Administración: Este fic fue escrito y editado por la autora, quien lo subió en thf y en su blog, esta es la última versión que publicó. Espero la disfruten 😉
«Sin ti»
(One-Shot de MininaTHmp)

La ciudad estaba preciosa desde el lugar donde la veía. A pesar de tener la vista borrosa por tantas lágrimas acumuladas, Tom pudo apreciar todas las luces que hacían que el lugar se viera mágico.
Se sentía pleno y feliz después de mucho tiempo. Aun así, sus ojos no dejaron de soltar lágrimas. Él cerró los ojos, deseando que éstas apaciguaran un momento. Que dejaran de caer. Pero como siempre, no pasó.
Mordió su labio, con fuerza, con rabia y con dolor; poco después pudo probar el sabor de su propia sangre pero poco le importó. Viendo todo desde la altura en la que se encontraba no para de preguntarse si en verdad tenía el valor de hacerlo. ¿Lo tenía? Realmente no lo sabía. Sus piernas tiritaban de tan sólo mirar hacia abajo, pero pasó tras unos minutos.
Todavía tenía todo en su mente, atormentándole. Lo sucedido días antes simplemente le había dejado peor, le habían matado de una vez por todas. Él al principio creía que con el pasar de los días ese dolor desaparecería, se iría y él podía simplemente continuar de nuevo. Buscar el amor y la tranquilidad. Superar y sobrevivir.
Pero se equivocó en su totalidad. Muy por el contrario, eso se acrecentó hasta hacerse insoportable. Con cada respiro sentía mil espinas clavarse en su corazón y extenderse por su pecho, asfixiándolo. Y tenía la urgencia de acabar con todo de una vez por todas.
Ahora sabía que al menos de esta forma era mejor. Más rápido, más fácil, más viable.
Sollozó. — ¿Por qué? —Se preguntó como diariamente veía haciéndolo, desde que el amor de su vida le había abandonado.
Era Bill, su hermanito. Desde pequeños juraron estar siempre juntos. Lo habían estado desde el vientre de su madre, jamás se habían separado y esperaba nunca hacerlo. Prometieron que siempre se amarían. Ese amor puro y verdadero que habían sentido desde jóvenes, que venían cuidando como la flor más hermosa que ellos poseían. Luchaban por él, por su amor. Por sobre todas las cosas, mantenerse juntos.
Y así había sido, hasta que las cosas poco a poco comenzaron a cambiar. A irse al caño.
Bill comenzó a cambiar. Y culminó aquel día, donde Tom creyó morir definitivamente. Viendo la televisión, no podía pensar; no en otra cosa que no fuese Bill. Lo venía notando muy extraño últimamente, muy alejado y arisco. Casi no tenían sexo y las pocas veces que lograba tocarlo era sólo eso, placer carnal. ¿Dónde quedaba lo emocional? El amor, la dulzura, la entrega… ¿Dónde? Sin embargo, cada que le preguntaba y respondía un «Nada Tom, ¿Vale? Na‐da» fastidiado, él se alejaba rápidamente con un «Cuentas conmigo, cariño».
Recordaba que eso le había quitado el sueño por días, pero intuyó que Bill estaba pasando por algo normal, una etapa que como todas, sabían librar a la perfección. Y cuando escuchó el sonido de la puerta abrirse, sacándolo de sus pensamientos, Tom sonrió.
— ¡Bill, qué bueno que has llegado, cariño! —canturreó feliz, yendo a abrazarlo efusivamente y con sorpresa, percatarse de que ese efusivo abrazo le era correspondido sin alejarlo o hacer amargo de molestia… como últimamente le hacía.
Eso le emocionó aún más; sonrió y buscó los dulces labios de su hermanito menor para degustar de ellos como hace mucho.
Y también le correspondió.
— ¿Qué quieres de comer bebé? Tengo… humn, en realidad no he revisado nada pero, supongo que tendré algo por ahí qué prepararte. —Su mirada la notaba extraña, lejana, resignada, triste… con añoranza, quizás.
Le sonrió, una sonrisa diferente. Pero le agradaba que volviese a hacerlo.
—Eso suena muy bien —Acarició parte de su cabello—. ¡Sorpréndeme, bebé!
Le miraba detenidamente. Cada sonrisa, cada puchero, cada gesto que salía y se deleitaba con eso. Bill le miraba, pero su mirada quizá rodeaba la tristeza, su mirada estaba oscura y su ceño levemente fruncido.
Puede que al principio esto incomodara a Tom, pero disfrutó mucho comer con él, contarle sus sentimientos, sus pasiones y sus ideas, y que el otro le escuchara. Añoraba estar así de cerca con Bill. Se había sentido muy solo esos últimos meses, y su hermano casi no reparaba en él. No lo mimaba, y a veces ni le prestaba atención.
El tenerla de nuevo le había hecho sentirse feliz y satisfecho.
Esa tarde hicieron el amor como nunca. Con una entrega que casi hacía llorar a Tom, le hacía querer más y desear que eso nunca terminara.
—Te amo Bill… —concluyó con una expresión de felicidad en su rostro.
—Yo también Tom, pero lo nuestro ya no puede continuar.
Tom abrió enormemente los ojos. ¿Qué significaba eso? Bueno, él no era idiota, lo sabía perfectamente pero… ¿Qué?
— ¿Qué? —Tom soltó una risita—. Bill, sabes que no me gustan este tipo de bromas.
—Tom, es que no es ninguna broma. Yo ya no puedo seguir con esto. Lo nuestro tiene que acabar.
Tom se incorporó casi con violencia, sentándose en los muslos de Bill para poder estar de frente. Verle cara a cara y saber que mentía, que era una maldita broma. Pero sólo encontró unos ojos que le gritaban que era verdad.
— ¡¿Qué?! No entiendo, y tampoco lo acepto. ¿Por qué? —Su corazón latía desbocado, amenazando con dejar de hacerlo en una y romperse en cachitos poco a poco.
—Lo nuestro está mal, ¿no te das cuenta? Eres mi hermano. Mi gemelo, peor aún. Estamos cometiendo incesto. Incesto homosexual, como si lo anterior no bastara. ¡Jamás seremos felices! No podemos sentir esto. Está jodidamente mal, Tom. No puede seguir.
—Hemos sido felices hasta entonces, todos estos años. ¿Por qué ahora? ¿Y eso qué tiene que ver? No es como si lo gritáramos a los cuatro vientos, sólo Andy lo sabe… sólo tú y yo.
— ¿Quieres más? No Tom… yo no puedo continuar con esto… lo siento mucho… no hay nada qué hacer. No puedo y no lo haré.
Tom pudo haberse arrastrado, arrodillado y rogarle hasta que éste aceptara estar de nuevo con él. Convencerle de todas las formas posibles que él le amaba más que a nada, y que todo estaría bien, como siempre lo estuvo. Que amar no era malo, jamás lo había sido.
Pero conocía a Bill, y la determinación en sus fríos ojos le dijo que, a pesar de hacer cualquier cosa, él no iba a ceder. Que su amor no era tan fuerte como para querer luchar más. Que lo había perdido y que todo lo que habían vivido durante años, ya no existía más.
Y una vez que Bill se vistió y salió sin siquiera dirigirle una mirada, Tom no pudo resistir más y se echó a llorar. Tenía el derecho, ¿verdad?
Día y medio después, un nuevo golpe para Tom sucedió. Él se sentía orgulloso porque ya había dejado de llorar al menos por más de cinco minutos. Se dirigió a la ventana, que era su refugio la mayor parte del día. Pudo ser testigo de la amorosa despedida de Bill con su nuevo novio mientras bajaba del coche. Se miraba tranquilo, orgulloso y… y feliz.
¿En verdad era feliz? Se veía que sí, que lo era y mucho. Volvía a sonreír, a jugar y a besar con esas ganas que hace mucho, muchísimo no lo hacía con él. Se le veía tranquilo. Tom envidió esa felicidad y fortaleza, que pedía a gritos cada día. Hubiese querido ir y preguntarle en ese mismo instante el cómo le hacía para poder volver a sonreír así, para volver a sentir felicidad y tranquilidad. Porque él por más que lo intentaba, más lágrimas de tristeza le invadían, un circulo negro que lo tragaba día a día para no dejarlo volver jamás.
Los días pasaban. Tom todavía tenía la esperanza de poder reponerse y buscar su propia felicidad. Salir de todo aquello y recordarlo como si fuese un sueño de que tuvo que despertar. Pero no era así. Mientras más tiempo pasaba, él se sentía peor. La depresión le consumía. Se mantenía con aquellos recuerdos del tiempo en el que creyó tenerlo todo. Cuando Bill le besaba y le susurraba cosas lindas al oído, cuando fue su primera vez o cuando pasaban sus cumpleaños solos, mimándose y jugando como si fueran unos niños todavía. Con Bill. Su Bill quien le había abandonado. Quien solo le iba a ver para saber cómo estaba y preguntar qué había hecho en ese tiempo.
Tom quería bufar, rodar los ojos y reírse de su miseria. ¿Bill en serio preguntaba eso? Bastaba con verle. No hacía nada, ni siquiera comía. Su aspecto había desmejorado bastante, y ni siquiera se atrevía a mirarse en un espejo. Se daba lástima. Había adelgazado más de lo que jamás imaginó. Sus costillas sobresalían al igual que su cadera y pómulos. Su piel se veía seca y pálida y sus ojeras eran tremendamente exageradas.
La depresión le quitaba fuerzas, apetito y sueño. Su mente le jugaba bromas recordándole cada beso y cada caricia, dejándole claro que jamás volvería a tenerlas.
Y Bill se mostraba preocupado. Pero Tom le tranquilizaba. Tom siempre había tenido que mostrarse fuerte por ambos. Siempre. Desde pequeños había utilizado esa capa de confianza y felicidad para no preocupar a Bill. Y a pesar de todo, no quería que Bill se sintiera mal, o se preocupara o algo parecido. Y Bill le creía, su mentira de estar bien y estar mejorando. No diría nada. No quería preocupar más a su hermano. Si él ya era feliz, si ya había encontrado la felicidad, no era nadie para interponerse en ella y crearle dificultades y preocupaciones innecesarias.
Pero lo cierto era que no lo estaba, y poco a poco se convencía de que no volvería a estarlo. Apenas Bill daba media vuelta, se echaba a llorar como la primera vez. Por más que buscaba una razón, no hallaba ninguna para engancharse y luchar. Se veía a sí mismo, tan delgado como jamás pensó estar, e incluso ni había imaginado que una persona pudiese adelgazar tanto en tan poco tiempo, como él. Y se sorprendió por la inexpresividad de sus ojos.
Pero fue esa noche, esa misma noche en la que todo lo que creía tener vivo terminó de morir. Vio a Bill llegar con aquel amante que estaba sustituyéndolo. Le vio reír como siempre, le vio actuar como hacía unos meses actuaba con él. Y cuando estuvieron solos en su cuarto, pudo escuchar nuevamente esos gemidos y jadeos lleno de pasión y lujuria. Atornillándose en su pecho una vez más. Justo cuando estaba por irse, logró escuchar un pequeño grito, un gemido que perforó su alma. Un –Te amo‐ que no iba dirigido a él.
Y supo que Bill no lo amaba. Otro le había robado su amor, todo lo que tenía. Y estaba bien. Bill era feliz, y eso era todo lo que él necesitaba. Bill ya no lo necesitaba más, porque ahora tenía a alguien con quién reír y llorar. Alguien que lo consolaría y mimaría.
Tom no podía más.
Llorando, nuevamente, tomó una libreta, su diario. Y comenzó a escribir en la última página… manchando las blancas hojas con lágrimas dolorosas que le salían sin permiso, bañando su demacrado rostro.
Bajó con cuidado de no molestar a nadie, sin intención. Dejó las llaves, dejó celular y solo llevó su alma a las calles. Le hubiese gustado ver la carita de Bill antes de partir, pero no habría podido irse, no tendría la fuerza para dejarlo; aun sabiendo que tendría a alguien que lo cuidase quizá mejor que él.
Sus pies le habían llevado a donde en esos momentos se encontraba, una de las partes más alejadas de la ciudad, donde veía todo tan chiquito, donde por primera vez se sentía poderoso, grande. A pesar de ser tan pequeño.
Sentía felicidad de nuevo, porque terminaría con el dolor que venía agobiándolo los últimos días.
Suspiró. —Bill, si pudieras ver esto ahora mismo… Estarías maravillado. Se siente una libertad y una adrenalina que no creí posibles, incluso yo. Todo se ve tan pequeño… tan bello. Me alegra que se la última vista que tendré. Merezco un final digno ¿No crees? Termino con la vida que de la noche a la mañana se acabó para mí. —Bajó la mirada, echando más lágrimas que en ningún momento dejaron de caer—. ¿Recuerdas nuestra promesa, cierto? Prometimos cuidarnos y no dejar que nos pasara nada… también prometimos estar siempre juntos. No lo cumpliste. Yo tampoco puedo cumplir la primera…
—Miró al cielo, creyendo ver aquellos ojos que siempre amó, tan iguales a los suyos. Le habló a Bill —: No te preocupes mi amor, te cuidaré desde donde esté, solo termino con el dolor que se volvió a un punto insoportable, no con mi amor… Mi amor por ti será eterno. Nunca lo olvides.
Cerró los ojos, teniendo a Bill en su mente y su hermosa sonrisa diciéndole como muchos años atrás, que le amaba. Después, se dejó caer. Esperó unos segundos sintiendo su estómago revolotear por la caída y luego, un inmenso dolor que le hizo perder la consciencia al instante. Y nunca la recuperaría de nuevo.
«No, todo esto no puede contenerme… pero no quiero que saltes por mí»
F I N
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