XV: I will die in your arms I

Por fin he llegado a uno de mis capis favoritos. Muchas cosas importantes pasan en el. Cosas que todas hemos esperado largo tiempo, y otras que darán pie a sucesos futuros.

Me tardé en subirlo porque ocurren tantas cosas en muy corto tiempo y no quería que por descuido algo quedara fuera. Las dos partes siguientes están encaminadas.

El título es un juego de palabras, alude a «le petit morte». Para las que no saben, es una forma poética de llamar al orgasmo. Se oye mejor que «voy a correrme» ¿no creen?

«Basorexia» Fic de Haruxita

Capítulo 15: I will die in your arms (P.1)

«Dieciocho… Diecinueve… Vein…»

Nick apretó los párpados, aprisionando el labio inferior entre sus dientes. 

Había estado «practicando» en casa, pero sus dedos cortos y manos torpes —aun inexpertas en el complicado arte del amor griego— le provocaron sólo incomodidad y frustración.

Nada comparable a las placenteras sensaciones que los estilizados y habilidosos dedos de Val le brindaban en esos momentos.

Su cuenta mental se interrumpió al llegar a 27, al experimentar el primer escalofrío que le hizo tremendamente consciente del lugar que ocupaba la próstata en su geografia corporal

Se obligó a retomar la cuenta para no dejarse llevar. No deseaba que su cuerpo primerizo lo avergonzara ante su pareja, corriéndose apenas en los preliminares.

Tres dedos se acomodaban ya en su interior, distendiendo sus paredes en un calmado ir y venir, acompañado de la salmodia que la dulce voz de su pareja entonaba para él, dándole animos para resistir.

Más no era dolor aquello que inquietaba su corazón, puesto que Val lo trataba con excesivo cuidado y —salvo la intrusión del primer dedo— su cuerpo no había acusado molestia alguna. 

El modelo debió leer sus temores en la repentina tensión de su cuerpo, puesto que retiró los dedos de su interior muy despacio y, dejando un cálido beso en sus labios, repitió su promesa:

—No te martirices, Meine Liebe. Es tu primera vez, no espero que te comportes como un semental. Al contrario, disfrutaré mucho instruyéndote.

Nick ignoró de donde salió la osadía para plantearle «¿Si aprendo lento, vas a disciplinarme?». Probablemente del sumiso esclavo que se ocultaba en lo profundo de su ser y que los mimos y confianza inspirados por Val lentamente estaban sacando a flote.

Su novio compartió una sonrisa pícara y le guiñó un ojo antes de estirarse sobre la cama para alcanzar la misteriosa cajita que reposaba en la mesita de noche.

Cuando Nick por fin averigüó el contenido de esta su cuerpo entero reaccionó con un escalofrío, mezcla de morbo y temor.

«Condones».

Seis condones de coloridos empaques.

—¿Ocurre algo malo? —preguntó inquieto, ante el ceño fruncido de su pareja.

—Creo que tengo un ladrón de preservativos en casa. —agregó malhumorado, cerrando de golpe la cajita.

Nick estaba sorprendido de que Tom hubiera llegado tan lejos con el hermanito de Val, aunque debió sospechar que aquél interrogatorio sobre su vida sexual no se debía a mera curiosidad adolescente.

—Cariño, no te enfades con él, es comprensible. Después de todo Bill está en la edad y es mejor que use protección.

—Lo sé, es lo que he inculcado. Pero le compro sus propios preservativos cada mes, una docena me pareció una cantidad razonable.

Nick se atragantó con su saliva. ¿En que momento su hermano pequeño pasó de renegar de su orientación sexual a convertirse en un sátiro? Lo que le supo aun peor fue que, sacando rápidas cuentas mentales, aparentemente Tom tuvo mas sexo esas dos semanas que él en los últimos cuatro años.

Ni siquiera se atrevió a indagar cuántos condones faltaban en la cajita, doce ya era una cifra abismante.

—A-aun quedan seis, pa-para mí es mas que s-suficiente.

El modelo suspiró y le dio una triste sonrisa.

—Son condones con sabor. —y agregó, al ver que no comprendía el punto— Están diseñados para felaciones, vida mía. 

Era un hombre hecho y derecho, no debería perturbarse por hablar de sexo con otro hombre, en especial si ese otro hombre era su pareja. Pero no pudo evitarlo.

¿Cómo supo que se había ruborizado? Porque su novio se lo dijo al oído «Me encanta cuando te sonrojas, luces adorable».

Él se pasó la mano por el rostro, avergonzado. De seguro el descarado de su hermano no se ruborizaba cuando hacía el amor (una y otra y otra vez) con el hermanito de Val.

—¿Alguna vez en tu adolescencia lo hiciste a diario? —preguntó, aun en shock.

—Creo que el máximo fue tres veces en una semana. No había tiempo para mas, tenía una carrera de la que ocuparme.

—Envidio su energía.

—Y yo…

~Dos semanas antes~

Nick pasó a buscar a Tom a la tienda de antiguedades ese lunes. Poco antes de su hora de almuerzo. No era infrecuente que almorzaran juntos, pero esta vez Nick se notaba demasiado serio. Algo ocultaba, y ello le dio mala espina a Tom, lo que quedó confirmado cuando pidió hablar a solas con Tobias Hoffmann.

Por mas que Tom se estrujó el cerebro no se le ocurrió un motivo razonable para ese encuentro.

Por fortuna, para su salud mental, Tobìas no tardó en llamarlo a la pequeña oficina de administración y dejar al otro dependiente a cargo.

Su jefe no lucía enfadado, resignado mas bien y un poco triste. Lo invitó  a tomar asiento ante su escritorio, lo que solo hizo que los nervios de Tom se dispararan.

—Tranquilo chico, —aconsejó, al ver que el adolescente estrujaba los bajos de su camiseta en ambos puños, con desesperación.—no estás en problemas, al contrario, son muy bunas noticias.

Tom se volteó a ver a su hermano, sentado junto a él, que le devolvió una mirada de apoyo.

Piadosamente, Tobias fue directo al grano.

—Desde que llegaste a la tienda estoy mas que satisfecho con tu desempeño, aprendes rápido y eres muy responsable.   Ni por un momento me has hecho dudar de arriesgarme a contratarte, pese a que… cierta gente se tomó muchas molestias para informarme de tu mala reputación.

Tom desvió la mirada, no le cabía duda de que su jefe se refería a Blumen, el maldito fiscal que se había convertido en un grano en el trasero.

—Entonces, si está tan conforme con mi trabajo… —preguntó, no pudiendo contenerse un segundo mas— ¿por qué esto me suena a despedida?

—Eres muy perspicaz. —repuso el viejo, con una sonrisa— Siempre supe que no podría conservarte para siempre. Eres un niño aun y los niños deben estar en la escuela.

Tom tragó un regusto amargo en su garganta.

—En primer lugar, ya no soy un niño, pronto cumpliré 17. Y en segundo… no he desertado, estudio en casa.

Fue el momento en que Nick tomó la palabra.

—Ya no mas, Tom. Desde hoy eres alumno regular de la Emanuel-Lasker-Oberschule. Las clases comienzan el lunes de la próxima semana.

Tom boqueó como pez fuera del agua. Todo estaba pasando demasiado rápido y no comprendía. ¿Cómo pudo ser aceptado de la noche a la mañana, cuando claramente todos los establecimientos ya tenían cerradas sus matriculas desde hace meses? ¿Por qué ahora, por qué tan sorpresivo? Luego de que Nick aplanara las calles de todo Berlín sin resultados positivos, meses atrás. Sin contar con que el nombre lugar le sonaba poderosamente.

¿Donde había oído sobre ese lugar?

—Como te darás cuenta, Tom, el horario de la tienda es incompatible con el de tus estudios. Sin embargo, si lo deseas claro, me encantaría que pudieras ayudarme en el taller los fines de semana.

Una sonrisa lentamente fue tomando por asalto su rostro, en la medida en que procesaba la información.

—¿Eso significa que voy a poder estudiar de nuevo? ¿Cómo la gente normal?

—Exactamente, esa es la idea.

Sin embargo, toda la situación le olìa a gato encerrado. Algo en ello le hacía ruido, impidiéndole disfrutar a cabalidad las nuevas.

—De acuerdo. ¿Cuál es el truco?

—No hay truco, enano.

—Falta una semana para el inicio de las clases. ¿Cómo lo conseguiste? Es virtualmente imposible.

Su hermano se ruborizó y, le sonrió ampliamente, rascándose la nuca en ademán de culpabilidad.

—No te enfades por favor. Le pedí ayuda a mi hada madrina.

Hasta donde Tom sabía, la única mujer con influencias que su hermano conocía era Natalie. Pero sus contactos se limitaban al hospital.

Y Nick jamás se sonrojaba al hablar de su amiga.

—¡La señora Trümper!

Fue el turno de Tom de sonrojarse.

He ahí de dónde le sonaba el nombre de la secundaria.

¡Estudiaría en el mismo establecimiento que su Mauschen! ¡Quizá hasta, compartirían salón!

Aquello era forzar demasiado su suerte. Se conformaba con toparse con él en los pasillos y espiarlo en la cafetería.

Para cuando recordó que su hermano estaba al tanto de su relación con el moreno, el rubor alcanzó a sus orejas.

—Gracias, bro. —Masculló, sin saber que mas decir. Aunque internamente quería gritar. No sería nada sencillo regresar al ambiente estudiantil, no dudaba que su pasada reputación lo precedería, era bastante probable que muchos de sus nuevos compañeros le hicieran la vida dificil. Tendría que desarrollar cuero duro para hacerles frente. Al menos el incentivo que le esperaba hacía que la perspectiva valiera la pena.

Tom se despidió de su jefe, acordaron que trabajaría hasta mediados de semana, puesto que necesitaba tiempo para prepararse y de paso tomarse al menos un par de días de descanso.

Pese a que Tom insistió en costear él mismo sus gastos de ropa y materiales, Nick se mostró firme al respecto, él era su tutor y encargarse de ese tipo de gastos era su responsabilidad.

Lo que Tom no permitió, bajo ningun concepto, fue que lo acompañara de comprar.

—¡Ya no tengo cinco años, bro!

Si bien Tom no le dijo que prefería la compañia de cierto moreno, Nick bromeó sobre el particular todo el trayecto a casa. Era su forma de vengarse por los comentarios insidiosos del adolescente sobre su escapada romántica con Val. 

~*~ 

Tom anhelaba regresar a clase, que su vida recobrara parte de la normalidad perdida ese lejano 14 de febrero. Empero, eso no borraba el hecho de que estuviera mas acojonado que la mierda. Visualizaba perfectamente la escena en su cabeza: los cuchicheos acompañándolo donde fuera, «es él, dicen que mató a su compañera de laboratorio», «¿quien lo diría? es tan pequeño, parece inofensivo», «Yo por las dudas no me le acerco».

Aquella perspectiva era mas que suficiente para desanimarlo y orillarlo a renunciar. El sistema de exámenes libres había funcionado bien para él, despues de todo. Pero no podía defraudar a Nick una vez más, y estaba ese otro asunto…

Bill.

Suspiró, como cada vez que pensaba en él y no había nadie alrededor que pudiera tildarlo de «nenita enamorada».

No lo habían discutido, pero daba por descontado que su Mauschen lo sabía, quizá se enteró mucho antes que él. 

Su corazón se aceleraba de sólo pensar en verlo a diario, perderse observando su perfil durante la clase de inglés, como antes.

No, como antes no, nunca más. Ahora Bill era su Bill. Nada de insultos, ni peleas en los pasillos. Se convertiría en un pacífico y silencioso stalker durante el día, contando impaciente las horas que faltaban para que pudieran verse a escondidas. 

~*~ 

Al dia siguiente Tom se dejó arrastrar por Bill al centro comercial. Bastó que dejara escapar las palabras mágicas «necesito comprar…» para que su Mauschen comenzara a rebotar en medio de la sala, entusiasmado. 

—¡¿Me acompañarás a comprar mi outfit para la fiesta?!

—Mauschen, debo comprar las cosas para…

Pero el moreno no lo dejó acabar la frase, ya lo jalaba al interior del ascensor. Tom exhaló pidiendo paciencia al ser barbado en que no creía. Sólo de milagro regresaría a casa con algo de su lista escolar.

Y no se equivocó, llevaban casi una hora en esa tienda y Bill parecía empeñado en vaciar los escaparates.

Nada de lo tenían en ese sitio era de gusto de Tom, por lo que se dedicó a deambular sin rumbo a la espera de que Bill consiguiera un guardarropa nuevo. 

Había aprendido por las malas a distinguir cuando sus pasos estaban siendo monitoreados. Y aunque no comprendía el código que empleaban, estaba seguro de que los tres guardias de la tienda le tenían echado el ojo. Estaba acostumbrado a que lo confundieran con un delincuente sólo por su apariencia, acostumbrado no significaba que se sintiera agradable.

Dejó en su lugar la sudadera con el logotipo «YOLO» estampado en la espalda, que examinaba sólo por tener las manos ocupadas, y con disimulo huyó en dirección a los probadores.

En el primero al que se asomó había un par de chicas poniendo morritos ante el espejo y haciéndose selfies. En el segundo encontró a una mujer a medio vestir que lo llamó «¡degenerado!» y lo abofeteó. El tercero fue el bueno.

Bill se volteó apenas vio su reflejo en el espejo.

—¡Tomi! ¿Qué haces aquí? No importa, llegas justo a tiempo, te necesitaba. ¿Dime si no es maravillosa? Con tacones se vería perfecta, aunque también…

Bill parloteaba a gran velocidad, pero todo en lo que Tom podía pensar era en la camiseta de red que su chico traía puesta y que aparentemente este planeaba usar en su fiesta.

—Vamos, Tomi. ¿Por qué esa cara de limón agrio? ¿Qué acaso no te gusta?

—Es horrenda.

—¡Es sexy!

—No es de tu talla, te va pequeña.

—¿Bromeas? ¡Me queda perfecta! Como si la hubieran hecho especialmente para mi.

—La camisa te va mejor—aludiendo a la prenda de satín negro que coronaba la pila de ropa que el moreno aun no se probaba.

—Llevaré ambas

—Joder. ¡Esa camiseta no te va!

—¡¿Por qué?!

—¡Por qué es ropa de maricas, por eso!

Bill se llevó ambas manos a los labios, con los ojos abiertos de forma desmesurada.

Ese era el tipo de comentarios con los que Tom debía pelear cada día. Estaba haciendo un buen trabajo conteniéndose, hasta que el tarado de su novio lo picó tanto que ya no pudo contenerse.

—Mauschen, lo siento, yo no…

—¡Has descubierto mi sucio secreto! —exclamó el otro chico, con falso asombro. A diferencia de su hermano, Bill era un pésimo actor.

—Idiota.

Bill se quitó la camiseta, entre risas, y se la aventó justo en el rostro.

—¿Así esta mejor? —inquirió, de brazos en jarras.

De ser Tom un adolescente típico habría callado esa boca insolente con un beso francés, mientras ambos se frotaban con desesperación apoyados contra el espejo. Pero él aun mantenía a raya sus hormonas en público, aunque mas porque aun no se hallaba cómodo expresando su homosexualidad que por pudor.

—Vistete ya, o va a venir la encargada a preguntar por qué demoras tanto— farfulló de mal humor, arrojando la injuriosa camiseta a un lado.

El otro chico cogió la camisa que él le había sugerido, con una mírada maliciosa que infortunadamente el rubio conocía muy bien.

Tom se ruborizó y desvió la mirada del pálido torso desnudo.

Esperaba la pulla que vendría a continuación, inclusive tenía la respuesta a flor de labios.

Pero el manido «¿acaso te pongo nervioso?» nunca llegó.

El moreno se puso la camisa, abotonándola con parsimonia, como si encontrara en el vestidor de su casa y no en el probador de una tienda, con un puñado de desconocidos alrededor.

Tom se mordió la lengua, de sobras sabía que a mayor prisa que él metiera, mas se tardaría este en acabar de vestirse.

Bill pareció satisfecho con la camisa, aunque no tanto como Tom, que tenía sus brazos cruzados sobre el pecho para no caer en tentación. La jodida camisa negra gritaba «fóllame, aquí y ahora». Por la sonrisa del moreno, Tom supo que había adivinado sus pensamientos.

—¿Esta si te gusta, Tomi? —ronroneó, acercándose peligrosamente a él.

—No tengo tiempo para mierdas, solo decide lo que vas a llevar y… y…

Tom perdió la ilación de sus pensamiento en el momento exacto en que Bill le quitó la gorra, sabía lo que esto significaba, todo su cuerpo hormigueaba de anticipación.

Con el corazón latiendo de forma atropellada bajó sus manos hasta las caderas del otro chico, quien le rodeó el cuello con sus brazos e inclinó su cabeza hasta que él pudo percibir su aliento rozándole los labios. 

—Un cumplido, Tomi, es todo lo que quiero oír.

—No soy bueno para…

—Por favor.

Apoyó su frente en la contraria y cerró los ojos. Los halagos no eran su fuerte, ni siquiera cuando ligaba con chicas. No necesitaba de piropos porque a ellas les ponía su pose badass.

Todo lo que salía de su boca eran insultos y maldiciones, no era que no quisiera, no podía —ni sabía— decir cosas agradables al oído.

Y ahí estaba Bill, luciendo como la encarnación de su mejor sueño húmedo y exponiendo su incomprensiblemente frágil autoestima ante él.

Tenía que improvisar algo y rápido, su chico se impacientaba.

Si tan solo hubiera prestado atención a esas estúpidas comedias románticas que pasaban por el cable. No que el las viera, por supuesto.

Bufó con impotencia, luego de estrujar su cerebro y no encontrar una respuesta apropiada.

—Lo siento, Mauschen. —se excusó sosteniendo su mirada, con culpabilidad— No hay palabras en mi vocabulario que te hagan justicia. Voy a aprender, te lo juro. Sólo dame…

Bill interrumpió su diatriba con un apasionado beso. Aparentemente había dicho algo acertado. Pero… ¿qué? 

~*~ 

Nick recibió una llamada del recepcionista, informándole de la llegada del primer paciente. Aquella prometía ser una jornada atareada. Le ayudaría a olvidarse al menos por unas horas de cierto asunto que lo traía bastante nervioso.

Faltaban menos de dos semanas para sus vacaciones con Val y el comentario de Tom no dejaba de inquietarlo.

Dos adultos, en una vacaciones con sabor a despedida… Val no se conformaría con bucólicos paseos al atardecer y agarraditas de manos.

Ordenó «pase» mientras arrojaba sus preocupaciones al fondo de su mente. Ya tendría tiempo de sobra para hiperventilar.

O quizás no.

Por un segundo creyó que aquello era sólo un mal entendido, que su novio había pasado a saludar de camino a algún compromiso, pero sus esperanzas se desvanecieron en un parpadeo.

—Cariño, me encanta que hayas venido de visita, pero espero a una paciente.

El modelo se quitó sus lentes de sol con elegancia y maulló derrochando sensualidad.

Nick se incorporó en el sillón de su escritorio. Comprendiendo que no había ninguna gata persa por esterilizar.

De hecho Val no tardó en ponerlo al tanto de que tampoco existía una iguana, perico ni mastín que requirieran de su asistencia.

 Su novio, que colocó en sus brazos a Pumba —para que «saludara a papi»— había reservado toda su mañana bajo diferentes nombres falsos.

 Pumba no tardó en dormirse en sus brazos. Acostumbrado a su olor y mimos.

El cachorro fue dejado sobre la camilla, el veterinario necesitaba aclarar un par de cosas con su novio.

—Cariño, no puedes comprar mi tiempo, como si yo fuera un gigoló.

El veterinario se arrepintió de sus palabras en cuando estas dejaron sus labios. La sonrisa de picardía que recibió de parte de su pareja le dio una idea mas o menos acertada del tipo de imágenes mentales que su comentario había generado en él.

 —Lo que quise decir fue…

—Meine Liebe, si fueras un gigoló, monopolizaría cada segundo de tu tiempo. —afirmó, envolviéndolo en sus brazos.

Nick todavía no se acostumbraba a ser tratado como el objetivo de un depredador sexual. El ardiente cosquilleo en su partes bajas aun lo incomodaba.

—Nunca sabré que es lo que ves en mí. —confesó, apenado, al verse desnudado por el descarado escrutinio de su pareja.

El modelo lo besó intensamente antes de prometer: «en la cabaña lo averiguarás». Aunque, mas que promesa, ello le sonó a amenaza.

—¿Cabaña?

—He alquilado una hermosa cabaña en medio de un bosque, incluso hay una cascada no lejos de ahí.

Se oía idílico, aunque ello solo confirmaba los temores del veterinario. Un lugar apartado, solos los dos. Parecía que su pareja preparaba el escenario perfecto para tener intimidad.

Val era atractivo, sensual, Nick estaba loco por él. Debería estar contando los días que faltaban para el viaje, en lugar de aterrado por la situación. 

* 

La primera parada fue en el supermercado, Val cargaba una larga lista de víveres y suministros. Más que una semana de relax a Nick le pareció que se preparaban para una expedición de seis meses al ártico. 

Por el rabillo del ojo espió el contenido de la lista, entre «cepillos de dientes» y «bloqueador» ponía…

«¡Oh, Dios! ¡Condones y lubricante!»

Nick comenzó a sudar frío.

Una vez más se dijo que estarían largo tiempo separados, era normal que su pareja estuviera desbordante de entusiasmo por meterse en sus pantalones antes de marcharse a América.

El tiempo corría en su contra, no podía hacer nada por retrasar el momento

Con su cabeza poblada de lúgubres pensamientos se separó inadvertidamente de Val y se topó a boca de jarro con la protagonista de sus pesadillas.

Tragó saliva y se pellizcó el antebrazo antes de corroborar que efectivamente se trataba de ella y no de una alucinación provocada por sus nervios de punta.

Lucía considerablemente mas delgada y había cambiado el color de su cabello, pero era ella.

Nick estrujó sus manos con nerviosismo. ¿Que podía decirle a la mujer a la que alguna vez amó, con la que planeaba formar una familia y envejecer juntos?

Él también había cambiado en el interín. Se deshizo sus trenzas y se dejó barba, pero ella no pareció tener problemas para reconocerlo, lo saludó con alegría, como dos viejos amigos que no se han visto en largo tiempo.

La situación completa era bizarra. La mujer —que nunca fue muy efusiva— ahora invadía su espacio personal sin atisbo de recato, lo que disparó su nivel de stress a la estratósfera. 

 

De naturaleza aprehensiva, Val no podía evitar que los celos lo consumieran cada vez que una mujer hermosa le coqueteaba a Nick. El hombre lo amaba mas que a nada y él no dudaba de la honestidad de sus sentimientos (mismos que le había demostrado en mas de una oportunidad), sin embargo tomaba las previsiones necesarias para marcar su territorio cuando la eventualidad se presentaba.

Como buen actor manejaba el arte de la sutileza a la perfección, era capaz de enviar el mensaje claramente («linda, no gastes energías, este hombre está tomado») sin emplear una sola palabra, sólo valiéndose de su eficiente lenguaje corporal.

Su amado despistado jamás se daba cuenta de la maniobra, desde luego, ni siquiera acusaba recibo de los flirteos descarados de las mujeres.

Aunque siempre hay una primera vez, para todo.

Se habían separado en algún punto entre el pasillo de pastas y el de golosinas, no le preocupó mayormente, lo llamaría al móvil antes de dirigirse a la caja.

La siguiente vez que lo vio estaba siendo asediado por una chica, que Nick actuara con nerviosismo cuando él llegó a su lado, no le dio buena espina.

La mujercita corrió con suerte de que Val considerara que montar una escena en público era de vulgaridad extrema, de lo contrario el gustito de haber posado los ojos (y manos) en SU NICK le habría costado muy caro.

No hizo preguntas en ese momento, pero mas de una hora mas tarde, camino a la clinica luego de almorzar en un restaurant hindú, deslizó el tema con sutileza.

La hermética respuesta de su pareja avivó aun mas su curiosidad.

—Es una vieja conocida. Algún día te contaré la historia completa, no es agradable.

Por mas que la buscó, Val no encontró trazas de culpa en sus palabras, sólo una gran incomodidad e, inexplicablemente, vergüenza.

Con una tensa sonrisa, asintió, accediendo a dejar esa charla pendiente para el momento que su pareja considerara mas apropiado. 

¿Cuánto podría ello tardar? 

Imposible determinarlo, considerando que se trataba del hombre que le había dado un nuevo significado a la expresión «tomarlo con calma» 

~*~ 

—¿Parlantes nuevos para tu automóvil, tal vez?

Nick llevaba días dándole la lata.

A Tom nada le entusiasmaba menos que cumplir años. 

Otrora, cuando tenía un gran grupo de amigos con quien compartir la celebracion, la esperaba con ansias. Pero ahora la situación era muy diferente, pasaría el día con su Mauschen y por la noche Nick lo llevaría a cenar. Para él estaba bien, Era más de lo que hubiera esperado tan solo unos meses atrás.

—¿No eras tú quién se quejaba del volumen excesivo del estereo de ”Zorra»?

Su hermano hizo una mueca de desagrado. La misma que componía siempre que oía el nombre de su nena. Al principio le amonestaba por su peculiar elección, empero se acabó dando por vencido, al comprender que no tenía intenciones de cambiarlo.

—Enano, son tus diecisiete. Es una fecha importante. ¿De verdad no hay nada que desees?

Lo que Tom deseaba era poder pasar la noche con su novio, sin temor de que el mayor de los Trümper los descubriera. Pero sonaría muy sospechoso si le pidiera a Nick cancelar la cena y que de paso se encargara de distraer a su pareja.

—Nada, en serio. A menos que tengas una varita mágica que me haga crecer diez centímetros.

El adulto esbozó una sonrisa.

—Puedo instalar un potro en el ático y atarte por las noches. —bromeó, abrazandolo por la espalda y estrujando sus pobres costillas. ¿Qué nunca se le quitaría esa costumbre de actuar como el monstruo de los abrazos? ¡Que ya no tenía cinco años, joder! —Ya crecerás, —agregó a su oido, en tono conciliador— sólo te has tardado un poco mas que el resto. No hay ningún problema con tu cuerpo, sólo se está tomando su tiempo para desarrollarse.

—Demasiado tiempo. Soy el mas pequeño de mi clase. —bufó.

—Ten un poco mas de paciencia. Te aseguro que valdrá la pena.

—¿Y si me quedo enano toda mi vida? —Esta vez la carcajada del adulto fue estentórea.—¡Hablo en serio! ¡No he crecido ni un centímetro en dos jodidos años!

—Tom, si te deja mas tranquilo te puedo llevar a un endocrinólogo. Pero te lo digo como médico, no hay nada malo contigo.

Tom caviló un largo instante.

Bastante tuvo de doctores y exámenes al iniciar la terapia, no desaba volver a pasar por lo mismo. Pero tampoco le hacía ilusión quedarse con esa apariencia aniñada por el resto de su vida.

—Hagamos esto: si para navidad sigo estancado en el metro sesenta y cinco, me llevarás al medico.

—¡Hecho! Entonces… ¿Que deseas para tu cumpleaños…? 

~*~ 

—¿Vas a tener tiempo para pensar en mí, entre el rodaje, estudiar tus diálogos y tener ciber sexo con el idiota de Nick?

Val rió a su pesar. Su bebé no tenía pelos en la lengua.

—Siempre te llevo en mi corazón y en mis pensamientos, Bibi. Salvo cuando estoy teniendo sexo salvaje con Nick.

—¡Val! ¡Se supone que al menos debes hacer el intento de negarlo!

El adulto cogió una de las manos de su hermanito y besó sus nudillos. Era tan fácil y divertido sacarlo de sus casillas. Pero el tiempo que les restaba era escaso y no quería desperdiciarlo en tonterías.

—Frijolito, quiero que sepas que no importa cuán lejos esté, yo seguiré velando por ti. Si me necesitas, si sucede algo malo…

—Val, no atraigas la desgracia. ¿Qué de malo podría suceder? Hitomi y Markus van a cuidarme.

El modelo se mordió el interior de su mejilla. Tal vez sólo estaba proyectando su fallida relación amorosa en su hermanito. Él también había entregado su amor y cordura a los diecisiete años. Cuando todo se fastidió hubiera deseado tener a alguien a su lado que le brindara apoyo y comprensión.

—¿Estás seguro de que ese chico es confiable? 

La mirada del menor se enturbió, su sonrisa boba sugirió que se había perdido un instante pensando en su novio.

—Completamente. Y descuida, Markus ha prometido encargarse de él si lo jode todo. ¡Pero no lo hará! Puede que sea un idiota, pero no tiene malas intenciones. 

Caviló antes de dejar salir la idea que venía rondando su cabeza desde que decidió rodar la película.

—Bibi, me gustaría tener una charla con ese chico, antes de marcharme.

Toda alegría en el rostro del pequeño se apagó de súbito.

—Ya te lo dije, no quiere que nadie sepa lo nuestro. No está listo.

Esas palabras le recordaron dolorosamente a Olfie.

—Si se avergüenza de ti es porque realmente no te ama como dice.

—¡No se avergüenza de mí, se avergüenza de él! Está tan metido en el clóset que ni Aslan lo encontraría. No voy a presionarlo para que salga, bastante mal me siento por haberlo puesto entre la espada y la pared para que asumiera sus sentimientos. 

—Bibi…

—Si no confías en él, al menos confía en mi. No permitiré que me lastime, te lo juro.

Val lo estrechó en sus brazos deseando poder protegerlo de algo mas fuerte que el dolor físico, una decepción amorosa. 

 ~*~ 

Se estaba amariconando. Sabía que ese tipo de cosas sucederían si reconocía los sentimientos que el moreno despertaba en él. Primero la confesión, luego el noviazgo tácito, y ahora esto.

No obstante su actitud displicente de «voy porque me obligas y ni se te ocurra esperar un presente de mi parte», desde que su Mauschen le entregó esa infame invitación no había pasado un sólo día sin pensar en el predicamento en que estaba metido. No sólo se iba a dejar ver ante los amigos del moreno, sino que para colmos debía competir con los obsequios de estos.

Por mas que se quebraba la cabeza pensando, no encontraba una respuesta adecuada. Porque, ¿qué carajos se le regala a alguien que lo tiene todo?

Cuando le preguntó a Nick este se había reído en su cara. 

Hermanos mayores… ¿Qué no se suponen que deben sacarlo a uno de apuros?

 —No lo sé, enano. ¿Qué te hace pensar que yo podría tener una remota idea de qué regalarle a ese chico? ¡Apenas lo conozco!

—Pero llevas meses saliendo con la señora Trümper, ¿Nunca le has regalado nada?

El adulto se rascó la barbilla, pensativo.

—No creo que califiquen como «regalos de pareja» propiamente tal. Ni siquiera son costosos, han sido mas bien detalles que en un momento de impulsividad he comprado y luego me he arrepentido. Aunque Val jamás me ha desairado, por muy estupidos que hayan sido.

Su hermano sonrió, probablemente evocando algunos de esos misteriosos obsequios. A Tom lo consumió la curiosidad. Máxime conociendo a su hermano y teniendo una vaga idea de los gustos de su cuñado.

—Una vez le regalé una moneda de chocolate. —su semblante se entristeció y Tom pronto supo el porqué.—Fue el día en que recobré su amistad, el día del tiroteo. Lo dejé en la camioneta y di un par de vueltas buscando a alguien que pudiera darme algo de información, no hubo suerte pero de pronto caí en cuenta que era el santo de Val, ese día terrible. Deseé poder hacer algo para alegrarlo, en ese momento recordé que había un kiosko a unas cuadras de la secundaria.

Tom frunció el ceño. —¿Y él la aceptó? — imaginó al remilgado maniquí ariscando la nariz ante la golosina corriente.

 —Si, de hecho creo que le gustó. —la expresión de Nick sugería que aun no creía que aquello fuera posible.

—¿En serio? ¿Se la comió?

—Bueno, no. Pero… Es probable que sólo estuviera siendo amable, ¿Verdad?—Tom se sintió mal por haber estropeado un bello recuerdo que su hermano aparentemente atesoraba.

—No te apenes, bro, de todas maneras el sujeto esta loco por ti ahora.

Nick era tan fácil de contentar. Hasta daba envidia la forma en que sus ojos se iluminaban y su rostro no era capaz de contener esa enorme sonrisa.

«Jodido suertudo».

Faltaban tres días para el maldito cumpleaños y el no tenia ni puta idea de que regalarle a su Mauschen.

—¿Bombones?

—Aun si no fuera un maldito cliché, no le gustan los chocolates.

—¿Un peluche?

—No es una jodida chic… Espera… ¡Bro, eres un genio!

 «¡Eso es!»

Ahora que lo pensaba, no lo hacía tan mal, sólo debía seguir su instinto y dejarse llevar. 

Despues de todo, a su Mauschen le había encantado el ratoncito que ganó para él en el parque de diversiones. 

~*~ 

Los días volaron, sin darse cuenta se encontró a las puertas de su nueva secundaria, agarrando la correa de su mochila como si de una línea de vida se tratase.

Su hermano mayor le dio unas palmaditas en la espalda y se ofreció a entrar con él.

—Bro, no es el puto kindergarten. Bastante malo es que me hayas venido a dejar, ahora todos creerán que soy un bebé.

Nick respiró hondo y apretó su hombro, probablemente aguantando el impulso de abrazarlo.

—Cuídate enano, y no te metas en problemas.

Tom quiso prometer «lo haré», pero repentinamente se le hizo un nudo en la garganta y temió que su voz se oyera demasiado aguda, por lo que sólo asintió antes de dar media vuelta y perderse entre el gentío. 

* 

Tenía motivos de sobra para estar nervioso, con su mala reputación y todo el asunto del tiroteo. 

Pero además…

Si bien su novio había accedido a actuar «con normalidad» en público, la normalidad de Bill distaba mucho de la suya. Tom temía que apenas lo viera le saltara encima y lo besara en pleno pasillo.

Sus temores cobraron vida durante la clase de literatura —la primera de ese día—. Bill cogió su material de estudio, se separó de su grupo y sin decir «agua va» se sentó muy sonriente a su lado.

Tom no supo como comportarse, su cercanía lo desconcentraba. Se sentía bien tenerlo junto a él, pero debió obligarse a no sonreír de vuelta y mantener sus manos quietas. Sin contar con que sus labios hormiguean de puros deseos de besarlo. 

Ese sería un día muy largo. 

* 

—¿Nuevo novio, Trümper? ¿O juegan a las cambiaditas con Listing y Schäfer?

El aludido rodó los ojos y con parsimonia guardó los apuntes de la clase anterior en su locker, ignorando al chico de color que lo miraba con asco.

Tom agachó la cabeza, sus manos apretaron el agarre sobre su libro de química. 

Por primera vez estaba en la vereda opuesta y no le agradaba en lo absoluto. Él no debería estar pasando por eso, la culpa era de Bill, que se le pegó como lapa toda la mañana.

—Pensaba que eras maricón, pero me equivoqué. ¡Eres una jodida bollera! Sácame de la duda. ¿Cual de los dos hace de chico? Porque con esa cara es dificil adivinar.

Tom arrojó su libro al piso, pocas cosas le jodían tanto como que lo llamaran «cara de niña» y ahora por culpa de Bill toda la secundaria pensaría que era maricón.

Pero un par de brazos sorprendentemente fuerte lo inmovilizaron antes de que le diera su merecido a ese bocón.

Había pasado tanto tiempo desde su última pelea cuerpo a cuerpo y Bill se comportaba tan dócil en la intimidad que olvidó que subestimar su fuerza era un gran error.

El chico aplacó sus forcejos y, por si no fuera bastante humillación, lo besó en la mejilla, declarando a voz de cuello «sólo me tienes envidia, porque mi novio es mucho mas guapo que Eva”.

Bill lo soltó no bien el bully se marchó tras escupir un par de palabrotas, pero el mal ya estaba hecho, el pasillo se convirtió en un mar de murmuraciones.

Tom cogió su libro y corrió en dirección adonde recordaba debía estar la salida al patio. ¿Con que cara se presentaría en la siguiente clase? Todos lo señalarían.

—Vamos, Tomi. No es para tanto.

Bill lo había seguido, por supuesto. No entendía el gran letrero de «dejame en paz» que tenía en la frente. 

En realidad en la frente ponía «Sex», pero bajo la gorra traía una cara de cabreo que hubiera intimidado a cualquiera con un poquito de sentido común.

—¿Esto era lo que querías? ¡No llevo ni cinco horas en este lugar y todos creen que soy un puto!

Bill se cruzó de brazos, quebró la cadera y entrecerró los ojos. ¿Ahora se haría el ofendido? ¿Él?

—Tom, ¿crees que eres el único bully con el que tenido que lidiar? Malcom es un idiota inofensivo, ni siquiera presto oídos a sus tonterías. Deberías hacer lo mismo.

 —Pues ese idiota no la habría tomado conmigo de no haberteme repegado toda la maldita mañana. 

—No seas paranoico. 

 —¿Paranoico? Gracias a ti saben lo nuestro, estoy muerto. ¿Por qué tenías que besarme?

—Tomi, fue sólo un roce de labios en la mejilla, quería hacerlo enfadar. Acostumbro hacerlo con Thor y Gusgus. Me cansé de usar los puños para defenderme. Joder sus mentes es mas divertido

Se suponía que el moreno había confesado esa barbaridad para tranquilizarlo, pero sólo lo hizo sentir peor.

—Ve a clase, quiero estar solo.

Bill se marchó alicaído. El de rastas se parapetó en las escalinatas, y a falta de cuaderno se puso a dibujar en la primera hoja del libro de quimica.

Menos de quince minutos mas tarde comenzaron a llegar los mensajes

*Tomi, no te enfades. Debí advertirte cómo son las cosas en esta secundaria.*

*Nadie cree que seas un marica, las chicas opinan que eres lindo, yo también.*

Eso ultimo le sacó una sonrisa, a pesar suyo.

*Tomiiii, te extraño, la clase es aburrida. ¿Te sentarás con nosotros en la cafetería?*

 Tom nunca había tenido novia, pero imaginó que tener una novia molesta debería ser algo parecido a eso.

*Tomi, joder, no me culpes, toda la mañana quise besarte y esa fue una excelente excusa.*

Tom finalmente se rindió

*Yo tambien moría por besarte, Pero tengo algo llamado AUTOCONTROL*

*Nah, lo que tienes es miedo.*

 *Está bien, prometo no volver a ponerte en una situación incó…*

Ese fue el último mensaje, Tom supuso que la maestra lo había regañado por usar el móvil en clase. 

* 

El almuerzo fue la mar de incómodo. Bill lo obligó a sentarse junto a su grupo en la cafetería, arguyendo que debía empezar a socializar, después de todo se verían en su fiesta y el resto del año en clase.

”No quiero verte deambulando solo por los pasillos, o aislado en el patio, dibujando apoyado en un pilar como lo hacías en Ellen Key. Si Tomi, te vi, todas las veces. Algún me mostrarás esa jodida libreta».

Pese a los ingentes esfuerzos de Bill la conversación no fluía, Tom no deseaba estar ahí y los amigos de Bill no lo querían entre ellos. Los que no lo conocían de antes fueron puestos al corriente por los demás en los pasados días y nada de lo que oyeron les generó simpatías por el recién llegado. No comprendían cómo el moreno pudo perdonarlo. Quizá sólo fingía a petición de Val, pero incluirlo en el grupo era ir demasiado lejos.

Finalmente Tom no aguantó más la presión y las miradas de desconfianza, cogió su charola y se marchó.

Bill hizo el ademán de ir tras él pero Geo lo sostuvo de la muñeca.

—Necesita estar solo.

—Pero…

—Lo conozco mas tiempo que tú. Pocas cosas lo enfadan mas que invadan su espacio.

Bill se sentó, enfurruñado. Odiaba cuando sus planes no resultaban. Había pensado que integrar a Tom a su grupo sería pan comido, no contaba con que los demás no estuvieran dispuestos a cooperar. 

* 

—Anda, Tomi. ¡Por favooor! Prometo ser cuidadoso.

—Puedes insistir toda la tarde, la respuesta seguirá siendo la misma.

—Pero… Tomiiiii— gimoteó el moreno con un lánguido puchero.

No hace mucho había descubierto que su novio tenía debilidad por esos gestos, surtían el efecto de imán para su boca, no pasaban mas de treinta segundos luego de que él estirara su boquita en un mohín para que, inevitablemente, el chico de rastas acabara mordiéndo su labio inferior.

Y aquella ocasión no fue la excepción.

Bill sonrió en medio del apasionado beso que siguió a la mordida.

—No me importa que sucio truco uses— aclaró Tom, alejándose un escaso centímetro de su boca—, no dejaré que conduzcas a Zorra.

El moreno se alejó de mala cara, emitiendo un bufido.

—¿Cómo se supone que aprenda a conducir, si nadie quiere enseñarme?

—Yo no tengo inconveniente en enseñarte.

—¿En serio, Tomi? — su sonrisa se desplegó con entusiasmo.

—Consigue un automóvil y yo te enseño.

—Muy gracioso, sabes que no tendré un auto hasta que cumpla 18 y pueda pagarlo.

—No veo por qué haces tanto drama. Ve a la autoescuela, como todo el mundo.

—Pero necesito tener al menos los conocimientos básicos. No quiero llegar en blanco a la primera clase. Vamos, Tomi… Te compenzaré.—insistió nuevamente, moviendo su diestra rodilla arriba, en dirección a la entrepierna de su pareja.

Si pensó que su mano exploradora surtiría efecto, se llevó una desagradable sorpresa. Tom lo apartó con brusquedad, un ceño de enfado instalado en su rostro.

—Nunca uses el sexo como moneda de cambio conmigo. —espetó, con una voz amarga.

Aun un poco asustado por la desmedida —a sus ojos— reacción de su novio, Bill se replegó de regreso a su asiento.

Tom tenía esas actitudes de repente, que le recordaban a Bill al «viejo Tom», aquél que pensaba que los gays eran una suerte de íncubos, movidos por impulsos sexuales irrefrenables, cuyo fin último en la tierra era corromper a la mayor cantidad de heteros posible.

Suspiró, pidiendo paciencia a los dioses, había días que necesitaba una ración extra para lidiar con Tom. Por fortuna ya no ocurría tan seguido, pero seguía siendo molesto.

—Se lo pediré a Markus.

—Eso es un golpe bajo.

—Lo sé. —replicó, sonriendo ufano.

—Está bien, tu ganas. Pero si le haces el menor razguño a mi nena…

—Sabes, a veces pienso que quieres mas a este cacharro que a mí.

El de rastas abrió la boca, indignado, parecía a punto de estallar en improperios en contra de su novio, a ultimo minuto cambió de opinión y en lugar de ello le dio cariñosas palmaditas al volante, mientras le susurraba tiernas palabras de desagravio.

Bill rodó los ojos. Aquello era por lejos lo mas ridículo que había visto en su vida, lo cual era mucho decir, considerando que vivía con un hombre que vestía atuendos de plumas de buena mañana.

—Entonces… ¿Cuándo empezamos?

Continuará…

Gracias por la visita.

por Haruxita

Escritora del Fandom

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