Tenemos actu, un capi muy especial.
A quienes no hayan leido la viñeta «Engrásame la tuerca» les recomiendo que lo hagan, sucede algo en ella que se menciona en este capi, de lo contrario no comprenderán a que cosa se hace alusión.
Espero lo disfruten y no me odien por lo que (no) sucede en el final.
«Basorexia» Fic de Haruxita
Capítulo 12: La Princesa y el Pastor
«Había una vez, en un reino muy muy lejano un Rey muy severo que tuvo una sola hija, la princesa creció hasta convertirse en una hermosa muchacha, pretendida por todos los príncipes de la región. Sin embargo el rey, que no veía con buenos ojos…»
El pequeño bostezó, algo aburrido, prefería las historias de aventuras que le relataba su padre en lugar de los cuentos de hadas que le leía su madre, pero últimamente ella estaba tan ocupada con la colección de primavera que regresaba a casa demasiado tarde como para arroparlo. Aquél era el primer cuento que le leía en semanas, de modo que el niño calló sus protestas y se concentró en los largos y suaves dedos que dibujaban arabescos en su cabeza, adormeciéndolo.
”…rado de la hermosa voz del pastor y desdeñó a cada uno de los prín…
”Madre. ¿Por qué la princesa se enamoró de un simple pastor si era cortejada por decenas de príncipes ricos y guapos?».
Su madre había sonreído de esa forma boba en que lo hacía cuando miraba a su padre, al pequeño le gustaba el brillo que adornaba sus ojos en esos momentos, compensaba en parte la pérdida de glamour.
”El corazón tiene sus propios motivos, cariño. No siempre podemos comprenderlos» respondió la mujer, traduciendo a un lenguaje comprensible para un niño de siete años el verso “El corazón tiene razones que la razón no entiende».
«Si yo fuera la princesa me casaría con el príncipe más guapo, y contrataría al pastor para cantarme todos los días en el castillo».
Sonriendo, su madre le cogió la mano y besando la punta de los deditos prosiguió con la lectura.
El pequeño era testarudo pero muy joven aún, el día en que se enamorara por primera vez se veía muy lejano, pero cuando sucediera ella estaría a su lado para aconsejarlo.
«… Entonces el rey ideó una manera de separar a los enamorados. Le impuso al pastor tres pruebas imposibles, las que debía cumplir en el plazo de una semana si deseaba obtener la mano de la princesa.
Un vaso con todas las aguas, un ramillete con todas las flores y una bolsa llena de gritos: ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!».
El niño rió ante las teatrales exclamaciones de su madre, pero sus preguntas no se detuvieron ahí.
«¿Quién querría una bolsa de gritos? —interrumpió nuevamente— A menos que se la regales a alguien que no te agrada, y se lleve un gran susto al abrirla. No sé qué haría con un vaso con todas las aguas, debe saber raro. Pero un ramillete con todas las flores se oye bien».
«¿Puedo continuar con mi relato, cariño?» —pidió la mujer, con infinita paciencia.
El niño asintió, agitando sus suaves bucles azabaches, pero antes…
«Madre, ya lo he decidido. Cuando sea grande me casaré con un príncipe que me regale un ramillete con todas las flores».
La mujer sólo sonrió ante la determinación del pequeño, sus acotaciones siempre le divertían sobremanera.
&
—¿Esta era la sorpresa?— preguntó el modelo, observando el frasquito de miel en su mano. Era un frasco corriente, de los que venden en cualquier supermercado, una hexágono de vidrio con la caricatura de una abeja en la etiqueta.
—E-es una to-tontería. O-olvídalo, ¿sí? —balbuceó el hombre ante él.
Ese hombre adorable que pasó de las rosas y las orquídeas, se dio maña para contactar a su asistente (de vacaciones en La Costa Azul) y arrancarle a punta de súplicas el nombre de su flor favorita.
La flor en cuestión resultó ser una rara variedad de lirio, la cual sólo florecía durante unos escasos días al año, en la cima de una montaña en Micronesia.
Pero la mujer, conmovida por la devoción del veterinario (o quizás sólo ansiosa porque este la dejara de fastidiar, para poder regresar a los brazos de su esposo) le contó sobre el mítico «Ramillete con todas las flores» y cómo ese cuento había maravillado a Val en su tierna infancia.
«El pastor se presentó ante el rey con un vaso de agua de mar — recordó Val, emocionado. Le parecía oír la voz de su madre en el interior de su cabeza—, pues las aguas de todos los ríos y lluvias confluyen en el mar. Un panal, pues las abejas recolectan el polen de todas las flores y con el fabrican la miel. Y una misteriosa bolsa, el pastor instó al rey a extraer el contenido con su propia mano, pero los gritos los produjo el mismo monarca al ser picado por los cangrejos que había en su interior. El ingenioso ardid le valió al pastor la mano de su amada princesa».
—Debí a-adivinar qu-que Isab-bella me estaba t-tomando el pelo. —balbuceó el veterinario, avergonzado por lo que él pensaba un lamentable error.
Lo cierto era que Val ya no creía en cuentos de hadas, conocía a suficientes miembros de la realeza europea como para no desear entablar lazos estrechos con ninguno de ellos. Nick distaba de ser un príncipe, de hecho se acercaba más al pastor del cuento.
En su adultez, Val por fin comprendió que fue lo que enamoró a la princesa.
—Es todo lo que yo deseaba. —murmuró, aferrando el bote de miel, con la garganta medio obstruida por la emoción.
Nick sonrió con inocencia, ignorando que el modelo no se refería sólo al obsequio.
~*~
Parecía increíble que algo en apariencia tan cotidiano como compartir inocentes carantoñas en el sofá excitara todas sus terminaciones nerviosas. Máxime porque Nick aún no se atrevía a ir muy lejos, pese a que él mismo lo alentara, desde luego se cuidó de guardar para sí las palabras con que deseaba infundirle coraje, a riesgo de que surtieran el efecto contrario, sin embargo el lenguaje corporal resultó ser mucho más efectivo.
Empero aunque esa insegura mano apoyada en su muslo estaba a una distancia abismal de sus constantes sueños eróticos, esta era real y ese pequeño detalle maximizaba el efecto cada roce.
Nick respondía de buena manera a sus caricias, jadeando y gorjeando ante los besos de mariposa que Val desplegaba por todo su cuello.
Estar en esas condiciones era como acudir a un buffet en que la única condición era probar sólo un bocado a la vez. Nick era un festín del que Val deseaba devorar hasta la última migaja.
Val conocía lo bastante bien a su pareja como para no auto engañarse, era más que probable que sus ardientes sueños jamás se hicieran realidad, pero él era un hombre práctico, con los pies bien puestos en la tierra, y no permitía que sus fantasías nublaran su juicio. Los sueños eran sólo eso, después de todo.
Por este mismo motivo atesoraba cada beso, cada centímetro que la mano su amado se atrevía a escalar pierna arriba.
A pesar de su experiencia Val temblaba como un primerizo, después de todo se trataba de su primera exploración desde que se convirtieron en novios (dos días atrás).
Desde luego no planeaba hacer el amor esa misma tarde, en medio de la sala.
Aunque la idea era sumamente tentadora, Val era bastante más conservador de lo que se podría pensar a primera vista. A diferencia de su hermano pequeño, el modelo conservaba una brizna de lucidez aun en el punto más álgido de la pasión.
Nick transmitía una profunda serenidad, le había devuelto el deseo de compartir su vida y su lecho. Consiguió que sus aprehensiones y temores desaparecieran, que no sólo volviera a creer que el amor era posible en su vida, sino que lo deseara. Calmaba su permanente tormenta interior, el mundo giraba a un cuarto de velocidad mientras se encontraba en sus brazos. Lo que resultaba un gran contrasentido, considerando que era precisamente en ellos donde su corazón bombeaba acelerado, como si quisiera escapar de la jaula de sus costillas y atravesar la cubierta de carne para ir al encuentro del corazón de Nick, que latía igual de nervioso apegado a su pecho. Dolía un poco, pero era un dolor placentero que le hacía sentir más vivo que nunca.
Nick aventuró una de sus manos hasta su pie descalzo, la férrea caricia con que abarcó la planta envió un fogonazo de excitación hasta su bajo vientre, obligándolo a romper el beso y apartarse en el acto, ante la impávida mirada de su novio que ignoraba el verdadero motivo de reacción.
Habían estado mimándose y compartiendo arrumacos por largo rato en el sillón de la sala, poco a poco el ambiente se fue caldeando, una cosa llevó a la otra y Val acabó montándose a horcajadas sobre las piernas de Nick, con los resultados ya mencionados.
Avergonzado por su impetuosidad —que no arrepentido, eso jamás— se sentó de forma un tanto desgarbada y cubrió su entrepierna con un cojín, a falta de una mejor alternativa para disimular su erección.
Aún no había discutido con Nick qué tan lejos planeaba llegar en esa relación, en lo que a contacto físico se refería. Hasta donde él sabía, antes de conocerlo su pareja no se había planteado siquiera la posibilidad de involucrarse con otro hombre. Por mucho que ardiera en deseo, Val no iba a presionarlo. No quería que Nick creyera que sólo lo movía el sexo, aunque no dejara de pensar en nuevos escenarios para sus fantasías ni por un segundo.
—¿Estás bien? ¿Hice algo indebido? —inquirió el veterinario, inseguro.
¡Dior! Era imposible no caer rendido por ese hombre de mirada dulce que lo interrogaba con preocupación, aun cuando fue el propio Val quién se alejó de forma brusca y sin previo aviso.
Val titubeó, las excusas que acudieron a su cabeza en ese momento eran cual de todas más irrisorias, finalmente optó por cubrir el revelador bulto en su entrepierna con la bolsa de papel que contenía el obsequio de Nick y alejarse raudamente de la tentación, murmurando algo sobre Hitomi y la cena.
Nick se quedó en la sala con expresión de perplejidad, mientras veía s su novio desaparecer en dirección a la cocina.
~*~
La cena fue pacífica, Nick consiguió apaciguar sus temores asegurando que su Frijolito debía estar a salvo, con alguno de sus amigos. Que era mejor no presionarlo, darle algo de espacio en medio de su rabieta. Una vez en casa habría ocasión de hablar con calma.
Val apretó su mano y le sonrió, en mudo agradecimiento. A veces olvidaba que Nick tenía a su propio adolescente problemático con el que lidiar en casa, si alguien podía comprender su predicamento ese era él.
Podía verificar el amor que su novio le profesaba a ese chico en el brillo de sus ojos, la forma cariñosa y el orgullo con que siempre se refería a él.
Inevitablemente el tópico de la cena acabó derivando en Tom Kaulitz, sus problemas de comportamiento y la deuda que Val aun no acababa de saldar con Nick.
El modelo tenía inmejorables noticias. Vincenzo da Roca estaba pronto a inaugurar una nueva exposición en Berlín, que fue lo que lo trajo de regreso a Alemania en primer lugar.
Val había maquillado un poco la verdad ante su amigo, no contaba con mayores antecedentes sobre los problemas conductuales del chico, Nick fue bastante impreciso ese día en la cafetería y algo le decía a Val que tras su supuesta homofobia se ocultaba algo más. Ese algo tenía todo que ver con las ocasiones en que vio a ambos adolescentes retozando en diferentes lugares del apartamento.
Pero Tom Kaulitz tenía un inesperado punto a su favor: el interés que este había demostrado poseer por la plástica. Patente no sólo en sus reiteradas incursiones en su biblioteca, sino en esa inesperada revelación durante el cumpleaños de Nick. Aquello le dio pie a Val para urdir un pequeño plan. Si todo resultaba como esperaba, mataría varios pájaros de un mismo tiro.
—Vinnie nos ha invitado a la inauguración. —informó, con un aire de misterio que pretendía atrapar la curiosidad de su novio.
—¿Nos?
A Val no se le daba actuar de Celestina, por no mencionar el innegable hastío que los museos y exposiciones de arte le producían a su Frijolito, sin embargo pensó que el joven Kaulitz se sentiría más en confianza con otra cara familiar en medio del centenar de desconocidos que acudirían al evento.
—Tom, Bibi, tú y yo, puedes dejar a Scotty en casa, Hitomi cuida bien de Pumba, estoy seguro de que no tendrá inconveniente de encargarse de él también.
Nick se quedó boquiabierto, Val supuso que sopesando pros y contras.
—Piénsalo. La primera reunión Kaulitz-Trümper no salió tan mal —recordó el modelo, presionando sutilmente.
El veterinario se rascó la barbilla, pensativo. Val supo que había pillado su indirecta en el momento en que este se sonrojó, haciendo gala de una hermosa sonrisa. Esa fue la noche en que Val le regaló la esclava con la que, solapadamente, le declaraba su amor.
—Supongo que al menos puedo intentarlo, prepararé el terreno con Tom, ¿Cuál es la fecha de la inauguración?
—En dos semanas más.
—Debo ser sincero, existe un 50% de probabilidades de que Tom se niegue a acompañarnos. Tiene un carácter difícil, si lo abordo en mal momento se cerrará como una ostra y toda tu gestión habrá sido en vano.
Val lo agasajó con una enorme sonrisa, la sonrisa de alguien que posee un as bajo la manga. Nick se deleitó de que aun existieran facetas de su amor por descubrir, la nueva era tan hermosa como fascinante.
—La elección no fue casual —le aclaró, rosando levemente la yema de su índice sobre el grabado en la esclava. Un gesto tan elocuente que a Nick parecía gritarle «te amo» a los cuatro vientos —, de todos mis conocidos Vinnie es quien mejor se ajusta a tus requerimientos. Posee un talento excepcional, le apasiona su trabajo, es un esposo devoto. Si tu objetivo es derribar los prejuicios de tu hermano, él es tu hombre. Además le comenté de forma somera sobre el interés de Tom por la plástica, está dispuesto a examinar su trabajo y apoyarlo si considera que tiene potencial.
Nick se quedó sin palabras, en ningún momento había proyectado que aquél encuentro pudiera traer beneficios anexos para su hermanito.
Sin embargo, existía un enorme escollo:
—Tom es reacio a mostrar sus bocetos, hace más de dos años que vi sus croqueras por última vez.
Pero tal inconveniente no pareció hacer mella en el entusiasmo del modelo. Nick supuso que se debía a que su pareja comprendía mejor el corazón de un artista que él.
—Si mal no recuerdo, me dijiste que Tom amaba pintar grafitis.
En medio de su respuesta, el veterinario por fin comprendió el punto adonde intentaba conducirlo su pareja.
Alguien que pinta sobre un muro, en una calle transitada, en el fondo desea ser visto.
—Aceptará —terció Val, muy seguro de sí —, con un poco de suerte esa inauguración será doblemente provechosa.
Nick confiaba en el talento de su hermanito, lo único que le había visto últimamente (el mural de su habitación) bastaba para formarse una idea bastante aproximada de lo mucho que había perfeccionado su técnica.
~*~*~*~
Ya bien entrados en agosto las altas temperaturas no mostraban indicios de remitir, lo que siempre suponía un fastidioso inconveniente al momento de rodar en exteriores. Empero, luego de lo sucedido esa tarde, Val comenzó a ver la ola de calor como una bendición disfrazada.
Acostumbrarse a Nick llevando su cabello libre de la opresión de la goma no requirió de gran esfuerzo, controlarse para no saltarle encima movido por sus instintos primarios —sempiternamente alertas, desde que ese noviazgo inició— fue otro asunto. Autocontrol que perdió de forma vergonzosa esa tarde
Desde luego, quien viera la pequeña y maltratada camiseta deportiva que el veterinario portaba —porque no la vestía, como quien viste una inocua camisa de franela a cuadros, la portaba como un arma— no lo culparía por caer fulminado ante ella, es más, lo exoneraría completamente de los cargos por el errático comportamiento que sobrevino a ello.
Por más que la voz de la cordura le recordara que era de mala educación —sin mencionar, de pésimo gusto— no sostener la mirada de su interlocutor, aun en una conversación informal, no conseguía despegar la vista de los marcados pectorales que la prenda de cuello bajo exhibía casi con descaro.
Nick no poseía una musculatura desbordante, de hecho era más bien delgado, sin embargo todo lucía turgente, como una abierta invitación a acariciar, lamer y…
—… mucho calor bajo la bata y en la clínica no…
Las palabras de Nick, excusándose por su apariencia —¡Excusándose! ¡Cómo si aquel regalo para los ojos fuese una ofensa!— le llegaban amortiguadas, lejanas.
Su garganta se secó, en un último acopio de fuerzas balbuceó —“¿Deseas una cerveza, jugo de frutas, una gaseosa?”— y se escabulló hasta la cocina, necesitaba un vaso de agua fría con urgencia.
Nick llegó tras él, apenas un par de minutos más tarde, lo atrapó bebiendo directamente de la botella —le temblaban demasiado las manos para verterla en un vaso.
—¿Cariño, estás bien?
Sus piernas flaquearon ante el manido apodo, y es que en labios de su pareja hasta las palabras más corrientes adquirían un significado especial.
—Divinamente— respondió, su nerviosismo se veía reflejado en la forma en que estrujaba la botella de plástico en su mano,
—¿Estás seguro? Te ves tenso como la piel de un tambor.
—¡Chirimoya!
—¿Cómo?
Se dio una palmada mental. Tras buscar desesperadamente un tema de conversación inocuo para ganar algo de tiempo, aquello fue lo mejor que se le ocurrió. Era innegable que estaba perdiendo destreza
—Hitomi preparó jugo de chirimoya. —agregó, haciendo ingentes esfuerzos por mantener su línea de visión por sobre los tentadores pectorales de su Nick.
—Val, puedes dejar de fingir que nada sucede, porque es muy claro lo que aquí ocurre.
Sintió la cálida sensación de sus mejillas al arrebolarse.
—¿Lo es?—definitivamente estaba siendo muy descuidado si Nick lo notaba
—Lo has pensado mejor y te diste cuenta de que lo que sientes por mí es sólo un gran afecto, que yo soy incapaz de despertar tu deseo.
Val se atragantó con el agua, aquello era tan irónico.
—Te aseguro que no es eso, Meine Liebe —aseveró, con una pequeña sonrisa —. ¿Cómo puedes pensar algo así?
—Porque en las dos semanas que llevamos de novios te siento distante, te apartas sin causa aparente en medio de las caricias, y porque llegue hace casi media hora y no sólo no me has dejado besarte, sino que te las arreglas para evitar que me acerque a ti.
Y refrendó sus dichos con un ademán que abarcó la isla que los separaba en ese momento.
Val suspiró, agotado por la presión. Había querido evitar a toda costa llegar a esos extremos, pero no podía permitir que su pareja continuara torturándose de esa manera.
Lentamente rodeó la isla de la cocina y con la mano que no sostenía la botella medio vacía acarició la suave barba, dejando un beso cálido en sus labios.
—En algo tienes razón, he pensado mucho en nosotros estos días, y en que haría cualquier cosa con tal de no hacerte sentir incómodo.
Mientras hablaba se alejó un par de pasos y dejó sobre la mesa la botella con que cubría la cremallera de su pantalón, exponiendo su entrepierna que lucía abultada bajo sus pantalones ceñidos.
—El problema no es la falta de deseo, amor, sino precisamente lo contrario. Yo… Nick, tu llevas mi autocontrol al límite —confesó, con simpleza— he reprimido mis impulsos con mucho esfuerzo estos pasados días pero hoy… hoy te vi con esa camiseta y… —mientras hablaba su labio inferior comenzó a temblar, debió coger la botella y beber un sorbo de agua antes de continuar.
Su novio lo miró sin comprender.
—¿Qué?
—Te parecerá extraño, no es el tipo de cosas de cosas que se espera de alguien como yo, mi apariencia grita «pasivo» a los cuatro vientos. Pero lo cierto es que transito en ambos sentidos, no muy a menudo porque… —hizo un molinete y dejó la frase flotando en el aire, no aportaría nada bueno a su relación mencionar a los hombres con los que ligó en el pasado— Meine Liebe, tú haces que mi lado dominante aflore usando pintura de guerra, desde que llegaste esta tarde lo único en que puedo pensar es en arrojarte sobre el sillón y hacerte mío.
El rostro cariacontecido de Nick se trocó de forma vertiginosa en una enorme sonrisa hasta desembocar en una estruendosa carcajada. Val alzó una ceja y se cruzó de brazos, sintiéndose un poco estúpido.
Dado que, pese a sus encomiables esfuerzos, el veterinario no podía parar de reír, Val se marchó iracundo a su cuarto.
~*~
Estaba furioso, las estruendosas carcajadas de su novio aun resonaban en su cabeza, reviviendo la humillación.
¿Qué había sucedido con el dulce y comprensivo hombre que creía conocer?
Usualmente los hombres tardaban al menos un mes de relación en sacar a relucir al troglodita que llevaban dentro, a Nick le tomó menos de tres semanas.
«Para eso sí que se dio prisa». —rezongó, mirando fijamente la puerta de su cuarto.
El hecho de que no hiciera el intento de seguirlo para disculparse, o al menos enviar un mensaje a su móvil trocó su furia en tristeza.
«Nick, ¿Qué sucede contigo? No me decepciones, por favor. Tú no».
Varios minutos más tarde una hoja de papel fue deslizada bajo la rendija de la puerta.
El orgullo herido del modelo lo retuvo de correr por ella de inmediato. Contó hasta diez, soportando la comezón en los dedos y el enloquecido palpitar en su pecho, que suplicaba una oportunidad para su amado.
La carta era extensa, lo pudo corroborar una vez la tuvo en sus manos, ocho carillas de la letra redondeada y algo infantil de Nick.
Su corazón se entibió al leer la larguísima introducción de la carta. Podía imaginarlo perfectamente, nervioso y ruborizado, escribiendo esa nota, poniendo su corazón en el papel.
Pero fue la última página la que hizo que Val dejara de preguntarse adónde se había ido el hombre tierno y tímido que lo conquistó.
«No fue mi intención burlarme de ti, ni mucho menos ofenderte. La risa fue una reacción involuntaria. Tu confesión (al contrario de lo que debes estar pensando en estos momentos, encerrado en tu cuarto, convencido de que soy un patán insensible), fue un gran alivio. Llevaba días preguntándome cómo plantear el tema, temiendo que no lo tomaras de buena forma, en especial luego de tu sueño húmedo en el sillón. Aquellas eran expectativas demasiado elevadas, que no creí poder cumplir.
Como sabrás, esta es mi primera relación con otro hombre, hay mucho que desconozco. Dios, ¡ni siquiera soy muy bueno relacionándome con chicas!
Perdona el largo rodeo, todavía no encuentro el valor para poner esto en palabras, aun por escrito. (Y por ello admiro profundamente tu demostración de coraje de hace un rato, que mis estúpidos nervios arruinaron).»
Luego de un párrafo emborronado se podía leer en pulcras letras capitulares:
«ME HARÍA MUY FELIZ QUE TOMARAS EL CONTROL».
El nudo que oprimía su pecho se deshizo ante la eufemística revelación de su pareja.
Corrió a abrir la puerta y permitirle la entrada a su dormitorio. Nick aun aguardaba en el pasillo, afuera de su cuarto.
—¿Me perdonas? —pidió este, con una carita de borrego que hacía imposible responder de otra manera que abrazándolo.
—No más secretos en nuestra relación, por favor —ordenó Val, con su rostro escondido en el cuello de Nick—, por muy vergonzosos que estos sean.
—¿Recíproco?
—Absolutamente.
Se separó de él y le tendió la mano, en una invitación algo osada, considerando las circunstancias y el lugar en que se encontraban.
Nick se rascó la barba, su nerviosismo sólo se equiparaba a sus deseos de aceptar.
—Meine Liebe, yo…
—P-por favor, no a-arruines el momento diciendo que n-no harás nada que yo n-no desee. —bromeó el otro hombre, ruborizado hasta las orejas, tomando su mano.
Val sonrió y se mordió los labios, conduciendo a su pareja hasta la cama, donde este se dejó recostar pacíficamente.
Nick estaba demasiado ocupado para notar que, sobre una de las mesitas de noche, en el lugar que solía ocupar un pequeño bouquet, ahora alguien había colocado un ordinario pote de miel. De esos que se encuentran en cualquier supermercado y logran que los cuentos de hadas se hagan realidad.
Continuará…