Fic Toll de RubelangelTwc

Capítulo 19

(Breath me – Sia)

Lo peor fue cuando me tuve que vestir de negro, cuando me coloqué las gafas de sol para ocultar mis ojos rojos y mis grandes ojeras, esas de no haber dormido en dos noches por su ausencia a mi lado, por no poder abrazarle y dormir junto a su caliente cuerpo y, por la mañana, darle un beso y hacer que ese día, tan solo por eso, ya hubiese merecido la pena.

Ahora estaba en su funeral, viendo a un mucha gente allí que no había visto en mi vida, quizá familiares de Bill, hipócritas la mayoría porque ninguno de ellos fueron al hospital a verle, pero aún así me quedé en completo silencio y con la cabeza gacha, esperando que todo esto pasara cuanto antes.

Estábamos en un cementerio al aire libre, donde podías respirar naturaleza. Simone estaba al lado del ataúd donde estaba Bill, saludando con una triste sonrisa a todos los invitados que se acercaban y a veces ponían un ramo de flores sobre él. Miré alrededor, donde estaban colocadas muchas sillas donde la gente se iba sentando, y vi que Sophi estaba en primera fila, sin hacer nada, mirando al suelo con sus pequeñas manitas sobre su regazo. Mi corazón se contrajo al verla así cuando siempre iba dispersando felicidad, y no pude evitar acercarme a ella.

– Hola, pequeña – susurré con la voz aguda de haber llorado tanto. Ella subió la cabeza y al verme sus ojos se le aguaron y cayó una pequeña lagrima por su mejilla mientras aspiraba por la nariz y se las limpiaba con la manga de su camiseta negra.

– Billy se ha ido, me ha dejado, no quería que se fuera… Yo le quiero mucho, ¿Por qué no puede volver? Quiero que vuelva… – murmuró volviendo a derramar lagrimas y la abracé con todas mis fuerzas, sintiendo que yo también comenzaba a llorar de nuevo.

– ¿No recuerdas lo que te dijo? Él siempre va a estar contigo, nunca vasa estar sola – susurré separándome de ella y limpiándole las lagrimas.

– No es justo, tú le querías mucho, mami le quería mucho, yo le quería mucho… Entonces, ¿Por qué se ha ido? – susurró.

– No lo sé, pequeña. No lo sé… Pero le vamos a seguir queriendo para siempre, ¿No? – pregunté, y ella asintió. Volví a ponerme de pie ya que estaba acuclillado frente a ella y me mordí el labio inferior – Ahora vengo – murmuré dando media vuelta para ir hacia el ataúd lleno de flores, donde Simone cruzada de brazos esperaba con la cabeza mirando hacia abajo – Hola – susurré mirándola, ella alzó la cabeza y conectó su mirada con la mía. Enseguida supo que era yo y me dio un gran abrazo.

– Has sido lo mejor que le ha podido ocurrir – murmuró sobre mi oído -. Le has hecho querer seguir con vida por ti, Bill… Él te amaba más que a nada en el mundo, eras el amor de su vida – nos separamos y yo cerré los ojos mientras mi mandíbula tiritaba a causa de las ganas de llorar -. A él no le gustaría que llorases por él.

– Es inevitable – murmuré, limpiándome las mejillas de nuevo -. Lo sé, yo también le amaba y… no dejaría de repetir todo este tiempo con él – volví a murmurar, ella me sonrió y acarició y rostro antes de dejarme vía libre hacia el ataúd. Ella se fue de allí, supongo que para dejarme un poco de privacidad, y vi que fue a saludar al resto que iba viniendo. Apreté mis labios en una fina línea y pasé el dedo por el ataúd, sonriendo al saber que él estaba allí.

Metí mi mano dentro del bolsillo, y saqué esa flor que Bill puso en la revista, ahora totalmente plana.

– Esto es para ti, ¿Recuerdas? Es nuestra flor, tú siempre vas a ser una flor entre los granos de arena, mi preciosa flor – susurré, dejándola sobre el ataúd -. He pintado la flor de negro, porque sé que no te gustaban las cosas normales – dije sonriendo -. Estés donde estés quiero que sepas que te voy a encontrar, te amo, te amo y no voy a dejar de buscarte hasta volver a estar contigo – murmuré mordiéndome el labio inferior.

Dejé mi mano durante un corto plazo de tiempo sobre el ataúd y cerré los ojos, imaginándome esos «te amo» que ahora mismo me susurraría al oído. Me lo imaginé, y fue suficiente para crear una pequeña sonrisa en el rostro, antes de separarme de allí y dar media vuelta, volviendo junto a Sophi.

Me senté a su lado y le tendí mi mano para darnos mutuamente fuerzas, la cual ella agarró con esos diminutos dedos.

– Tommy – me llamó, y la miré -. Espero tener un novio que me quiera tanto como Billy y tú os queríais – sonreí y asentí.

– Yo también lo espero… – dije, antes de quedarnos en un completo silencio.

Veía a todas las personas ir tomando asiento cuando el cura hizo acto de presencia allí. Simone también se sentó al lado de su hija y, cuando todo el mundo estuvo en silencio y sentados en sus respectivos sitios, comenzó a hablar el cura.

Sinceramente yo no pasé de escuchar lo que estaba diciendo, simplemente me parecía ridículo, prefería perderme por un momento y pensar tan solo en él, no pensar que ascendería al reino de los cielos y muchas más cosas de las que, ninguna de los dos, creíamos.

No sé cuánto tiempo duró en la que el cura estuvo hablando, leyendo pequeñas partes de ese libro que sostenía con una mano. Yo mantenía mi cabeza gacha como todos hacían y, cuando por fin acabó, formulamos un pequeño «amén».

Un tiempo después le enterraron, y justo en ese momento, con tanta presión sobre mí, no pude aguantar mucho más tiempo allí, no podía ver cómo era enterrado, cómo le perdía completamente. Entonces me disculpé frente a Simone, lo cual ella entendió completamente y me retiré de allí mientras todos se ponían de pie.

Me fui de allí con lagrimas desbordándose solas por mis ojos, me fui lejos, lo más lejos que pude para no poder verlo. Sentía que cada vez mi cadera tenía más dolor, pero aún así no paré hasta llegar a un gran árbol y decidir sentarme allí. Estaba lo suficientemente alejado como para no escuchar ni ver nada de lo que ocurría, recosté mi cabeza sobre el gran árbol y cerré los ojos, quitándome por fin las gafas de sol que llevaba pegadas a la cara.

– Lo siento… – susurré al viento. Apreté mis manos en un fuerte puño por la rabia, dolor e ira que me recorría por completo, pero estuve un tiempo calmándome para no perder completamente los estribos. Metí mi mano dentro de los bolsillos de mi pantalón y sentí algo dentro de ellos, lo cual saqué a la luz para poder observarlo mejor. Lo miré y vi que era esa cajetilla de cigarrillos, ¿En qué momento la había metido en mi pantalón? Ni siquiera lo recuerdo…

Me quedé mirándola, y al final decidí por abrirla, viendo ese último cigarrillo que me quedaba, el cual saqué y, cuando lo tuve entre mis manos, rompí por la mitad. A Bill no le gustaba que fumase, simplemente porque él tenía un cáncer pulmonar y sabía lo que era no poder respirar… Y entonces lo recordé, recordé el primer día que nos conocimos… Nuestra primera conversación.

Después de que Nat me dejase en la habitación y se marchara, yo me acerqué a mi camilla.

Abrí la ventana y lo encendí, exhalando el humo. Cuánto necesitaba esto…

– ¿Cáncer? – preguntó Bill de la nada. Su voz era grave, pero no tanto como para ser hombre. Era muy suave.

– De pierna – contesté sin girarme, volviendo a llevar el cigarro a mis labios.

– ¿Qué haces? – volvió a preguntar. Era curioso.

– Fumar es lo único que me distrae de toda esta mierda – le dije, soltando el humo fuera de la ventana y volteando para poder verle.

– Pues ese cigarrillo es lo que me mete a mí más en la mía – arrugué el entrecejo, sin entenderlo -. Pulmones. Y créeme que es jodido sentir que te ahogas por tener una mierda de órganos que se supone sirven para respirar, pero desgraciadamente, los míos no.

– Lo siento – cogí el cigarro que estaba entre mis dedos y lo apagué, lo tiré por la ventana y la cerré. Guardé el paquete debajo de la almohada y, aún de pie, volví a girarme para hablar con él – ¿Cómo te llamas?

– Bill, Bill Kaulitz, ¿Y tú? – preguntó, sentándose correctamente y sonriendo ladeadamente.

Ese día pensé que era alguien extraño por su forma de maquillarse y hablar, y joder, cuando le conocí totalmente supe que sí era extraño, pero era una extrañeza tan preciosa… que consiguió robar mi corazón, este que aún latía con fuerza por él.

Fue bonito, precioso compartir este cuento junto a él.

Y ahora extrañaba esos cafés con él, esas noches de tempestades en las que venía a dormir conmigo, ese día en el que me contó un cuento, su propio cuento, y nos besamos por primera vez, cuando declaré que me gustaba, y que yo también le gustaba a él.

A veces me impresionaba cómo había cambiado tanto nuestra relación en todo este tiempo; de un nada a un todo.

Era curioso, sin duda.

Y ahora era cuando me sentía solo en este mundo, cuando volvía a estar perdido y sin rumbo, pero no, no lo estaba porque Bill estaba en mi recuerdo, recordaba cada una de sus palabras, recordaba cuando me enseñó la perspectiva de su mundo…

– Este hospital se construyó hace años, Tom. Aquí hay de todo, desde bebés hasta personas mayores. Desde un simple resfriado hasta enfermedades de lo más raras y poco comunes – empezó a decir, y vi que se paraba en un ascensor -. Probablemente aquí hay ingresadas más de 500 personas, o incluso podría decir que 1000. Todos los días, sin faltar, vienen sus respectivos familiares a visitarlos para poder sacarlos por un momento de este lugar, haciéndolos reír a pesar de lo que estén pasando… – se calló por un momento, cuando el ascensor se abrió y nosotros entramos en él, subiendo a la penúltima planta – Aquí han nacido vidas que quizá cambiarán el mundo, y aquí han muerto personas que quizá ya han cumplido su deber en este mundo. Todos aquí tenemos un por qué, Tom, todos, por mínimo que sea, estamos en este mundo por algo, por alguna razón que nunca sabremos. Nacemos cuando debemos y morimos cuando es la hora de hacerlo, cuando ya has hecho el deber que tenías que hacer – el ascensor paró y salimos de allí, estábamos de repente en un pasillo donde no había casi nadie, donde el silencio casi se podía respirar. Pero Bill continuó andando, continuó hablando mientras yo le prestaba mi total atención -. Todos somos un pequeño grano de arena, pero juntos formamos una playa preciosa, y el agua se lleva a esa arena que ya a cumplido su deber de existir. Hay que encontrarle un sentido a esta vida, a pesar de que cueste. Y ahora dime, Tom, cuando ves esto, cuando ves a todas estas personas y te sientes tan insignificante ¿Qué es lo que piensas? – cesó de andar, y vi una gran escalera de caracol que comunicaba con todas las plantas del hospital. La miré desde arriba y vi todas las personas que allí habían, de todas las edades andar de un lado a otro. Y nosotros aquí, admirando a todas ellas, a esos granos de arena.

– Siento que no somos nadie. Que somos igual que todas esas personas, yo nunca revolucionaré el mundo, nadie me conocerá públicamente, y tan solo formaré parte de ese grano de arena insignificante – susurré.

– ¿Pues sabes lo que veo yo? Veo granos de arena que, a pesar de parecer iguales, no lo somos. Nos movemos y actuamos igual, pero todos tenemos un por qué en la vida, Tom. Aprendí que mirando todo desde arriba te sientes pequeño al estar abajo, pero sólo físicamente, porque quizá puedes revolucionar el mundo con tus creencias, con lo que piensas y sientes. Todas estas personas son iguales, pequeñas, pero con mentalidades diferentes, mentalidades que pueden cambiar el mundo. Somos granos de arena esperando dejar una huella antes de que el mar nos lleve, una huella que a pesar de parecer insignificante, puede ser muy grande para quienes te rodearon. Aprendí que la humanidad está en este mundo para cumplir una meta, y gana uno estamos aquí para lograr conseguirla, a pesar de no parecerlo – me quedé impresionado, como cada vez que hablaba sobre estos temas, eso que jamás pensé, y que él me enseñaba totalmente. Volvió a mirarme después de quitar la vista de las personas que andaban por allí, y entonces, entendí esa preciosa metáfora.

Bill había muerto porque ya había conseguido dejar una huella en este mundo, me había dejado una huella en mí, como dijo él… Una huella que, a pesar de parecer insignificante, puede ser muy grande para quienes te rodearon.

Y era verdad, completamente cierto… Dejó esa huella, y entonces fue su hora de decir adiós. Por ello no quiso alargar más su vida.

Sonreí con su recuerdo en mi mente y suspiré.

Me pediste que te contara un cuento, y yo te prometí que te escribiría uno, pero me he dado cuenta de que ya lo hemos vivido los dos juntos, sin necesidad de tinta y papel, tan solo dos corazones latiendo débilmente por el otro.

Me encantaría poder contar toda nuestra historia que, por cierto, no fue fácil, para ninguno de los dos. Pero me da miedo acabar llorando mares, y sentir de nuevo ese vacío en mi pecho que su ida me dejó. Porque fue tan bonita compartir esta historia contigo, que sería un pecado contarla. Prefiero guardármela, regocijándome en esos momentos que jamás podré volver a sentir, porque tú eras único. Lo nuestro era único.

Tan solo hace falta decir que te quiero, te quise y te querré por el resto de mis díasPorque jamás alguien había llegado tan dentro de mí. Jamás había sentido millones de sensaciones buenas a la vez, pero tú me lo enseñaste.

Y te estoy eternamente agradecido.

Te agradezco por aguantarme, y aún así amarme. Por hacer que mi vida valiese la pena si te tenía a ti. Por hacer este cuento los dos juntos, este cuando que recordaría mil y una veces a tu lado.

Porque te amo, porque tú también me amas… Y la muerte jamás nos va a quitar este sentimiento.

Éramos un eterno amor que superaba la vida y… la muerte.

Final

Iba sobre una camilla, corriendo junto a muchos doctores a alrededor de mí. Era como el primer día en el que llegué al hospital, las luces impactaban con fuerza sobre mis ojos haciendo que los cerrara.

Había pasado quizá un año desde la muerte de Bill, no lo sé, perdí la noción del tiempo en todos estos días y meses sin él. Pero hoy, después de tener un mes muy malo en el que me mantenía tan solo en la cama, me volvió ese gran dolor en el pecho, junto a un gran dolor en la cadera que me hizo caerme al suelo de bruces cuando me levanté tan solo a ir a por un vaso de agua.

Simone se percató y fue ella quien me llevó al hospital, ya que ahora vivía con Sophi y Simone las cuales prácticamente me obligaron a quedarme en su casa porque la mía la había vendido, y fue una gran idea porque cada día estaba un poco más animado, pero sabía que hoy era el día, supe que hoy era el final a todo esto.

Entrecerré los ojos y distinguí una potente luz en uno de ellos, logrando ver a uno de los doctores con una pequeña linterna mientras miraba mis ojos.

Intentaba articular alguna palabra, pero nada salía de mi boca. Quería decir que me dejasen, que sabía que este era el final, quería que no intentaran nada porque ya todo estaba perdido.

Necesitaba irme, necesitaba hacerlo para ver de nuevo a Bill.

– Lo perdemos, doctor – escuché que decía una enfermera, casi inaudiblemente para mis oídos. De repente un dolor en el pecho volvió a aparecer, y lo siguiente que vi fue negro, oscuridad completamente, junto a una última respiración antes de que mi corazón se parara por completo.

Y entonces, lo vi.

Dicen que cuando mueres ves toda tu vida pasar frente a tus ojos, y es verdad, porque yo tan solo lo vi a él, a Bill, a mi vida.

F I N

Agradecimientos: Como muchxs sabréis, a mí siempre me gusta dedicar una última parte de la historia a unos «agradecimientos» que en parte no lo son, ya que la mayoría de él explico un poco mi punto de vista.

Primeramente os debo agradecer a todos y todas haber leído esta historia, este cuento, en el que tanto empeño y constancia puse para que saliera bien. Y creo que es la primera vez que estoy orgullosa completamente de su finalidad, de cómo ha salido.

Esta historia está completamente hecha para enseñar, para que veáis cuánto vale la pena la vida, y lo sabes cuando te falta poco para acabarla, como Bill y Tom.

Me baso en la frase de, «no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes», y en algunos casos es verdad, como en este, como cuando ves que la vida se te escapa entre tus manos y no puedes hacer nada para poder evitarlo, porque cuando tienes cáncer terminal ves la vida de una diferente perspectiva, recapacitas y te das cuenta de cuánto vale la pena.

La vida es lo mejor que tenemos, así que no la desperdiciéis, porque hay niños muriendo de cáncer cada día, niños que no pueden vivir porque la jodida vida así lo ha querido, por ello no debéis de acabar con ella, porque tienes algo muy valioso entre tus manos, algo demasiado valioso que muchas personas no pueden tener y, sin embargo, les encantaría tenerla.

Bill le enseñó a Tom lo bonito de la vida, y Tom fue la razón de vivir de Bill.

Se amaron como ya nadie se ama, porque a pesar de doler sigues con esa persona, a pesar de saber cómo acabará te atas tan fuerte que ya es imposible soltarte. Tom dio todo por él, y Bill le hizo la persona más feliz del jodido mundo sin quererlo.

Se amaron por encima de la muerte, porque se prometieron que ni ella conseguiría arrebatar su amor, y así fue.

Cuando te enamoras de verdad, cuando amas por encima de todo y todos, cuando encuentras al amor de tu vida, no importa lo que pasará en un futuro, porque sólo quieres compartir el futuro con ese amor, tu amor.

El amor es lo más fuerte de esta vida.

Así que espero, como en cada historia, que hayáis aprendido algo como yo lo he hecho.

Sin más me despido, esperando y deseando que os haya gustado este pequeño fic.

Nos leemos.

Os amo.

~ Rubelangeltwc

por administrador

Publico con autorización del autor

Un comentario en «Cuento 19»

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