«EL AMO» Fic Toll de Chris_twc
Capítulo 46
By: Bill
¿Quién lo diría? ¿Quién diría que todo terminaría de la misma forma en la que empezó? No me hubiera imaginado ni en un millón de años volver a vivir una situación como esta. Todo era exactamente igual a aquella vez. Incluso los crueles sentimientos que herían mi pecho eran los mismos. Aquella vez lloraba, extrañando a mi madre como nunca antes. Siempre me consideré alguien independiente, capaz de defenderlas como el líder en la manada de leones, pero esta vez era la primera en la que sentí que quería volver a ser un bebé, a salvo en el vientre de mi madre. Quería sentirme seguro en un cálido abrazo. Ahora recuerdo a Gordon, él me hizo sentir seguro por un momento, aunque sea en un taxi que iba a quién sabe dónde. A partir de ese momento sentía la necesidad pura de estar a salvo junto a alguien y mi amo fue lo más cercano a eso. Cada vez que me prometía que cuidaría de mí, mi corazón se llenaba de algo que me ha faltado desde que perdí a las únicas dos personas por las cuales era capaz de sacrificarme. Tal vez las cosas hubieran sido más fáciles si me quedaba para recibir esas balas por ellas.
Nuevamente me encontraba solo, tan solo como aquel día que marcó mi vida para siempre.
Solo, tirado en un maldito callejón, a mitad de la noche. Muerto de frío, rezando a un Dios inexistente por no morir al primer parpadeo. No sabía dónde estaba, no sabía por qué estaba allí, solo sé que un gran temor invadía mi cuerpo. Sentí tanto miedo como la primera vez.
Como una maldita rata me metí entre las bolsas de basura, junto a un contenedor. Lejos de ese callejón se oían gritos, golpes y algunos disparos. No logré ver a nadie, pero en mi mente podía imaginar a un grupo de jóvenes, bebiendo como si no hubiese un mañana, rompiendo todo a su paso y golpeando a cualquier persona que se atreviera a mirarlos. Me moría de miedo el saber que yo podría tener la gran suerte de llegar a ser una de esas personas.
Genial, ¿y ahora qué? ¿Ahora a dónde iba a correr? ¿En dónde iba a esconderme? ¿Quién me iba a dar una maldita tarjeta mágica para encontrarme con él? Ya no tenía oportunidad de regresar, ni siquiera recordaba el camino de vuelta o si me encontraba en el mismo planeta.
Todo era como una pésima broma de mal gusto. Hubiera preferido que me volara la cabeza, me hubiese dolido menos.
Como la primera vez, desperté en el mismo asqueroso callejón. Para mi sorpresa, con vida.
Ahora la luz del sol era mi único compañero. Estaba hambriento y, por suerte, tenía algo de dinero. Sí, tenía un billete de diez euros arrugado en mi bolsillo. Bien, las cosas parecían mejorar. Salí del callejón, frotándome los brazos a causa del frío, con esperanza de que esa brisa helada cesara por arte de magia. Solo deseaba entrar a un lugar y pedir por favor ayuda, aunque dudaba que me dejasen entrar en algún lugar con las fachas que cargaba.
Caminé dos cuadras, observando cada tienda, cada árbol, cada maldito poste de luz temiendo perderme. Mientras más conociera el lugar, más sencillo sería escapar en caso de tener algún problema. Solo pensaba en una cosa, salir de ese lugar. Pero no tenía idea de cómo salir si ni siquiera sé cómo es que llegué. Tampoco sé por qué rayos estoy aquí, pero él así lo quiso.
Caminé dos calles, derecho, intentando no cruzar miradas con nadie. En esas dos miserables calles pude oír infinidad de asquerosidades. Probablemente todas dichas por drogadictos y borrachos que me confundían con una mujer. Bien, el cabello largo y las uñas esmaltadas en negro no ayudaban en mucho. Apuesto a que si él estuviera aquí hubiera hecho algo al respecto. En cuanto a mí: ¿por qué no hice algo al respecto? Sencillo, estaba aterrado de encontrarme con algo peor de lo que ya he visto antes.
Había mujeres con rostros consumidos y manchas en la piel, portando ropa indiscreta y obvias pelucas y extensiones baratas. Todas en esquinas, esperando por alguien que precise de sus servicios sexuales. Niños arrojando piedras a autos y gente riendo de cosas inexistentes, tirados en callejones, intentando que el frío no les consuma la piel.
Era devastador verlo, pero era más devastador caminar y evitar no pensar en ello. Era devastador no poder y no saber qué hacer para cambiarlo. Tenía una mínima idea del lugar en el que me había metido y no tenía ningún deseo de estar allí. Quería volver con mi amo y estar entre sus brazos. Quería oírlo decirme que me quería porque sé que ni esto ni nada me hará dejar de amarlo. Y yo creía que esta situación no podía ser peor, claro que puede empeorar y esta vez no hay nadie a quien culpar.
Cuando alcé la mirada vi un restaurante nada lujoso, nadie vigilaba la entrada así que solo me metí en él, asustado por lo que pueda llegar a suceder dentro. No me fijé si alguien atendía, tampoco en si alguien me vigilaba. Solo me senté en una mesa normalmente, como alguien con una billetera cargada de dinero dispuesto a gastar en comida.
—¿Va a ordenar algo?— alcé la mirada y suspiré. La muchacha me miraba con su libreta en mano. No parecía impaciente o agresiva. A pesar de que la ropa me apestaba a mil demonios y mis fachas eran espantosas me trató amablemente, más amablemente que cualquiera. Esto no sucedía muy a menudo.
—pues… escucha, ¿puedo decirte algo?— intenté hablar en voz baja y ella se acercó, comprendiendo exactamente mi expresión—. Solo tengo diez euros, ¿cree que pueda comer algo con eso?— ella sonrió amablemente—. De hecho, me sorprende que me hayan dejado entrar.
—¿No eres de por aquí?— moví mi cabeza negativamente—. Lo supuse, nunca te he visto y muy pocos turistas terminan precisamente en este restaurante, habiendo otros mucho mejores en esta zona— soltó un leve suspiro—. Escucha, no te preocupes por el precio, dime que quieres comer. Yo invito, pero no se lo digas a nadie— fue exactamente en ese momento en que recuperé la fe que creía perdida en la humanidad.
—Yo… ¿no tendrás problemas por eso? Sé que no te conozco en lo absoluto, pero estoy en una situación muy complicada. Estoy solo en este lugar, no sé qué hacer ni dónde ir. Necesito saber si puedo hablar con alguien, poder conseguir un trabajo y un lugar dónde pasar la noche. Te prometo que no te causaré problemas, ¿conoces a alguien que pueda ayudarme?
—Eso será un poco difícil. Dame un momento, creo que hay alguien que puede ayudarte. Mientras tanto, ¿te apetece comer algo?
—Un café estaría bien— le dediqué una sonrisa y ella asintió, devolviéndola con simpatía. Estuvo a punto de retirarse, pero la detuve—. Espera…— obtuve su atención— ¿Cómo te llamas?
—Keila, ¿y tú?— siempre con esa tierna sonrisa.
—Bill.
—Bill, mucho gusto— con una última sonrisa se dio media vuelta y se retiró.
Me quedé observando el lugar atentamente. No era un lugar muy lujoso. Bueno, no parecía muy lujoso luego de haber vivido dos años en una enorme mansión llena de chucherías caras.
Pero creo que ese lugar no podría estar más alejado al concepto de «lujoso». Las paredes estaban húmedas, rasgadas. La puerta de entrada hacía un ruido infernal, como si esas bisagras necesitaran ser reemplazadas con desesperación. Algunos vidrios en las ventanas de madera estaban rotos, seguramente a piedrazos. No me sorprendería que alguien hubiese entrado a robar en algún momento. Al restaurante le hacía falta un reemplazo de mesas y asientos, un enorme reemplazo. Con reemplazo me refiero a quemar todo y poner muebles decentes. Le hacía falta una cocina un poco más amplia y más personas atendiendo aunque…
aunque con estar solo yo metido aquí supuse que no les hacía falta tanto personal. Me impresionaba que pudieran pagarle a una moza o, siquiera, mantenerlo abierto al público.
Hasta el maldito matadero en el que solía trabajar tenía más clientes. Bueno en este caso, yo no llamaría cliente a alguien que no tiene hogar y entró solo con un billete de diez euros en su bolsillo y un horrible olor a basura.
Tenía que admitirlo, este lugar no se veía nada seguro y no lo digo solo porque el edificio tenía pintas de derrumbarse en cualquier momento, sino al maldito barrio en el que estaba instalado. El haber escuchado disparos durante toda la noche solo podía significar una cosa y es que estaba muy lejos de mi amo. Eso quiere decir que no estoy a salvo.
Maldita sea y esa era otra razón para volver corriendo a sus brazos. Él me hacía sentir seguro, incluso estando en esa tonta silla de ruedas. Siempre tuve la idea de que todos le iban a temer tanto como yo le temía y de esa forma no había manera de que algo o alguien me dieran más miedo que él. El poco valor que obtuve para enfrentarme a la gente lo obtuve de personas como mi amo. Mi padre fue el primero, mis compañeros de colegio, mi jefe, mis malditos vecinos y luego él y junto con su maldita presencia, la mayoría de los hijos de puta con quienes hacía sus sucios tratos. Luego de haber hecho todo lo que hizo a cada maldita persona que se cruzó en su camino, supongo que es natural y humano temerle u odiarlo. Lo que venga primero, en mi caso el odiarlo se escapó de mi mente antes de que pudiese atraparlo. Ahora mismo debería odiarlo y sin embargo estoy pensando en él, deseando estar a su lado. Aún, después de todo, sigo extrañándolo como la primera vez que me separé de sus brazos. No me importa si así él lo quería, me importa una mierda, haría lo que fuera por él y eso lo sabía mejor que nadie, ¿por qué tuvo que hacerme esto? Sabe que no soy nada sin él, no tiene sentido seguir aquí.
El ruido de una campanilla me hizo alzar la mirada. Casi me sorprendí al ver clientes. Bueno, tal vez clientes. Me puse en modo prejuicio ante cualquier persona que viera. Debía tener cuidado, más que nunca y el hecho de que no tenía ni más mínima idea de en dónde me encontraba empeoraba el panorama. Estas personas eran dos muchachos. Dos hombres de traje que para nada parecían pandilleros. Hubiera puesto una gota de confianza, hasta recordar que mi amo también usaba traje y eso no lo convertía en una buena persona. A veces los cerdos también visten de gala, debía acostumbrarme a eso.
—Un súper desayuno para ti, espero que te guste— mi mente se despejó en seguida cuando la misma muchacha, Keila, dejó sobre la mesa tres platos de comida que estaba cien por ciento seguro valía más que solo los diez euros que traía en el bolsillo—. Disfrútalo, yo invito.
—¿Todo esto? ¿Solo para mí?— pregunté, con esperanzas de que ella tuviera un poco más de tiempo e información para mí. Ella comprendió inmediatamente, como si me conociera de toda la vida.
—Escucha, no sé si pueda conseguirte un lugar donde vivir, aquí no hay albergues para gente sin hogar. Es por eso que hay tanta gente en las calles— aquello casi hace que se me caiga la mandíbula. Era inhumano el ver tantas personas tiradas en la calle, sucias y muertas de frío—. Es muy difícil que puedas dormir bajo un techo esta noche. Lo siento, pero…
—¿Hay algún problema?— la voz de Keila fue interrumpida por otra más grave. Un hombre se acercó de pronto, parecía ser otro mesero, a juzgar por su uniforme.
—Sí, todo está bien— respondió la muchacha—. Solo vine a traerle su comida— el hombre no estaba para nada convencido ante las palabras de Keila.
—Disculpe, ¿tiene con qué pagar lo que está consumiendo?— desvié mi mirada hacia la muchacha—. No la mire a ella—aquello me obligó a girar la mirada hacia él nuevamente—. Responda, por favor, lo que acabo de preguntarle.
—Sí, si tengo— respondí sin siquiera pensar en las consecuencias.
—Bien, pague.
—Aún no ha consumido— interrumpió Keila.
—Disculpe, si no paga lo correspondiente no podrá consumir. Los empleados tienen prohibido pagar comida a los clientes. Si no va a pagar lo que tiene sobre la mesa tendrá que retirarse.
Aquí no hacemos caridad con nadie— aquella escena resultaba más que humillante. Era humillante porque podría haber puesto en peligro el empleo de Keila y porque los dos tipos allí se quedaron mirando, casi con desprecio.
—solo tengo diez euros, no tengo donde vivir y estoy aquí solo. Por favor, se lo ruego— susurré—. Keila solo intentó ayudarme, no quiero poner en riesgo su puesto en este local, solo… necesito ayuda— el hombre se inclinó sobre la mesa, acercándose a mí, esperando decir algo en voz baja. Pedí al cielo que él se apiade de mí, solo por esta vez.
—Aquí no hacemos caridad— repitió, con un tono más severo y descortés que antes—. Retírate de este maldito local o yo mismo te saco a patadas, vagabundo. Tú eliges— no había dudas, definitivamente había personas iguales o peores a mi amo y este tipo era uno de ellos.
Me puse de pie, sin más opción y me retiré. No quería que me sacaran a patadas de allí y tampoco quería más problemas. Seguramente podría encontrar otro lugar en el cual arrodillarme como un perro y pedir ayuda antes de que me disparen en la cabeza.
Al salir del local, contuve mis ganas de volver a entrar y llorar, rogando por ayuda. No iba a hacerlo. No de nuevo. Ya había tenido suficiente en los últimos dos años, siempre pidiendo por favor de rodillas como un maldito animal. Eso no pasaría de nuevo, empezaría de cero.
—¡Oye, muchacho!— Sé que no debí, pero me di la vuelta. Uno de esos hombres de traje salió del local solo para hablarme. Me quedé observándolo y al parecer sí estaba hablándome a mí— ¿Tienes hambre?
&
¡Maldita sea! ¡El lugar era una basura pero la comida era la mierda más deliciosa que he probado en mi vida! Detestaba la carne, pero devoré todo como si esta fuese mi última cena (además, ¿qué me aseguraba que no lo sería?). Estos dos hombres compartieron la mesa conmigo, pagaron mi comida y algo más para llevar. No debí aceptar sabiendo que no los conocía en lo absoluto, pero tampoco podía desaprovechar una oportunidad así. Por primera vez, mandé mi orgullo a la mierda y acepté sin pensar lo que me ofrecían.
—¿Te gusta la comida?— preguntó uno de ellos, sin quitarme la mirada de encima. Yo solo asentí, sin pensar siquiera en dejar de probar un bocado de toda esa comida— ¿Te gustaría un postre?— volví a asentir, terminando de tragar el gran pedazo de carne que tenía en la boca. —Sí, gracias— uno de ellos dedicó una leve sonrisa, el otro se mantuvo serio en todo momento, solo me miraba comer. De hecho, este tenía un plato de comida en frente suyo, pero no había ni siquiera tocado el tenedor.
El más serio fue quién llamó al mesero para ordenarle un pastel. Casualmente, el mismo idiota que me echó fue quién tuvo que traer cada plato de comida que devoré. Sin siquiera mirarme se acercaba y atendía amablemente, como si nada hubiera pasado.
Me centré en ver a los dos tipos de traje del mismo color gris. Tenían la misma altura, la misma cara, ambos tenían la piel oscura y eran calvos. A juzgar por su casi exagerado parecido, supuse que eran gemelos. Más, no me atreví a preguntar absolutamente nada. Eran intimidantes y de muy pocas palabras, solo las suficientes y solo uno de ellos se dirigía solo a mí. Aquello era peor. Mientras uno intentaba ganarse mi confianza, ¿en qué pensaba el otro? Podían ser dos extremos completamente diferentes.
—¿Cómo llegaste aquí y cuándo?— preguntó uno de ellos, con una sonrisa espléndida y llena de vida en el rostro. Si hasta lucía amable y de confianza. Parecerlo y serlo son dos cosas muy diferentes, cabe aclarar—. No te preocupes, no te haremos daño. Soy William y él es mi hermano Evan. Somos dueños de una pequeña empresa de textiles en Estados Unidos, venimos de allí y llegamos ayer. Si quieres saber algo, solo pregúntanos— bien, sí parecía amable. Casi me convencía… casi— ¿Podemos saber cómo te llamas tú, siquiera?
—Bill, me llamo Bill— supuse que no habría problema en decir mi nombre, además yo ya sabía los suyos. Era justo. Lo suficiente.
—Bill, mucho gusto. Verás, escuchamos que no tienes en dónde vivir. Nosotros hemos estado en tu situación y queremos ayudarte.
—¿Ayudarme? ¿Por qué? Ni siquiera me conocen— Mi mirada fue interrumpida por el malhumorado tipo que atendía, extendiendo sus brazos para dejar el pastel sobre la mesa.
—Por dos razones. Primero: porque no somos malas personas y tú tampoco, estamos seguros de ello. A juzgar por las veces que hemos estado aquí suponemos que no eres de este lugar.
Queremos ayudarte, esta no es una ciudad segura para una persona tan joven y sin hogar ni dinero para pagar comida.
—¿Y la otra razón?— ambos se miraron, entonces William suspiró.
—Nosotros vivimos nuestra infancia en estas calles, rodeados de toda la mierda que abastece este diminuto lugar. Sabemos los peligros de estar aquí y tememos que puedas vivir todo lo que nosotros vivimos. Si te preguntas cómo es que logramos salir de aquí, fuimos adoptados por una familia americana y logramos abandonar este lugar, sanos y salvos— de pronto dejé de comer solo para escucharlos—. Nos esforzamos por estudiar y trabajar, obtuvimos todo lo que tenemos de buena manera, fuimos por el camino correcto y luego de haber pasado por todo eso, créeme, no deseamos a nadie todo el horror que vivimos. A nadie.
Enmudecí por completo. Tragué saliva y desvié mi mirada hacia afuera. Este lugar parecía peor luego de oír a este hombre. Imaginé lo poco que podría aguantar solo allá afuera, las horribles cosas que podría vivir. Ya podía hasta sentir el frío de la cruda noche una vez más, el dolor de los golpes, el miedo al oír voces, gritos y disparos. No quería volver a sentir tanto miedo. Esta era una oportunidad única, pero si es que estos hombres me sacaban de aquí, ¿aquello querría decir que no volvería a ver a mi amo? ¿Y yo realmente estaba dispuesto a no volver a verlo nunca más? No, no era lo que yo quería por más que lo necesitara.
—Te ofrecemos nuestra ayuda— Habló Evan, quién se había mantenido serio hasta ahora—. Te ofrecemos llevarte a América, a un hogar nuevo. A un lugar seguro. Te prometemos que no volverás a pasar hambre ni frío.
—¿No volveré a Alemania?
—Tú forjarás tu propio futuro, tú decidirás si volver o no. Nosotros te daremos un empujón para que puedas estudiar, conseguir un trabajo y toda la ayuda que necesites. Entonces, tú tendrás tu propio dinero y podrás usarlo como se te dela gana y si decides volver, será tu propia decisión.
—¿Qué quieren a cambio?
—Lo único que queremos es ayudar y si es que quieres darnos algo, eso es que nos permitas ayudarte. Es todo— resplandeció la blanca sonrisa de William—. No te preocupes, no es la primera vez que hacemos esto. Ya hemos ayudado a mucha gente, tenemos una asociación que ayuda a los jóvenes sin hogar en todo el mundo. El dinero nos sobra y decidimos invertirlo en el futuro de los más jóvenes. Ayudarlos a rehabilitarse y hacer de este un mundo mejor.
¿No te parece genial esa idea?— Aquello era hermoso, simplemente tenían una visión del mundo muy bella. Casi me sentí orgulloso de que haya obtenido ayuda de ellos.
—Eso es hermoso. Ojalá todo el mundo pudiese pensar de esa forma. ¿En verdad ustedes desean ayudarme?— parecían caídos del cielo. Era increíble, sabía que esta oportunidad no se presentaría dos veces en mi vida.
En mi mente ya estaba ideando todo lo que pasaría después. Lograría conseguir trabajo, ahorraría todo lo posible para volver a verlo a él. Haría hasta lo imposible por volver a verlo. Él no lograría alejarse de mí, volvería y con más fuerzas para luchar por lo nuestro. Sé que esto no ha terminado aún.
—¿Vendrás con nosotros?
—No. Se los agradezco, pero si algo aprendí de la última vez que accedí a una tan buena oferta fue a no confiar en nadie y en que si algo es demasiado bueno para ser verdad, entonces puede que sea mentira. Como ya lo dije, se los agradezco, pero prefiero seguir mi camino yo solo. Si en algún momento los vuelvo a ver, les devolveré el dinero de la comida. Por el momento, solo tengo esto— dejé el billete de diez euros sobre la mesa y me levanté.
—Supongo que está bien, si así tú lo deseas. Nosotros nos iremos en tres días, si cambias de opinión, puedes llamarnos— Evan extendió una tarjeta y yo la guardé en mi bolsillo—. Piénsalo y conserva esto, lo necesitarás— arrastró el billete hacia mí y lo tomé, casi con vergüenza—. Espero tengas suerte, Bill, así como también espero volvamos a vernos.
—Gracias, muchachos, pero no creo que eso vaya a pasar. Que tengan un buen día y gracias nuevamente— así salí de aquel lugar, con la última palabra en mi boca. Creí que no me arrepentiría de ello si seguía con vida el día de mañana.
Empezar de cero implicaba tomar riesgos y no es que pudiese tomar muchos a estas alturas, pero la confianza era algo que no me sobraba en momentos como este y lo mejor que podía hacer era no confiar en nadie, por más que estas personas lucieran amables, nada me aseguraba que realmente lo fueran.
Dediqué una última mirada a los hombres a través de la ventana. Ambos se quedaron comiendo y conversando y, no miento, me hubiera encantado poder oír lo que decían. Tal vez me llamaban idiota al decepcionarse de mí por no aceptar semejante oferta o tal vez estaban furiosos, ¿quién sabe? En estos momentos, mientras seguía mi camino, deseaba que aquellas personas me dijeran la verdad. Si tan solo pudiera tener una prueba lo suficientemente clara de que todo aquello era cierto, me hubiera ido sin dudarlo. ¿Pero ahora? Ahora ya no tenía sentido.
Seguí caminando por todo el lugar y llegué a un punto en el que repetía los lugares. No supe si estaba dando vueltas en círculos vagamente, pero ya me conocía los locales, las calles y había personas que había cruzado más de una vez. Pasé horas caminando y ya estaba cansado. A cada lugar en el que intentaba entrar me sacaban a patadas y es literal. Más de uno me ha pateado hasta hacerme caer de boca al suelo y eso hubiera sido humillante, pero la mayoría de ellos estaban vacíos. Nadie me veía en el suelo. Por más que les mostraba mi billete ya arrugado de tanto entrar y salir de mi bolsillo, me sacaban de allí llamándome: vagabundo, drogadicto, alcohólico y hasta puta. Sí, puta. De la pura rabia terminaba diciéndoles que se vayan a la mierda. Lo sé, algo nada inteligente por mi parte, pero ya estaba desesperado. Lloré de la rabia al ver que todos ellos me tomaban por vagabundo sin siquiera conocerme.
Ya estaba harto, tan harto que volví a meterme en un callejón. No tenía esperanza alguna de que me permitieran aunque sea limpiar platos por un euro. Nada, ni siquiera una palabra de aliento. En estos momentos deseaba que otro auto me atropellara y que él saliera de ese coche para rescatarme, exactamente como la primera vez que lo conocí (o él me conoció a mí).
Me quedé junto a un gran contenedor de basura, con esperanzas de que nadie allí me encontrara. Al sentarme pude sentir un bulto en mi bolsillo, no dudé en meter la mano. Mi esperanza es que fuese algo con qué defenderme en caso de peligro, pero no era eso. Era nada más ni nada menos que la pequeña cajita roja que contenía dentro las dos alianzas. Dos alianzas carísimas que podría convertir en dinero en cualquier casa de empeños pero… ese es el problema. Existe un pero y ese «pero», siempre es él y todo lo que estos dos simples anillos significan para mí.
Los oculté tan rápido como pude, supuse que si alguien veía esto me cortarían la cabeza por obtenerlos. No iba a permitir que me los quitaran, eran míos y suyos. Yo los veía como una promesa de que algún día volvería a verlo y todo sería como antes. Estos dos simples anillos eran mi juramento de que volvería a él. No sabía cómo, pero lo haría. No puedo vivir sin él, no me importa si él puede vivir sin mí. Nada de esto tendría sentido si él no estuviera esperándome del otro lado.
—¿¡Así que te ibas a escapar!? ¡Tráela aquí, esa perra no se va a escapar!— Maldita sea una vez más, gritos incontrolables e insultos— ¡Ven aquí, perra!
Entonces presencié frente a mis ojos la peor aberración que podría haber existido. Lo peor que puede pasarle a un ser humano. Oculto entre bolsas de basura como una rata y con el terror a flor de piel pude verlo, dos tipos mayores, con barbas casi blancas de tantas canas. Sucios y emanando un asqueroso olor a alcohol. Ambos armados con cuchillos golpeando a una mujer que no logré divisar con claridad. Ella gritaba de dolor y miedo mientras este tipo le arrancaban la ropa y la golpeaban para evitar disturbios. La tiraron al suelo y la sostuvieron, amenazándola con el cuchillo. La muchacha cedió, pero seguía llorando y gritando. Su llanto era un llamado de auxilio que golpeó en mí como una maldita roca en el pecho.
Inmediatamente, mi corazón se aceleró a mil por hora, sintiendo su propio miedo impregnarse en mí y correr por mis venas. Recordé pasar por una situación similar, sé lo horrible que es y ella no se lo merecía, nadie selo merecía. Sentí agolparse en mi instinto mil sentimientos, como la rabia el dolor y la tristeza. Las manos me temblaron con desesperación, tanto que temí ser descubierto en cualquier momento. Al parecer los dos estaban muy ocupados, aprovechándose de esa pobre mujer y ni siquiera notaron mi presencia.
Aquello resultó más que familiar, pero esta vez era un poco diferente. Antes podía hacer algo al respecto sin temer por mi vida. Mi padre no solía defenderse cuando yo lo atacaba, estaba demasiado drogado o ebrio para eso y yo podía aprovechar, pero estos hombres estaban muy conscientes de lo que hacían. Ahora no era lo mismo, ahora estos dos podían matarme siquiera si se enteraran de que estoy observando.
Maldita sea, no podía soportarlo. Ella gritaba y lloraba pidiendo ayuda tanto como se lo permitían. Sé que debí dar vuelta la cara y evitarlo hasta que ellos se fueran pero, ¿y si la mataban? ¿Y si la lastimaban? ¡Maldita sea! ¿¡Cómo puede alguien permitir eso!? ¿Mi vida valía menos que la de ella? ¡Maldita sea, claro que no! No podía quedarme de brazos cruzados. Estaba perdido, estaba jodidamente perdido, pero no moriría sin hacer algo por ella.
Busqué con todo cuidado algo con qué defenderla, pero no había nada rígido con lo cual golpearles. Me alcé en valentía y embestí con el peso de mi cuerpo al tipo que estaba sobre ella. Este voló por el aire hasta chocar contra la pared del callejón. El otro me observó detenidamente, sorprendido por mi presencia. Se levantó, olvidando a la mujer en el suelo. Mis músculos se tensaron, mis pies no reaccionaban a las órdenes que daba mi mente. «Corre, imbécil, corre por tu vida», me dije a mí mismo. El tipo empuñó el cuchillo y amenazó a caminar hasta mí, pero algo lo detuvo. La mujer le lanzó su zapato de tacón y este lo distrajo por el dolor que le causó en su cabeza. Agradecí aquello infinitamente.
—¡Corre, niño, corre!— gritó ella, haciéndome reaccionar.
Esta vez no lo pensé, solo me eché a correr por donde fuera. Los tipos no tardaron en ir detrás de mí. Me siguieron, gritándome como a la mujer hace unos minutos. Sentía una fuerte punzada en el pecho al correr tan rápido, pero no me detuve. Fue una estupidez hacer lo que hice, pero fue una estupidez que ha valido completamente la pena incluso si ahora pierdo mi vida.
Antes de poder cruzar la calle un auto se cruzó frente a mí, por poco me pasa por encima. Los dos tipos seguían corriendo detrás de mí y al bajarse la ventanilla, mi divina salvación o mi peor pesadilla. Eran estos dos tipos del restaurante.
—¡Sube!— la puerta trasera se abrió inmediatamente luego de lo dicho por uno de ellos. No lo dudé, me tiré de cabeza en el interior del auto y este arrancó inmediatamente. Los dos tipos siguieron el auto, pero no por mucho. Se quedaron maldiciendo una y mil millones de veces en una esquina hasta que se pegaron la vuelta— ¿Estás bien? ¿Te hicieron algo?
—No…— dije entre suspiros agitados, intentando recuperar todo el aire que había perdido en la persecución— a mí no…— apreté mi pecho con fuerza, intentando detener el dolor—. Ellos… ellos violaron a una mujer.
—Pero a ti no te hicieron nada, ¿verdad?
—¡Violaron a una mujer!— repetí antes de echarme a toser por la fuerza que hice al pronunciar esas palabras— ¡Iban a matar a esa chica! ¡La iban a matar, estoy seguro!
—Es increíble que sigan haciendo esas cosas, este lugar nunca cambiará— y por fin pude darme cuenta de que el que estaba hablando era William, el simpático William—. Tranquilo, te llevaremos a un lugar seguro, si eso es lo que quieres.
—Llévenme a dónde sea, pero sáquenme de esta mierda de lugar, por favor— cerré mis ojos y me tiré sobre los asientos traseros. El aire regresaba muy lentamente y el dolor en el pecho no cesaba.
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—¿Qué fue lo que sucedió allí? Seguro si no te asesinaban morías de un ataque de asma, niño— William me entregó una taza con un deliciosos chocolate caliente. No dudé en beberlo, parecía el chocolate más delicioso que haya probado jamás.
—Me escondí en un callejón y oí gritos. Esos dos tipos la llevaron allí, la insultaron y la amenazaron con un cuchillo. La golpearon y abusaron de ella, yo solo intenté defenderla. Ella no quería, le estaban haciendo daño. Estaba asustado, no sabía qué hacer. Yo solo quería ayudarla, ella no se merecía eso. Ella quiso ayudarme también, ella golpeó a uno de los tipos con su zapato para que yo pudiera escapar. Ella no era mala, ella solo no quería eso y yo tampoco.
—¿Golpeó al tipo con su zapato?— Preguntó William con un leve tono divertido que no me gustó en lo absoluto— ¿Le lanzó su zapato a uno de los violadores?
—¿¡Qué te resulta tan gracioso!? ¡Iban a violar a esa chica!
—Lo que me resulta gracioso es que alguien, por una miserable vez en su vida, hizo algo para ayudar. Definitivamente tú no eres de aquí— mientras William me hablaba, su hermano cubrió mi espalda con una gruesa manta para que no tuviera frío.
—Gracias— le dije mientras lo observaba caminar hasta sentarse junto a su hermano—. Yo ni siquiera sé de dónde vengo, estoy perdido. Toda mi familia falleció y la única persona que podía ayudarme me echó de casa y me tiró en ese lugar inmundo. Deseo regresar, pero no sé cómo, ni tampoco sé si él me quiere de vuelta allí.
—¿Él? ¿Vivías con un hombre? ¿Era tu pareja?—bajé la mirada, realmente no sabía que responder a eso—. Puedes estar tranquilo, nosotros no juzgamos esas cosas. Respetamos a cualquiera que nos respete y tú has sido de las personas más respetuosas que hemos conocido.
—Es que era y no era. Yo lo amaba y cometí un error, por eso estoy aquí. Bueno, ambos cometimos errores, pero al parecer mis errores pesaban más que los suyos. Hice algo que no debía y ahora me detesta.
—¿Aún lo amas?— asentí— ¿Y quién es él? Tal vez podamos hallarlo y ayudarte a reencontrarte. Nosotros solo queremos ayudar, Bill. Si te hace feliz volver con él, haremos lo imposible para que lo consigas.
—Thomas Trümper, ese es su nombre, pero no sé mucho más de él. Jamás me dijo absolutamente nada y quisiera poder otorgarle más datos al respecto, pero…
—El amo— me interrumpió Evan, dejándome boquiabierto.
—¿Lo conocen?
—Claro que lo conocemos— admitió William con una espléndida sonrisa—. Aún nos mantenemos en contacto, somos grandes socios. No dudaremos en llevarte con él, ¿te gustaría eso?
—¿Cómo es que nunca he oído de ustedes? Yo conocía a sus socios y él no tenía socios en el exterior.
—Sí los tenía, pero ninguno era de confianza. Tu amo donaba a nuestra organización cantidades inmensas de dinero, él ha sido una de las grandes razones por la cual nosotros ayudamos a las personas. Él aparentaba ser una horrible persona, pero no era nada de eso. Él era bueno.
—¿Eso es verdad?— simplemente no podía creerlo. Ellos conocían el lado de mi amo que yo siempre quise conocer. Ellos podían saber más que yo.
—Lo es. Sabemos de los negocios ilegales de Thomas, pero no hay mucho que podamos contar. Viendo cuan sorprendido estás, deduzco que ya sabes exactamente a lo que me refiero.
—Lamentablemente lo sé.
—Entonces tú eres ese Bill, ¿no? Creímos que solo era una mentira. En realidad existes, tú eres su protegido— fruncí el ceño ante aquello mencionado—. Tú eres el muchacho al que llaman «pequeño», ¿no es verdad?
—¿Cómo saben eso?
—Todo el mundo está al tanto de que El Amo es capaz de asesinar por ti, incluso nosotros corremos el riesgo de que eso suceda, pero tuviste suerte. Nosotros no matamos ni tampoco extorsionamos, Thomas nos ha ayudado demasiado. Creemos que es correcto devolverte a casa. Él sabrá que hacer contigo.
—¿Ustedes me llevarán con él? ¿En verdad harían eso?
—Lo haremos con todo gusto, pero es un largo camino el que hay que recorrer hasta llegar a él, así que te conviene dormir un poco antes de empezar el viaje.
—Esto es como un maldito sueño, todo lo que quiero es volver con él. No sé cómo les agradeceré esto, es más de lo que puedo pedir.
—No hay nada que agradecer. Puedes tomarte una ducha y descansar. Mañana mismo volverás a verlo, ya no tendrás que estar metido en este lugar.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a comentar.
Yo y Bill aferrandonos😭