Waiting for you 8

CAPITULO 8

Cuando el de trenzas llegó al restauran, el ambiente no era precisamente el más festivo, aunque Andreas hacía un gran intento por cambiarlo. Pero las bromas se perdían porque no obtenían el eco esperado. Por último se quedó en silencio también y sólo agregó ya resignado después de un rato, en medio de un suspiro.

—Así no más… —dijo.

Los tres amigos lo miraron y se pusieron a reír por fin.

—Les diré que no hay nada más triste que hablar solo. —agregó aliviado de que sus amigos a pesar de todo, estuvieran pendientes de sus palabras.

—Lo siento Andreas, no he sido buena compañía, mi mente está en otro lado ahora.

El rubio observó al de trenzas. Desde que regresó de donde haya ido, con el cabello húmedo, Andreas se moría de ganas de preguntar, pero Tom apenas ingresó al restauran advirtió — Sin preguntas— Todos lo miraron y se mordieron la lengua. Pero ahora él mismo daba pie para ser interrogado de manera indirecta, casi inocente. El castaño se le quedó mirando y ya sin poder contenerse se atrevió a hablarle.

—Mira, Tom. Voy a ser diplomático, para que no te sientas…emm invadido.

—Ok, Georg.

—Sí, emm… ¿Quién era ese al que seguiste?

Andreas que justo en ese instante le daba un sorbo a su café, casi se ahogó soltando una ruidosa tos. Gustav le da unas palmadas en la espalda, mirando al castaño con cierto reproche.

—Menos mal que eres diplomático Georg —le reclamó el de gafas.

—¡Pero es que no entiendo nada! —refutó el castaño, algo molesto.

—Bien, ustedes son mis amigos, y merecen una explicación de mi comportamiento.

Tom tomó un sorbo de su café, haciendo un silencio en el grupo que indicaba la expectación que causaba el escuchar sus palabras.

—Anoche tuve una visita en mi habitación de un joven que era la viva imagen de Bill, el del cuadro.

—¿Cómo? ¿Estaba en la casa?

—¿Bill…el del cuadro?

—Déjenme terminar Georg, Gustav. Esto no es fácil para mí, así que lo diré de corrido y sin tomar aire.

Los amigos asintieron esperando con ansiedad contenida.

—Él es tan hermoso. No sé cómo apareció allí, ni cómo se fue. Sólo sé que me enamoré en cuanto le vi. Y eso ya para mí es algo tan difícil de asumir porque, como ustedes saben, yo nunca he creído en el amor a primera vista, y nunca pensé enamorarme así nada más. Pero anoche muchas de mis creencias y maneras de pensar fueron barridas por él. Ha sido la experiencia más hermosa que he vivido. Nunca me sentí tan completo y en paz, jamás, hasta estar con él… hicimos el amor, y lo disfruté. Esa es otra cosa que para mí fue insospechada. Yo siempre he sido heterosexual…hasta anoche. Esta mañana al despertar, ya no estaba. Lo busqué por todas partes y no estaba… —Tom dio un largo suspiro y continuó, mientras los amigos esperaban el resto de la historia con la boca abierta, Gustav y Georg con algo de rubor en sus mejillas. El relato de Tom les recordaba su propia historia.

—Ya saben lo que nos dijo el Sr. Frank, que aparte de él y nosotros no había nadie más, y eso no me ha ayudado para entender todo lo que pasó. Porque algo es indiscutible, ese chico que estuvo conmigo es idéntico al del cuadro y tiene su mismo nombre. Pensé que era un fantasma —Tom sonríe moviendo la cabeza — Ahora sé que no…o sí? No sé…Como sea, hoy lo vi, lo alcancé a distinguir, y lo seguí hasta el bosque. Me detuve en un claro donde había un espacio para picnic, y él llegó, tan bello y sensual como anoche. Él rompe todas mis defensas, ayer y hoy pensé darle cabida a mi orgullo, pero apenas lo pensaba, la idea se esfumaba al ver sus ojos.

—¿Y pasó algo hoy día, ahí en el bosque? —interrumpió una vez más el castaño, provocando la mirada de amonestación de Gustav nuevamente. —¡Qué! — le replicó Georg.

—Hoy fue como anoche. Hoy volví a recordar lo que es sentirse feliz junto a alguien… Pero se fue otra vez dejándome con tantas preguntas.

—¿Por qué no lo seguiste?

—Lo intenté Andreas, pero el terreno por donde se fue era muy complicado, escarpado, muy irregular. Yo no sé cómo él pudo…

El castaño con el ceño fruncido no terminaba de entender nada.

—Esperen, esperen ¿Pero quién era él? ¿Por qué no lo vimos? Debe haber una explicación lógica.

—Sí es posible que se colara también buscando refugio de la tormenta. Pero eso no explica el hecho de que no se acercara a nosotros. —señaló el rubio.

—Um, tal vez era tímido.

—Georg y sus intervenciones brillantes — el castaño miró con rabia al de gafas, quién continuó sin perturbarse por eso —Bien extraño es todo lo que nos cuentas —Gustav miró de reojo a Georg y continuó —bueno, últimamente nos han estado sucediendo cosas extrañas a todos.

—A ustedes, a mí no—agregó el rubio —¡Hey no! Esperen, algo extraño me sucedió anoche. ¿Saben? No pude abrir la puerta, escuché gritar a Tom, entre otras cosas –y les dio una mirada acusadora a Gustav y Georg, que avergonzados miraron para otro lado sonrojándose —Intenté abrirla para ir a ver qué sucedía, pero no pude. Hasta la pateé, y nada.

—Tal vez le pusiste el seguro.

—Tom, hoy la revisé, no tenía seguro, incluso el mecanismo de cerrado era muy simple, como de casa antigua. La explicación que más me acomoda sin embargo, es que yo, como estaba medio dormido, creí que hacía el esfuerzo suficiente para abrirla pero al parecer nunca usé todas mis fuerzas como pensé.

—Y ¿Qué fue lo que les pasó a ustedes? Porque deben admitir que han estado medio raros.

La pregunta de Tom les movió el piso, tanto el castaño como el de gafas bajaron la mirada. Se hizo un silencio espeso que sólo Gustav se atrevió a romper.

—No-Nosotros, Georg, anoche, es que sabes la tormenta, esa casa, y bueno, hay cosas que no tienen explicación, como tú acabas de decir.

—¡Gustav! —le reprendió Georg. No eran necesarias más palabras. Sin embargo agregó —Déjalo así. ¿Ok? Tom, amigo, más tarde te cuento lo que me pasó.

—Está bien.

Para Tom la actitud de sus amigos no era poca cosa, ellos no actuaban así. No le cabían dudas de que algo extraño sucedía entre ellos.

Cuando dieron por terminado el desayuno, salieron de allí. Gustav sabía que no podía hacer como si nada hubiese sucedido. Pero lo peor era que, aunque forzara su mente, ningún recuerdo de la lujuriosa noche vivida, venía a su memoria. Eso le frustraba, porque entendía que aquello era doloroso para Georg.

Dejó que Tom y Andreas se adelantaran y tomó del brazo al castaño.

—Georg, hablemos.

—Ok, ¿De qué sería? —preguntó con gesto irónico.

—No seas pesado, esto es tan difícil para mí como para ti.

—Pues, para ser tan difícil como tú dices, lo estás enfrentando de lo más bien.

—Georg, entiende mi posición. Me despierto hoy en la mañana, en la cama con mi mejor amigo, desnudo, con el trasero adolorido, y sin recordar absolutamente nada. ¿Estarías feliz?

—Créeme. Yo no estoy feliz. Y yo lo recuerdo todo, pero con un sabor amargo porque todo lo que disfruté era una mentira.

—Hazme recordar entonces, Georg. —el castaño no sabía si estaba entiendo bien, entonces el de gafas repitió presintiendo la confusión y sorpresa de su amigo —Ayúdame a recordar.

—¿Có-cómo podría…? —el castaño tartamudeó.

—No sé, no sé.

Para Georg, el mundo se movía vertiginoso a su alrededor, mientras ellos iban en cámara lenta. Las palabras de Gustav bajaron desde un sueño hasta su realidad. Y sin meditarlo y sólo impulsado por la memoria de su cuerpo, se aferró a los labios del de gafas, y éste le correspondió por un instante, dejando entrar la lengua de Georg y respondiéndole con la suya. Un beso que al castaño le supo condenadamente delicioso.

Tom no sabiendo el motivo de que sus amigos se quedasen rezagados, se dio vuelta y los buscó con la mirada. En ese momento sus ojos se cruzaron con dos figuras conocidas ¡besándose! Andreas se dio la vuelta también y vio la expresión de su amigo, que con la mandíbula desencajada y los ojos desorbitados observaba algo. El rubio miró en aquella dirección, y de su garganta se escapó un pequeño grito.

—¡Tom, veo alucinaciones!

—Yo veo lo mismo…

Y volviéndose a girar, comenzó a caminar en dirección de la cabaña. Ambos se sentían culpables de ver algo tan íntimo. Se quedaron en silencio, y luego de unos segundos comenzaron una risita nerviosa.

—Vaya, vaya. Entonces fue verdad –dijo lacónico Andreas.

—¿Verdad?

—Pues que tú no fuiste el único que tuvo sexo anoche.

—¡Ah! —a Tom se le congeló la risa. No sabía por qué, pero no podía sentirse del todo feliz, algo le molestaba mucho en su historia. O más bien lo sabía pero era difícil enfrentarse al hecho que el objeto de su amor pudiera ser un fraude y un libertino cualquiera.

Gustav, al sentir invadida su boca, sintió el deseo de corresponder, y lo hizo por un instante, pero luego se sintió extraño, ofendido y ridículo en aquella escena. Con las palmas de sus manos puestas en los hombros del castaño lo empujó hacia atrás, separándolo con cierta brusquedad.

—¡No vuelvas a hacer eso! ¿Qué imaginas que soy? ¿Un sodomita, un asqueroso maricón? —Gustav comenzó a caminar. —¡Eres un sucio pervertido!, ¡un desviado!

Georg sintió que su cara hervía. Estaba avergonzado. Había sido rechazado otra vez en la misma mañana. Era demasiado para su corazón. Se le humedecieron los ojos, y sólo pudo contemplar cómo Gustav, con paso acelerado, pasaba a Tom y a Andreas, quienes se volvieron a mirar a Georg. El castaño dio vuelta la cara, para que no vieran su vergüenza. Sólo atinó a dirigirse a un asiento de madera cerca de los jardines del restauran, y sentarse allí. Apoyó sus codos en las rodillas y hundió su rostro entre las manos para ponerse a llorar.

Tom intentó ir hasta donde él, pero Andreas lo detuvo, tomándolo del brazo.

—Déjalo, si vas ahora descargará su rabia y frustración en ti, y tú no necesitas eso ahora, ya bastante tienes con tu propio drama —Tom asintió —Más tarde hablaré yo con él.

—De acuerdo, y yo hablaré con Gustav.

—Ahora veamos si tienen ganas de ir a nadar.

—Yo ya nadé —y soltó una risita Tom —pero lo haré encantado de nuevo.

Después de negociar con un Georg y un Gustav de mal humor, el rubio y el de trenzas lograron convencerlos de ir con ellos hasta el lago. El disfrutar de la naturaleza, del agua fresca, les permitió a todos calmar sus temperamentos, y de paso avivar el apetito. Así que luego de un par de horas en el lago decidieron ir a almorzar al restauran.

Para Tom la hora de la noche se veía tan lejana, y de sólo pensar en ese encuentro su estómago se le llenaba de mariposas que revoloteaban ansiosas.

—Gustav dime ¿qué pasó? —Era el momento de conversar.

Gustav bufó, haciendo una mueca de dolor.

—Si lo tuyo de anoche y hoy fue extraño, lo mío no fue menos.

—Te escucho.

Incluso el paso lento hacia el restauran hacía difícil conversar el tema. Así que Gustav se acercó hacia un pequeño tronco tumbado, ambos se acomodaron allí.

—Anoche cuando fui al baño, la rubia de los bucles, la de la fotografía, se me apareció.

—¿Qué?

—Te digo lo mismo que nos dijiste esta mañana. Estoy es difícil para mí así que no interrumpas, y lo diré todo de corrido.

—Ok, ok.

—Yo me acerqué a un mueble para ver unas cajitas. Yo, por curioso, no me salí luego de esa habitación, a pesar de que apenas entre en ella sentí algo extraño. Me sentí vigilado, incluso mientras meaba. Bueno, estaba mirando yo un camafeo, y siento la presencia de alguien detrás de mí. Miré a través del espejo, y era ella, la chica de la fotografía, la que el padre asesinó. Sólo recuerdo esos ojos azules, intensos, y nada más. El resto es oscuridad, hasta hoy en la mañana que desperté confundido, desnudo, junto a mi amigo, y con el trasero que me punzaba de una manera que no cabían muchas alternativas para la causa posible. Esa es la prueba de que lo que dijo Georg que sucedió, fue real y no algo imaginado por él. En fin, no era yo anoche, yo creo que era ella, Marianne, que se posesionó de mis sentidos, y pasó lo que pasó.

—¡Oh Gustav! Esto sí que es bizarro, lo que me sucedió a mí, destiñe al lado de lo tuyo.

—Lo peor fue darme cuenta que para Georg fue importante, me confesó que estaba enamorado de mi desde el tiempo que anduve con Frida, ¿la recuerdas?

—Sí, sí , la de la delantera generosa.

—Exacto. —Gustav tomó aire y miró hacia las lejanas figuras del castaño con Andreas —Sería más sencillo si Georg olvidará el tema como un incidente pasajero, pero no, tenía que complicarlo todo.

—¿Y tú qué sientes por él?

—Somos amigos.

—Eso ya lo sé, y tú y yo también lo somos, pero dime con la mano en el corazón, ¿Sientes lo mismo por él que lo que sientes por Andreas y por mí?
El de gafas miró sorprendido a Tom. No se había hecho ese cuestionamiento, y ahora descubría que la respuesta no era tan simple, ni fácil de decir.

—No, sí…no sé —y bajó su cabeza avergonzado de ser incapaz de decir que Georg era un amigo como cualquier otro. Él mismo había renegado hace unas horas de la posibilidad de sentir algo por otro hombre y no pensar que era algo abominable.

—Hoy le dije cosas horribles a Georg, después de que me besó. Sé que lo hice sentir como el hombre más sucio de la Tierra. Y yo no creo que él lo sea. Al contrario, creo que es la persona con el corazón más generoso que haya conocido, y yo debería sentirme por lo menos halagado de ser aquel de quien él está enamorado.

—Entonces debo deducir que tú no sientes lo mismo por él que lo que sientes por los demás, incluyéndonos a nosotros.

—Creo que no, pero no creo que sea amor, Tom.

—¿Te has enamorado alguna vez?

—No

—Entonces, ¿cómo sabes que no es amor?

—Bueno sí, puede ser amor, pero de amistad, no romántico, ni erótico.

—Ok, está bien. Pero independiente de eso, nuestro amigo merece una disculpa, y una explicación.

—Sí, lo sé. Hablaré con él.

—Qué bien. Ahora vamos a comer, que muero de hambre ¿y tú?

—Pues fíjate, que acabo de recuperar el apetito. Gracias amigo.

Ya con los ánimos más tranquilos, se permitieron compartir con alegría el estar ahí los cuatro juntos, y Tom hizo el intento de no pensar en “él”, para que así le entrara en provecho lo que comía. Si no, su estómago se apretaba quitándole el apetito.

Las horas de la tarde las mataron durmiendo una buena siesta, el cansancio de una noche “mal” dormida, dependiendo del punto de vista, les había agotado toda la energía. Tom prefería pasar el resto de las horas hasta la noche en estado de inconsciencia, no quería pensar en lo que venía. Dormir era lo mejor.

&

Estaba intentando dormir, aún. Se escuchaban los ronquidos de sus amigos en las otras literas, pero a él, el tal Morfeo ese, lo estaba ignorando de manera ya ofensiva. Por más que trataba, nada ocurría, así que optó por estar así, a medio camino del sueño. Dormitando, para descansar un poco. Y había pasado una hora de infructuosos esfuerzos, pero nada. Simplemente no podía dormir.
De pronto el roce de algo que no supo definir lo alertó. Abrió los ojos, pero no vio nada, pensando que seguramente era la cortina que se movía con el viento. Cerró los ojos nuevamente. Pero esta vez, el roce de ese algo se escuchó a su lado. Abrió otra vez los ojos, y ahí estaba aquel que le volvía loco.
Descubrió a Bill junto a él. Sus ojos eran dos fuentes marrones de las cuales brotaban cascadas de amor. Lo miraba con tanta ternura que de sólo ver esa expresión en esos hermosos ojos, sintió que su corazón se derretía.

—Shsh, no hables —le dijo poniendo su fino dedo en su boca en ademán de silencio.

—Has venido.

Bill se sentó en la cama, se apoyó en sus brazos y besó a Tom con dulzura, depositando lentamente la punta de la lengua dentro de la boca de su amado. Los labios suaves y turgentes del pelinegro acariciaron los suyos, provocando descargas de energía por su cuerpo.

Tom creyó que aquel beso lo iba a matar de emoción. Pero a tiempo, el de melena negra se separó. Acarició con sus dedos la frente del de trenzas, le cerró los ojos, pasando con suavidad sus yemas por los párpados.

—Duerme, amor. Yo velaré tu sueño.
Tom dio un suspiro. Qué bien se sentía estar a su lado. Junto a él todo era perfecto. Se sintió seguro, amado, protegido, y se durmió.

&

—¡Hey Tom!

La voz profunda de Georg lo sacó del sueño más profundo. Qué bien se sentía. Abrió los ojos y recordó a Bill.

—Estuvo aquí otra vez.

—No me digas —la voz del rubio detrás del castaño le indicó que él era el único que dormía todavía. Miró por la ventana y ya estaba oscuro.

—¿Qué hora es?

—Son las 8 menos 10. —respondió otra vez Andreas

—Ok. Estuvo aquí. No podía dormir.

—¿En serio? ¿Llamó a la puerta?

—No, sólo apareció de pronto en la habitación. Ustedes roncaban, yo tenía sueño, pero no podía dormir. Y él vino, me tranquilizó, y me dijo que durmiera. Saberlo junto a mí, me hizo sentir paz, me relajé y me dormí. Acarició mis párpados mientras me dormía.

—Te creo, ¿sabes? De verdad, pero sólo tengo una pregunta —El semblante serio del rubio molestaba a Tom quien se sentía tan feliz, y odiaba que el resto no compartiera su alegría.

—Bien te escucho Andreas.

—La puerta no está forzada, las ventanas tampoco. ¿Cómo entró entonces?

—Ok, no me digas más. Tu conclusión es que lo soñé. Últimamente todo lo explicas a través del sueño. No te voy a discutir. Ya sé…

—No es necesario que te alteres Tom…

—¡Ya sé! Ya sé que es extraño, que no es lógico, Sr. Futuro Geólogo. Pero yo también sé que no lo soñé. Créelo o no, me da los mismo. Por ahora me voy a duchar. Más tarde tengo una cita. Necesito comer algo antes, eso es todo, muchas gracias por la atención prestada, con su permiso.

A renglón seguido Tom se levantó de la cama y se dirigió al baño, con una toalla en el hombro.

A la media hora después Tom salía con la toalla en la cintura. Se vistió. Recién ahí se enteró que sus amigos habían pedido la cena, y ya tenían todo dispuesto para comer.

Ya todos instalados a la mesa, reían haciendo broma de cualquier cosa, menos de “esos temas delicados”, y que ponía a todos sensibles y susceptibles. Así entre broma y broma, con la sed y el hambre saciados, se pasaron los minutos y ya eran alrededor de las diez de la noche.

Tom se levantó de la mesa, disculpándose pues tenía un compromiso.

—Tom —la voz de Andreas lo detuvo por un instante —¿Irás sólo en medio de la noche? Está oscuro, podrías tener un accidente.

—Estaré bien, no se preocupen.

—¿No prefieres que te acompañemos?

—¡No! Gracias por el ofrecimiento, pero no voy a necesitar chaperonas— el silencio de sus amigos le dijo que no les había caído bien el comentario —Lo siento —fue su escueta disculpa. — ¿A qué hora saldremos mañana a pescar?

—Al amanecer, así que llega antes de esa hora, ¿ok? No olvides tu teléfono, tú sabes, por cualquier cosa.

—Sí, Georg. Lo llevaré. Y les recuerdo a ustedes dos que tienen una conversación pendiente.

Los jóvenes bajaron la cabeza, acusando que el tema sí estaba en sus mentes, pero que de todas formas le habían rehuido a esa plática, sintiéndose aún sin fuerzas para enfrentarse a los sentimientos de cada cual.

Tom se cepilló sus dientes, observó que sus trenzas estuvieran bien, se miró al espejo una vez más, sintiendo que exageraba con el tema —Bueno, en la noche todos los gatos son negros — dijo en voz baja riéndose de su propia vanidad. Aun faltaba un poco menos de dos horas para medianoche, pero quería estar allá y esperar a Bill.

De entre los elementos que llevaron a este paseo, como las cañas de pescar, chalecos salvavidas, extrajo una linterna que utilizaría para alumbrar el camino en medio del bosque. Revisó que su teléfono estuviera cargado y en condiciones y salió haciendo un ademán de despedida a sus amigos.

Afuera una leve brisa refrescaba el aire, y una magnífica luna llena alumbraba el paisaje como si fuese de día. De verdad las vistas eran espectaculares, y no era el único que pensaba de esa manera porque había varias parejas sentadas en diferentes puntos observando la noche iluminada. Una noche plateada.
Se encaminó hacia aquellos senderos recorridos hace unas horas con el corazón apretado igual que ahora.

Caminó con cierta calma y lentitud. No quería lastimarse y echar a perder la cita. La luna dejaba caer sus tenues rayos por entre los árboles, y las luciérnagas semejaban pequeñas hadas danzarinas entre el follaje. Los grillos y el croar de unas ranas enamoradas le daban el fondo musical junto al sonido de los árboles, mecidos por la brisa allá arriba. Un búho a lo lejos le recordaba que el bosque le pertenecía a los habitantes de la noche, y que él era apenas un visitante que ingresó sin pedir permiso.

Al saber que estaba cada vez más cerca al punto de encuentro, un nudo se asentó en la boca de su estómago, acelerando su corazón. Tom interpretó esa sensación como miedo, y se preguntó que a qué le temía tanto. Intentó calmarse e ignorar el proceso químico que su cuerpo desarrollaba advirtiéndole de algo. De pronto la noche dulce, misteriosa y romántica, se le volvía oscura y tenebrosa.

—Eres un cobarde Tom —se dijo en voz baja.

A los pocos metros del claro de su cita, advirtió cierta claridad que no venía de la suave luz de la luna. El murmullo de una voz le hizo ponerse en guardia y hacer sus pasos más sigilosos. Se acercó lentamente, pisando cuidadosamente para no provocar mucho ruido con el follaje y hojas que crujían bajo sus pies. Se aproximó más todavía, tratando de contener su respiración agitada, hasta llegar al límite del claro. Apartó unas ramas que estorbaban su visión. Y ante sus ojos apareció una escena que parecía sacada de alguna película de Hollywood.

Había cuatro antorchas enterradas en el suelo, puestas en cuatro puntos diferentes, formando una especie de cuadrado imaginario. Al centro un mantel puesto en el suelo con unas velas frutas, unas varas, flores, y copas. Frente al mantel y justo donde un rayo de luna caía, un hombre alto con una capa negra con la caperuza puesta, cubriéndole la cabeza, estaba de pie. Tomó una de las copas y una daga alzándolas al cielo, y su voz sonó fuerte y clara.

—¡He aquí la unión…!

—¡Bill!

El pelinegro se giró quedándose estupefacto. Tom salió de su escondite completamente y comenzó a avanzar hacia a aquel cuadrado.

—¡Bill qué haces!

—Tom no te acerques, quédate ahí.

—¡¿Qué haces?!

—Déjame explicarte, esto es una ceremonia.

—¡¿Ceremonia?! ¡¿Qué clase de freaky eres tú?!

—Tom déjame explicarte, pero debo terminar esto, primero. Por favor espérame.

—Por eso no querías que llegara antes. ¿Qué tenías preparado para cuando viniese?¿ Algún tipo de sacrificio?

—¡¿Qué?! Tom estás mal interpretando todo.

—No. Me queda más que claro que no eres de fiar.

—¡Tom no te vayas! Déjame explicarte. ¡Tom!

Tom se dio media vuelta y se metió al bosque otra vez. Miró hacia atrás y alcanzó a ver a Bill, de pie, con los brazos colgando a su costado, mirando hacia abajo. Se volvió a girar. Y enfrente de él estaba Bill. Un grito de terror salió de su garganta. Sus ojos desorbitados y su corazón galopante. Pum, pum, pum.

—¡Bill!

—¡No te vayas, Tom!

Tom volvió a mirar hacia el claro y allá estaba el pelinegro, aún en la misma posición de pie con los brazos caídos, y su cabeza baja. Se volvió a mirar hacia adelante y la imagen de Bill, que recién se le había aparecido ya no estaba.

—Pe-pero, pero…

Sólo supo que debía correr. Y corrió. De pronto el viento se hizo intenso, llamando su nombre.

—¡Tooommm!, ¡Tooommm!

Las hojas del suelo se elevaban en extraños remolinos, interponiéndose en su camino. Sintió el miedo y el llanto subir desde sus entrañas hasta su garganta. Una rama se interpuso en sus pies, provocando su caída. Sólo pudo quedarse ahí y llorar. Pero quedaba poco para salir del bosque, debía escapar de ahí.

—¡Tooommm!, ¡Tooommm! ¡No te vayas!

El viento seguía susurrando en sus oídos. Se puso de pie decidido a avanzar. En ese instante, una figura oscura interrumpió su camino. La capa negra se le hacía conocida. No era Bill. Era ese hombre.

—Creo que debes dejar de revolotear por estos lados, y llevar tu linda carita y trasero muy lejos de aquí.

Tom se quedó paralizado intentando comprender la situación.

—¿Quién eres?

—Soy Dark. Y te estoy pidiendo que te vayas y no regreses nunca aquí.

Continuará…

por administrador

Publico con autorización del autor

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