
(One-Shot de Cosette)
«El ave»
Su madre solía repetir, cada mañana y cada noche, la misma frase desde que tenía memoria: “Ellos van a encontrarte un día”. Nunca entendió la entonación con la que pronunciaba, hasta que tuvo edad suficiente de comprender que el mundo iba más allá de su colegio y el parque cercano a su hogar. Bill pasó de temer a las palabras de su madre, Simone, como un castigo por romper un plato a pensar que el monstruo bajo su cama lo arrastraría a las profundidades de la oscuridad sin aviso. Se acostumbró tanto que no le pedía perdón ni rogaba que lo protegiera.
—¿Cuándo, mamá?
—No lo sé. —Y lo cubría con sus mantas hasta la nariz.
Él recordaba esa época en su vida en la que su perspectiva era tan limitada que no importaba lo que ocurría en otra parte del planeta, porque las distancias, el tiempo, las acciones no tenían consecuencia alguna.
Bill era especial de manera supernatural. Los indicios eran pocos, casuales o simplemente graciosos para una anécdota. Pero a sus tres años, de la nada, comenzó a llorar. No era un capricho, no era molestia por hambre o un dolor; era angustia, real y fuerte. Sufría por un ave que su gato había cazado después de una tormenta. Logró que cayera dormido pero un trueno lo despertó algunos minutos después. Simone tuvo que llevárselo con ella a su cama, para que ambos descansaran de una vez. Nunca olvidaría que en la mañana siguiente, justo frente a la puerta de la casa, su gata limpiaba sus bigotes con la pata: los restos de una paloma yacían a pocos pasos. Lo ocultó de su hijo, pero esa era la última pista que necesitaba para conseguir protección extra.
Su padre los había dejado desde que él era un bebé. Nunca se le comentó explícitamente la razón, pero asumió que su nacimiento había sido gran parte del problema. A penas sí sabía algo de él, y se le escondió cualquier tipo de dato que guiara a su encuentro. Le atribuyó a su perdida la sensación de vacío que solía tener cuando estaba solo. Sin embargo, no sufrió la falta de figura paterna, ya que su madre procuró que un hombre cuidara de él: Ánis, su padrino, le daba todos los caprichos que podía.
Siguió creciendo, y su infancia fue normal, feliz, llena de juguetes, música y dibujos animados.
Ánis lo llevaba al colegio, al parque, a pequeños paseos que terminaba con un rico helado o caramelos. Lo admiraba y quería ser como él cuando creciera. No lo veía como un padre, pero muy profundo sabía que era como uno: a la vez, no quería que existiera un lazo de sangre entre ellos. No permitía que nadie se le acercara, ni siquiera su madre; era su protector, solo suyo, no lo compartía. A su vez, Ánis no buscaba a nadie más que a él.
Bill se había convertido en un pequeño famoso entre sus compañeros por la habilidad que tenía para saber cosas por anticipado. Sabía cuándo faltar, cuándo no, las respuestas orales que los maestros buscaban, las cosas que pasarían. Lo disfrutaban como a una pequeña atracción, y amaba la atención.
Todo cambió en cuanto el nombre “La Agencia” comenzó a aparecer de boca en boca, en redes sociales, en medios de comunicación; aunque la palabra “conspiración” no fuera aceptada como real, las dudas sobre la identidad de esta potencia se disiparon cuando un experimento secreto llegó a su fin y se dieron a conocer los resultados mediante una rueda de prensa: existían personas con una región del cerebro tan avanzada que el ejercicio mental permitía los llamados “poderes psíquicos”.
No era un cuento de terror para asustar a los niños cuando no se comportaban; había dejado de serlo hacía mucho tiempo, pero la mayoría lo negaba. Parecía el fin del mundo, el apocalipsis, solo una locura que llevaba masas al suicidio colectivo y a mentes débiles a encerrarse bajo llave en un sótano con provisiones.
Bill tenía siete en ese momento, y en cuando vio la noticia en la televisión, se señaló a sí mismo con una enorme sonrisa de orgullo. Él sí era especial, pocos podían hacer lo que él, ¡podría salvar al mundo!
—¡No, Bill Kaulitz! —Gritó su madre— ¡No sos uno de ellos! ¡No lo sos! ¡Sos un niño normal!
Nunca la vio tan enfadada, y entendió que “ellos” estaban cerca. El solo pensar que sus terrores infantiles se hacían realidad le permitió percibir su peligrosa situación: se acurrucó contra Ánis, quien trataba de mantener la voz baja para no alterar a nadie más de lo que ya estaban, pero Simone buscaba algo diferente: ¡Que se altere! ¡Que se asuste! ¡Solo así sobreviviría a este tormento!
Él no comprendía lo que esta potencia deseaba: controlar al mundo con la excusa de intentar salvarlo de un apocalipsis. La evidencia y la aprobación del proyecto les permitiría ganar la mentalidad de la población; un apoyo multitudinario llevaría a la aprobación de leyes inhumanas, incluyendo que todo aquel con el potencial de servir a La Agencia, sería separado de sus padres con las primeras manifestaciones de su poder para su entrenamiento. No importaba la edad, el género, la procedencia.
Ellos podían encontrar a alguien especial pocas horas después de su nacimiento. Un rápido examen de sangre indica el nivel de posibles cualidades extraordinarias en un ser humano, y mantenerlos en la mira era fundamental. El mundo, en su estado tan frágil, necesitaba de una revolución científica, un nuevo descubrimiento, y cuando se dio, no hubo forma de mirar atrás y arrepentirse.
No quería irse de la casa: Ánis insistía en que la ubicación era demasiado peligrosa, pero nada convenció a madre e hijo de mudarse. Sus vecinos eran ya amigos, lo mismo con los compañeros de Bill. Pero de un momento a otro, Ánis tuvo razón, y el pasado no importaba, porque él se encontraba en peligro y ese estado no cambiaría; al día siguiente, apenas unas horas después, su puerta estaba cubierta de huevos, piedras, hasta insultos escritos en las paredes. Se había corrido el rumor de que quienes tuvieran las cualidades eran potencialmente violentos, y que podían controlar la mente para así cometer crímenes, violar o matar, saliendo impunes de ellos. Bill había llamado la atención con sus predicciones inocentes. No hubo más alternativa que huir; pronto alguien contactaría a alguien, por “hacerle un bien al barrio”, y acabarían llevándoselo. No había más opciones.
La mudanza no tuvo nada de sospechosa: Simone y Ánis se comportaban como marido y mujer, evitando así conversaciones incómodas y preguntas innecesarias. Bill entendía, y aunque le hirviera la sangre que fuera así, no tenía más opciones que aceptarlo.
La escuela era un infierno: sus nuevos compañeros se burlaban del niñito de mamá y preparaban bolas de papel mezcladas con chicle, barro o lo que encontraran en la calle, pero ese niñito extraño, lograba escaparse o elegía diferentes rutas a su hogar en el momento justo, como si alguien le advirtiera el peligro que le esperaba. Tenía un ángel guardián muy poderoso o muy buena suerte. Algunos llegaron a considerar que su propio compañero de escuela era uno de esos. Sus padres lo negaban cuando se atrevían a comentarlo en la mesa, pero se miraban de soslayo y cambiaban el tema. No querían creer que existían.
Nada de eso era tan terrible como su segundo abandono. Bill no estaba presente cuando Ánis se fue: solo esperaba a que el eco de los gritos contra las paredes de la nueva casa, tan frecuentes ese último tiempo, cesaran de una vez. No recuerda haberse dormido, solo despertar con el sol en el rostro y la certeza de que debía buscar a su protector. Corrió a la habitación, pero solo encontró a su madre, con los ojos rojos y saltones, ropa revuelta por el suelo y algunos cajones vacíos. Su sueño no había sido solo eso.
Recorrió la casa entera, de arriba abajo, incluso habitaciones a las que aún no había entrado: luego salió disparado al jardín, sin una sola palabra a su madre, buscando por su auto, algo que lo guiara hacia él: no podía perderlo, no en ese momento. ¡Lo necesitaba! Corrió por las calles, en vano
Estaba vacío, eso sentía desde hacía años, le faltaba una mitad: cuando Ánis se fue, esa otra mitad también desapareció.
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Sus 16 años se acercaban. El primer deseo de cumpleaños, era no tener que ir más a la escuela, al menos no a esa. Fingir ser normal era algo difícil, considerando que nadie en esa maldita institución parecía tener algo de “normales”, o no desde su punto de vista. Era el tercer colegio al que se cambiaba, tercera mudanza. En las anteriores, al menos, había hecho amistades, pronto rotas.
Cada mes que pasaba, tenía más justificaciones para evitar darse a conocer: La Agencia enviaba grupos a distintos puntos del mundo, las principales ciudades primero, buscando prácticamente casa por casa. Los hospitales y clínicas eran blancos: tomaban ventajas de los accidentes, de las enfermedades, apropiándose de muestras de sangre o donaciones para análisis. Sin importar la razón médica a la que se recurriera, la muestra de sangre se volvió obligatoria. Las leyes los respaldaban, aprobadas por razones desconocidas que iban más allá de la población.
Las mañanas eran iguales: pelear con el deseo de morir en esa cama y la molestia que le provocaba llegar tarde a cualquier lugar. Al momento en la que la segunda opción ganaba, Simone tenía su desayuno preparado y entraba a la habitación con éste en una bandeja. Daba bocados mientras se arreglaba y bajaba ya listo para subir al auto.
Ese día le resultó diferente. No había dormido lo suficiente y por fin su vagancia tenía su venganza sobre la puntualidad. La puerta se abrió y escuchó pasos pesados —debía tener las orejas tapadas—, un golpe sobre la madera de su mesada y la cama se hundió ante una persona sentada en el borde.
—¿Bill?
Una mano llevó sus cabellos hacia atrás y se atrevió a abrir los ojos, reconociendo esa voz. Se mantuvo congelado, con los ojos como platos justo por encima del borde de la sabana. Ya no dormía, lo sabía, porque todo se veía más colorido que en sus sueños.
—Regresaste por mí —murmuró, sentándose sobre la cama y dejando las mantas deslizarse por su pecho—. Lo hiciste.
Ánis asintió, mientras su rostro demostraba cierta vergüenza y orgullo a la vez.
—¿Mamá sabe que estás conmigo?
—Me permitió traerte el desayuno. Me dio la bandeja.
—Así que depende de ella —se dijo a sí mismo, mirando a un lado.
—¿Qué cosa?
—Este momento.
Reconocía su rostro a la perfección, pero no de un pasado, sino de un futuro. Bill lo observó con cierta emoción que no podía expresar desde su partida, serio, pero con una sonrisa escapándose de su mirada. Se atrevió a inclinarse para juntar sus frentes, tan cerca de su aliento, pero un estruendo del piso inferior le hizo abrir los ojos y levantarse de un golpe.
—¡No, mamá! ¡No me hagas esto!
Atravesó la habitación vacía y bajó las escaleras al trote, hasta que pudo ver su desayuno esparcido por el suelo de la cocina. Bajó de un escalón a la vez, agachado al reconocer un par de piernas de hombre. Así bajó, tratando de entender los gritos de su madre, hasta ver una cadera, un par de brazos que se sacudían en el aire, un vestido naranja flotando de un lado a otro por el caminar nervioso.
—¡Basta de mudanzas! ¡No puedo hacerle esto de nuevo! —vociferaba—. ¡Merece una vida tranquila y no sos bueno para él! ¡Nos dejaste! ¡Me dejaste a mí!
—¡Simone, tienen que irse!
—¡No con vos!
—¿Vas a perderlo también?
La madera del escalón crujió y no pudo esconderse: la cocina quedó en silencio, y el cuerpo masculino salió de ella hasta el inicio de la escalera. Bill inclinó su cabeza, con la mirada triste, reconociendo en ese rostro a un antiguo conocido. Lo había visto en sus premoniciones, pero cambiaba tanto de opinión ante la decisión de regresar que los escenarios se habían vuelto incontables. Por fin, había elegido un destino, pero su madre lo arruinó quitándole la bandeja de las manos para discutir.
—¿Bill? —preguntó, con la misma entonación que habría recibido si lo hubiera encontrado en su cama, sorprendido por el cambio que la pubertad generó en el rostro del niño que recordaba hacía años atrás.
En ese momento, olvidó completamente todo lo que había sentido, porque el futuro lo era todo para él y el presente se acababa con cada segundo. Corrió hacia él y saltó desde el antepenúltimo escalón a sus brazos. Este lo atrapó, pero solo como reflejo, porque temía una negativa de su parte.
—Regresaste por mí —cerró sus ojos para ignorar la mirada horrorizada de su madre—. Lo hiciste.
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Su auto era el mismo, aunque tuviera placas falsas para evitar ser identificado. Estaba algo maltratado, pero soportaba el tiempo y los golpes de una manera increíble, como su dueño.
Una vez más, las respuestas no fueron una opción para Bill. No recibió respuestas: ¿por qué se fue? ¿Por qué regresó? ¿Por qué había que mudarse de nuevo? ¿La agencia lo buscaba? ¿Los monstruos saldrían de la oscuridad a llevárselo por fin? Tampoco sabía a dónde iban, cuándo llegarían, qué tipo de vida llevarían una vez estuvieran allí. Al menos se había asegurado que, ya siendo más grande, podía ir en el asiento de acompañante, con su Ánis manejando. Era una de sus fantasías de pequeño, cuando observaba enfadado desde atrás, con el cinturón de seguridad tan apretado que no podía siquiera respirar profundo.
Su madre decidió adelantarse en el auto: planeaba llevar a Bill con ella, pero se puso tan insoportable que se resignó y aceleró sin siquiera despedirse. La sorpresa fue grande para Ánis cuando cerró la puerta y se vio al lado del andrógino chico, que poco mantenía de los rasgos inocentes. Era la primera vez que lo observaba detalladamente y ya fuera de sus pijamas. El estilo era la primera diferencia fundamental: la pubertad parecía haber apuntado a la dirección contraria y, por mucho que fuera inesperado, no lo llevaba mal. Sus largas y delicadas piernas eran interminables y su delgado rostro con altos y marcados pómulos eran la combinación perfecta para cualquiera. En segundo lugar, su mirada era la de un príncipe, o al menos la de alguien que se creía de la realeza. Era evidente, por esa postura tan ensayada, que no había superado el amor por la atención. Aun debía creer que el futuro de la humanidad estaba en sus dedos.
—¿Qué ocurrió con el pequeño aventurero que creía que el helado era un tesoro?
—Le rompieron el corazón.
—¿Lo has visto últimamente?
—Sí.
—¿Dónde?
—En un lugar que no existe —Hizo una pausa, aprovechando para bajar la mirada al pequeño compartimiento frente a él, abrirlo y sacar una caja de cigarrillos—. El pasado.
—Tu pasado vive en tu presente, va a llevarte a un futuro.
—Un día tenía un futuro —Encendió su cigarrillo y luego continuó—. Al siguiente, no estabas y mi presente cambió, igual mi futuro. Podrías chocar el auto y desaparecería una vez más.
—Parece que pensás mucho en estas cosas.
—No puedo evitarlo —Bajó la ventanilla y se hundió en el asiento, dejando que el viento golpeara su rostro—. Mi poder me permite ver todo aquello que aún no ocurrió, y ni siquiera así las cosas salen como las espero. El libre albedrío existe, pero hay un destino fijo para cada decisión, ¿sabes? Se llama Karma.
Cerró sus ojos, permaneciendo en silencio. Ánis no agregó nada y se concentró en el camino, pero se le hacía difícil con solo ver por el rabillo del ojo cómo los dedos de Bill jugueteaban con la punta húmeda del cigarrillo. Podía perder horas con esa imagen, dejar el momento pasar, que fueran una pérdida de tiempo. Las mechas de su negro cabello se alborotaban, azotando su rostro, pero parecía inmutable a cualquier influencia externa. Nada le molestaría; se preguntó qué ocurriría si apoyara la mano en su pierna.
—Deja de mirarme —murmuró repentinamente, sin moverse ni abrir sus ojos—, o vas a matar a ese perro.
Reaccionando ante las palabras, volvió la mirada y su completa atención al camino: un perro callejero cruzaba la calle al trote, persiguiendo a un gato, por lo que disminuyó la velocidad. Si no lo hubiera hecho a tiempo, las probabilidades de que hubiera llegado a embestirlo eran de al menos un noventa por ciento.
—Lo siento.
—No lo sientas.
Alzó sus manos, cubrió sus oídos y una mueca de tristeza transformó su rostro. Ánis no supo qué esperar, pero el sonido de un auto frenando, acompañado con un golpe, fue suficiente para volver la mirada: en algún momento, el mismo perro regresó y cruzó la calle perpendicular. Ese otro conductor no tenía a un psíquico que lo alertara: el pobre canino no tuvo una segunda oportunidad.
—¡Pudiste decir algo, lo habría detenido!
—Se puede predecir una tormenta, no detenerla.
—Dejá de creerte filósofo, Bill, por favor.
—¿Por qué el perro tenía mayor derecho a vivir que el Gato? —Se cruzó de brazos, tratando de ocultar el nudo en su garganta— ¿O creés que el perro lo perseguía para darle un baño?
—No puedo creerlo —Gruñó entre dientes, arrancando el auto de nuevo—. Lo salvé una vez, pude salvarlo de nuevo, y a ambos.
—¿Y después qué? —Se encogió de hombros, evitando mirar la escena del accidente— ¿Te habrías quedado a educarlo para que aprenda a mirar antes de cruzar la calle? Es un perro callejero y sin embargo, se dejó llevar por el instinto. Eso lo mató. No hay nada que hacer contra el destino cuando une decisión está hecha.
Ánis no respondió: Bill no pararía y no estaba de humor para comenzar una discusión sobre metafísica o lo que fuera antes de llegar a la casa. La verdad era que recién se estaban conociendo. Debía olvidar la imagen de niño puro que había mantenido durante los años de separación.
—No puedo salvar al mundo. —Agregó, mirando por la ventana de nuevo, cortando su hilo de pensamientos—. Ellos no pueden lograr nada conmigo. No pueden cambiar lo que no depende de ellos, sin importar las armas que posean.
No emitió sonido en el resto del viaje. No supo si había caído dormido o si solo meditaba, perdido en su propia cabeza, así que hizo algo similar mientras manejaba. No pudo evitar llegar a la conclusión de que tenía razón: él era defectuoso para la causa. Solo veía un futuro en el que se encontrara involucrado. Si querían evitar un robo, una bomba, un atentado, él debía encontrarse en el lugar. La construcción del futuro debía superar al destino, pero no había forma de saber si ese destino era el que se cumplía o no al final.
Las pequeñas construcciones pasaron a ser edificios, y esos edificios se convirtieron en una ciudad ¿Berlín, tal vez? No parecía un lugar recomendable para tres personas que huían de la —mal llamada— “justicia”. Pero el auto siguió y siguió, hasta que el edificio más alto desapareció por el horizonte. Casas de dos pisos volvieron a ser parte del paisaje, rodeado de árboles y plantas en amplios jardines delanteros, con pocas rejas a la vista.
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El lugar elegido para refugiarse era su primer hogar, cuando Bill era un bebé: no sabía nada de esa casa, y la recorrió con la idea de que, a pesar de todo, ciertos rincones o pasillos le parecían conocidos. Había algo en los colores, en las texturas y diseños de las paredes.
Su madre ya estaba allí, quitando algo de polvo, pasando trapos húmedos por allí y por allá, yendo de un lado a otro. Era momento de comenzar de nuevo.
Era un adolescente, aun no un hombre, pero terminó rindiéndose a Ánis. Tenía un roce especial en su cintura con la yema de los dedos que le devolvía el color a la aun polvorienta casona. Las salidas volvieron, los helados, pero con ellos los celos y la posesión. Lo trataba como en su infancia, pero su edad cambiaba el contexto: alzarlo implicaba un contacto de pecho contra pecho u boca con oídos; hacerle cosquillas incluía el mirarse a los ojos y ver esa sonrisa honesta en el otro, más profunda que cualquier palabra; salir a comer requería una preparación previa de insinuación. Logró hacer el cambio tan imperceptible, que Ánis dudó solo cuando Bill cayó dormido sobre su hombro. Ya no era un niño, era un hermoso chico, con cabello negro teñido y rasgos dignos de pintura. Había notado el tono sugerente que lo rodeaba, pero la sensación de que era mutuo era relativamente nueva.
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La organización de las cosas que quedaban en la casa aun consumían tiempo: en un costado del armario bajo las escaleras, esperaban bolsas y una pila de cajas cubiertas de telarañas. La orden de su madre fue buscar en ellas, tirar a la basura o llevar al lugar indicado si su contenido servía para algo. Obedeció solo por recordar la admiración que sentía por su calma frente a una situación como en la que se encontraba. Su hijo estaba bajo amenaza, acababa de perder amigos, su trabajo, y un hogar que le tomó años en construir. Todo un pasado y futuro perdidos.
Arrodillado frente a las pilas de cajas, comenzó a sacar y poner las tapas: hojas, herramientas, elementos de oficina, libros —mayormente de jardinería, alguno que otro de cocina—, lanas y, finalmente, algo que valía la pena: papeles de divorcio. Jörg Kaulitz.
—¿Mi padre? —Balbuceo.
Dobló las hojas una vez más y las dejó debajo de su rodilla, para así seguir buscando y encontrar sus raíces de una vez. No le tomó demasiado tiempo hallar un tesoro: una caja mediana de zapatos, colorida, llena de cartas, las primeras que encontró estaban firmadas con un “Jörg” en letras muy distinguidas, manuscritas. Metió su primer hallazgo en la misma caja y a esta en otra menos llamativa y a penas más grande.
—Mamá —Ella soltó un sonido distraído—. Voy a ubicar algunas cosas en mi habitación.
—No te distraigas.
Tomó una de sus valijas y subió las escaleras lo más rápido que pudo. Cerró la puerta de la habitación que había elegido y se acomodó en el suelo para analizar las cartas: primero las fue retirando de a una, observando el color amarillento de algunas, manchas ocasionales de café o té, incluso borrones causados por un líquido transparente, lágrimas como primera opción; segundo, organizó lo que caía en sus manos, porque no todo era correspondencia. Había fotos, envolturas de golosinas, entradas de cine, de recitales, recortes de revistas.
Se detuvo por completo en una imagen de ultrasonido, pero no podía ser suya. La volteo y leyó el reverso: “Bill y Tom, Junio”. Contempló los rasgos de dos rostros distorsionados en la imagen, de un tono amarillento, por un largo tiempo.
Había una solución aún más rápida. Entró a internet por su celular e inició una búsqueda: solo escribió el nombre de su padre.
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Le tomó días digerir toda la información que había recolectado: su mal humor y tristeza coincidían con la situación, por lo que no lo bombardearon con preguntas. El ambiente estaba tranquilo, a pesar de todo, pero a la llegada del fin de semana, su conducta aumentaba la preocupación de sus protectores. Trataron de alegrarlo con detalles, lo mismo de siempre, pero él ya no era un niño.
—¿Y si me entrego? —Sugirió una tarde a su ángel, como si no fuera gran cosa, sentado sobre la mesa de la cocina con un cigarrillo en sus dedos. Su vicio había aumentado en un breve lapso.
—¿Y si metés los dedos en el enchufe?
—Tal vez sí sea como un trabajo cualquiera. —Provocó, a propósito, como una manera de llamar su atención.
—No sos humano para ellos y cuando eso pasa, no te tratan como uno.
No había razón alguna para plantearse un suicidio como ese: años de protegerlo para que un día de depresión adolescente lo echara todo a perder.
—Sé que estuviste jodiendo a mi mamá.
No se miraron: el silencio se cortó solo cuando Bill soltó el humo con un bufido.
—¿Y?
—No te atrevas, pedazo de mierda —Bajó de la mesa ante la insolencia y le arrojó el cigarrillo a la cara—. ¡Nunca me amaste!
—Eso no tiene nada que ver —Sacudió el resto de ceniza que había impactado en su mejilla y permaneció sereno ante los ataques.
—¿Nada que ver? —Rió, cerrando el puño en las raíces de su propio cabello— Ya no soy un nene, no pueden negarme explicaciones.
—Obsérvame —Se levantó de su silla y se dispuso a irse, pero Bill no soportaba más.
—¿Por qué mi padre entregó a mi hermano y no a mí? —La sola mención de algo tan importante lo impactó y esperó a que acabara—. ¿Por qué invirtieron dinero en el proyecto de la agencia antes de que naciéramos? ¿Acaso no se creían la posibilidad de tener hijos con esa “patología”? Me imagino sus caras cuando dimos positivo. Puto karma, ¿ah?
—¿Cómo…?
—Estaba convencido que solo por eso mamá me separó de él, pero tenía un amante. ¿Eras vos?
—Fue hace mucho tiempo…
—¿Dónde está mi hermano? —Necesitaba tantas respuestas que no podía esperar a sacar todas sus preguntas del pecho— ¿Ellos lo tienen? ¿Está vivo?
—Sí.
—¿Qué están haciendo para rescatarlo?
—Nada ahora. Traté y fallé. Por eso los abandoné.
—¿Solo renunciaste a nosotros? ¿Por qué mierda regresaste? ¿Para revolcarte con mamá e irte de nuevo?
—Estás alterado.
—¡Lo estoy hace semanas! —Gritó al aire— ¡No estás conmigo porque me ames, sino a ella! ¡Los escuché varias veces toda la puta semana!
—No es así.
—¡Lo es! —Ánis se acercó para tomarlo del brazo, sacudirlo, hacerle reaccionar. Estaba tan enfadado que le podría dar un golpe en la cara, pero era tan adorable con sus mejillas rojas y la respiración agitada; el pequeño reaccionó antes—. ¡No me toques! ¡No así, ni ahora!
El silencio cubrió el lugar una vez que Bill se acurrucaba contra una esquina: las palabras se habían escapado de su boca, pero dejaba pistas flotando en el aire. Ánis esperó expectante a una explicación, algo más que quitara esa sensación extraña que había golpeado su pecho.
—¿Qué?
—Me abandonaste por años —Comenzó, abrazándose a sí mismo con la mirada baja—. Tenía esta estúpida fantasía de que esperabas a que creciera, y de pronto me abandonaste. Corrí manzanas enteras buscando por tu auto, pero nada. Mamá me encontró y me castigó como nunca antes por huir. Todo el rencor que tuvo por tu culpa se juntó con el mío por ella y por tu abandono, y terminé entendiendo que era un niño idiota. Y ahora, de la nada, regresaste diciendo que era por mí, pero es mentira, regresaste por mamá —las palabras se agolparon en sus labios y salieron como escupitajos, una pegada a la otra—, pero yo ya tenía la certeza…
—¿De qué?
—De que volviste a llevarme lejos.
—Lo hice.
—No como yo quiero.
—Te conozco desde que eras un bebé —Movió sus manos en su dirección, como si quisiera acunarlo—. No quiero… no puedo verte de otra forma.
—Sé cómo me miras —Tragó, esperando que con solo esa frase, recordase—, también cómo vas a hacerlo en algunas semanas.
Se aproximó a él, acorralándolo una vez más a la mesa de la cocina.
—¿Cómo te miro? —Frotó sus labios entre sí, y Bill solo pudo bajar la guardia.
—Así.
Ninguno de los dos cortó la conexión que se había creado: eran demasiado orgullosos, o tal vez anhelaban que esa muralla de tiempo y espacio absurda, subjetiva, se disolviera. Ni a un paso de distancia, y sin poder retirarse, Bill movió su rostro hacia él, a la vez que una pregunta rondaba su cabeza.
—¿Creés en el destino?
Necesitaba saber si acaso él pensaba en su futuro, dejando atrás su edad, su historia juntos: no eran padre e hijo, ¿qué importaba si él lo había educado por algunos años? ¿Acaso vecinos de la infancia no se volvían una pareja estable? Él podía madurar antes que los demás: veía el futuro, podía verse con él, escapando aun, pero todo sería más fácil.
—No importa si creo o no —Se decidió por contestar, tras pensar unos pocos segundos—. Si existe, no puedo hacer nada contra él y sin importar lo que decida, puedo no conseguir lo que quiero. Si no existe, todo depende de mí, y la presión que eso ejerce lleva a procrastinar o a rendirse.
—O seguir intentando.
Necesitaba ver qué le deparaba la vida una vez que lo convenciera de que podían funcionar juntos: rodeó su cuello con ambos brazos, firmemente para evitar cualquier intento de escape, y encajó los labios en su boca. La niebla en su mente se disipó, permitiendo ver un poco de esperanza el camino que les faltaba recorrer. Le había respondido al beso, y no esperaba que fuera de otra forma. Debía transmitir sus profecías a través de los labios para que entendiera de una vez: las diferencias de edad no significaban nada,
—¿Lo ves?
Se aferraría a su camisa con uñas y dientes si era necesario, o solo a su piel si lo prefería, pero no dejaría pasar esa oportunidad. Lo que no esperaba era un rechazo: en el momento en el que el beso debía retomarse, Ánis lo tomó de la mandíbula con una sola mano y desvió su rostro a un lado. Pegó la frente a su sien y suspiró contra su oído, dándole un escalofrío satisfactorio en medio del dolor y la vergüenza.
—No.
Lo soltó y se fue, sin una sola mirada más. Ese escenario dependía de él y había elegido.
Bill todavía fantaseaba con él cuando se escapó por la ventana. Él había visto un amor maduro con él en un futuro, viviendo en ese mismo hogar, entre las paredes cubiertas de empapelado vulgar, pero Ánis ignoró la premonición como si hubiese elegido chocar al perro, dejar al gato matar al ave. El siguiente paso era elegir salvarlos en sus últimos momentos de vida, o simplemente dejarlos morir. Ambos eran aves libres, con la diferencia de que uno de ellos estaba a punto de ser enjaulado de nuevo, por su propia voluntad.
La elección era suya: no iba a huir para siempre, y la única forma en la que Ánis comprendiera lo que significaba para él, era arriesgarse al límite, cruzar la barrera de protección que tanto había creado a su alrededor. Era un adolescente, y esa era toda la justificación por cualquier estupidez que le viniera a la mente.
Lo llamó, tal vez por última vez, antes de entrar a conocer a su hermano gemelo. Cuando atendió, sintió la amargura justo en su pecho, pero se mantuvo firme.
—Fue tu decisión el no besarme de nuevo —Cortó.
De algún modo, si dejaba de cambiar de planes, él los rescataría y entendería el valor de elegir amar.
F I N
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