Y fueron felices 11

Fic M-preg de lyra. Temporada III

Capítulo 11: ¿Qué me has hecho?

Sentía que la cabeza le iba a estallar de un momento a otro, nunca se había sentido así de mal, y todo se lo debía a una sola persona: Tom, le dejó beber hasta estar como una cuba, no se preocupó de que esa tarde su madre le traería a su hija y el aún estaría con los efectos de la resaca.

—Tom….—suspiró enojado.

—No, soy yo—le contestó una conocida voz.

Abrió los ojos de golpe y se giró en la cama, maldiciendo por lo bajo. La habitación daba vueltas alrededor de su dolorida cabeza y la luz le hería en los ojos. Se acostó de nuevo cerrando los ojos, pestañeando hasta que se le aclaró al vista y pudo ver a la persona que tumbado a su lado le sonreía.

— ¿Andreas?—susurró extrañado.

— ¿Si?—contestó Andreas sonriendo.

No lo entendía. ¿Qué hacía él tumbado a su lado, y con esa gran sonrisa en sus labios? Se movió para alejarse de su contacto, sintiendo con horror que no llevaba nada puesto bajo la sábana.

— ¿Qué ha pasado?—preguntó carraspeando.

—Te metí en la cama—contestó Andreas sonriendo más.

—Pero….pero, estoy desnudo… —dijo Bill poniéndose rojo como un tomate.

—No te iba a dejar que durmieras con la ropa puesta—se defendió Andreas—La camiseta se veía cara y no quería que se te arrugara.

—Estoy desnudo del todo, quieto decir—resopló Bill resignado.

¿Andreas era tonto o se lo hacía?

—Bill, ¿qué me quieres decir?—preguntó Andreas sin dar su brazo a torcer.

—Que por qué estoy desnudo—resopló Bill tratando de mantener la calma.

No obtuvo ninguna respuesta por parte de Andreas, solo una sonrisa que cada vez se iba haciendo más amplia. Sabiendo que solo quedaba una única opción, comenzó a negar con la cabeza al mismo tiempo que apretaba la sábana contra su desnudo cuerpo.

—Por favor, dime que no nos hemos acostado—suplicó Bill con un hilo de voz.

—Bill, sabes que yo nunca te mentiría—contestó al fin Andreas—No me pidas que lo haga ahora.

—¿Cómo has podido aprovecharte de mí?—estalló Bill en lágrimas.

—Me ofende que digas eso. Te escuché gemir en mitad de la noche y vine a ver si necesitabas algo—se explicó Andreas—Te habías desnudado del todo, y al verme dejaste caer la sábana.

—Tenías que haberte negado—dijo Bill entre lágrimas—No pensaba con claridad, estaba en mal estado, y tú te has aprovechado.

—En parte pensé así—contestó Andreas incorporándose en la cama—Me estaban ofreciendo algo con lo que tantos años he soñado y no me pude negar. Siento mucho que ahora te arrepientas, pero te aseguro que disfrutaste como nunca.

—Sal de mi habitación ahora mismo—exigió Bill sin descubrirse la cara.

Andreas le obedeció. Sabía que era lógico que estuviera enfadado con él. Cuando recapacitara vería que tan poco fue tan malo. Sus profundos gemidos se lo demostraron.

Se levantó de la cama y le dejó solo en ella llorando, cubierto con la sábana hasta la cabeza. Regresó a la habitación en la que dormía cuando se quedaba en el apartamento y se vistió con calma. Bajó las escaleras y salió a la calle silbando por el camino.

No le gustaba la manera en la que lo había hecho, pero en el fondo sabía que lo había logrado: separarle definitivamente de Tom.

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Cansado de las lágrimas que sabía que derramaba en balde, pues no podía hacer que el tiempo retrocediera, suspiró mientras se secaba las mejillas. Lo suyo con Tom se había terminado, para siempre.

Él se puso hecho una furia por un simple beso, ¿cómo iba a reaccionar Tom si se enteraba de eso? A Andreas fijo que le partía la cara, y algo de culpa tenía él.

Le llamó en mitad de la noche, le esperó desnudo…si sentía eso por él, ¿cómo resistirse?

Y él…lo necesitaba. Estaba cansado de todo, del dolor, de la soledad…echaba mucho de menos a Tom, y mucho más al amor. Se sentía muy solo y había una única persona a su lado para recoger sus pedazos.

—Andreas…—suspiró resignado—Lo has estropeado todo, idiota.

Sintió que el estómago le daba un vuelco al ser sacudido por una fuerte arcada. Se levantó de la cama todo lo deprisa que pudo para correr al baño y vaciar su revuelto estómago.

—Genial—murmuró mientras se lavaba la cara—Añade una resaca a mi dolorido corazón.

Se arrastró de nuevo a la cama, temblando sin poderlo evitar por todo el camino. Cogió una muda limpia y una camiseta que se puso antes de meterse bajo las sábanas de nuevo.

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Pasó el resto del día sin salir de la cama, ni siquiera bajó a prepararse un almuerzo ligero o un té calentito. No podía tomar nada sin miedo a que su estómago lo echase.

Pero se acercaba la hora en la que su madre le traería a su hija, y no le quedó más remedio que levantarse. Se puso un pantalón de chándal y se recogió el pelo en una coleta alta.

Miró la cama y aun estando algo mareado decidió cambiar las sábanas, tratando de no pensar lo que había ocurrido bajo ellas. Se inclinó para retirarlas cuando sintió otra arcada. Cerró los ojos con fuerza, y de repente le vino una imagen a la mente.

Se veía a si mismo tumbado de costado, llevando una mano atrás, llegando incluso a clavar sus largas uñas en esas nalgas que se movían al compás de veloces embestidas….

Sacudió la cabeza y terminó de cambiar las sábanas. Cogió las viejas y las hizo una bola. Bajó con ellas a la cocina y las metió directamente en la lavadora, momento en el que sonó el timbre de la puerta. Suspiró y se dispuesto a abrir, deteniéndose por el camino. ¿Qué iba a decir si su madre preguntaba por Tom? Se suponía que vivían juntos….y en esos momentos y para no variar, se encontraba solo en el apartamento….

¡Al diablo! Ya le diría lo primero que se le pasase por su dolorida cabeza.

Pero no tuvo que pensar mucho. Cuando abrió la puerta, se encontró con una sorpresa: Tom con su hija en brazos.

—¡Papi!—le llamó Sarah ente palmas.

Enseguida le tendió los brazos y se apresuró a estrecharla en ellos, logrando esbozar una sonrisa cuando empezó a llenarle la cara de pringosos besos.

—Yo también quiero—se apuntó Tom sonriendo.

Antes de que se pudiera negar, Tom dio un paso adelante con un único objetivo: sus dulces labios. Pero le vio las intenciones y tuvo tiempo de girar la cara, con lo que el beso se quedó a escasos centímetros de su objetivo.

—¿Bill?—llamó Tom tras besarle la mejilla por error.

—Nos pueden ver—susurró Bill sin apartar los ojos de la calle.

Aparcado en la acera estaba el coche de su madre, quien hablaba con su padrastro mientras sacaban el escaso equipaje de su hija. Tom miró en su dirección y asintió.

—Lo siento, solo quería darte los bueno días—se disculpó haciendo un puchero, el mismo que a veces le hacía su hija.

—Tom, ¿qué te dije ayer?—preguntó Bill con tono frío.

Podía haberse puesto a bromear, diciendo que la otra noche se dijeron muchas cosas y no las recordaba todas, pero sabía a lo que se refería.

—Me pediste tiempo—contestó Tom poniéndose serio.

—Pues dámelo—susurró Bill entrando en el apartamento.

Sentía ser tan brusco con él, pero en esos momentos no podía pensar con claridad. Se escudaría en esa mentira, pedirle tiempo cuando ya no hacía falta. Lo que le había hecho era horrible, y no había vuelta atrás.

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Deseando estar a solas con su hija, no pudo estarlo hasta casi la noche. Su madre se empeñó en hacerles algo decente de comer sin dejar de protestar por el estado en el que se encontraban los dos hermanos.

—Ir a una fiesta no quiere decir que tengáis que poneros a beber desde que ponéis un pie en ella—riño Simone a sus dos hijos—Uno que ha pasado la noche a saber dónde y regresa a casa a media mañana, y el otro con una cara que espanta.

—Muchas gracias, mamá—resopló Bill cruzándose de brazos.

—Es la verdad. ¿Te has visto? Podías haberte dado una ducha al menos, el pelo te apesta a humo—siguió Simone con la bronca.

Tom observaba como Bill bajaba la cabeza resignado. Su madre nunca cambiaría, les seguiría tratando a los dos como si fueran dos niños pequeños. No se daba cuenta de que habían crecido, se habían hecho mayores y enamorado, trayendo al mundo a una preciosa niña fruto de ese amor.

Suspiró inclinando él también la cabeza. Nunca podría contar la verdad, no era capaz de imaginar las consecuencias.

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Tras una comida silenciosa por parte de los hermanos, Simone y su marido se despidieron de su somnolienta nieta y se marcharon para alivio de sus hijos. Una vez a solas, Bill decidió acostar a su hija y hacer él también lo mismo.

— ¿Te ayudo?—se ofreció Tom con una tímida sonrisa.

— ¿La puedes ir bañando?—pidió Bill ofreciéndole a la niña.

—Claro—aceptó Tom entusiasmado cogiéndola en sus brazos— ¿Te encuentras bien?

—He pasado una mala noche—contestó Bill suspirando.

—Hablando de eso, yo…—comenzó a decir Tom carraspeando.

—No volvamos a hablar de anoche. Nunca más—cortó Bill muy serio.

—Pero…

—Tom, no insistas—dijo Bill procurando no gritar.

Se dio la vuelta antes de que le viera. Sentía los ojos llenos de lágrimas que se iban a derramar de un momento a otro. Echó a correr escaleras arriba y se metió en su habitación, esperando en ella a que Tom bañara y acostara a su hija y luego se marchara.

Y eso hizo Tom. Puso un pijama rosa de ositos a su hija, que no paraba de bostezar desde que la sacara del agua. La acostó en su cunita cuando tras mecerla en sus brazos mientras tarareaba por lo bajo se quedó profundamente dormida. La arropó bien y decidió hacer lo mismo con Bill.

Entró en su habitación y le encontró ya acostado. Tumbado de espalda, tenía los ojos fuertemente cerrados y una expresión de preocupación le recorría la cara.

Se sentó en el borde de la cama suspirando, lo que hizo que Bill abriera los ojos y para asombro suyo se alejara de su contacto.

—Me has despertado—mintió Bill.

—Lo siento, te vi preocupado y solo quería saber que te pasaba—se disculpó Tom en voz baja.

—Me pasa que no me gusta que entren en mi habitación estando yo dormido—estalló Bill enojado.

—Bill, lo siento. Solo ha sido una vez—dijo Tom levantándose de la cama.

—Pues no lo vuelvas a hacer—murmuró Bill dándole la espalda—Regresa al apartamento de los chicos.

A Tom no le quedó más remedio que obedecerle resignado. Se moría de ganas por darle un beso de buenas noches en los labios, pero de la noche a la mañana parecía que los sentimientos de Bill habían cambiado. Y él tenía parte de culpa….

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Las semanas siguientes, los chicos las pasaron ensayando. O eso intentaban. Desde la noche de la fiesta de la que todos tardaron en recuperarse, Bill parecía que aún no lo estaba. Cada dos por tres tenían que parar el ensayo para que descansara, usando como excusa que estaba muy agotado incluso a veces mareado.

Recostado en el sofá de la sala de ensayos, mantenía los ojos fuertemente cerrados mientras que con una mano se apretaba contra la frente un paño húmedo que Tom le había acercado.

Sus amigos se encontraban en la cocina, jugando con la pequeña Sarah que reía a carcajadas sentada en las rodillas de su tío Georg.

— ¿Quieres que llame a un médico, Bill?—preguntó Tom muy preocupado.

—No, enseguida se me pasa—susurró Bill.

—O a mamá. Dile que venga una temporada y te ayude con Sarah—insistió Tom.

“Ya que a mí no me dejas”—pensó con dolor.

—No, si viene me soltará otro sermón acerca de lo irresponsable que soy, más teniendo una niña a mi cargo. Solo necesito descansar un rato….y un poco de silencio, si no es mucho pedir—dijo Bill con segundas.

Tom lo entendió a la primera y salió de la sala de ensayos suspirando. Entró en la cocina y cogió a su hija en sus brazos, que nada más verle le dedicó una amplia sonrisa.

—Se pondrá bien—contestó sin mucha convicción a las mudas preguntas de sus amigos.

Se sentó en una silla haciendo todo lo posible para que si hija no chillase tan alto, preguntándose porque había cambiado tanto Bill.

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Una vez que se pudo levantar y aceptando que el ensayo de esa tarde había terminado, se despidió de sus amigos y subió a su habitación llevando a su hija en brazos. La dejó sentada sobre su cama y con manos temblorosas cogió el móvil e hizo una angustiosa llamada.

A la hora en punto bajó y abrió la puerta a la última persona que quería ver en esos momentos.

—Pasa, Andreas—murmuró dejándole paso.

Andreas entró y le siguió hasta la cocina, donde esperaban una taza de café y otra de té. Se sentó y esperó a que su amigo le hablara, pues cuando le llamó le dijo que tenía que hablar urgentemente con él. Pero una vez sentados los dos, solo había un tenso silencio, que decidió romper él primero.

—Bill, antes de nada tengo que confesarte una cosa—dijo casi sin aliento.

—No sigas por ahí, la última cosa que me confesaste ha traído sus consecuencias—cortó Bill con voz temblorosa.

— ¿Qué quieres decir?—preguntó Andreas sin entender.

—La otra noche…no se te ocurrió usar preservativo, idiota—estalló Bill sin poderse contener.

— ¿Cómo?—casi gritó Andreas.

—Lo que has oído. Me has dejado embarazado…—estalló Bill entre lágrimas.

—No, imposible—negó Andreas—Te estás equivocando, yo no…

—No me digas que me equivoco. Es mi tercer embarazo, puedo reconocer los síntomas con los ojos cerrados…has destrozado mi vida, Andreas…—sollozó Bill fuertemente.

Andreas vio cómo se cubría la cara con las manos y lloraba tras ellas. Se mordió los labios y carraspeando acercó más la silla y le puso una mano sobre el brazo.

—Bill, lo siento mucho—susurró.

Pero Bill no le escuchaba, sus sollozos le impedían oír la confesión que estaba a punto de salir de los labios de su amigo.

—Bill—insistió Andreas cogiéndole las manos.

Le descubrió la cara y esperó hasta que sus llorosos ojos se fijaron en los suyos.

—Siento mucho haberte mentido diciendo que me había acostado contigo.

Continúa…

oh!! ¿Y quien habrá sido entonces? 😀 pobre Andreas, como le habéis odiado por nada, aunque él solito se lo ha buscado, aunque lo más importante es el nuevo baby que ya está en camino, hurra!! Gracias por la visita.

por lyra

Escritora del fandom

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