prometido no dejarse seducir tan rápido, pero a los pocos segundos ya se había olvidado de su propia promesa. Ahora no pretendía engañarse, ya estaba rendido a los pies de Bill, pero sentía que necesitaba algo de amor propio en esto. Después de todo, ¿cuánto sabía de este joven? Casi nada, apenas su primer nombre.
¿Pero de qué amor propio estaba hablando? Si ahora todo lo que quería era sentir a Bill. Quería llenarse de él, como si le hubiese extrañado siglos. Volvió a abrir los ojos, y se concentró en aquellos de color tan igual al suyo. Bill sonrió y acercó su rostro, lo besó con fuerza, con pasión, penetrando su boca con la lengua, dulce, húmeda. Tom hizo lo mismo, correspondiendo con la misma intensidad. Apartó un poco su rostro para comprobar que sus ojos no le estuvieran engañando. Lo miró en silencio. Sí. Era él. También era su olor, y ese roce tan característico que daban sus labios y su piel. Sencillamente no era posible que existiese alguien más como Bill, alguien que se pareciese tanto, y de tantas maneras. No. No era posible.
—¿Eres real Bill?
—Tanto como tú, precioso —le besó —igual que tú.
—No quiero que te vayas —Tom tragó saliva —cuando hoy desperté, te busq…
—¡Sh sh sh! No me iré, siempre estaré contigo.
—Te busqué —el de trenzas dio un largo suspiro.
—No me iré de tu lado, y no te dejaré ir.
—Yo no quiero estar sin ti.
—¡Ven! —Bill lo tomó de la mano y corriendo lo llevó por entre los árboles. Tom con su mano libre hacía a un lado las hojas y las ramas.
Bajaron hacia una quebrada, aún más oscura por el follaje y la profundidad. Se detuvieron al llegar hasta la orilla del riachuelo que desembocaba en un pequeño salto de agua, provocando una chispeante y pequeña cascada. Abajo una laguna, una fuente natural, no muy grande, ni muy pequeña. El agua era cristalina. De un verde esmeralda. Los pocos rayos de luz, provocaban chispitas brillantes, que juguetonas aparecían y desaparecían según el movimiento del agua. Hacia el extremo contrario de la cascada una pequeña cueva, dándole más sombra al agua. Haciendo el paisaje aún más misterioso. Bill se volvió a Tom y le sonrió, mientras se quitaba la ropa. El de trenzas, sintiéndose algo avergonzado, bajó la mirada, sabiendo que sus mejillas se habían enrojecido. Bill se dio cuenta de esto, se acercó, lo besó brevemente y se lanzó al agua.
Desde el centro se quedó mirando a Tom, y haciendo el gesto con la mano lo invitó a entrar al agua también.
—¡Qué diablos! —dijo por lo bajo, y se desvistió, lanzándose al agua. Tom nadó las pocas brazadas que había que recorrer hasta el pelinegro.
Se miraban y no se decían nada, ¿qué podrían decir? Bill era el misterio mismo, y Tom estaba embobado. Pero también sentía miedo de la verdad. Entonces prefería no hablar. Por ahora, no haría más preguntas, las haría más tarde, quizás otro día. O tal vez se atreviera, ¿a qué le temía?
Como fuera, esas dos esferas marrones que le miraban intensamente, le quitaban voluntad, impidiéndole al de trenzas tomar cualquier otra decisión que no fuera estar junto a Bill. Se acercó hasta rozar su nariz con aquella tan hermosa que dividía de manera tan proporcionada el rostro del pelinegro. Y éste como si le leyera el pensamiento le dijo,
—Soy quien te he dicho ser.
Tom pestañeó seguido varias veces, y quiso hablar, y decir que no tenía lógica la forma en que le conoció, la forma en que se enamoró de él, pero calló, de su boca salió apenas un suspiro cuando Bill pasó sus manos heladas por su vientre.
Sentir las manos de su amado en su cuerpo, era el elixir que nunca pensó desear con tanta fuerza. Esas manos, también ansiosas, recorrían cada centímetro de su piel bajo el agua, provocándole espasmos de placer al rosar su miembro, al tocar sin pudor sus testículos. Las mejillas de Tom se encendieron, y sus labios húmedos y su boca acuosa acusaban su excitación. Bill no le dejaba de mirar, con la boca entreabierta, sus ojos almendrados que parecían de fuego. Pasó su lengua por los labios, humedeciéndolos, y luego soltó un jadeo que transportó al de trenzas hasta el mismo cielo. Era maravilloso sentirse así deseado, deseado por un hombre tan hermoso. Tom se dejó llevar y comenzó a flotar de espaldas, mientras Bill recorría su cuerpo con su mano derecha con la mano derecha, mientras con la izquierda lo sujetaba su cabeza. El pelinegro lo besó una vez más, pero ahora su beso era suave y erótico, moviendo su lengua lentamente, atrapando el labio inferior del otro con los suyos, jugueteando con el piercing de Tom. Mientras su mano masturbaba al de trenzas.
A pesar que el agua estaba algo fría, Tom sentía que su cuerpo estaba en ebullición, parecía como si el agua depositada en su vientre comenzaba a evaporarse. Bill pasaba su lengua, por su mentón y volvía a subir hasta los labios. Soltó su pene, y con esa mano empujó su vientre hacia abajo. Nadó hacia la orilla y se volvió a mirar a Tom, quien no tenía otra opción más que seguirle. Porque era todo perfecto, ese hombre frente a él que le invitaba a estar con él, y ese sentimiento que le embargaba el alma. Casi daba miedo, tan surrealista, tan verdadero.
Se recostaron sobre millares de hojas, caídas por la tormenta de la noche anterior. Tom sobre él, tomando el mando. Esta vez se saciaría de su pelinegro.
Sin dejar de acariciar su cabello, Tom miraba a su amado, contemplando sus ojos, acariciando su frente con el pulgar mientras el resto de sus dedos jugueteaba entre sus cabellos. El aroma de Bill se mezclaba con el de las hojas, y sus ojos marrones se teñían de los verdes del follaje de los árboles allá arriba. Lo besó, lentamente, pero con pasión, saboreando su lengua y sus labios.
Ahora era él quién recorría el cuerpo del otro con su lengua, él saboreaba la piel del pelinegro. A diferencia del de melena negra, Tom era impaciente, y su miembro duro hacía ya varios minutos que ansiaba su atención, así que frenético bajó hasta los genitales de Bill, mientras sus manos jugueteaban con los testículos, provocando los gemidos del otro, y los jadeos en él. Veía ese pene erecto, tan grande tan grueso, y deseó con ansias tenerlo dentro de él. Pero no, por ahora él le daría placer a su amado.
Sin pensarlo dos veces metió todo ese miembro en su boca, casi con brusquedad, con ansiedad, con hambre. Succionando con fuerza. El pelinegro levantaba su cabeza para mirar la boca de Tom en su pene, de cómo éste bajaba y subía, sacando y metiendo su miembro en él. Las gotas de sudor en las frentes de ambos afloraban y comenzaban a correr libres por la piel de cada cual.
Tom se sintió en las nubes al escuchar los gemidos de su amado, y su propio deseo ya le estaba trastornando, ya no podía aguantar más. Quería sentir las entrañas de Bill, pero sin saber qué hacer, cómo hacerlo, se paralizó pues no quería lastimarlo. El de ojos almendrados, leyó su mente, y ante la sorpresa de Tom, él mismo se salivó los dedos y se los metió en su entrada. Era la escena más erótica vista por sus ojos.
Ahí estaba él, con sus piernas abiertas, con su pene erecto, con sus testículos a la vista, metiendo y sacando sus dedos. Tom medio enloquecido, se acercó más a él, y coló dos dedos en esa entrada que le parecía tan apetitosa. Bill sacó los suyos y sin reprimirse en nada, se quejaba y gemía, moviendo su pelvis deseoso.
—Penétrame Tom. Mételo todo.
El pene de Tom, con la punta ya humedecida, con su glande enrojecido, dolía de tan lleno, las venas se marcaban y parecían querer explotar. Temblando de excitación, con la respiración cortada, acercó su sexo a esa pequeña entrada que lo volvía loco. Un gemido agudo y trémulo salió de su garganta cuando, sin impedimentos su miembro entró, llenando esa cavidad. Haciendo un esfuerzo supremo por evitar los movimientos involuntarios de su pelvis.
Con lentitud, pero sin detenerse, comenzó las embestidas, los gemidos de ambos salían al ritmo de sus movimientos. El pelinegro empujó aun más sus caderas hacia las de Tom, provocándose gritos cortos de placer. Los movimientos de ambos eran salvajes, sin pretender ahogar sus gemidos, sin pensar en ser escuchados por alguien, les importaba muy poco. Sólo querían disfrutarse mutuamente, con decisión, con energía.
Tom, de rodillas, entre las piernas de Bill, y éste con sus caderas levantadas apoyadas en los muslos del otro. El de trenzas masajeaba el pene de su amado, acariciaba su vientre, y luego volvía a sujetar las caderas del pelinegro.
Sabían que el momento de terminar llegaría, pero intentaban aplazarlo, esforzándose en no explotar en el otro todavía. Gimiendo sin cesar, sin dejar de mirarse a los ojos, con sus bocas húmedas y abiertas, con sus caras y cuerpos sudorosos que se enfriaban y conseguían alivio gracias a la brisa que bajaba por entre los árboles.
—¡Oh Tom! Ya no… — el pelinegro sentía que su pene se hinchaba entre los dedos de Tom, dejando salir su semilla en medio de espasmos tan intensos que casi le provocaban sufrimiento.
Tom no había acabado, seguía fascinado en las sensaciones que le daban los espasmos de Bill en su miembro, gimiendo con la boca abierta y su cara hacia el cielo, sintiendo la boca seca.
Bill observaba la cara de su amado, desencajada por el placer, excitándole una vez más lo suficiente para aceptar de buena gana los movimientos fuertes y continuos de la pelvis de Tom.
Las manos del de trenzas se crisparon, enterrando los dedos en las caderas del pelinegro en el momento en que el placer llegaba a su cúspide, dejando salir los últimos quejidos entre respiraciones entrecortadas. El fluido llenó la cavidad de Bill, y Tom se apoyó en sus talones cansado, rendido. Sacó lentamente su pene, Bill le extendió un brazo, y el de trenzas avanzó hasta él para recostarse en el hombro del pelinegro. El de melena miraba hacia arriba, veía bailar las hojas en la brisa, giró su cara un poco y besó a Tom en la frente. Éste sonrió.
No hablaron nada, necesitaban reponer sus fuerzas, y que el calor se evaporara junto con el sudor. Tom quiso cerrar los ojos, pero no quería perderse de nada, así que permaneció con ellos entreabiertos, ganándole al cansancio y la sensación embriagante de estar satisfecho. Pero luego los cerró, estaba agotado.
Pequeñas gotitas bajaban desde su frente hasta su rostro, abrió sus ojos, se sentía observado. Percibió un movimiento entre los árboles, y levantó su cabeza. Alcanzó a distinguir el movimiento de una tela oscura, una capa tal vez, de alguien, al parecer un hombre, que había estado observando quizás desde cuándo. Bill se dio cuenta al mismo tiempo que él. Tom le miró porque no vio ninguna reacción suya. Tom en cambio quería saber quién era.
—¡Hey! —fue su llamado de atención, pero ese hombre ya escapaba por entre los árboles. —¡Heeeeyyy!
—Tom, Tom —los ojos de Bill estaban fijos en los suyos buscando su atención —déjalo.
—¡Pero, estaba espiando!
—Ya se fue.
A Tom le supo mal. Una punzada en su estómago, le advertía que aquello no era tan sencillo como lo advertía Bill. Y un dolor en el pecho, como un presentimiento se alojó en él, oprimiendo su corazón.
—Escucha amor, me debo ir —los ojos marrones de Bill, le seguían traspasando el alma, pero en su voz había algo de tensión —Ven al bosque en la medianoche, no vengas antes. Estaré allá, en el claro donde nos encontramos. Pero no vengas antes. Después de la medianoche.
Tom sólo asintió en silencio. Lo observó mientras se vestía, se acercó para besarlo y lo vio alejarse por la misma dirección en que aquel hombre huyó. Él terminó de vestirse rápido, e intentó seguirlo, pero a los pocos pasos ya no pudo continuar, el terreno era escarpado, y la maraña de troncos y ramas lo hacía muy intransitable. Tom se preguntó que cómo Bill y aquel hombre podrían desplazarse por allí. Se quedó pensando y resignado decidió volver.
Se detuvo un instante en el claro donde Bill lo encontró, y quiso observar los detalles del camino de regreso para así llegar sano y salvo a su cita nocturna. Se sentía y parecía colegiala que se escaparía de la residencia estudiantil para reunirse con su novio, esas eran las palabras que describían su sensación, pero por otro lado estaba aquella inquietud, por saber qué había debajo de la dulzura de Bill. Creía en él, quería creer, lo necesitaba, y de pronto moría de miedo. No quería sentirse así, porque no sabía si era injusto para Bill o no.
De todos modos, el instinto de supervivencia le decía que fuera cauto. ¿Y no era muy tarde para ello? Porque ahora que se había convencido que lo vivido en la noche, no era producto de su imaginación, ni de una violación fantasmagórica, no quería descubrir que a pesar de ser real, los sentimientos que demostraba el pelinegro hacia él no eran del todo ciertos.
En estas horas había idealizado hasta lo indecible a un desconocido, y Tom con sus pequeñas alitas se había atrevido a volar tan alto, ahora tenía miedo que Bill lo dejara caer y que lo condenara a la agonía del olvido ¿Por qué tenía miedo? ¿Cuál era ese sentimiento que se agarraba de sus entrañas y le estrujaba el corazón? Oh sí, eso era lo duro y difícil de esto, reconocer que estaba enamorado de alguien que apenas conocía.
—Me enamoré, ¡qué remedio! —pensó.
En eso, la sombra aquella, entre los árboles le sacó de su ensimismamiento. No le vio la cara, pero sintió sus ojos clavarle dos puñales en su pecho. Vio flotar su capa negra entre el follaje.
—¡Heeeeyyy! —el grito de Tom voló por el bosque. La sombra se había esfumado.
Tom se detuvo. No le iba a seguir, ya eran demasiadas cosas extrañas en qué pensar, ahora necesitaba comer urgentemente y decidió volver a encontrarse con sus amigos.
—Tooommm
El viento volvía a susurrar su nombre a sus espaldas y sintió un ligero escalofríos. Aceleró el paso.
—Tooommm
—Hasta la medianoche, amor —le respondió al viento —espérame.
Continuará…