N/A: Basado en «El fantasma de Canterville» de Oscar Wilde.

«El Fantasma»

(One-Shot de Sarameliss)

La casa era increíble. Con grandes y numerosos ventanales, como eran todas las casas antiguas; y con un gran patio rodeando la imponente construcción. A pesar de ser tan grande, tenía un no-sé-qué que la hacía hogareña, y Bill se podía imaginar perfectamente viviendo ahí.

—Aunque tal vez sea un poco grande para mí —comentó a la agente de bienes raíces, Laila (como había insistido que la llamara), la cual iba de un lado para otro haciendo resonar sus tacones de aguja en el pulcro piso de madera.

—Oh, pero estoy segura que un hombre apuesto y exitoso como usted tiene planeado formar una familia en un futuro, ¿cierto? Y créame que nunca encontrará una casa tan espectacular a tan buen precio —la sonrisa falsa de la vendedora le cubría todo el rostro, y Bill se vio a sí mismo haciendo una mueca en respuesta.

—La verdad tampoco estoy seguro de si esta casa entre en mi rango de precios —señaló Bill.

Lo cierto es que la empresa en la que trabajaba estaba muy interesada en abrir un local en Magdeburgo, así que le habían pedido a Bill ser el gerente general de la nueva gran tienda de modas. Consideraron que él sería el indicado, debido a que había durado los primeros quince años de su vida en esa ciudad. Si bien esto había significado un interesante aumento de sueldo, el joven no estaba seguro si podía permitirse una casa tan imponente como la en la que se encontraba en esos momentos.

—Oh, se sorprendería.

Y vaya si se sorprendió cuando Laila le dijo cuánto estaban pidiendo los dueños de la casa. El precio era incluso más bajo de lo que estaba pensando gastar.

—Está bien, entiendo lo que pasa. Dígame cuál es el problema. ¿Las tuberías? ¿La electricidad, tal vez? ¿Voy a encontrarme con una plaga de cucarachas en el momento que firme el cheque?

—Le aseguro que la casa está en perfectas condiciones, señor Kaulitz —contestó la Laila, con la sonrisa que parecía tener pegada y que ya estaba hartando a Bill—. De hecho, es libre usted de traer cualquier plomero o electricista de su preferencia antes de comprar la casa. Pero créame cuando le digo que oportunidades como estas son casi imposibles de encontrar.

Bill se mordió el labio, inseguro, no creyendo ni una palabra que salía de la boca de esa rubia vendedora. Algo malo debía tener la casa, lo que sea. Su sentido común le decía que saliera corriendo de ahí y que no mirara atrás, pero solo había un problema. Esa hermosa chimenea de ladrillos construida justo en el medio de la casa le estaba implorando que se quedara. Le aseguraba que esa era la casa en la que quería vivir el resto de su vida, bebiendo chocolate caliente con malvaviscos mientras escuchaba su música favorita y miraba el fuego.  Además, ¿qué tan lindo era que la casa tuviera un nombre, como esas mansiones realmente viejas? Sí, definitivamente Bill podía verse viviendo en Canterville.

El moreno suspiró. La casa era perfecta. Tal vez en el futuro se arrepintiera de lo que pensaba hacer, pero…

—Está bien, haga una oferta.

La primera sonrisa verdadera, casi aliviada se mostró en el rostro de Laila después de escuchar esas palabras.

—¡Maravilloso! Me pondré en contacto con la dueña de inmediato.

Mientras ambos salían de la casa en dirección a sus autos, ninguno vio a aquella persona que, en el más alto ventanal, los miraba enojado.

&

Habían aceptado su oferta para la casa, a pesar de que había ofrecido un precio todavía más bajo que el que originalmente estaban pidiendo. Eso solo hacía que sus sospechas aumentaran aún más. Definitivamente algo no estaba bien con esa casa.

Cuando entró al café donde Laila lo estaba esperando para firmar el contrato de venta, Bill se sorprendió de verla acompañada con una señora mayor, con muchas arrugas y expresión severa.

—¡Bill, qué maravilloso verte! —saludó la vendedora radiante, indicándole al moreno que se sentara—. ¿Quieres pedir algo?

—No, estoy bien —contestó Bill—. Buenas tardes —dijo, dirigiéndose principalmente hacia la señora. No que ésta pareciera querer hablar.

—Oh, Bill, esta es la señora Kellermeier. Ella es la dueña de la casa —presentó Laila, esta vez, Bill notó, pareciendo un poco preocupada—. Oh, bueno, pronto ex dueña.

—Chico, espero que sepas en lo que te estás metiendo —la voz de la señora Kellermeier era dura, justo como su expresión. La vendedora casi entró en pánico.

—Oh, mi querida señora Kerllermeier, ¡ya no sabe lo que dice! —dijo la vendedora, riendo nerviosamente. Bill la ignoró.

—No creo saber a qué se refiere —dijo Bill, muerto de la curiosidad.

—¡Esa casa es un horror! —respondió la señora, dándole un golpe a la mesa. Bien, no se había equivocado, algo malo tenía la casa—. ¡No voy a vender una casa a base de mentiras! —espetó cuando Laila intentó interrumpir—. La casa está embrujada, muchacho. Nunca podrás vivir en paz si te mudas ahí. Manchas de sangre que nunca se borran, horripilantes cadenas sonando por la noche, apariciones en el mismo medio de tu habitación… ¡el fantasma de Canterville te perseguirá cada noche hasta que salgas corriendo!

La vendedora se veía aterrada, seguramente pensando en la comisión que acababa de perder por la culpa de una viejita chiflada. Bill simplemente se echó a reír. Si eso era el único problema que tenía la casa, verdaderamente había conseguido una ganga.

—Creo que podré sobrevivir, señora Kellermeier. Pero muchas gracias por preocuparse por mí —respondió el moreno.

Vaya si se sentía aliviado. ¿Una casa tan genial como esa había estado vacía hace años por cuentos de viejas? La gente era demasiado crédula a veces.

—Estoy hablando en serio, chico. Pero ya yo cumplí con advertirte, no acepto ningún tipo de reclamos —dijo la señora Kellermeier, arrebatándole el contrato a Laila. Firmó rápidamente encima de su nombre y se paró de la mesa—. Estoy lista para irme, muchachita.

Bill rodó los ojos, y firmó el contrato. Le entregó el cheque a la rubia y se acomodó en su silla, viendo partir a la excéntrica señora con la vendedora.

¡Fantasmas!

Rió otra vez, y decidió pedir un pudín de chocolate para celebrar su nueva adquisición.

&

Ya los hombres de la mudanza se habían marchado, y aunque la gran mayoría de las cosas seguían empacadas en cajas, lo más importante como la cama, el refrigerador y el comedor ya estaban instalados.  El proceso de la mudanza era horrible, y Bill no quería volver a pasar por eso nunca más. Antes de trasladar todas sus pertenencias, había tenido que limpiar la casa a profundidad; incluso había encontrado “la mancha de sangre que nunca se borra” cerca de la cocina, la cual había salido sin mayor problema.

—¿Entonces la vieja te gritó que la casa estaba embrujada? —preguntó Georg, un amigo que había ido a ayudarlo en la mudanza. Él y Gustav habían sido sus mejores amigos desde la infancia, y a pesar de que por culpa del trabajo de sus padres el moreno hubiese tenido que mudarse a Berlín, nunca habían perdido contacto. A pesar de que a Bill nunca le gustó Magdeburgo, si algo bueno tenía haberse mudado de nuevo ahí era poder reunirse con sus buenos amigos.

—Así es, fue muy vehemente —rió Bill—. Me contó que había sangre por toda la casa que jamás se borraban, y horripilante sonidos de cadenas todas las noches. Claro, que solo vi una mancha en la cocina y no vieras lo fácil que pude limpiarla. Creo que era pintura de mala clase.

—Bien que nos puedes contar esa fascinante historia mientras comemos —dijo Gustav, con expresión de aburrimiento—. ¿Por qué no nos invitas una pizza, Bill? Puse cervezas a enfriar en el refrigerador.

Siguieron hablando y riendo mientras esperaban la cena. Hacía mucho que el moreno no se divertía tanto. No se había dado cuenta de lo mucho que había extrañado a sus amigos.

—¿Chicos? —llamó Georg desde la cocina, a la que había ido a buscar las cervezas—. Tal vez quieran venir a ver esto. Supongo que esta es la pintura de mala clase que limpiaste ayer, Bill —dijo el castaño cuando sus amigos llegaron, señalando una mancha de color rojo oscuro en el piso, cerca de la cocina.

¿Qué diablos? La mancha estaba en el mismo lugar, y hasta tenía la misma maldita forma que la mancha que él había limpiado antes.

—Vaya, parece que sí hay un fantasma haciéndote compañía, ¿eh? —dijo Gustav, sin inmutarse demasiado.

Tal vez la vieja no estaba tan loca después de todo, ¿quién lo diría?

—Esto tiene que ser una broma —dijo Bill—. ¿Sabes qué, fantasma tonto? ¡Una simple mancha no me va a asustar, tendrás que intentar algo mejor! —gritó.

Fantasma o no, la casa era maravillosa. Y vamos, ¿qué era lo peor que podía hacer un fantasmita? ¿Pintar manchas en el piso de la cocina? Podía vivir con eso.

&

¿Tonto? ¿Ese niñato lo había llamado tonto? ¡Qué falta de respeto! Definitivamente, mientras más jóvenes, peores. Si de algo se enorgullecía Sir Tomas Trümper era de ser uno de los mejores asustadores de toda Alemania. En la mayoría de las veces, ni siquiera tenía que hacer una aparición para hacer que los más valientes salieran corriendo; la simple mancha de sangre era suficiente. ¿Y este niñato pensaba que iba a resistir más de una noche con él? ¡Él era el tonto! ¡Él y sus tontos amigos! Tonto Uno, Tonto Dos y Tonto Tres.

Esa misma noche Tom llevó a cabo la primera fase de “Sacar a Tonto Uno de la casa (si es llorando, mejor)”. Eligió sus cadenas más oxidadas y salió a dar vueltas justo por el pasillo que daba a la habitación principal, donde sabía que Tonto Uno dormía. Se aseguró de que las cadenas chillarán lo máximo posible mientras pasaba frente a la puerta. El niñato ese le caía realmente mal. Tal vez debería añadir a su acto terrorífico unos cuantos gemidos, solo para darle un poco de realismo.

Duró remeneando sus cadenas al menos una hora. O tal vez más, después de doscientos años de existencia calcular el tiempo era un poco complicado. No había escuchado ningún sonido por parte de Tonto Uno, pero seguramente eso se debía porque el terror no le permitía mover ni un músculo. Satisfecho consigo mismo, desapareció y esperó que Tonto Uno empacara sus cosas y se largara de una vez de SU casa.

Cuál fue su sorpresa cuando apareció de nuevo al ver que Tonto Uno, en vez de haberse ido corriendo a la mañana siguiente, había pasado el día arreglando la casa. ¡Qué insulto! Y lo peor de todo no era eso, sino que ¡había limpiado la mancha! ¡Otra vez! Cuánto, cuánto descaro.

Bien, si Tonto Uno quería hacerse el valiente, Tomas se lo iba a poner bien difícil.

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Si había querido más pruebas, con gusto se la habían dado. Pasó una de las peores noches de su vida por culpa del estúpido fantasma. Pero considerando que ya no tenía ninguna posibilidad de mudarse a otra parte, iba a tener que lidiar con las eventualidades que le ponía el destino. No tenía de otra.

Así que esa noche, después de limpiar la mancha que había reaparecido por segunda vez, pegó en su puerta un pequeño letrero blanco en el cual escribió con su mejor letra: “señor fantasma, comprendo que desde su lamentable fallecimiento usted no sienta necesidad alguna de dormir. Lamentablemente, en el cruel mundo de los vivos dormir es necesario para un óptimo rendimiento, y es por tanto que de manera muy atenta le pido que si siente la necesidad de deambular por la casa por las noches, sea lo suficiente considerado de utilizar el engrasador para la cadena que le he dejado al lado de la puerta. Muchas gracias. Bill Kaulitz”

&

¿Pero qué…? Tomas dio un grito ensordecedor y desagradable, mientras hacía que el frasco de grasa se estrellara contra la pared. ¿Quién se creía ese muchachito insolente? ¡Qué Bill Kaulitz ni Bill Kaulitz! Máximo Tontón le pegaba mejor. Hacía mucho tiempo que Tomas no se había enojado tanto. De hecho, después de que se convirtió en fantasma su existencia había sido más bien monótona, con algunos pocos momentos divertidos. Como aquella vez que había logrado que esa vieja loca saliera corriendo de la casa, en pijamas, con crema en toda la cara y sin su acostumbrada peluca. ¡Eso había sido gracioso! O cuando había logrado que ese niñito se orinara encima con un simple “bu”. Ah, sus días de gloria.

Ese estúpido niñato. Ya le enseñaría.

&

Oh, ese estúpido fantasma no lo iba a dejar dormir nunca más, al parecer. Tanto que se había esforzado en hacer la nota lo más educada posible, ¿y así le pagaba, con un grito?

De repente, un resplandor verde se dejo ver en la habitación y una criatura horrible, para nada humana, empezó a dar vueltas encima de su cama mientras emitía terribles sonidos. Lo que faltaba.

—¿Es acaso con el fantasma de un perro que estoy lidiando? No me molestes. Sé que llegaste primero, pero eres muy maleducado. Ah, y ya que decidiste aparecer, te agradecería que dejaras de usar la pintura que está en el ático para manchar el piso de mi cocina.

Con un pequeño destello, el fantasma volvió a su forma humana. Se veía sorprendentemente joven. Bill se había imaginado que ese que tanto lo había molestado era un viejito cascarrabias. Al contrario, el fantasma parecía tener unos veintiséis años. Tenía el pelo largo, con rastas; y usaba esas molestas cadenas amarradas en las muñecas. Tenía el ceño muy fruncido y miraba a Bill como si fuera lo peor del mundo. Bueno, tal vez no se había equivocado con la parte de “cascarrabias”.

—¿Pero es que en esta época no se conoce la vergüenza? ¡Cuánto descaro, cuánto descaro! —bramó el fantasma, enojado.

—Eso debería preguntarme yo, ¿es que en su época no existía el respeto, señor fantasma? ¿Sabe usted qué hora es?

—¡Nunca en mis más de doscientos años de existencia había sentido tal indignación! ¡Incontables son las víctimas que he espantado de esta casa, y ahora aparece usted como… como… como…!

—¿Va a dejar de quejarse? —interrumpió Bill, volviendo a acostarse en la cama—. Tengo sueño y muchas cosas que hacer mañana. No es mi culpa, señor fantasma, que usted ya no sea capaz de asustar. Quizá debería considerar el retiro de sus labores asustadoras, e ir a encontrar paz en el cielo… o donde sea. No me importa.

El fantasma abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. Se quedó así unos instantes, sin saber qué decir, y optó por desaparecerse; no sin antes enviarle a Bill la mirada más triste que había visto en su vida.

&

Varios días pasaron sin la más mínima señal del fantasma. Ni siquiera la mancha en el piso de la cocina había vuelto a aparecer. Definitivamente habían sido días de absoluta tranquilidad. No obstante la paz se veía manchada con un pequeño dejo de culpabilidad que insistía en no abandonar su pecho. Bien, había herido los sentimientos de un fantasma, ¿y? ¡Él se lo había buscado siendo tan indeseable!

No podía perder su tiempo pensando en esas cosas. Había sido una semana agotadora en el trabajo, quedándose tarde la mayoría de los días, y ahora lo único que le debía interesar era relajarse.  Y con una copa de vino en mano, su álbum de música favorito en la radio y su hermosa chimenea encendida, era justo lo que pensaba hacer.

Oh, eso era vida. Casi sin darse cuenta comenzó a acompañar la voz del artista con la suya propia. Cantar siempre había sido su mayor sueño. Adoraba como lo hacía sentir, amaba como se escuchaba. Incluso había ido a clases de canto durante gran parte de su adolescencia.

—Vaya, nunca había escuchado a alguien cantar así.

Miren quien había decidido reaparecer.

—Supongo que eso es un halago, señor fantasma.

—Lo es, lo es. En mis tiempos los vocalistas sonaban como gallinas cluecas —dijo el espectro, posándose cerca de uno de los ventanales—. Y mi nombre es Sir Tomas Trümper, no “señor fantasma”.

—Bien, Sir Tomas. Debo decir que me sorprende verlo de nuevo, y sin cadenas esta vez.

—Oh, bueno. ¿Para qué esforzarse? Ya la gente no se asusta como antes. ¡Oh, debías haberme visto en mis días de gloria! Buenos tiempos, buenos tiempos. ¡Ningún fantasma asustaba más que yo, te lo estoy diciendo chico!

—Y habla usted con tanta vehemencia que no me queda más remedio que creerle. ¿Pero no es algo triste basar su existencia en el número de personas que pueda asustar?

—Oh, inocente chico, ¿qué otra cosa le queda a un pobre fantasma como yo? Me siento miserable. No puedo dormir, así que siempre estoy muy cansado. Con lo único que puedo entretenerme es asustando personas.

—Puede entretenerse charlando conmigo. Seguro que eso será más agradable que chirriar cadenas por las noches o ensuciar el piso de mi cocina.

Sir Tomas tuvo que concederle la razón.

&

Definitivamente la dinámica entre Bill y Sir Tomas había cambiado significativamente. Los intentos de espanto se habían convertido en largas conversaciones. Bill se había enterado que mientras seguía con vida, una de las grandes pasiones de Sir Tomas había sido tocar la guitarra; que cuando era pequeño sus padres acostumbraban llamarlo “Tom”; que había tenido veintiocho años cuando murió y que había sido de un ataque cardíaco. Por su parte, el fantasma ahora sabía que Bill era vegetariano, que adoraba a los animales, y que si no tenía uno era porque no tenía tiempo para cuidarlo. También se habían dado cuenta que ambos nacieron un primero de septiembre.

—Pues no, no todos los que fallecen permanecen siendo fantasmas —respondió Sir Tomas a una pregunta que le había hecho Bill una noche—. Si bien nunca nadie ha podido contestar porqué algunos sí y otros no, yo he llegado a mi propia conclusión. Después de conocer a muchos fantasmas, te puedo decir que todos tenemos algo en común: nadie nos extrañó cuando nos fuimos, nadie rezó por nosotros. Claro, me es imposible asegurar que ese sea realmente el motivo, pero todas mis apuestas yacen allí.

—Pero es usted tan agradable cuando deja las cadenas de lado, ¿cómo es que nadie lo extrañó?

—No siempre fui la más deseada de las compañías. Y, sin intentar justificarme, debo decir que mi esposa era una mujer horrible que me detestaba tanto como yo la odiaba a ella. Horrible y desagradable, sí señor. De hecho, a ella fue la primera que espanté de la casa. Su cara de susto fue lo mejor de haber fallecido, sin duda.

—Oh, la verdad es una lástima que no haya usted nacido en esta época, sir Tomas —se lamentó Bill, cuando terminó de reírse de la historia.

—Si alguna lección aprendí en estos doscientos años de existencia, es que cada persona nace en la época adecuada. Nunca antes, nunca después. Mi momento en esta tierra ya pasó, y es inmenso el sufrimiento por no poder partir. Nada me gustaría más que cerrar los ojos, dejarme llevar y al fin descansar. Estoy exhausto.

—¿Pero de qué manera puede lograr eso, sir Tomas? Después de tanto tiempo, ¿cómo va a irse al más allá?

—No lo sé. Tal vez cuando alguien me extrañe. Tal vez cuando alguien rece por mí. ¿Cuándo alguien me quiera?

—Después de tantos dolores de cabezas causados por el chirrido de las cadenas, puedo asegurarle que alguien en esta tierra lo va a extrañar. Me libró de varias noches de soledad, y por eso le agradezco, Sir Tomas. Y si necesita a alguien que rece por usted, aquí me tiene.

—Ahora creo que el único motivo por el que me mantuve en el mundo de los vivos por tanto tiempo, era porque estaba en mi destino conocer a una persona tan fantástica. Ya estoy corriendo el riesgo de ponerme más dulce que la miel, y siento que el ángel de la muerte se acerca y que son estos mis últimos momentos en esta tierra, pero debo decirle que personas como usted son pocas, Bill Kaulitz. Muchas gracias por todo.

El silencio reinó en la habitación, y la luz verde a la que Bill ya se había acostumbrado desapareció.

Una suave sonrisa fue la única acompañante de las lágrimas que corrieron por sus mejillas.

El fantasma de Canterville se había ido.

F I N

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