Waiting for you 9

CAPÍTULO 9

—Gustav, necesito hablar contigo.

—Yo también. Pero me da temor enfrentarme a tus sentimientos.

—¿A los míos? ¿Te asustan mis sentimientos?

El castaño se pasó la mano por sus cabellos, en un gesto evidente de ansiedad. Realmente no le estaba gustando el giro que tomaba esa conversación acabada de empezar.

—Georg, somos amigos. No me pidas por ahora que te vea de manera distinta. No me pidas ese sacrificio.

—¿Sacrificio? En resumen, mis sentimientos te asustan, y luego consideras un sacrificio enfrentarte a mi, así como soy, de verdad. ¡Qué buen comienzo!

—No me mal interpretes. Sólo necesito algo de tiempo.

Georg bajó su cabeza, y entrelazó sus manos sobre sus piernas. Ambos hombres sentados uno al lado del otro en un pequeño sofá. El de gafas, jugaba con un pequeño hilo entre sus dedos, enrollándolo y desenrollándolo en el índice, una y otra vez. Ninguno se miraba.

El castaño dio un largo suspiro.

—Yo estoy esperando una disculpa, hoy me hiciste sentir el peor de todos los seres humanos, el más degenerado de todos.

—Lo-lo siento. No quise herirte así. Fui un estúpido, un mal amigo, un prejuicioso intolerante.

—Sí, estoy de acuerdo. La peor escoria humana —y soltó una risita apenas audible.

—Ya. No sigas, ¿eh?

Georg se giró un poco para mirar a los ojos de Gustav.

—Sólo te pido que trates con respeto mis sentimientos, y por mi parte prometo no volver a insistir en el asunto.

—¡¿Prometes qué?! —la cara de sorpresa de Gustav era más que evidente — ¡¿Que acaso no vas a insistir?!

—¡Hey chicos! Me preocupa Tom. Tengo un mal presentimiento. —el rubio entró intempestivamente a la pequeña sala de estar interrumpiéndolos.

—¡Andreas! Georg y yo conversábamos algo importante.

—Lo sé, pero…

—Está bien Gustav , más tarde u otro día conversamos el tema tú y yo, ahora Andreas tiene razón.

—Pero quiero saber ¿por qué no vas a insistir? —interrogó Gustav mirando al castaño que ya se había puesto de pie.

—Se los juro, estaba allá afuera y sentí que Tom no estaba bien. —continuó el rubio sin prestarle atención a las palabras del de gafas.

—La noche está clara, menos mal —continuó el castaño, mientras Gustav intentaba balbucear algo, pero de sus labios no salía nada. Visiblemente contrariado se puso de pie también, manos en caderas, con la esperanza perdida de seguir la conversación que tenía hasta hace unos instantes con Georg.

—Pero, pero… ¡Georg!.

—Mira Gustav, esto es más importante por ahora.

—Yo creo que exageran. —replicó molesto Gustav. Ambos amigos lo miraron con sorpresa, sin entender su actitud. —Pues claro, se supone que el encuentro sería a medianoche….y aún no es esa hora. Por mi parte yo me voy a acostar, si mañana pretendemos madrugar… Si ocurre algo serio me avisan, pero no creo que sea buena idea interrumpir las citas de nadie, así como tampoco es sano interrumpir las conversaciones de la gente que podrían ser importantes.

Se dio media vuelta y se metió al dormitorio que compartía con Andreas.

—Emm lo siento —dijo el rubio, miró a Georg y se subió de hombros.

&

La cara de espanto de Tom se teñía de las sombras de la noche. Se alegraba de no estar así expuesto ante ese extraño, de no ser evidente ante esos ojos el terror que le causaba su presencia en medio de un bosque en plena noche. Recogió su linterna lentamente, esperando que esa sombra no saltase sobre él. Intentó encenderla, pero al caer se había dañado y ya no le serviría.

El movimiento de las ramas movidas por la brisa intensa, interrumpía los rayos de luna provocando sombras amorfas y fantasmagóricas. El extraño viento y las hojas enloquecidas a su alrededor aumentaban sus miedos. Definitivamente esa no estaba siendo la noche soñada.

—¡No pretendas que no me has oído! No te quiero en este lugar, ni cerca. Te quiero bien lejos. —la sombra habló otra vez. Tenía la voz ronca, y su timbre denotaba rabia contenida.

—¡Dark!¡Déjalo en paz!

Tom se giró para ver a Bill unos metros más allá, su capa negra se mecía al viento, enredándose en algunas ramas junto a él, sus ojos llameaban mirando al sujeto que bloqueaba el camino de su amado. Tom al momento percibió unos pasos que se alejaban, el de trenzas se volvió y alcanzó a ver la capa del sujeto que se perdía en la espesura del bosque y en las sombras de la noche.

A Tom le volvía un poco la vida al cuerpo. Se quedó estático, sin saber si era mejor mirar hacia aquel que ya era parte de sus sueños, o si seguía su camino dándole la espalda sin volver atrás.

—Tom, amor, déjame explicarte.

La voz suave y aterciopelada que venía de la esbelta figura parada más allá entre los árboles le envolvía los sentidos, haciéndole recordar momentos lejanos perdidos en el tiempo, de otro siglo, llenos de pasión y de un amor que le quitaban el aliento. Quería creer que todo estaba bien, quería creer que de todo aquello saldría una historia de amor más convencional. Ya suficiente trabajo era reconocer que lo volvía loco otro hombre, como para pretender que eran absolutamente normales las circunstancias de sus encuentros.

El viento fuerte cesó tornándose en la misma suave brisa que acompañó a Tom en su salida de la cabaña. Por entre los árboles una pequeñas esferas de luces doradas se paseaban, y flotaban silentes. Tom sin poder abstraerse de aquellas visiones, se quedó observándolas para asegurarse si necesitaba escapar ya, sin intentar responder al pelinegro cuyos ojos furiosos de hace un instante habían desaparecido, para volverse sólo ternura al mirarle a él.

—Tom.

La voz de Bill, ahora tan suave, lo hizo retornar a la realidad en que estaba. Observó la amada figura frente a él con los ojos vidriosos por el esfuerzo de ver en las sombras del bosque, y por las emociones que se agolpaban a su garganta.

Debía decirlo, debía ser fuerte. No sería juguete de nadie, no quería locos, ni extraños en su vida. Se merecía una historia más normal, más real. Y no una que parecía extracto de una historieta de ficción.

—No quiero saber nada de ti… No quiero escucharte.

—Tom, por favor.

—No quiero saber de ti, ni de qué clase de ser o persona eres. No quiero saber por qué haces lo que haces.

—Estás mal interpretando todo.

—No… No me interesa entenderte —un ligero sollozo se asomó entre sus palabras, y Tom se odió por eso, no quería que esos hermosos ojos que le miraban desde las penumbras tan intensamente, advirtieran su dolor, porque entonces se volvería débil —No quiero a gente extraña como tú cerca de mí, quiero una historia normal, y no de experiencias vividas en noches de tormentas y en medio de un bosque.

—Tom –la voz de Bill, suplicante y llorosa, era más difícil de soportar para el de trenzas que su propio llanto que luchaba por escapar de su garganta.

—Aléjate de mí, tú me das miedo. —la voz callada de Tom se mezclaba con el sonido de las hojas mecidas por la brisa. El pelinegro se acercó extendiendo sus manos.

—Tom.

—No —fue la cortante respuesta del de trenzas. Tomó una bocanada de aire y luego agregó —No te acerques. No quiero volver a verte nunca más.

Luego un pesado silencio. Las hojas no se movían, el bosque enmudeció. Como si el tiempo se hubiese congelado. Una sensación de frío comenzó a subirle a Tom por la espalda. La sensaciones de duelo, de muerte, de distancia, melancolía y sufrimiento, se agolparon en su pecho. Luego de una eternidad, con voz ronca y trémula, Bill respondió resignado.

—Será como tú quieras.

—¡Tom! ¡Tom!

Los gritos de dos voces conocidas, le devolvieron a Tom la seguridad.

—¡Acá! —respondió con otro grito. Pero se silenció al instante cuando se dio cuenta que su amado pelinegro ya no estaba ahí.

Dudó por un instante. Una parte de él le decía a gritos que se equivocaba, y deseó regresar a la espesura del bosque y buscar a Bill y decirle que aunque estuviera así de negativo, lleno de miedos a lo desconocido, necesitaba que lo convenciera, que le dijera que todo estaría bien, que ese amor que crecía a pasos agigantados, valía la pena, y hacía que todo lo demás tuviera sentido después de todo. Pero su otro yo le decía que hacía lo correcto, que no había de qué arrepentirse, que era hora de regresar con sus amigos.

—¡Tom! ¡Espera no te muevas!

Los gritos de sus amigos tomaron la decisión por él. Y obedeciendo la recomendación se quedó allí.
La brisa era calma, y las extrañas esferas de luces ya no estaban.
Después de unos minutos sus amigos llegaron.

—¿Qué eran esa luces Tom? ¿Las viste? —la pregunta de Georg descolocó a Tom, que todo el tiempo pensó que eran alucinaciones suyas.

—Emm yo creí que las imaginaba… —Se sintió vacío, un dolor difícil de definir y de ignorar que le quemaba las entrañas, e irónicamente sus amigos estaban preocupados por las luces aquellas. ¿Qué importaban aquellas esferas, el viento, o la luna, cuando él sentía que algo más fundamental e imprescindible para vivir se había ido?

—Pensamos que tal vez era linternas o farolas, pero se movían de manera extraña —continuó el castaño, ajeno a la tormenta que azotaba las entrañas de Tom.

—¡Jah! Yo también las vi Tom —el rubio se rió y eso le pareció una burla al de trenzas.

—¡No veo el chiste! ¡Vámonos! Mi linterna se estropeó.

—Algo resultó mal ¿verdad? —al castaño le preocupó la actitud de Tom. No era la actitud feliz de alguien que tuvo una cita.

—No quiero hablar ahora.

—Drama —le susurró el castaño a Andreas.

La caminata de regreso fue otra vez con un Tom mudo, Andreas el expresivo, hablando de la pesca matutina que tendrían, y Georg quejándose de que las ramas de los árboles se le interponían o que las ranas que se escuchaban croar a cierta distancia eran seguro duendes disfrazados.

Al llegar al sector de las cabañas, la luz de la luna, que ya estaba en el cenit del cielo, alumbraba todo el paisaje como si fuera el mediodía de otro planeta, en alguna galaxia lejana.

La cabaña estaba a oscuras, tal cual Georg y Andreas la dejaron al salir. Los tres amigos ingresaron a ella, intentando no despertar a Gustav, quien respiraba de manera pausada, casi en silencio, en su habitación.

Andreas dejó las llaves sobre la mesa y se detuvo brevemente desde el umbral de la habitación donde dormía el de gafas.

—Es hora de dormir, prometo despertarlos a todos antes del amanecer.

El de trenzas y el castaño sólo asintieron. Georg se dirigió al único baño de la cabaña. Mientras Tom entró a la habitación que compartía con el castaño.

La oscuridad del dormitorio quedaba resumida a los rincones, gracias a la luz de la luna que entraba sin dificultad a través de la ventana.

Sin encender las luces, se acercó hasta su cama. Ahora solo y en silencio podía sentir el peso de lo ocurrido hacía unos instantes en el bosque. Se sentía ridículo, estúpido, y enamorado de manera irremediable de alguien que no era lo suficientemente normal y real para insertarlo en su mundo de un joven común y corriente que estudiaba Diseño Gráfico en una universidad en Berlín.

Esperaba poder entender a aquel que se había convertido en su obsesión, pero al mismo tiempo no sabía cómo hacer para desprenderse de ese sentimiento que le envolvía el alma.

Tal vez después de todo había exagerado. Tal vez se había comportado como un niño pequeño. O quizás de verdad tenía razón al actuar así. Ese chico era todo un freaky, un loco salido de un hospital siquiátrico, o tal vez era un demonio adorando a otro. Como fuera, necesitaba dormir, y olvidar por unas horas si era posible.

No, no, no, también necesitaba a Bill y su beso de buenas noches. Un par de lágrimas que lentas descendían por su rostro, le recordaron que después de todo sus sentimientos estaban allí por más que quisiera ignorarlos.

Se inclinó hacia su cama para recostarse boca abajo. Justo a tiempo, se dio cuenta de que algo oscuro había sobre su almohada. Encendió la lámpara que estaba sobre la mesita de noche, y pudo observar una flor, una delicada flor escarlata. Y se alegró de no haberla aplastado.
Sus pétalos rojos, de un rojo oscuro, potente, eran tan delicados que Tom ni siquiera se atrevió a tocarlos. Con la mayor delicadeza posible, tomó la flor por el tallo, y salió de su habitación para preguntarles a los demás.

—¡Hey! ¡Andreas, Georg!

El rubio se asomó, después de unos segundos, con cara adormilada e interrogante por la puerta entreabierta, al mismo tiempo que Georg ya salía del baño.

—¿Quién dejó esta flor sobre mi almohada?

Sus amigos sólo se subieron de hombros.

—¿Gustav? –preguntó otra vez Tom.

—Gustav estaba durmiendo cuando salimos a buscarte —replicó el castaño, molesto de que insinuara que aquel muchacho, que era la razón de sus afectos, tuviera un gesto romántico hacia otra persona. —Es una flor de lis, es hermosa. —agregó Georg ya más calmado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque mi madre las ama, es una fanática de esta flor. Y además estaba en todos lados en la mansión de anoche, Andreas. ¿No te diste cuenta?

—Sí tienes razón —respondió el rubio.

—Por supuesto —continuó el de trenzas, sabiendo que la idea que ahora se asomaba a su mente, les sonaría más extraña —Entonces fue Bill.

—A ver, concentrémonos. —como siempre Andreas tomó esa actitud de pequeño sabelotodo, escéptico y pragmático, que a veces molestaba a sus amigos con sus conclusiones y que no daba lugar a segundas opciones —Dejamos todo cerrado. Tu Bill no puede entrar con las puertas y ventanas cerradas, a menos que se transforme en un mosquito. ¡Como lo de hoy en la tarde Tom! ¡Que creiste ver a Bill acá, pero eso es muy difícil!

—¡Hoy en la tarde estuvo aquí! —El de trenzas suspiró, y repitió casi en un susurro —Estuvo aquí, yo sé que sí. Y sé que ahora él me dejó esta flor en mi cama.

Se dio media vuelta, abrió la puerta, y salió. Se detuvo en el pequeño porche, sosteniendo la flor en sus manos.

—¡Bill! No quiero que te vayas.

La noche plateada y hermosa, respondió con silencio. Tom escrutó las sombras con la esperanza puesta en que de ellas surgiría a aquel que había rechazado. Pero nada ocurrió.

Tom se dio la vuelta para entrar a la cabaña, sorprendiéndose de ver en el umbral a sus amigos que lo miraban con ojos de pregunta.

—Supongo que por ahora no nos contarás nada —el rubio se acercó al de trenzas.

—Supones bien… Tal vez mañana.

—De acuerdo amigo. Mañana hablaremos. —Andreas lo abrazó por los hombros y los tres amigos terminaron de ingresar una vez más a la cabaña.

Tom entró a su habitación, dejó la flor en la mesita.

—Bill, dime ¿qué voy a hacer ahora?

Se metió en la cama y después de un rato se durmió.

&

Luego de dormirse algo lo hizo sobresaltarse y eso provocó que se despertara. De pronto percibió ese roce conocido dentro de la habitación, ese leve sonido. Abrió lo más que pudo sus ojos pero no podía distinguir muy bien. El sueño interrumpido no le permitía aclarar sus sentidos. Pero en su corazón sabía, sabía lo que era ese ruido tan breve, tan leve.

De las sombras de la habitación surgió aquella silueta, su rostro perfecto perfilado suavemente por la luz de la luna que entraba por la ventana. Sus ojos almendrados que le sonreían.

—¡Oh Bill! No me has hecho caso… Bill has vuelto —y Tom le alargó los brazos, invitándolo a su regazo. El pelinegro se acercó a la cama dejándose abrazar por Tom.

Era realmente tan delicioso sentir el aliento de su amado en su cuello.

—Bill, Bill, no te has ido… Creí que ya no te volvería a ver. —el de trenzas se sintió en éxtasis. Su amor estaba ahí entre sus brazos. No le había dejado solo, había vuelto. Ahora sentía cuánto le amaba. Ya no podía vivir sin él —Perdóname Bill, soy un imbécil, casi te pierdo por mi estupidez.

—Tom —la voz del pelinegro sonó rasposa —Tom.

—¡Tom! ¡Tom!

El de trenzas sentía que era remecido con cierta aspereza. Y la voz de Bill se volvía menos suave cada vez.

—¡Tom!, ¿Tom? —la voz, que no era la de Bill, lo sacó del lejano mundo en que se encontraba —Despierta amigo. Hora de levantarse.

Tom abrió lentamente los ojos descubriendo que la lámpara estaba encendida. Se llevó ambas manos a la cara. Se sintió devastado.

—¿Soñabas? —la pregunta de Andreas lo enfrentó a su ingrata realidad.

No, no era posible. Se había sentido tan real. ¿Dónde estaba ese suave aliento en su cuello? ¿Dónde estaba el cálido abrazo que recién lo había llenado de felicidad?

Había sido sólo un sueño… Sólo era un sueño. Sintió rabia, ganas de llorar, ganas de gritar, de salir corriendo y llamar su nombre. Ganas de ir al bosque y buscarlo. Pero no lo hizo.

Sólo se levantó, arrastrando su cuerpo hasta el baño.

Minutos más tarde iban tres jóvenes bajo un cielo aún estrellado, junto a ellos iba un fantasma. Los cuatros sujetos bajaban hacia la marina donde tomarían un bote, cruzarían el lago hasta el otro extremo, se internarían a uno de los pequeños ríos que bajaban del lago Obersee, lago que alimenta con sus aguas al Königssee. Las truchas los esperaban, era hora de la pesca con mosca.

Al llegar allá los tres jóvenes ya habían hecho todas las bromas posibles, se habían reído de todo y de todos, menos el fantasma, que en su silencio dejaba vagar su alma, pensando en aquel que dejó escapar, en aquel que despreció sólo por tener miedo a lo desconocido, por temerle a aquello que no lograba comprender. Preguntándose en dónde estaría ahora. Miraba a los cerros y montes tapados de bosque, ansiando que él estuviera allí de algún modo. Se escuchaban los búhos en su canto a la noche, y tuvo la ilusión por un breve instante que él lo contemplaba desde las sombras.

Sacaron sus cañas con las carnadas de mosca preparadas. De verdad les encantaba este deporte, siendo lo más apetecido por los cuatro chicos el momento de retorno de los peces al agua. Las carnadas de moscas falsas no dañaban a los peces, y era un reto engañarlos con esas inofensivas carnadas. Tener al pez por un breve instante en las manos para luego retornarlo a las aguas, era una gran experiencia.

Habían dejado el bote a buen resguardo en la orilla del río, y los jóvenes se internaron en las aguas que bajaban tranquilas hasta que les llegaran a la altura de los muslos. Allí se quedaron en silencio para no espantar a sus amigos acuáticos. Y dejaron pasar los minutos practicando la paciencia.

El fantasma había lanzado su caña de pescar, pero poca atención le había puesto. Sumido en sus pensamientos, no dejaba de preguntarse ahora qué era aquello que Bill le hubiese explicado si él se lo hubiera permitido.

—Tom —la voz de Gustav lo sacó del más allá —un pez picó.

Tom rebobinó su caña, tomó a la trucha y con cuidado le quitó el anzuelo, la pequeña mosca colorida había sido un éxito. Miró al pez por un breve instante, y con cuidado lo volvió a introducir al agua.

—¡Eh! ¡BienTom! ¡El primero! —Gustav le sonreía pero el fantasma no sentía ganas de sonreír.

Los minutos pasaron desde entonces, mientras el día se iba aclarando, el cielo plateado del amanecer se volvía de a poco en un celeste claro, luego índigo, hasta el azul de la mañana.

El sol ya se asomaba por entre los montes, y ellos ya llevaban allí un par de horas. Habían tenido éxito en su pesca, y se sentían jubilosos. Menos el fantasma, cuya melancolía se hacía más enorme cada vez

Luego de un rato más decidieron que era hora de beber algo caliente, un café les vendría bien, junto a los sandwiches que habían traído.

Se acercaron al bote, se quitaron la ropa especial de pesca, y se vistieron con ropa más convencional. Se acomodaron entre pequeñas rocas, y con satisfacción bebieron sus cafés calientes.

—Deja ese sentimiento Tom.

Tom al escuchar la voz de Andreas suspiró. ¿Qué sabe él de nada? Pero después de todo no era justo para ellos tampoco. Su pesar era solo suyo, y ellos no tenían la culpa en absoluto, más ahora que no les había contado lo que había ocurrido.

—Sí, y merecen que les cuente lo que pasó ayer.

—Ok. Te aseguro que somos todo oídos, igual que ayer.

—Bien, cuando llegué Bill ya estaba ahí, vestía de negro, tenía una capa, que le cubría hasta los pies, habían una antorchas alrededor, y en el suelo tenia una mantilla con frutas, velas y flores y no sé qué más. Él estaba de pie enfrente de este mantel con una copa, emm como un cáliz —el de trenzas tomó un sorbo de su café, momento que el castaño aprovechó para preguntar.

—¿Por qué piensas que era un cáliz más que una copa?

—Por la forma en que la tenía levantada a la altura de los ojos, me recordó a los curas en las iglesias cuando hacen misa, pero además tenía una daga sobre la copa. Yo lo vi y me recordó a esas escenas de películas freaky del cine norteamericano. Él dijo algo sobre la unión, y yo le hablé. Él se dio vuelta, yo quería saber qué hacía y me quise acercar, él me lo prohibió, y sentí rabia, me di cuenta que en su mundo ocurren cosas que no entiendo. Ahora creo que exageré. Ni siquiera estoy seguro de todo lo que vi.

—Tengo mi teoría —la voz del castaño dejó a todos en vilo.

—¿Tú?

—Sí Gustav, tengo una teoría pero necesito que Tom cuente más hasta que llegamos hasta donde él estaba.

—Ok, disculpa.

—Lo más raro es lo que ocurrió inmediatamente después de la atrocidad que le dije —Tom levantó su cara y arrugando el seño observó los rayos del sol que se desplazaban quietos por las laderas de los montes, mientras en su mente se repetían las dolorosas palabras dichas a quien amaba. —Le llamé freaky. Le dije que si acaso estaba esperando que yo llegara para hacer alguna cosa extraña… Si lo pienso ahora cuidadosamente me doy cuenta de mi error.

—¿Por qué? A mí me parece freaky igual, un tipo con capa con una daga, las antorchas, las velas, se me viene a la mente la palabra pacto.

—Andreas, la cuestión es que insinué que él pretendía hacer algo conmigo ¡jaja! Soy tan estúpido. Si él hubiese querido involucrarme en aquello, lo que haya sido, me hubiera pedido que llegara a esa hora, pero no, fui yo el que se adelantó. Luego al sorprenderlo, él mismo me pidió que no me acercara, y ahora lo veo más como una advertencia de peligro, yo creo que quiso protegerme.

—Creo que estás en lo correcto —el castaño le miraba atentamente —pero continúa, apuesto que pasó algo más.

—Sí, cuando me volví para regresar a la cabaña, miré hacia atrás y él estaba mirando hacia el suelo, o tal vez tenía los ojos cerrados, no sé, sus brazos extendidos a los costados, quieto, como en trance. Luego me giré de nuevo para continuar en mi camino y ahí estaba él, se los juro, era él frente a mí y me habló.

—¿Seguro que no te fumaste nada antes?

—No seas pesado Gustav, hablo en serio. De hecho cuando lo vi frente a mí, mi primera reacción fue mirar hacia atrás si es que estaba allá todavía o qué —con su mano derecha sobre su pecho Tom suspiró —Miré hacia el claro donde se supone debería haber estado, y efectivamente allí estaba, y sentí pánico. Corrí, pero ese viento extraño me llamaba, levantaba las hojas, luego tropecé, y apareció ese tipo que vi en la laguna. Me dijo que se llamaba Dark, y que me fuera de aquí. Tenía puesto el mismo tipo de capa de Bill. De repente apareció detrás de mí.

—¿Ese Dark?

—No Andy, Bill. Y le dijo a Dark que me dejara en paz. Y se fue. Y mi pobre niño se quedó ahí rogándome que lo entendiera, que podía explicarme todo. Y aparecieron esas esferas.

—¡Ajam! A ese detalle quería que llegaras, pero sigue, sigue. —Georg, se acomodó en su rocoso asiento, realmente entusiasmado con la historia.

—¡Vaya! Realmente te diviertes con todo esto. Pues sí, aparecieron esas esferas extrañas, creí que eran parte de mi delirio, pero como ustedes dijeron verlas, me convencí de que no eran producto de mi imaginación. En fin, le dije que me dejara en paz. ¿Cuál es tu teoría Georg? ¡Por favor dime algo coherente!

—¡Gracias amigo por tu voto de confianza! ¡¿Cuándo he dicho incoherencias yo?!

—Ya Georg, basta. —la voz de Gustav, a pesar de todo, sonó más suave de lo que pretendía.

—Bueno, ¿hablo o no hablo?

—¡Siiiii! —fue la respuesta a coro.

—Ok. Querido Tom, tu amado Bill es un místico.

—¿Místico?

—¿Místico? ¡Georg, qué le dices al pobre de Tom, eso es ridículo!

Las voces de Andreas y Tom casi se opacaron una a la otra.

—Miren, hace dos años conocí a Kamlek, ese era su seudónimo. En realidad, ese es el nombre de un Elfo, el Señor de los Bosques. Él me invitó a pertenecer a un grupo, yo pensé hacerlo pero luego supe que ese no era mi camino.

—Hey cariño, tú sí que eres una caja de sorpresas.

—Pues claro, qué creías Andreas. Lo que sí les puedo afirmar es que aprendí mucho de ellos. Era una Orden Hermética, y se dedican en ella a aprender sobre su espiritualidad.

—¿Una religión?

—No. Tom, es algo que va más allá de las religiones, ellos creen que toda la energía del Universo surge de la Fuente que la gente llama Dios, y que todos podemos usar esa energía si queremos. Anoche había luna llena, y ellos suelen honrar los ciclos de la naturaleza, y entre esos ciclos están las fases de la luna. Y lo que viste anoche era una sencilla ceremonia donde Bill celebraba a la naturaleza en su ciclo de la luna en todo su esplendor. No te dejó acercarte Tom porque el espacio ese estaba consagrado, como si fuera un altar, y tú no podías traspasar ese espacio así nada más. Lo que querías hacer era lo mismo que ir a interrumpirle al sacerdote, en medio de sus rezos. Incluso peor, porque el viento y las esferas me muestran que ese Bill tiene la capacidad de manejar ciertos rangos de la naturaleza.

—¿Me dices que lo que hacía era una simple ceremonia esotérica?

—Sí, Tom, algo así. Y te decía que si él puede manejar el viento y las esferas de luces, pues la energía que estaba allí entre las antorchas te hubiese lastimado de alguna forma que no puedo precisar. Él te prohibió acercarte para protegerte. Y el otro sujeto debe ser de la misma Orden, y entre ellos hay jerarquía, así que seguro ahí es Bill quién tiene la voz de mando, pues eso explica que se haya ido cuando le dijo que te dejara tranquilo.

—¿Sabes? —la voz de Gustav ahora demostraba que el tema le estaba interesando también —me recuerda a ciertas cosas que leí en El Código Da Vinci. Allí hablaban de ciertas Órdenes Herméticas, que creían en Dios de una manera distinta, que hacían unos rituales, y que había entre ellos una jerarquía, pero creí que era parte de la fantasía de Dan Brown.(1)

—Pues no todo es fantasía, esas Órdenes existen.

—A ver, a ver, un poco más lento Georg, que me está doliendo la cabeza. Me dices que Bill es seguro un místico que hace cosas con el viento, o sea que tiene poderes, ¿como si fuera un brujo o algo así?.

—No son brujos, se llaman Magos Ceremoniales, como el mítico Merlín. Tom, yo creo que has escuchado de él. —su amigo asintió. —Me alegro por lo que te ha pasado, se ha enganchado contigo alguien muy especial, nada convencional. Y eso explica que lo vieras al mismo tiempo en dos partes, ellos pueden hacer viajes astrales, se desdoblan y pueden ir donde quieran, y si es joven y ya hace eso, no quiero ni pensar en lo que podrá hacer cuando sea viejo. Pero debe ser bueno, un joven bueno, porque es fácil usar esas capacidades para lo negativo, y él no lo ha hecho, aparte de seducirte.

—¡Ah gracias! No sabes cómo me alegras después de que le dije que me dejara en paz, que ya no lo quería ver más.

—¿Y qué te dijo?

—Ohh Gustav. Eso es lo que me hace sufrir —Tom suspiró otra vez, recordando con dolor que si ahora estaba solo era porque así se lo pidió —me dijo que se haría tal y como yo quería.

—¿Ves?

—Veo qué Georg.

—Que él pudo usar sus capacidades para obligarte, pero te respeta. Pudo convencerte de mil maneras. Pero prefirió respetar tus decisiones. Es un buen mago. Una buena persona.

—Sí, y eso me hace sufrir ahora, porque no quiero estar sin él. Y creo que él cumplirá con su palabra. Y ya no me buscará.

De pronto el teléfono de Tom, que estaba en el bote, interrumpió el silencio que se hizo entre los cuatro. La música de Coldplay flotaba en el aire, hasta que Tom le dio aceptar.

—¿Tom?

—Sí, con él. ¿Quién habla?

—Markus Frank, de la mansión Liz Garten.

—¡Señor Frank! ¿Sucede algo malo?

—Sí, es decir no, bueno, no sé. Encontré algo que tiene que ver con usted, mientras se hacían las reparaciones, se descubrió algo en un compartimento secreto. Necesito que venga lo antes posible.

—De acuerdo, ¿pero me podría decir de qué se trata?

—No. Prefiero que sea en persona, es largo de explicar.

—Ya, entonces iré hoy si es posible.

—Ah ¡Qué bien! Lo espero. Adiós.

Las caras de sus amigos eran todo un cuadro sacado de un algún comics.

—Algo encontraron en la mansión que tiene que ver conmigo. Debo ir hoy.

Continuará…

por administrador

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